L I B RAFLY OF THE UNIVER.5ITY Or ILLINOIS 869.3 R147d US return to the library from which k was withdrawn on or before the Latest Date stamped below Theft, mutilation, and undertining of books ara ma»». .». - .- UNIVERSITV OF ,aims LIBRARY AT URBANA-TM........ •^W 2 1 m. ¿ L161— O-1096 María Cristina Ramos Mexia De la Sombra á la Luz BUENOS AIRES — 1906 i- .. -'^^í ^•í r^^-s ■■^■^ V:^^ii^^ ■ f't jS-- ÍNDICE PRIMERA PARTE PÁGINA Capítulo I— Valentina 3 " II— La Marquesa Aurora de Alcibiani , . 9 III-El baile 16 IV— Enriqueta 22 " V— Desengaño. 30 VI— Angustias 41 VII— La Boda 49 " VIII- El suplicio 63 IX-üjTardeü? 69 X— Edmundo y Enriqueta 72 " XI— ¡Buenas nuevas! 78 XII— ¡A. Roma! 90 XIII— ¡Paz en su tumba! 95 " XIV— El Castillo de los Manantiales. . . 99 XV— La carta 106 " XVI- -Rafael en V'enecia 108 " XVII— La Providencia guíe mis pasos. , . 118 " XVIII-La Sibila 1^7 « XIX— El alma de Enriqueta 152 ■■:*"r7'í'í*iKp:;' IV índice PÁGINA CapítuloXX— Libres 139 XXI— Aurora y Yolanda 144 " XXII-i Perdida! 150 " XXIII— ¡Adiós Venecia! 164 " XXIV— Ei esposo abandonado 167 SEGUNDA PARTE Capítulo I— Regeneración 172 " II— Arrepentimiento 178 III— Reconciliación 185 IV— ■ . . 190 V— El relato 195 VI— ¡Salvada! 203 VII— Sola 209 VIII— Edmundo de Miramar 211 " IX— A las puertas del Paraíso 215 X— Cielo sin nubes 222 XI— Las Nupcias 230 XII— Conclusión 233 ^F^B^- ' »fr-- DE LA SOMBRA Á LA LUZ CAPÍTULO I - ;_ Valentina La señorita Valentina Evoli pertenecía á una de las familias más distinguidas de la ciudad de Venecia. Hasía la edad de diez y seis años había estado en un Colegio Pío, recibiendo la esmerada educación que co-' rrespondía á su clase y fortuna. En la época que voy á presentarla en mi verídico re- lato, acababa Valentina de abandonar el colegio, para ocupar en el hogar de sus padres el puesto que le co- rrespondía. La incomparable belleza de esta joven, no tardó en llamar la atención entre el vasto círculo de los amigos de sus padres, y se mentaba hasta en el Palacio Ducal, llegando á ser proverbial en toda la ciudad de Venecia. Hija única del señor Leonardo Evoli y de la bella Leonor Foscarini, era adorada de sus padres, quienes cifraban en ella todo su amor y sus esperanzas. La vuelta al hogar de la señorita de Evoli fué cele- brada con una suntuosa fiesta. El día fijado para ésta, amaneció apacible y hermoso, desde muy temprano comenzaban á llegar los convidados atraídos por la amable acojida que siempre les dispen- saban los dueños de casa. El palacio Evoli era una espléndida mansión situada en las afueras de la ciudad; allí pasaba la familia los veranos. En el bien cultivado jardín había dos inmensas 4 DE LA SOMBRA Á LA LUZ glorietas tapizadas de enredaderas, las que impedían pe- netraran los rayos del sol, y al mismo tiempo mantenían el ambiente fresco y perfumado. Dentro de aquellas glorietas se habían colocado pequeñas mesitas, cargadas de dulces, frutas y refrigerios de todas clases. El puro ambiente de la mañana, deliciosamente embal- samado por el perfume de las rosas, las lilas y otras flores, el armonioso canto de las avecillas y lo ameno del lugar excitaba la alegría de todos los invitados. En medio de la mayor animación, las horas se pasaban como un soplo. Después del almuerzo, que fué servido al aire libre, los unos se dedicaron á la pesca, otros á la lectura y los más á la música. Al caer de la tarde, y cuando ya el sol había moderado el ardor de sus rayos, embarcáronse en góndolas que esperaban balanceándose coquetas y graciosas, la inva- sión de aquella alegre y bulliciosa juventud. Más de cuarenta personas tomaron parte en la excursión y re- corrieron los más pintorescos y alegres canales de la ciudad. Algunas de las jóvenes que iban en las barcas tocaban el laúd, mientras un coro de encantadoras voces, ento- naba armoniosas y sentidas barcarolas. Ya la noche iba enseñoreándose del espacio y la luna pálida y melancólica, iluminaba con su plateada luz el cuadro encantador que formaban aquellas jóvenes con sus claros y vistosos ropajes. De regreso al sitio de partida, y al momento de de- sembocar las góndolas en el gran canal, apareció silen- ciosa y suavemente impelida por los remos una pequeña gondolilla ocupada por un hermoso caballero y su gondo- lero. AI pasar rosando la quilla de la barca donde iba Valentina, las miradas del joven se fijaron con insistencia en ésta, cual si hubiera deseado ardientemente cono- cerla. Fué sin duda el viejo gondolero quien hizo saber al joven cual era la "hermosa Veneciana" como acostum- braban llamarla habitualmente. La pequeña góndola pasó tan silenciosamente éntrete un LA SOMBRA Á LA LUZ 5 , barca de Valentina y la margen del canal, que nadie (exceptuando á ésta) había reparado en aquella apari- ción. Ambos jóvenes se miraron y en aquella mirada se formó el primer eslabón de una cadena, que pudiendo ser de flores, fué de amargos pesares y disgustos. El apuesto mancebo que Valentina viera aquel día, era sin que ella llegara á sospecharlo, el hijo del poderoso Dux de Venecia,, Enrique Dándolo. Honda impresión causó en el ánimo de la señorita de Evoli la vista del gallardo y hermoso caballero, y cuando se halló en su casa, no podía (aunque lo hubiera deseado) apartar de su mente la imagen de aquel á quien ya no había de olvidar jamás, y que tanta influencia tendría en su porvenir. Aquella noche, cuando sus amigas se entregaban al placer de la danza, nuestra joven se acercó á un balcón abierto para dejar penetrar en el salón la brisa perfu- mada del jardín. Un hermoso rosal trepaba por la pared hasta el balcón y sus aromados botones que empezaban á entreabrirse, ensolvían á la joven en su suave per- fume. Tomó ésta, con temblorosa mano un pimpollo, el más hermoso y lo prendió en su corpino de baile. Te guardaré toda mi vida— se dijo— como recuerdo de este día; si lo que sueño en mi fantasía, llegara algún día á realizarse, me será grato contemplarte en años ve- nideros, y traer á la memoria la impresión de este dulce sentimiento que hoy embarga mi alma; si no le Vuelvo á ver Sintió en aquel instante la voz de su madre que la llamaba, y corrió á su encuentro. Al día siguiente de la fiesta, cuando ya todos los in- vitados se habían retirado á sus respectivas moradas, Valentina se dirigió á un delicioso bosquecillo de lilas, situado junto á la margen del canal que pasaba por de- lante del palacio. La joven acostumbraba desde muy pequeña, saludar á sus padres por la mañana, llevándoles un fresco y florido ramo. Púsose pues á cortar flores para formarlo, y cuando ■■^.-2 6 DE lyA SOMBRA Á I.A LUZ más abstraída estaba en su tarea, sintió á lo lejos el ruido que producen los remos al chocar con el agua, y pocos momentos después aparecía ante su vista la misma gón- dola que ocupaba el día anterior aquel mancebo, dueño ya de todos sus pensamientos; pero ¡oh! desilución, solo iba en ella el gondolero, el sitio del joven estaba de- sierto. Todas las mañanas la góndola aquella aparecía del mismo lado y pasaba silenciosamente frente al bosquecillo de lilas donde era seguro hallar á Valentina. Transcurrió una semana durante la cual ella no vio al apuesto caballero que ocupaba su imaginación. Era á principio del caluroso mes de Julio. La señorita de Evoli se paseaba por la margen del canal, bajo una tupida bóveda de verdura; un largo traje de muselina blanca la envolvía en sus pliegues; llevaba entre sus manos un precioso ramo de rosas rojas, y caminaba en dirección á su casa, pues la mañana estaba nublada y amenazaba lluvia. Había llegado á la mitad de su camino, cuando de | pronto apareció ante su vista la consabida góndola, pero í esta vez ¡oh felicidad! iba en ella el objeto de sus caros J ensueños. j Creyó ella ver al viejo gondolero, y no fué poca su sorpresa al encontrarse con la hermosa y simpática faz : de Rafael Dándolo, de quien Valentina ignoraba aún el I nombre. Respondió con una inclinación de cabeza á la f profunda reverencia del joven y prosiguieron su paseo 1; en sentido opuesto. ! ¥ ^ ¥ Rafael Dándolo había oído ponderar con entusiasmóla hermosura de la señorita de Evoli, pero nunca creyó que fuera tan bella como la contempló aquella mañana, fres- ca y lozana como las rosas brillantes de rocío que lle- vaba en sus manos. Desde aquel día la imagen de Valentina quedó eter- namente grabada en la mente del caballero. Resuelto á buscar los medios de acercarse á la que ya ^j --.^'i«Xíi^/,.."£.*~.'v Liv'^k*>.-_v-.r.i3ae3.si'>-^---.>íl¿^^kí.tL=6^^l-=^i¿S?í¿^.^-&Wí^c^ :\^ „ - ^^r^'^'E? '^■í*=¿.v -: \ - -■ DE lyA SOMBRA A I.A LUZ 7 amaba, pasaba largas horas pensando en la situación en que se colocaría, una vez que sus intenciones fueran conocidas por su padre y por consiguiente en los obs- táculos que se opondrían á la realización de sus caros anhelos, si tenía la dicha de llegar á ser amado por la casta beldad que tanto le había cautivado! Pero llegaría ella á amarle? Una Vez que calculara todos los inconvenientes con que había de luchar si compartía aquel amor, ¿no se amedrentaría y renunciaría á él antes de entregarse á su pasión? Abismado en estas ideas se hallaba Rafael, cuando se presentó un ujier, el cual venía á anunciarle de pacte del Dux, qué éste deseaba hablarle. El Dux Enrique Dándolo, estaba solo en sus habita- ciones. Cuando su hijo se presentó ante él, leía muy atentamente un abultado legajo que tenía abierto ante su vista sobre una mesa dorada cubierta con un rico tapiz de terciopelo rojo. Al entrar Rafael en la habita- ción dejó el legajo á un lado, e hizo una seña al joven para que se acercara, y después de ofrecerle un asiento muy cerca del suyo exclamó: He enviado á llamarte, hijo mío, porque ha tiempo deseaba comunicarte un asunto que es para mí de la mayor importancia, y aun- que sé que no ignoras de lo que se trata quiero repe- tírtelo. Pienso Rafael, contraer un segundo matrimonio. ¡ Padre mío ! dijo aquel, levantando Vivamente la her- mosa frente contraída. ¿ Tan pronto habéis olvidado á aquella santa á quien llamasteis esposa ? oh ! no lo creería si otro que Vos me lo dijera. El semblante del Dux se contrajo visiblemente y con irritado acento exclamó. ¿ Olvidas que estás hablando con tu amo y señor ? No hablo al Dux, hablo á mi padre. Aún siendo así, no te concedo derecho para censurar mis acciones ¿ lo comprendes ? Sí señor perdonad mi atrevimiento dijo dolorosamente Rafael. Estás perdonado, respondió menos severamente el adusto padre. 8 DE LA SOMBRA Á lyA JUUZ ¿ Me permitís preguntaros si habéis fijado ya la fecha para esa boda ? ¡ A fines del verano pienso realizarla si Dios no dis- pone otra cosa ! Creo que no ignoras quien es mi pro- metida ? No señor, nadie lo ignora en Venecia : Bien hijo mío, ahora retírate, pues mis ocupaciones reclaman mi atención. Rafael posó sus labios sobre la noble frente de su padre y salió de la estancia con el corazón oprimido y el descontento pintado en su semblante. Encmninóse maquinalmente á su saloncito de lectura y una vez en él dejóse caer sobre un canapé. Los úl- timos resplandores del día que penetraban por la entrea- bierta ventana, alumbraban débilmente los ricos tapices y los severos muebles que adornaban la habitación. Nuestro joven, muellemente recostado en su asiento dejaba vagar libremente su pensamiento por los ideales mundos de la fantasía. Cuando en la Torre del Reloj, sonaron las nueve Vol- viéndole á la realidad con sus vibrantes tañidos, ya las tinieblas le habían envuelto en su oscuridad: Rafael se puso de pié, encaminándose al balcón y abrió las venta- nas de par en par, cual si precisara todo el aire del es- pacio para henchir su oprimido pecho. Recostado de codos en el alfeisar y con la cabeza entre sus manos intentaba contener el torbellino de ideas que bullían en su abrazado cerebro. Nunca como en aquellos momentos sentía la necesidad de un amor grande y vehemente de un corazón que fuera todo suyo, que por él y para él solo latiera. Hom- bre de alma noble y de elevados sentimientos,- soñaba con las puras é inefables alegrías del hogar .... Va- lentina, era pues para él, la estrella luminosa que alum- braba el ignorado camino de su vida. ... y aquella noche á la pálida claridad de la luna, retratada en las cristalinas aguas que corrían á sus pies, formó Rafael el inquebrantable propósito de unirse á la que amaba, mediante la ayuda de Dios y aunque tuviera que aban- donar para ello su título, su fortuna y todo cuanto po- ■¡^ DE LA SOMBRA Á LA LUZ 9 seía en caso de que su padre se opusiera á aquella boda, fundándose en la carencia de títulos nobiliarios de la señorita Evoli. CAPÍTULO II La marquesa Aurora de Alcibiani En un suntuoso palacio situado en uno de los barrios más pintorescos de la Ciudad de Venecia, habitaba esta noble matrona, mujer dotada de gran talento y de una soberbia belleza. Era conocida en toda Venecia, pero no amada, pues eran proberviales la dureza de su cora- zón, y la insultante altivez de sus modales para con las personas inferiores á su rango. Contaría en aquella época treinta y cinco aiios á lo más y era esta la futura esposa del Dux. La marquesa había conocido á este-antes de contraer matrimonio con la señorita de Foscari su primera esposa. Se decía que Aurora había concebido una vehemente pasión por el Dux, pasión alentada por éste, quien esta- ba entonces, en vísperas de unirse con la que más tar- de fué madre de Rafael. Esta felonía jamás la perdió la Vengativa Aurora y desde entonces sintió un odio implacable por el mísero y perjuro que tan cruelmente jugara con su corazón de quince años. Desde el día que para siempre vio perdidas sus e'jpe- ranzas, no tuvo otro anhelo ni otro ideal en su vida que la venganza. Destruir para siempre, aniquilar toda la existencia y la felicidad de aquel hombre, ese era su único deseo. • Jf • La noche que siguió al día de la entrevista del Dux y de su hijo, el primero se dirigió á casa de la mar- lO DE I.A SOMBRA Á LA LUZ quesa quien veía próximos á realizarse sus dorados sue- ños de antaño. Cuando el Dux llegó á la morada de su futura, fué anunciado como de costumbre por un pequeño pajecillo de faz tan negra como el ébano y lujosamente ataviado con una librea de tali blanco galoneado de oro: calzaba medias y borceguíes rojas, y entre la crespa cabellera brillaba una vincha de oro y perlas lo mismo que los lar- gos garcillos que pendían de sus negras orejas. El único cargo del lindo pajecillo era conducir y anunciar al ilustre personaje. Aurora salió al encuentro de este saludándole con toda la amabilidad de que era capaz. Sed bien venido mi serenísimo Príncipe dijo acompa- ñando sus palabras con una mirada tierna y cariñosa y al mismo tiempo levantó con inimitable gracia un es- tremo del manto ducal, conduciendo al visitante hasta lin muelle y cómodo diván donde le hizo sentar. En aquella época la belleza de Aurora se ostentaba en todo su vigor. Alta, gruesa, dentro los límites de la ele- gancia, de cabellos como el azabache, ojos vivos y ras- jados, nariz fina y admirablemente modelada; una boca pequeña y graciosa de rojos labios que dejaban ver al entreabrirse, una doble hilera de blanquísimos dientes de muñeca, agregándose á esto una frente ancha y despe- jada, y un rostro de anacarada blancura donde no se advertía el más tenue sonrosado y se tendrá el retrato de aquella hermosa y altiva mujer. Cortas aunque frecuentes eran las visitas que el Dux hacía á la marquesa. Aquella noche, después de un dulce coloquio de amor en el que solo habían cambiado los papeles, pues mientras años atrás él juraba amor menti- do y se reía de aquella ciega credulidad, ella le prodi- gaba toda la ternura de un amor grande y profundo, hoy. ... él juraba un amor verdadero y sin límites, mientras ella saboreaba en silencio el placer de su ven- ganza que estaba á punto de realizar. Las diez eran cuando el Dux, ebrio de amor y de fe- licidad, abandonó el pequeño saloncito donde todo desdé los tapices, los muebles, las bugías y el alfombrado, eran DE LA SOMBRA Á LA LUZ II de color de rosa como las ilusiones que albergaba en su corazón el incauto amante. Aurora luego que quedó sola, pasó á la sala inmediata donde pocos momentos después penetró el pajecillo, luego que hubo acompañado al Dux hasta su góndola. La marquesa se dirigió á aquel diciéndole: Vé, Ótelo y haz decir á la señorita Enriqueta que deseo hablarla y condúcela hasta aquí. Pocos momentos después alzábase el pesado tapiz que cubría la puerta y penetraba en la habitación, una pre- ciosa jovencita que contaría á lo sumo de quince á diez y seis abriles; ojos que vieron aquel peregrino semblante, no lo olvidarán jamás ¡ Cuan bella era ! De pequeña es- tatura, de formas proporcionadas, andar suave y gra- cioso, cabellos negros que en largos rizos caían como un sedoso manto sobre sus hombros y espaldas. Había heredado de su madre la maravillosa blancura y los her- mosos ojos, si bien los de la doncella, tenían una ex- presión de dulzura y candor que atraían con un poder irresistible. La bondad (el don más estimable en la mu- jer) era la cualidad dominante en aquella amable cria- tura. Esta era la hija única de la marquesa Aurora de Alcibiani. Dada la corta edad de esta niña, no axistía aun á reu- niones ni á fiesta ninguna y estaba al cuidado de una aya, la cual la instruía en lo poco que en aquella época se enseñaba á las jóvenes. Con una cariñosa sonrisa se aproximó á su madre. ¿Deseabas hablarme, madre mía? Sí, querida hija, murmuró Aurora, acercando á sus la- bios la pura frente de su niña; luego la dijo, indicándole un asiento frente al que ella ocupaba— siéntate. Sabes mi buena Enriqueta para que te he llamado? Nó, no puedes saberlo— agregó sin expresar la respuesta de su hija; pues, es para darte la noticia de que el Dux quiere que se celebre nuestra boda á fines del verano. La sonrisa huyó de los labios de la joven dando lugar á una súbita palidez y permaneció así inmóvil, sin pro- nunciar palabra, fija su ansiosa mirada en la marquesa. La idea de aquel matrimonio, llenaría el alma de Enri- 12 DE LA SOMBRA Á LA LUZ queta de una profunda tristeza. Muchas veces había suplicado á su madre que desistiera de aquella unión, pues comprendía que una vez casada esta, se vería ella más abandonada de lo que había sido hasta entonces. Quizá á haber sido otro el pretendiente, no fuera para ella tan triste aquella perspectiva, pero un secreto pre- sentimiento le hacía mirar con desagrado aquella boda. He ahí pues por que el semblante de Enriqueta se nu- bló ante las palabras de su madre, como se nubla el sol al cernirse sobre él la parda nube. Contrariada Aurora ante el silencio de su hija, ex- clamó : ¿Y bien, querida? nada me dices? Creo que esta no- ticia no te causará sorpresa, pues ya podías suponer que esta boda había de realizarse; luego no me explico tu silencio— dijo con marcado gesto de enojo, fijando en la joven una severa mirada. ¡ Ay, mamá 1 balbuceó Enriqueta juntando las manos sobre el pecho— perdóname si te disgusto, pero no he podido acostumbrarme, á pesar de mis esfuerzos á la idea de verte unida al Dux. Quisiera pensar en todo como tu, pero.... que quieres— no puedo, pues desearía que todo tu cariño fuera mío solamente. ¿Es esto ser mala?— Piensa madre mía que es lo único que tengo en el mundo; no pido más, pero no puedo re- signarme á perder la mejor parte de ese afecto que lo es todo para mí; si no te amara tanto— continuó con ma- yor Vehemencia —no serían estos los sentimientos que agitaran mi corazón— y al pronunciar estas palabras, los ojos de la pobre niña se llenaron de lágrimas. ¿Qué corazón por más duro que sea no se conmueve al escuchar semejantes razones de labios de una cria- tura ingenua y bondadosa como aquella? La marquesa inclinó la frente hasta rozar con sus la- bios los negros cabellos de su hija y con acento menos severo, la dijo: Tu no eres ya tan niña para que no puedas reflexionar y contestar razonablemente á aquello que se te consulta. Lo que acabas de decir no tiene fundamento alguno, pues no porque yo me case dejaré de amarte, ni cam- DK LA SOMBRA Á L,A LUZ I3 biaré para tí. Mira, continuó la marquesa, este matri- monio será un bien para los dos, yo encontraré en el Dux un buen esposo y poderoso protector, y tú un padre complaciente y bueno. Enjuga pues tus lágrimas mi Dueña Enriqueta, no quiero que un día tan feliz para mi lo señale un pesar tuyo. Hubo' un corto silencio que interrumpió Aurora, di- ciendo : Muchas Veces te he dicho hija mia que fui muy des- graciada en mi primer matrimonio; que sufrí t^da clase de humillaciones y sinsabores. Tu no sabrás quizás nun- ca lo que yo he sufrido, pero si algún día llegas á sa- berlo, justificarás mi deseo de unirme al hombre que en breve será mi esposo. Así, hija mía, no mires solo tus intereses y ten un poco de abnegación por mí, porque la merezco Enriqueta, pues muchas veces, sintiéndome tan desgraciada, quise morir y acabar así mi vida de martirio; pero tu te presentabas ante mi vista y alargán- dome tus manos pequeñitas, sonreías balbuceando el dulce nombre de madre. Te confieso que nunca pequé de sentimental, pero aun así tu voz me conmovía, sentía una sensación de felicidad y te tomaba en mis brazos para acariciarte ; me sentía atraida hacia ti, pero pen- saba en mi verdugo y entonces ¡ oh. . /. ! ¡ cuánto sufría! La marquesa había inclinado su hermosa cabeza sobre el pecho. ¿Qué pensamientos cruzaron en aquellos momentos por su mente? ¿Qué terribles recuerdos comunicaron á su semblante la expresión de odio y de maldad que se advertía en sus contraidas facciones cuando levantó la frente? ¡Pobre madre mía!— murmuró Enriqueta al verla así — abrazándola con infinita ternura. ¡Cuánto te amo! Aurora abrazó á su hija y levantándose la dijo. Ve a descansar hija mía y confía en tu madre. Después de separarse de la niña, la marquesa enca- minóse á su alcoba donde su doncella la despojó de sus ricas galas y ayudándola á ponerse en el magnífico le- cho, retiróse luego. Densa palidez cubría el semblante de Aurora y dos 14 DE LA SOMBRA Á LA LUZ anchos círculos morados rodeaban sus ojos. Con las manos bajo la cabeza y recostada en las almohadas, ha- blaba sola y á media voz. Ah! que no me vengue? qué olvide el mal que me hi- ciera ? No ¡—nunca, jamás, desistiré de mis proyectos. Vá, debo estar loca para pensar semejantes desatinos! El Dux— continuó tras breve pausa— el miserable! ¿qué tormento no he sufrido por su causa? bien sabía él cuan- to le amaba, como aman las mujeres como yo; sí, él lo sabía, pqdía haber hecho de mí una buena esposa y una madre cariñosa, y no ha hecho sino convertirme en un ser que solo espera el momento propicio para satisfacer su sed de verganza; oh! la venganza! la venganza! que dulce debe ser y con estas palabras se cerraron á impulsos del sueño sus cansados párpados. Las primeras claridades del naciente día se advertían hacia Oriente, alumbrando con su pálida luz el sonrosado horizonte y destacándose misteriosamente las casas en- vueltas aun en las sombras matutinas, y poco después el día se enseñoreaba por completo del espacio. Paulatina- mente comenzó el despertar de la ciudad entera. El Palacio Alcibiani permanecía aun en profundo silencio, más de pronto se abrió una de las ventanas del aposento de Enriqueta y apareció ésta fresca y lozana como el despertar de aquel hermoso día. Poco después la marquesa dejaba el lecho y al con- templar su imagen en un espejo, quedó asombrada ante la demacración de su semblante. ¡ Que sueños ! ¡ que sueños espantosos ! dijo con débil acento. • • • Hacía ya largo rato que Enriqueta se paseaba muy pensativa. La mañana estaba serena y hermosa, las plan- tas y las flores ostentaban su lozanía, exparciendo en el fresco ambiente sus deliciosos y variados perfumes. La señorita de Alcibiani tenía aquel día el semblante pálido y apesadumbrado y vagaba como un autómata con la cabeza inclinada sobre ( 1 pecho y los brazos caídos. .-íSt* ^^^^^^^¡Si^¡^'^^!^^^^p'^-'r T^-r:i^^^^'"-:.^^"' - «sí:^?«H^«í^; DE I,A SOMBRA A LA LUZ 1 5 Al pasar junto á un perfumado rosal cubierto de her- mosas flores, se detuvo y dejando escapar de su pecho un prolongado suspiro, dijo : ¡Dios mío! — qué triste será mi vida de hoy en adelante! Mi madre vá á casarse, otro será el dueño de su ternu- ra, y me veré obligada á compartir con él las escasas caricias que se me prodigan; esto lo comprendo perfec- tamente, es un egoismo del que debiera avergonzarme, si mi vida no se deslizara desde mi infancia entre el abandono y la indiferencia más completa. Sola siempre y privada de toda ternura, mi existencia es monótona y triste en esta suntuosa morada. Si tuviera una hermana ó una amiga con quien compartir mis muchas tristezas y amarguras, y mis pocas alegrías, no saldría de mis labios queja alguna, pero tengo, es cierto, á mi madre y aunque la amo con toda el alma y que Dios sabe diera mi existencia por evitarle un pesar, no dejo, no, de com- prender cuan mezquino es el sitio que ocupo en su co- razón: ¡ oh. Dios mío ! dijo levantando al cielo sus her- mosos ojos, ¿porqué he nacido con un destino tan cruel? y al acabar de pronunciar estas palabras á media voz, volvió Enriqueta la cabeza, atraída su atención por el ruido que producían en la arena las pisadas de una per- sona que se acercaba, era la marquesa que se dirigía hacia ella con el semblante frío é impasible. ¿Gozando de la hermosa mañana Enriqueta? exclamó al acercarse á su hija. Sí, madre mía, respondió ésta al depositar un tiernísimo beso sobre la pálida frente de aquella infeliz. La marquesa tomó entre las suyas la mano de su hija y prosiguieron su paseo. Dime, Enriqueta, dijo Aurora, después de un instante de silencio: ¿recuerdas que día es el quince del mes en- trante? —¿Cómo no he de recordarlo, madre mía, siendo tu cumpleaños? —Bien, y ¿cómo quieres que festejemos ese día? — Con la fiesta más hermosa que imaginarse pueda — repuso la niña con entusiasmo juvenil, regocijada al verse consultada por su madre. 1 6 DE I.A SOMBRA A L,A LUZ — ¿Te parece bien dar una comida seguida de un baile al que invitaremos á todas nuestras amigas y amigos? —Me parece muy acertado, dijo la joven algo pen- sativa. Y ¿dime madre mía— murmuró luego, fijando sus tími- das miradas en Aurora— podré yo asistir aunque sea á la comida? —Sí querida, ya has cumplido quince años y puedes por lo tanto asistir á esta fiesta y á todas las que se den en adelante. Así continuaron la conversación haciendo proyectos para dar mayor lucimiento á aquella fiesta. CAPÍTULO III El baile Llegó, por fin el quince de Julio. La noche no podía ser más' hermosa ; las anchas ventanas de los salones estaban abiertas de par en par, y dejaban entrar por ellas la fresca y perfumada brisa del jardín. En el suntuoso comedor magníficamente iluminado por centenares de bugías colocadas en gigantescos candela- bros de maciza plata, circulaban los criados ataviados con sus lujosas libreas y en la gran mesa brillaba el oro, los cristales y las porcelanas. Aurora y su hija en sus respectivas habitaciones se ataviaban para asistir á la brillante fiesta. Enriqueta sentada ante un gran espejo portátil, con- templaba el caprichoso peinado con que adornaba su ca- beza una doncella de las que Aurora había colocado á su servicio desde aquel día. Luego que el peinado estuvo concluido, la diestra pei- nadora colocóle al estilo griego una riquísima sarta de perlas color de rosa que sentaba admirablemente sobre ios negrísimos cabellos de la joven griega. Luego ayu- .•^.--:/y>Uji-i^¿'^^'-^'>i^^^¿^ DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 7 dóle á ponerse un riquísimo trage de brocato color rosa pálido, con ffanjas bordadas de perlas. En los desnudos brazos y cuello ostentaba por todo adorno su marmórea blancura. ¡ Que bella estaba ! jamás ojos humanos contemplaron una criatura de belleza más ideal; desprendíase, de toda su persona, un no sé qué de etéreo y divino que hacía experimentar al contemplarla un sentimiento como de temor de hacer con las miradas desaparecer aquel ángel semejante á un inmaculado lirio entre magníficas rosas. Un momento después de terminado el atavío de la jo- ven se presentó en busca de esta su madre para acompa- ñarla ai comedor. Llevaba la marquesa un regio traje de raso carmesí adornado con encajes de hilo de oro, sembrado de rubíes. Entre sus hermosos cabellos lucía una mariposa de fili- grana de oro, cuyas alas estaban guarnecidas de dia- mantes, piedras que adornaban sus brazos y su cuello. Aquel expléndido traje le sentaba admirablemente y hacía resaltar su soberbia belleza. A las seis de la tarde los salones de la suntuosa mo- rada estaban llenos de invitados, encontrándose entre ellos el Dux y su hijo Rafael. Fué imposible á éste negarse á asistir á aquella fiesta pues su padre le había pedido y al mismo tiempo orde- nado que concurriera á ella para presentarle á la que en breve sería su madrastra. Cuando el Dux se presentó en el salón Aurora se ade- lantó como siempre á, recibirle. Después de saludarle con aquella exquisita gracia que ia hacía tan adorable, preguntóle: — ¿Este joven que os acompaña es sin duda vuestro hijo, mi señor? — Sí marquesa, y tengo el mayor placer en presentá- roslo, esperando que de hoy en adelante seréis buenos amigos. Rafael se inclinó respetuosamente ante Aurora al tiem- po que exclamaba: Gran honor sería para mí merecer vuestra amistad, señora marquesa. Esta ofreció su mano al joven, pronunciando algunas 1 8 DE LA SOMBRA A I,A LUZ palabras afectuosas. En aquel momento apareció en el salón la apacible y hermosa faz de Enriqueta. Aurora le hizo una seña para que se acercara y le presentó al Dux y á su hijo. Al momento simpatizaron aquellos dos jóvenes á cual más noble y bondadoso. El Dux ofreció su brazo á la marquesa y Rafael á la señorita de Alcibiani, dirigiéndose al comedor seguidos de los demás invitados. ^ ^ ^ El banquete había terminado cuando comenzaron á lle- gar las personas invitadas al baile. Enriqueta paseaba apoyada en el brazo de Rafael, cuando un criado anunció á los señores y señorita de Evoli. Al oir el joven pronunciar aquel nombre un ligero ex- tremecimiento agitó su cuerpo. Su compañera miróle sorprendida y al Ver que su emoción había sido notada preguntó sonriendo: —¿Conocéis á esa familia de Evoli, señorita? — No señor — contestó Enriqueta— pero mi madre, co- noció en su niñez á la señora de Evoli y después de muchos años vuelve á reanudar su amistad. ¿Y vos las conocéis? — De vista solamente, señorita — dijo el joven. Leonor y su hija fueron recibidas por la marquesa con muestras de la mayor simpatía. Valentina era aquella noche como siempre "la hermosa veneciana" como la llamaban sus numerosos admiradores. Su belleza se hallaba realzada por un delicado traje de color cielo, adornado con mariposas de plata bordadas sobre la tela; su hermosa cabellera formaba á su cabeza una rica diadema de oro, un broche de záfiros adornaba su artístico peinado; gargantilla y pulseras de las mismas piedras lucía en sus brazos y alabastrino cuello. — Querida Leonor— decía Aurora- -cuanto placer expe- rimento al volver á veros. DE LA SOMBRA A LA LUZ IQ Luego saludó á Valentina, quedando admirada ante aquella belleza. —¡Qué hermosa criatura!— exclamó al besarla— Qué contenta va á estar mi Enriqueta de poder llamarla su amiguita. Esta última, que había visto entrar á las de Evoli, dejó el brazo de Rafael y se dirigió á donde estaba su madre. ^Ven Enriqueta, quiero hacerte conocer á mi antigua amiga, sintiéndome dichosa de que la primera que tú cuentas sea esta hermosa criatura, dijo la marquesa. Enriqueta quedó prendada de la gentil y hechicera Valentina. Ambas jóvenes se tomaron del brazo y la señorita de Alcibiani deseando saber si producía en Va- lentina la vista de Rafael la misma impresión que notó en él, cuando la señorita de Evoli fué anunciada, se di- rigió al sitio en que momentos antes dejara al joven. ¡El mismo resultado! Apenas divisó la joven á Rafael se extremeció; sus hermosos ojos se entornaron y su semblante se cubrió de rubor. — ¿Conocéis á aquel caballero que está de pie junto á ese jarrón con lirios azules?— preguntó Enriqueta á Va- lentina —Le he visto algunas veces pero nunca le he tratado. ni sé quien es ¿por qué lo preguntáis querida amiga? —Porque si no lo conocéis quiero tener el honor de presentároslo y prosiguió— si no supiera porque él- me lo ha dicho, la vida tan retirada que ha llevado mientras vivió su madre y aun después de haber dejado ésta de e?fistir, me sorprendería sobremanera que no lo cono- cierais. — ¿Por quéP— interrogó Valentina, pudiendo apenas contener el temblor de su voz. —Pues porque llamándose Rafael Dándolo y. siendo hijo de nuestro Serenísimo Príncipe tendría suficiente motivo para sorprenderme que no le conozcáis. No es posible describir el efecto que estas palabras produjeron en el ánimo de Valentina; jamás había pasado por su mente semejante idea. 20 DE LA SOMBRA A LA LUZ ¡Rafael Dándolo! el hijo del poderoso Dux de Venecia, era el hombre que ella amaba ciegamente! ¿Por qué? Por qué había puesto sus ojos en él? Por qué había entregado tan ciegamente su corazón á un hombre que ni aun sabía si la amaba? Qué hado per- verso había hecho que ella ignorara hasta aquel instante el nombre del único hombre que para ella existió? Las dos jóvenes habían llegado al sitio donde se ha- llaba Rafael y Enriqueta hizo la presentación con algunas amables frases, luego se sentaron y hablaron largo rato de las fiestas, la música y otras cosas por el estilo. Rafael cada vez más encantado de Valentina, la con- sideraba como la criatura más noble y bondadosa de cuantas existían. Aquella noche era la primera vez que Rafael se pre- sentaba en una fiesta y como era de esperar, todas las jóvenes deseaban ardientemente conquistarse las simpa- tías del noble y hermoso caballero. Mientras que ia Duquesa, su madre, vivió, esta fué su única preocupación; pasar sus días junto á ella ameni- zando y llenando su soledad, era su anhelo; haciendo cor. su presencia menos triste el aislamiento á que se había condenado su adorada madre, era para el excelente hijo un deber sagrado que cumplía con solícita y amorosa ternura. Nunca consideró esta esclavitud como una car- ga, y por muchos años fué su madre la única sociedad que tuvo, hasta que la consunción que minaba día por día su existencia, llevó al sepulcro á su adorada en- ferma. Desde aquel día funesto, vivió al lado de su padre agobiado por el terrible golpe que le privó del ser q\ie más le amaba en el mundo. Durante dos años después de la muerte de su madre, siguió viviendo en el mismo retraimiento, hasta que lo? deberes de su posición, recordados por su padre, le obli- garon á presentarse en el gran mundo, entre la sociedad más escogida de Venecia, despertando con su presencia la admiración y simpatías de todas las jóvenes. Pero él no se daba cuenta de los sentimientos que excitaba á su paso cuando llevando de su brazo á Va- DE LA SOMBRA A LA LUZ 21 ¡entina recorría orgulloso el salón; junto á la mujer que amaba, ninguna otra existía para él. La señorita de Evoli había aprendido todas las artes necesarias á una niña destinada á brillar en sociedad. Tocaba el arpa con rara perfección, pintaba, poseía va- rios idiomas, bordaba como una hada, y cantaba con voz dulce y melodiosa y también bailaba con la misma gracia (|ue ponía en todos sus actos. Pero aquella noche no danzaba casi. Apoyada grave- mente en el brazo de jRafael, escuchaba con embeleso su amena conversación. Ambos jóvenes hubieran deseado, á ser posible, que aquella noche fuera eterna para no tener que separarse. Fueron felices durante aquellas breves horas, estando el uno al lado de la otra, en éxtasis encantador^ sin que para ellos existiera nada más que su mutuo amor, aunque ninguno de los dos hubieran pronunciado una palabra que denunciara el estado de sus corazones. Serían las cuatro de la mañana cuando Enriqueta se acercó á ellos, para llamar á Valentina, pues Leonor quería retirarse. Un accidente imprevisto privó á ésta de su góndola, pues su gondolero había reñido con otro y ambos fueron tomados por la justicia. Felizmente para Rafael y Valentina, el Dux se había retirado temprano, así que aquel pudo ofrecer á las dos damas un asiento en su góndola, lo que considerado como un honor fué aceptado sin vacilar. El Palacio de Evoli estaba construido en círculo y lo rodeaba una balaustrada de mármol rosa, abierta por va- rias puertas con escalones que daban al canal. En una de aquellas se hallaba el señor Evoli esperando ú su es- posa é hija. Al ver al hijo del Dux que venía acompañarlas, espe- rimentó una viva impresión de orgullo y regocijo, y acer- cándose á la barca, rogó al joven les hiciera el favor de pasar adelante y aceptar una taza de esquisito café, que sirvió muy complacida la amable Valentina. Al retirarse el joven, prometió visitarles con frecuen- 22 DE LA SOMBRA A LA LUZ cia, promesa que llenó de júbilo al enamorado corazón de Valentina. Rafael se retiró con el alma llena de placer. Parecíale imposible que en algunas horas, hubiera visto realizado la felicidad, que momentos antes veía él tan lejos. En su imaginación poética y exaltada, creía ver la sombra de su bien amada madre, que le sonreía con dul- zura, siendo feliz con la felicidad de su caro hijo. El joven Dándolo, cumplió sus promesas, visitando á su nueva amiga con bastante frecuencia. Era para él uno de los mayores placeres, el pasar las hermosas tardes de Venecia junto á su amada, mirándose en sus divinos ojos y deleitándose en escuchar el eco melodioso de su voz. Habían transcurrido algunas semanas y Rafael no ha- bía dicho aún á la joven cuanto la amaba, más ella no lo ignoraba y se sentían felices con amarse mutuamente sin ostentación, sin los arranques de esas pasiones Violen- tas que no tienen ni la intencidad ni la constancia del verdadero amor. Valentina quiso al principio combatir aquel sentimiento que había nacido en su pecho al dulce calor de una mi- rada, pero convencida al fin de que le sería más fácil arrancarse el corazón del pecho que dejar de amar á Rafael, se entregó sin vacilación á aquella ternura que era su vida. Rafael no había cumplido veinte y dos años y Valen- tina se acercaba á los diez y siete y sabiendo aquel que la boda del Dux debía celebrarse á fines del verano, quería aprovecharse de aquel acontecimiento, esperando tener mejor acogida en su demanda. CAPÍTULO IV Enriqueta Era á fines del mes de Agosto. En el palacio de Alcibiani, se notaba gran movimiento, pues la marquesa no descansaba un instante con los DE LA SOMBRA A LA LUZ 23 preparativos de su boda que estaba fijada para el día treinta del mes corriente. Enriqueta veía con íntimo pesar acercarse aquel acon- tecimiento que tanto la disgustaba. Rafael no había olvidado á su amiguita y todas las se- manas dedicaba algunas horas á la buena y amable joven. Cuando iba á hacerla sus visitas, ambos se tomaban del brazo y alegres y descuidados daban largos paseos por el jardincillo situado al frente de la suntuosa mo- rada. Un día en que ellos se entregaban á este inocente placer; Aurora que sentada junto a^. Dux, en un hermo- so parterre que tenía frente al diminuto jardín por el que paseaban sus hijos: Mirad dijo llamando la atención del Dux; mirad á nuestros hijos cuan felices son, estoy segura que ya se aman. Reparad señor con que calor y entusiasmo se expresa Rafael. Es Verdad dijo el Dux algo pensativo: Antes tenía que obligarle á que os visitase, mientras que de algún tiempo á esta parte está siempre dispuesto á acompa- ñarme y agregó después de breve pausa, si bien es cierto que también visita con alguna frecuencia á vues- tras amigas las de Evoli. La marquesa quedó silenciosa por algunos instantes, y luego exclamó con mal disimulado enojo. ¿Quién sabe no es á esa joven Valentina á quién él ama? Más esto señor Dux sería un desatino. No, Aurora respondió él, no creo á mi hijo capaz de semejante desacierto. ¡Oh! no hay que confiar mucho en el asierto de los jóvenes, mi amado señor, y conviene que con tiempo averigüéis lo. que haya al respecto, pues ya sabéis que la mayor parte de los males tienen remedio si se acude á tiempo. Sí, sí, murmuró el Dux, seguiré vuestros consejos mi querida Aurora. Hasta ahora no había pensado en esto pero Acordaos señor, interrumpió ella que me habéis prometido vuestra ayuda para lograr que nuestros hijos se amen y ya sabéis que esto es mi más grande anhelo, y el verlo realizado sería el colmo de mi felici- ■»f:a(t;':rí?*'3^^y 24 DE LA SOMBRA A LA LUZ dad ellos se acercan, hablemos de otra cosa. Solo me resta deciros, que cuento con vuestra palabra, mi amado Enrique, murmuró ella, con voz baja y envol- viéndole en una mirada llena de amor. La presencia de los jóvenes, cortó las palabras pró- ximas á salir de los labios del amante. Aurora miró á su hija, á caso como no la había mi- rado hasta entonces. Estaba esta tan bella, que Aurora se dijo: Es impo- sible que él no la ame; tendría que ser ciego ó tonto. Sigamos ahora de lo que trataban Rafael y Enriqueta durante su paseo. Mi querido amigo decía ella, con su acento grave pero melodioso y dulcísimo. Hace algún tiempo, noto que estáis triste y preocupado, y creedme, á mí me apena sobre manera qué siendo yo como tantas veces lo ha- béis dicho á vuestra mejor amiga, no pueda saber la cau- sa de vuestra tristeza y preocupación; y continuó mi- rándole sonriente. Que estáis enamorado no me lo digáis, pues que hace tiempo lo sé, más ¡Que lo sabéis Enriqueta — Vos ¿cómo? decídmelo! Decidme como lo sabéis? Oh Rafael! La emoción os vendió á los dos y dejas- teis traslucir lo que quizá hubierais querido ocultar en lo más íntimo de vuestro pecho. No amiga mía, yo no tenía idea de ocultaros nada pero, me encontraba en una situación por demás emba- razosa Para que podáis daros cuenta, voy á contaros como conocí y amé á la hermosa criatura sin la cual, lo he comprendido hace tiempo, me sería insoportable la vida y aquí contó á su amiga la breve historia de sus amores. Cuando él terminó su relato, Enriqueta que lo había escuchado con una bondadosa sonrisa exclamó: Pero, ¿entonces no le habéis manifestado el senti- miento que os anima? No, nada le he dicho directamente, más ella sabe, Enriqueta, cuanto la ama mi corazón. La amiguita quedó pensativa y silenciosa durante al- gunos instantes, luego tomando su semblante una expre- *^msm DE LA SOMBRA A LA LUZ 25 sión de gravedad inucitada.— Y habéis pensado mi que- rido Rafael en los poderosos obstáculos que se opondrán á ese enlace si desearías realizarlo? interrogó. Si, he pensado en todo, más nada me daría cuidado si no estuviera mi padre de por medio, pues tengo casi se- <4uridad de que jamás me dará él su consentimiento para realizar esa boda. Este es mi querida amiga, el pesar que me abate y me hace mirar con temor el momento en que tengo que po- nerme ante su. presencia para hacer mi demanda. Presiento la lucha inevitable y vos podéis comprender cuan doloroso me será revelarme contra el que es para mí, padre y señor. Grandes inconvenientes se os presentan, pero con la ayuda de Dios y perseverancia de nuestra parte quizás salgáis triunfante. Yo sé Enriqueta, continuó el joven, que es otra la es- posa que mi padre me destinaba; no menos hermosa y buena, digna del más ferviente amor que puede experi- mentar el hombre, pero cuando la he conocido ya mi corazón no era libre. Mientras él pronunciaba estas palabras el semblante de su compañera revestíase de una expresión picarona y burlona y levantando sus ojos hasta la faz de Rafael, dijo al mismo tiempo que golpeaba su falda con una ra- mita de florido cedrón. Ya sé quién es la persona á quién os referís pero per- mitid que os diga exageráis sus méritos al hablar de ella en los términos que lo habéis hecho, pues es en todo in- ferior á la que amáis. ¿Sabéis á quien me refiero? dijo Rafael sonriendo á su Vez. Sí. Nombradla pues. No hay necesidad, la tenéis á vuestro lado. Cuan buena sois mi querida Enriqueta y cuanto ad- miro Ja- elevación de sentimientos que os permite des- pojaros de esa vanidad tan general en vuestro sexo y que en tanto desmerece á la mujer; y al decir esto es- x 26 DE LA SOMBRA A LA LUZ trechaba entre las suyas, la pequeña y terza mano que ella le tendía. Bien Rafael, hablemos ahora de vuestros proyectos y busquemos el medio de realizar vuestras esperanzas. ¡Oh! querida Enriqueta, gracias, mil veces gracias por el interés que por mí os tomáis, yo sabré recompenzaros queriéndoos con toda mi alma. Ahora continuemos. Habéis dicho prosiguió la joven, que estáis resuelto prescindir de todo excepto de vuestro padre, para uni- ros con Valentina? Sí, de todo, absolutamente de todo. Aquí llegaban en su conversación cuando Aurora hizo notar al Dux el entusiasmo de su hijo. ¡Cuan lejos estaba ella de imaginar, á que obedecía aquel entusiasmo! Enriqueta, continuó Rafael, ayudadme con vuestros con- sejos. Aunque amo á Valentina intensamente, temo el enojo de mi padre y la negativa que estoy seguro de es- cuchar. No os amilanéis tan pronto mi querido amigo, pensad que es el único camino que podéis seguir, hablad prime- ro á vuestra amada y después á vuestro padre, sed elo- cuente, pintadle con vivos colores vuestro amor, habladle en fin con el persuasivo lenguaje de! corazón tocando sus más íntimos sentimientos: conmovedle, esa es la única esperanza que podéis tener. —¡Oh! tenéis razón y me habéis aliviado de un gran peso. Esta misma noche hablaré á Valentina y si ella corres- ponde á mi pasión mañana habré escuchado mi sentencia de labios de mi padre. Solo á una criatura como vos podía deber la satisfac- ción que en estos momentos experimenta mi alma. — ¡Ohl amiga mía, hermana mía que buena soy. Permi- tidme Enriqueta que de hoy en adelante os dé este caro nombre. Vos no tenéis hermano, yo lo seré vuestro. Yo no tengo hermana vos lo seréis mia. ¿Verdad mi hermanita que aceptáis? Dos gruesas lágrimas corrieron por las mejillas de la joven. —Sí querido hermano, dijo, seré vuestra cariñosa her- DE LA SOMBRA A LA LUZ 27 mana y Dios sabe cuanta alegría me causa oir de vues- tros labios ese nombre, porque, voy á seros franca: yo no os hubiera hecho feliz, pues mi corazón de mujer no ha despertado aún y solo siento por vos el puro y tran- quilo cariño con que se ama al hermano. •k -k ií Aquella noche, más temprano que nunca presentóse Rafael en el palacio Evoli. Valentina como de costumbre esperaba al joven en el salón. Aprovechando la soledad de su amada resolvióse á ma- nifestarle su pasión y sentándose junto á ella dijo: —Mucho tiempo hace Valentina, busco una ocasión fa- vorable y palabras con las cuales pueda daros una idea del sentimiento que desde el instante que os vi hicisteis nacer en mi corazón. No soy elocuente, mi amada, pero quisiera deciros algo para haceros ver si es grande y sincero el amor que os ofrezco; muchas veces he intentado hablaros co- mo lo hago ahora, pero cuando iba á hacerlo, me faltaba el valor temiendo oir vuestra respuesta. Ella nada dijo, pero fijó en el pálido semblante de Rafael, una mirada que en su mudo lenguage, decía un mundo de amores. En aquel instante, supremo para ambos, fueron in- terrumpidos por los padres de Valentina, que entraron al salón acompañados de un arrogante joven marino, que había llegado de España en aquellos días: se llamaba Edmundo deSViilenas, Conde de Miramar. Luego que se hubieron saludado, Leonor propuso salir al jardín, proposición que todos aceptaron con placer porque hacía en el salón un calor insoportable. Rafael y Valentina se. adelantaron por una estrecha callecita de perfumados naranjos; los esposos Evoli y el joven marino les seguían á corta distancia. Era una noche de completa calma. Brillaba en el cielo azul y plata la luna pálida y hermosa, bañando la tierra 28 DE LA SOMBRA A LA LUZ con SU difusa luz, mientras sus rayos iban á quebrarse sobre la tranquila superficie de las aguas que en capri- chosas fuentes de marmoles, destacábanse de entre el follage del pequeño jardín; las flores bañadas por el suave rocío de la noche levantaban sus corolas y en alas del céfiro esparcían sus delicados perfumes por los ám- bitos de la dormida tierra. Todo, en aquella magnífica noche convidaba á las dul- ces y gratas espansiones del amor. Exaltado ante tanta belleza, el amor de Rafael se des- bordó en palabras, como si en aquellos instantes la cár- cel de su pecho fuera pequeña para Contener en él su inmensa pasión. Ella escuchó las palabras del único hombre que para ella existiera sobre la tierra, con infinito placer, con aquel divino deleite que todo corazón sensible que ama debe sentir cuando escucha de los labios de su amado, pala- bras que acarician y que hacen inolvidable esos instan- tes, durante la existencia del ser á quien van dirigidos. Valentina respondía con monosílabos á las preguntas del joven, cual si temiera con una sola palabra destruir la dicha infinita que esperimentaba su alma en aquellos momentos y fijaba sus miradas ora sobre la pálida faz de su amado ora sobre la fina arena de las calles, que crugía bajo sus menudos pies. Luego haciendo un violento esfuerzo de voluntad, y comprendiendo que el fin de su éxtasis y de su felici- dad había llegado: Rafael, dijo, con temblorosa voz: es- cuchad lo que voy á deciros; Dios es testigo de que diera mi vida entera por evitaros un pesar, pero juzgad vos mis- mo las razones que voy á daros. Yo os amo, Rafael; sí, por qué negarlo? bien lo habéis comprendido, pero os amé sin saber. ¡Oh Dios mió! que amaba un imposible. Por piedad Rafael amado de mi alma, (dejádmelo decir por la primera y postrera vez) por vuestro bien os lo digo, huid, huid lejos de mi: huid d^nde el eco de mi nombre no llegue á vuestros oídos ni el vuestro ¡ay! á los mies, dijo sin poder contener un sollozo que se ahogó en su garganta. Luego luchando por contener su emoción, continuó: DE LA SOMBRA A LA LUZ 29 Casaos con la esposa que os destinan Rafael, ella es no- ble, es buena y hermosa, y podrá haceros feliz sin nin- . (¿ún sacrificio de vuestra parte, mientras que yo. . . ¡oh! Rafael llegará día en que acosado por los sufrimientos maldeciréis mi amor!!! Rafael soltó violentamente el brazo de la joven y mi- rándola de frente con el semblante demudado por el do- lor esclamó: —Valentina . . . ¿Qué habéis dicho? ... Yo maldecir vuestro amor? Este amor que es mi vida, mi único an- helo, mi sola felicidad? . . . Valentina. . . . Valentina decid que he oído mal para que no sea tan cruel mi martirio, para que no os crea despiadada! —¡¡Rafael!! esclamó ella con la voz estrangulada por los sollozos. —Quiere decir, continuó el joven, con creciente exal- tación; quiere decir qUe eréis que mi amor es un juguete de niño, ¿que puedo amar á otra mujer cambiando de amor como se cambia el traje que ya está usado ó pasa- do de moda? Decid si así pensáis para deciros que estáis cruelmente engañada, ó que me juzgáis muy mal. —Rafael, mi amado Rafael, calmaos, yo os lo suplico, si es verdad que me amáis. ¿Cómo podéis hablarme con semejante dureza? Si os he ofendido perdonadme, no aumentéis mis pesares con vuestro enojo; yo no se ni lo que digo ni lo que pienso yo... solo se que te amo y que seré tuya ó de nadie en este mundo! ... . y . . tenga Dios piedad de nosotros. —¡Vida mia! mi adorada Valentina, murmuró el joven con el semblante transformado por la dicha. Yo te adoro y al decir esto tomó una mano de la joven y la cubrió de besos. En aquel momento un hermoso arbusto les ocultaban á las miradas paternas y aprovechando esta circunstancia tomóla entre sus brazos y la estrechó contra su pecho palpitante de amor. 30 DE LA SOMBRA A LA LUZ CAPÍTULO V Desengaño Trasladémonos al palacio Alcibiani y veamos lo que en el acontecía. En un pequeño saloncito con riquísimos tapices de da- masco color plata con flores de un tono más oscuro; alha- jado con un lujo oriental y esquisito buen í^usto, Aurora en traje de mañana consistente en una bata de seda de !a India blanca adornada de grandes ramos de lilas, es- peraba á su hija, á quien hacía breves momentos enviara á llamar. Cuando la joven se presentó: Siéntate Enriqueta he- mos de hablar, la dijo y continuó. . . . —Hace ya algún tiempo, noto la asiduidad con que nos visita el señor Dándolo (así llamaba ella á Rafael) y esto sucede desde que tuve la buena idea de presenta- ros. Ahora bien, yo quiero saber si realmente os amáis, ó si me he equivocado. — Querida mamá, dijo Enriqueta, acompañando sus pa- labras con una dulce sonrisa. Mucho siento que lo que voy á decirte pueda causarte disgusto; pero tu estás en un error creyendo que Rafael pueda esperimentar por mi otro sentimiento que una sincera amistad. Has concebido ilusiones de todo punto irrealizables pues él ama muy deveras á nuestra buena amiga Valen- tina Evoli y . . . ¡Basta, basta! Nunca creí que fueras tan tonta, para no comprender que el amor del señor Dándolo por Va- lentina no puede ser más que un simple pasatiempo; así pues escucha lo que voy á decirte. Bien conoces mi carácter y sabes que cuando quiero^ que se haga una cosa, tengo la energía de hacerme obe-' decer. . . Sin contar que cuando no puedo á buenas pue- do á malas ¿me oyes? y no tendría consideraciones para DE LA SOMBRA A LA LUZ 3 1 nadie y menos aún para tí, que eres la más obligada á obedecerme. Hecha esta salvedad, voy á decirte cuales son mis de- seos. Veo que me he equivocado en mis cálculos, cre- yendo que ya os amabais; pero no importa. Lo que hasta ahora no se ha realizado puede conseguirse más tarde. De hoy en adelante quiero que trates de conquistarte el amor de ese joven y que luego sea tu esposo. Eres bastante hermosa para que esto te parezca imposible. Enriqueta miraba á su madre con espantados ojos, sin poder darse cuenta de cual podría ser el objeto que Au- rora se proponía con aquella infame acción. El fuego de la más santa indignación, brillaba en sus miradas y sus pequeñas manos, temblaban á impulsos del dolor que en aquellos momentos laceraba su corazón. Ni por un ins- tante pensó ella en cumplir aquellas terribles órdenes. rY qué había de hacer? Obedecer ciegamente y conver- tirse en una miserable criatura? ¡No jamás! antes morir. Revelarse contra la voluntad maternal y luchar hasta triunfar ó sucumbir! Sí, era este el único camino que le mostraba el deber. Bien sabía que aquella lucha sería, la lucha del débil contra el fuerte, del bien contra el mal, siempre más poderoso; pero no había otro camino que seguir y tuvo que resignarse con su adversa suerte que la ponía frente á frente de su madre, obligándola á revelarse contra ella por la primera vez de su vida. Aurora comprendió lo que pasaba en el ánimo de su hija y queriendo darle una razón que ella creía conclu- yente continuó así: —Podría no decirte los motivos que tengo para que intentes á lo que te he dicho, pero no quiero que obres á ciegas. Cuando yo era niña, prosiguió diciendo, conocí, por mi desgracia, al Dux nuestro señor y concebí por él una loca pasión, más ya era tarde, pues el amaba á la que fué después su esposa; una joven muy linda, pero no tanto ni tan joven como yo era entonces; no obstante él la prefirió y se casó con ella. 32 DE LA SOMBRA A LA LUZ Durante cinco meses estuvo el miserable alentando aquella pasión que el fingía y que era mi vida .... No necesito decirte, como desde que se casó mi amor se convirtió en odio, pero en un odio mortal, inestinguible. Por aquel entonces conocí á tu padre y sin, amarlo, sin conocerlo casi, me casé con él para que el Dux y su esposa no fueran á creer que estaba desesperada como lo era en realidad. Que caro pagué mi ciego capricho, hija mia. Ay, cuanto sufrí desde aquel día fatal. Mis pobres padres que no tenían valor para oponerse á ninguna de mis voluntades, me dejaron hacer engañados por mi, pues yo les asegu- raba que había olvidado al Dux y que solo amaba al marquez. Pero cuando se apercibieron de lo desgraciada que era aquella por quien ellos hubieran dado gustosos su vida, entonces su dolor no tuvo límites; se creían ellos los únicos responsables de mi desgracia por no ha- berse opuesto á mis locos deseos. Yo quise huir y esconder mi terrible desventura lejos muy lejos de ellos. Aún está presente en mi imagina- ción y repercuten dolorosamente en mis oídos las pala- bras llenas de amargura que pronunció mi padre cuando fui á desfiodirme de ellos. Pobre mariposita mia, me dijo, tomándome la cabeza entre sus manos y obligándome á sentarme sobre sus rodillas, tu quieres alejarte de nosotros, para evitarnos el martirio de ver tu sufrimiento y tu desgracia, pero podrás acaso con tu partida cortar las alas de nuestro pensamiento y hacer que te olvidemos? No mi pobre niña, -no harás eso; y de lejos como de cerca veremos tus males, sentiremos tus penas y oiremos tus suspiros que nos traerá el viento envueltos con tus lágrimas. Y que habrás conseguido agregar á nuestro gran pesar el horri- ble martirio de no verte. Créeme Aurora, hija mia. No te separes de nuestro lado, junto á nosotros te encontrarás más fuerte para sobrellevar tus males, inspirándote en el ejemplo que te dan estos pobres ancianos y será menos grande tu do- lor porque seremos tus corazones para un solo sufri- miento. '^^iíP'^^^^s'^SlK^Í^^^^^^^Síi^í^-^' -^ ;_. ;4ifT',.r-^^¡g»«'>rr'-;r -'Sj^---- BE I,A SOMBRA A I.A I.ÜZ 33 Tu desgracia, me dijo dulcemente mientras acariciaba con sus manos mis cabellos, tu lo sabes es verdad? Es irreprochable. Lo comprendes así? Si padre mió, respondí casi sin voz. Pues bien no tienes otro remedio que armarte de mu- cho valor y de una gran resignación hasta que Dios ponga fin á tu martirio que es el nuestro mi querida hija. ¡Mi pobre flor tan temprano marchita! Y dijo es- tas palabras con un acento. . . ¡Ay! que acento mezclado de sollozo y suspiro que degarró su pecho. Inclinó su frente sobre la mia y bañó mis mejillas con su llanto. ... en aquel momento se abrió la puerta del salón donde estábamos y apareció mi pobre madre con el semblante innundado de lagrimas. Todo lo he oído me dijo y mientras vosotros hablabais yo invocaba la ayuda del Señor para que tu padre lograra disuadirte de tu intento. —No partirás de nuestro lado, nuestra única alegría, nuestro solo bien. Verdad hija mia. — Nó, no partirá, se apresuró á decir mi padre. Por- que mi Aurora no puede negarme nada en los pocos días (¡ue me quedan de vida. Yo no pude resistir más y caí sin sentido en brazos de mis padres. Cuando volví en mi me encontré en mi lecho; una doncella estaba á mi lado. La pregunté por mis padres, y por el modo de contestarme comprendí que una catás- trofe más grande qué todas se cernía sobre mi frente. Salté del lecho apesar de los esfuerzos de la donce- ::a, por impedírmelo y echándome un peinador, corrí á ' as habitaciones de mis padres. Todas estaban desier- tas, más al poner el pie en el umbral del dormitorio de tu abuelo, sentí un murmuljo de voces que heló la san- are en mis venas. Levaníé el cortinado y avancé re- sueltamente. ¡Ay! Enriqueta; jamás otro dolor más grande que aquel volverá á desgarrar mi pecho como lo desgarró en aquel instante. Sobre el gran lecho y entre las azules colga- duras, pálido, 'con la palidez de la muerte, yacía el cuer- r 34 DE LA SOMBRA A LA LUZ po del que más amé en este mundo. Yo, creí morir en aquel instante. Las últimas palabras que pronunció mi padre, resona- ban en mis oídos con fatídico son. Me acerqué al lecho. Mi madre estaba arrodillada á la cabecera y tenía entre las suyas una mano de su es- poso. Me incliné sobre ella y le pregunté con el acento de locura: ¿Qué ha sucedido? ¿Qué tiene papá? Dímelo por D^os madre mia! No te asustes me respondió, es un ataque; ruega al Señor que pase pronto. ¡Oh! sus palabras mentían pero su acento n^- Y aquel acento fué el que me reveló que si mi padre no había espirado estaba ya en la agonía. Así pasó aquel dia memorable, los médicos no se apar- taban del enfermo, pero toda su ciencia era inútil, A la madrugada del siguiente día se notó alguna mejoría. ¡Oh! maldita mejoría de la muerte, que nos hace con- cebir locas esperanzas, para sumirnos luego en el horri- ble infierno de la desesperación. Mi pobre padre se incorporó en el lecho y fijó sus ávidas miradas sobre nosotros dos, que estábamos arro- dilladas junto á él y mientras mamá rezaba en el colmo de su dolor yo lloraba amargamente. Esposa mia, hija mia, balbuceó. Dadme un último abra- zo y rogad á Dios por mi. Nos abrazamos sobre el lecho y cubrimos de caricias y lagrimas aquel semblante adorado. ¡Padre, padre! No nos abandones para siempre, grité yo en el paroxismo del dolor y oprimiendo fuertemente aquellas pobres manos húmedas y frías. Algo como una triste sonrisa apareció en los labios del moribundo y con el acento casi extinto dijo: — Si no os abandono para siempre, no veis. . . que. . . os. . . aguar- do .. . allá. . . . Hasta que nos encontremos. ... en la pa- tria de los justos. Adiós mi amada esposa hija de mi alma. ... Oí el ruido de un cuerpo que se desplomaba sobre el suelo, al mismo tiempo que en un beso pos- trero recibía el último aliento de vida que se escapó de DE IvA SOMBRA A LA LUZ 35 aquel pecho 3? aquella cabeza cayó desplomada sobre las almohadas. Cuando vi aquella cara lívida, cuando palpé con mis manos aquella frente helada . . . cuando mis ojos se fi- jaron en aquellos ojos entornados y aquella boca muda para siempre, recordé las últimas palabras que salieron de ella, entonces otra mujer surgió de mi y poniéndome en pie en el límite en que se confunden la razón y la locura salió de mi pecho un rugido y de mis labios una blasfemia y una horrible maldición lanzada sobre la frente de un ser odiado. En aquel momento algo pasó dentro de mi pecho, algo así como si mi corazón se hubiera vuelto de dura roca, y desde entonces no latió ya más para el bien, no amé á nadie ni á nada y odiaba á todos. Al llegar aquí, la marqueza lanzó un ¡ay! desgarrador oprimiendo su pecho con ambas manos. Aquella noche, óyelo bien Enriqueta, yo velaba arro- dillada entre dos féretros. A la derecha mi padre y á la izquierda mi madre. . . . esa madre que había caído heri- da de muerte al exhalar el último suspiro, el amado com- pañero de su vida. Cuando cansada de llorar y de retorcerme en medio de crisis nerviosas, dejé llegar hasta mí á otras perso- nas, estas me dijeron que mi madre quería verme, salí de la mortuoria cámara para entrar en otra que pronto iba á serlo. Solo tuve tiempo de recibir un beso y una bendición de aquella madre tan buena, tan santa y tan querida. Cuando entre mis brazos sentí helarse su cuerpo, la dejé sobre el lecho y una segunda blasfemia salió de mis labios, y otra más horrible anatema lanzada sobre una frente mil veces más odiada execrada que la primera. Sin estos espantosos dolores que mataron para siem- pre mi corazón, yo hubiera perdonado á mis enemigos, pero no, después de quedar huérfana fui más desgraciada que nunca, y es de suponer que mi sed de venganza ha ido siempre aumentando hasta que hoy es mi único anhelo. Mi pobre madre! dijo Enriqueta, besando tiernamente 36 DE LA SOMBRA Á LA LUZ la frente de la marqueza. Cuantos dolores y sufrimien- tos. ¡Ah! si lograras olvidar á ese hombre perjuro y mí- sero cuantos males te evitarlas porque la venganza no reporta más que sinsabores. Una sonrisa de desdeñosa compasión crispó los labios de Aurora al oir las palabras de su hija. Que niña eres, esclamó, crees que por nada de este mundo renunciaría á mi venganza? Que les perdone en recompensa del mal que me han hecho? jamás, venga lo que venga, estoy resuelta y no retrocederé. Hoy m.enos que nunca, hoy que estoy al fin de la jor- nada y tengo casi entre mis manos al odioso asesino de mis padres, sí, él fué el más culpable y me vengaré! ¡Oh! sí, -me vengaré, dijo ferozmente. ¡Ah! el me burló entonces pero hoy me toca á mi, y continuó: Ahora hija mia, escucha bien lo que voy á decirte, ?e buena y obediente si no quieres enojarme. Después de haber hecho gala ante ellos, de una felici- dad que estaba muy lejos de ser verdadera y de despre- ciarles con toda mi alma, dije á mi marido que quería viajar por espacio de dos años. La muerte de mis padres quebrantó sencillamente mi salud, esta fué la causa que sirvió de pretesto para mi viaje y á nadie estrañó mi repentino capricho. Yo quería tener la tranquilidad de espíritu necesaria para combinar el plan de mi venganza, idea que ni un mo mentó se separó de mi imaginación. Aquellas dos tumbas que me veía en la necesidad de abandonar, mantenían vivo en mi pecho el odio, que á no haber sido la causa de la muerte de aquellos seres tan queridos, talvez se hubiera extinguido en mi pecho, pero el recuerdo de ellos le mantenían latente hasta no ver realizado mi anhelo. Todo el tiempo que duró mi ausencia de Venecia me díte mil proyectos, á cual más descabellados é irreal! zables y que eran unos tras otros desterrados de mi mente. Cansada de buscar en vano, decidí poner á prueba mi DE LA SOMBRA A LA LUZ 37 paciencia y dejar al tiempo que fne proporcionara el medio de vengarme. Guardó un instante de silencio y luego prosiguió: Hallándonos en Grecia y después de tres años de casa- da viniste tú al' mundo. Cansada de los viajes decidí regresar á mi patria ago- biada por las penas y con el corazón tan destrozado* como dos años antes. Para evitar que los desórdenes del marquez llegaran á oídos de mis enemigos, decidí habitar lejos de ellos y por ese motivo nos instalamos en Florencia. Pero poco tiempo después de cumplir tú los doce años, murió tu padre y entonces me J:rasladé aquí hasta el presente. El hado trae á mis manos á aquel que durante tantos años ha sido mi preocupación. ¡Ay! hoy que lo tengo no le dejaré escapar. ¡Ay! ¡No! no, dijo estas palabras re- chinando los dientes y con una espresión de satánica alegría pintada en su semblante. Después por una hija de tu aya, que era doncella de ia esposa del Dux, supe todo cuanto pasaba en el palacio ducal. La doncella fué quien me dijo que la salud de Marta estaba muy quebrantada, que los médicos mejores del país y extranjeros que habían sido consultados dijeron que pacos años de vida le restaban. Hacía algún tiempo que ella en compañía de su hijo se habían retirado á vivir á una espléndida mansión que había heredado de sus padres. Esta casa está situada en la Isla de San Lázaro, á espaldas del convento que lleva este nombre. Allí vivían completamente alejados del mundo, dedi- cándose la madre por completo á la educación de su pequeño. El Dux iba de tarde en tarde á visitarlos y pasaba unos días entre su esposa y su hijo. Vivieron allí largo tiempo, hasta que pronto, harán dos años, la muerte se cernió sobre su frente. El día antes de su muerte, pude verla por última vez. Era una hermosísima tarde; animada por el buen tiempo me embarqué en mi góndola para dar un paseo. Andaba 38 DE LA SOMBRA Á LA LUZ á la voluntad del gondolero, el cual sin que yo me aper- cibiera, me conducía por el camino de la Isla de San Lázaro. Figúrate cual no sería mi sorpresa, cuando vi aparecer ante mi vista y en dirección contraria á la que yo seguía, la góndola del Dux y en ella á éste, su esposa y su hijo, Rafael que tenía entonces veinte años. El Dux sostenía á su esposa que parecía muy enfer- ma y Rafael la hacía aspirar un frasco de sales para reanimarla. Ya llegaban muy cerca de mi cuando hice tomar otra dirección á mi gondolero y proseguí paseando durante algunas horas. Todo un mundo de recuerdos se agol- pó á mi imaginación. ^ Volví a verme como era á los quince años, hermosa, viva, mimada y adulada de cuantos me conocían; x^orte- jada por un sin número de caballeros que se disputaban como una merced impagable una mirada de mis ojos. Luego veía surgir en aquel vasto círculo de admira- dores auno.... ¡miserable! el que fué elegido de mi corazón. ... y desde aquel día la muerte de todas mis ilusiones y alegrías. Luego la incertidumbre en que viví durante cinco me- ses, hasta que pude convencerme de la infamia del per- juro . Después mi malhadado matrimonio y como consecuen- cia la desesperación y la muerte de mis padres. ¿Des- pués? El abandono, la soledad, la vida sin alegrías ni encantos y esta sed de venganza que hoy por fin voy á saciar. Cuando regresé á mi casa encontróme con la doncella de Marta. Señora, me dijo en cuanto jne vio. La señora se mue- re; acaba de llegar á palacio con el Dux mi señor, y los médicos han dicho que no hay esperanza alguna de sal- varla. No te diré los sentimientos que en aquel momento agitaron mi ser, pues yo misma no se esplicármelos. Mis afanes cesaron bien pronto, pues voy á vengarme. T>n LA SOMBRA Á LA LUZ 39 ¡Ah! Veinte años de martirios no se olvidan nunca mi querida Enriqueta. No es posible desconocer que tenía razón para odiar á aquel hombre, que por el solo placer de hacer mal la hiciera tan desgraciada. Más ella tenía gran parte en 5U desgracia, pues que en cuanto se vio abandonada del Dux y olvidada de aquellos que por el desprecio, casó con el marques de Alcibiani; quien arruinado á causa de sus excesos, no buscaba sino la dote de la joven, y luego en vez de tratar por la bondad y la ternura de apartar al que era su esposo, de !a vida de crápula que llevaba, se alejó de él con horror, lo despreció. Mas tarde Dios, queriendo mostrarle que ñola abando- naba, envióle una nina, hermosa é inocente criatura que la hubiera salvado del dolor y abandono en que yacia. Pero nó, ella Ve en aquella hija á la decendiente del despreciado esposo y la aleja de su lado cuanto le es posible, y allí donde hubiera podido encontrar impagables alegrías para ella, no es así y entrega á su pobre hija á manos mercenarias para que cuiden de su infancia la pobre criatura crece sin los besos amantes de su madre y sin sus dulces caricias y tiernos cuidados. ¡Pobre Enriqueta! ¡Pobre Aurora! La una víctima, la otra extraviada. Pasan los años y e! corazón de la madre se enfría ca- da Vez más. . . y más. . . .- sin que haya una mano cariñosa que ilumine su razón ofiíscada, que caliente su corazón helado. Aurora guardaba silencio después de las últimas pala- bras que pronunciara. Su semblante pálido y contraído dejaba adivinar las borrascosas ideas que bullían en su cerebro. Luego rompiendo su silencio dijo con alterada voz: Acabemos. Rafael me era indiferente, pero desde que he sabido cuanta antipatía guarda para mi en su pecho, han cam- biado mis planes. Quiero que te cases con él porque así le tendré en mi poder y le veré doblegarse ante la que tanto odio. Sí, eso quiero, y todo cuanto yo quiero lo consigo. 40 ' T>U lA SOMBRA A I,A LUZ Enriqueta permanecía ante su madre, muda de indig- nación, el dolor paralizaba la voz en su garganta. Por fin pudo esclamar: y tendréis valor, tú, mi madre, para sacrificarme así? Para hacerme desgraciada toda la vida por satisfacer tus odios? Me barias descender á semejante fango sin consideración alguna? ¡Oh! ni por un instante quiero pensar en semejante horror! .... — Me haces dar risa con los desatinos que dices; crees que me importa que quieras ó no obedecerme, si tengo la fuerza para obligarte? —Y lo único que conseguirás con tus necios escrúpu- los, es ponerme fuera de mi y entonces de lo que ocurra no te quejes. Al decir esto Aurora se había puesto de pie y sus ojos lanzaban rayos. Enriqueta temblaba. — Por compasión madre mia, balbució la joven juntando sus manos y pronta á caer de rodillas, no me impon. . . . — Basta, basta, gritó la inhumana madre; ni una pala- bra más y señalando la puerta, con ademán amenaza- dor dijo: sal de aquí y no vuelvas á ponerte en mi pre- sencia. Enriqueta abandonó aquel aposento teniendo que apo- yarse en las paredes para no caer. En aquellos momentos, juzgábase la criatura más infeliz de la tierra. — Parecíale que todo había Concluido para ella en el mundo, y después de haber visto al desnudo el corazón de su madre, había deseado morir. Maquinalmente encaminóse á sus habitaciones y al lle- gar á su alcoba hubiera caído si su doncella que en aquel momento pasaba por allí no la hubiera tomado en sus brazos al verla vacilar. La marquesa después que salió su hija llamó á una don- cella, dándole orden de no recibir á nadie que no fuera el Dux, pues para éste estaba siempre visible. DE LA SOMBRA Á LA LUZ 4I CAPÍTULO VI Angustias Enriqueta está gravemente enferma. Su temperamento débil y su "corazón sensible no han podido resistir las fuertes emociones que lo han conmo- vido. ¡Allí está! Tendida sobre su lecho sumida en un pro- fundo letargo. Vanos han sido cuantos cuidados se le han prodigado. El desmayo no cede, y la vida de la jo- ven está en peligro inminente, y este crece á medida que pasan las horas y no se prodigan á la enferma los cuidados de la ciencia. Al declinar el día, el estado de la señorita Alcibiani se agravó visiblemente, por lo que la doncella muy alar- mada, corrió á avisar á la narquesa lo que ocurría. Que se llame un médico, ordenó, y permaneció en- cerrada en su habitación hasta que este se hubo pre- sentado. Cuando el facultativo se apercibió del grave estado de ia enferma, hizo un movimiento de disgusto; luego exa- minándola atentamente, recetó algunos medicamentos y después de advertir á la madre del peligro que corría la vida de su hija, se retiró, prometiendo volver en las pri- meras horas de la mañana siguiente. Llegó la noche. Aurora seriamente alarmada por el pronóstico del mé- dico, se instaló en el aposento de Enriqueta. Sentada á la cabecera del lecho, recogía con mano trémula los cortinados que la ocultaban y fijaba cons- tantemente ávidas miradas sobre el rostro de la en- ferma. De pronto dejó caer la cortina, y en su semblante se pintó la expresión del más profundo espanto; toda tem- blorosa balbució á media voz y como si hablara consigo misma. ¡Ah! si no salva. Si su naturaleza aún no acos- -■ ^ .f-~*-i;',i*^c:>íí.. 42 DE LA SOMBRA Á LA LUZ tumbrada á las luchas de esta vida no pudiera resistir tan violento golpe y sucumbiera! Horror . . . Sería yo la asesina de mi propia hija. ... y quien me asegura no me asaltarían terribles remordimientos, y que su recuerdo no me dejaría vivir en paz, amargando aún más los días que me restan de vida. Vaya, decia después, como si quisiera tranquilizarse á si misma, que lúgubres ideas me asaltan esta noche. Porque no ha de salvarse? Esperemos, esperemos agre- gaba pasándose las manos por la frente pálida y con- traída. A la mañana siguiente, el estado de Enriqueta pareció haberse reagravado. Aurora esperaba con visible ansiedad la llegada del medico. Cuando este se presentó; la señorita de Alcibiani, casi incorporada en su lecho, con los cabellos en desor- den y con los ojos inmensamente abiertos, llamaba á su madre en el paroxismo de su delirio. La marquesa lloraba (No se sabe si de miedo ó de dolor). Doctor dijo al verle entrar. Decidme os lo suplico el Verdadero estado de mi hija. Y por lo que, mas améis, en este mundo os pido que la salvéis. Ese es mi deber, señora marquesa, y cumpliré con él hasta donde mi oscura ciencia lo permita, respondió el facultativo y agregó. Si no tenéis inconveniente llamare- mos otro medico. Yo puedo indicaros el mejor de Venecia. El doctor X^que es el medico de Palacio. Si. si... esclamó Aurora: Todo cuanto sea necesario para salvar á mi hija, hacedlo que será aceptado por mi y os lo agradeceré eternamente. Pues bien, á las cinco de la tarde estaremos aqui. Adiós. Señora Marquesa: Adiós Doctor. Aquel dia fué terrible para Aurora. Prosternadada junto al lecho de su hija, escuchaba presa de espantosa congoja, las incoherentes palabras que brotaban de los calenturientos labios de la pobre enferma y cuando esta llamaba á su madre ora con voz dulce y suplicante ora con el acento de la mas profunda deses- peración, ella respondía á los gritos de su hija con dulces palabras que esta no escuchaba. DE LA SOMBRA A LA LUZ 43 En aquel momento entraba una criada trayendo la benéfica poción que el médico recetara. Una cucharada del liquido fué bastante para calmar el delirio de la enferma y sumirla en un sueño apacible y reparador. La marquesa mas tranquila, pidió, recado de escribir yalli mismo sobre sus rodillas escribió al Dux la siguien- te carta. Amado Señor mió: Con el corazón traspasado de dolor os escribo estas lineas, pues habéis de saber, que desde ayer mi hija se encuentra gravemente enferma. Estoy pasando señor momentos tan crueles que no sé de donde sacar valor para sobrellevarlos. Asi pues espero mi señor queráis venir á infundir algún consuelo en medio de su afiición á Vuestra fiel prometida^ Aurora^ Presentóse nuevamente el medico próximamente á las dos de la tarde. Hallábase Aurora en la habitación contigua á la que ocupaba Enriqueta, juzgando ser tranquila la completa inmovilidad de la enferma. Cuando entró precedida del facultativo la respiración de la enferma, era tan débil que no se percibía. iVloríal palidez había sucedido al color rojo que cubría sus meji- llas el día anterior, dos círculos morados rodeaban sus ojos cerrados y undidos en las órbitas comunicando á aquel lindo rostro la espresión de la muerte. Al verla así, Aurora no pudo contener un ahogado grito. Por piedad Doctor dijo, acercándose á este que se hallaba inclinado sobre el lecho de la joven y la pulsaba. Decidme la verdad, por espantosa que esta sea, pues la prefiero mil veces á la duda. Señora, ayer y aun esta mañana abrigaba la esperanza de salvar á vuestra hija pues esperaba que cediera la fiebre, sin sobrevenir el ataque que se presenta ahora con los síntomas mas alarmantes. Sin embargo no debemos desesperar mientras el co- razón late en nuestro pecho, pero tampoco os hagáis ilusiones que tengáis luego que perder. 44 DE LA SOMBRA Á LA LUZ Aurora volvió al lado de su hija junto á cuyo lecho cayó de rodillas. Fuertes sollozos desgarraban su pecho sin que una lá- grima humedeciera sus abrazados párpados, y mil ace- rados puñales desgarraban su angustiado corazón. El Dux y su hijo y más tarde la señora Evoli y Valen- tina acudieron al palacio de Alcibiani en busca de noti- cias de la enfermedad de Enriqueta. También acudieron otra infinidad de amigas de la marquesa sin que ninguna acertara á esplicarse la causa de aquel repentino mal. Valentina había acudido presurosa al lado de su que- rida amiga. Jamás hubiera pensado que tan grave fuera su estado y su corazón se conmovió dolorosamente al verla yaciendo en su lecho casi moribunda. Aquella alma sensible y bondadosa no pudo contener el llanto que bañó su rostro ante aquel cuadro descon- salador. Aurora permanecía insensible á cuanto la rodeaba y con la cabeza envuelta entre las ropas del lecho gemía dolorosamente. Al sentir que alguien lloraba junto á su hija, levantó la frente y fijó sus miradas en Valentina, luego en las demás personas que allí estaban y cuya pre- sencia ella no había advertido. Después con un sollozo convulsivo y desgarrador vol- vió á su anterior postura. Todos los allí presentes sentíanse vivamente impre- sionados ante aquel dolor, aunque habían sido testigos de la frialdad de aquella madre para la dulce y bonda- dosa niña. Lúgubre silencio reinaba en la habitación interrumpido á cortos intervalos por los gemidos que se escapaban de los entreabiertos labios de la enferma. Los dos médicos que la asistían se comprometieron á no separarse del lado de ésta hasta tanto no pasara el peligro ó acabara todo. Las horas pasaban con desesperante lentitu(^ para Au- rora y Valentina,;quienes no se apartaban un solo instante de la joven. Era un día nublado y desapacible y le sucedió una ■r^vs^;. ?'«i?.í^í%í^¿rx; >'V¿S^ DE LA SOMBRA Á LA LUZ 45 noche fría y lluviosa. La ciudad toda dormía silenciosa bajo las negras alas de la noche y de vez en cuando en- vueltos entre los roncos mugidos de las aguas y el viento llegaba á los oídos délas veladoras el eco de una triste ])arcarola que cantaba uno que otro arriesgado gondo- lero que surcaba el canal á aquellas horas. A cada instante entraban los médicos y examinaban á ia enferma, sin que al parecer nadie se advirtiera. Pasó la noche, y llegó el nuevo día lleno de zozobras V angustias para la pobre Aurora y para los médicos que daban visibles muestras de disgusto. Los insuficientes recursos con que en aquellos tiem- pos contaba la medicina eran ineficaces para combatir aquella grave enfermedad. Comprendiéndolo así !o6 sen- --atos facultativos, dijeron entre otras personas al Dux y á Valentina que si en las primeras doce horas no se operaba una reacción favorable no respondían de nada. Cuanto puede hacerse en estos casos se ha hecho, pero -=in resultado satisfactorio; así pues, continuó el doctor H, solo Dios con su infinita sabiduría y poder, puede salvar de la muerte esta vida que se nos escapa apesar nues- tro. Nada más puedo deciros sino que confiemos en la 13ivina Providencia. Todos los semblantes estaban taciturnos y pesarosos. No había una dama de cuantas allí estaban que no tuvie- ra sus ojos empañados por las lágrimas, pues, quien de- jaría de querer á aquella niña tan pura y tan buena que parecía decir en sus miradas á cuantos conocía. Amadme, amadme todos como yo os amo á todos vosotros. Las horas proseguían siempre infatigable su intermi- nable marcha, pero la anhelada reacción no se producía. Serían las diez de la mañana. Valentina arrodillada ante una sagrada imagen invocaba al Señor para que salvase aquella existencia que estaba en el dintel que separa la vida del ignorado más allá. Aurora se puso en pié para dar á su hija la medicina que tomaba por horas . Valen^jia acudió presurosa junto á su amiga y sostuvo su cabeza mientras la marquesa Vertía la poción en los entreabiertos labios de su hija. 46 DE I.A SOMBRA Á LA I.UZ Con espantosa anciedad observaba Aurora mientras la enferma parecía tragar el líquido. Después de corto instante de dolorosa incertidumbre vio con indecible espanto que el remedio no pasaba de la garganta!! Se inclinó sobre el rostro de su hija y es- cuchó. .. . Luego retrocedió un paso poseída de pavor. Su hija no suspiraba. Su hija estaba muerta! Valentina corrió en busca de los médicos que en aquel momento habían bajado al jardín para despejar su cere- bro debilitado por el insomnio. Rafael que vio pasar á Valentina con las manos esten- didas y el semblante lívido, se precipito en la habitación de Enriqueta, previendo una catástrofe. Un espectáculo espantoso se presento á ^u vista. La marquesa con la cabeza caída hacia atrás, las manos es- íendidas y fijas las miradas en el lecho de su hija devo- raba en silencio aquel lúgubre cuadro. La palidez de Enriqueta se había vuelto cadavérica, sus labios lo mismo que los párpados y las uñas estaban mo- rados. Aurora se dejó ir hasta ía puerta buscando en que apoyarse y caminando siempre de espaldas salió del^po- sento pronunciando en medio de suspiros que más bien parecían rugidos. Mi hija, asesina, asesina, he muerto á mi hija. Rafael escuchó aquellas terribles palabras, pues estaba parado delante de la puerta por donde salió la marquesa. — ¡Monstruo! esclama el joven, sintiendo acudir á sus ojos lágrimas de dolor é indignación, pues al esctÍGhar las palabras de Aurora, algo como un rayo de luz pene- tró en su cerebro haciéndole ver la causa de aquella enfermedad que á todos sorprendía. Todo esto duró solo unos instantes. Ya los médicos habían acudido junto á la enferma. En cuanto á la marquesa no alcanzo á dar veinte pa- sos y cayó desmayada antes que nadie tuviera tiempo de sostenerla. Un momento después de volver en sí la Marqueza en- tró el doctor H. en el salón. Todos los allí presentes le rodearon con ansiedad. La dí; la sombra a la luz 47 Marqueza le interrogó con un gesto no atreviéndose á hablar. ¡Vive! fué lo único que respondió el interpelado. La infeliz madre estaba inconsolable apesar de cuan- to hacían todos por calmar su aflicción. El doctor H. compadecido de aquel dolor, se sentó al lado de la Marqueza y con acento dulce y grave— Seño- ra le dijo, esas lágrimas y esa desesperación sientan muy mal en vos, pues en medio de vuestra desgracia podéis consideraros feliz, y voy á deciros por que. En los veinte años que llevo ejerciendo la medicina lie visto muchos casos como el de que hoy se trata; piiés bien, ninguno á vivido lo que ella, después de ata- cados. Os he dicho que aún vive, y aunque su vida es como la vacilante luz de una bujía que con un soplido se apaga, aún así, debéis esperar y rogar á Aquel que todo lo puede y es dueño de nuestras vidas para que salve esta que os es tan querida. Orad señora, que la oración es, dijo el piadoso ga- leno, el sostén de las almas cristianas. Pero que había de orar aquella que solo pensaba en su venganza y en su odio. Ella nunca rezaba, lo había olvidado. Aurora volvió al aposento de su hija. Allí estaba Va- lentina. Tenía entre las suyas una mano de su amiga y de Vez en cuando secábale con su pañuelo la húmeda frente. La terrible crisis había pasado y se notaba ya alguna mejoría, sin embargo el peligro era aún muy grande y nada podía asegurarle su salvación. Valentina se instaló definitivamente en el palacio Al- cibiani para ayudar á Aurora en la asistencia de Enri- queta, pues desde el primer instante comprendió que en aquellos momentos no eran lágrimas y lamentos los que requería la enferma, sino muchos cuidados y fervientes plegarias para poder arrancar de los brazos de lo más impacable de las divinidades, aquella existencia que se extinguía. Así pues, con la nobleza de sentimientos que la ca- :-r-iT 48 DE IvA SOMBRA Á LA LUZ racterizaban, cuidó de la joven con infinita ternura y gran acierto. Nada le importaba tener que pasar las noches en vela ni los sobresaltos y ansiedades por que tuviera que pa- sar, según las alternativas que experimentaba la enfer- medad de su amiga, de quien, con la abnegación de la verdadera cristiana y de la mujer bondadosa, cuidó como si fuera su propia hermana. Aún por espacio de muchos días continuó siendo gra- ve el estado de la señorita de Alcibiani, solo después de una lucha de veinte días los médicos anunciaron que la enferma habia entrado en el período de convale- cencia. Más ¡ay! quedó tan débil é imposibilitada como un niño. Quebrantada, física y moralmente, no era capaz de dar un solo paso ni sostener las más sencilla conversación. Muy lentamente, fué recobrando las fueYzas, pero lo que no recobraba era aquella expresión infantil que se advertía en su semblante y que tanto cautivaba á cuan- tos trataron aquella niña. ¡Pobre Enriqueta! Cuanto la había cambiado aquell;; ferrible enfermedad. No se la veía ya sonreír á cada instante, y perma- . necia horas enteras con los ojos cerrados y muda comci una estatua. Algunas veces veiánia llevar una mano á su frente y concentrar su pensamiento en una idea fija que de con- tinuo parecía preocuparla. Otras, clavaba sus miradas en su madre con una in- sistencia arto intranquilizadora para esta, como si qui- siera recordar algo que pasara por su mente como la vaga visión de un sueno, luego entornaba nuevamente los ojos lanzando un gemido sordo y doloroso. Para Aurora aquellos días que duró la convalecencia de Enriqueta, fueron siglos de mortal angustia. No cesaba de pensar ni un instante en su difícil si- tuación. Ahora decía no piensa ni recuerda quizás nada, pero dentro de algunos días sus ideas serán más claras, y ^.T-TP*^y?n-w. í^^b:':;* ■^íi^C'V-^^fcr^'^r»^- :^=-. DE LA SOMBRA Á LA LUZ 49 entonces aprovechando su estado y haciendo un arma de su debilidad, me pedirá que desista de mis proyectos así pues debo evitar toda ocasión de quedar á solas con ella. Después de un momento de pausa prosiguió en alta voz su soliloquio. Presiento dijo: que ese odio á Rafael sospecha algo: varías veces, y cuando más desesperada estaba, he visto fija en mi la escudriñadora y severa mirada de ese in- truso, y esto hace que le odie cada vez más y más. Como se ve por estas palabras, la Marqueza en me- dio de su espanto y estravío, no se apercibió de la pre- sencia de su futuro hijastro, en los momentos en que ella pronunciara aquellas comprometedoras palabras que hicieron vislumbrar al joven, cual era la causa de que su buena amiguita hubiera estado á punto de atravesar el sombrío dintel de aquella puerta, tras de la cual ha- bita la muerte. CAPITULO VII La Boda Durante los largos días de su convalecencia, Enrique- ta era conducida desde el lecho á un pequeño saloncito cuyas paredes estaban tapizadas de brocato azul y de ias puertas y ventanas pendían ricos cortinados de color plateado. El vivo fuego que ardía en la chimenea y los tem- plados rayos del sol de otoño, mantenían al aposento en una agradable temperatura. Era aquella la habitación más alegre y confortable de la casa. Más para Enriqueta nada tenía encantos, y permane- cía sentada en un cómodo sillón, los ojos cerrados y sumida en una dulce quietud; nada la distraía ni se daba cuenta de lo que pasaba á su alrededor. W^'^^^^W^^^ 50 - DE LA SOMBRA A I,A LUZ - . Aurora había recobrado tranquilidad absoluta respecto al estado de salud de su hija. Los médicos se habian retirado ya dejando al tiempo el cuidado de volver á la convaleciente á su antiguo estado. El otoño había pasado ya y los primeros fríos del in- vierno comenzaban á sentirse. La boda de! Dux con la Marqueza se anunciaba para fines de Diciembre: los preparativos se hacían con la mayor rapidez sin que se hubiera dicho una sola palabra á Enriqueta temiendo ocasionarle una emoción perju- dicial en su delicado estado. Una mañana se hallaba la joven menos taciturna que habitualmente y Aurora aprovechó esta ocasión para ha- cerle saber el día ya fijado en que debía celebrarse su boda. La joven escuchaba las palabras de su madre con los ojos ligeramente entornados. Cuando esta cesó de hablar y viendo que Enriqueta permanecía silenciosa, la dijo con melifluo acento. Dime hija mía si esto te disgusta, pues si así fuera desistiría de mi proyecto, pues mi mayor deseo es evi- tarte cualquier pesar. Querida mamá, dijo la pobre niña, no queriendo ser menos generosa que esta y dispuesta á sufrir con re- signación la contrariedad que le causaría el enevitable paso que su madre iba á dar. Nada de lo que tú hagas puede disgustarme, pero me encuentro tan débil que creo no podría dar un paso sin caer. Pues bien, hija mía, esperemos unos días más hasta que recobres algunas fuerzas y al decir esto, dejó su asiento sin poder disimular un marcado gesto de con- trariedad. • • • Como todos los acontecimientos de esta vida, ya sean para nosotros motivos de pesar ó de contento, llegan al fin, también llegó para la señorita de Alcibiani el día de la prueba. ' '■^K'^J^^^pfgTíi^'^^- —rji^™^'^ ■-- DE LA SOMBRA A LA LUZ 5 1 Era el veinte de Enero. A las doce y media de aquel día, fueron recibidos en el palacio Ducal la señorita y sesenta senadores, de allí se dirigieron á la plaza de San Marcos pasando la co- mitiva por debajo de magníficos arcos en los cuales se !j'as á los prometidos no podría imaginarse un cuadro más animado y bullicioso. A cierta hora del día, la gran comitiva del Dux se ürigió á la Iglesia de San Marcos haciendo aquel tra- yecto por debajo de arcos triunfales que se habían le- vantado en todo el camino que debía recorrer los des- ■ >'-ri^ ~'^- '-s?:?r 52 DE LA SOMBRA A LA LUZ posados. Llegaron á la plaza la cual había sido alfom brada de raso blanco; descendieron todos allí en admirable orden, primero los maceros y la música, luego las artes enseguida los hombres más respetables por su edad y gerarquía, vestían largos trajes de terciopelo negro y capas venecianas de damasco blanco. Después seguían los trompeteros y escuderos del Dux, venían luego más de doscientos cincuenta mujeres ves- tidas de demasco y de tabí blanco, llevando collares de perlas y magníficas joyas de gran valor, seguían á éstas sus esposas que llevaban el cabello suelto y entreteji- dos con oro y perlas; luego veintiuna matronas vestidas de raso negro con sobrevertas de damasco color de rosa y velo del mismo color bordados de perlas negras. Seguían á éstas los senadores el canciller y los pa- rientes del Dux entre los que iba Rafael ricamente ves- tido á lo ducal y finalmente aparecía Aurora pálida de emoción y de alegría. Un mandatario sostenía los ex- tremos de su regio manto. Muchos caballeros, senado- res y damas formaban su inmenso cortejo. Junto á la marqueza iba Enriqueta marchando á me- nudos pasos y sosteniendo entre sus manos un hermoso ramo de blancos lirios. Ataviada con un rico traje de terciopelo de color car mesí adornado de fino tisú de oro, corpino rameado de perlas y abrochado por delante con gruesos rubíes en el cuello rosarios de piedras preciosas obsequio del Dux y de su esposa en aquel día, ¡Pobre Enriqueta! Cuan bella estaba en su palidez blancura alabastrina; aunque algo enflaquecida aún por la pasada enfermedad aquel día estaba divina. Penetraron todas las personas de la comitiva en Iglesia de San Marcos donde se entonó un himno gra- tulatorio; después del cual la Marqueza prestó nueve juramento y acto continuo, siendo ya la esposa del Du> subió la escalera Toscana y recorrió el palacio elogian do y admirando las innumerables maravillas que ence- rraba la regia mansión. Asi que la hubo recorrido todas las habitaciones, lleg(; á la gran sala y fué á tomar asiento en el trono duc DE LA SOMBRA A LA LUZ 53 • donde la rodearon los principales personajes del Estado, quienes estaban encantados con la nueva esposa de su señor y no cesaban de alabar su*- buena elección. Por fin la noche tendió sobre la alegre ciudad su den- ío y negro capuz sembrado de infinidad de astros de plateada luz sobresaliendo entre ellos por su argentada claridad y pálidos reflejos la reina luminosa de la noche. A aquella hora el palacio, se iluminó por completo y trescientos hombres recorrieron la plaza llevando cada uno de ellos una fuente de maciza plata cargada de dul- ces y confituras y acompañados de cien niños con vis- tosos vestidos de seda blanca: llevaban éstos teas encen- didas lo que daba un aspecto mágico á aquella gran comitiva. Después de dar una vuelta en derredor de la plaza donde el pueblo entusiasmado se había reunido, volvie- ron á palacio y dirijiéndose á la gran sala ducal ofre- cieron dulces y confites á las personas que formaban el cortejo de Aurora. Enriqueta sentada cerca de esta contemplábala radian- te de felicidad, sentada sobre aquel trono y en medio de toda aquella muchedumbre que se disputaba el honor (le recibir una palabra de sus labios. Embebida en esta contemplación, no había reparado en la presencia de un gallardo caballero que no cesaba un solo instante de mirarla con estático embeleso. Era él un joven alto y bizarro, sus rubios y sedosos cabellos caían en largos risos sobre sus hombros ha- ciendo marco á un semblante de varonil belleza. Vestía traje de terciopelo negro, capa forrada de armiño y go- ^ rra de terciopelo del mismo color del traje con cordones de oro y plumaje blanco; contaría á lo sumo veinticinco años. En ese momento pasó por delante del joven un paje- ]. cilio cargado con una gran bandeja llena de esquisitos :,. dulces. —Mira chiquillo, le dijo cédeme por un instante tu ¡(■bandeja; voy á obsequiar á aquella dama y te la devol- a veré al momento. a ^.1p5?p • 54 DE LA SOMBRA A LA LUZ — Está á vuestra disposición contestó el galante paje- cillo. Tomóla el joven y se acercó á Enriqueta quien en ese instante volvía la vista hacia él. Con secreta emoción vio la jovencita acercarse á aquel caballero á quien no viera hasta aquel momento y hacia el cual se sintió atraída por una corriente de misteriosa simpatía. Con incomparable apostura y elegancia ofreció á la señorita de Alcibiani el contenido de su bandeja. To- mó la joven una pasta almendrada y dióle las gracias. — Tengo el mismo gusto que vos, señorita dijo el ca- ballero tomando á su vez otra pasta de almendras y devolviendo luego la bandeja al pajecillo. — Os gusta las almendras interrogó Enriqueta fijando sus hermosos ojos en el arrogante joven. — Mucho, y de hoy en adelante me gustará mil ve- ces más. — ¿Y por qué? interrogó ella casi sin. levantar la vista. El nada contestó, pero fijó en su interlocutora una de aquellas miradas que dicen más que un torrente de palabras, y asi permanecieron por un momento silen- ciosos. Pero el joven deseando aprovechar aquella ocasión de establecer conocimiento con aquella hermosa joven, siguió hablando de cosas triviales hasta llegar á un ani- mado diálago. Ella sentía grandes deseos de saber quien era aquel caballero con el cual acababa de tener un rato de amena conversación. Una circunstancia imprevista vino á sacarla de su na tural curiosidad. Eran ya cerca de las siete de la noche hora en que debía ser servida la cena con que el Dux obsequiaba á la concurrencia. En la sala del trono empezaba á notarse gran anima ción. Los caballeros ofrecían su mano á las damas para conducirlas al suntuoso comedor. En aquel momento hn que Enriqueta hablaba con su galán desconocido, acertó á pasar por el sitio á donde DE LA SOMBRA A LA LUZ 55 ellos estaban, Rafael, el cual aunque de mala voluntad se había visto obligado á asistir á aquella boda. AI ver á Enriqueta se detuvo y dirigiéndose al caba- llero que la acompañaba, ¡ola!, esclamó ¿Vos aquí señor conde? El llamado conde se puso de pie y ambos se estre- charon la mano. —¿Por lo visto conversáis con mi buena hermanita? —En efecto he tenido el honor de hablar con esta señorita, pero ignoraba que fuera Vuestra hermana. —Es hija de mi madrastra. -¡Ah! Y volviéndose á Enriqueta. —Querida mía: el señor conde Edmundo de Miramar la señorita de Alcibiani. —Ella alargó al joven su blanca mano sobre la cual el imprimió un respetuoso beso. Sonó entonces la primera campanada de las siete en la Torre del Reloj. El Dux ofreció la mano á su esposa y seguidos de sus invitados encamináronse al comedor. Después de la cena empezó el baile el que duró has- ta el día siguiente y durante muchos más siguieron es- pléndidas fiestas. Enriqueta no supo jamás como acabó aquella feliz no- che. Quedóle solo el recuerdo de aquellas dulces horas que pasaron junto al hombre que no olvidaría jamás. Cuando una semana después de celebrada la boda volvió todo al orden de siempre cesando la fiesta y el bullicio, Aurora feliz por ver próxima á cumplirse su ven- ganza solicitó de su esposo una entrevista que le fué concedida para las diez de la noche hora en que ya muy poco quedaba que hacer á su ilustre esposo. La noche estaba clara y apacible, pero se dejaba sen- tir un frío intensícimo. Paulatinamente fueron apagándose los voces y los di- ferentes ruidos que animaban el suntuoso palacio. Aurora había despedido á sus doncellas y sola en un pequeño saloncito de sus habitaciones esperaba anciosa la llegada de su esposo. -^¡^"^W^.:?^ " 56 DE LA SOMBRA A LA LUZ Sentada junto al vivo fuego que templaba el aire de' aposento y envuelta en un largo ropaje de terciopelo blanco sobre el cual llevaba un manto blanco de piel de armiño estaba Aurora pensando lo que iba á decir á su víctima en aquella helada noche de Enero, sola, con sus recuerdos de quince años y sus esperanzas pronto á rea- lizarse. Vibró en el aire la última campanada de las diez. Aurora sintió toda su sangre afluir á su rostro, luego.... al mirar su imagen en un espejo vio su rostro pálido como de una muerta!.... En aquel momento sonaron unos golpecitos en la puer- ta y una mano levantó el pesado cortinado que la cu- bría, dando paso al ilustre y tímido Dux de Venecia Don Enrique Dándolo. Aurora disimulando cuanto le fué posible la violenta emoción que la dominaba ofreció á su esposo un asiento junto á ella. El Dux depositó un beso en la frente de su esposa sintiéndola ardiente, por lo cual dijo tomándole una mano con cariño. —Durante estos últimos días querida esposa he notado que no te hallas en tu estado habitual; ¿por qué estás triste y taciturna? ¿por qué arde ahora tu frente y tus manos cual si te devorara intensa fiebre? —Sentaos y os lo diré dijo Aurora, con temblorosa voz. El Dux obedeció : — ¿Señor, antes de responderos quisiera haceros una pregunta? ¿Me lo permitís? —Haz cuantas quieras esposa mía, que pronto estoy á responderte. Há tiempo empezó " Aurora, contáronme una anécdota respecto á vos y quisiera saber si cuanto se me dijo en aquella ocasión fué verdad. —¿Qué fué ello Aurora? — Escuchad; Decían que un cierto día se os confió un secreto de) cual estaba pendiente la felicidad y el honor de un caballero, no tendríais entonces más de veinte años, los enemigos de aquel se apoderaron de DE LA SOMBRA A LA LUZ 57 VOS (yo no sé como) y os hicieron elegir entre la muerte ó la confesión de aquel terrible secreto ofreciéndoos al mismo tiempo papel y tinta para que firmarais lo que hubieras declarado. Al haceros aquella proposición se dice que respondis- teis. Cuando he empeñado 'mi palabra, antes de faltar á ella me arrancaría la lengua y si esto no fuera sufi- ciente cortaría mis manos, y si aún no bastara me arrancaría el corazón. Entonces uno de los hombres que os había hecho pri- sionero, se acercó á vos con la espada desnuda y os dijo: ¿Habéis pensado en que vais á perder la vida ahora mismo? —Decid si habéis dicho vuestra última palabra. —Entre perder el honor ó perder la vida, ved cual elijo, dijisteis al mismo tiempo que desgarrabais vuestra ropa presentando el pecho desnudo al que iba á hacer de verdugo. Un grito de admiración se escapó del pecho de aque- llos hombres é inmediatamente fuisteis puesto en libertad después de haber dado vuestra palabra de no acordarse más de aquel secuestro y de dejar impunes á los auto- res del él. —Todo eso es la más pura verdad Aurora, pero no acierto á explicarme porque ahora queréis cercioraros de una cosa que hace veinticinco años sucedió. Porque quisiera saber si lo que entonces hicisteis lo liaríais ahora. Es decir, si moriríais antes de faltar á vuestra palabra. Con solo ponerlo en duda me ofendes querida mía; bien sabéis que jamás he faltado á lo que solemnemente prometí. Una sonrisa llena de ironía crispó los labios de Aurora y continuó. Pues bien; juradme señor, por vuestro honor que os diga lo que os diga y por más terribles que sean las palabras que salgan de mis lábies, no os vengareis de mí ni me molestareis en lo más mínimo. ¡Aurora! Aurora! exclamó el Dux vivamente emocio- nado! ¿Que palabras tan terribles pueden dirigirme vues- v.:;-í7^.vw-=_.-.-'T,j ív;?~T,-_j:^sagjg.?^r^»^^aK^s?^- < ^^i^¿^:C^^W^^ff^ 58 DE LA SOMBRA A LA LUZ tros labios para haceros temer mi cólera y mi ven- ganza? Seguiré vuestro ejemplo señor, es mi última palabra, ó juráis lo que os pido y hablo ó no juráis y quedamos como antes. Había tal resolución en el acento con que Aurora pro- nunció aquellas palabras que el Dux renunció á insistir más y pensó? Que puede decirme que exite mi colero, hasta el extremo de que pueda perdonarla, si la amo tanto?; si cuantas palabras salen de sus labios son para mí dulces y meliodosas. ¿Qué puedo temer? No, yo no quiero estar en esta incertidumbre: sé puso de pie y doblando una rodilla ante su esposa dijo: Dictad el juramento que debo hacer, estoy pronto á obedeceros. Un destello de pérfida alegría cruzó por las pupilas de Aurora y con firme acento exclamó: Juradme que diga lo que os diga y por mas terribles que sean mis palabras no os vengareis de mí, ni me molestareis en lo más mínimo. El Dux puso una mano sobre su corazón y levantando los ojos al cielo dijo: Juro que accedo á lo que pides y lo juro por todo aquello que más sagrado hay para el hombre por Dios y por la corona que ha colocado en sus sienes! Ahora sentaos y escuchad dijo Aurora. Figuraos señor que anoche tuve una terrible pesadilla: soñé con el pasado, cuando aún no había cumplido quin- ce años y todavía era feliz. Veía en mis sueños á mis amados padres, escuchaba sus alegres risas y sus dulces palabras, veía mi lujoso palacio de verano con sus fron- dosos jardines y sus gigantescos árboles donde infinidad de avecillas escondían sus nidos y lanzaban al aire sus alegres gorgeos. Todo en mis sueños me recordaba mis alegrías; y mis inocentes placeres. Veíame rodeada de mis amigas y amigos de los cuales jóvenes, viejos, ricos, hermosos y feos todos se dispu- taban mi amor como en un campo de batalla se disputa el soldado un glorioso pendón. Yo á nadie amaba por que aún mi corazón no había .... -^,.. 4^ ^-j ■'^'^^r- í?^-? ?^'- ^- • ^ ^— :'^ -Tí "'Jí-íIí;- ; ^2 DE I,A SOMBRA A LA LUZ 59 despertado: dormía el envidiable y corto sueño de la felicidad y la inocencia. Pero Aurora, dijo el Dux con impaciencia ¿Porqué te empeñas en contarme ese sueño ahora? Escuchad, escuchad señor Dux, viene ahora lo más interesante. Como iba diciendo mi corazón dormía pero ¡Ay! al fin despertó como dispiertan todos más tarde ó más tem- prano! Pobre corazón mío! cuanto mal te hicieron. Por quien diste tu primer latido? ¡Ah! tú creias que era un ángel, pero tú te engañasteis como te engañas siempre, pues aquel hombre era como Luzbel cara de ángel con alma de demonio. Pero que loca soy señor Dux, parece mentira que un sueño haya hecho tanta impresión en una mujer como yo. Sabéis ahora por que mi frente y mis manos andan cual si me devorara intensa fiebre. El Dux empezaba ya á perder la paciencia. Ya que se á que causa tan nimia obedece tu malestar permitiréis que me retire. No señor, dijo Aurora, tenéis que oir hasta el fin de mi sueño. Pues bien, no quiero oirlo, exclamó el Dux con un ademán de cólera. ¿Qué habéis dicho? acordaos de vuestro juramento, y volved á sentaros dijo Aurora inclinando el cuerpo hacia adelante y señalando al Dux el asiento que acababa de dejar. El león quedó vencido. Sin fuerzas para contenerse en pie, dejóse caer sobre su asiento oprimiéndose el pecho con ambas manos presintiendo la catástrofe que amenazaba herirle. La despiadada mujer prosiguió así: Aquel amor que nació en mi pecho haciéndome la mu- jer más feliz de la creación, no fué por parte del mi- serable que lo inspiró, nada más que un simple pasa- tiempo y vi en mi sueño, señor como se burlaba de mi desdicha y cual pronto me olvidaba en brazos de mi rival. •::¿»s* ■ 6o DE LA SOMBRA A LA LUZ Dejad al menos la farsa á un lado y decidme que es vuestra propia historia la que estáis contándome. ¡Ah! eso era lo que yo deseaba y os doy las gracias, pues que me habéis complacido tan pronto, y continuó. Bien, hablemos pues 4.e vos y de mí--Aurora, balbució el Dux con débil acento, por piedad no me martiricéis con tu cólera. Véngate de mí, mátame si quieres pero evitaros el suplicio de oir tus recriminaciones. ¡Ah! Cobarde, cobarde, sois como todos señor Dux. En aras de nuestras mesquinas aspiraciones hacéis beber hasta los haces el cáliz de la amargura, más, cuando recibió el golpe que vosotros habéis dado los primeros sobre una frente inocente, entonces retrocedéis como culebras. ¡Ay! cuan miserable sois y cuanto os desprecio. Aurora, Aurora, gimió el Dux abrumado por el dolor de ver tan pronto desvanecidos sus sueños de felicidad, muertos hoy quizá para siempre por una mano alevosa que solo anhela venganza. No me hagas ver el negro abismo de tu alma, dejad- me creer todavía que no eres del todo despiadada— Basta te lo pido. Tenme un poco de lástima siquiera por que te amo tanto. Lo mismo decías veinte años há y entonces mentíais como quizás mintáis hoy. Nó, nó, nó, gritó el Dux, te amó Aurora, te amó, tú estás seguro de ello? por qué lo niegas? no me hagas sufrir más te lo suplico en nombre de lo que sea más sagrado para tí. Óyeme Aurora, óyeme; continuó con mayor vehemen- cia, dando á sus palabras una expresión de inmensa dul- zura: yo te amo, te lo juro. Perdóname y yo te prometo con mi amor y mis desvelos, con mi ternura y mis cui- dados hacerte olvidar el mal que te hice. Yo sé que este amor sin límites que has hecho nacer dentro de mi pecho es mi castigo, es la expiación de mi falta. ¿Y qué me importa ese amor exclamó Aurora, hoy que mis cabellos empiezan á blanquear, hoy que mis mejillas están ajadas por la mano del dolor, hoy que mi frente DK LA SOMBRA A LA LUZ 6 1 ha perdido su frescura y mis labios han olvidado sus sonrisas á fuerza de sufrir? Sí, si soy un miserable exclamó la pobre víctima pero muéstrate ' generosa y perdóname; mira, te lo pido de rodillas, y al decir esto Enrique Dándolo, el temido, el león en las batallas, el bravo y activo señor del pode- roso reino del Adriático cayó de rodillas á los pies de aquella mujer. Aurora escuchaba impasible las palabras del esposo humillado; ni el menor vestig"io de piedad quedaba en aquel corazón helado, á no ser así hubiera perdonado á aquel hombre humillado y vencido que tan duramente espiaba su falta. Al escuchar las últimas palabras de su esposo, Aurora fijó en él una dura mirada y exclamó: ¡¡Yó no perdono!! y al decir esto púsose de pie. Enrique la imitó y cruzándose los brazos delante de su esposa exclamó con acento vibrante de ira y de do- lor. ¿Qué clase de mujer sois vos? Que tenéis dentro de ese pecho y qué dentro de esa cabeza: lodo, cieno, lava, fuego! No lo sé, dijo Aurora y sin escuchar más cruzó la ha- bitación con magestuoso paso. Enrique Dándolo creyó que la tierra se abría bajo sus pies y el mundo entero se conmovía ante su acerba pena. ¡Adiós! balbuceó el desventurado esposo: Adiós para siempre mis dulces esperanzas y mis dorados sueños. ¡Ay! y que no pueda odiarla ó á lo menos olvidarla Pero no, es imposible, este amor es inestinguible, solo terminará con mi existencia. ¡Dios mío, Dios mío! imploró, envíame tu auxilio para que no me falte el valor y la resignación. ¡Pobre de mí! dijo y cayó desplomado sobre su asiento cubriéndose el semblante con ambas manos Y la mañana del siguiente día, le sorprendió así, con las manos húmedas aún de sus lágrimas. El fuego se había extinguido y se dejaba sentir un frío insoportable. El Dux temblaba de pie á cabeza y sus dientes castañetaban dolorosamente. í"- -■« «^ , í-ss w 2 ; ' ^'xvs^^^^lSw^'^P^'Wr 62 DE I.A SOMBRA A LA LUZ Deseando que nadie le viera en aquel estado encami- nóse á sus habitaciones antes de que su servidumbre hubiera abandonado el lecho. Quebrantado por completo no tenía ánimo para nada; sentía la cabeza dolorida y las sienes le latían fuerte- mente. Vertió agua fresca en una jofaina y bañó su rostro sintiéndose luego algo aliviado. En aquel momento sonaron las seis en la torre del reloj. Todavía es temprano, se dijo, hasta las nueve que vendrán á despertarme puedo descansar tres horas. Quiero aparecer completamente tranquilo así ante ella como ante todos mis cortesanos, y añadió con altivez. Creo que si alguien se apercibiera de mis quebrantos me faltaría valor para vivir. Con sus propias manos despojóse de sus ropas me- tiéndose despfiíés en el lecho. A las nueve cuando vinieron á despertarle, levantóse con presteza sin que nadie pudiera advertir en su sem- blante la más mínima huella del sufrimiento que laceraba su corazón. Momentos después aparecía en el gran salón con el tranquilo semblante de siempre empezando sus tareas como de costumbre. Cuando á las doce del día penetró en el comedor para el almuerzo, Aurora y su hija ya estaban allí. La primera se levantó como siempre para recibir á su esposo. Buenos días señor, le dijo, y acercándose al Dux le presentó la parte donde el fingió estampar sus labios pero en realidad ni alcanzó á rozarlos. No quiero, dijo el Dux á media voz, imponeros el tor- mento de recibir mis besos. — Ya sabéis señor (esclamó Aurora como respuesta á las palabras del Dux) que ante el mundo seremos lo que hasta aquí hemos sido; vuestra dignidad misma así lo exige. —No necesito que me hagáis esa advertencia señora» yo se cumplir con mi deber. '"■^*^^^Wn"*^ ÍS»««=Wig¡^!^|pí«*^*í*BS^=*r*^^ is!Saaa55»V>^|^^'-5^^?'S-^ DE XrA SOMBRA A LA LUZ 63 Estas palabras fueron cambiadas en voz tan baja que 1.0 pudieron ser oídas por ninguna de las personas allí presentes. El Dux dijo que no se sentía bien y casi no probó bocado. Para todos pasó desapercibido el resultado de la en- trevista del Dux y su esposa, menos para Enriqueta que nu cesaba de observar á los esposos. Notó algo anormal en las relaciones de estos y con ítíiuel don de doble vista que poseía, comprendió que la venganza de Aurora había empezado ya. CAPITULO VIII E I s u p i i c i O Enriqueta se hallaba en el palacio más triste y aislada que nunca. f Rafael dejó de vivir allí tan pronto se realizó la boda de su padre, pues no quería habitar bajo el mismo techo iiue su madrastra. Sentía hacia ella una invencible antipatía, la que con ?u carácter franco y su innata nobleza, le era imposible disimular. Todos estos desprecios del mansebo iban á herir como emponzoñado dardo el corazón de la madrastra, lo que contribuía á aumentar el odio que contra él sentía. Solo faltaban seis meses para que Rafael Dándolo He- gara á la mayor edad, acontecimiento que este esperaba para pedir la mano de Valentina. El Dux no desfnayaba en su empeño de conseguir re- conquistar el amor de su esposa, sin el cual se convencía más y más cada día, le era insoportable la vida, y para conseguir lo que anhelaba hacía cuanto estaba de su parte para complacerla y halagarla. Después de aquella noche fatal tuvo la atención de hacer arreglar para Enriqueta las habitaciones más ale- 64 DE LA SOMBRA A LA LUZ gres del palacio, pues según dijo él, dábale pena ver aque- lla cara siempre pesarosa y macilenta, ingeniándose por todos los medios posibles para que ella recobrara la per- dida alegría. Una mañana fría y lluviosa del mes de Febrero estaba Enriqueta levantada desde muy temprano y cómodamen- te arrellenada en un sillón colocado adelante de la ven- tana, á través de cuyos cristales contemplaba la joven el triste afecto de cuanto tenía ante su vista. A lo lejos distinguía los corpulentos arboles despoja- dos de su follage, parcciéndole con sus tortuosas y largas ramas, esqueletos levantados de sus tumbas para apa- recer ante ella en toda su fealdad y desnudez. Gruesos nubarrones cubrían el sol pálido y sin vigor que alumbraba por momentos volviendo después á en- volverse entre negros véndales de crespón. Enriqueta se hallaba aquella mañana más abatida que nunca. Pensaba con secreto pesar en aquel joven conde tan hermoso, cuyos modales, porte distinguido y gallar- do, la había cautivado desde el instante que apareciera ante su vista por líl primera vez. Veo se decía que lo que yo había concebido en mi mente, no era sino una ilusión que voló en alas del viento dejándome ver la realidad amarga. ¡Ah! decía, cuanto diera por tener en la soledad y abandono en que vivo un corazón que latiera por mí, que fuera todo mió, para consagrarle toda la ternura que rebosa de mi ser y compartir con el mis penas y mis alegrías. Pero estoy sola, sola con mis tristezas sin tener si- quiera una mano amiga que enjugue mis lágrimas En aquel momento una fuerte ráfaga de viento cruzó el espacio y gruesos copos de nieve cgmenzaron á caer, cubriéndolo todo lo que alcanzaba á divisar desde su observatorio. En medio del desaliento que de ella se había apoderado parecíale que aquel glacial manto de hielo que caía sobre la tierra la envolvía en su lúgubre frialdad. Y para complemento de aquel triste cuadro vio entrar á su madre fría y altanera como siempre. ■■i"'^*»- DE LA SOMBRA A hA. t,VZ 65 Parece imposible dijo Aurora al acercarse á su hija, que una niña de tu edad y posición quiera entregarse así al abandono y la indiferencia en que tu vives. Siempre callada é insensible á cuanto te rodea, pasas las horas y los días entregada á esa negra melancolía que te consume. Te asemejas más á una fría estatua que á una joven que penetra recien en los floridos vergeles fle la j.uventud, donde por lo general solo existen para nosotros sonrisas y placeres, ¡Pobre Enriqueta! Infeliz criatura oprimida bajo el yugo de aquella madre inhumana, que quería sacrificarla sin piedad á sus propios intereses, más ¡ay! á que inte- reses tan bajos y mezquinos. Con la hermosa cabeza inclinada sobre el pecho, abru- mada por el quebranto de su cuerpo y de su espíritu, escuchaba las irritadas frases de su madre, —Perdona madre mia, murmuró Enriqueta con humil- de acento, las faltas que hacia tí cometo, debidas no á mi poca voluntad por complacerte, sino á la debilidad de mi carácter, Pero tu sabes, agregó, cuanto diera yo por compla- certe en todo y verte feliz. Di lo que quieras de mi y me verás pronta á cumplir tus deseos; y al decir esto, algo como un ahogado gemido se escapó de su pecho, al pensar en el cáliz de amargura que como consecuen- cia de sus palabras, su propia madre le brindaría, Al escuchar á su hija, una sonrisa de triunfo crispó los labios de Aurora, —Lo que yo quiero, dijo, es que te reanimes, y vuel- vas á la vida, que recobres la alegría y hagas en fin la vida que las demás jóvenes como tú hacen. Quiero además Enriqueta, añadió después de una corta vacilación, que procures con empeño conquistar el cora- zón de ese miserable que me ofende á cada paso con bravatas y desprecios intolerables para mi. Porque quie- ro Vengarme esa es la verdad. Aquella pobre mártir, sintióse desfallecer al oir las coléricas palabras de su madre. Aurora había dejado su asiento, su estatura parecía tiaber aumentado en aquellos momentos, envuelta en un -^^yr^' ■".*''■^J^^^ >. " ..'^■'V !■■- ''^^^"^'S 66 DE LA SOMBRA A LA LUZ largo traje de terciopelo carmesí, orlado de pieles blan- cas sobre el cual llevaba una capa de piel de arminio, estaba espléndida. —¡Cuan bella es! esclamó Enriqueta contemplándola, pero hay algo de terrible en esa belleza que fascina. Ante aquella mujer soberbia é inflexible sintióse Ven- ada, comprendiendo que era imposible desobedecerla, y que oponerse á su voluntad era locura. Viendo que su madre esperaba una respuesta. — Está bien, dijo, tomando una repentina resolución que si bien repugnaba á su alma noble y franca, era la única que podía tomar para no Verse obligada á desa- fiar la cólera de su madre. —Está bien, cumpliré tus deseos madre mía. — Gracias, gracias, hija querida se apresuró á escla- mar esta sin poder, disimular la íntima alegría que de ella se había apoderado. Tu no amas á nadie hasta ahora, así pues, no será tan grande como al principio podrá parecerte el sacrificio que por mí te impones. Además, siguió diciendo, como si sintiera en lo más recóndito de su corazón, cierto asomo de remordimiento por la indigna acción que cometía, tú no debes permitir que ese imbécil prefiera á tí, á una plebeya ensoberve- cida con sus millones y al acabar estas palabras acercóse á su hija, besóla con gran efusión retirándose luego á sus habitaciones. Cuando la señorita Alcibiani quedó sola, rompió á llo- rar amargamente y esclamaba en medio de su dolor y de sus lágrimas. Vamos, pongámonos la máscara de la falsedad y la hi- pocrecia, para engañar á la que me ha dado el ser. He ahí á lo que ella me condena en su terrible ceguedad. ¡Ah! que Dios la ilumine y la perdone todo el mal que me hace, y nuevos sollozos ahogaron su voz. Afuera la nieve seguía cayendo en gruesos copos. Todo desaparecía bajo un inmenso y glacial manto. El viento soplaba de recio y los canales se veían solitarios cual si fuera aquella una ciudad desierta. Enriqueta temblaba de frío bajo los chales y pieles en m V la! -físSB?; DE LA SOMBRA Á LA LUZ 67 que estaba envuelta. Fatigada de contemplar aquel cua- dro, como su situación, tétrico y desconsolador, retiró su asiento de la ventana, yendo á instalarse junto á la chi- menea, donde ardía un agradable fuego. Pasó algún tiempo. Desde el día de la entrevista con su hija mostrábase Aurora con ella como nunca cariñosa y solícita, sabía cuanto gozaba Enriqueta con cualquier demostración de cariño que viniera de su madre y se valía de esto para atraerse más la buena voluntad de la joven. Todo daba motivo á Aurora para tener alguna atención hacia su hija. Por la mañana era ella quien iba á llamarla, luego ayu- dábala á Vestirse, servida por la doncella; le aconsejaba cual vestido debía ponerse, el peinado que mejor le sen- taba, el adorno que convenía con aquel traje, la flor que más le gustaba; en fin cuanto halagaba á su hija se le procuraba al instante. Después, cuando el sol empezaba á calentar salían las dos á dar un paseo ai aire libre y luego el almuerzo don- de todo era alegría y conversaciones amenas que en- cantaban á cuantos la oían. Por la tarde eran los paseos y las escursiones á los sitios de recreo, las visitas; á la noche; los bailes y las tertulias en casa de sus amigas. Cuando el tiempo demasiado húmedo ó frió, no permitía á la débil niña salir de casa, Aurora reunía en el salón de música de Enriqueta, algunas jóvenes de la misma edad de esta y allí, hacían música cantaban y charlaban á su gusto hasta altas horas de la noche. Una existencia como aquella no podía menos de encan- tar á Enriqueta pero no por eso abandonó sus nobles propósitos ni perdió nada de la energía de que se había revestido para engañar á su madre por el mismo bien de esta, ya que estaba convencida de que era el único medio de salvarla y de salvarse. Muchas veces notó Enriqueta que el semblante de su madre se nublaba por un velo de desaliento y mal humor veia también los esfuerzos que hacia por aparecer alegre y satisfecha. 68 DE LA SOMBRA Á LA LUZ Aquel disgusto (bien lo comprendía Enriqueta obedecía á la impotente rabia que le producían las ausencias cada vez mas prolongadas de Rafael). Esto favorecía á Enriqueta pero contrariaba Aurora y aquella situación no podia continuar así* Pocos días después fué Rafael quien le dio solución. Una mañana Enriqueta oyó por casualidad algunas palabras de una conversación ya comenzada entre el Dux y su esposa. Entonces decia aquel, estaísf resuelta á negarme Vues- tro perdón y vuestro amor mientras dure mi existencia. Vuelve á repetirlo Aurora mia, yo no puedo vivir sin ese amor que hoy lo es todo para^ mi. He hecho todo lo posible por olvidaros mas! Ay¡ señora es imposible; estoy vencido. Hubo un instante de silencio. Luego volvió á hablar el Dux con mas calor y vehemencia. Decidme tan solo amada esposa, si no hay para mi una esperanza. Pedid cuanto queráis y lo obtendréis; man- dadme lo que os plasca y seréis obedecida, imponedme el sacrificio mas grande y me Veréis pronto á compla- ceros. Todo, todo lo haré por ser hoy acreedor á vuestro cariño tanto como en el pasado fui indigno de él. Hablad, suplicaba, hablad sino sois inflexible y dadme con vues- tras palabras la vida ó la muerte. No es mi deseo el haceros mal, señor dijo Aurora con suavidad: y si asi como con vuestra conducta pasada os hicisteis indigno de mi cariño, hoy os arrepentís y queréis reconquistarlo aceptando las pruebas y condiciones que quiera imponeros, no puedo deciros de ningún modo que no lo consiguireis. El Dux lanzó una exclamación de inmensa alegría y tomando una mano de su esposa llevóla á sus labios con pasión. Ahora oid señor lo que voy á pediros dijo Aurora con acento imperativo. Hablad respondió el Dux. ¿Podéis concederme una hora de conversación después del almuerzo? si Aurora, dijo el Dux: Habia concedido á DE LA SOMBRA A LA LUZ 69 ¡ni hijo una audiencia que solicitó hace dias pero se la «'- DE LA SOMBRA Á LA LUZ 75 minóse hacia los jóvenes y al ver á Enriqueta, no fué dueño de reprimir un marcado gesto de sorpresa y de inmensa alegría, al encontrarse allí con aquella encanta- dora criatura que tan vivamente interesara su corazón. El rostro de Enriqueta se habia tornado pálido y con- movido en presencia del arrogante y hermoso caballero. Valentina apreciaba en extremo al joven marino y á no haber amado á Rafael aquel hubiera sido su ideal. Pero aunque ella no podía amarle, allí estaba su que- rida Enriqueta para hacerle feliz, pues eran dignos el uno de la otra. Cuando Edmundo, cesó de hablar con Leonor;— conde, esclamó Valentina, no podíais haber llegado más á tiem- po, había aquí dos damas para un caballero. Ya que lle- gasteis tan á tiempo dignaos ofrecer vuestro brazo á mi querida Enriqueta y aunque mi pequeño jardín está tan triste y mustio siempre es un sitio más agradable para tomar el sol. El conde creyó que el cielo se abría para él y con los ojos brillantes de alegría y palpitándole violentamente el corazón ofreció su brazo á Enriqueta. Aquel fué para la joven quizá el día más feliz, pero habiendo dejado á su madre indispuesta, no quiso pro- longar demasiado su visita y después de una hora de ani- mado y dulce coloquio retiróse de la hospitalaria mansión llena su alma de contento y felicidad. Cuan lejos estaba Enriqueta de imaginar en esos mo- mentos que aquella visita sería más tarde, de fatales consecuencias para ella. Llegó á palacio cuando el sol entre flamíferos res- plandores se despedía de la tierra en el ocaso. Rafael se sintió poseído de la más grande indignación y juró desbaratar los planes de su madrastra, evitando ir á palacio ni á ninguna parte donde con ella pudiera encontrarse. Cuando Enriqueta llegó á su^ morada ya hacía rato que Aurora la esperaba, impaciente por su tardanza; descon- fiando que hubiera ido á casa de Valentina, maldijo su torpeza al dejar ir sola á su hija y cuando ésta entró á saludarla nada le dijo ni le preguntó á donde había es- 76 DE L,A SOMBRA A LA LUZ tado. Correspondió con marcada frialdad al saludo de la joven y volvió á tomar el libro que leía cuando esta entró. Una mañana, algunos días después de la visita de En- riqueta á los Evoli, Aurora se presentó en el aposento de su hija. Esta ya había dejado el lecho y sentada ante un es- pejo entregaba sus hermosos cabellos á la doncella que la peinaba. —Buenos días, hija mía, dijo Aurora al entrar. —Buenos días, querida mamá; ¿cómo has pasado la noche? - Bien, dijo con acento distraído y sentándose junto al fuego que ardía en la chimenea:— Tengo que hablarte Enriqueta, agregó. La joven abandonó su asiento y dirigiéndose á la don- celia:— Idos, la dijo, cuando os necesite llamaré. Salió la doncella; la joven se acercó á su madre, y to- mando entre sus manos la cabeza besóla repetidas veces en la frente y en las mejillas. En cuanto vio á Aurora aquella mañana, notó que algo desagradable le acontecía. Dábalo á entender así, el ancho círculo morado que rodeaba sus ojos, su mirada triste y opaca y el timbre de su voz, en la que se notaba un marcado acento de pesar. Al verla tan abatida toda la ternura que Enriqueta sentía hacia su madre se desbordó en palabras cari- ñosas. ¿Qué tienes, sufres acaso madre carísima? decíale al oído. Cuéntame, cuéntame cual es el motivo de tu pena madre mía Aurora permanecía silenciosa como si temiera ó du- dara en decir el motivo de su pena. Había puesto sus manos sobre los brazos del sillón y con los ojos entornados, la cabeza reclinada sobre el respaldo, de esto dejábase acariciar con íntimo arroba- miento por aquellas manecitas suaves y pequeñas como las de un niño. Con los cabellos sueltos, las mejillas sonrosadas y los í&p^^S;— DE LA SOMBRA Á LA LUZ 77 negros y hermosos ojos empañados por el aliento de la dicha, estaba Enriquefa tan bella y parecía tan niña que Aurora, subyugada por un innato sentimiento de orgullo por ser madre de aquella hechicera criatura, comenzó á recordar como, cuando esa pequeñita la tomaba en PUS brazos y sentándola sobre sus rodillas recostaba la rizada cabeza de la niña sobre su seno maternal y con- movida ante aquel dulce recuerdo oprimió la cabeza de su hija contra su pecho palpitante. ¡Cuan cerca pasó! Ayl de su felicidad la pobre Enri- queta. Si en aquel momento hubiera intentado destruir los terribles proyectos de venganza que agitaban aquel corazón, si le hubiera pedido que desistiera de sus fu- nestas ideas y cifrara solo en ella y en el amor de su esposo la felicidad de su vida futura, quizás en aquella ocasión lo hubiera conseguido. Pero Enriqueta temiendo romper el encanto de aquel momento, permaneció silenciosa, escuchando los fuertes latidos de aquel corazón. ¡Pobre Aurora! Parecía que el voraz fuego del dolor había muerto en su pecho todos los sentimientos nobles y buenos que pudieran albergarse en él. . Pues así como para los seres nobles y de elevadas aspiraciones la terrible escuela del dolor es la piedra de toque, donde la virtud se fortalece, donde el alma se dignifica, pues nos acerca á Dios; así también para las almas mezquinas y pequeñas, para los seres de limi- tado criterio, excépticos é incrédulos, el dolor, los sufri- mientos y todo el inmenso cortejo de males que aque- jan y conmueven á la humanidad, sírveles solo para volverlos malos y hacer caer su virtud vacilante. Y ¡ay! de aquellos que no ven á tiempo el abismo que á sus plantas se abre. Durante un corto intervalo latió el corazón de Aurora á impulsos del maternal amor, que aunque muchas ve- ces adormecido en lo más recóndito del alma, existe siempre y despierta más tarde ó más temprano, por una ú otra circunstancia. Quizás por Vez primera después 'de mucho tiempo, aquella mujer miró á su hija con amorosa ternura, olvi- '^IBÍT' 78 DE LA SOMBRA Á LA LUZ dando todo para pensar solo en aquel pedazo de su pro- pio ser, que en dulce abandono reposaba sobre sus ro- dillas. ¡Más cuan poco duró la pura espansión de aquella alma! Fué como un soplo tibio y perfumado de la hermosa pri- mavera que huyó fugaz perdiéndose en la noche del re- cuerdo. Algo como un relámpago cruzó por la mente de Auro- ra y cual arroyo de hirviente lava ahogó en germen los santos afectos que comenzaban á despertarse en ella. Parecía que el espiritu de las tinieblas se obstinaba en tenerla siempre sumergida en el infierno de los odios y de las malas pasiones, pues pasó por su imaginación el recuerdo de sus sufrimientos y de los desprecios que al presente le infiriera el hijo de aquel que era el cau- sante de todos sus pesares, despertando aquellas pasio- nes, momentáneamente adormecidas. ¡Áh! cuanto le odiaba! No! no podía perdonar: había acariciado por tanto tiempo la idea de su venganza que ya le era imposible renunciar á ella. CAPITULO XI IlBuenas nuevas!! El Dux ocultó á su esposa hasta aquel día las sar- cásticas palabras • que pronunciara Rafael al salir del gran salón, el día de la entrevista con su padre. Aurora había dicho á su hija que tenían que hablar, apartó á la joven haciéndola sentar en una butaca, jun- to á la que ella ocupaba. Tengo que darte una noticia dijo: y estoy segura que te causará mucho placer. ¿De qué se trata madre mía? interrogó la joven. El hijo del Dux se casa dentro de algunos meses, con Valentina Evoli. El miserable pasa por alto la oposi- ción de su padre y se casa á pesar de esto. ¿Cómo, sería píJsible describir el inmenso júbilo, la alegría sin límites que se retrató en el semblante de >-,^r^;^v:¿r,i<-- DE LA SOMBRA A LA LUZ 79 Enriqueta, alegría que no pasó desapercibida para Au- rora? Ya vez prosiguió esta, como tenía razón cuando dije, que la noticia era de lo mejor para tí. Con sus nobles y elevados sentimientos, Enriqueta Lra incapaz de aparentar aquello que no sentía, además. ¿Cómo ocultar la satisfacción que la noticia de la pronta realización de aquella boda le ocasionaba? Boda que no solo haría la felicidad de sus caros amigos, si no que también iba á librarla á ella del terrible pacto hecho con ?ii madre. Aunque quisiera engañarte, amada madre, murmuró la joven, no podría hacerlo, pero tengo también un gran pensar y es que para tí sea esto un motivo de disgusto. Créeme, madre mía, continuó con mayor vehemencia. Solo olvidándote de esos seres, podrás vivir dichosa y tranquila junto á los que tanto te amamos. Piensa, carísima madre, cuan grande es la ternura que t!i esposo siente por tí; vive pendiente de tus labios y tus pesares ó tus alegrías se retratan en su semblante. Y luego acuérdate ¡oh mamá mía! de esta hija que tanto te ama Mírala aquí arrodillada á tus pies pidiéndote como una gracia suprema, que abjures- de esa malhadada idea de venganza ¡Ah! que no pueda yo darte aún á costa de mi vida la felicidad que para tí anhelo. Piénsalo bien mi querida madre y verás como si te desprendes de los odios que te agitan y quitan el re- poso, Dios descenderá á tu corazón para curar tus he- ridas y darte la paz y la alegría con su santo perdón y su amor purísimo. En los ojos de Aurora brilló una cristalina lágrima y al mismo tiempo se puso en pie. Enriqueta posternada aún se abrazó á sus rodillas. Di, di esa palabra que espero con el alma pendiente de tus labios! Es una sola díla por piedad Qué palabra es esa? interrogó Aurora temblándole la voz y sin atreverse á mirar á su hija? ¡Perdono! madre mía! dila, dila y te salvas! gritó Enriqueta suplicante levantando hasta Aurora su hermoso rostro bañado en lágrimas. 8o DE LA SOMBRA Á LA LUZ Déjame, déjame por piedad rogó la infeliz extraviada, luchando en vano por desacirse de los brazos que la re- tenían. No me hagas sufrir más suplicó, con el rostro des- compuesto y lívid* s y logrando al fin apartar á su hija, huyó de la habitación oprimiéndose las sienes con sus manos. Vencida y angustiada por la pasada excena, Enriqueta permanecía aún de rodillas y con el semblante oculto entre sus crispadas manos zollozaba. Cuando el primer toque de la campana que anunciaba la hora del almuerzo, llegó á sus oídos, levantóse con presteza, bailó su rostro con agua fresca y peinó sus cabellos, haciendo desaparecer toda señal de lágrimas y de lucha. Al penetrar en el suntuoso comedor vio en él, al Dux y algunos otros caballeros que le acompañaban, pero su madre no estaba allí y solo se esperaba á ella para sen- tarse á la mesa. Un momento después entraba una doncella de Aurora y anunciaba que una repentina indisposición impedía á su señora, acompañarles aquella mañana en el al- muerzo. Acostumbrado el Dux á los frecuentes caprichos de su esposa, no hizo caso de aquel y sin más dilación tomó asiento, ejemplo que todos imitaron. No bien huvo terminado la comida abandonó Enriqueta su sitio y corrió presurosa á la habitación de su madre para informarse por sí misma de su estado. En la puerta de la alcoba, estaba Laura sentada en un taburetillo y tenía entre sus manos un tejido en el cual trabajaba afanosamente. No me dejas entrar? exclamó Enriqueta, al ver que la sirvienta no habría la puerta para darle paso. Lo siento mucho señorita, pero la señora me ha dado orden de no dejar entrar á nadie.- ¿Ni aún á mí? La señora padece tanto de la cabeza, que el menor ruido la molesta Está bien, volveré luego dijo Enriqueta, retirándose bastante contrariada. ... . --rs^i^pj.: ' DE LA SOMBRA Á LA LUZ 8 1 A la tarde mandó preguntar si podía ver á la enfer- ma, á lo que contestaron que en aquel momento dormía. Cuando llegó la noche vino una doncella á decirle que su señora le daba las buenas noches y que por ella no pasara cuidado, pues su indisposición desaparecería con algunas horas de tranquilo sueño. Así transcurrieron tres días, sin que Enriqueta lograra ver á su madre. Al cuarto, por la mañana, á la hora del desayuno, lo- gró por fin verla, estaba sentada en un diván junto al Dux. En su rostro no se notaba la menor huella de en- fermedad; estaba pálida como siempre y revestida de esa máscara de frialdad é indiferencia habituales en ella. La joven pudo oir la última parte de la conversación que los esposos sostenían. —Vuestro hijo, decía Aurora, es muy afortunado, por tener un padre tan complaciente como Vos; quizá otro menos encumbrado y poderoso hallaría y pondría en práctica medios para evitar ese descabellado matrimonio. Pero vos os conformáis con lábaros las manos como Pilatos y permanecéis indiferente ante la reveldía de... vuestro señor. . . hijo. —Le dije en una ocasión, respondió el Dux, sin inco- modarse ante las hirientes palabras de su esposa, que olvidara el darme nombre de padre, y que yo á mi vez olvidaría que en el mundo existía un hijo mío y después de esto, no quiero ya inmiscuirme en sus asuntos. - Sí, pero entre tanto él sale con su capricho... —Piensa Aurora^ dijo el Dux gravemente y ya morti- ficado por la obstinación de su esposa, que no se trata de un niño, mi hijo llegaí^á pronto á su mayor edad. Además, no es un capricho, puesto que por unirse á la mujer que ama, renuncia incondicionalmente á su fortu- na, á sus títulos y á los derechos que tiene al trono de su padre, resignándose á ser considerado como un es- traño para nuestra patria. Esto querida mía, no se hace por capricho, concluyó el Dux, pudiendo notarse en su voz y en sus ademanes cierto sentimiento de orgullo por aquel revelde hijo, á quien á pesar de todo, admiraba. ^í^f^ '■ • ■'^-" ' 'A ■^^''^K^:- -SÍS-JS^d^ 82 DE LA SOMBRA A LA LUZ Al acabar el Dux estas palabras, Aurora abandonó su asiento y dirigiéndose á donde estaba su hija (la que había permanecido á discreta distancia) dióle un silen- cioso beso y sin decir palabra, púsose á servir el desa- yuno que acababa de traer un criado en una gran ban- deja de oro maciso. Para Enriqueta aquel desayuno, sabía á hiél, pues acababa de convencerse de que su madre no abandonaba su fatal idea y esto le causó tal amargura y desconsuelo tan grande que en cuanto le fué posible salió del come- dor y fué á encerrarse en sus habitaciones con todo el peso de su inmensa tristeza. Quince días después de aquella mañana, y en una her- mosa y serena tarde, la señorita de Alcibiani fué agra- dablemente sorprendida por la visita del conde Edmundo de Miramar. En aquella ocasión atavióse Enriqueta, con más gusto y esmero que nunca. Sobre su elegante y rico traje de rosa blanco, cuya delantera estaba bordada de oro y hermosas esmeraldas, echóse una larga sobrevesta de terciopelo también Dlanco lijeramente ajustado al talle por un ancho justillo de oro y esmeraldas. Terminado su tocado, encaminóse al salón donde Au- rora la esperaba. Cuando apareció la encantadora joven, semejante á una alba aparición, la madre y el caballero se pusieron de pie. — Hija mía, esclamó aquella, tengo el honor de pre- sentarte al señor conde de Miramar. Señor conde (dirigiéndose á él) mi hija En ... . — Señora, esta presentación es superfina, pues ya he tenido el alto honor de ser presentado á vuestra encan- tadora niña, el día de vuestra boda y no hacen. . . . Comprendió Enriqueta que el conde iba á hacer men- ción de su visita á los Evoli y temiendo las consecuen- cias que Aurora atribuiría á aquella visita, máxime, cuan- do no había hablado de ella á su madre, apuróse á cortar las palabras próximas á salir de los labios de Edmundo. —Es verdad, dijo, que la noche de tu boda me pre DE LA SOMBRA A LA LUZ 83 sentó Rafael á este caballero, así que nuestro conoci- miento data ya de algunos meses. Y al pronunciar estas palabras, fijó en el conde tan elocuente y significativa mirada, que éste comprendió al instante que su encan- tadora beldad tendría sus motivos para ocultar á su ma- dre la escursión de aquel memorable y feliz día. Por el momento creyóse salvada Enriqueta, pero cuan engañada estaba al creerlo así. Pasados aquellos momentos de turbación para los dos jóvenes y de observación para Aurora, empezaron una animada conversación. Enriqueta tocaba admirablemente el laúd y con su dulce y poderosa voz acompañaba tiernos cantos que ella misma componía. Edmundo no ignoraba esto y deseando oírla en aque- lla ocasión, díjole así:— Me han referido en el círculo de mis amigos una poética anécdota que^ voy á relataros á mi vez: Dicen que en las tranquilas y hermosas noches del verano se abría silenciosamente una ventana de cier- ta morada y aparecía en ella una hada de incomparable belleza, con negros y abundosos cabellos que caían co- mo un manto sobre su alba vestidura. Traía en sus manos un laúd, miraba al cielo tachonado de brillantes astros, enviaba una dulce sonrisa á la pá- lida confidente de sus vagos ensueños y luego pulsaba el laúd, llenando el espacio de tiernas melodías. Ento- naba después sentidas barcarolas y melancólicas cancio- nes, que cual el canto de las hechiceras sirenas atraía y embelezaba al dichoso mortal que acertaba á pasar por aquel lugar. Ahora bien: por el retrato que del hada me hicieron, Veo que entre ella y vos hay tan notable semejanza que no vacilo en creer que el hada de mi cuento y vos sois la misma. Enriqueta escuchaba las palabras del conde, dejando vagar sobre sus labios una dulce sonrisa. —¿No podría ser yo uno de los felices mortales que habéis embelezado con vuestra música y con vuestro canto? prosiguió Edmundo. —Ya que sabéis que no hay tal hada, dijo Enriqueta, .-j; -a:^-.-.^^-| -^rs?^-sjw5'í 84 de; la sombra a la luz sino una simple mujer á la cual vos, con esquisita ga- lantería habéis querido revestir con esa poética forma, pasemos á mi salón de música v allí os complaceré gus- tosa. ^Aurora había escuchado la conversación de los jóve- nes y sonreía al parecer llena de complacencia y prece- didos por ella pasaron á la sala de música. Era esta una pieza circular, cuyo techo representaba al cielo cubierto de estrellas y blanquísimas nubéculas; las paredes estaban tapizadas de damasco azul celeste; una magnífica alfombra de Esmirna del mismo color cu- bría el pavimento. Un diván en forma de media luna y algunas sillas y taburetillos de raras y variadas formas estaban artísticamente diseminados por el saloncito, en el centro del cual había una pequeña fuente de marmol rosa llena de agua con delicadas esencias que embalza- maban el ambiente. En cada extremo del diván se des- tacaba una hermosa estatua, de Erato la una y la otra de Euterpes, musas de la poesía y de la música respec- tivamente. Completaba el mueblaje del lujoso saloncito una elegante mesa de plata con incrustaciones de oro sobre la cual estaba una caja de los mismos metales, la que contenía el rico laúd de Enriqueta. Tomóla ésta en sus manos y sentándose frente á Ed- mundo con aquella gracia y gentileza que ponía en sus menores movimientos, comenzó á preludiar los primeros acordes de una tocata tierna y melodiosa, acompañando aquella música con una canción ¡lena de suavidad y me- lancolía, sin sospechar en aquellos instantes que era la última que durante muchos años saldría de sus labios. Edmundo permanecía estático, escuchando aquellas sublimes melodías. Parecíale fluctuar en un mundo ideal, donde un coro de ángeles y querubines entonaban aquel divino con- cierto. Tan absorto estaba, que cuando Enriqueta cesó de tocar y dejó el laúd sobre la mesa, recién notó que Au- rora había desaparecido del salón. Su hija la vio alejarse y tembló instintivamente, sin- tiendo en lo íntimo de su ser, como un presentimiento -í^^- V . "■- — "•'■ 'JÍ& DE I.A SOMBRA A LA LUZ 85 de algo terrible y fatal para ella. Sin embargo, disimuló cuanto le fué posible su creciente ansiedad y continuó su canto con mayor sentimiento y dulzura, poniendo to- da su alma en aquella tierna canción de amor. Setitíase Edmundo cada vez más cautivado por aquella linda y hechicera mujer. Todo en ella atraía; su belleza, sencilla y modesta, sus ingenuos modales, que llevaban todos un inimitable sello de gracia y distinción. Cada una de sus palabras, cada sonrisa, cada mirada le sedu- cían y aumentaban gradualmente su amor por ella. Resuelto á saber si era posible su felicidad con la mujer que amaba, pensó interrogarla, aprovechando aque- llos momentos de soledad y si era aceptado, pedir su mano aquel mismo día. Enriqueta no podía negar al conde aquello que llenaba su alma de placer, pues sin que ella se hubiera dado cuenta, su inocente corazón había empezado á latir por Edmundo desde que sus miradas se cruzaron. Pasaba el tiempo y Aurora no regresaba; esta prolon- gada ausencia inquietaba de tal manera á Enriqueta que su rostro se demudó por completo. Notólo Edmundo y con acento de amorosa ternura interrogó á su amada, cual era el motivo de su inquietud. Ella vacilaba entre descubrir las faltas de su madre, <¡ue tan cruelmente quería sacrificarla, ó engañar al con- de, que era quizá el ser que más la amaba y deseaba su felicidad. Pero su acrisolada virtud y honradez triunfaron como siempre en ella y dijo así á su amante: —Perdonadme por ahora que no os haga conocer el motivo de mi inquietud; se trata de mi madre y por eso no puedo daros cuantos detalles quisiera. Básteos saber que ella ignoraba mi visita á Valentina, aunque ahora imagino que lo ha sospechado hace mucho, quizá el mis- mo día en que la hice. No me juzguéis desfavorablemente Edmundo, por haber procedido así, pues tenia graves motivos para ello. Respeto vuestro secreto, amada mía, como respeto cuanto á vos concierne; y en cuanto á juzgaros mal, eso jamas sucederá os lo juro. Solo siento que mi torpe indiscrección os ocasione algún disgusto. '¿jí:»fv-^"--%^v'i^f*~fS^¡Z!!p^^^^ 86 DE LA SOMBRA A LA LUZ Una casi imperceptible sonrisa de tranquila resignación apareció en los labios de la pobre joven cual si con ella quisiera decir que estaba ya muy acostumbrada á sufrir en esta vida, muchos y muy crueles sinsabores. Aquella espresión de heroica conformidad puso fuera de sí al joven. —¡Dios mio¡ dijo! que no diera yo por no haber pronun- ciado esas malhadadas palabras. Temo, dijo Enriqueta, como respondiendo á su propio pensamiento, que esta ausencia de mi madre no tenga otro objeto que cerciorarse de si fui ó no, aquel dia á casa de Valentina, de quienes estaban alli y en fin de todo cuanto aquel dia hice y !Ay¡ de nosotros, si llega á saber que allí os vi á vos y á' Rafael— No solo se opondrá á nuestro amor, sino que ni siquiera nos dejará el placer de vernos. Levantóse al acabar estas palabras y fué hasta la puerta exterior del salón inmediato, mas al llegar á ella quedóse alli como petrificada. Un grito de mujer descompasado y angustioso habla llegado á sus oidos y percibió al mismo tiempo el eco de dos voces: colérica y autoritaria la una suplicante y llorosa la otra. El semblante de Enriqueta palideció hasta tornar lívido y Volviéndose presurosa junto al conde; Edmundo esclamó, yo os lo dije, no volveremos á vernos mas. A estas horas mi madre lo sabe todo^ no me cabe duda alguna ¡Estoy perdida! Ante la honda aflicción de la infeliz criatura Edmundo recobró toda su entereza y energía. ¿Que estáis perdida habéis dicho?— No, Enriqueta, amada mía no repitáis esas palabras! Acaso no hay en el mundo un ser que os ama mas que á su vida y que está pronto á luchar hasta la muerte por vos y por vuestra felicidad? Oh, no me amáis lo suficiente para darme el derecho de hacerlo así? No es eso Edmundo sino que tengo el presentimiento de que si lucháis por mi luchareis en vano. Yo nada se de cuanto pasa en vuestro hogar, Enriqueta, pero entreveo algo terrible, que hiela la sangre en mis S'Kr .-^^■/'"•^'jS'-'f'v^íiS-r'r'*?''^. -~: • -^^SLít:- - '■ ■ -tí.-:':'iSí v-'!«sp^,. vi'»"-_V-^=:?^^"^?;:^'~í:í''ts^ DE LA SOMBRA Á LA LUZ 87 venas y llena mi pecho de indignación. Y acercándose mas á la joven inclinóse ante ella diciendole con resuelto y persuacivo acento: Dime dueña de mi alma que me autorizas para que pida tu adorada mano ahora mismo; en cuanto tu madre vuelva á nuestra presencia y asi ángel bueno y querido, una vez que seas mía cesarán todos tus sufrimientos y renacerán la calma y la alegría en ese pobre corazón angustiado. !Oh Edmundo; No hagáis semejante cosa ¡Bien se ve que no conocéis á mi madre; Ella no es tan mala como quizás la juzguéis vos pero cuando la ira la domma se deja llevar de sus Ímpetus y no sabe lo que hace. Asi pues, yo os lo suplico si no queréis duplicar mi terrible ansiedad no pidáis mi mano, á lo menos hoy. Y pensar que todo esto podia haberse evitado no pro- nunciando solo una palabra! esclamó el conde lleno de desesperación. Y mesándose los cabellos con impotente rabia hubiera querido que aquella impacable madre, hubiera sido un hombre para hacerle pagar bien caros los sufrimientos que ocasionaba á su inocente hija. Se oyó á lo lejos cerrarse una puerta con estrépito y comprendiendo Enriqueta que el momento terrible para ella se acercaba, miró á su amado con suplicante y acon- gojado rostro. ¡Oh vida mia! Estando á mi lado nada temas, dijóle él casi al oido y sí Son tan breves los instantes que me quedan para estar á vuestro lado Edmundo interrumpióle ella Cuanto sufro en estos momentos, mi adorada Enriqueta ¡Nunca podrás hacerte una idea de lo profundo é intimo de mi dolor ; ¡Dulce amor mió! respondióle ella á media voz; mi primero, único, é inestinguible amor; Esta será quizás la última vez que nos Vemos pero ten la seguridad de que nunca, ni en esta vida ni en la otra te olvidará mi amante corazón; y sus lágrimas á duras penas conteni- das largo rato, rodaron de sus ojos á raudales. No dueña mia, no será esta la última vez que nos veamos por que, te amo tanto, con inmensa pasión, que habré de l*niJ»f^jg|^'?9W'-|f"J»^M^.«uj»'r , ---'-:T:^^w^,i-;'.^-f-?F«sr- - ■.- ■'■ -..r- .:■.• 'i^-jnt,-'^--- • 'r*.-}it-i^tir-ffy- ■■'^:r •'^-rf^J^^-i^y'lí^^-r^':-.^^^^^ 88 -^ DE LA SOMBRA A LA LUZ remover cielo y tierra para arrebatarte de las manos que hacen robarme la felicidad, la alegría, el amor puro y divino de mi adorada prometida. No viertan pues más llanto esos amados ojos, dijo inclinándose hacia ella y cerrando con un suave beso de sus amantes labios aquellos párpados cansados enrrojecidos. Los pesados cortinados que cubrian la puerta se levantaron y en el dintel apareció Aurora tranquila y sonriente como momentos antes. Pidió mil disculpas al conde por su prolongada ausencia; pues un asunto, dijo, de la mayor importancia me distrajo lejos de vosotros. Al ver la serenidad y el acento natural de Aurora el conde creyó que su amada se había equivocado, pero Enriqueta que también conocia aquel semblante no pudo compartir la esperanza de Edmundo. Terrible fueron aquellos momentos para este pues aunque comprendía que habia llegado el momento de partir, temía hacerlo, y dejar sola con su irritada madre á su tierna avecilla; pero no tuvo otro remedio y con la mente llena de terribles presentimientos salió de la soberbia mansión para no volver á ella durante muchos años. Madre é hija quedaron por fin solas, y frente á frente la una de la otra. La tormenta que amenazaba herir á Enriqueta se desencadenó entonces, pero menos formidable y violenta de lo que ella esperaba. Aurora se habia puesto en pié y fijando en su hija una mirada llena de enojo y desden: He sabido, la dijo, cual ha sido tu miserable proceder y me sorprende te lo juro, tu habilidad para el engaño y la hipocresía, pues no te creía capaz de tanta bajeza como la que has demostrado uniéndote contra tu madre con sus enemigos, consiguiendo así que ese miserable Rafael pueda reírse impunemente de mi; Enriqueta se retorcía las manos, presa de una desesperación fácil de imaginar y levantando hasta su madre sus grandes angustiados ojos ¡Madre tu no sabes porque lo hice! tu no lo sabes!.... !no me acuses pues sin oírme!.... ¡Calla, calíate! grito Aurora levantando sobre Enriqueta DE LA SOMBRA A LA LUZ 89 SU mano amenazadora— No pronuncies, la dijo, una palabra mas. No quiero que te defiendas porque para mi, tu conducta es incalificable y pagarás en su justo precio la traición da que me has hecho victima. Pronunciadas estas crueles palabras salió aquella terrible mujer, dejando á su hija infeliz bajo el peso de su inmensa amargura. Dadme valor y resignación Dios mió, pues siento que ambas cosas van faltándome. En medio de su mortal desasosiego, pensaba ella en cual seria el castigo que su madre le impondría. Estaba á merced de ella y ninguno de los seres que la amaban podrían salvarla, á pesar de cuantas seguridades le diera Edmundo pues sabia cuan grandes eran la energía 'y poder de Aurora. Entregada á sus tristes pensamientos, no se apercibió de la presencia de una persona que acababa de entrar, hasta que esta no estubo á sus pies: Era áti nodriza, cuyo rostro estaba tan conjestionado y descompuesto que Enriqueta se asustó al verla en tan misero estado: ¡Hija mia! ¡hija de mi corazón! esclamaba la pobre mujer sollozando, soy indigna hasta de estar á vuestras plantas pero no me arrojéis pues sufro tanto, que si tal hicierais moriría de dolor. No temas eso Belisa. Tú has sido una madre para mí, y eso jamas lo olvidaré. ¡Oh niña mia! Vuestra madre me amenazó con darme la muerte, si no respondía á todas sus preguntas, siguió diciendo la nodriza; al principio resistí, pero tuve miedo de la cólera de esa mujer y todo lo dije !Fui una cobarde, una miserable, pues debí haberme dejado matar antes de hablar una sola palabra. Pero no creáis que no tuvo que luchar antes de conseguir su objeto, mirad, aqui tenéis la prueba de lo que os digo: y desabrochando el cuello y los puños de su traje mostró sus carnes amon- tonadas con señales de dedos que le hablan apretado como tenazas de hierro. La infeliz estaba tan angustiada, que Enriqueta olvidándose momentáneamente de si misma tuvo que consolarla y darle un poco de aliento con sus dulces y cariñosas frases. -H^» ■- .-,--r- -^.7 ■■■--: , ,r- -^ .,-.:.. .-j^;<5ir,,--.,-_i-!t^v»J5gT^íg!p.; 90 DE LA SOMBRA A LA LUZ Luego que se hubo retirado, trasladóse la joven á su alcoba donde pasó el resto del dia sin ver á nadie. A la mañana siguiente, no había dejado aun el lecho, cuando entró su madre y sin saludarla siquffera, díjola así: Mañana á las siete nos podremos en viaje para Roma: Así pues has preparar lo que quieras llevar contigo y que cuando vengan á buscarte estés preparada para marchar. Enriqueta se había imcorporado en el lecho y cuando Aurora salía dejóse caer nuevamente presa de una desesperación muda y silenciosa. !A Roma! A Roma, se decía con acentos y miradas incoherentes y como si ninguna otra idea lúcida quedara en su cerebro. ¿Cuanto tiempo pasó así? Nunca lo supo. Con la ca- beza oculta bajo las almohadas encomendándose áDios; era su único consuelo. CAPÍTULO XII I A Roma ! El brillante carro de la aurora se alejaba más y más por el espacio, llevándose tras si, la claridad del día. Cubríase el cielo de negros nubarrones y las aguas del canal comenzaban á agitarse sordamente. La noche sería á no dudarlo tempestuosa. Nada más triste y lúgubre que aquel frío crepúsculo de invierno. —¡Señorita, señorita! se oyó exclamar quedamente en la semi oscuridad de la habitación de Enriqueta. Era sti nodriza. !Oid, hija mía! Oíd lo que tengo que deciros. —¿Vienes á hacerme apurar un trago más de hiél? —Sí, noble y bondadosa criatur'i, pero creo que este será el último, pues vos no podéis habitar por más tiem- po bajo este techo. Sabéis ¡oh! misericordia divina para lo que os llevan á Roma? —¿Cómo quieres que lo sepa? — Ay! señor! Yo sí lo sé y no ceso un solo ins- ^*a(sr,>_-*i*.: -■: DE LA SOMBRA A LA LUZ 9I tante, desde ayer, de espiar á Vuestra madre. Yo sé, pobre hija mía, que os llevan para meteros en un con- vento. El semblante de Enriqueta palideció intensamente pe- ro no pronunció palabra. Belisa prosiguió: La abadesa del convento donde pien- sa llevaros, es parienta de ella, por lo que considera estaréis allí segura. —¿Qué puedo hacer Dios mío para evitar que esta maldad se consuma? — No ir, fingiros enferma, todo menos hacer ese viaje; y entre tanto buscáis el medio de salvaros. Una fugaz sonrisa iluminó el descolorido semblante de la señorita de Alcibiani. — ¡Ah! Bien se ve, dijo, que no has pensado que tu y yo y todos estamos bajo el poder de mi madre y cual- quier cosa que intentáramos se estrellaría contra su po- derosa voluntad, pues nada podemos hacer sin que llegue á su conocimiento. Nó, continuó la joven, será tal vez mejor para mí en- cerrarme para siempre en un claustro que pasar mi vida luchando contra la que me dio el ser. —¡Misericordia divina! ¡Cuanto me duele ei oiros ha- blar así! ¡Y pensar que nada podemos hacer, que somos impotentes para prestarnos nuestra ayuda! .... Fué interrumpida esta conversación por la presencia de una doncella que venía á encender las luces y á avi- var el fuego que ardía en la chimenea y después de he- cho esto salió seguida de Belisa. Serían más ó menos las seis de la tarde. La claridad del día se apagó lentamente y la noche se enseñoreó del espacio tendiendo su oscuro manto sobre la faz de la anchurosa tierra. Una densa niebla envolvía la ciudad toda y á cortos intervalos oíanse los gritos de los gondoleros que se anunciaban unos á otros para no chocar con sus gón- dolas. Enriqueta de Alcibiani sola con su dolor y sus pesa- res, paseábase silenciosa por su habitación. Había perdido hasta la facultad de pensar, tal era el entorpecimiento que embargaba todas sus facultades. ■:' ■ ■•'-T'-ei' -'■f*^'t~í: 92 DE I.A SOMBRA A LA LUZ Sintiendo que el aire le faltaba á sus pulmones abrió la ventana y poniéndose de codos en el alfeisar con la cabeza descubierta, aspiraba con delicia el helado aire que azotaba su rostro refrescando así su ardorosa frente. Sintióse entonces algo más aliviada y despejado su entendimiento. En la exaltación de los primeros mo- mentos pensó que tal Vez sería lo mejor que podría su- cederle, encerrarse en un convento donde á lo menos viviría tranquila, y ya estaba casi resignada con su suerte. Más después, tras la calma, vino la reflexión y por ésta comprendió cuan pobre y mezquina hubiera pare- cido á los ojos del conde viéndola resignada á separarse para siempre del que tan fielmente la amaba, sabiendo que al dar este paso le proporcionaría un cruel desen- gaño. Es pues necesario no dejarse anonadar por este golpe y buscar algún medio de salvarse, pues aunque su amado le había jurado que sabría rescatarla de los brazos de quien osara arrebatársela, ^^cómo iba á luchar contra un peligro desconocido? ¿Llegaría él á imaginar jamás que iban á alejarla de la ciudad, para trasladarla nada me- nos que á Roma? Nó, nunca pasaría por su mente semejante idea. Y conociendo Enriqueta como conocía á su madre, es- taba segura de que su inicuo plan sería llevado á cabo en el mayor misterio y quizá ni aún el Dux supiera la verdad, ¿Cómo pues iba á descubrir Edmundo la perfi- dia de Aurora? Si á lo menos pudiera ella hacérselo saber Pero esto era del todo imposible, no podía tener ni la más mínima esperanza. Entonces, si de nadie puedo esperar mi salvación, en quién sino en tí puedo confiar Dios mío! Si mi Divino Padre, dijo, cruzando sobre el pecho sus manos entrelazadas, tu me auxiliarás, pues no puedes querer que por entero no te pertenezca la que se te ofrece en el ara Santa de tu Templo. ¡Tú! que has puesto en mi camino á aquel á quien he jurado amor eterno y he entregado mi corazón, no que- DE LA SOMBRA A LA LUZ 93 rrás permitir que este corazón que está ligado á la tierra con los fuertes lazos de un amor mundano te ofrezca consagrarse á ti entre los muros de un claustro donde tú solo debes imperar. ... Oh! sí! Dios me salvará, dijo llena de fé y de confian- za, porque El es misericordioso y en su pecho no en- cuentran cabida las pasiones mezquinas que agitan á los seres de este mundo. Después de hacer esta corta y ferviente plegaria, sin- tióse tan confortada y animosa que pudo libremente en- tregarse á sus pensamientos casi sin angustia ni temor f;or el terrible «mañana» que tenía en perspectiVB. Así permaneció durante algunas horas silenciosa é in- móvil como una estatua. De pronto una ahogada esclamación se escapó de sus labios; comprimióse las sienes con ambas manos é incli- nando la cabeza sobre el palpitante pecho permaneció así por breves instantes. Cuando levantó la frente, sus ojos brillaban de una manera inucitada y sus mejillas tan pálidas momentos antes, estaban levemente sonrosadas. No se le oyó pronunciar más palabra ni hacer un mo- vimiento que revelara lo que acababa de pasar en su cerebro; solo se advertía en su semblante una expresión tan firme é inquebrantable que la resolución tomada en aquellos momentos había de ser decisiva. Abandonó su asiento y con firme paso encaminóse á un elegante pupitre que había en su habitación, sobre el cual se veían algunos libros, papeles de música y recado de escribir. Sentóse delante de él y con mano un tanto temblo- rosa, escribió la siguiente carta: Madre mía: Cuando ésta llegue á tus manos yo habré dejado de existir ! . . . Y no tendrás ya hija! Si esto fuera un motivo de pena para tí, bien me guar- daría de llevar á término mi criminal propósito, pero como sé que no será así puesto que tú no me amas y hallándome cansada de una lucha estéril y bochornosa me sustraigo á mi adverso destino, cortando el hilo de mi existencia. ■'-9íi«Tí*;-.v.' ^'r-<'^ .-iK'.-'yvry.^'j >íS*^?}^?5Sbsw!5S!,^^/ 94 DK LA SOMBRA A LA LUZ Te parecerá imposible que yo tan devota, tan sufrida y resignada siempre sea capaz de cometer este crimen, pero ten presente, madre mía, que la desesperación y la soledad á que tu me has condenado, son malas conseje- ras y como tales nada bueno pueden sugerir. Adiós pues, madre de mi alma, en esta carta regada con mi llanto te envío mi perdón, por cuanto en tu obs- tinada seguedad me has hecho padecer. A las doce de la noche me arrojaré al canal por la ventana del salón de lectura. Te encargo muy especialmente á mi pobre Belisa; sé cuanto me ama y cuan grande va á ser su pesar, pero te suplico le digas de mi parte que por mi no se apure, pues ya habré dejado de sufrir en este mundo. Y ahora madre carísima, escucha el ruego supremo que Voy á hacerte, deseando que estas sean las últimas pa- labras que mis labios te dirijan antes de despedirme de ti quizás para siempre. Olvida tus odios y tus locos an- helos de venganza; cierra tus ojos al mal y abre al bien tu corazón, volviendo al seno de tu Dios para que rege- nerada por el arrepentimiento, goces de la paz y del contento que aquellas terribles pasiones te han robado. Y aquí tienes depositado en este papel mi último beso que es para ti madre mía. Recíbelo con el imperece- dero amor de tu hija infeliz EiNRIQUETA. Cerró su carta y poniéndole su sello la colocó sobre el velador junto á su lecho. / En aquel momento daban las nueve y media. Si dentro de dos horas no se me ofrece otro medio de salvación, esclamó la joven,- mi suerte estará marcada y cumpliré mi propósito. Dijo estas palabras dejándose caer vestida sobre su lecho. Faltaba un cuarto de hora para las doce cuando Enri- riqueta muy sigilosamente se levantó, quitóse la larga capa de pieles que la envolvía y metió sus hermpsos ca- bellos entre una fina redecilla de hilos de plata, con- servando el traje y la gola de encajes que llevaba aquel día. DE tA SOMBRA A I,A LUZ 95 Luego pasó al saloncito inmediato y después de cerrar con llave su dormitorio, colocó esta sobre el pupitre y apagó la luz, quedando todo en completa penumbra. Oyóse abrir quedamente una ventana y luego una voz angustiosa y tenue pronunció estas palabras: — Puesto que ella lo quiere, cúmplase su voluntad. CAPÍTULO XIII ¡ Paz en su tumba I Nublado y desapasible amaneció h\ día siguiente y pocos momentos después gruesas gotas de lluvia comen- zaron á caer. Aurora levantada ya y envuelta en una rica andriana de cachemira blanca miraba á través de los cristales, el cielo todo cubierto de espesas nubes. Mal tiempo tendremos, esclamó á media voz, pero quizás sea mejor, pues asi habrán menos ojos que nos vean salir. Su breve soliloquio fué interrumpido por Laura la doncella que traia un sencillo y elegante traje de terciopelo negro con el cual atabló á su señora. Cubrióle luego la cabeza con un virrete negro también con filigranadas almenas de oro y por último echó sobre sus hombros una ancha capa que la envolvía por completo entre sus pliegues. Poco después de las siete y media envió á la doncella á llamar á Enriqueta: Un instante después volvía aquella para decir á Aurora que la habitación de la señorita estaba cerrada y que apesar de haberla llamado repetidas veces no habia tenido respuesta. Aurora sabía que su hija se recogía algunas veces á altas horas de la noche, entretenida, ya en bordar en leer o en componer música, que eran las ocupaciones á que ella se dedicaba con mayor predilección. Seguramente dijo se acostó tarde y el sueño la ha vencido, voy á despertarla. f---^í^>»!^-;,T'^<í4»>!'fc<*aaKÍ-'Wff ' ^ 96 DE I,A SOMBRA A LA LUZ Pero advertid señora, observó la sirvienta que la señorita no cierra nunca su alcoba con llave. Aurora no contestó y ya algo alarmada penetró en las habitaciones de su hija. Empujó repetidas veces la puerta al mismo tiempo que llamaba á la joven, pero sin obtener mejor resultado que la doncella. Aurora comenzó á inquietarse seriamente. Con ansiosa mirada recorrió todos los muebles del pequeño salón y al fijarse en el pupitre sobre este vio la llave colocada junto al quinqué. Con rápido movimiento tomó Aurora aquella llave é introduciéndola en la cerradura abrió la alcoba penetrando en ella seguida de «la pobre Belisa, quien acababa de acudir. Encaminóse directamente al lecho recogiendo con temblorosa mano el cortinado que lo ocultaba y al verlo vacio y sin señales de que nadie hubiera dormido en el retrocedió dos pasos palideciendo intensamente. Señora, señora, esclamó Belisa en aquel momento: ¡Mirad, una carta! y señalaba la que dejara Enriqueta sobre el velador. Aurora se precipitó sobre ella y con ansiedad fácil de imaginar rasgó el sello con presteza. A medida que leia, la cólera, el dolor y la sorpresa se retrataban en su semblante horriblemente descompuesto. Leyó hasta la ultima palabra y después en un arranque de desesperación, corrió á la habitación inmediata, abrió la ventana y cual sí en su mente se retratara el cuadro que se presentaría ante su vista, asomóse al canal cerrando sus ojos Abriólos al instante y fijó sus ávidas miradas en las dormidas aguas. Todo estaba en completa calma. En el primer momento nada vio pero fijando sus ojos en las profundas y silenciosas aguas, vio con indecible espanto la gola de encajes de Enriqueta enrredada en un grueso gancho que sobresalía del murallón flotando sobre las aguas con un mechón de sus negros cabellos. Un pavoroso grito que hizo crispar los cabellos de las personas que la habían seguido, salió de su pecho y con el semblante lívido y descompuesto abandonó el salón y corrió en busca del Dux. DE IvA SOMBRA A LA LUZ 97 En cuanto este fué enterado de lo sucedido, mandó que buscaran por todos los canales de la ciudad el cuerpo de la infortunada niña. Pero todo fué inútil, nada se encontró. Entonces se supuso que la suicida para llevar á cabo su intento había atado á su cuerpo algún peso que la mantendría para siempre sumergida en las profundas aguas. Aurora permanecía encerrada en sus habitaciones com- pletamente sola; no prestando atención á nada que no se relacionara con su hija. La terrible noticia de aquel trágico suceso cundió por toda la ciudad con increible rapidez; llevando el duelo y la consternación á muchos corazones que ama- ban tiernamente á la infortunada joven y las más fan- tásticas y descabelladas congeturas se hacían en todos los hogares. Valentina y sus padres derramaron sinceras lágrimas, dolorosamente impresionados ante la abrumadora reali- dad de aquella horrible desgracia, tan inesperada é in- comprensible para todos, pues exceptuando á Edmundo nadie podía explicarse la causa que pudo inducir á pri- varse así de la vida en los albores de la juventud, cono- ciendo el carácter- y las creencias profundamente reli- giosas de la señorita de Alcibiani. Edmundo no podía convencerse de que aquella terri- ble desgracia se había consumado en realidad separán- dole para siempre de su bien amada y cuanto más pen- saba en aquel suceso, parecíale más imposible que aquella criatura tan apacible, tan delicada y paciente hubiera tenido valor para acabar su vida de aquella manera. Lleno de dolor y angustiado por un cruel remordi- miento, unióse á las personas encargadas de buscar el cadáver de su primero y único amor y Dios sabe cuán- tas lágrimas fueron aumentar el caudal de las aguas que servían de eterno y mortuorio lecho al cuerpo de su amada. ¡Ah! decía luego que se hubo convencido de lo infruc- tuoso de sus investigaciones. Soy yo solo el culpable del trágico fin de este ángel y la desgracia que hoy me .jjdí^-t.T'M^í-e,.,,^^ 98 DE LA SOMBRA A LA LUZ aflige bien la merezco por mi necedad incalificable, pues no me cabe la menor duda, que solamente en un mo- mento de loca desesperación, por el castigo que eea madre inhumana haya querido infringirle, pudo tomar una determinación que al más valiente de los hombres lo hubiera hecho vacilar. Caía ya la noche cuando Edmundo regresó á su casa después de haber recorrido toda la ciudad, pintándose en su semblante el dolor y la desesperación que lo con- sumía. Rafael sabedor del suceso é imaginándose el profun- do dolor de su mejor amigo, corrió presuroso á su lado para acompañarlo en medio de aquella pena que tam- bién á él le hería íntimamente. Al penetrar este en la habitación donde se hallaba el conde, echóse este en sus brazos en medio de convul- sivos sollozos. ¡Y si al menos pudiera llorar sobre su tumba Rafael; besar el mármol que ocultara sus despojos! más ni aún ese consuelo puedo tañeren mi dolor dijo Edmundo se- parándose de los brazos de su amigo y dejándose caer en el sillón que antes ocupaba. ¿Pero á que tormento tan bárbaro ha querido someter- la? exclamó Rafael sentándose junto al conde? Que cas- tigo monstruoso le impondría para que ella tan santa, tan sumisa y sufrida, haya preferido la muerte antes que soportarlo? ¡Oh! dolor que tan cruelmente laceras mi corazón, exclamó Edmundo, acaba de una vez con esta vida que sin ella me será odiosa. ¿Y que nada pueda yó hacer? prosiguió después; que no me sea posible vengarla y arrojar al rostro de esa madre infame, toda la bárbara crueldad de su monstruo- so crimen? Nada, nada puedo hacer, sino llorar. ¡Ah! Señor y al pronunciar estas palabras una violenta crisis de desesperación hizo presa de él. Honda impresión causó en toda Venecia el trágico fin de aquella apasible criatura y asi las damas como los caballeros acudieron á hacer presente su condolencia á lia nfortunada madre! DE LA SOMBRA A LA LUZ 99 Aurora envuelta en sus negros ropajes que hacían más extrema la habitual palidez de su rostro, permanecía ensismimada en su dolor mudo y sin lágrimas, insensi- ble á las manifestaciones de pesar de las personas que la acompañaban; y aquel dolor que acumulaba amarguras en su corazón, lejos de extinguir sus odios; aquella pa- sión tan arraigada con ella, dominábala por completo: Rafael y Valentina eran para ella causa viviente de sus males y el nuevo golpe que entonces la hería, no hacía más que aumentar su aversión á ellos. En la mañana del cuarto día de haber tenido lugar aquel trágico suceso, recibió Edmundo una orden de Es- paña en la cual se le llamaba con urgencia^ pues se te- nían temores de guerra. Como hijo adicto y valiente, quiso acudir presuroso al llamado de la lejana patria para ofrecerle en su ara su sangre y su Vida. Al amanecer del siguiente día partió con rumbo á España en su buque. Reina del Mar. Era un misterio para casi todos los habitantes de la ciudad de Venecia la causa de la muerte de la infeliz Enriqueta y todos íntimamente conmovidos, exclamaban: Dios tenga piedad de ella y le dé paz en su tumba. CAPITULO XIV El Castillo de los Manantiales Han transcurrido doce meses desde que Edmundo de Miramar, abandonara á Venecia para volver á las playas Españolas. Poco tiempo^después Rafael y Valentina acompañada de sus padres, se trasladaron á Florencia en donde Ra- fael poseía un hermoso castillo, herencia de su madre ia duquesa de X, allí debía celebrarse poco después, su boda. Era aquel castillo una espléndida mansión construida sobre una alta eminencia en medio de las feraces cam- piñas de Florencia. . r^ Jj,.^^,,, de; IvA sombra a la luz ioi Era un edificio sencillo y sólido, rodeado de un ameno jardín y en cuyo frente y en lo más alto del cuerpo principal destacábase una gran estatua de mármol blan- co representando la caridad bajo la forma de una ma- jestuosa matrona coronada de rosas y cubierta por un ancho manto bajo el cual cobijaba algunos ancianos y niños, quienes posternados la adoraban. De los más apartados rincones de Florencia llegaban desamparados seres que venían á cobijarse bajo aquel hospitalario techo que la caridad les deparaba. El día anterior había mandado Valentina un carga- mento de juguetes para los niños, y su júbilo fué inmen- so al contemplar la alegría de aquellos pobres ángeles cuyas infantiles frentes estaban ya marcadas con el in- deleble sello de la miseria y del dolor. Valentina llena su alma del más profundo regocijo, partió de aquella morada seguida de las bendiciones de aquellas pobres gentes, quienes querían besar la orla de su vestido. Hacía un año que los jóvenes esposos habitaban en ei castillo y ya sus dominios se habían convertido en uno de los más ricos y florecientes de aquella comarca. Entonces no se veían como antes las campiñas des- provistas de rebaños, ni los campos sin cultivar; á la pobreza y el abandono habían sucedido la abundancia y el bien estar. En las hermosas mañanas primaverales, veía la rica castellana desde la más alta torre de su castillo á las pastoras que conducían sus rebaños al campo de pasto- reo y á los mozos de labranza que uncían sus bueyes al arado y acompañados de las robustas aldeanas empeza- ban sus rudas tareas. Los dos esposos pasaban allí una vida llena de felici- dades y esta llegó á su colmo, cuando á mediados del verano un feliz acontecimiento vino á interrumpir el apa- cible transcurso de sus días y fué este nacimiento de una niña sana y hermosa como sus padres. Algunos días antes de aquel feliz suceso llegaron al castillo los esposos Evoli, lo que fué causa de infinita alegría para sus hijos, quienes en medio de su completa -:■ «n-^TT^-jp-^ 2 ■?!?3E|^» ■ 102 DE LA SOMBRA Á LA LUZ dicha no cesaban nunca de recordar á sus amados padres. La pequeñita fué bautizada en la Iglesia del castillo con el nombre de Marta. Los regocijos que con este motivo se celebraron duraron una semana entera. Todas las aldeanas iban á saludar á su ama y á cono- cer á la recien nacida, trayendo cada una algún humilde presente para la primera. Quién presentaba una vasija de dorada miel, quién los más esquisitos frutos de su huerta, quién los más tiernos bocados del palomar y del corral. Todos contemplaban á la hermosa niña sin atreverse á posar los labios sobre aquella frentecita de jazmín y rosa que descansaba entre nubes de seda y encajes. De ios castillos circunvecinos, llovieron ricos presen- tes sobre la afortunada recien nacida acompañados con los fervientes votos que todos hacían para que Dios la colmara de felicidades y le diera largos años de vida. Cuando Valentina dejó el lecho y pudo bajar á la al- dea fué motivo de júbilo general. Era domingo, la Iglesia preciosamente adornada con profusión de flores y cirios, presentaba un aspecto en- cantador. Aquella mañana se celebraba un Tedeum en acción de gracia por el feliz nacimiento de la futura duquesita y por los beneficios recibidos durante aquel año. Quiso Valentina que aquel día fuera de alegría para todos los habitantes de sus dominios, no olvidando á los pobres enfermos del hospital á donde envió algunos mú- sicos que tocaban alegres piezas mientras el sacerdote distribuía la sagrada comunión á los enfermos, después de lo cual Valentina distribuyó dulces y confituras. Siguió á esta ceremonia un suntuoso banquete, al que fueron invitados todos los nobles de los vecinos castillos. En el gran patio de honor servióse un suculento almuerzo para todos los pobres del Ducado. -y^ -¥- -¥- La felicidad de los jóvenes esposos parecía basada '"''m^ DK LA SOMBRA Á LA LUZ IO3 sobre muy sólidos cimientos, pero mientras que Aurora, sil común enemiga no perdonara no podrián ellos vivir tranquilos. Valentina tenia ahora una obligación mas, pero cuan liviana y agradable de cumplir. Todo el tiempo que su esposo estaba ausente de su lado, dedicábalo ella á su hijita y cuando Rafael volvia de sus ocupaciones que nunca le faltaban compartía con é¡ sus cuidados y atenciones mientras que el amante esposo y solícito padre repartía entre aquellos dos peda- zos de su corazón sus caricias y sus ternuras. En aquellos momentos ni la mas pequeña nubécula empañaba el diáfano cielo de su dicha. Felices criaturas que en medio de su opulencia é ilustre alcurnia preferían á los bulliciosos y arrebatadores pla- ceres mundanos, los tranquilos y santos goces del hogar donde se albergan las mas puras y duraderas afecciones del corazón. ¡Oh! querido hogar donde se deslizan los tranquilos días de la inocente" niñez cobijados cual tiernos pajarillos bajo el ala maternal! ¡Oh! recuerdos queridos del hogar paterno que iluminas nuestra mente mostrándonos el cuadro de la felicidad sencilla y pura y del mas casto amor que como santa enseñanza eleva y purifica el alma. Hogar dulce hogar. Bendito seas A principios del mes de Noviembre los esposos Evoli partieron para Venecia. En cuanto sus numerosas relaciones tuvieron noticia de su llegada acudieron presurosos á darles la bien venida. Como es de imaginar el tema de las conversaciones eran referente á Rafael y su esposa, y las preguntas respecto á la pequeñita á quien todos imaginaban bella como su madre. Leonor satisfacía la natural curiosidad de las damas contándoles lo felices que eran sus hijos, mas en lo que no encontraba palabras para espresarse era al hablar de su nieta en quien veía reunidos todos los encantos que podián embellecer á una niñita de su edad, revelando en su conversación la idolatría que por ella sentía. I04 DE LA SOMBRA Á LA LUZ Desgraciadamente muchas de las personas que acudían á los salones de Leonor eran también amigas de Aurora é inocentemente referían á la vengativa mujer todo cuanto sabían respecto á su hijastro, sin saber que sus palabras producían en su oyente muy distinto efecto del que ellas imaginaban. Sí Rafael y Valentina huvieran visto á Aurora en aquella época de su vida habrían quedado á no dudarlo asombrados ante el cambio verificado en aquella altiva y hermosa mujer. Notablemente enflaquecida sus ojos parecían mas grandes notándose en ellos una marcada espresión de dureza y amargura. Entre sus cabellos tan negros y sedosos advertíanse ya algunas hebras de plata mientras que su frente en otros tiempos tan tersa y blanca estaba muy surcada de tempranas arrugas. Su carácter que nunca fué bueno se había vuelto tan agrio y taciturno que se hacia insoportable. Todos atribuían este notable cambio á la muerte de la infeliz Enriqueta. Mucho influía esto á no dudarlo pero habia otra causa; mientras ella veía destruidos todos sus planes para impedir aquel matrimonio entre el odiado Rafael y la pleveya Valentina; mientras el remor- dimiento por ser causa de la muerte de Enriqueta iba royendo día á día su ya lacerado corazón y en tanto que ella envejecida y abrumada por su impotencia veía transcurrir los días de su vida en la mayor soledad y abandono y en los momentos cuando llegaba á sus oídos que aquellos seres á quienes tanto odiaba vivían tan felices y contentos como ella desgraciada, tan queridos y considerados como ella abandonada y aborrecida y como si todo esto no fuese bastante ahora tenían, para complemento de su dicha una hija cuando ella !0h! desdichada habia perdido la única que Dios le diera. Todos estos pensamientos cruzaban como revuelto torbellino por la mente de Aurora produciéndole vértigos de dolor y de odio, no queriendo reconocer, en su culpable ceguedad, que ella era la causante de todos sus males, hasta de la indiferencia con que su esposo había llegado á tratarla, cansado de sus continuos desdenes. ■^1a- ^ •-: -■ -í--- - - -ywj: DE LA. SOMBRA A LA LUZ I05 Yo me vengaré, decia, yo me vengaré por cualquier medio que encuentre á mi alcance. El Dux padre al fin habia acabado por olvidar la deso- bediencia de su hijo y cuando supo que aquel matrimonio á cuya celebración se opuso, mas por complacer á Aurora que por otra causa, habia realizado la felicidad de dos seres que hablan nacido el uno para el otro, no díó oidos mas que á la voz de su corazón y perdonó muy sincera- mente á Rafael contestándole con una carta tierna y cariñosa á la que su hijo le escribiera participándole el nacimiento de su hijita. Pobre hijo mió, solia esclamar el desgraciado esposo en sus horas de soledad y tristeza, Dios me ha salvado de cometer la mas cruel acción que pudiera haber cometido en mi vida. Quizás si le hubiera obligado á obedecerme por medios violentos que estaban á mi alcance, Horaria hoy su felicidad muerta para siempre, su porvenir destruido como lo está el mió por haberme unido á ese impacable ser cuya figura de mujer encierra un corazón de demonio. A mediados del invierno la salud del Dux se resintió visiblemente; hubo un día que su quebranto era tan grande que los médicos le mandaron' quedase en cama y no hallando remedio para su mal le aconsejaron el cambio de aires y el descanso por algún tiempo de sus pesadas tareas. El Dux mantenía correspondencia con su hijo y en sus cartas decíale lo delicado de su salud que se encontraba y espresaba en ella el temor que abrigaba de que los médicos fueran impotentes para curar su mal. Estas cartas llenaban de sobresalto á Rafael y á no haberle escrito su padre que partía para D. hubiera regresado á Venecia permaneciendo allí hasta verle mejorado. ■ ^í^-3- I06 DE LA SOMBRA Á LA LUZ CAPITULO XV La Carta Corrian los primeros días del mes de Marzo precursor de la hermosa primavera. Aurora Dándolo refugiada en su saloncito de lectura y muellemente recostada en un cómodo diván dejaba vagar su pensamiento por los desconocidos ámbitos del infinito. Aurora no estaba sola; sus damas de honor la acompa- ñaban sentadas en pequeños taburetes, bordaban unas y otras hilaban mientras una de ellas, la mas joven, tenia un gran libro sobre sus rodillas, en el cual leia en voz alta. Todos escuchaban con la mayor atención la interesante lectura, pero no asi Aurora quien con los ojos ligeramente entornados y contraída la frente cual si una tenaz preo- cupación la dominara, tenia sin duda alguna lejos, muy lejos de allí su pensamiento. Las horas pasaban sin que ninguna de las damas interrumpieran sus respectivas tareas. Las cuatro habían dado ya y Aurora al oír sonar la media hora se incorporó en su asiento. Hijas mías esclamó, dirigiéndose á sus acompañantes. Dejad por hoy vuestras tareas: Tenéis dos horas para emplearlas á vuestro antojo, hasta las seis y media no os necesitaré. Ydos. Un instante después Aurora quedó sola. Cual si tomara repentinamente una resolución púsose de pié. Una túnica de terciopelo negro la envolvía por completo y llevaba sobre esta una capa de talí blanco orlada de pieles del mismo color. El día espiraba y las brumas de la noche comenzaban, dejando la habitación en triste penumbra. Hacia tiempo que la oscuridad amedrentaba á Aurora y temía quedarse á solas con ella. Fué hacia un velador y encendió una bujía que colocó DE L,A SOMBRA Á LA LUZ I07 sobre un pupitre encima del cual habia un pequeño armaríto de ébano con incrustaciones de nácar. Luego que dejó la luz, abrió el diminuto armario 5; sacó de el un abultado paquete de cartas que á juzgar por el delicado perfume que aun conservaban debian ser cartas de amor. Desató con cuidado la cinta que las sujetaba y sentán- dose ante el pupitre comenzó á examinarlas detenidamente. Tomó de entre todas una sin duda la de fecha más | reciente y después de guardar las demás puso aquel ¡ »' papel ante su vista y apoyando los codos sobre la mesa dejó caer la cabeza sobre sus manos y permaneció asi por largo rato, inmóvil y silenciosa. Pero no creáis que leia, no, examinaba detenidamente los desiguales caracteres que llenaban aquel papel. Retiró luego este y empezó á trazar cautelosamente algunas lineas. ¡Perfecto! No hay diferencia alguna, murmuró á media voz; cualquiera diria que una misma mano ha escrito las dos; !0h¡ esta vez cae, esclamó al mismo tiempo que una sonrisa de júbilo infernal iluminaba su macilento y y descolorido semblante. Desde muy niña tuvo Aurora una maravillosa habilidad para imitar cualquier letra por hermosa ó contrahecha que ella fuera y aquella noche habia dado una prueba mas de su habilidad, falsificando admirablemente bien, la letra y firma de su esposo, quien para escribir á su hijo no usaba sino su nombre sencillamente. Las cinco y media sonaron en la Torre del Reloj. Apresurémosnos dijo ella, tengo tiempo hasta para enviarla y tomando un papel escribió rápidamente una breve carta. Después de firmarla y cerrarla fué hacia uno de los muros de la habitación y abrió una pequeña puerta hábilmente desimulada por el tapiz que cubría las paredes. Apareció una lámina de metal del tamaño de la abertura, en el centro de la cual se veia un botón, el cual al ser oprimido. Aurora dio en la lámina dos golpes con un fino martillo de metal y al extinguirse la ultima vibración apareció I08 DE I.A SOMBRA A LA LUZ en ella el negrillo Ótelo al que vimos recibir al Dux en el palacio Alcibiani. Toma, esclamó, Aurora entregándole la carta con presteza, lleva esta á Tancredo y dile que con toda urgencia la lleve á su destino valiéndose de los medios que le endiqué. Partió el pajecillo y des pues de cerrar la puerta retiróse' Aurora al salón inmediato donde •poco después se, les reunieron sus damas de honor para acompaiiarla á la suntuosa mesa. CAPITULO XVI Rafael en Venecia Quince dias habia estado Rafael sin tener noticias de su padre y ya comenzaba á inquietarse sinceramente, cuando el décimo sesto recibió una en la cual le decia el Dux entre otras cosas que sintiéndose mejorado regresaba á Venecia donde esperaba verlo antes de morir, sí era que su ultima hora habia de llegar pronto. Con el corazón desgarrado por tan tristes nuevas y llena el alma de negros presentimientos, Rafael se dispuso á partir sin pérdida de tiempo. Valentina apesadumbrada por la pena de su esposo hacia con solicito afán los preparativos para su marcha. Cuando llegó la hora de la partida Rafael abrazó estrechamente á su esposa, la cual deshecha en lágrimas no podia desprenderse del cuello de su esposo, como si presintiera que en el solo hecho de separarse de ella, le amenazaba alguna desgracia de la que hallándose lejos de él no podria librarle. Vamos mi buena Valentina ten un poco de valor y no te apesadumbres tanto ante la idea de una separación que Dios mediante no durará mucho, pues si mi padre estuviera muy grave enviaré por vosotras y sí le en- contrara mejorado vendría á veros sin demora. Así pues vida mia, déjame enjugar esas lágrimas y que vea tu amado semblante sereno y hermoso como siempre. Valentina sonrió dulcemente al oir las palabras de su DE LA SOMBRA A LA LUZ -I09 esposo y haciendo un esfuerzo por alejar de su espiritu los tristes presentimientos que le embargaban, estrechólo fuertemente entre sus brazos tranquilizada por las pro- mesas que le hiciera; promesas que estaba segura cum- pliría. Estando ya tranquila la joven, tomó él en sus brazos á su hija y sentándola sobre sus rodillas, estubo acari- ciándola largo rato hasta que vinieron á anunciarle que solo se esperaba al señor para marchar. Valentina acompañó á su esposo hasta el patio de honor donde un lacayo tenia de las bridas á un brioso corcel que esperaba á su amo bufando impaciente. Cuando la joven madre recibió eT último adiós de su amado dueño y le vio alejarse seguido por su pequeña comitiva subió á la torre del Atalaya desde donde le siguió con la vista hasta que caballeros y caballos no fueron mas que un punto negro en el horizonte. A las dos de la tarde salió Valentina acompañada de su niña y del aya á dar el cuotidiano paseo. El día no podia ser mas hermoso, el sol brillaba en toda su fuerza calentando las plantas y la tierra de las cuales se exhalaba un perfume suave y embriagador; y abajo en el valle rasgando el Vasto manto de esmeralda que comenzaba á cubrir la tierra el arroyuelo de capri- choso curso semejando ancha faja de bruñida plata en el cual infinidad de blancos cisnes y pesados anados nadaban tranquilamente luciendo los unos su gallarda esbeltez y los otros su vistoso plumaje. Todo era encantador á aquellas horas y en aquel hermoso sitio. Mas á pesar del bello dia, del delicioso panorama, del murmullo de las aguas, del perfume de las tempranas flores; del canto suave y melodioso de las pintadas ave- cillas que ocultas entre el naciente follaje de la arboleda amenizaban el ambiente; apesar de esto el corazón de Valentina estaba profundamente triste. Felizmente para ella dos dias después de partir Rafael llegaron á los Manantiales los esposos Evoli, haciendo con su presencia menos triste el vacio que dejara Rafael en su ausencia. " '"^'■S'^'--" no DE LA SOMBRA Á LA LUZ El señor Evoli y su esposa después de haber pasado algunos meses en compañía de sus hijos y de su nieta erales imposible habituarse á la solitaria vida de su morada y no teniendo nada que los retuviera en Venecia Volvieron nuevamente al castillo. No careció de fatigas el viaje de Rafael pero llegó sano y bueno haciéndose conducir enseguida á la morada Ducal. Una fuerte emoción embargaba su ser al pisar el suelo de su patria donde esperaba Ver á su padre, ¿Mas en que estado le hallaría? Con creciente ansiedad ponia prisa al gondolero pare- ciéndole que la góndola no se movia sobre la superficie de las oscuras aguas. Llegó la noche. Pero una de aquellas noches que solo se contemplan en Venecia, en la melancólica ciudad del silencio y del misterio. Millares de brillantes estrellas esmaltaban la azulada superficie de los cielos y la luna blanca iluminaba los blancos palacios que se elevaban, destacándose majestuo- sos sobre las aguas de los canales, y allá á lo lejos oíase de cuando en cuando el canto triste .y melodioso de algún enamorado gondolero que en tiernas barcarolas cantaba sus endichas amorosas á alguna beldad, desde- ñosa y cruel. Calma infinita reinaba por doquier, escuchándose esos vagos y misteriosos ruidos confusos y apagados que ignoramos la causa que los produce y de donde vienen. El chocar de los remos al sumergirse en el agua y á veces el raudo vuelo de alguna blanca gaviota que pasaba rozando con sus niveas alas la líquida superficie y desapareciendo luego en la sombra, era la única que venia á sacar á Rafael de su muda abstracción. Serian mas de las diez cuando llegó al palacio. En cuanto la góndola tocó junto á la escalerilla trepó por ella con precipitación. Llegaba al último escalón cuando un hombre poniéndose ante él, atajóle el paso y qui- tándose la gorra inclinóse respectuosamente ante el joven entregándole un papel que contenis estas palabras: Hijo mió sigue á la persona que te entregue estas lineas DE LA SOMBRA A LA LUZ III pues quiero que nadie te vea hasta que no estes junto á mí: Tu padre. No dejó de sorprender á Rafael aquel deseo del Dux, pero no queriéndose manifestar desconfiado siguió á su guia sin hacer objección alguna. Penetraron al palacio no por la puerta principal sino por una puertecilla lateral. Habían andado unos cien pasos por una estrecha y oscurisima galería cuando sin que Rafael pudiera darse cuenta ni hacer el menor movimiento para impedirlo, cuatro vigorosos hombres lo dieron por tierra y con increíble rapidez le amordazaron y cubriéndole sus ojos con un pañuelo, atáronle luego ambas manos atrás. Tal fué la sorpresa, el estupor que se apoderó del caballero que no hizo el menor movimiento ni intentó siquiera luchar con sus raptores, que le obligaron á marchar pero sin pronunciar una palabra. Aquellos hombres iban con la faz cubierta por una máscara de terciopelo negro y llevaban sobre el pecho en el lado izquierdo una especie de escudo formado por un corazón atravesado por un puñal, que parecía ser un distintivo. Uno de ellos sostenía en sus manos una tea encendida y alumbraba los estrechos pasillos por los que era conducido Rafael. Llegaron por fin ante una pesada puerta de hierro; el de la tea sacó un manojo de llaves y abrió con una de ellas la citada puerta; acto continuo Rafael fué introducido en lo que no era otra cosa que una fría y lóbrega prisión. Quitáronle entonces la mordaza y la venda de los ojos y salieron todos en el mas completo silencio dejando al joven en su húmedo encierro, cerrando la puerta con doble llave y cerrojo. Pudo entonces darse cuenta Rafael de su crítica situación Mil encontradas ideas bullían en su cerebro, sin saber cual sería la mano que con tan inaudita cobardía le asestara aquel terrible golpe. En el primer momento pensó que su padre no le había perdonado su desobediencia y queriendo apoderarse 112 DE LA SOMBRA A LA LUZ de él sin ruido ni escándalo se habia valido de aquel ardid para atraerlo. Luego reflexionando con mas palma horrorizóse de su sacrilego pensamiento. ¿Como es posible, se dijo, que pueda juzgar á mi padre, tan mezquino y cruel? No, no puedo creerlo capaz de tan vil cobardía y hubiera querido huir de si mismo por sustraerse á aquel pensamiento torturador. Pasó asi algún tiempo echándose al húmedo suelo y recostado sobre las piedras de su calabozo. Parecíale que era aquello una horrible pesadilla de la que por momentos iba á despertar. Lo que en aquellas memorables horas sufrió el desven- turado, no es posible describirlo, rendido por las fatigas de su viaje, por el quebranto de su espíritu y entumecido por el horrible frió que alli se sentía. Serian poco mas ó menos las doce de la noche. Lúgubre silencio reinaba en derredor del infortunado Rafael. De pronto pareció á este sentir un leve ruido, el que poco á poco se hizo más distinguible hasta que pudo percibir claramente los pasos de una persona que se acercaba cautelosamente: Un instante después la puerta se abría en silencio. Rafael se había puesto instintivamente en pié y al abrirse la puerta la prisión se iluminó por completo con la luz que traía en su mano la nocturna visita. Al entrar ésta, Rafael lanzó una exclamación de sor- presa al ver, nó á un hombre como él esperaba, sino á una mujer de elevada estatura y sombríamente vestida de negro. Llevaba la cabeza cubierta con una capucha negra tam- bién y una mascarrilla del mismo color cubría su faz. Más, á pesar de esto, Rafael conoció al instante que aquella esbelta mujer era Aurora. Colocó ésta la luz en el suelo y echándose atrás el capuchón con ademán nervioso: Buenas noches, señor Dándolo, exclamó con Voz reconcentrada y ronca. Rafael cruzado de brazos ante ella, no respondió. Con el semblante pálido hasta la lividez, contemplaba sombría- ■?í!?^.^'^^^?«)5s'-\'-'-7^*^í^T^;-,^^f?ff/*í ■: ,j^; >f^~^r'^^^'^~i.: DE LA SOMBRA A LA LUZ II3 mente á la Vengativa mujer, advirtiéndose por la profun- da arruga que surcaba su frente, el terrible pensamiento que le torturaba cruelmente. Notando ella el silencio del caballero, dio un paso hacia él y con irónico acento, dijo: Parece que seguís vuestra costumbre de despreciarme y de provocar mi enojo, pero tened cuidado, pues estáis en mi poder y de él no sal- j dráis hasta que no me devolváis viva á la hija que por tí he perdido, miserable. Al decir estas palabras, arrancóse el antifaz con violento ademán. Al ver ante sí aquel semblante pálido y demudado, Ra- fael no pudo contener una ahogada exclamación y su magnánimo corazón se conmovió dolorosamente á pesar delmal que aquella mujer le hacía. Desde el primer momento comprendió que era prisio- nero de Aurora y una sorda cólera se había apoderado de su ser, más cuando pudo contemplar detenidamente aquel rostro enflaquecido, aquella frente marchita y sus ojos sin brillo, hundidos en las órbitas y rodeados de un ancho círculo morado, entonces, solo sintió lástima, pro- funda lástima por aquella desdichada y si en su mano hubiera estado, habría remediado sus males con el más íntimo placer. Aurora fijó en el semblante de su hijastro el efecto que su presencia había hecho en él y acercándose aún más: rMe Ves?, exclamó: Contemplas mi semblante ajado y enflaquecido por mis crueles sufrimientos? Pues esto es obra tuya y vas á pagarme todo el mal que me has hecho; ten esto presente, no esperes de mí piedad ni compasión, pues me conoces y sabes que en mi corazón no tienen cabida esos sentimientos. —Pero señora, exclamó al fin Rafael herido por los car- gos de la madrastra y deseando hacer penetrar un rayo de luz en aquel cerebro en tinieblas; porque me culpáis á mí de todas vuestras desventuras?, ¿porque queréis que yo os devuelva vuestra hija cuando no he sido yo quien os la quitó? Lo que ella y yo intentamos era evitar que cometierais el más monstruoso abuso para que más tarde Vuestra propia hija no os. . . 114 I>E LA SOMBRA A LA LUZ —¡Calla, cállate infame! No vengas á echarme en cara las faltas que por tu causa cometía, gritó Aurora fuera de sí y levantando sobre el joven sus crispadas manos. La capa que envolvía á Aurora, se desprendió de su cuello y cayó á sus pies. Rafael se inclinó para recojerla é iba á colocarla sobre los hombros de su dueña, más ésta con un ademán brusco se la arrebató colocándosela ella misma. El pobre cautivo no sabía que hacer para calmar la cólera de aquella mujer. —Por Dios señora, la dijo con suavidad y dulzura: De- cid q.ue es necesario para aplacar vuestra sed de ven- ganza. — Dejarme beber, interrumpió Aurora con lúgubre voz. Rafael sintió de nuevo que le ahogaba la cólera, pero haciendo un esfuerzo de voluntad logró dominarse. —Está bien señora, bebed hasta saciar vuestra sed vengándoos en mi que ningún daño os hice, pero jurad- me ante algo sagrado para vos, que cuando estén satis- fechos vuestros anhelos, olvidaréis esas terribles pasiones que son para vos un puñal de dos filos que desgarra Vuestro corazón y vuestra alma sin acarrearos bien al- guno. — ¡Ah, canalla, exclamó Aurora humillada ante la gran- deza de aquella alma que á su pesar, hacíale ver la mez- quindad de la suya; te atreves á dictarme condiciones? — No son condiciones señora, es una súplica que Vos desprecias porque ignoráis que si la escucharais seríais la mujer más dichosa de cuantas existen sobre la tierra. —Necio, mentecato, murmuró Aurora con desdeñoso acento. ¿Quieres ablandar mi corazón para sustraerte á mi castigo?, ¿quieres la libertad de que tanto me ha cos- tado privarte? ¡Ah!, no la obtendrás yo te lo juro: cais- tes torpemente en la red que te tendí, pero no hay que extrañarse, pues que estaba bien urdida, ¿no es verdad?, y al decir esto reía con placer satánico. Rafael palideció más aún y con voz temblorosa y aho- gada dijo: ¿entonces todo ha sido una vil mentira? El llamamiento de mi padre, su enfermedad, en fin, todo. — Nó, interrumpió ella: vuestro padre está realmente •sf^i-jK^, ■:'-f'^-^t^^t-j?^^^'"y'^^^^\ ' .-x -»' DE LA SOMBRA A LA LUZ II5 enfermo y ausente de Venecia, es sola la última carta la que fué obra mía. —Así que soy vuestro prisionero señora? —Si lo sois: Todo lo que por vuestra causa sufro yo, lo vais á sufrir vos en este calabozo lóbrego y frío. —Quiero que empapéis el pavimento de vuestra pri- sión con las lágrimas de vuestros ojos y que á fuerza de sufrir se incline vuestro cuerpo y se hundan Vuestras mejillas. Si Vos, prosiguió, no me hubierais provocado 'con des- precio y no hubierais encendido en mi pecho esta hoguera de odio, con la antipatía que hacia mi demostrabais, me habríais sido indiferente y para nada me ocupara de Vos, pero no quisisteis que fuera así y ahora ya no tenéis más que conformaros con vuestra suerte. Aurora cesó de hablar y cubriéndose con el capuchón tomó la linterna, disponiéndose á salir. —Ahora, dijo al encaminarse á la puerta, os traerán una cama y algo para que comáis. No quiero mataros, tengo horror á la muerte y se ex- tremeció Visiblemente. Rafael no pronunció una palabra más; con el semblante pálido y contraído, los brazos cruzados sobre el pecho y recostado contra uno de los húmedos muros de su prisión, fijaba en su madrastra una mirada desdeñosa y fría. Al ver á aquella llegar á la puerta é introducir la llave en la cerradura, sintió un vivo impulso de apoderarse de la atrevida mujer y recobrar su libertad: hizo un movi- miento para lanzarse sobre ella, pero en aquel momento la puerta se abría y Rafael vio á dos de los robustos hombres que lo hicieron cautivo, armados con agudos puñales que brillaron siniestramente á la luz de la tea. ¡Padre, padre mío! A que clase de mujer habéis dado vuestro nombre?, exclamó el joven al quedar solo en su oscura prisión. Poco después volvieron sus carceleros trayendo lo que [ofreciera Aurora. Arreglaron cada cosa en su sitio y balieron después, cerrando cuidadosamente la pesada puerta. I Cuando Rafael quedó solo, dejóse caer en el duro lecho, Il6 DE LA SOMBRA A LA LUZ no para dormir, que esto le era imposible, sino para dar algún descanso á su rendido cuerpo. Un hondo suspiro se escapó de su oprimido pecho. ¡Valentina, esposa mía, que dirás cuando pasen días tras días sin tener noticias del que tanto amas! Dios mío, haced que de algún modo pueda ella saber donde me hallo. Al día siguiente vinieron á traerle el desayuno; pre- guntó el joven á su carcelero si había regresado el Dux, á lo que este respondió por sefías que no. Pensó el pobre cautivo que no quería hablarle, pero no era así, sino que aquellos infelices eran mudos. Al tercer día de estar encerrado Rafael, se presentó nuevamente Aurora en la prisión y de la puerta preguntó al joven que deseaba. El pidió recado de escribir. — ¡Áh!, no, eso no puede ser. —Entonces nada quiero replicó el joven. — Está bien, dijo ella y así continuó sus visitas, go- zando con el tormento de su víctima. Nada hubiera atemorizado á Aurora, á no ser la vuelta del Dux, pues sabía que si este llegaba á enterarse de la horrible maquinación de que se había Valido para apo- derarse de su hijo, apesar del amor que le profesaba, pagaría bien cara su vil acción. Asi pasaban los días, sin que Rafael pudiera dar noti- cias á su esposa y sin que esta acertara á explicarse la causa ..de tan prolongado silencio. Una mañana recibióse en palacio la noticia del regreso del Dux, algo mejorado ya de sus dolencias y con esta noticia hiciéronse mayores los temores de Aurora. Ocultar á su esposo el paradero de su hijo, era cosa bien fácil, pues el calabozo en que estaba encerrado era el más apartado y sombrío de cuantos existían en palacio, pero, ¿no llegaría á saberlo de una manera imprevista por Aurora y por consiguiente imposible de conjurar? Valentina alarmada por el silencio de su esposo y 1^ desaparición de sus emisarios no vendría á Venecia á preguntar al Dux por su hijo? DE LA SOMBRA A LA LUZ II7 Recien entonces tuvo miedo de las consecuencias que para ella podría tener su infame acción. Cuando el Dux se presentó en la morada Ducal, fué ella á su encuentro, recibiéndole con regocijo tan marcado que el Dux se sorprendió, pues estaba acostumbrado á la frialdad imperturbable de su esposa y creyendo que al fin iba á conseguir lo que tanto había anhelado, quiso tomar revancha de lo que !e había hecho sufrir y corres- pondió con marcada frialdad á ¡as inusitadas atenciones. de su esposa. —Malo, dijo ésta al encontrarse sola, creo que voy perdiendo sitio en el corazón de mi ilustre dueño, y esto en las presentes circunstancias puede serme fatal. Rafael ignoraba el regreso del Dux y tenía momentos de verdadera desesperación al ver su impotencia para revelarse contra aquella perversa mujer. Aquellos fueron los días más aciagos de su vida. No es posible describir los tormentos que le producían sus días de completa soledad y sus noches de insomnio. ¿Qué he hecho. Dios mío, qué he hecho para merecer este castigo tan bárbaro? ¡Mi esposa, mi hija! ¿Qué será de ellos? ¿Qué pensarán? ¡Oh! Dios mío, ¿cuál será su dolor y sus ansias después de dos meses de ausencia y sin tener la menor idea de lo que pueda haberme ocu- rrido? El temor más grande que experimentaba era que su esposa alarmada y desesperada por su misteriosa de- saparición se trasladara á Venecia y que la indigna ma- drastra se apoderara de su más preciado tesoro. Y si eso sucediera ¿qué suerte cabría á aquel delicado é inocente ser en manos de tan terrible enemigo? Cuando él recordaba la escena que tuvo lugar la pri- mera noche de su cautiverio, creía capaz de todo á aquella furia implacable y en medio de estos negros pen- samientos el infeliz preso de impotente rabia se revol- caba en su prisión con accesos que rayaban en locura. Il8 DE LA SOMBRA A LA LUZ CAPÍTULO XVII La Providencia guíe mis pasos En el castillo de los Manantiales todo era duelo y consternación. Habían transcurrido dos meses desde el día de la par- tida de! señor Dándolo y desde entonces no se habían tenido noticias suyas. Valentina había enviado varios emisarios elegidos en- tre los más adictos vasallos de su esposo, pero ninguno había vuelto ni se sabía qué había sido de ellos. Esto, como es^de suponer, hacía más terrible y angustiosa la situación de Valentina. Esta, no pudiendo sufrir por más tiempo tan penosa incertidumbre, disponíase á partir ella misma para saber á qué obedecía el silencio de Rafael y la desaparición de sus enviados. Sus padres se oponían á que su hija hiciera aquel viaje lleno de peligros para una mujer, y el señor Evoli quiso partir en su lugar ó al menos acompañarla, pero la joven esposa se negó, diciéndole: Padre mío, sólo á vosotros confiaré mi niña, á tí, madre, encomiéndote su cuidado, y á tí, amado padre, el de las dos. Yo no consiento compañía sino durante el viaje y para ello me bastan mis adictos servidores, en quienes puedo ciegamente confiar. Así, pues, nada temáis. Rogad á Dios por él y por mí y esperemos en que la Divina Providencia me ilumine y guíe mis pasos. Cuando vio que los aprestos para la marcha estaban ya listos puso á la niña en brazos de su madre y des- hecha en lágrimas subió en su hermoso corsel con un valor que desmentía su palidez y su emoción. Ya á caballo, hizo á todos un cariñoso saludo con la mano, no pudiendo apartar la vista de aquel querubín de sonrosadas mejillas que al verla alejarse paso á paso tendíale las manecitas como llamándola. ¡Hija de mi alma!— gritó la acongojada y Valerosa ma- dre — y como si temiera que aquellos débiles bracitos la DE LA SOMBRA A LA LUZ II9 retuvieran tan fuertemente que la impidiera partir, dio un f ustaso al brioso corcel, que poco acostumbrado á tan enérgico tratamiento echó á correr con ímpetu. Sin ningún contratiempo llegó á Venecia Valentina Dándolo, temblando de terror por las nuevas que allí tendría. Sus primeros pasos se encaminaron á palacio. Ella sabía que hasta allí había llegado Rafael sano y salvo, de manera que sólo en la ducal morada era á donde debía acudir para tener noticias del que buscaba. Pidió al primer ugier que se presentó que solicitara del Dux una audiencia en nombre de la esposa de su hijo. — ¡Ah, sfíñora! es imposible lo que deseáis. —¿Cómo? ¿qué queréis decir? —Que habéis llegado tarde, señora, pues Su Alteza ha partido ya. —¿Cómo puede ser eso si me ha asegurado que hasta anoche estaba aquí? —No os han engañado, pero hoy al amanecer partió nuevamente, pues lo delicado de su salud le impide de- dicarse ; )r mucho tiempo á sus tareas y su regreso sólo fué para atender algunos asuntos de la mayor urg^encia. Aquella inesperada é infausta nueva causó á la afligida esposa tan hondo pesar, que sus ideas bullían en su ce- rebro cual agitado torbellino, confundiéndola hasta tal punto que quedó de pie frente al criado, que la miraba sorprendido sin saber que decir ni que partido tomar. El ugier compadecido quizás ante el dolor que se ad- vertía en aquel bello semblante: —Si el asunto que tenéis que tratar es particular y tan urgente que no permite esperar al regreso de mi señor, podéis en ese caso hablar con la señora; ella está y creo no tendrá inconveniente en recibiros. Valentina aceptó esto sin darse cuenta de lo que hacía. Tan confundida y desesperada estaba que no se le ocurrió esperar el regreso del Dux ó ir en su busca, aunque esto no hubiera podido hacerlo, pues allí estaba Aurora para impedirlo. I20 DE LA SOMBRA A LA LUZ A aquellas horas ya sabía ella que Valentina estaba en palacio. —Venid, señora, dijo el ugier, y andando él delante condujo á la joven á un pequeño saloncito, cuyos tapices alfombrados y mueblaje era todo de terciopelo blanco. La pobre Valentina dejóse caer sobre un diván casi desfallecida y sin saber qué iba á decir á aquella mujer que la odiaba tanto á ella como á aquel en busca de quien iba. Al estar esperándola en el solitario saloncito pasó por la mente de la joven la idea de que nadie más que ella era la causante de la desaparición de su esposo, pues su padre, cualquiera que fueran los motivos que tuviera para apoderarse de su hijo, no hubiera tenido la cruel- dad de impedir que se comunicara con su esposa. Y no siendo el Dux el autor de aquella traición ¿quién más que Aurora podía tener motivo para cometerla? ¡Ah! decía la joven: yo sabré arrancarle su secreto. Sería capaz hasta de arrodillarme á sus pies para que me saque de esta incertidumbre que no me deja un ins- tante de reposo. Un cuarto de hora después de ser introducida Valen- tina, presentóse Aurora acompañada por dos damas de honor y vestida á lo ducal con un rico traje de brocato blanco cuya delantera estaba toda bordada con hilo de oro y diamantes lo mismo que las franjas de las mangas y el cintillo que oprimía su esbelto talle. A pesar de tan regia Vestidura y de los afeites del rostro no había podido disimular los estragos que la mano del destino imprimiera en ella. Levantóse Valentina al ver aparecer á Aurora; ésta, después de despedir á sus damas, acercóse á la joven, permaneciendo de pie ante la afligida esposa. — Acaban de anunciarme que deseabais hablarme, ex- clamó Aurora. — Sí, respondió Valentina con temblorosa voz; recién llego á Venecia deseando vivamente hablar con el señor Dux por un asunto de la mayor importancia, pues que se trata nada menos que de saber lo que ha sido de su hijo, el cual abandonó su hogar hace dos meses, y como DE LA SOMBRA A LA LUZ 121 SU viaje no tenía otro objeto que visitar á su padre en- fermo después de tan prolongada^ ausencia, durante la cual nada he sabido de él, decidnne á venir para saber lo que acontece á mi amado esposo. Figuraos, pues, señora, cual no habrá sido mi dolor al tener la noticia de la partida del Dux. Sin saber qué par- tido tomar, consentí en que os molestaran para saber si pedéis darme alguna noticia respecto á lo que anhelo saber. —Si algo supiera no tendría inconveniente alguno en decíroslo, pero ignoro por completo el paradero de vues- tro esposo, pues en Palacio no se le ha visto, á lo menos yo, y creo que si interrogáis á cuantas personas habitan aquí os responderán lo mismo. -¿Entonces el pobre Rafael no ha visto á su padre, único motivo que le obligaba á hacer aquel malhadado viaje? —Que yo sepa, no señora —¡Oh, Dios mío! murmuró Valentina con afligido acen- to, sintiéndoso su corazón lleno de dolorosa angustia. ¿Cómo se explica esto? Aquí hay un misterio que es necesario poner en claro. El señor Dándolo recibió una carta de su padre por la que éste le hace saber que presintiendo que su fin está cercano anhela verle. Corre el bondadoso hijo junto al enfermo querido y al llegar al hogar paterno desaparece sin dejar tras sí huella alguna que indique su paradero. Aurora la interrumpió, y con acento que quería hacer indiferente y tranquilo, dijo: —¿Y por qué venís aquí á buscarle? ¿No puede haberle sucedido cualquier accidente en el camino? —No, señora, eso es inadmisible, pues que cualquier cosa que en el camino podía acaecerle hubiera tenido noticias de ello, sin contar con que las personas que le acompañaban aseguran haberlo dejado en Venecia sano y salvo y es aquí, no cabe la menor duda, donde algo ha sucedido. Y dijo Valentina estas frases con un acento tal, que Aurora se sobresaltó visiblemente, pensando que la joven pudiera vislumbrar algo de la verdad. No queriendo perder su ascendiente sobre su interlo- 122 DE LA SOMBRA A LA LUZ cutora y como si lo que esta acababa de decirle la hu- biera ofendido, exclamó: — Pero decidme, ¿qué tengo yo que ver con todo eso, ó estoy yo obligada á saber cuanto á vuestro esposo concierne? Y al decir esto dejóse caer en un diván con un marcado gesto de desdén. — ¡Ay de mí! gimió la acongojada esposa, si supierais cuanto sufro os compadeceríais de mí y me ayudaríais á descifrar este misterio que me enloquece. Una imperceptible sonrisa de triunfo crispó los labios de Aurora y con acento cruel y altanero, dijo: ¿Me pe- dís ayuda? No puedo concedérosla, pues en este mo- mento ninguna intervención quiero tener. Toda la sangre afluyó al rostro de la señora Dándolo í y con la voz. ahogada por el dolor y las lágrimas que á duras penas podía contener, exclamó: — ¡Ah, señora, olvidaba al hablaros que erais la mortal enemiga de mi pobre Rafael y que en vez de compade- ceros de mí os gozaríais con mi dolor: olvidaba, incen- sata de mí, que en vuestro pecho no tenéis corazón! —Sí, respondió Aurora, hay en mi pecho corazón; pero tantas heridas ha recibido y tanto lo han destro- zado, que ha quedado insensible á todo sentimiento que no sea el del odio que siento por todos aquellos que contribuyeron á aumentar mis sufrimientos; así, pues, no debe sorprenderos el que no os compadezca, porque tampoco lo hicisteis conmigo en los momentos de agonía y luto que soportó este corazón, del que vos negáis la existencia. — ¡Virgen santa! ¿Que yo no os compadecí? ¿Cómo tenéis valor para decir tal cosa? balbució Valentina con dolorido "acento, mezcla de asombro y recriminación. ¿No os ayudé á velar junto al lecho de vuestra hija cuando ella estaba en la agonía? Al oir estas palabras los ojos de Aurora se obscure- cieron cual se obscurece la luz del día al cernirse sobre ella la parda nube, y poniéndose de pie con un violento ademán, dijo: — Ni una palabra más sobre ese asunto. ¿Cómo os atrevéis á mencionar ante mí á aquella que he perdido por vuestra causa y la de ese hombre? DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 23 Valentina temió el enojo de aquella mujer, enojo que debía ser terrible como implacable era su odio. —Calmaos, señora, dijo, no era mi intención disgusta- ros; sólo os pido que escuchéis mis ruegos. —He dicho mi última palabra; así pues nada debéis esperar de mí. —¿Sois inflexible? exclamó Valentina no pudiendo ya contener el llanto que la ahogaba. Decidme que queréis verme arrodillada á vuestras plantas y humillarme de todos modos; pero sabed que todo, todo me parecería menos duro que verme privada de mi amado compañero. — Esta escena se prolonga ya demasiado y os pido que acabemos de una vez, dijo Aurora. Valentina perdió toda esperanza de conmover á aquella perversa mujer y sintiendo que las fuerzas la abandona- ban dio un paso hacia su enemiga y conteniendo con una mano los latidos de su corazón: —Por última vez os conjuro á que me digáis donde habéis ocultado á Rafael, gritó fuera de sí. Aurora se turbó visiblemente, mas haciendo un pode- roso esfuerzo consiguió disimular su emoción. —Pero decid ¿quién os ha sugerido la absurda idea de que yo tengo que saber lo que ha sido del señor Dan- dolo? Decidlo, si no queréis que ría ante vuestra loca obstinación. — Reid, exclamó Valeíitina con los dientes apretados por la cólera y el dolor; reid cuanto queráis, que tras esa risa verteréis, yo os lo aseguro, lágrimas más amar- gas que cuantas hayáis vertido... Valiéndome de cuantos medios estén á mi alcance y aun cuando en mi empeño haya de perder la vida, no cejaré hasta que haya encontrado á mi carísimo esposo, y entonces desgraciada de Vos, vuestro castigo será igual á vuestra culpa. —No os temo, y como ya os he dicho que esta esce- na me cansa, dejadme, dijo en tono imperativo. —¡Hasta más ver, señora! murmuró Valentina inclinán- dose con soberbia magestad ante la madrastra, y no os digo adiós porque confío en que no será la última vez 124 DE LA SOMBRA A LA LUZ que nos veamos, y dichas estas palabras salió con Vaci- lante paso, trémulos los labios y nublados por el llanto sus bellos ojos. " Como una autómata llegó á la puerta de palacio em- barcándose en su góndola. La desvalida joven sentía que la fiebre comenzaba á apoderarse de ella, dolíanle horriblemente las sienes y un ruido ensordecedor bullía en sus oídos. — ¡Vogad! ordenó ai gondolero, y éste obedeció lle- vándola por los canales sin dirección fija. Recién entonces comprendió Valentina lo arriesgado del paso que acababa de dar, y lo que más le sorprendía era que su enemiga no se hubiera apoderado de ella para no ser descubierta, pues no le cabía la menor duda de que sólo ella era la autora del secuestro de Rafael. En los primeros momentos pensó dirigirse á la ciudad de , donde se hallaba el Dux, y hacerle saber, si lo ignoraba, lo sucedido á su hijo; pero bien pronto tuvo que desistir de aquel proyecto, pues no haría aun media hora que saliera del palacio cuando se vio se- guida sin disimulo alguno por un enamorado, quien em- barcado en una pequeña gondolilla iba en pos de ella. Al momento comprendió "festa que aquel era una espía enviado por Aurora y que no solo le sería posible pre- sentarse al Dux sino que ni aun podría escribirle. Valentina temió no sofo por su libertad sino que tam- bién por su vida. En aquel pah en el que todos dependían de un poder absoluto; donde todo era misterioso y terrible, ¿quién se atrevería á prestarle ayuda y ponerse en lucha con aque- lla "mujer que tan grande infuencia tenía entre los per- sonajes más poderosos de la corte. Allí donde ni el pueblo ni la nobleza podían intervenir en nada y donde se veían desaparecer personas entre las garras de esa justicia ante cuyo terrible nombre todos, chicos y grandes, poderosos y débiles inclinaban la cer- viz como Ta inclina el esclavo ante el amo, ¿encontraría alguien que se atreviera á ayudarla, á descubrir aquel misterio, lo que les pondría frente á frente de aquella mujer que tanto ascendiente había tomado sobre el Dux -_.,,-: »«?iaa;,-]s:¿^2»f- ' DE LA SOMBRA Á LA LUZ 1 25 y que podría anonadarlos con una sola palabra de sus labios? No, bien lo sabía ella, estaba sola, completa- mente sola en la difícil y escabrosa senda. Aquel silencioso enamorado que la seguía constante- mente, producía en el ánimo de Valentina tal sensación de miedo y disgusto, que se vió precisada á dar orden al gondolero de conducirla á casa de sus padres para verse así libre de aquel odioso espionaje. Había momentos en que Valentina tenía miedo de dar el más insignificante paso para buscar á su esposo, pues temía tanto á aquella mujer sin escrúpulo, sin concien- cia, que al verse descubierta para no ser castigada con- tando siempre con las poderosas influencias que contaba podría lanzar sobre Rafael cualquier acusación que le sería á no dudarlo fatal. Bien podía hacerle aparecer como conspirador contra su patria, de la cual se hallaba ausente á causa de su desigual matrimonio. Y entonces ¿qué valdría la protección del Dux? Nada, y hubiera sucedido lo que años después sucedió al infortunado Dux de Toscari con su hijo Jacobo. Muchos de estos pensamientos pasaban por la imagi- nación de Valentina en tanto era conducida á su anti- oua morada. Por la primera vez después de dos años y medio de ausencia volvía á ver su habitación de soltera. Encontrándolo todo en el mismo estado y como si aún estuviera allí su antigua moradora: Su lecho en el mismo sitio y arreglado como si fuera á reposar en él, sus blancos cortinados sujetos con lazos celestes; sobre el velador el florero cargado de las últi- mas flores que ella colocara en él; junto á la ventana la mesita de labor y la silla en que ella se sentaba, todos sus libros, sus cuadernos y adornos tal como ella los dejara. , Al penetrar en el saloncito inmediato á la alcoba, tuvo la misma impresión de alegría. Colgados sobre la pared principal estaban los retratos de sus padres y de Rafael. Por largo rato contempló aquellos seres tan queridos que formaban su mundo. 126 DE LA SOMBRA A LA LUZ ¡Ah, no! Faltaba allí una carita pequeña y sonrosada con sus dulces ojitos color de cielo y sus flexibles y do- rados ricitos formando gracioso marco á su lindo rostro. El recuerdo de esta graciosa personita hizo desapare- cer la nube de tristeza que empañaba el semblante de la joven madre, al fijar sus miradas en la imagen del que separado de su lado sufría quizá en aquellos momentos un duro cautiverio. Pasó aquel triste día, buscando inútilmente el medio de hallar á su esposo sin exponer la vida de ambos. A la mañana siguiente cuando apenas el alba despun- taba hacia Oriente, Valentina estatua ya despierta. Por los cristales del balcón contemplaba el cielo cu- bierto aún de pálidas estrellas que iban desapareciendo una á una, á medida que avanzaba la aurora en su bri- llante carro inundando el espacio con su fulgente luz. Ya comenzaban á sentirse los matinales cantos de las cautivas avecillas encerradas en magníficas jaulas; el penetrante canto de los gallos y el suave choque de los remos en las aguas del canal que empezaban á platear los rayos del naciente sol. Valentina cerró los ojos y permaneció inmóvil. Pare- cíale que de un momento á otro iba á sentir el caute- loso paso de su amado padre, quien al pasar por delante de las habitaciones de ella caminaba de puntillas para no hacer ruido por temor á interrumpir su sueño, ó la voz de su cariñosa madre que la llamaba á su lado cuando por el mal tiempo ó el frío demasiado intenso la obligaban á quedarse en el lecho hasta después de levan- tados ellos. Permaneció así largo rato soñando despierta, hasta ya algo entrada la mañana, bajó del lecho con presteza y comenzó á vestirse. Luego abrió las ventanas y jdescendió á su jardincillo, era una mañana serena y hermosísima, la brisa fresca y saturada del perfume de las flores, y las plantas cubiertas de roció, el suave trinar de las aves y el cadencioso rumor de las aguas, infiltraron en el ánimo de la joven una dulce sensación de bienestar y calma que levantó un tanto su decaído espíritu. DE LA SOMBRA A LA LUZ ^ 1 27 De las mas frescas y perfumadas flores formó un ramo que fué á depositar á los pies de una^ hermosa imagen (le la Virgen que entre un nicho destacábase en uno de los muros del palacio, ante la cual ella desde muy niña acostumbraba á hacer sus oraciones de la mañana. CAPITULO XVIII La Sibila En uno de los apartados barrios de la' ciudad de Ve- necia habitaba hacia algunos años una hermosa mujer, conocida en toda Venecia con el nombre de la "Sibila". Llamábase Yolanda y gozaba en el estenso circulo de las personas que la conocían, de gran fama y consideración. Contarla á la sazón veinte y cinco ó veinte y ocho años. Su vida estaba rodeada del mas impenetrable misterio, unos decían que era casada y que su marido la habia abandonado, después de sacarla del seno de una familia noble y rica, contra la voluntad de la cual se habia casado, por cuya causa se encontraba desterrada de su país y condenada á vivir lejos de los suyos con el fruto de su trabajo. Otros decían que era sencillamente una jitana de raro talento é incomparable belleza aunque de oscuro origen. Esta joven, decia la buena ventura y jugaba á las cartas, pero lo que le habia dado el renombre y la fama de que gozaba, eran las maravillosas curas que habia hecho, con raices y yerba traídas de su país y de las cuales solo ella poseía el secreto. También la consultaban en cualquier conflicto, y en las situaciones mas difíciles, con sus sabios consejos y prodigiosa inteligencia encontraba siempre el remedio de ayudar á las personas que acudian á ella. La dulzura y bondad de su carácter y su acrisolada virtud, conquistáronle pronto las simpatías y considera- ciones de que era objeto, por lo que no había que estrañar 128 DE LA SOMBRA A LA LUZ que su casa estuviera siempre ilena de damas y caballeros; de las más elevada alcurnia de Venecía y de los pueblos circunvecinos. Como todos, habia oido también Valentina los prodigios que de aquella mujer se contaban y en la diticil situación en que se hallaba pensó que nadie mejor que la Sibila podría iiiuninarla en medio de las tenieblas que la rodeaban. Si, decididamente iría á verla y le espondria con todos sus detalles cuanto habia sucedido. Así pensaba aquella mañana durante su solitario paseo por su jardincillo. Temiendo que sino se apresuraba á salir mas tarde seria espiada hizo llamar á su gondolero y sin m^is demora dirigióse á la casa de Sibila. Cuando Uegó era muy tempra.io así que tuvo que esperar un largo rato. Hicieronla pasar luego al salón donde ella recibía á sus clientes: era esta una habitación circular sin otra abertura que la puerta que daba acseso á este. Las paredes estaban tipizadas de damasco color verde claro, sembrado de estrellas doradas, pendía del techo una gran lampara de porcelana verde también con una pantalla de! mismo color, como asi mismo el mueblaje. la alfombra y los cortinados. Al frente de la puerta y cerca de la pared habia una mesita cubierta con un tapete de terciopelo blanco y junto á esta un sillón de! mismo color en el cual estaba arrellenada una hermosa mujer vestida con una larga túnica de raso blanco: un collar de esmeraldas y brazalete? de las mismas piedras adornaban su desnudo cuello y brazos. Valentina quedó admirada ante aquella mujer prodi- giosamente bella. Nunca vieron sus ojos beldad comparable á aquella que tenia ante su vista. Intentaré describirla: Era alta esbelta, sin ser demasiado delgada, asemejándose á una hada envuelta en su blanca vestidura. Tenia en el negro y sedoso cabello ligeramente ondulado, en la pureza del alabastrino cutis, en el profundo de; la sombra a i, a luz 129 \ oscuro color azul de sus anchos y rasgados ojos sombreados por largas y rizadas pestañas, en su nariz iccta y afilada, en su boca admirablemente modelada y en todo aquel divino conjunto, un encanto tan irresistible ,|ue cual poderoso imán atraia al contemplarla. Con un gracioso y suelto ademan indicó un asiento á \alentina y en el mas puro dialecto Veneciano, pidióle iiiil disculpas por haberla hecho esperar; luego la interrogó sobre lo que deseaba. Vengo señora, dijo Valentina, á pediros me ayudéis á i'escubrir el paradero de una persona que hacen dos meses ha desaparecido. ¿Aqui en la ciudad? pregunto la Sibila. Si señora: voy á contaros todos los pormenores del suceso para que podáis daros exacta cuenta de lo que la pasado, confiando siempre con vuestra discrección. Podéis contar con ella noble señora, pues los secretos Miie se me confian quedan eternamente sepultados en lo iiitimo de mi pecho. Contóle entonces Valentina los acontecimientos que liabían tenido lugar desde que conociera á Rafael hasta ciue este llegó á Venecia la última "vez. Durante un momento meditó la Sibila, luego preguntó. ¿Ningún otro enemigo tenia vuestro esposo? .'Oh¡ no señora, él no ha tenido nunca enemigos: es tan bueno. Entonces tenéis razón no debemos buscarlo en otra parte que en el palacio Ducal; pero veo por los ante- cedentes que me habéis dado que no es prudente ni tal vez posible que procedáis por los medios que os darían mejores y mas inmediatos resultados, sobre todo después de la entrevista que habéis tenido con la Duquesa y la que en mi concepto lo ha echado todo á perder. No debisteis verla señora; si no hubierais dado ese imprudente paso y está como lo imaginamos en Palacio, yo os lo aseguro que mañana á más tardar hubiera podido alaros noticias exactas respecto al que buscáis. Bien comprendo ahora que tenéis razón, pero en aquel iiiomento yo estaba loca y no supe que hacer Bien ya que lo hecho no tiene remedio, pensemos en o que pueda hacerse. 130 DE LA SOMBRA Á LA LUZ » Ante todo tenemos que cerciorarnos de s¡ está en palacio vuestro esposo; esto vos lo comprendéis es muy difícil pero no imposible. ¡Dios mió! Y quien vá á darnos esa seguridad; gimió la esposa desalentada. Nadie nos lo dirá mi buena señora pero nosotras la averiguaremos. ¿Y como? Haciendo penetrar en la Ducal mansión á una persona capaz de llenar, la misión que le encomendemos y no valiéndonos del vulgar medio de colmar á la serbidumbre que muchas veces suele ser fiel, sino sencillamente espiando los pasos de vuestra común enemiga. Como supondréis es necesario emplear una persona lo bastante hábil para prestaros este servicio sin despertar sospechas, y yo puedo felizmente contar con esa persona. De pronto Valentina se puso en pié como movida por un resorte. Yó, seiiora esclamó interrumpiéndola sin poder conte- ner su inmensa alegria, yo seré esa persona, tengo los medios para introducirme en palacio y tan secretamente que nadie absolutamente nadie podrá saberlo. ¿Puedo saber como? Tengo la llave de una puerta secreta que da acceso al Palacio. Gracias á Dios esclamó la Sibila y prosiguió, pero dejadme deciros hija mia que es muy arriesgado el paso que vais á dar y que no debéis esponeros vos pudiendo.... No, no, dijo la joven, dejadme que sí está allí mi amado esposo, sea yo quien le salve; no podría confiar á nadie una misión que soy yó la que debe cumplir. Pero pensad señora, que para vos será mil veces mas difícil complír la misión que vais á imponeros, pues tenéis la desventaja de ser conocida en Palacio. Además no podéis llevar un plan preconcebido, sino que tenéis que esperar la noche y buscar por todos los medios á vuestro alcance, espiar las conversaciones, los pasos y las acciones de vuestra común enemiga. Para esto tenéis que valeros de los cortinados, de los pasillos, etc DE LA SOMBKA A LA LUZ 13I etc lo que os espondrá en todos los instantes á veros descubierta sino por la duquesa^ por cualquiera de sus satélites. No señora, pues procederé con tal cuatela que Dios mediante espero salir con felicidad de mi arriesgada empresa. Entonces nada tengo que objetaros, id y que el Señor ouie vuestros pasos. Salió Valentina de aquella consulta, con el semblante alegre y el corazón palpitante de esperanza. En cuanto llegó á sif casa hizo llamar á uno de los criados de su mayor confianza dándole orden de que al llegar la noche hora en que cesaba la vigilancia que Aurora habia establecido ante su casa^ partiera para Florencia siendo portador de una carta para sus padres en la cual les comunicaba sus proyectos pidiéndoles al mismo tiempo el envió de la llave que le abriría el camino para buscar á su esposo. Por temor de que el enviado de Valentina pudiera ser conocido como de la servidumbre desús padres y despertara sospechas Tinoleto encargó su misión á un amigo suyo hombre de toda su confianza y el cual pudo salir de la ciudad, sin incon- veniente alguno. , Con las primeras sombras de la noche salió Tinoleto burlando hábilmente la vigilancia del enmascarado espia que en aquella ocasión parecía no tener miras de aban- donar su lugar de observación. Con indecible ansiedad esperó Valentina el regreso del emisario al cual se le habia recomendado hiciera el viaje con toda la rapidez posible. Mucho antes de lo que se esperaba llegó el portador de la llave y en vez de encaminarse á la mansión de su señora, fuese directamente á ver á la Sibila pidiendo hablar con ella urgentemente. Cuando esta le recibió puso en sus manos una carta diciendole: De parte de el señor Fernando Evoli traigo esta para vos. Abrióla Yolanda la misiva y leyó lo que sigue: Señora: á pedido de mi hija la señora Dándolo os envió con el portador de esta una cajita la cual contiene la llave de 132 -de; la sombra a la luz que ella os habló y la que os ruego pongáis en sus manos, pues la persona que os la entregue no debe ir á mi casa en esa, para evitar sospechas. Os agradeceré cuanto en obsequio de mi hija hagáis y os juro seréis recompen- sada por su padre: Fernando Evoli: Aquella misma tarde estuvo la susodicha caja en poder de Valentina la cual estaba completamente decidida á entrar aquella misma noche en el Palacio Ducal. Podia Valentina por intermedio del señor Evoli hacer saber al Dux lo que acontecía con su hijo, pero temiendo siempre las acusaciones que podian hacer caer sobre él su mortal enemiga, prefirió, proceder sin la interven- ción del Dux ya que tenia ella un medio de salvarlo sin exponerlo á nada. CAPITULO IXX El 3lma de Enriqueta Para estar segura de no ser espiada cuando se dirigía á Palacio salió Valentina muy temprano encaminándose á casa de una antigua y buena amiga de su madre á la cual puso al corriente de cuanto le sucedía. Alli esperó hasta bien entrada la noche y luego en vez de salir por la puerta principal lo hizo por una puerta falsa que daba á un canal completamente solitario. Una vez encerrada en su góndola, vagó por los canales hasta las doce de la noche: A esa hora y con toda clase de precauciones encaminóse al palacio. Serian las doce y media cuando llegó al sitio donde debia hallarse la secreta puerta y paró la barca junto al muro de la majestuosa morada. El mas profundo silencio reinaba por doquier. Súbito temor se apoderó de nuestra joven al sacar la Uavecita é introducirla en la cerradura, oculta bajo una moldura movible y hábilmente desimulada. dí; la sombra a la luz 133 Giró la llave silenciosamente y se abrió una puertecilla. Armándose de valor penetró en la abertura y despidió á su fiel criado hasta la noche siguiente que debia venir para saber el resultado del arriesgado paso dado por la joven. Ya sabes mi buen Tinoleto: si mañana á esta hora no estoy aqui, corres á casa de la Sibila para hacérselo saber; no lo olvides y hasta mañana. Cerróse la puerta y se oyó el acompasado golpe de ;os remos al caer sobre las aguas. Sigamos á Valentina. Una vez cerradr la puerta quedó la joven rodeada de profunda oscuridad. Ahogada por intensa emoción, comenzó á subir á tientas ias gradas -de una angosta escalerá que tenia ante si y que parecía ser interminable tan larga era. Por fin llegó á un pequeño descanso; tanteó hacia adelante y sus manos tropezaron con una pared. Ya he llegado dijo la joven buscó algo en dicha pared hasta que encontró una presillita metálica que sobresalía en el muro, oprimió esta y abrióse una segunda puerta. Dio unos pasos y penetró en una habitación cuyo pavimento estaba alfombrado. Chocóle un fuerte olor á humedad y un aire frió y pesado azotóle el rostro. Por un momento permaneció inmóvil con el oido atento al menor ruido pero nada sintió y desechando un resto de temor sacó una lamparita que llevava bajo el manto y la encendió.. Una espresión de tristeza y de infinito dolor se retrató en su pálido rostro: hallábase en una de las habitaciones de su inolvidable y amada Enriqueta. Todas las puertas estaban cerradas pero ninguna tenia echada la llave. Con gran sigilo abrió una de aquellas, la cual daba á una larga y estrecha galería. En aquel momento daban las doce y al extingirse las vibraciones de la ultima campanada percibió la joven el ruido de unos pasos que se acercaban á donde ella estaba. No pudo darse cuenta de donde venían pero instintiva- 134 DE LA SOMBRA A LA LUZ mente apagó la luz y dio algunos pasos hacia atrás; apenas tuvo tiempo de penetrar en la habitación y cerrar la puerta. Un instante después una viva claridad iluminó la galeria. En el primer momento creyó Valentina que la persona que llevaba aquella luz iba á descubrir su escondite; tal fué el temor que se apoderó de ella que quedó inmóvil junto á la puerta, paralizada por el temor. Mas sintiendo que los pasos se alejaban quiso saber quien era y entreabrió nuevamente la puerta. Cual seria su sorpresa al ver que aquella persona no era otra que Aurora la cual iba sombríamente Vertida de negro. Paulatinamente fué desapareciendo la luz y extin- guiéndose el eco de los pasos de Aurora en los ámbitos de la desierta galeria. Cuando de nuevo quedó todo en silencio salió Va- lentina y casi á tientas comenzó á seguir á su enemiga sin que desde aquel momento le quedara ya duda alguna de que su esposo era prisionero de aquella venga- tiva mujer. Esta llevaba gran delantera á Valentina por lo cual al llegar á la mitad de la galeria vio desaparecer por completo la luz, lo que llenó de temor á la valerosa esposa de Rafael. ¡Dios mió se dijo que he de hacer ahora; Como saber el camino que sigue esta mujer si la he perdido de vista y estoy completamente á oscuras. ¡Oh Buen Dios! pero tu ves por mi, guia pues mis pasos. Alentada por esta súplica prosiguió su marcha sin separarse del muro. Ella sabia que este camino había seguido Aurora y asi anduvo durante un largo rato hasta que sintió que la pared acababa alli; tomó hacia la derecha siempre junto al muro y se dio cuenta en el acto de que aqdella gale- ria terminaba en otra que iba en sentido contrario á la que dejaba. Caminó unos veinte metros al fin de los cuales sus manos estendidas hacia adelante tocaron una pared que le cerraba el paso. DE LA SOMBRA A LA LUZ 135 La angustia mas grande se apoderó de ella en aquel momento, pues pensó que había equivocado el camino. Tal vez debí seguir á la izquierda y no á la derecha; y ya iba á volver sobre sus pasos cuando con un estreme- cimiento de placer notó que lo que ella tomara por pared era una ancha puerta de hierro; dio algunos pasos hacia el centro de la galería palpando siempre la puerta y estuvo á punto de caer de rodillas: aquella estaba abierta. Probablemente Aurora acababa de pasar por ella y teniendo que volver no se detuvo á cerrarla. Decididamente Dios me ampara, pensó la joven y siguió su camino, mas ya no era una ancha galería sino un estrecho pasillo por el cual apenas cabía una persona. Valentina caminaba con tanta prisa como se la permitía la completa oscuridad y el cansancio que ya empezaba á apoderarse de ella. Latíanle fuertemente las sienes, su frente ardíale y ya le faltaba la respiración cuando encontró otra puerta abierta también, y al penetrar por ella un aire frió y hú- medo refrescó su rostro y su ardorosa frente. Esta fué su salvación, pues ya sus piernas se doblaban y hubiera caído desmayada á no llegar tan á tiempo aquel auxilio del cielo. Buen cuidado había tenido la astuta mujer de encerrar á su hijastro en el mas apartado rincón del Palacio. Después de haber andado Valentina un corto trecho y bajado una larga escalera distinguió á su izquierda una tenue claridad, tomó hacia allí y penetró de nuevo en una angosta galería á cuyos lados y en toda su estensión se veían pequeñas puertas con gruesas rejas, que conducían seguramente á los calabozos mas lóbregos del Palacio. El corazón de la infeliz esposa oprimióse dolorosamente; tras alguna dé aquellas sombrías rejas estaría su adorado cautivo. A medida que avanzaba, se aumentaba la claridad y pa- recíale percibir el lejano rumor de voces, hasta que por fin oyó distintamente la voz de un hombre el cual pare- cía hallarse en el paroxismo de la cólera. Poco faltó para que aquella emoción la hiciera perder 136 DE I.A SOMBRA Á LA LUZ el sentido, pues reconoció al instante aquel acento que le era tan querido. Ahora ya podía escuchar perfectamente cuanto decían en la prisión de su esposo. Acomodóse como pudo en el hueco de una puerta y después de dar gracias á Dios desde lo más íntimo de su corazón, púsose á escuchar. — Elegid, decía Aurora, la carta ó la vida. No hay otro remedio. —Haced lo que queráis, gritó Rafael, pero esa carta no la escribiré, estoy resuelto. — Pues bien, os dejó solo esta noche para que medi- téis sobre vuestra resolución y pensad que de una pri- sión se sale, en tanto que de una tumba, jamás! Aquellas palabras salidas de los labios de una mujer, llegaron á los oidos de Valentina con fatídico son y con- movieron dolorosamente todo su ser. Sin darse cuenta de lo que hacía y sin poderse conte- ner, dio un salto y se halló junto á la puerta del cala- bozo. Afortunadamente la luz se hizo pronto en su espíritu y comprendiendo lo desatinado de aquel movimiento vol- vióse al instante á su sitio. — Así, pues, siguió diciendo Aurora, no os digo adiós sino hasta mañana. Rafael nada contestó. Iba á salir aquel verdugo, cuando fué interrogada por su víctima. \ Pensó entonces Valentina que si permanecía allí sería vista por Aurora y que si no llegaba antes que ella á su escondite quedaría encerrada en los corredores; alejóse de allí á toda prisa y volvió á tomar el camino que poco antes había andado. Ahora más que nunca tengo que tomar precauciones, pensó la joven, porque hoy sé de lo que es capaz ese monstruo infame. Estas reflexiones se hacía mientras se alejaba de aquel que tanto ansiaba estrechar contra su pecho. Con rápido paso llegó hasta la primera puerta y pene- tró en la galería casi á la carrera y ya encontrándose -7^.-'^ *Íp£5í^ ■ DE LA SOMBRA Á LA LUZ I37 en la segunda volvió la cabeza y vio á lo lejos la luz de la tea que traía Aurora levantada 'sobre su cabeza para alumbrar el camino. Andaba ésta tan aprisa, que á no llevarle tanta delan- tera ya la hubiera alcanzado. ¡Qué crueles momentos aquellos para Valentina! Sus zapatos, aunque finos y pequeños, tenían necesa- riamenteque hacer algún ruido. Al llegar á la última galería despojóse de ellos y echó á correr velozmente. Faltábale aún un largo trecho para llegar cuando la tea de Aurora alumbró por completo la galería. Valentina sintió paralizarse su corazón dentro del pe- cho, un helado sudor le bañó la frente y la luz hu5?ó de sus ojos: á no haberse apoyado en la pared hubiera caí- do... Aurora se acercaba. Un poderoso esfuerzo de voluntad le volvió la razón; calculó con terror las consecuencias que traerían con- sigo su encuentro con Aurora y resuelta á jugar el todo por el todo, desprendióse del muro con la rapidez del rayo y echó á correr nuevamente, llegando á la puerta de la habitación que por fortuna dejara abierta. En aquel momento Aurora levantó los ojos fijándolos en aquella muda sombra blanca que sin producir el me- nor ruido desaparecía en la habitación de su hija. A su vez Aurora tembló y la luz estuvo á punto de caer de sus manos; su dañada conciencia y el estado de ánimo en que se hallaba le sugir>eron la supersticiosa idea de que aquella sombra que acababa de aparecérsele era el alma de su infortunada Enriqueta que abandonaba el recinto de la tumba y vagaba por los desiertos ámbi- tos del Palacio, siguiendo sus pasos á aquella hora en que ella iba á su perdición en su sed de venganza. Entretanto y mientras duraba el supersticioso terror de la madrastra, Valentina había tenido tiempo de de- saparecer por la puerta secreta. En el primer momento creyóse allí tan segura como en la fortaleza mas impugnable, pero luego pensó que Aurora pudo reconocerla y siendo así la haría buscar hasta que diera con el secreto. Como última precaución echó la llave por dentro y se puso á escuchar. 138 DE LA SOMBRA Á LA LUZ Mas si en aquellos momentos Valentina hubiera podido Ver á su enemiga, habría comprendido que nada debía temer de esta. Sin apartar la vista de aquella puerta abierta intentó Aurora alejarse de allí, mas las fuerzas le faltaron y presa de un terror que rayaba en locura, cayó sobre sus rodillas; quiso ponerse de pie y no pudo, procuró gritar mas la voz se ahogó en su garganta. Entonces, con el semblante lívido y las facciones des- compuestas por el miedo y el dolor, juntó las manos so- bre el pecho, levantó sus ojos al cielo y con voz ronca y cavernosa balbució: ¡Enriqueta! ¡Enriqueta! y calló; luego volvió á decir: ¡Hija mía, inocente víctima de mis faltas, tengo miedo y creo haber ido demasiado lejos para lograr mi venganza! Ven, ven y sálvame tú de la justicia de los hombres y. . de la justicia de Dios. Y al decir estas palabras cayó desplomada sobre el frío y duro pavimento. Serían las tres y media de la mañana cuando Aurora Volvió en sí; una fiebre devoradora se había apoderado de ella y temblaba todo su cuerpo cual si estuviera tran- sida de frío; con algún trabajo consiguió ponerse en pie y recogiendo la tea que seguía alumbrando con su Vaci- lante y mortecina luz, echó á andar hacia sus habitaciones evitando pasar cerca de la de Enriqueta. Llegó á su alcoba en medio del más completo silencio. Apenas pudo con sus desfallecidas manos despojarse de sus ropas para meterse en el lecho. Cuando á la hora de costumbre entró su doncella, quedó asombrada ante el estado de su señora; ésta era presa de un espantoso delirio, pero ni un grito salía de sus labios; sólo se la oía pronunciar palabras incoherentes y frases sin sentido. En medio de su cruel desasosiego decía que su hija se le había aparecido. — Sí, exclamaba, yo la he visto, la he visto y luego se ha ocultado en sus habitaciones. Sí, sí, allí debe estar; id á buscarla y veréis si me en- gaño. Laura, la doncella de Aurora, intrigada por la obstina- ción de su ama, corrió á ver si encontraba algún vestigio DE LA SOMBRA A LA LUZ 139 de la aparecida, pues ella creía firmemente en todas aque- llas agúen'as y supersticiones. ¡Cuál no sería su asombro al encontrar abierta una de aquellas habitaciones que el día anterior estaba cerrada, de lo que ella tenía la más completa seguridad! —Pobre mi señora, murmuró alejándose llena de pa- vor; habrá que hacer decir una misa por el alma de la señorita que debe de estar en pena por el crimen que cometió. La noticia de la enfermedad de Aurora cundió con ra- pidez en todo el Palacio y como el médico pronosticara ser grave el estado de la paciente, se dispuso avisar al Dux. CAPITULO XX Libres Mientras Aurora yacía postrada en el lecho del dolor» Valentina, completamente agena á cuanto había sucedido á la madrastra la noche pasada, esperaba con gran ansie- dad que llegara la hora en que pudiera salir de su escon- dite para ir hasta la prisión de Rafael. Las horas de aquel día pasaron con desesperante len- titud para Valentina. Poco faltarían para las doce de la noche cuando esta, pensando que ya podía estar Tinoleto esperándola, bajó hasta el fondo de su escondrijo y abriendo la puertecilla que daba al canal vio que efecti- vamente el criado ya la esperaba: éste manifestó la ale- gría que le causaba ver que nada malo acontecía á su ama. —¿Qué noticias me traes, mi buen Tinoleto? —Las mejores que podéis esperar, señora: el señor Dux llega en estos días, pues ha salido un emisario lle- vándole la noticia de que su esposa está gravemente en- ferma á causa de... . —¿Aurora enferma? interrumpió Valentina muy admi- rada, pues recordaba que la noche anterior la había visto muy buena y sana. 140 DE LA SOMBRA A LA LUZ —Sí, señora, gravemente enferma, y por lo que dice supongo que sois vos la causante de su mal. —Explícate, ¿por qué crees eso? — Porque la enferma jura en su delirio que se le ha apa- recido el alma de su hija y que al acercarse ella, de- sapareció en sus habitaciones. Laura, su doncella favorita, dice que su ama no se en- gaña, pues ella encontró abierta esta mañana la puerta de la sala de lectura de la señorita Enriqueta, donde ninguna alma viviente ha puesto los pies desde la muerte de su dueña. Es por eso que al tener esas noticias supuse que el alma que ella cree haber visto, erais vos. — Tienes razón, esa desgraciada ha debido verme, pues estuve en grave peligro de ser descubierta, pero una vez más veo que Dios me ha protegido sugiriendo á esa mu- jer culpable tan supersticiosa idea. ¡Pobre Aurora! Quiera el Señor que el terrible susto que ha debido llevarse regenere su vengativo corazón. Ahora tengo que darte una buena noticia. Mi amado esposo está aquí encerrado en un calabozo. —¡Oh, qué iniquidad! dijo el criado. ¡Mi pobre señor, cuándo lo veré libre! — Con la ayuda del cielo creo que bien pronto. Ven mañana á las siete y media que es la hora en que come la servidumbre de Palacio y aprovecharemos esta circunstancia para estar mas seguros de no ser vistos. Después de despedir al criado subió la escalera con toda prisa y pronto estuvo en la habitación. Tomo la linterna y salió á la galería comenzando á andar con silencioso paso. Cuando llegó á la primera puerta acercóse á ella para abrirla, mas con indecible pena vio qne estaba cerrada con llave. !0h¡ Dios mío, esclamó, que he de hacer. ¿Sera posible que después de haberle encontrado no pueda llegar hasta él y salvarle? Intentó abrirla por cuantos medios le sugirió su imaginación pero todo fué inútil. DE I.A SOMBRA A LA LUZ I4I Abatida y desalentada iba ya á volver sobre sus pasos, cuando sus ojos que buscaban ansiosos en todas direc- ciones, descubrieron colgada de un clavo una gran llave. Ahogando un grito de suprema alegría precipitóse sobre ella y tomándola entre sus temblorosas manos inírodujola en la cerradura: giró la llave y la puerta se abrió sin la menor resistencia. Aquel fué el único tropiezo que tuvo en su camino; todas las demás puertas se abrían con la misma llave y pocos momentos después hallábase ante la prisión de su esposo. Mas una vez alli ¿como advertir su presencia á Rafael? íiscuchó por un momento junto á la puerta por cuyas rendijas escapábase una tenue claridad; percibió unos angustiosos suspiros y el acompasado andar de una per- sona que se paseaba. Valentina escuchaba con el corazón palpitante y tem- blando de emoción. Alli á dos pasos de ella y separados solo por una puerta cuya llave tenia ella en sus manos, hallábase el amante compañero de su vida. No siendo ya dueña de contener su impaciencia, aplicó sus labios á la cerradura y llamó con voz suave Rafael Rafael Los pasos cesaron: ella volvió á • llamar y entonces sintió que se acercó á la puerta y preguntó con anhelante voz ¿Quien llama? ^ Soy yo Rafael ¿No me conoces? ¡Valentina! Dios mió esto no puede ser yo sueño! No carísimo esposo, no sueñas y has reconocido la voz de tu Valentina. ¡Oh! si esposa mia, eres tú, gritó Rafael al mismo tiempo que se abrió la puerta y la joven en el parasismo de la alegría y de la dicha caia en los brazos de su esposo. ¿Pero como te hallas aqui esposa mia? Y donde está nuestra hija? Nuestra hija está en Florencia al cuidado de mis padres y yo he venido para librarte de las garras de nuestra indigna enemiga. 142 DE LA SOMBRA A LA LUZ Luego separándose un poco de ella contempló un .instante el hermoso semblante de su esposo visible- mente desmejorado. !Oh¡ Rafael cuan combiado te encuentro, que enflaque- cido y pálido estas, cuanto debes de haber sufrido en esta lóbrega prisión. No pienses en eso, querida riia, no es nada lo que ha sufrido mi cuerpo, lo que ha padecido mi alma, eso es lo que aun me hace estremecer, no se de donde he sacado valor para no morir cuando pensaba en ti y en nuestra niña. Mi constante pensamiento erais vosotras, y me decía en medio de mi aflicción si esa mujer sin conciencia se límitaria á herirme solo á mi, ó si haria estensiva su venganza hasta los seres que ella sabe tanto amo. !Ay¡ Valentina después de haber'pasado por esta duda desgarradora paréceme un sueño que te tengo entre mis brazos, que beso tus labios y contemplo tu idolatrada faz. Mi pobre amor dijo ella tomándole la cabeza entre sus manos y acariciando con sus labios los rizados cabellos de su esposo. Pero dime, dime ¿como has podido saber donde yo estaba y de que medios te has valido para llegar hasta mi? Si Rafael, voy á contarte todo cuanto ha sucedido desde el triste día de tu partida y luego nos ocuparemos en buscar el medio que tenga menos peligros para sacarte de aqtii y debemos aprovechar la buena ocasión que hoy se nos presenta por hallarse gravemente enferma nuestra enemiga, y voy á decirte el porqué y á quien contó la joven los acontecimientos que hablan tenido lugar durante el cautiverio del caballero.- Rafael no cabía en si de gozo al saber cuanto habia hecho ella por encontrarle. Querida Valentina, la dijo cuando esta cesó de hablar, que buena y abnegada eres. Me estremezco aun, el pensar que tu libertad y tu vida han estado en manos de mi verdugo. Yo no sé, por mas que te amo tanto, como podré pagar tu ternura y tus desvelos por mi, DE- LA SOMBRA A LA LUZ I43 Bien sabes, contesto ella, que esto y mucho más haria yo por ti, y en cuanto á pagar mi ternura y mis desvelos que bien los mereces, lo haces amándome, que es cuanto anhelo; con tu amor soy la mujer mas feliz de la creación; muchas veces te he dicho que uno de los ruegos mas fervientes que hice á Dios cuando aun no habia amado, fué que aquel á quien yo consagrara mi amor y mis esperanzas, correspondiera en igual grado á mi ternura. Creo que tu lo haces ¿verdad? dijo ella con una encantadora y picaresca sonrisa. El también sonrió y la respuesta á aquella cariñosa pregunta fué una caricia. Recien entonces fijó Valentina mas detenidamente sus miradas sobre aquellos destartalados muebles que llena- ban la prisión de su pobre cautivo. Un calafrio recorrió todo su cuerpo al contemplar aquella cama con un duro jergón y sin abrigos donde su esposo habia dormido durante dos meses con sus largas y frias noches. Aquella mesa de ordinario pino, el suelo de fria piedra, las sillas de madera y un cántaro de barro lleno de agua, en el cual tenia que beber pues no se veia alli copa ó ^vasija que la sustituyera. Tanta pena esperimentó al ver aquel triste cuadro que sus ojos se nublaron por las lágrimas. Rafael que comprendió lo que pasaba en el ánimo de su esposa, la distrajo de aquel pensamiento, diciéndola; vaya no quiero que te apenes por una cosa que ya ha pasado; pues podemos decir que estoy salvado. Mañana á eso de las siete y media cuando mi carce- lero haya entrado por ultima vez y toda la servidumbre se reúna para comer, ven á buscarme y aprovechando la enfermedad de Aurora nos será mas fácil salir de aqui y de la ciudad antes de que elte se de cuenta de mi desaparición y en cuanto regrese mi padre pondré en su conocimiento el atropello de que he sido victima y estoy seguro de que á pesar del inmenso amor que la profesa sabrá hacerme justicia y castigarla como merece. No pienses en eso, mi querido Rafael, dejemos mas bien en manos de la Justicia Divina el castigo de esa 144 ^^ ^^ SOMBRA A LA LUZ infeliz. Le escena de anoche nos demuestra claramente que su conciencia no está tranquila y que los remordi- mientos que ella debe sufrir no la dejan, estoy segura ni un momento de reposo. Tienes razón Valentina dijo él dando por terminado aquel asunto. Sentados sobre el duro lecho permanecieron hablando y combinando el mejor medio de salir de allí y llegar á Florencia. Estuvieron juntos hasta que los primeros resplandores de la aurora iluminaron débilmente con sus blanquísimos rayos las paredes de la estrecha prisión, Despidióse entonces Valentina y después de ijerrar la puerta con gran dolor de su corazón echó á andar por los solitarios corredores hasta que llegó á la habitación de Enriqueta, penetró por la puerta secreta y después de llegar hasta el ultimo descanso se envolvió en un gran manto y se acostó en un almohadón que habla colocado allí preparándose á dormir después de tantas noches de vigilia. CAPITULO XXI Aurora y Yolanda Aurora seguía postrada en el lecho, sin que todos los cuidados de los médicos fueran eficaces para calmar la intensa fiebre que la devoraba. Aquella mañana amaneció tan desmejorada que los médicos se alarmaron visiblemente lamentando que no se encontrara ya el Dux junto á la enferma. Laura no se apartaba un solo instante del lecho de su ama. Viéndola tan grave aquel día acercóse á ella y la dijo. Señora, recordando que ayer decíais que daríais cuanto poseéis por sanar pronto y como los médicos no os curan, yo he pensado en ¿En quien? interrogó ansiosamente la enferma. DE LA SOMBRA Á LA LUZ 1 45 La señora habrá oido hablar de esa famosa mujer que ha hecho tan maravillosas curas entre aquellas personas que á ella acuden. ¿Porque no probáis ama mia? y quizas ella os curaría más pronto que los médicos. Al oir las palabras de la buena muchacha, un destello de alegría iluminó el demacrado semblante de la enfer- ma y haciendo un violento esfuerzo para incorporarse en el lecho dijo: tienes razón mi fiel Laura, yo no habia pensado en esa sabia mujer. Sin pérdida de tiempo vé y dila que venga al instante, pero ten presente que es necesario el mayor sigilo y secreto: anda hija mia y desempeña lo mas pronto posible esta misión que tu pobre ama te encomienda. Aquellas ultimas palabras dieron alas á la doncella y una hora mas tarde estaba de regreso. A la agitación y delirio de Aurora había sucedido una inmovilidad y postración completa. Los médicos se hallaban en aquel momento junto á la enferma y cuando estos se hubieron alejado, aprovechó la doncella para participar á su ama el buen resultado de su encargo. Dentro de una hora, dijo, estará aqui la Sibila. ¿Pero la has recomendado que no se descubra ante nadie?. No os inquietéis señora, todo lo he previsto. Quedaron ambas silenciosas esperando con afán la llegada de Yolanda á la que no tuvieron que esperar por mucho tiempo. En la sala inmediata al aposento de Aurora hallábanse constantemente algunas damas y caballeros de la corte, prontos á atender al menor deseo de la augusta enferma. Serian las diez de la mañana cuando un ugier penetró en dicha sala y pronunció éstas palabras: Una dama cubierta, solicita ver con la mayor urgencia á nuestra señora. Bien sabéis que eso no puede ser contestó uno de los caballeros alli presentes y así debisteis decirlo á esa persona. Se lo he dicho pero tanto insistió y suplicó que la 146 DE LA SOMBRA A LA LUZ introdujera que no sabiendo que hacer he venido á consultaros. Id pues á decirle que es imposible lo que desea pues el estado de la enferma no le permite recibir á na'die. Salió el ugier, mas no tardó en volver con compungido semblante y sufriendo con paciencia las irritadas mira- das de damas y caballeros. Señor balbuceó dirigiéndose al caballero que antes hablara, esa dama dice que la dejéis entrar que ella responde de la curación de la enferma. Todos se miraron sin saber que decir; en aquel mo- mento presentóse Laura y dijo: mi ama desea permitáis la entrada á la incógnita. La Voluntad de Aurora era siempre respetada, y sus órdenes obedecidas al punto, nadie pues se atrevió á oponerse á aquel deseo y un momento después apareció en el salón «na esbelta mujer cubierta su faz por una negra máscara. Al pasar ante las personas allí presentes inclinosc silenciosamente y con ligero paso penetró en la alcoba de Aurora. Pasemos por alto los cuchicheos de ante cámara y oigamos la conversación que sostuvieron Aurora y ¡a Sibila, pues no era otra que ella, la incógnita visita. Aurora intentó incorporarse en el lecho pero la joven se lo impidió poniéndole suavemente una mano sobre e! hombro y diciéndole con reposado acento: Cuidado señora, no os violentéis, pues si os agraváis pensad en mi responsabilidad. ©escuidad señora respondió la enferma con voz anhe- la»nte y dirigiéndose á la doncella, retírate un momento la dijo; cierra esa puerta y no permitas la entrada á nadie sin mi consentimiento. Cerróse la puerta tras la doncella y quedaron las da- mas frente la una de la otra y ambas silenciosas. Aurora fué la primera que habló después de exhalar un dolorido suspiro. Tal vez os estrañeis señora del misterio con que os he hecho llamar, no por temor de nada ni de nadie, sino porque cuanto mas secreto esté lo que vamos á tratar, DK LA SOMBRA Á I,A LUZ - I47 estaré yo mas tranquila pues comprendereis, por lo que acabo de deciros que no es solo para que me curéis que os he llamado sino para pediros un consejo también. Si en mis manos está el serviros pronta estoy á hacerlo, respondióle la Sibila. Gracias murmuró Aurora: confiando en vuestra discrec- ción os diré que me hallo en una situación tan dificil que no encuentro el medio de conjurar el peligro que me amenaza. He cometido una acción, de la cual hoy sinceramente me arrepiento, mas como con esto nada consiguiré, sabed que tengo encerrado en una prisión de Palacio al hijo de mi esposo á quien odio con todo mi corazón por ser el causante de muchas desgracias que wie han herido cruelmente, nje apoderé de él valiéndome de un ardid algo indigno, pero como conseguí mi objeto no pensé mas que en el triunfo, que dejaba á merced mia á aquel hombre que detestaba. Las consecuencias que yo no habia previsto se pre- sentan ahora y es este el peligro que quiero evitar: decidme pues si podréis encontrar el medio. Recordó entonces la sibila, la entrevista que con ella tuviera Valentina y deseando ayudarla, habló asi á la enferma: A mi modo de ver, lo que debéis hacer sin pérdida de tiempo, es poner en libertad á vuestro prisio- nero, exigiéndole como única condición para obtener esta, el solemne juramento de no descubrir vuestro proceder, ante su padre. Creo que es hombre de honor y que sabrá cumplir su palabra. , ¿Y si rehusa prestar tal juramento, que hacer en- tonces? Un cautivo solo anhela recobrar su libertad y general- mente no repara en los medios. ¿Mas como poner en práctica vuestro consejo no sien- dome posible dejar el lecho? y confiar á un tercero- mi secreto no quiero, ni debo hacerlo. Si no tenéis inconveniente, esclamó Yolanda, puedo yo hacer ese pequeño favor. !Ah¡ señora ¿es posible? jamás podré pagaros tanta bondad, acepto sin Vacilar vuestro ofrecimiento pero T48 DE LA SOMBRA A LA LUZ juzgo que á estas horas cuando toda la servidumbre de palacio está en movimiento es algo arriesgado intentar ese paso. Ya he pensado en eso, interrumpió la Sibila pero yo puedo Volver á la hora que juzguéis conveniente. Eso me parece lo mas acertado hija mia, tened pues la bondad de no faltar esta noche á las ocho que yo haré que "entréis sin ser vista de nadie. Levantóse entonces la Sibila cubriéndose el semblante con la máscara. Una palabra mas, esclamó Aurora, quisiera me dierais algunas de esas maravillosas drogas con las cuales habéis curado á tantas personas que á vos han acudido, para calmar esta espantosa fiebre, contra la cual los reme- dios de ios médicos han sido hasta ahora impotentes. Muy bien, dijo Yolanda, haced que vayan por ella á mi casa, poseo una tan eficaz contra las fiebres que por mas persistente que sea la vuestra, en pocas horas habrá desaparecido por completo. Volvamos ahora á la prisión de Rafael. Después de salir Valentina recostóse él en el leclio quedándose poco después profundamente dormido. A las seis de la tarde entró como de costumbre el carcelero, á llevar la comida al prisionero. Comió este apresuradamente y luego esperó con an- siedad fácil de imaginar la llegada de Valentina. Cuando sonó la . ultima campanada de las ocho, prosternóse Rafael pidiendo á Dios no fracasara su proyectada evasión: aun estaba de rodillas cuando per- cibió unos ligeros y cautelosos pasos que á poco se detenían ante su celda, y un instante después apareció Valentina. ¡Pronto Rafael, sigúeme! La voz de la joven temblaba y su rostro estaba tan pálido que parecia de marmol. No habia encontrado alma viviente en todo el trayecto entre su escondrijo y la prisión ¿mas al regresar sucedería lo mismo? Reinaba la mas completa oscuridad, pero como ella conocía perfectamente el camino se abstuvieron de encender luz pues yendo sin ella, les seria mas fácil pasar desapercibidos en caso de apuro. - ¿*.r}í^.^ :•" ; i'¿4iaS"r f¿:. £?w:--yí "^'■'s^'SPS-''- DE LA SOMBRA A LA LUZ I49 Valentina conducia de la mano á Rafael y ambos cami- naban sin producir el menor ruido; llegaban ya al fin de de la jornada cuando vieron iluminarse débilmente la oaleria por donde ellos tenían qué pasar. La joven sintió el frió de la muerte correr por todo su cuerpo, una nube pasó por sus ojos y cayó exanime en los brazos de su esposo. Este comprendió que estaban perdidos sino llegaban á la habitación de Enriqueta antes que la persona que traia la luz desembocara en la galería por la que ellos tenian que cruzar. La idea del eminente peligro que corrian, dio fuerzas al estenuado caballero para levantar en sus brazos á \'alentina y con increíble rapidez salvó el espacio que los separaba del anhelado refugió. Una vez en la habitación dejó á Valentina en el suelo y cerró la puerta con llave. En aquel instante la galería se iluminó por completo y Rafael pudo ver por el ojo de la llave á una mujer alta, Vestida de negro y cubierto el rostro por un antifaz del mismo color. Creyó como es de suponer que era Aurora y no fué dueño de contener una sonrisa de maligna alegría al rensar en la sorpresa y la rabiosa desesperación que esperimentaría ella al encontrar la prisión desierta. Inclinóse sobre su esposa á quien la misma intuición del peligro que corría la hizo volver en si y al sentir la voz de Rafael que la llamaba incorporóse y con un movimiento nervioso asióse fuertemente de su cuello. Cálmate Valentina por Dios, es absolutamente nece- sario que salgamos presto de aqui, pues una vez que esa mujer se entere de mi desaparición tomará todas las medidas para que sea imposible mí huida. Ayudó á Valentina á ponerse en pie, luego á tientas buscaron la puerta secreta que dejara abierta Valentina previendo un apuro. Descendieron ambos la empinada escalera y una vez que se hallaron en el último descanso cayeron de rodi- üas, dando desde el fondo de su alma las más fervientes gracias al Creador que no los había abandonado. 150 DE LA. SOMBRA A LA LUZ Luego uniéronse en estrecho abrazo, llenos de alegría pues ya lo más difícil se había conseguido. Lo que los jóvenes no acertaban á explicarse era á que obedecía la presencia de Aurora en aquel sitio y á una hora en que nunca iba y más aún cuando se decía c)ue estaba tan gravemente enferma. Por más que pensaban en esto no se sospecharon como es de suponer quién fuera aquella á quién ellos creían su enemiga. Finalmente, sin ningún tropiezo consiguieron embarcar- se en su góndola y salir de la ciudad á toda prisa. CAPITULO XXII ¡Pérdida! Serían próximamente las siete y media de la tarde de aquel mismo día, cuando Sibila se presentó nuevamente en Palacio y sin demora alguna fué introducida por Lau- ra en el aposento de su ama. Allí entre ambas arregla- ron todo para que en caso de que el cautivo aceptara á prestar el juramento, fuera inmediatamente puesto en libertad con el mismo secreto con que había sido priva- do de ella. Cuando llegó la hora convenida salió Yolanda á llenar su cometido. Ya hemos visto en que momentos tan críticos para los perseguidos esposos, iba en busca de ellos para pres- tarle su ayuda. ¿Cómo expresar la sorpresa, la confusión que experi- mentó al Ver la celda desierta? Al instante se acordó de Valentina y comprendió que aquello era obra suya. Sin vacilar ni un momento cerró de nuevo la prisión y con presuroso paso encaminóse nuevamente á las ha- bitaciones de Aurora. Más, al penetrar en la alcoba se detuvo ¿Cómo iba - s*- DE LA SOMBRA Á LA LUZ 151 á dar aquella noticia á la desgraciada mujer cuya vida estaba en peligro? Pero no fué muy larga su vacilación, pues Aurora ha- bía sentido sus pasos y la llamaba repetidas veces con alterada voz. Cuando la Sibila entró, la enferma dejó escapar un ahogado grito incorporándose en el lecho con increíble energía. ¿Qué ocurre? interrogó pintándose en su rostro mor- tal angustia al ver el pronto regreso de su emisaria, comprendiendo que esto solo podía obedecer el fracaso de su misión. La Sibila se acercó á ella y en voz baja exclamó. No levantéis tanto la voz señora que hay oídos indiscretos que pueden escuchar vuestras palabras. Decid, decidme ¿Qué ocurre? por qué habéis vuelto tan pronto? Si queréis que me explique, tened un poco de calma. Yo os escucho, hablad y al decir esto fijaba anci^sas miradas en su interlocutora. Señora, he llegado hasta la prisión del caballero, más él no estaba ya allí. Permitidme os diga que habéis hecho muy mal en dejar las llaves tan á mano, pues es muy posible que alguna persona interesada haya encon- trado el medio de llegar hasta vuestro cautivo, para darle la libertad de que vos le habíais privado. No, no puede haberse escapado; no, es imposible, tiene que estar en el recinto del Palacio; es preciso buscarle sin pérdida de tiempo. ¡Oh! si hay que buscarle repetía la infeliz culpable, agitándose en el lecho presa de un desasociego indes- criptible. Tranquilizaos señora en nombre del Cielo. ¿No comprendéis que en vuestro estado esto puede seros funesto? indicad lo que creáis conveniente hacer y yo estoy pronta á ayudaros, dijo la Sibila. Sin demora alguna Aurora hizo llamar al carcelero de Rafael, pero el infeliz nada sabía, aquella noche á la hora de costumbre había llevado la comida al preso el cual se hallaba en la prisión. 152 DE LA SOMBRA A LA LUZ De esto hacía tan poco, que ella creyó imposible que su hijastro hubiera tenido tiempo de salir ya de Palacio. Alentada por esta esperanza dijo al carcelero: anda al instante y en unión de tus compañeros regístralo todo sin olvidar el más apartado rincón y ven sin demora á daros cuenta del resultado de este paso. Los compañeros del carcelero eran cuatro mudos, los cuales estaban al exclusivo servicio de Aurora. Eran estos unos infelices á quienes el Dux había sal- vado la vida, aunque no pudo conseguir el evitarles el horrible suplicio de ser privados de su lengua. Habíanle jurado sumisión y fidelidad eterna. Cuando el Dux se unió á Aurora, aquellos hombres pa- saron al servicio de esta, dispensándole la misma fideli- dad que á su antiguo amo. Más, á pesar del ahinco con que buscaron y de sus vehementes deseos de complacer á su ama, mis lectores saben que no encontrarían al fugitivo. Cuando Aurora supo lo infructuoso de aquella medida, pudo convencerse recien de que su víctima había esca- pado ya á su poder ¿pero por dónde? Sin duda, pensó Aurora, conocía alguna puerta secreta, pero esto no es posible, pues se me ha asegurado qut' el Palacio no tiene más que una de estas salidas y para escapar por ella tendría que haber cruzado por mis ha- bitaciones lo que no ha podido suceder. Ni por un momento pensó Aurora en hacerlo buscar fuera del Palacio. En todo el tiempo transcurrido yá. podría haber visto á alguno de sus amigos y referirle lo que le sucedía. Tomarle entonces, hubiera sido reagravar la situación. Juzgóse Aurora desde aquel momento irremisiblemente perdida, esperando con sorprendente calma la hora en que se presentaría ante ella su irritado esposo para pe- dirle estrecha cuenta de la iniquidad cometida con su hijo. En vano buscaba en su imaginación el medio de sal- varse, el único que existía según Yolanda ella no había querido aceptarlo y era pedir humildemente perdón de ■¿ZlW--í^^'*^^^í^^WfS^^-'^ ■■'■' "^^ '■- ^^: **''-r-«^ •=-'■'' : -i'-V" '■"; í-" J^\ íii«*'?K:-: "jjri DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 53 ia falta cometida, á su esposo y á Rafael, más para esto no tenía valor; era algo superior á sus fuerzas y por consiguiente imposible de llevarlo á cabo. Muchas veces la idea de huir de aquella morada y de la ciudad, vino á su imaginación, pero sintiéndose tan débil y apocada ¿cómo realizarlo? Aurora había pedido á sus damas que la dejaran sola; serían las diez de la noche. Laura penetró en la alcoba de su señora llevándole la eficaz pócima recetada por \'olanda y que tan buenos resultados le había dado. La buena doncella comprendió que algo muy grave de- bía suceder á su ama al notar la marcada expresión de angustia y sufrimiento que se advertía en su demacrado semblante. Cuando esta se incorporó para tomar el remedio, notó Laura con indecible pena que las almohadas estaban hu- medecidas por sus lágrimas, ¿Sufrís mucho amada señora? Mucho Laura, muchísimo. ¡Oh! y nada podemos hacer para aliviaros? Nada buena criatura, ningún poder humano puede li- brarme del mal que me amenaza. ¿Y qué importa señora que no haya poder humano, capaz de salvaros si sobre todos estos está el Supremo Creador, ante cuya voluntad nada es, la del mundo en- tero? Encomendaos á El señora, yo os lo suplico, y veréis como no os niega su auxilio. Aurora no contestó: bebió el contenido del vaso y de- jándose caer sobre las almohadas, cubrióse el rostro con las ropas del lecho. Cuando la doncella se alejó, Aurora se incorporó de nuevo: fuertes sollozos escapábanse de su pecho y las lágrimas corríanle abundantes por sus enflaquecidas me- jillas. ¡El momento solemne había llegado! La gracia del Señor iba á penetrar por fin en el corazón empedernido de aquella pecadora- ¡Oh Dios mió! gimió con la voz entrecortada por el llanto y en un momento de suprema angustia: libradme 154 DE LA SOMBRA A LA LUZ dijo del terrible instante de comparecer ante mi irritado Juez y yo os juro señor, renunciar de hoy en adelante á todo lo que hasta ahora fué mi único ]¿ constante anhelo! Solo el culpable que reconociendo sus faltas se arre- piente de ellas prometiendo marchar en la senda de ki vida por el camino del justo, podrá hacerse una idea d" la sublime calma, del divino sociego que descendió ai alma de la infeliz criatura, al hacer ante Dios adjuración completa de todos sus errores. Después del primero y supremo ruego elevado al Cielo después de tan largos años de culpable y azarosa vida, recostóse en el lecho y tras breves instantes durmióse con un sueño sosegado y reparador, que duró hasta el alba del siguiente día. Amaneció este nublado y frío ; la lluvia que poco des- pués comenzó á caer golpeaba en los cristales con mo- nótono son, mientras el viento al penetrar por las rendi- jas de la puerta, silvaba de un modo lúgubre y descon- solador que repercutía tristemente en el decaído ánimo de Aurora. Durante aquellas horas de mortal angustia, permane- cía la infeliz atormentándose con mil ideas descabellada? que su misma situación la sujerían. En ese estado entre la vigilia y el sueño, las más ter- ribles pesadillas la martirizaban de continuo. Parecíale ver á Rafael encaminándose en busca de su padre para pedirle justicia: oía luego la Voz del irritado esposo que la pedía cuenta de su inicuo proceder: f- ella ¿qué había de responder? Nada, no tenía disculpa y entonces venía el castigo, y este era terrible: ya se veía hundida para siempre en el mismo calabozo donde ella sepultó á Rafael; ya arrojada ignominiosamente de Palacio seguida por los insultos y sarcasmos de cuantos la habían temido y odiado; ó ya se veía desterrada en una isla desierta donde los buitres y los cuervos se cernían sobre ella para devorarla; vol- vía la cabeza y á corta distancia distinguía un ataúd donde reposaban los mortales despojos de su desdichada hija. DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 55 Ante estas espantosas visiones incorporábase en el lecho presa de un terror indescriptible, la frente inun- dada de frío sudor ya bogándola los violentos latidos de su angustiado corazón. Mas no llamaba, no quería que nadie se apercibiera de su . estado, ni tener que dar ninguna explicación. Únicamente Laura podía estar libremente en la alcoba y al advertir los estragos que la enfermedad hacía en Aurora, lloraba silenciosamente sin poder comprender cual sería la causa de aquellas fatales crisis. La noche llegó presurosa envolviendo en pardos nu- barrones las brumosas claridades de la tarde. Conducidos por el viento, se oyeron en distintas di- recciones melancólicos tañidos de campanas que tocaban el Ángelus y Aurora, aquella mujer de corazón empedernido por el mal, aquella vez, (quizás por la pri- mera de su vida) rezó ferviente la hermosa oración de- dicada á la madre del amor divino. Aún no se había extinguido el eco de las campanas, cuando Aurora que estaba con el oído atento al menor ruido oyó el murmullo de voces y exclamaciones entre las personas que se hallaban cerca de ella y un instante después penetraban en su alcoba algunas damas para hacerle saber que á la mañana del siguiente día llegaba el Dux á su morada. Aquella noticia cayó como un rayo sobre la infeliz mujer, y de tal modo la conmovió que por espacio de algunos minutos permaneció sin poder articular palabra, los ojos extremadamente abiertos, crispadas las manos y pálida como el espectro de la muerte. Las damas alarmadas ante aquella terrible crisis le echaban aire, mientras el médico se preparaba para ha- cerle una sangría. Hasta las doce de la noche no se apartaron estos del lado de la enferma; recien á esa hora cuando recobró la calma, pidióles que se retiraran á descansar. Tanto las damas como los caballeros de la corte, com- prendían que había algo anormal en la situación de aque- lla mujer, pero ninguno se atrevía á decir una palabra y todos inclusos los médicos abandonaron la habitación. Solo quedaron en pie Laura y otra doncella. 156 DE LA SOMBRA A LA LUZ Aurora hacía grandes esfuerzos por conciliar_el sueño, más todo era en vano. A medida que las horas pasaban, una lucidez admira- ble se hacía en su cerebro y no pudiendo dormir pensa- ba; con la frente apoyada sobre su mano; y en aquellos momentos tomó una inquebrantable resolución. A los pies del lecho recostada en un sillón, Laura dor- mitaba; más allá en un cómodo diván, la otra doncella estaba dormida profundamente. En cuanto Laura abrió los ojos, vio á su ama incor- porada, acercóse á ella y con solícito afán la dijo: ¿Os sentís mal señora? deseáis algo? Me siento bien, hija mía, pero no puedo dormir y esto me mortifica bastante. Mira continuó, alcánzame aquel frasquito de cristal rojo que está allí y al decir esto señalaba con su mano á una repiza atestada de pomos y redomas de variadas formas. La doncella trajo á su ama lo que le pedía. Ahora dame una copa con agua. Obedeció aquella y Aurora vertió en ella algunas gotas de aquel líquido de un color rojo pálido; mientras hacía esto preguntó á su doncella, ¿sabes lo que es este licor? Nó, señora respondió. Pues es un eficaz calmante para esta agitación ner- viosa que tanto me hace sufrir y que no me permite entregarme al reposo. Bebiendo esto decía, voy á dormir tranquilamente y como creo que tú padeces de este mismo mal, voy á darte una pequeña dosis. Pero señora, si lo que quiero es no dormir. ¿Porqué? Pues por que estoy aquí para velaros y atenderos. Eso sería si yo necesitase de tus cuidados, pero ya te he dicho que hasta mañana no me despertaré, así que hazme el gusto: bebe. La buena muchacha no se atrevió á desobedecer á su ama y tras corta vacilación bebió el contenido de la copa que le ofrecía Aurora, pudiendo notarse que esta tenía un color mucho más subido que el que ella be- biera. .Áírí"^: " DE LA SOMBRA A LA LUZ 157 Ahora recuéstate 5? duerme que yo voy hacer lo mismo, \- esto diciendo arrebujóse con las ropas del lecho y cerró los ojos fingiendo dormirse tranquilamente. Sentóse Laura en un sillón dispuesta á seguir velando á pesar de los deseos de su señora. Pasó un cuarto de hora durante el cual no cesaba de contemplar á la enferma, cuya acompasada respiración anunciaba un sueño tranquilo y reparador. La pobre muchacha luchaba porque sus párpados no se cerraran; algo como un denso velo empezó á cubrir sus ojos y veía los objetos como á través de una nube de vapor; quiso levantarse para andar, más las fuerzas le faltaron y volvió á caer sobre un asiento quedando presa de un sueño tan profundo que más se asemejaba á un letargo. En aquel momento con un movimiento casi impercep- tible, la cabeza de Aurora se descubrió y alzándola de las almohadas fijó sus miradas en la dormida doncella. Observóla durante breves instantes y satisfecha, sin duda de aquel examen bajóse con cautela del lecho. Cubrióse con un ropaje y apoyándose en los muebles cruzó la alcoba con vacilantes pasos y entró en la habi- tación inmediata donde procedió á vestirse. Solo por un poderoso esfuerzo de su voluntad podía mantenerse en pie. En aquellos momentos supremos Aurora temblaba de pies á cabeza, temiendo que el paso que iba á dar fracasara como sucedía con cuanto ella intentaba. Más, aquella vez no sucedió así; cuando estuvo ves- tida se acercó á la puerta que daba á su alcoba, echó una mirada sobre las veladoras: Ambas dormían, la una ■ narcotizada, la otra con un sueño natural pero profundo. Abandonando toda vacilación, volvió sobre sus pasos y tomando una bujía que había sobre Uii velador; acercóse á un armario y abrió la puerta metiéndose luego dentro del mueble. Oprimió con el tacón de su coturno una manchita que imitaba uno de esos nudos tan comunes en la madera y al hacer esto corrióse hacia abajo el espaldar, dejando ver una larga y estrecha galería por la que ella penetró después de cerrar cuidadosamente la puerta secreta. '"-*sr^fíí*í 158 DE LA SOMBRA A LA LUZ Caminó hasta encontrarse ante un pequeño ventanillo que se abría sobre el canal. Hecho esto, asomóse con precaución, viendo con gran satisfacción que todo estaba desierto. El viento y la lluvia habían cesado por completo. La luna luchaba por asomar su plateada faz á través de las nubes que cubrían la celeste bóveda, ocultando tras sí los brillantes astros de la noche. Un silencio y una calma absoluta reinaba en derredor de la atribulada mujer, desprendiendo su alma de las co- sas terrenas y elevándolas hasta Dios. ¡Señor, señor! decía con voz desfallecida, si es cierto que velas sobre tus criaturas por indignas y perversas que ellas sean, si es cierto que atiendes las súplicas del pecador arrepentido que humildemente implora tu perdón, veme á tus plantas invocando tu nombre y esperando tu misericordia. En aquel momento oyóse el ruido que producen los remos al chocar en el agua, y al mismo tiempo vio Auro- ra aparecer á alguna distancia una góndola débilmente alumbrada. Rápidamente púsose en pie y después de cerrar por -fuera la puerta, sentóse sobre una grada que había a!lí destinada al parecer á arrodillarse ante una imagen de la Virgen que había colocada en un nicho, pero que real- mente no tenía otro objeto que dar acceso y Salida á la puerta secreta. No tardó en llegar la pequeña embarcación frente al sitio donde Aurora arrebujada con un gran manto fingía dormir. Asomóse el gondolero que era un jovenzuelo como de 18 á 20 años y fijándose detenidamente en aquel bulto informe, parecióle que era una persona, la cual no debia de estar alli muy á gusto, con la temperatura helada que reinaba. Acercó más su barca y tocando el pie de Aurora con el cabo del remo exclamó : ¡Eh! quién quiera que seáis qué estáis haciendo ahí con este frío del diablo. La interpelada levantó la cabeza y fijó una soñolenta mirada en su interlocutor. r^^^^, ■ ".-«"7í'?x*^r*;«: W DE LA SOMBRA A I,A LUZ 1 59 ¡Ah es una mujer! Y enmascarada. Vamos es valor el suyo. ¿Que me queréis? interrogó Aurora con mal humorado acento y cambiando por completo su voz. Yo nada quiero, contestó el muchacho, pero me estra- ña que en esta noche estéis ahí durmiendo sin miedo de helaros. Y qué he de hacer, si los de vuestro oficio sois tan miserables que ninguno ha querido conducirme á una casa porque no tengo un cequi en mi bolsillo. — ¡Eh! no nos confundáis á todos con ese bonito cali- ficativo, pues gracias á Dios todos no somos iguales. —¿Quiere decir que vos no haríais lo mismo? — Claro está, y en prueba de ello vamos donde que- ráis. Aurora no se hizo repetir !a invitación y apoyándose en la mano que el gondolero le ofrecía, penetró en la barca. Nadie hubiera reconocido á la altiva Aurora bajo aquel vasto manto que ocultaba por completo su lujoso ropaje. El muchacho comenzó á remar con vigor y presto se alejaron de aquel sitio. Aurora temía á cada instante que á su conductor se !e ocurriera preguntarle como había llegado hasta el lu- gar donde la encontrara, viendo que no tenía como ha- cerse conducir hasta su casa; pero sea que el muchacho no fuera curioso ó que se hallara preocupado por sus propios pensamientos, no se le ocurrió hacer aquella pregunta que hubiera puesto en conflicto á la pobre Aurora. —Pero á todo esto no me habéis dicho donde queréis que os lleve, exclamó el gondolero. —Es verdad, dijo ella, pero no importa, vamos en bue- na dirección, vivo casi frente á la morada de Yolanda. ¿Sabéis donde es? —Ya lo creo; pero el trayecto es largo y si queréis que no nos aburramos conversemos. — Con mucho gusto, dijo Aurora, con una entonación particular. ¿Os agrada vuestro oficio? '^■íPPK^^Sí 1 6o DE LA SOMBRA A LA LUZ — Como el que más; desde mi niñez acompañaba á mi i padre que era también gondolero, y como es natural le ] tomé afición al oficio y van para tres años que empecé á trabajar. — ¿Y os deja buenas ganancias? — Hum, tenemos días buenos y días malos, pero... siempre sacamos para vivir. Y después de una corta pausa, añadió: por ejemplo, hoy ha sido para mi un buen día, pues ni en diez hubiera ganado lo que hoy en unas cuantas horas. — ¿Sí? algún pasajero muy generoso. —Así es; figuraos que un caballero de lo más amable que podáis imaginaros me ofreció una buena gratifica- ción si lo llevaba hasta D, donde llega esta noche el Dux nuestro señor, y al decir estas palabras quitóse res- petuosamente la gorra. Aurora tembló al oir esto, pues comprendió al instante que se trataba de su hijastro, y entonces más que nunca se aferró á la idea de huir, pues este hecho confirmó sus sospechas de que Rafael no dejaría pasar mucho tiembo sin pedir justicia. Serían las dos de la mañana cuando Aurora lletíó frente á la casa de Yolanda. —Haced el favor de detener la góndola, dijo, y conti- nuó: de algún modo quiero demostraros mi agradeci- miento por el servicio que me habéis hecho, y esto di- ciendo sacó una bolsita que llevaba colgada al cuello y la dejó sobre el asiento que había ocupado. Es una piedra, dijo, á la cual se le atribuye la virtud de dar la felicidad al que la posee. — ¿A qué vais á privaros de ella entonces? Yo no ne- cesito ninguna recompensa por... — No, no, yo tengo otras; y sin más, descendió de ia barca y eclhó á andar con la lijereza que su debilidad le permitía. Cuando ella hubo desaparecido el gondolero tomó ia bolsita y la abrió con la curiosidad (£.ver lo que con- tenía. Allí no había tal piedra, sino relucientes monedas de oro hasta sumar cincuenta marcos. -1^ DE LA SOMBRA A LA LUZ lój —¡Esta es una fortuna! exclamó; bien sabía yo que no era lo que aparentaba. Aurora caminó hasta un puente que unía las dos ace- ras, cruzó por él y poco después se hallaba ante la mo- rada de Yolanda, donde golpeó con febril impaciencia. Inmediatamente abrió la puerta un criado que estaba allí toda la noche para recibir á las personas que iban ya á buscar á la Sibila ó ya á hospedarse en su casa, pues había en ella cuartos amueblados como en- nues- tros hoteles. —¿Qué deseáis, señora? interrogó el criado. —Deseo un cuarto con una buena cama y que ma- ñana en cuanto Vuestra señora esté visible me hagáis el favor de llamarme, pues tengo absoluta necesidad de hablar pon ella á primera hora. Para que no olvidéis mi encargo, tomad, añadió, alar- gando al criado algunas monedas. Poco después de amanecer, Aurora dejó el lecho y tras cortos momentos de espera fueron á llamarla de parte de Yolanda. Siempre cubierta con la mascarilla atravesó Varias ha- bitaciones hasta llegar á la sala donde acostumbraba la Sibila á recibir. Cuando quedó sola con ella descubrióse el rostro an- tes de tomar asiento. Estaba aquel semblante tan descolorido y demacrado, que en el primer instante Yolanda no la reconoció. —Mi aspecto dice con harta claridad cuan grandes de- ben ser mis penas para reducirme á este mísero estado en tan corto tiempo. Y nada serían, continuó tras brevísima pausa, los do- lores físicos, que valor no me falta para soportarlos; mas lo que aniquila mi ser y hace que desfallezca son los sufrimientos morales. ¡Oh! para estos no hay remedio, ya lo sé, y como no quiero luchar más, estoy firmemente resuelta á dejar esta ciudad maldita donde nada más que dolores y des- dichas he sufrido. —¿Y no pensáis en la trascendencia del paso que vais á dar, señora? interrogó la Sibila. 1 62 DE LA SOMBRA Á LA LUZ —Sí, lo he pensado, pero no vacilo y como me veo obligada á proceder ocultamente, vengo á solicitar vues- tra ayuda. — ¿En qué puedo serviros, mi noble señora? — Quisiera salir de la ciudad hoy mismo y sin que na- die sepa que lo hago, pues ya os figuráis que pondrá todo en movimiento en cuanto llegue mi esposo y se en- tere de mi desaparición. Comprendo que es algo difícil lo que intento, pero vos que sois buena no me desampararéis en estos momentos aciagos para mí en que á nadie tengo en quien pueda confiar como en vos y es por esto que no dudo en pe- diros este favor, aunque sé que es casi un imposible la realización de mi deseo. — Vuestras desgracias, señora, exclamó la Sibila con Voz conmovida, han despertado en mi corazón ardientes deseos de ayudaros, así que haré por vos lo que hasta hoy por nadie hice. —Esta noche saldréis de la ciudad, contando con ia protección de Dios. —¡Oh! gracias, gracias, bondadosa criatura. No puedo hoy hacer nada por vos, pero mi sincera gratitud durará, os lo juro, lo que dure mi existencia y hasta en el postrer instante de mi vida mi corazón sen- tirá dulcificadas sus penas al recuerdo de vuestras bon- dades. — ¡Oh! señora, no exageréis, yo no hago más que cum- plir con un deber de buena cristiana, tendiendo mi mano al desvalido que necesita un sostén. Sentíase Aurora cada vez más débil y extenuada; no tenía casi fuerzas para hablar y se preguntaba con inde- cible angustia si podría en aquel estado llevar á cabo íu proyectada fuga. ¡Oh! Dios mío, cuan terribles son las pasiones munda- nas y cuan fácilmente destruyen y aniquilan una vida. ¿Cómo es posible que morando en el cielo un Dios todo amor, todo bondad, un Dios que descendió al mundo por nuestra salvación, que predicó con su palabra y ejem pió la humildad, la mansedumbre, el perdón y la cari dad; cómo es posible, repito, que haya seres tan ciegos -.-TW-. ^.P^'^--'.'. DE IvA SOMBRA A LA LUZ 1 63 (¡lie le ofendan desobedeciendo sus má-? santos y divinos mandamientos y despreciando tanto amor? ¡Pobres criaturas sin valor ni abnegación! ¡Cuan débiles y solas os halláis para sufrir las penas inherentes á vuestra condición humana! Aurora contestó con una triste sonrisa á las últimas palabras de Yolanda; luego dijo: — ¿Entonces cuento con vos para esta noche? —Sí, señora, respondió la Sibila dejando sn asiento y acercándose á su interlocutora. Por última vez, dijo inclinándose ante ésta, os recuer- do que obráis precipitadamente al querer huir de vuestro hogar: perdonad mi obstinación, pues es prueba del inte- rt's que me inspiráis. Seguid mi consejo, no huyáis. Ya que estáis arrepentida de lo que habéis hecho, presentaos humildemente á vuestro esposo y pedidle el perdón de vuestra falta. — ¡Ah! señora, se vé que no conocéis al Dux al creer cjiíe me perdonaría. Agradezco una vez más vuestro consejo, pero también os digo una vez más que no puedo seguirlo. Prefiero someterme á mi destino por triste que sea y no resignarme á sufrir el desprecio y el enojo del Dux. Estoy cansada ya de esta vida; tal vez cuando esté ¡ejos, les escribiré pidiéndoles me perdonen todo el mal que íes hice; nada más puedo hacer, pues estoy can- sada de luchar. He visto fracasar todo en derredor de mí y los su- frimientos que esto me ha causado, ha dejado mi ser aniquilado; estoy quebrantada, física y moralmente y solo me queda un acerbo y eterno pesar. Si es así, dijo la Sibila, conmovida ante aquel dolor tan vehementCj nada más puedo deciros. Esta noche saldréis de Venecia tan secretamente como sea posible. Una vez más os doy las gracias hija mia, y quedó si- lenciosa con la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos cruzadas sobre sus faldas. — Ahora necesitáis descansar exclamó dulcemente Yo- landa tras un prolongado suspiro; Venid. 164 DE LA SOMBRA Á LA LUZ Aurora siguió á la joven como una autómata, que ni ve ni siente. Así atravesaron varias habitaciones hasta llegar á una gran sala sumida en la más completa obscuridad. Yolanda tomó de la mano á Aurora y la condujo á tien- tas ante una de las paredes de la sala, se oyó un ruido metálico y al momento se abrió una puerta y apareció ante ellas una confortable habitación elegantemente amueblada. 'Había allí un lecho, un sofá, varias sillas y dos peque- ñas mesitas cargadas de libros. Las paredes tapizadas de seda color violeta, el alfom- brado y las cortinas del mismo color impregnadas de un suave perfume de lirio. Aurora se dejó caer en el blando lecho. — ¿Puedo descansar sin temor de ser sorprendida? in- terrogó á Yolanda. — Sí respondió esta, aunque vendrán no lo dudo, á bus- caros aqui, pero estad segura de que no os encontrarán y diciendo esto salió cerrando cuidadosamente la puerta secreta. Jamás pudo saberse el secreto de aquella puerta por donde tantas personas entraron para refugiarse bajo aquel techo contra los castigos terribles impuestos á tantos infelices por aquel poder sin límites que hería á sus víctimas en el silencioso misterio, pero con segura y poderosa mano. CAPÍTULO XXIII i Adiós Venecia ! El día declinaba lentamente. El fuerte viento que rei- naba agitaba las aguas del canal y pardas nubes cubrian el cielo envolviendo los resplandores del moribundo sol que se escondía tristemente en el ocaso. Ante las gradas de mármol de una hermosa mansión situada en uno de los barrios apartados de Venecia, una góndola ocupada por su remero esperaba á alguna per- DE LA SOMBRA Á LA LUZ 165 sona que sin duda se hacía esperar demasiado á juzgar por las señales de impaciencia que daba el gondolero. Estas cesaron al ver aparecer en el dintel de la puer- ta á una dama ataviada con un oscuro traje de viage. Un criado traía unas maletas que colocó en la barca, luego que en ella hubo subido la viajera. No era posible saber quien era la dama, pues llevaba el rostro cubierto con una mascarilla de terciopelo negro. En cuanto la incógnita hubo tomado asiento, el impa- ciente gondolero empuñó los remos y empezó á remar con toda prisa. Los canales de la ciudad se veían surcados por infi- nidad de negras góndolas con sus faroles rojos. A cada encuentro con una de estas, podía notarse en los tripulantes de nuestra barca, marcadas señales de angustia y de terror, pero seguía la marcha sin que la viajera se incomodara por la torpeza del remero, el cual parecía muy poco experto en el oficio. Al llegar á la desembocadura del canal que conduce á X, dos góndolas se acercaron á la que iba la enmas- carada, interceptándole el paso. La dama se asomó á fuera y gritó con imperioso acento. ¡Eh! qué hacéis? Dejad el paso libre! De una de las góndolas salió un hombre y encarán- dose con la viajera, dijo: — No podemos dejaros el paso libre, señora mía, pues está prohibido salir de la ciudad sin una orden. — Vedla aqui, exclamó la interpelada, entregando un papel al gendarme. —Muy bien dijo este después que hubo leído. Vos y vuestro gondolero ¿pero donde está él? Entonces el aludido asomó su faz con más deseos (me atrevo á asegurarlo) de ocultarse en el más oscuro rincón de la barca. —Ahora podéis pasar, dijo el gendarme, pero no antes de haberme enseñado vuestro rostro, pues en la orden no dice que vendríais enmascarada. —Sois exigente por demás, exclamó la viajera, con mal humorado acento. 1 66 DE LA SOMBRA Á LA LUZ - Asi lo exige el cumplimiento de mi deber señora, y al decir esto acercó la roja luz del farol sobre el rostro de la dama que había levantado su antifaz dejando ver la hermosa faz de Yolanda. ¡Ah! exclamó el gendarme y acto continuo retiró la luz y mandó dejar el paso libre. El huraño gondolero tomó de nuevo los remos Vol- viendo á ponerse la barca en movimiento. Habiéndose alejado ya un gran trecho, cuando de pronto el fingido remero, soltó los remos y en un abrir y cerrar los ojos desaparecieron los grandes bigotes ne- gros, el sombrero de hombre de cabellera postiza y por último una fina mascarilla admirablemente adherida al demacrado rostro de Aurora Dándolo actual esposa del Dux de Venecia. . — Pero ¿qué habéis hecho? exclamó Yolanda asustada al ver la imprudencia que su protejida cometía despoján- dose tan pronto de su admirable disfraz. - Nada temáis hija mía, aquí no corre ya riesgo alguno. — Sin embargo hubiera sido prudente esperar un poco más. - ¡Oh! noble criatura, como podré pagaros lo que por mi habéis hecho? — No habléis más de ello señora dijo Yolanda, estoy bien recompensada con vuestro agradecimiento y con la sa- tisfacción que experimento por haber podido ayudaros cuando lo habéis necesitado y agregó, no diré que po- seo una gran fortuna, pero si lo necesario para pasar holgadamente el resto de mi vida, así pues puedo tener la satisfacción de hacer buenas obras y no negocios. Aurora volvió la cabeza para ocultar una cristalina lá- grima que rodó por sus mejillas ajadas por la fiebre. La noche se había serenado por completo; las nubes se desvanecieron á lo lejos, dejando lucir en el diáfano cielo la pálida luna cuya luz rielaba sobre las tranquilas aguas. Deslizábase la barca rápidamente impelida por los re- mos que Yolanda manejaba con admirable destreza. Aurora de pie junto á la borda de estribor, con la mirada perdida en la inmensidad del infinito, la boca do- DE LA SOMBRA A LA LUZ 167 iorosamente contraída y palpitante el pecho, daba el adiós postrero á la ciudad de Venecia donde en el pasado y en el presente solo le ofreciera tristes recuerdos y crue- les sinsabores. En el silencio y como una ave de negras alas avan- zaba la barca sobre las aguas, en cuyo límpido espejo retratábase la majestuosa figura de Aurora con las ma- nos cruzadas sobre el pecho y agobiada por el peso de 15 años de recuerdos siempre dolorosos y abrumadores. Cuando las últimas luces de la ciudad desaparecieron á la Vista de Aurora, cuando ya no pudo distinguir ni la silueta de la gran ciudad, dejó escapar un angustioso suspiro y entrándose en la barca dejóse caer sobre un asiento. Casi al amanecer llegaron á X. Después de dar un estrecho abrazo á su salvadora desembarcó la infeliz mujer mientras de sus ojos se desprendía un raudal de llanto. Iba á quedarse sola, sola quizá para toda su vida en aquella ciudad desconocida sin contar allí en adelante con una mano amiga que se la tendiera compasiva en medio de su triste desamparo. Un gondolero enviado allí para esperar á Yolanda, con- dújola nuevamente á Venecia, consiguiendo así no des- pertar sospechas á su regreso. CAPÍTULO XXIV El esposo abandonado Dejamos á Rafael y á Valentina camino de Florencia, habiendo decidido de común acuerdo y en obsequio de una persona que les fué siempre muy querida no poner en conocimiento del Dux el atropello de que fuera vic- tima Rafael. Cuando llegaron á Florencia, encamináronse presuro- samente á su morada, anciosos de estrechar entre sus brazos á los caros pedazos de su corazón. El recuerdo de cuanto acababan de sufrir, borróse por 1 68 DE LA SOMBRA A LA LUZ completo de su imaginación, dando ííigar á otros senti- mientos de felicidad y alegría al encontrarse frente á sus padres y besar los dorados cabellos y sonrosadas meji- llas de su hijita huérfana por tanto tiempo de sus pater- nales caricias. Encontráronla robusta y hermosa, como siempre llena de esa alegría de la niñez que nada es capaz de des- truir y de todos esos encantos que subyugan y atraen, haciéndonos amar á esos seres tan inocentes, puros y sencillos, almas inmaculadas que conservan aun palpitan- te sobre su frente el beso que Dios les imprimiera al hacerles sus hijos. La noche del día en que llegaron vieron en el Casti- llo gran cantidad de personas del ducado y en sus cer- canías los que iban á saludarle y felicitarles por su feliz regreso. Un cuadro encantador presentaba aquella noche el gran salón lleno de damas y caballeros reunidos todos funtos al hogar donde, mientras aquellos -sostenían ani- mada conversación, las damas según costumbre de aque- llos tiempos, ocupábanse en alguna labor. Unas tejiendo, otras hilando, cosiendo y bordando otras amenizaban la reunión. La calma y la alegría constantes moradores del Cas- tillo de los Manantiales, volvió á reinar allí con sus se- ñores. Valentina obtuvo de sus padres la promesa de pasar con. ellos el resto de la primavera y el verano, promesa que ellos hicieron gustosos, pues les hubiera sido muy penoso separarse entonces de su amada nietecita. Rafael tenía vehementes deseos de ver á su padre. En la última carta que de él había llegado al Castillo, de- cíale que estaba muy mejorado y que esperaba poder re- gresar en breve á Venecia, manifestándole también extra- ñeza de no recibir contestación á las numerosas cartas que le había escrito. En el primer momento pensó Rafael en escribir á su padre, pero como deseaba verle decidió luego reunirse con él y al tercer día de su llegada á Florencia partió nuevamente. DE, LA SOMBRA A LA LUZ 169 Nada sabía de Aurora, pero estando con su padre nada tenía que temer de ella. Sabemos que la noche que Aurora huía de palacio, Rafael se hacia conducir hasta D, donde poco después llegaba el Dux. Cuando éste le interrogó sobre el motivo de su silen- cio, inventó cualquier pretexto para no descubrir la ver- dadera causa. Llegaron ambos á Venecia la mañana en que Aurora descansaba en casa de la Sibila. Al penetrar en palacio, sorprendióles la alarma y la consternación pintada en el semblante de cuantos acu- dían á recibirles. Como es de suponer, nadie se atrevía á dar al Dux la infausta nueva. Su primera palabra fué para informarse del estado de su esposa y al apercibirse del efecto que producían sus palabras creyó que había llegado demasiado tarde y sin que nadie osara impedírselo precipitóse en las habita- ciones de Aurora. En la antecámara de la alcoba estaban algunas don- cellas, entre Tas cuales se hallaba Laura, en cuyo sem- blante se reflejaba la angustia de su corazón. El Dux penetró en la alcoba sin decir una palabra, mas al ver el lecho abandonado y todo en el mayor de- sorden, no pudo darse cuenta de lo que había pasado, y volviéndose colérico hacia las personas que allí es- taban : —¿Pero vais á decirme dónde está mi esposa ó queréis que me vuelva loco? gritó. Adelantóse entonces Laura con vacilantes pasos. —¡Oh! mi señor, dijo llorando la pobre muchacha: Yo Voy á deciros cuanto ha sucedido; y aquí contó al Dux lo ocurrido la noche anterior, sin omitir ningún detalle. El Dux quedó como atontado sin poder darse cuenta aún de la magnitud del golpe que le hirió. Rafael, ya enterado por los gentiles hombres de pala- cio de lo que ocurría, fué á reunirse con su padre sin poder en el primer momento acertar el motivo de aque- lla desaparición. I yo DE LA SOMBRA Á L,A LUZ El Dux dio orden inmediatamente de que se buscara en todas las dependencias de Palacio y en la ciudad, prohibiendo también la salida de ella sin una orden. En cuanto quedaron solos el Dux y su hijo, el desgra- ciado esposo echóse en los brazos de éste, dejando ver sólo ante él la inmensa amargura que de su corazón se desbordaba. — Dímf, hijo mío, ¿no es duro á mi edad recibir tan rudo golpe? Yo merezco esta afrenta, ¿es verdad, Ra- fael? —No, padre mío, pero pensad que en esta vida casi nunca se recibe lo que cada uno merece. — ¡Oh, qué maldad, qué maldad, Dios mío!... Y si al menos hubiera dejado una carta, solo un adiós para el que abandonaba... pero nada, ni tan solo eso. Este es el último golpe de su venganza; no estaba aún satisfecha con haber hecho de mí un viejo á los cuarenta y cinco afíos. . . Rafael había prometido no descubrir ante nadie y me- nos ante su padre el proceder de Aurora y sufría cruel- mente viendo á su acongojado padre devanándose los sesos por descubrir aquel misterio. Vanos fueron cuantos trabajos se hicieron para hallar á la fugitiva; pues á pesar de los fervientes deseos de encontrarla no quería aumentar el escándalo con pes- quisas que podían no dar resultado. La primera casa que se registró fué como es de ima- ginar la de la Sibila, y muchas veces pasaron tan cerca de la fugitiva que ésta se creyó ya descubierta; pero lo he dicho, jamás pudo saberse ni aún donde existía aque- lla habitación. Luego que el Dux se hubo convencido de lo infruc- tuoso de aquellas pesquisas que de la manera más se- creta había mandado practicar, hizo retirar las góndolas que cerraban la salida de la ciudad y se dijo: puesto que ella me ha abandonado es que no quiere vivir más ¿ mi lado y contra su voluntad jamás la retendría. Hizo como que olvidaba aquel desgraciado asunto mos- trando ante su corte una indiferencia y entereza que estaba muy lejos de sentir. DE LA SOMBRA Á LA LUZ 171 Rafael permaneció cerca de su padre durante algunos días para aliviar su dolor y darle consuelo que sólo de él admitía. Costábale mucho al poderoso Dux Enrique Dándolo resignarse, quizás por primera Vez de su vida, á que su poder fuera vencido y burlada su autoridad en su propio hogar. Aquel hombre fiero como el león ante el enemigo, poderoso entre los poderosos, pues era jefe de aquella nación que representaba entonces, uno de los poderes más grandes del mundo, acostumbrado á vencer siempre en la lucha y á que su poderoso brazo no se armara nunca sin que alcanzara una víctima, costábale, repito, verse reducido en aquella ocasión á la más completa im- potencia. Y cosa rara, desde entonces sus dolencias parecieron curadas por completo y al recordar á su esposa se des- pertaba en su corazón un sentimiento de odiosa repul- sión hacia la infeliz mujer. Reanudó el Dux sus tareas con la rectitud y el ahinco de siempre y nadie al oir su voz clara y vibrante ni al ver su atlético cuerpo siempre erguido y magestuoso, hubiera dicho que las horas de soledad de aquel hombre eran muy tristes y que en sus noches de insomnios ver- tía ardientes lágrimas. Rafael regresó por fin á Florencia después de obte- ner de su padre la promesa de hacerles una visita en su castillo. FIN DE LA PRIMERA PARTE. 172 DE LA SOMBRA A LA LUZ SEGUNDA PARTE CAPITULO I. Regeneración Nacía e! alba. Los sonrosados tintes de la aurora co- loreaban débilmente el límpido cielo envuelto aún en los pálidos celajes matinales. La ciudad de Florencia aparecía cubierta toda por una gruesa capa de nieve, la que durante el día y la noche anterior no había cesado un momento de caer en grue- sos copos que paulatinamente iban cubriéndolo todo bajo un manto glacial. Aquella nevada fué considerada como una cosa excep- cional no sólo por la enorme abundancia en que cayó la nieve, sino también por la época en que tuvo lugar: la primavera muy avanzada ya, por lo que fué considerada como un fenómeno atmosférico. A la salida del sol podía contemplarse un hermosísimo espectáculo; hacia el naciente las blanquecinas nubes que aparecían en el cielo eran heridas por los rayos del sol, produciendo magníficos arreboles. Pronto comenzó el deshielo y así los montes como las torres, los árboles y la ciudad entera, aparecían brillan- tes ostentando los vivos y variados colores del arco-iris. La ciudad despertaba con sus mil diferentes ruidos. Uno que otro transeúnte circulaba por las calles aún cubiertas de nieve. En una eminencia del terreno y á DE LA SOMBRA Á LA LUZ 1 73 corta distancia del bosque que cubría Jas riberas del Arno, alzábase la majestuosa mole de un convento que a!li existía desde tiempos inmemoriales. En la época de que voy á hablar, estaba habitado por una congregación de piadosas mujeres pertenecientes casi todas á familias pudientes que vivían consagradas á hacer el bien, soco- rriendo á los infelices desheredados del mundo. Aquella congregación era designada con el nombre de 'Hermanas de los Desamparados». - En aquella fría mañana las puertas del convento se abrieron al amanecer para dar paso á dos hermanas, con sus largos hábitos de color gris y sus mantos blancos, las que salían como de costumbre después de un tempo- ral, una nevada ó cualquier suceso análogo, á socorrer las víctimas que causan casi siempre. Caminaban, la una al lado de la otra, con la frente in- clinada y las manos ocultas bajo los mantos para que no se helaran, pues á pesar del radiante sol, el aire era tan frío que atería las carnes. Fijaban sus investigadoras miradas á uno y otro lado y andaban con acelerado paso, pues estaban seguras de encontrar alguna desgraciada víctima de tan fuerce ne- vada, pues son muchos los infelices que en esas ocasio- nes perecen, encontrándose en las campiñas ó lejos de sus hogares y faltarles el socorro de las buenas hermanas serían aquellos mucho más numerosos; principalmente mujeres y niños, los cuales muchas veces fueron encon- trados ya sin vida ó tan helados que era ya imposible volverlos á ella. En aquella ocasión, habían andado unos doscientos metros é iban ya á penetrar en el bosque, cuando vieron al pié de un gigantesco álamo desnudo de follage, un bulto informe casi cubierto por lá nieve. Con gran presteza acercáronse ambas hermanas y bajo el burdo manto que lo cubría, vieron un cuerpo hu- mano, en el cual no se advertía el menor movimiento de vida. Después de quitarle la nieve que se había acumulado sobre él, descubriéronle la cabeza, encontrándose con una mujer, la que se hallaba completamente examine! 174 I^E IvA SOMBRA A L,A L,VZ ¡Virgen mía! exclamó la más anciana de las hermanas; pobre criatura, ¡si está casi sin vida! y al decir esto, intentaba levantarla entre sus brazos. Vano empeño, era un cuerpo inerte y helado bajo la capa de nieve que lo había cubierto durante muchas horas. — Id hasta el convento hermana Inés, y trae una camilla, Haceros acompañar y no tardéis, pues esta desgraciada necesita inmediatos cuidados. Cuando vio alejarse á toda prisa á su compañera, in- clinóse ella sobre la moribunda y escuchó el mísero so- plo de vida que alentaba aquel cuerpo. Con grandes esfuerzos consiguió arrastrarla hasta un sitio desprovisto de árboles y donde caían los rayos del benéfico sol. Esperó allí un momento, pero ni el menor movimiento de vida se produjo. Púsole una mano sobre la frente y procuró hacerla beber algunas gotas de cordial que se lleva siempre para aquellos casos. En aquel momento llegaba la hermana Inés con otra de sus compañeras y entre ambas traían una camilla, sobre la cual colocaron á la enferma, luego de haberia despojado del mojado manto y de envolverla en una grue- sa frazada de lana. Poco después llegaban al convento, y una vez allí, pusiéronla en cama y sin pérdida de tiempo requirié- ronse los cuidados de un médico. Recién al despojarla de sus ropas, pudieron darse cuenta de que aquella mujer no pertenecía á la clase del pueblo; dábanlo á comprender así las ricas ropas inte- riores, hechas de fina holanda, los valiosos encajes que la guarnecían y el traje de terciopelo que llevaba bajo una basta túnica de oscuro paño. La Hermana Inés y la que la acompañaba, salieron á continuar su noble faena, quedando al cuidado de la enferma la más anciana lla- mada Margarita del Corazón de Jesús. Con mucho trabajo consiguió hacer beber á la pacien- te una taza de un aromático té de naranjas bien caliente, lo que unido al calor de la chimenea, donde ardía un .,^.iii DB LA SOMBRA A LA LUZ 1 75 buen fuego,' y á la sensación del bien estar que debió producirle el hallarse en el mullido lecho, hízola volver á la vida. Primero se extremeció todo su cuerpo, luego entre abrió los ojos dirigiendo azoradas miradas, después cerró de nuevo los párpados y quedó inmóvil. El pronóstico del médico fué menos grave de lo que al principio creyeron las buenas hermanas al ver á la enferma en tan decaído estado. Dentro de diez ó quince días dijo aquel, Dios me- diante, veréis fuera de peligro á Vuestra enferma. Las religiosas comprendieron que aquella mujer en- cerraba un misterio, pero se guardaron muy bien de ha- cerle pregunta alguna. Sabían que necesitaba de sus cuidados y esto era lo suficiente para que se les prodigaran tierna y expontá- neamente. Un día la hermana preguntó su nombre á la conva- leciente, más al momento arrepintióse de haberlo hecho, pues notó el embarazo y la turbación que se pintó en aquel demacrado semblante al hacer elTa tan inocente pregunta. Después de un corto instante de vacilación la incóg- nita incorporóse en el lecho y tomando entre las suyas una mano de su solícita enfermera, exclamó resuelta- mente. — Vos sois mi buena salvadora, una santa y noble cria- tura, y tenéis sobrados derechos para saber quien soy. — ¡Oh! nó! interrumpió la Hermana; créeme que no os he hecho esta pregunta por que lo haya pensado así, sino por saber como llamaos. -Si, sí, ya lo sé, pero yo que podría deciros el primer nombre que viniera á mis labios, voy á descubriros el mío verdadero para demostraros así mi agradecimiento y la confianza que en vos tengo; pero quiero decíroslo al oído para estar segura de que nadie pueda escuchar- lo, y así diciendo, acercó su rostro al de la Hermana y por largo rato estuvo hablándole en secreto. Luego cuando dejó caer los brazos que había echado al cuello de la piadosa mujer y esta se incorporó, vióse el sem- blante de la dama bañado en lágrimas. 176 DE LA SOMBRA Á LA LUZ —Vuelvo á suplicaros Hermana mía, que mi nombre no salga de vuestros labios, porque si llegara á saber donde estoy, sabria hacer pesar sobre mi sus derechos y con- ducirme á su presencia, yo lo os aseguro, jamás me per- donaría. — Confiad en mi, hija mía, vuestro nombre no saldrá nunca de mis labios para haceros un mal; y después de pronunciadas estas palabras, ambas quedaron silenciosas, entregadas á sus propios pensamientos. Pasados algunos instantes, la religiosa que había in- clinado sobre el pecho su seráfico semblante, dijo le- vantando la frente y fijando en la dama su dulce y pe- netrante mirada. —Por lo que me habéis dicho, hija mia, comprendo que Vuestra vida ha sido agitada y llena de contratiempos, y también veo con dolor de mi alma, que ninguna influen- cia ha tenido sobre vos nuestra Santa Religión, la que tantos y tan grandes consuelos nos proporciona á noso- tras pobres habitantes en este inmenso piélago de amar- guras llamado mundo. — ¡Oh! Hermana, aunque hoyóme avergüenza el decirlo, nunca en mis aflicciones y dolores busqué el consuelo que necesitaba, ni la fortaleza de que carecía y me hu- biera librado de cometer acciones de las que hoy tengo que arrepentirme. — Pues bien, dijo Sor Margarita, yo tengo un hermano sacerdote; que es un santo y piadoso anciano querida mía; instruido é indulgente; podéis confiar en él como en un padre. Os hablo así, no del hermano, sino del sacerdote, ver- dadero apóstol de esa religión, nunca bien amada y cruelmente ofendida hasta por los mismos que la amamos. Decid, pues, si deseáis que le llame, y si — Mi buena Hermana, exclamó la dama besando con ve- neración la mano de su salvadora. No solo deseo que le llaméis sino que lo espero con vivo afán. Al día siguiente muy de mañana presentóse en el convento el Padre Angelino, fué recibido por su her- mana, quien le habló por largo rato antes de llevarle junto al lecho de la enferma. DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 77 Cuando se envió á decir á esta que estaba el confe- sor, sentóse en el lecho y presa de una fuerte agitación permaneció así con el semblante cubierto por sus manos y el pecho palpitante por su anhelante respiración, pero aquella lucha duró bien poco, fué la última rebelión de sus pasiones, el posírer combate entre el pecado y la gracia. —Decid que le espero, exclamó al fin, dejándose caer sobre sus almohadas. Un instante después entraba el sacerdote. Este, un venerable anciano, alto y delgado, que con- servaba á pesar de sus setenta años, el cuerpo ergui- do y mostraba en su semblante pálido y adelgazado, una marcada expresión de bondad y de dulzura. Largos cabellos más blancos que las inmaculadas capas de nieve que viera caer durante los inviernos de su vida, coro- naban aquella cabeza, en torno de la cual parecía irra- diar un suave y místico resplandor. Era piadoso sin ostentación, caritativo, paciente, dotado de un ánimo se- reno y de una inteligencia poco común, conseguía atraer al .buen camino las almas extraviadas. Nadie pues más apropósito que él para volver al seno de su madre á aquella hija que la había abandonado. Viole esta acercarse con la tranquilidad del justo y ella sintió latir su corazón dentro del pecho, cual si ya no cupiera dentro de él. —Hija mía, murmuró el anciano, después de sentarse junto al lecho: que Dios ilumine tu espíritu y abra tu corazón á su santa gracia. —Así sea, padre mío, respondió ella uniendo sus manos sobre el pecho. — Confíame tus culpas criatura. —¡Oh! padre, balbució la pobre mujer cubriéndose el semblante con sus manos: soy la más grande pecadora. —La misericordia de Dios, es mas grande hija mía: confía en El. Eutonces empezó ella la confesión de sus culpas con grande y sincero dolor. ryS DK I,A SOMBRA A LA LUZ CAPÍTULO II Arrepentimiento Más de dos horas permaneció el anciano sacerdote hasta convertir por completo aquel corazón empedernido durante tanto tiempo por el mal. Cuando la penitente quedó sola con sus recuerdos de tantos años de dolores, por la primera vez de su vida lloró sin cólera, miró al cielo y no á la tierra, oró en vez de blasfemar ■ ■ y entonces como nunca torturó su corazón el recuerdo de su hija infeliz. ¡Ah! si á costa del más grande sacrificio pudiera ella resucitar á la muerta querida! ¡Cuan diferente seria ahora su vida! ¡Cómo se consagraría por eterno á la- brar la felicidad de la pobre niña y á hacerla olvidar, con su ternura todas las ofensas, las injurias y los pe- sares que le había hecho sufrir. Pero ya no había remedio, su arrepentimiento era tar- dío; así lo pensaba ella y el tormento de su corazón era muy grande. ¿Porqué Dios mío, por qué has tardado tanto en venir á mí? Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Yo blasfemo! ¿La Majestad ir en pos del esclavo? ¿El Rey de lo creado en busca de la más miserable de sus criaturas? ¡Ah! ¿por qué yo antes no sentía ni pensaba como hoy pienso y siento? ¿Por qué sólo hallaban cabida en mi pecho el odio y la indiferencia hasta por mi propia hija? Porque una madre sin religión, no es madre, porque una mujer que no la ama y olvida sus prácticas y sus mandamientos, no es mujer; ¡hija mía!... dijo una dulce voz, respondiendo á las desoladas preguntas de aquella infeliz. Volvió Aurora la cara, encontrándose frente á frente con su salvadora, la bondadosa hermana Margarita. DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 79 Dejamos á Aurora en la ciudad de X. Al día siguiente de su llegada y después de haberse separado de Yolanda, alejóse de la ciudad, buscando la soledad de la campiña y anduvo largas horas vagando triste y solitaria, sin rumbo y sin hallar ningún consuelo á sus múltiples y crueles sinsabores. Cuando la tarde caía volvió á la ciudad más abatida y cansada de su lucha por una vida tan mísera y estéril. Ya nada ni á nadie tenía en el mundo. ¿Qué iba á ser de ella? Hacía tiempo que sentía vehementes é irresistibles deseos de ir á Florencia, experimentando misteriosa é inexplicable atracción por aquella hermosa ciudad y no teniendo ningún obstáculo quiso realizar aquel anhelo. Deseando pasar lo más desapercibida posible, no se quitó el abrigo de su doncella, con el cual se cubriera al abandonar su hogar, ni el largo manto que la envolvía por completo dándole el aspecto de una humilde campe- sina, en quien nadie paraba la atención. Gracias á esto pudo IJegar hasta Fiesole sin el menor contratiempo. Después de permanecer todo el día y la noche en este pueblo, salió á la mañana siguiente muy temprano en dirección de Florencia. Pero aún debía experimentar una contrariedad más. Cuando después de haber hallado un bonito albergue, de sencilla apariencia, apartado y solitario, como ella lo dpseaba, iba á sacar su bolsa para satisfacer el importe de su locación, vio con angustia fácil de imaginarse, que aquélla había desaparecido de su sitio. ¡Dios mío! exclamó la infeliz, ¿qué he de hacer ahora? ¡Yo estoy maldita! gritó en un arranque de su indómito carácter. . . Luego, sacando fuerzas de flaqueza y sintiendo des- vanecerse la cólera que momentáneamente se había apo- derado de ella: no importa, se dijo, recurriré á la caridad; después de todo, quizá sea mejor para mí, pues nadie imaginará hallar á la marquesa Aurora, esposa del ilus- tre Dux de Venecia, pidiendo por amor de Dios un te- cho para cobijarse y un mendrugo de pan para sostener su vida. 1 8o DE LA SOMBRA A LA LUZ Mas ¡ay! no halla un alma bastante caritativa para dar cabida bajo su techo á una mujer enteramente descono- cida, que evitaba hablar y hasta mostrar su rostro. No tuvo, pues, otro recurso que proseguir su ruta, sin más compañía que sus dolorosas reflexiones, sin más apoyo que sus delicados pies, calzados con finísimos zapatos de raso y debilitados por la enfermedad. Cuando después de largas horas de marcha no pudo dar un paso más, cuando falta de aliento y exhausta de fuerzas se negaban sus pies á sostenerla, reconociendo su impotencia para vencer su quebranto, dejóse caer sobre la húmeda hierba, al pié de un gigantesco álamo. La noche se acercaba presurosa; una noche lóbrega y triste, como el incierto porvenir de aquella desamparada criatura. Comenzaba á nevar; Aurora recostada, ó mejor di- cho, acurrucada al pié de aquel árbol escueto, lloraba amargamente y aquellas ardientes lágrimas al caer de sus ojos se helaban en sus mejillas. Bien pronto gruesos copos de nieve se amontonaron sobre aquel pobre cuer- po extenuado por la fatiga y consumido por la fiebre. El instinto de vivir fué lo que le dio fuerzas para envol- verse en su grueso manto, preservándose así de una muerte segura. En este estado halláronla al día siguiente las buenas Hermanas de los Desamparados. -¥-¥ ■¥- Recostada lánguidamente en las blanquísimas almoha- das del lecho, Aurora contaba á su salvadora todos los acontecimientos de su vida. Cuando en el curso de su relato nombró al señor Dan- dolo y á su esposa Valentina, la hermana lanzó una ex- clamación de sorpresa. —¡Cómo! dijo, ¿los señores del castillo de los Manan- tiales son las personas de quienes me estáis hablando? —Sí, hermana mía, son las miamas; pero, ¿acaso las conocéis? — Y cómo no he de conocerles, si nada menos que dos veces por mes viene la bondadosa castellana á traernos DE LA SOMBRA A LA LUZ l8l ropa para nuestros pobrecitos huérfanos; ropa confec- cionada por ella misma, ayudada por las jóvenes del ca- serío vecino á su castillo; y agregó: es un ángel la bon- dadosa señora, un ángel de caridad y de amor al próji- mo. En cuanto á su esposo, querida mía, no se encuentra en toda la Toscana un señor más justo y magnánimo. —¡Dios mío, Dios mío! exclamó Aurora, ante esa mu- jer y ante ese hombre habré de arrodillarme en demanda de perdón. ¿Tendré valor, hermana mía, para pasar por esa humillación? —Sí, lo tendrás, si haces un firme propósito y piensas en las consoladoras promesas y en las dulces palabras que el Salvador dirigía á la muchedumbre: «Bienaventu- rados los mansos y humildes, porque ellos poseerán la tierra . Y si Dios nos pide mansedumbre y humildad ¿cómo no escuchar las palabras de tan alta Majestad? Aurora se resignaba oyendo las piadosas palabras de la hermana y de nuevo prometía el sacrificio de su or- gullo. Así pasaban los días tranquilos y apacibles en aquella mansión donde todo era paz y reposo. La en- ferma no abandonaba aún el lecho, hallábase demasiado débil y su convalecencia fué muy larga. Sentíase tan bien allí, en su clara y espaciosa habita- ción, rodeada de cuadros, libros y otros objetos santos, que tan dulcemente hablaban á su corazón, que no anhe- laba salir de ella. Recostada en el mullido lecho miraba por la ancha ventana abierta el agreste paisaje que se ofrecía á sus miradas. Las altas montañas comenzaban á revestirse de tierna vegetación, alternando el color verde obscuro de los pi- nos y de los abetos con el claro verdor de otros muchos más arbustos. Al lado opuesto, el frondoso bosque á las márgenes del río, cuyas aguas corrían con blando y melancólico rumor. En los días apacibles y durante las horas en que era el sol más fuerte, la hermana Margarita abría de par en par las ventanas, por donde penetraban á raudales los tibios rayos solares, manteniendo el ambiente de la ha- 1 82 DE LA SOMBRA A LA LUZ bitación en una tibieza dulce y saludable. Las golondri- nas juguetonas y vivaces entraban y salían rozando con sus alas los blancos cortinados del lecho, lanzando ale- gres y agudos chillidos y allá entre el ramaje de los árboles que circundaban el convento, oíase el suave y melodioso canto de la alondra y el tristísimo arrullo de las tórtolas. En aquel puro ambiente, Aurora se sentía renacer á una vida nueva, que á no estar amargada por un cruel torcedor, hubiera sido para ella llena de encantos y ale- grías, mas el acíbar que ella misma habia Vertido en su pasado, no le permitía un sólo momento de ventura. Muchas veces pensaba Aurora en su porvenir y expe- rimentaba tal angustia y desconsuelo, que rompía á llorar amargamente, comprendiendo que su arrepentimiento, aunque sincero, era tardío, pues no había llegado á tiempo para salvar la existencia de su hija, sin la cual compren- día que su vida sería en adelante una eterna noche de duelo. En una de aquellas ocasiones en que se entregaba á estos tristes pensamientos, entró en su habitación su buena salvadora. Hermana, exclamó la enferma, quiero pediros una gracia y es que no me dejéis tan á menudo sola, pues cuando así me hallo vienen á mi mente ideas tan desconsoladoras, que me llevan á la desesperación sin que mi voluntad sea suficiente para impedir que esto suceda. La religiosa tuvo piedad de aquella alma enferma que estaba condenada al más horrible de los tormentos, vivir sin afecciones, y vivamente interesada en hacerle menos triste su suerte, decidió ir al castillo de los Manantiales é interceder ante los esposos Dándolo por aquella des- dichada. Permaneció la hermana largo rato junto á la enferma, prodigándole esas frases de consuelo y de aliento que tan dulcemente resuenan en nuestros oídos cuando un. acerbo dolor oprime nuestro pecho. Un mes había transcurrido antes de que Aurora aban- donara el lecho. Cuando lo hizo fué en los últimos días del mes de Mayo. Los colores de sus buenos días volvieron nuevamente DE LA SOMBRA Á LA LUZ 183 á SUS mejillas, enflaquecidas aún por la pasada enfer- medad. Sentíase mejor, física y moralmente, hallándose muy á gusto con la vida de actividad y -orden que hacía en el convento, cuando pudo ayudar á las hermanas en sus cuotidianas tareas. En medio de la tranquilidad de que á pesar de todo disfrutaba, no dejaba de inquietarla la idea del sacrificio que el buen padre Angelino exigía de ella y aunque es- taba resuelta á cumplir la promesa que le hiciera, retar- daba siempre el terrible momento. Mas como en esta vida todo tiene su fin, también hubo de llegar para Aurora el día de la prueba. Era una mañana algo fría y desapacible, lo que impedía á Aurora salir fuera de su aposento. Con la frente apoyada en los cristales, miraba la cam- piña cubierta con su esmeraldino manto salpicado de cristalinas y brillantes gotas de rocío; cuando vio apa- recer á lo lejos el oscuro traje de una Hermana (de los desamparados. Mirábala Aurora alejarse rápidamente por el estrecho sendero que tenía á su vista. En aquel momento un pálido rayo de sol, que alum- braba á intervalos, vino á caer sobre la abnegada mujer que sin hacer caso del frío aire que azotaba su rostro, seguía impertérrita avanzando. Al volver un recodo del camino, reconoció Aurora á la hermana Margarita, marchando con su firme y acom- pasado paso, hasta que una ondulación del terreno la ocultó á sus miradas. ¿A dónde iría? pensó. ¿A dónde ha de ir, sino en auxilio de los desgraciados que han menester de su amparo? ¡Nobles y santas criaturas; heroínas sin laureles y sin gloria, cuanto os admiro! Al llegar aquí en su soliloquio, sintió resonar en el claustro las pesadas sandalias del padre Angelino, quien se acercaba lentamente, apoyado en su báculo. Recibióle llena de contento y con gran reverencia, y acercando á la chimenea un sillón, hízole sentar allí có- modamente, luego tomó ella asiento en un taburetillo, casi á los pies del venerable anciano. 184 DE LA SOMBKA A LA LUZ Padre, dijo Aurora, antes de que él hablara. Se que venís á recomendarme nuevamente, el cumplimiento de mi promesa y me avergüenzo por mi poco celo en com- placeros á vos padre mío, que tanto bien me habéis hecho. No es^ á mi hija mia á quien debes complacer, sino á Dios. Él es quien te ha hecho bien y no yo: cree á la voz de la experiencia; cuanto más tiempo dejes pasar, más duro te parecerá el hacer lo que tú llamas sacri- ficio. Yo conozco á esas personas á quienes tanto temes, y lo sé, estoy seguro de ello, no será á sus pies donde irás á caer sino en sus brazos, para recibir el ósculo santo de la paz. Desde que habitan el castillo, continuó el anciano, los he tratado con mucha frecuencia y he podido apreciar cuan grande es la bondad y la nobleza de esos dos seres. Nada temas, pues, hija mía. Vé, vé cuanto antes á cumplir con tu deber. Tú me has (Jicho que en adelante quieres ser una buena cristiana y esto no lo conseguirás, hasta que no extirpes por completo de tu corazón las mezquinas pasiones que lo han agitado, hasta que no arrojes de él, el odio, el rencor, y cuanto con el nombre de cristiana esté reñido. ¡Oh! padre mío, yo os juro que todo lo he olvidado, pero Nada, nada, no hay pero que valga; anda cuanto antes, si no quieres darme una idea muy mezquina de tu amor á Dios. Al terminar estas palabras, un refulgente rayo de sol vino á caer sobre la alba cabellera del sacerdote. Mira, dijo entonces éste poniéndose en pie: Dime si no parece que el Señor te invita á que pongas en prác- tica mi consejo. Hace un momento el cielo estaba ne- buloso y sombrío, y el frío se dejaba sentir, pues el sol pálido y sin fuerza se escondía á cada instante tras las pardas nubes. Contémplalo ahora, brillar con intenso fulgor en el cielo límpido y sereno, esparciendo calor, luz y con- tento. Y así era en realidad; parecía que la vara mágica de DE LA SOMBRA A LA LUZ 1 85 una hada benéfica hubiera alejado las brumas que cu- bría el claro y hermoso azul del cielo. Es verdad padre, exclamó Aurora contemplando el fir- mamento con sus hermosos y rasgados ojos en los cua- les se Veía una expresión de tristeza infinita. Hoy mismo pediré á vuestra hermana que me acompañe y cumpliré así lo que os tengo ofrecido. Después de medio día, regresó la hermana Margarita, montada en una lujosa litera del castillo, en la cual de- bía conducir á Aurora, á ruegos de Valentina que en- viaba un cariñoso recado á su madrastra. ? CAPITULO III Reconciliación En el hermoso castillo de "Los Manantiales" todo era movimiento y animación. Leonor y su hija, impartían órdenes á la servidumbre, Rafael y Rosaura, hallábanse en el jardín y allí el bondadoso y paciente padre, ayudaba á la niña á cortar flores que ésta colocaba con mucha gracia en una pri- morosa cestilla que la abuela había tejido, para la ado- rada nietecita. "" El señor Evoli, solo en la biblioteca permanecía ageno al movimiento general. Sin duda el huésped esperado, se retardaba demasia- do, á juzgar por las señales de impasiencia que se ad- vertían en la hermosa castellana, quien desde el patio de honor, fijaba investigadoras miradas en el camino que conducía á la ciudad. Serían más ó menos las tres de la tarde, cuando vio aparecer á los lejos la litera, en que pocas horas antes partiera la hermana Margarita. Pocos momentos después llegaba al castillo y descen- dían de ella, la religiosa y Aurora. Ambas caminaban con lento paso y al poner el pie en el primer tramo de la escalinata que conducía al patio de honor, las rodi- llas de Aurora se doblaron y cayó su cuerpo sobre ellas. 1 86 DE LA SOMBRA A I.A LUZ Sin vacilar un solo instante, Valentina corrió al en- cuentro de su madrastra y levantándola en sus brazos besóle con ternura maternal la pálida y contraída frente. La buena hermana conmovida hasta las lágrimas: os lo dijo, exclamó^ bien segura de que su porvenir queda en buenas manos. Aurora inclinó la frente, sin valor para levartar sus ojos hasta aquella faz noble y hermosa que ante sí tenía. Durante un corto intervalo, no se oyeron más que so- llozos, pero aquellas lágrimas en el silencio vertidas, fueron mil veces más elocuentes que el más brillante discurso. —Basta ya de sufrir, dijo Valentina, sobreponiéndose á su emoción. De hoy en adelante no pensaremos más en los pesares, sino en la felicidad que el porvenir nos ofrece. — ¡Oh Valentina! ¿Cómo podéis creer que para mi pue- da existir en este mundo la felicidad? si mi corazón, como madre y como esposa, se halla desgarrado por ponzoñosa é incurable herida? — Confiad en Dios, que para Él no hay herida incura- ble, respondióle Valentina, con dulce y persuacivo acento. Un prolongado gemido, fué la respuesta de la infeliz mujer. — Vamos, continuó Valentina, venid á estrechar en vues- tros brazos á aquel que de hoy en adelante será para vos un verdadero hijo. Comenzaron á ascender por la ancha escalinata y al llegar al último tramo, apareció en el patio la hermosa Rosaura con su cestito cargada de frescas y perfumadas flores. Con una sencillez y naturalidad increíbles, por sus cortos años, fué hacia Aurora y en esa media lengua encantadora, de los niños, ofreció á la abuela su canas- tilla, diciéndole después de darle un beso: mira abuela que frescas y hermosas son mis flores; son todas para tí; tómalas. Aurora sintió de nuevo agolparse las lágrimas á sus DE LA SOMBRA Á LA LUZ 1 87 ojos y balbuciando antrecortadas frases de ternura, cu- brió de besos los dorados y sedosos bucles de aquel ángel. En ese momento vieron á Rafael que se acercaba len- tamente con una dulce sonrisa sobre los labios. Aurora creyó morir de vergüenza al encontrarse ante su hijastro. ¡Dios mío! murmuró y se cubrió el semblante con las manos. Rafael se apoderó de una de aquellas y sin poder di- simular la violenta emoción que le dominaba, exclamó. Es este señora uno de los días más hermosos de mi vida, pues en él me es dado hallar á la esposa de mi padre regenerada por el arrepentimiento, pudiendoal fin ofre- ceros mi cariño y mi respeto. — ¿Y son estas las palabras que para mí tenéis? ¿Es así como os vengáis y castigáis las maldades que os he —Basta, basta, os lo suplico, de castigos y venganzas, quisiera que esas odiosas palabras no salieran ya de vuestros labios. Olvidemos señora el triste pasado y que Dios os com- pense en el porvenir por lo que habéis sufrido. —No, Rafael, yo no puedo ser feliz; caí en un abismo demasiado profundo, del cual he salido con vida, pero con el alma tan abatida y enferma, que para mi no pue- de existir en este mundo, ni calma ni reposo. Como Rafael y Valentina callaron contemplándola coa compasivos ojos, ella prosiguió: creedme hijos míos, mis culpas son demasiado grandes para que puedan serme tan pronto perdonadas. Es necesario que sufra aún, muchas congojas, que haga mucho bien por todo el mal que • ocasioné y que enjugue tantas lágrimas como hice verter en mi segue- dad y á causa de mis errores. Vosotros, dijo con la voz ahogada por el llanto, ha- béis sido siempre buenos y justos y tenéis el premio de vuestras buenas acciones; yó, por el contrario, recojo lo que he sembrado: mala y vengativa, no he gozado ni gozo de un instante de sociego; si miro al pasado, todo mi ser se estremece, pues solo veo en el, injusticias, desdichas y amarguras; si interrogo al porvenir, solo me 1 88 DE I.A SOMBRA A LA LUZ ofrece remordimientos, soledad y esta agonía lenta y terrible á la que no puedo sustraerme. Valentina lloraba, no hallando palabras para aliviar aquel dolor tan vehemente y Rafael, dejaba desahogar de intento aquel corazón henchido de amargura. — Vos exageráis, dijo por fin Valentina y lo que estáis haciendo es exacerbar vuestras heridas. Venid, vamos donde está mi madre, ella como todas nosotras deseamos haceros grata vuestra permanencia en esta casa y nos consideraremos muy dichosas al po- der teneros en el seno de nuestra familia. Y al decir esto, pasó su brazo por la cintura de Aurora y la con- dujo al salón, donde se hallaba la señora Evoli acompaña- da de su nietecita, quien preguntó con la curiosidad fácil de exit^r en los niños, por que lloraba tanto esa señora que decían ser su abuela. — ;Esa señora, hija mía, respondióle Leonor, es muy des- graciada, por lo cual tú debes quererla mucho y procurar distraerla y alegrarla, si es posible mientras ella per- manezca con nosotros. Abrióse en aquel momento la puerta del salón dando paso á Valentina y á Aurora. La entrevista de esta con la señora Evoli fué conmovedora. Por largo rato per- manecieron abrazadas; luego Leonor condujo á la pobre mujer junto á la chimenea y allí la hizo sentar. Valentina salió con su niña dejándola sola. Nadie como mi buena madre pensó, sabrá consolarla; con su dulzura y sus elocuentes palabras de aliento. Momentos después entró Rosaura en el salón trayen- do dos hermosas tórtolas paradas sobre sus hombros; ella las había "criado desde pequeñitas (bajo la vigilan- cia maternal) y las cuidaba con delicado esmero. — Mira abuelita, dijo dirigiéndose á Aurora; estas son mis queridas tórtolas; pero si á tí te gustan, de hoy en adelante serán de las dos, ¿queréis? —¡Oh! sí! encantadora criatura, exclamó la interpelada; y tomando á la niña en brazos, besó repetidas veces sus sonrosadas mejillas. Ahora prosiguió la niña, qui- siera mostrarte muchas cosas bonitas que papá y los abuelitos me han dado— primero, iremos al jardín que DE LA SOMBRA Á LA LUZ 1 89 mamá y yo cuidamos, luego al corral donde están los polluelos que pian y corren á rodearme en cuanto me ven, después te mostraré mi pequeño lago con sus pece- cillos de muchos colores, y mis botecillos de pesca. Todo, todo lo veremos y luego me dirás si algo es feo para decirle á papá que lo cambie. Cuando la hermosa niña hubo hecho admirar á su abue- la las maravillas que poseía en su castillo, comprendie- ron que la pequeña había tenido éxito. Aquella noche durante la comida todos estuvieron muy alegres, procurando con una arrimada conversación, bor- rar las sombras del contristado semblante de Aurora, más la -única que lo conseguía á ratos era Rosaura, que con infantiles gracias y su arrevesada charla lograba di- sipar de aquel bello y triste rostro la expresión de inextinguible anhelo, y la cruel ansiedad de aquellos ojos que parecían invocar la sombra de un ser llamado en vano, que permanecía sordo á su invocación. La velada fué corta, pues Aurora débil aún debía re- cogerse temprano, además las violentas conmociones su- fridas aquel día, habíanla postrado por completo. Valentina había destinado para su huésped, un pre- cioso departamento, compuesto de tres habitaciones; una salita de lectura, alcoba y un gabinete de tocador. En cuanto Aurora penetró en la alcoba, vio colgado á la cabecera de la cama un magnífico cuadro del Divino Redentor en la cruz y bajo de este un retrato de su hija pintado al óleo. Por largo rato permaneció la triste madre con los co- dos apoyados en el espaldar del lecho y la cabeza sobre las manos, fijas las miradas en aquel retrato, mudo tes- tigo de las amargas lágrimas que caían de sus ojos. ¡Pobre Enriqueta! cuan bella y parecida estaba. Tenía Aurora tan presente aquel lindo rostro, que fué muy poca su impresión al ver el retrato. Cada una y el con- junto de aquellas delicadas facciones estaba tan firme- mente impreso en su memoria como el lienzo donde la mano del pintor las había estampado. Después de un largo rato, llamaron suavemente á la puerta; era una doncella que venía á ponerse á las ór- denes de Aurora y á ayudarla á deshacer su tocado. 190 de; la sombra a la luz Después de rezar sus oraciones y acostarse, quedó sola y por la primera vez de su vida sintió entonces, una dulcísima sensación de paz divina. ¡¡Había cumplido su promesa!! ¡El paso tan temido por ella estaba dado! ¿ Y quién le hubiera dicho que aquella reconciliación traería á su alma, consuelo tan íntimo y tan puro? Experimentó una dulce quietud y poco á poco, sin esfuerzo de su parte, un sueño tranquilo y reparador se apoderó de ella, pareciéndole entonces que en torno suyo un coro de ángeles entonaba con voz suave y me- lodiosa cantos purísimos, acompañados por instrumentos divinos y vio entre aquellos ángeles, uno más her- moso, más tierno y sonriente, y con sus blancas alas ex- tendidas, descendía hasta su lecho y posando sus rojos labios sobre sus cansados párpados, cerrábale los ojos diciéndole con voz de caricia; duérmete madre mía, duérmete tranquila. CAPITULO IV . Había en el castillo de "Los Manantiales", una peque- ña* torrecilla de recreo. Era esta de forma circular y estaba rodeada de un ancho balcón de rejas, tapizado por completo de plantas trepadoras, jazmines, rosas cle- mátidas y enredaderas variadas. Había allí cuatro alegres y pequeñas habitaciones, donde Valentina acostumbraba á pasar la mayor parte del tiempo. Allí tenía su arpa, sus libros, labores, sus útiles de pintura, etc. Una noche, una de aquellas noches encantadoras y poéticas de la bella Italia, una mujer esbelta y de lán- guido andar, envuelta en albas vestiduras, paseábase por las floridas sendas del jardín que circundaba el castillo, andaba con lentos y acompasados pasos y los pálidos rayos de la luna cayendo sobre ella, permitían distinguir claramente sus bellas facciones y la abundosa madeja de sus negros cabellos que flotaban sueltos sobre su espalda. Era Aurora. DE LA SOMBRA A I,A LUZ I9I Encaminóse hacia la torrecilla y al pasar junto á ella una ventana se abrió quedamente, apareciendo una mujer, vestida también de blanco. Aurora, pasó sin apercibirse de aquella aparición y prosiguió su solitario paseo, internándose por una um- bría y estrecha callejuela de gigantescos pinos. La dama del balcón, permaneció recostada en la ba- randilla, siguiendo con la vista á aquella silencicrsa mu- jer y aún después que hubo desaparecido entre los ár- boles, permanecía inmóvil en el mismo sitio, cual si viera flotar la sombra de aquella entre los grupos de perfumados alelíes y jazmines por donde acababa de pasar. Al siguiente día, serían las dos de la tarde, cuando Valentina y su hija paseaban por el parque. Aurora había salido momentos antes, y las dos primeras iban á reunírsele, junto á un cristalino arroyuelo á cuyas mar-" genes había un bosquecillo de corpulentos sauces: aquel era el sitio predilecto de la infeliz Aurora. Allí estaba sentada en un rústico banco y sosteniendo entre sus manos un gran libro; pero sus miradas no es- taban fijas en él, sino que avanzaban por el espacio in- terrogando siempre el más allá. Valentina tomó asiento junto á su madrastra, mientras la pequeña en la envidiable inocencia y veleidad de la niñez, corría por el verde césped seguida de su hermoso perro, su fiel amigo y valeroso guardián. —Qué hermoso día Valentina, murmuró Aurora, y que ¡>ien se está en esta bendita morada donde todo es fe- licidad y sociego. Luego tras una breve pausa, pro- siguió. ¡Cuan dichosa sería yó, querida mía en el i:iás apar- tado rincón de la tierra, si pudiera ver junto á mí, como la veis vos, satisfecha y feliz, á aquel ángel querido que por mi causa he perdido. ¡Oh! Valentina, no ceso de pensar un solo instante que el sincero arrepentimiento mío, no es más que el castigo que Dios ha querido im- ponernos. —No desesperéis, mi querida Aurora, quizá no esté le- jano el fausto día en que el Señor colme para siempre 192 DK LA SOMBRA A LA LUZ vuestros sufrimientos, trocando los días de duelo en días de inefable felicidad. ¿Vos no tenéis esa esperanza? — A no realizarse un milagro, no puedo ya esperar feli- cidad en este mundo — ¿Y por qué no podria realizarse ese milagro? ¿No ha hecho Dios tantos y tan portentosos que os permitan también á vos esperar? — ¡Valentina, hija mía, no prosigas habiéndome así, os lo suplico, no sabes el mal tan grande que me hacen vues- tras palabras, pues consibo al escucharlas ilusiones tan locas, que créeme el desengaño me mataría! — Todo lo que yo os digo, Aurora, es que esperéis en la infinita misericordia de Dios. ¿No recordáis acaso, lo que á su paso por este mundo hizo Jesús. No estaba muerta en su lecho de rosas la hija de Jairo, cuando por la omnipotente voluntad de Dios dejó aquel lecho? ¿No estaba Lázaro en su frío sepulcro, cuando Jesús hizo abrir este y lo volvió á la vida? Y quién pone límites al poder de Dios, no le concibe en toda su grandeza! Aurora, no respondía, con el semblante oculto entre las manos sollozaba. Valentina estaba en pie ante ella, pálida y transfigurada por su fé infinita: aquella fé que anhelaba comunicar á su infeliz madrastra. Cuando Aurora logró dominar su emoción, levantó la vista, hasta su interlocutora y fijando en ella una mirada de suprema angustia ¿Vas á creerlo Valentina? le dijo, cuando busco á mi hija allá en los cielos trans- formada en incorpóreo espíritu, la busco en vano, pues nada veo; y entonces mis ojos vuelven á la tierra, J' aquí Valentina, aquí la hallan, llena de vida, pero pro- fundamente triste. ¿Por qué, porqué es esto, interrogaba ansiosa, fijando sus extraviadas miradas en Valentina, quien no se atrevía á pronunciar palabra, pues veía que la razón estaba próxima á abandonar aquel cerebro. — Calmaos, calmaos señora, os lo suplico, pudo esclamar al fin, sin poder disimular la fuerte emoción que des- figuraba su rostro. Voy en busca de mi hija y vuelvo al instante agregó, y echó á correr. J ^ « ^' - E LA SOMBRA A LA LUZ 193 Cuando Aurora quedó sola, dejó el asiento que ocupaba y comenzó á pasearse, acercándose al castillo, más, recordando que Valentina iba á volver, sentóse á espe- rarla en un banco desde el cual, destinguía claramente la hermosa mansión con todas sus dependencias. Desde allí vio á Valentina, acercarse á la torrecilla de recreo y desaparecer por la escalera interior que conducía á las habitaciones. Momentos después la puerta se abrió violentamente y aparecieron en ella dos personas; la una alta esbelta, tenía la cabeza coronada de dorados cabellos que brillaban á los rayos del sol; la otra, pequeña y graciosa, caminaba con vicilantes pasos, apoyándose en el brazo de su compañera; llevaba la cabeza inclinada y suelta por la espalda la negrísima y risada cabellera, que sombreaba un semblante de diosa, algo pálido y enfla- quecido, más aun así; ¡Cuan bello era! Desde el rústico banco que Aurora ocupaba, distinguía, cuanto en la torrecilla pasaba. Al abrirse la puerta por donde las jóvenes salieron, las miradas de Aurora se fijaban en ella y al ver aparecer aquella cabecita coronada de negros rizos, un grito inhumano y gutural salió de su pecho. Quiso correr hacia ellas, pero no pudo y cayó nuevamente sobre su asiento. Con los ojos desmesurada- mente abiertos, la frente inundada de helado sudor y ívido el rostro, permanecía allí, inmóvil, cual si un poder uperior á sus fuerzas la retuvieran en aquel sitio. Serían las cinco de la tarde. El sol corría hacia el ocaso, inundando la tierra con su difusa luz; filtrábanse sus mortecinos rayos por entre el naciente follage de ios árboles y al acercarse esa hora tan triste del crepúsculo, la naturaleza toda, res- piraba una calma solemne. Por el espacioso sendero que tenía Aurora á su vista, acercábanse las dos jóvenes, aumentando cada vez más la celeridad de sus pasos; ya solo un corto trecho separaba á las unas de la otra, cuando la joven de los cabellos negros, se desprendió violentamente de las manos que la retenían y velozmente salvó aquella distancia, pre- cipitándose hacia Aurora y tomándola en sus brazos, en momentos en que esta se desplomaba al suelo, sin sentido, 194 DE LA. SOMBRA Á LA LUZ al intentar nuevamente, correr al encuentro de su hija, pues como mis lectores habrán comprendido, no era otra que ella, la que tenía entre sus brazos á su adorada madre, redimida por sus sufrimientos y ios ruegos de una hija que no quiso un solo instante de felicidad, mientras aquella que le diera el ser, gemía en el duro cautiverio de sus faltas. Así como hay paisajes, que aunque sean copiados por el pincel del mejor artista, jamás se pintan con la per- fección y la belleza que Natura les dio; así como hay sentimientos tan grandes y sublimes que es imposible describir con la realidad debida, así también, la escena que tuvo lugar entre aquellos dos pobres seres, por tanto tiempo separados, me es imposible describirla, sin que esta descripción parezca sin colorido ni expresión. Todos los amantes transportes de una hija cariñosa separada por tan largo tiempo de aquella á quien tanto amaba, todas las caricias y palabras del dulce lenguaje de la ternura y del amor, prodigó entonces á su pobre madre aquella noble y abnegada criatura. Fácil es de imaginar lo que pasaría en el corazón de aquella mujer que encontraba con vida á la hija llorada muerta durante tres largos años! Después de volver en si, gracias á los cuidados que Enriqueta le prodigó, Aurora estrechó repetidas veces contra su pecho aquel tesoro que volvía á recobrar. El llanto, la risa la ansiedad y la alegría, se mezclaban en tumultuosas confusiones, en aquel ser tan combatido por la desdicha y el dolor. Cuando la fuerte emoción que embargaba su voz, la permitió hablar, exclamaba lleno de alborozo: ¿pero es cierto Dios mío, es cierto, que yo estrecho entre mis brazos á mi hija adorada? ¿eres tú mi Enriqueta? eres tú? ¡Ah señor; haced que esto no sea una ilusión, un sueño delicioso, pues sí esta no es la realidad, me moriría de dolor al llegar ella! — Cálmate madre mía, cálmate y escucha; Pero j I DE LA SOMBRA A I.A L,VZ 1 95 Aurora no la dejaba concluir, otras exclamaciones, salían de sus labios: — Sí, decía, es su voz, su voz tan querida, la que escucho, son sus amantes brazos los que me enlazan tan tiernamente! —Oye, madre mía, murmuró Enriqueta tomando entre sus manos temblorosas la cara de Aurora y besándola, primero en los labios, luego en la frente, yo te debo la dijo, una explicación y si quieres escucharme voy á dártela. ¡Oh! sí, todo lo que tú quieras haré, hijita querida de hoy en adelante, tu voluntad será la mía. — No madre, eso jamás, dijo la joven posando su linda cabecita sobre el seno maternal. CAPITULO V El Relato Dejamos á Enriqueta tres años atrás, en el momento en que sale de su alcoba y después de echar la llave penetra en la inmediata habitación; momento desde el cual desaparece para el lector. Las paredes del saloncito donde penetrara Enriqueta, hallábanse cubiertas por un rico tapiz de color de rosa con grandes flores de color Verde claro y el centro dorado. Una noche de las muchas de completa soledad de la pobre Enriqueta, paseábase pensativa y triste, por el pequeño saloncito; de pronto, un prolongado suspiro salió de sus labios y como si quisiera alejar de su mente algún sombrío pensamiento, sacudió su hermosa cabeza, fijando sus miradas en el tapiz y completamente distraída contaba maquinalmente las flores que lo adornaban y al hacerlo así oprimiólas con sus dedos. Al legar al medio de la pared y oprimir la flor que se lailaba en aquel sitio, sonó un ruido metálico al mismo tiempo se abría una puertecilla, tan estrecha, que apenas cabía por ella una persona. Al abrirse esta, dejó ^er una empinada escalera que se perdía en la oscuridad. Í*asado el primer momento de estupor, que esto causó í la joven, quiso saber á donde conducía aquella. 196 DE LA SOMBRA A LA LUZ Tomó una luz y comenzó á bajar por la estrecha escalerilla. Tendría esta unos veinte metros y llegaba hasta el canal cuyas aguas bañaban los muros del palacio. Al llegar al último descanso hallábase la pared exterior y en ella se veía una puertecita cuadrada y en su cerradura una diminuta Uavecita de oro. No se atrevió Enriqueta á abrir aquella puerta, por temor de ser vista, y com- prendiendo que era una salida secreta, ignorada quizá de todos los habitantes de la ducal mansión, pues á no ser así, aquella llave no hubiera estado allí; tornó á subir, resuelta á no dar á conocer á nadie su secreto por temor de ser mal recibida. Una vez arriba, Enriqueta cerró la puerta y volvió á abrirla repetidas veces, para estar segura de poder hacerlo, si algún día fuera necesario. Luego fijóse detenidamente en aquella flor tan admirablemente igual á las otras que nadie • hubiera podido hallar en ella la menor señal de resorte. Ni remotamente llegó á ima- ginar aquella, noche que su descubrimiento sería más tarde, la puerta de su salvación. Cuando algunos meses después viéndose acusada por su injusta madre, iba á ser encerrada en un convento y separada quizá para siempre de lo que más amaba en el mundo, vino á su mente una idea salvadora, sugerida por la Divina Providencia, que por ella velaba, sacán- dola de la terrible situación en que se encontraba, y se dijo: puesto que mi madre me persigue y me hiere de todos modos; puesto que quiere alejarme de su lado y encerrarme tal vez para el resto de mis días entre los muros de un claustro, yo me revelo. No puedo luchar con ella abiertamente (mi deber y mi decoro me lo im- piden) pero ya que he encontrado el medio de salvarme, no lo despreciaré. Es lo único que encuentro en medio de mi aflicción y por eso no vacilo en recurrir al engaño. Si ella quería que fuera monja, ¿por qué no me en- claustró cuando no hubiera sentido tanto dejar el mundo? ¿Cómo puedo, buen Dios, ofreceros un corazón que no es todo vuestro? Porque vos lo sabéis, Señor, yo no po- DE LA SOMBRA A LA LUZ Ij97 dría desligar mi alma de este dulce afecto que me liga á la tierra; el único que responde á mi ternura y me hace ver la vida por un prisma menos sombrío de lo que antes la veía. ¡Ah! si yo no te amara, como te amo, Edmundo, iría gustosa donde mi madre quiere conducirme y consagra- da á Dios rogaría día y noche por mi desventurada ma- dre, para que al menos no la dejara partir de este mundo manchada con sus pecados y cargada con sus culpas. Mas ¡ay! esto ahora es imposible. Iluminadme, Señor, para que no haga nada contrario al cumplimiento de mi deber. Después de desechar los escrúpulos que le impedían obrar según el proyecto de antemano concebido, escribió la carta que vimos en manos de Aurora y al sonar las doce y media, abrió la puerta secreta é iba á desapare- cer por ella, cuando tuvo una inspiración. Volvióse qui- tándose la gola que llevaba al cuello, arrojándola á las obscuras y encrespadas aguas del canal. Esto, se dijo, ias hará creer más firmemente que he cumplido mi pa- labra. [Ay de mí! á que medios tan mezquinos tengo que re- currir para salvarme— y al acabar estas palabras desa- pareció en su escondrijo. La empresa que iba á acometer era harto peligrosa y tenía tan pocas probabilidades de éxito, que á haber tenido de quien recibir un consejo, habría rechazado aquel arriesgado plan; pero estaba ella tan sola... su situación era tan apremiante y se hallaba tan cansada de aquella lucha incesante en el seno de su hogar, que ni un sólo instante pensó en renunciar á poner en práctica el proyecto concebido. Y era el siguiente: Muchas veces, durante su estadía en Palacio, había visto desde la ventana de su habitación, pasar en la gón- dola de servicio del palacio Evoli al fiel y antiguo criado Tinoleto. Tenía éste su madre, una viejecita achacosa á quien el buen hijo no dejaba de ver ni un sólo día. 198 DE LA SOMBRA Á LA LUZ • Valentina aprovechaba estos viajes del criado para mandar saludar á su amiga y recibir de ella cualquier recado. Una mañana, haría de esto cinco ó seis días, estaba Enriqueta asomada al balcón cuando vio venir á Tinoleto á toda prisa. Detuvo un poco la góndola y después de saludarla pi- dióle disculpa por no detenerse como de costumbre, pues iba á casa de su viejecita la que estaba tan gravemente enferma, que le llamaban con toda urgencia. Desde aquel día no le había vuelto á ver; y Enriqueta pensaba: si no ha regresado es porque la gravedad de su madre continúa, pues si hubiera fallecido ó se hallara mejor, su hijo habría vuelto á casa de sus amos. El criado sólo acostumbraba á pasar muy de mañana ó después de las diez de la noche. En el invierno á esa hora ya los canales estaban casi desiertos y entonces, aprovechando esas circunstancias, podría la joven llamar la atención del criado y una vez conseguido esto arro- jarle una esquela que llevaba ya escrita y atada con un peso á un largo cordón que había quitado á uno de sus trajes. En la esquela, que podía entregarla á la familia Evoli, á Rafael ó á Edmundo, hacíales saber la resolución to- mada por ella y les pedía que si alguno de ellos se do- lía de sus tormentos, acudiera á salvarla, sacándola de su encierro tomando antes las mayores precauciones. He ahí, pues, en lo que se fundaba la única esperanza de la desvalida criatura. Si Dios no realiza la única probabilidad de salvarme... moriré de hambre y de sed en este obscuro encierro ig- norado de todos: y si mi faz no debe aparecer ya más en el mundo de los vivos, pido á Dios que este horrible martirio mío sea en beneficio de mi madre, y en estos momentos que de un desconsuelo infinito mi corazón está lleno, hago la misma invocación de todos los días de mi vida, "Tened piedad Señor de ella y de mí", y arrodillán- dose levantó al cielo sus manitas unidas, exclamando:— ¡Oh dulcísimo Salvador mío! permitid que mi humilde sú- ¿i'ya».'»-.^-^-: DE LA SOMBRA A LA LUZ I99 plica llegue hasta vuestro augusto trono!... y prorrum- piendo en ahogados sollozos, sentóse en el primer pel- daño junto á la puerta, donde pasó el resto de aquella noche memorable. Vanos eran los esfuerzos que ella hacía para dormir; el sueño huía de sus ojos, manteniéndola durante aque- llas mortales horas en un sobresalto fácil de imaginar. Su mayor temor era que descubrieran su escondite, pues temía y no sin motivos el castigo que se le impondría. Cuando la doncella que enviara Aurora á despertarla, pasó por el saloncito, ella la sintió y se echó á temblar. Momentos después oyó los presurosos pasos de Aurora que venía en su busca y cuando escuchó el grito de es- panto que ésta lanzó al asomarse al balcón, tuvo que hacer un violento esfuerzo de voluntad para no salir y echarse á los pies de su madre pidiéndole perdón por el disgusto que le ocasionaba, y durante todo el día reso- naba en sus oídos aquel lúgubre grito de terror sin lí- mites. En las primeras horas ni siquiera pensó en tomar ali- mento, pero al llegar la noche una sed devoradora vino á aumentar el número de sus tormentos y. . . la anhelada barca no aparecía sobre las obscuras aguas. . . Pasaron las horas y con su primer sonrisa vio la aurora aquel pálido y extenuado semblante que se ocultaba más y más á medida que su rosada luz se enseñoreaba del es- pacio y. . . la anhelada barca no aparecía sobre la super- ficie de las dormidas aguas. Así pasaron tres días con sus noches, con el mismo resultado negativo para la angustiada joven, ya seriiien- loquecida por el hambre y la sed, desesperada de la idea de morir allí donde ningún socorro humano podía llegarle. A la tercera noche, no pudiendo ya sufrir aquel doble martirio, sintiendo arder su frente y turbarse por mo- mentos su razón, se dijo: ¡Oh Dios mío! es imposible que me deje' morir sin intentar, no digo salvarme, pero siquiera prolongar mi vida, y esto diciendo abrió la puer- tecilla que daoa al canal, tomó su pañuelo por una ex- tremidad y sumergiéndolo en el agua colocóselo sobre 200 DE LA SOMBRA A LA LUZ SU frente y sus sienes abrazadas. Repitiendo muchas ve- ces esta operación logró aplacar el fuego que la devo- raba. Como el canal se hallara desierto, dejó la puerta en- treabierta para renovar así el aire. Hacía una noche- fría, pero clara y apacible; la luna iluminaba con argén tada luz las dormidas aguas del canal, que aparecían como vasto y luminoso espejo, donde se reflejaban los objetos que en sus márgenes se hallaban. La ciudad toda dormía en una calma absoluta. Sólo se veían cruzar de cuando en cuando algunas gaviotas que desaparecían silenciosas y fugaces con sus blancas alas tendidas. Animada Enriqueta ante aquella soledad, permaneció largo rato junto á la puertecilla, contemplando melancó- licamente aquel hermoso cielo con sus múltiples y bri- llantes luminares. Cuando más abstraída se hallaba, percibió á lo lejos el suave ruido de unos remos, al sumergirse en el agua. Los latidos de su corazón eran tan fuertes, que ella creyó iba á ahogarla. En aquel momento dieron las doce y media. Apresuradamente y sin producir el menor ruido, en- tornó la puerta dejando una pequeña rendija. Un instante después una barca pasó casi rozando el muro del palacio y gracias á esto pudo Enriqueta ver al que iba en ella; pero sea que la rendija fuera muy es- trecha, ó que aquél iba casi de espaldas á ella, lo cierto es que no le reconoció. No es él, dijo, fija siempre su mente en la misma ides: y al decir estas palabras una ola de amargo desconsuelo inundó todo su ser. Su última esperanza acababa de morir, pues cada instante que pasaba sentía disminuir sus fuerzas y pre- sentía que una vez que el sueño que luchaba por cerrar sus párpados se apoderase de ella ... ya no despertaría más en este mundo... el hambre, el frío y la sed habrían consumado su obra. Causóle gran sorpresa Ver que la góndola se detenía á unos quince ó veinte pasos de ella, justamente bajo la ""■'-■r*-*^ 3*v-v:^- .'^>f.r:^T?--^r--*'^;.- ^y^' DE LA SOMBRA A LA LUZ 20I ventana por la cual se creía que la joven se había arro- jado. Cuando el nocturno paseante se volvió hacia el muro y levantó la mirada hasta aquella ventana, lanzando un doloroso suspiro, una queja más bien, entonces ella le reconoció, era su amado Edmundo!... y sin darse cuenta de lo que hacía, dejó escapar un imprudente grito : ¡ü Edmundo !1! dijo, y cien ecos distintos repitieron^quel nombre. ,,/ Fácil es imaginar el efecto que aquel grito produciría en el ánimo del marino; á punto estuvo de caer de la barca, sintiendo algo como un violento golpe en el pe- cho; mas, repuesto al instante de su violenta emoción, tomó el remo y bogó hacia el sitio de donde le parecía que había salido el grito y mientras examinaba el muro, se decía: ¿Habré padecido una alucinación? Nó, yo estoy bien seguro de haber oído realmente un grito de mujer que me ha llamado, pronunciando mi nombre, y si es así ¿gran Dios, qué misterio es este? Aquí mismo, proseguía, aquí mismo he visto moverse un pedazo del muro y al decir esto dio un nuevo golpe con el remo. Entonces la puer- ta secreta se abrió, dejando ver á la joven arrodillada y cubierta el semblante con sus manos. En el primer mo- mento un supersticioso movimiento de terror de apoderó del conde, pero dominado aquel sentimiento del cual se avergonzó, acercó cuanto le fué posible la barca y á rrfedia voz exclamó: Si pertenecéis á los seres de este mundo, responded, ¿quién sois? Esperó en vano res- puesta, pues Enriqueta, no tuvo fuerzas para pronunciar palabra. Entonces Edmundo tomó entre las suyas aquellas ma- nos enflaquecidas y ardientes, y descubrió aquel sem- blante, para convencerse de que no estaba padeciendo una dolorosa alucinación. Pero no bien aquel hermoso rostro quedó al descubierto, cuando Edmundo lanzando una exclamación de sorpresa y de inmensa dicha, atrajo hacia sí la cabeza de su amada y con los transportes del más vehemente y apasionado amor, besó aquellos divinos ojos húmedos por las lágrimas. r ~ I', ,^.--.-¡5^Vvljpf- 202 DEí LA SOMBRA Á LA LUZ — Ella, ella, decía riendo loco de alegría, ¿pero cómo estás tú aquí ángel mío? ¿es esta una salida secreta? —Edmundo, ¡Edmundo! exclamó la joven poniendo sus manos juntas sobre el pecho de su amado, salvadme por piedad! Vida mía, ¿cómo puedes suplicarme así, que haga lo que es mi más ferviente anhelo? ¡Oh! si no llegáis tan pronto hubiera perecido mise- rablemente en este encierro víctima del hambre y de !a sed!!! — ¡Santo Cielo! Tú inocente y débil criatura, padecien- do esos terribles tormentos capaces de enloquecer al más valiente? ¿Pero cómo diste semejante paso sin tomar ames precauciones y qué causa tan poderosa pue- de haberte obligado á tan extrema resolución? — No lo hice solo por mí, dijo ella, mirándole con amo- rosos ojos, sino porque querían separarme para siempre de lo que amo tanto en este mundo; de tí amor mío; dijo echando los brazos al cuello de su amante; querían hacerme monja; Edmundo, gimió ella y esto era insopor- table para mí. —¡Oh! murmuró el conde, apretando contra su pecho á su amada cual si temiera que aún pudieran arrebatarle su preciado tesoro. Recién entonces, al contemplar más detenidamente el desfigurado rostro de Enriqueta, comprendió Edmundo que los tormentos del hambre estaban haciendo desfa- llecer á la joven y avergonzándose de su egoísmo por haber permanecido allí tan largo rato sin procurar ali- mentos á su amada, dijo: Enriqueta, tú estas desfalle- ciendo de necesidad, espérame un instante mi bien, no tardaré en volver; cierra la puerta y no abras por Dios hasta que yo esté á tu lado. Una hora después saciaba Enriqueta su apetito y su sed con delicados manjares y exquisitos vinos. Luego contó á Edmundo, todos los acontecimientos que tuvieron lugar desde el momento en que se separa- ron en su saloncito de música. Mira, bien mío, dijo él, cuando ella cesó de hablar, esa mujer puede considerarse dichosa de ser tu madre, pues á no ser asi, te juro que no quedaría impune su maldad sin nombre. ■ :^ í -«•'trzui:^-: DE L,A SOMBRA A LA LUZ 203 Ahora nada temas continuó, Dios está de nuestra par- te y nos ayudará hasta el fin. Oye lo que he pensado. Mañana á la noche, ó mejor dicho, luego á la noche, pues ya es más de la una, vendré á buscarte en una góndola completamente cerrada, á una hora en que es- tén los canales desiertos y te conduciré á casa de mi buena madre, que te recibirá, te lo aseguro con los brazos abiertos. —¡Que contenta estoy Edmundo, exclamó ella sonriendo dulcemente á su amado. ¡No sabes lo que es estar ya resignada á dormir el sueno eterno, sola é ignorada de todos, dejando en el mundo un ser á quien se ama tanto, como yo te amo á tí, y creedme que si no fuera por temor de que seamos descubiertos no te dejaría sepa- rarte de mi ladoy no te diría lo que voy á decirte. Vete, vete bien mío, no seamos imprudentes. El sonrió apasionadamente á su amada y con un tier- no y prolongado beso; separáronse hasta el siguiente día. CAPITULO VI I S a I va d a I Sería la una de la mañana cuando el conde de Mira- mar llegaba ante la secreta puerta, la cual se abrió, en cuanto el joven dio dos suaves golpes con el cabo del remo. La noche estaba nublada; reinaba un fuerte viento y á cortos intervalos dejábase oir el retumbar del trueno. Enriqueta salió de aquel encierro y ayudada por el conde, embarcóse en la góndola Cerraron aquélla puerta tras de la cual ella se había salvado y después de quitar la llavecita, alejáronse presurosos de aquel sitio. — Que horrible noche, exclamó Enriqueta atemorizada por el mal tiempo. — Al contrario, bien mió, no puede ser mejor para favo- recer nuestros proyectos. En aquel momento un espantoso relámpago iluminó el espacio con su cárdina y montecina luz y un estruendo- so trueno retumbó por los ámbitos de la dormida ciudad. — ¡Santo Dios! exclamó Enriqueta y fué á guarecerse 204 DE LA vSOMBRA Á LA LUZ cerca de su amado, quien dirigía la embarcación con sumo cuidado, evitando los pasos peligrosos y procuran- do no perder el rumbo. — ¿Tienes miedo? preguntóla él dulcemente, sintiéndola temblar. — Estando junto á tí, no, respondió ella; lo que me hace temblar es la idea de que pueden sorprendernos y en- tonces tü sufrirlas por mi causa. — Si ese fuera el único riesgo, ¿no sabes niña mía que diera gustoso mi vida, por tí? — ¡Ah! pero eso yo no quiero que suceda! — No Enriqueta, no temas nada, pues para evitar ese peligro he apagado las luces. Nadie podrá distinguirnos á alguna distancia mientras que nosotros podremos ver las demás barcas y evitarlas. Mira, dijo el conde, señalando al mismo tiempo una luz roja que se veía á lo lejos: esas góndolas están apostadas por el Dux en todas las principales salidas de la ciudad, pero felizmente nosotras no tenemos que pa- sar ni cerca de ellas. —¿Estamos aún muy lejos de tu morada, Edmundo? — No, ya llegamos. Efectivamente, un momento después, la góndola se detenía ante un pequeño palacete; morada de la condesa de Miramar y de su hijo, durante su estadía en Ve- necia. La lluvia caía á torrentes; en el suntuoso palacio todo estaba en la más completa oscuridad. Los criado? se habían retirado á sus habitaciones, para evitar así cualquier indiscreción. Solo la noble y bondadosa dama, esperaba en el pe- ristilo á su amado hijo y á la inocente niña víctima de la crueldad de una inhumana madre. El conde echó sobre los hombros de su amada,' una gruesa capa y ayudándola á bajar, condújola al interior de su morada. La altiva y hermosa española recibió a la señorita de Alcibiani cual si fuera su propia hija y no cesaba de admirar su belleza y la bondad que parecía caracterizar á aquella desvalida criatura que tan cruelmente había sido tratada. DE LA SOMBRA Á LA LUZ 205 Era ya cerca del amanecer, cuando las dos damas se separaron quedando encantadas, una de otra. Al día siguiente, resolvieron de común acuerdo hacer saber á la familia Evoli, la verdad de lo sucedido á la joven, pues Enriqueta sufría mucho al saber por Ed- mundo, cuan grande era el dolor que su querida Valen- tina sufría por ella, lo mismo que el bondadoso Rafael y yozaba de antemano con la alegría que experimentarían al saber la verdad. Aquella tarde hallábanse reunidas, la condesa, Enri- queta y el conde hablando del porvenir de la joven. —Mas tarde decía Enriqueta, cuando Rafael y Valentina se hayan unido, iré á reunirme con ellos en Florencia donde sé que piensar habitar. Alli esperaré á que las fatales pasiones que hoy do- minan á mi madre se extingan en su corazón y quiera perdonarme el engaño de que la hice víctima. -Temo mi querida Enriqueta dijo Edmundo que esperes en vano, pues cuando ella sepa ¡o que has hecho, verá en tu proceder una farsa indigna y aunque finguiera perdonarte no lo haría y estarías siempre en la misma situación. Créeme Enriqueta, solo la acción del tiempo, podrá verificar en el corazón de tu madre el cambio que tú anhelas. —Tendré paciencia, dijo ella dulcemente, con tal que Dios me dé vida hasta ese día venturoso. — Quiera Él que llegase pronto. ¡Tanto como tú, lo de- seo yo hija mía, murmuró la condesa, recostando sobre su pecho la cabeza de la joven y acariciando con sus afilados dedos los sedosos bucles de su negra cabe- llera. ¿^-■ Era el sexto día de la desaparición de la señorita de Alcibiani. Esta pasaba los días en el oratorio de la condesa donde no entraba más que ella y su hijo y así se evitó que ni los criados de más confianza se dieran cuenta de la presencia de la joven. _ 2o6 DE LA SOMBkA Á LA LUZ Esta se hallaba sola, pues la condesa acababa de sa- lir para acudir al llamado de una persona que solicitaba hablarla con urgencia. En aquellos momentos entró Edmundo al salonciío que precedía al oratorio donde estaba Enriqueta. Esta lo miró con marcada ansiedad, presintiendo, sin duda, el objeto que allí le llevaba. — Vengo á saber, dijo después de sentarse junto á su amada. Si aún persistes en tu idea Enriqueta. — Sí, Edmundo, pues comprendo que así debe ser, si no quiero dar pruebas de mi egoismo monstruoso y si no basta que yo lo diga, pregúntale á tu madre si no es así. — ¡Oh, mi madre! Ella te dá en todo la razón! —Eso es señal de que soy más razonable que tú. — Entonces persistes en no ser mi esposa, en tanto que no os hayáis reconciliado con vuestra madre ó mejor di- cho, con vuestro verdugo, con —Es mi madre sollozó, la joven y á pesar de todo, la amo, y no debéis insultarla, dijo con el pálido semblante inundado de lágrimas. Aute el dolor y el llanto de la mujer tan xiegamente amada, toda la cólera del conde se desvaneció y su voz y sus miradas se dulcificaron al instante. —¡Mi pobre Enriqueta! dijo doblando una rodilla ante ella. ¿Cómo es posible que sea yo tan cobarde para aumen- tar así tus pesares, en vez de consolarte y alentarte con mi amor? Que mi corazón se rompa dentro de mi pecho, que su- fra yo las amarguras más grandes, antes de ser la causa de que tus ojos viertan una lágrima. — ¡Oh! Edmundo, yo no quiero hacerte sufrir, solo te pido un año de plazo. Si dentro de ese tiempo no puedo Volver al lado de mi madre, seré sin vacilar tu esposa y veré que Dios no ha aceptado mi sacrificio; si sucede lo contrario seremos felices y ella bendicirá nuestra unión. ¿Dime si, no eres capaz de concederme esto, por amor á mí? DB ITC3¿i^-!íSi-^.' 232 DE I*A. SOMBRA Á LA LUZ ¡ Seguían á los novios sus padrinos el Dux y Aurora y| numeroso cortejo. ' Al pisar los jóvenes el umbral de la capilla, el órgano; dejó oir sus dulces notas y una nube de incienso envol-; vio el altar y sus luces. \ El Padre Angelino, que debía bendecir la unión, espe- rábales sonriendo dulcemente, con su venerable cabeza coronada de blancos cabellos y envuelto en el humo del incienso. Delante del altar se habían colocado dos cogines blancos adornados con guirnaldas de azucenas y albosj lirios. I Un coro de veinte niñas pobres del ducado, cantaron; la solemne misa que todos los desposados oían en aque-i líos tiempos. Todo aquel día fué de regocijo y espléndidas fiestas. El conde y su encantadora esposa partieron aquella tarde para Liorna donde les esperaba la "Reina del mar" que los conduciría á España. Pasarían su luna de miel en el castillo de "Miramar" situado á algunas leguas de la ciudad de Granada, en la bella y pintoresca Andalucía. Aurora no podía acostumbrarse á aquella separación, pareciéndole que volvía á perder á su hija al alejarse esta de su lado, pero queriendo mostrarse valerosa )i abnegada, supo dominar su profunda pena para no per- turbar la dicha de aquella que tanto había sufrido por su causa. Además causábale algún consuelo la idea de que aquella separación sería momentánea, pues sus hijos habíanle prometido pasar seis meses del año á su lado y seis con la condesa. Al día siguiente de la partida del conde y la condesita de Miramar; el Dux y su esposa, emprendieron su viaje de regreso á Venecia. El Dux nunca amó tanto á su esposa, como en aque- lla época; y en cuanto á ella, correspondió sinceramente á aquel afecto que tanto necesitaba, para olvidar sus pasados sinsabores. Aurora volvió á habitar aquel palacio ducal, que tan- DE I.A SOMBRA A LA LUZ 233 tos y tan tristes recuerdos tenía para ella; y donde tan, tas lágrimas había derramado. Pero en aquel entonces, su mente estaba ocupada con otras ideas y el ejemplo que habia tenido ante sí durante su permanencia en "Los Manantiales", elevó su alma, dignificó sus sentimientos, experimentando el irre- sistible deseo de hacer el bien, allí en la gran ciudad, donde tantas ocasiones tendría de ejercer la caridad. Y así como antes, el pobre, el enfermo, el desvalido causábanle repugnancia y desprecio; desde su vuelta á la vida cristiana fueron sus protegidos y su consuelo y fué bendecida, desde el más humilde albergue del menes- roso, hasta la opulenta mansión de sus nobles amigas. Frecuentemente recibía Aurora no.ticias de su hija y de "Los Manantiales" y era un gran placer para ella, dedicar algunas horas á hablar por carta, con sus hijos é hijastros. CAPITULO XII Conclusión El castillo de "Los Manantiales" tenía muy gratos re- cuerdos para las personas que figuraran en esta narra- ción. Todos los años al cumplirse el aniversario en que ma- dre é hija, esposo y esposa, se reconciliaron allí, se trasladaban al castillo, el Dux y Aurora y los condes de Miramar celebrándose grandes fiestas. El primer aniversario de su matrimonio, Edmundo y Enriqueta traían á su primer hijo, un hermoso angelito de negros ojos y rubios cabellos, para que fuera bauti- zado en la misma capilla donde sus padres se habían unido en matrimonio Solo me resta decir que Aurora y el Dux fueron tan felices como desgraciados habían sido á causa de sus errores. 234 ^^ '^^ SOMBRA Á LA LUZ En el pintoresco castillo de Miramar, Edmundo y su adorable esposa, ocultaban su felicidad completa. ¿Qué puede decirse de ellos? jóvenes, buenos y amán- dose sincera y profundamente fué su vida un dilatado sendero de flores, por el cual ellos avanzaban siempre contentos confiando en Dios en todos los trances de la vida, y prestándose mutuamente el apoyo que el uno ú el otro necesitaba. Cuando la descarnada mano de la muerte se posó sobre la frente de la anciana condesa, sus hijos sanos y hermosos mitigaron en lo posible el dolor que esta des- gracia les produjo. Rafael y Valentina, fueron siempre dos buenos y ca- riñosos esposos. Sus hijos crecieron junto á ellos, fue- ron buenos y virtuosos, pues nada hay más eficaz para formar el corazón, del niño, que el ejemplo recibido er el hogar. ¿Hay acaso nada más eternamente grabado en núes tra mente, que el recuerdo de una santa madre, que co mano firme y cariñosa nos enseña con infinito amor, ser buenos cristianos, mujeres de su casa, dignos espc sos y madres cuidadosas del porvenir de sus hijas Mientras el padre culto, instruido y digno, les propor ciona aquella sana y durable enseñanza destinada á vi vir perfectamente en el corazón del hombre. Es ciertt que á veces los padres, no ven coronados por el éxitc sus esfuerzos, pero no es, no, porque no hayan sabido guiar á sus hijos, sino porque desgraciadamente, no to- dos los corazones son sensibles á los buenos ejemplos, ni tienen el culto por lo aprendido en el hogar. Es por esto que la misión de los que dieron el ser es la más div fícil, pero también, la más noble y augusta de enante^ existen. ¡Padre! ¡Madre! Hermosa y sólida base sobre la cual Dios ha colocad el mundo. /^ , -^"«'r j'"-«-y'^Hgp5¿««i'7^^ i iT ' -■«Wisp^f;^'— ^í-w^jp-a ¿^'«»^fl55'*Sr'=wtí^«^ IC^ ^/Mi '"^■'y'Vr-^:'*'/ ■•i ,v r ,>;' ■i^'. ■<■■ : V -:i T ■\ i,v- ' r ^^ i i" (■ v' Iinpíenta de M. Biedma é^Hijo. Bolívar 535 "' J ,1/ I ■í ' '\ r. i ■•ív . 1 .. 1 ,. I ']"■.,' h:. )■