JLLINOII 9BARy CENTRAL CIRCULATION BOOKSTACKS The person charging this material is re- sponsible for its return to the library from which it was borrowed on or before the Latest Date stamped below. Theft, mutllation, and underlining ef books ora reasons for disciplinar/ actton and may result in dismissal from the University. TO RENEW C ALL TELEPHONE CENTER, 333-8400 UNIVERSITY OF ILLINOIS LIBRARY AT URBANA-CHAMPAIGN JAN 8 m w FEB G 2 1992 UN 2 3 \m FFR 1 1995 1999 FEB 3 1998 JUH 2 8 199? When renewing by phone, write new due date below previous due date, 78733 L162 LA CUESTIN PALPITANTE OTRAS OBRAS DE LA AUTORA. Estadio crtico de las obras del P. Feijo, 5 ptas. Los poetas picos cristianos (Dante, Tasso, Mlton.) Pascual Lpez, novela (agotada.) Estudios sobre el darvinismo. San Francisco de Ass (siglo xm) dos tomos, 8 ptas. I 11 viaje de novios, novela, 3 ptas. EN PREPARACIN. Ea Tribuna, novela. Eos poetas picos cristianos (Hojeda, Klopstock, Chateau- briand.) LA CUESTIN PALPITANTE POR EMILIA PARDO BAZA CON UN PRLOGO DK CLARN. MADRID IMPRENTA CETiTRAL A CARGO DE V. SA1Z J 4883 PRLOGO Mano sucia de la literatura llamaba al natura- lismo un ilustre acadmico, pocos das hace; y ahora tenemos que una mano blanca y pulqurri- ma, de esas que no ofenden aunque peguen, por ser de quien son, y que se cubren de guante olo- roso de ocho botones, viene defender con pluma de oro lo que el autor de El Sombrero de tres picos tan duramente califica. Aunque, en rigor, tal vez lo que en este libro se defiende no es lo mismo que el Sr. Alarcn ataca, ' como los molinos que atacaba Don Quijote no eran . los gigantes que l vea. No es lo peor que el naturalismo no sea como sus enemigos se lo figuran, sino que se parezca muy poc o la idea que de l tienen muchos de su s f pa rtidari os, llenos de una fe tan imprudente como todas las que son ciegas. VIII En Espaa, y puede ser que fuera suceda lo mis- mo, las ideas nuevas suelen comenzar podrirse antes de que maduren: cuando los espaoles capa- ces de pensar por cuenta propia todava no se han convencido de algo, ya el vulgo est al cabo de la calle, y ha entendido mal lo que los otros no aca- ban de entender bien. Lo malo de lo vulgar no es el ser cosa de muchos, sino de los peores, que son los ms. Las ideas que se vulgarizan pierden su majestad, como los reyes populacheros. Porque una cosa es propagar y otra vulgarizar. Los ade- lantos de las ciencias naturales vulgarizados han dado por fruto las novelas absurdas de Verne y los libros de Figuier. E l pos i tivismo que ha llegado los cafs, y acaso las tabernas, no es mas que la^ blasfemia vulgar con algunos trminos tcnicos. El naturalismo literario, que en Espaa han ad- mitido muy pocas personas formales, hasta ahora, cunde fcilmente, como un incendio en un alma- cn de petrleo, entre la gente menuda aficionada lecturas arriesgadas. Es claro que el naturalismo no es como esos entusiastas, ms simpticos que juiciosos, lo comprenden y predican. El naturalis- mo, segn ellos, lo puede derrotar el idealismo cinco veces en una hora: el naturalismo, segn l, no lo ha entendido el Sr. Alarcn todava, y lo que es ms doloroso, el Sr. Gampoamor tampoco. Para / ste es la imitacin de lo que repugna los senti- dos; para Alarcn es... la parte contraria. El libro que estos renglones sirven de prlogo es uno de los que mejor exponen la doctrina de esa nueva tendencia literaria, tan calumniada por amigos y enemigos. Qu es el naturalismo? El que lea de buena fe, y con algn entendimiento por supuesto, los cap- tulos que siguen, preparado con el conocimiento de las obras principales, entre las muchas que sta se refiere, podr contestar esa pregunta exactamente poco menos. Yo aqu voy limitarme, en tal respecto, decir algo de lo que el naturalismo no es, reservando la mayor parte del calor natural para elogiar, como lo merece, la seora que ha escrito el presente libro. Porque, decir verdad, si para m es cosa clara el naturalismo, lo es mucho ms el ingenio de tan discreto abogado, que me recuerda aquel otro, del mismo sexo, que Shakespeare nos pinta en 7 Mercader de Venecia. El naturalismo no es la imitacin de lo que re- pugna los sentidos, Sr. Gampoamor, queridsimo poeta; porque el naturalismo no copia ni puede copiar la sensacin, que es donde est la repugnan- cia. Si el naturalismo literario regalase al Sr. Cam- poamor los olores, colores, formas, ruidos, sabo- X res y contactos que le disgustan, podra quejarse, aunque fuera costa de los gustos ajenos (pues bien pudieran ser agradables para otros los olores, sabores, formas, colores y contactos que disgusta- sen al poeta insigne). Pero es el caso que la litera- tura no puede consistir en tales sensaciones ni en su imitacin siquiera. Las sensaciones no se pue- den imitar sino por medio de sensaciones del mis- mo orden. Por eso la literatura ha podido describir la peste de Miln y los apuros de Sancho en la escena de los batanes, sin temor al contagio ni los malos olores. El argumento del asco em- pleado contra el naturalismo no es de buena fe si- quiera. El naturalismo no es tampoco la constante repe- ticin de descripciones que tienen por objeto re- presentar ante la fantasa imgenes de cosas feas, viles y miserables. Puede todo lo que hay en el (mundo entrar en el trabajo literario, pero no entra nada por el mrito de la fealdad, sino por el valor real de su existencia. Si alguna vez un autor natu- ralista ha exagerado, falto de tino, la libertad de escoger materia, perdindose en la descripcin de lo insignificante, esta culpa no es de la nueva ten- dencia literaria. j El naturalismo no es solidario del positivismo, ni se limita en sus procedimientos la observacin XI y experimentacin en el sentido abstracto, estrecho y lgicamente falso, por exclusivo, en que entiende tales formas del mtodo el ilustre Claudio Bernard. Es verdad que Zola en el peor de sus trabajos cr- ticos ha dicho algo de eso; pero l mismo escribi ms tarde cosa parecida una rectificacin; y de todas maneras, el naturalismo no es responsable de esta exageracin sistemtica de Zola. El naturalismo no es el pesimismo, diga lo que quiera el notable filsofo y crtico Gonzlez Serra- no, y por ms que en esta opinin le acompae acaso la poderosa inteligencia de D. a Emilia Pardo Bazn, autora de este libro. Verdad es que Zola habla algunas veces por ejemplo, al criticar Las Tentaciones de San Antonio de lo que llamaba Leopardi cd'infinita vanita del tutto; pero esto no lo hace en una novela; es una opinin del crtico. Y aunque se pudiera demostrar, que lo dudo, que de las novelas de Zola y de Flaubert se puede sacar en consecuencia que estos autores son pesi- mistas, no se prueba as que el naturalismo, es- cuela, mejor, tendencia pura y exclusivamente literaria, tenga que ver ni ms ni menos con deter- minadas ideas filosficas acerca de' las causas y finalidad del mundo. Ninguna teora literaria seria se mete en tales libros de metafsica; y menos que ninguna el naturalismo, que, en su perfecta imita- ' XII cin de la realidad, se abstiene de dar lecciones, de pintar los hechos como los pintan los invento- y res de filosofas de la historia, para hacerles decir lo que quiere que digan el que los pinta: el natura- lismo encierra enseanzas, como la vida, pero no pone ctedra: quien de un buen libro naturalista deduzca el pesimismo, lleva el pesimismo en s; la misma conclusin sacar de la experiencia de la vida. Si es el libro mismo el que forzosamente nos impone esa conclusin, entonces el libro podr ser bueno malo, pero no es, en este respecto, natu- j ralista. Pintar las miserias de la vida no es ser pesi- x I mista. Que hay mucha tristeza en el mundo, es tal I vez el resultado de la observacin exacta. El naturalismo no es una doctrina exclusivista, cerrada, como dicen muchos: no niega las dems tendencias. Es ms bien un oportunismo literario; cree modestamente que la literatura ms adecuada la vida moderna es la que l defiende. El natura- lismo no condena en absoluto las obras buenas que pueden llamarse idealistas; condena, s, el idealismo, como doctrina literaria, porque ste le niega l el derecho la existencia. El naturalismo no es un conjunto de rec etas para escribir novelas, como han credo muchos incautos. Aunque niega las abstracciones quimri- cas de cierta psicologa esttica que nos habla de XIII los mitos de la inspiracin, el estro, el genio, los.' arrebatos, el desorden artstico y otras invenciones veces inmorales; aunque concede mucho los esfuerzos del trabajo, del buen sentido, de la re- flexin y del estudio, est muy lejos de otorgar los necios el derecho de convertirse en artistas, sin ms que penetrar en su iglesia. Entren en buen hora en el naturalismo cuantos lo deseen... pero en este rito no canta misa el que quiere: los fieles oyen y callan. Esto lo olvidan, no lo saben, muchos caballeros que, por haberse enterado de prisa y mal de lo que quiere la nueva tendencia literaria, cogen y se ponen escribir novelas, lle- nos de buena intencin, dispuestos seguir en todo el dogma y la disciplina del naturalismo... Pero, fides sirte operibus nulla est. Autor de estos hay que tiene en proyecto contar las estrellas y todas las arenitas del mar, para escribir la obra ms perfecta del naturalismo. Ya se han escrito por ac novelas naturalistas con planos; y no falta quien tenga entre ceja y ceja una novela poltica, natu- ralista tambin, en la que, con motivo de hacer diputado al protagonista, piensa publicar la ley electoral y el censo. Lstima que tales extravos no sean siquiera excesos del ingenio, sino producto de medianas aduladas, que, merced la facilidad del trato social, piensan que por codearse en todas XIV partes con el talento y hasta discutir con l pue- den atreverse las mismas empresas... Y ya es hora de dejar el naturalismo y hablar de la escritora ilustre que con maestra lo defiende, no sin muchas salvedades, necesarias por culpa de las confusiones que ya me he referido. No necesita Emilia Pardo Bazn que yo ensalce sus mritos, que son bien notorios. Los recordar nicamente para hacer notar el gran valor de su voto en la cuestin palpitante. Hay todava quien niega la mujer el derecho de ser literata. En efecto, las mujeres que escriben mal son poco agradables; pero lo mismo les sucede los hom- bres. En Espaa, es preciso confesarlo, las seoras que publican versos y prosa suelen hacerlo bas- tante mal. Hoy mismo escriben para el pblico muchas damas, que son otras tantas calamidades de las letras, pesar de lo cual yo beso sus pies. Aun de las que alaba cierta parte del pblico, yo no dira sino pestes, una vez puesto ello. Hay, en mi opinin, dos escritoras espaolas que son la excepcin gloriosa de esa deplorable regla gene- ral: me refiero la ilustre y nunca bastante alabada D. a Concepcin Arenal y la seora que escribe La Cuestin palpitante. La literata espaola no suele ser ms instruida que la mujer espaola que se deja de letras: todo XV lo fa la imaginacin y al sentimiento, y quiere suplir con ternura el ingenio Lo ms triste es que la moralidad que esas literatas predican, no siem- pre la siguen en su conducta mejor que las muje- res ordinarias. Emilia Pardo Bazn, que tiene una poderosa fantasa, ha cultivado las ciencias y las artes, es un sabio en muchas materias y habla cinco seis lenguas vivas. Prueba de que estudia mucho y piensa bien, son sus libros histrico-rilosficos, como, por ejemplo, la Memoria acerca de Feijoo, el Examen de los poemas picos cristianos, el libro San Francisco y otros muchos. De la fuerza de su ingenio hablan principalmente sus novelas Pas- cual L6pe\ y Un viaje de novios. Esta ltima obra ha puesto su autora en el nmero de los prime- ros novelistas del presente renacimiento. Pero la seora Pardo Bazn emprende en La Cuestin palpitante un camino por el que no han andado jams nuestras literatas: el de la crtica contempo- rnea. Y de qu manera! con qu valenta! Esp- ritu profundo, sincero, imparcial, sin preocupacio- nes, sin un papel que representar necesariamente en la comedia de la literatura que se tiene por cl- sica, al estudiar Emilia Pardo lo que hoy se llama el naturalismo literario, as en las novelas que ha producido como en los trabajos de crtica que ex- ponen sus doctrinas, no pudo menos de reconocer XVI que algo nuevo se peda con justicia, que algo vala lo que, sin examen y con un desdn fingido, condenan tantos y tantos literatos empalagosos y holgazanes, que no piensan ms que en saborear las migajas de gloria de vanagloria que el p- blico les concede, sobrado benvolo. Es triste considerar que en Espaa la buena fe, la sinceridad apenas han llegado las letras. La misma afectacin que suele haber en el estilo y en la composicin de las obras de fantasa, la hay en "" el pensar y en el sentir: como se habla con frases hechas, se piensa con pensamientos hechos. Y no hay nadie que los acadmicos hueros, que no se avergenzan de vestir un uniforme fuer de lite- ratos, los silbe sin piedad y ridiculice con stira que quebrante huesos. La literatura as es juego de nios chochez de viejos. Se ha recibido aqu el naturalismo con alardes de ignorancia y grose- ras de magnate mal educado, con ese desdn del linajudo idiota hacia el talento sin pergaminos. Crtico ha habido que ha llegado decirnos que nos entusiasmamos con el naturalismo, porque... hemos ledo poco! Que nada de eso es nuevo; que ya en Grecia, y si se le apura, en China, haba naturalistas; que todo es natural sin dejar de ser ideal, y viceversa, y que en letras lo mejor es no admirarse de nada. XVII La Cuestin palpitante demuestra que hay en Espaa quien ha ledo bastante y pensado mucho, y sin embargo, reconoce que el naturalismo tiene razn en muchas cosas y pide reformas necesarias en la literatura, en atencin al espritu de la poca. Emilia Pardo es catlica, sinceramente religiosa; ama las letras clsicas, estudia con fervor las po- cas del hermoso romanticismo patrio, y con todo reconoce, porque ve claro, que el naturalismo viene en buen hora porque ha sabido llegar tiempo. Se puede combatir aisladamente tal cual teora de autor determinado; se puede censurar algn procedimiento de algn novelista, las exage- raciones, el espritu sistemtico; pero negar que el naturalismo es un fermento que obra en bien de las letras, es absurdo, es negar la evidencia. Sabe la autora simp. ica, valiente y discretsima de este lit 3 lo que se expone publicndolo. Yo s ms; s q c hay quien la aborrece, pesar de que es una st^ora, con toda la brutalidad de las malas pasiones irritadas; s que no la perdonarn que trabaje con tal eficacia en la propaganda de un criterio, que ha de quitar muchos admiradores ciertas flores de trapo que pasan por joyas de nuestra literatura contempornea. Nada de eso importa nada. La literatura vieja, que todava viste calzn corto en las solemnidades, y baila una es- b XVIII pecie de minu al recibir y apadrinar los que admite en sus academias, tiene el derecho las manas de la decrepitud. Nuestros escritores pseu- do-clsicos, que se pasan la vida limpiando y dando esplendor la herrumbre del idioma, me recuer- dan cierta pobre anciana de una clebre novela contempornea. Ya perdido el juicio, vive con la mana de la limpieza, y no hace ms que frotar cadenas y dijes para que brillen sin una mancha, como soles. Nuestros literatos clasicos, que son los romnticos de ayer, suspiran con el hipo del idea- lismo mal comprendido, y faltos ya de ingenio para decir cosa nueva, se entretienen en lucir sus alha- jas de antao y limpiarlas una y otra vez, como la pobre vieja. En paz descansen. Lo ms triste es que cierta parte de la juventud, codiciando here^Lar los nichos academice, adula esos maniacos, y hace ascos tambin lo nuevo, y revuelve papeles viejos, y lee Zola traducido! Al ver tanta miseria, cmo no admirar y elogiar con entusiasmo quien desdea halagos que otros seducen, y se atreve provocar tantos ren- cores, conrarrestar tantas preocupaciones, su- frir tantos desaires, sacrificndolo todo la verdad, la sinceridad del gusto, esa virtud aqu confun- dida con el mal tono y casi, casi con la mala crianza? XIX Estticos trasnochados que divids las cosas en tres partes y no leis novelas, y despus hablis de literatura objetiva y subjetiva, como si dijerais algo: pseudo-clsicos inspidos, que aun no os ex- plicis por qu el mundo no admira vuestros versos Filis y Amarilis, y despreciis los autores fran- ceses modernos porque estn llenos de galicismos: revisteros mal pagados, que traducs los Sarcey, los Veron, los Brunetire, para mandarlos Espaa en vuestras correspondencias de Pars, traduciendo sin pensarlo hasta los rencores, las venganzas y la envidia de los crticos idealistas, pero no ideales: gacetilleros metafsicos, eruditos improvisados, imitadores cursis, apstoles temera- rios, novelistas desorientados, dramaturgos enmo- hecidos... leed, leed todos La Cuestin palpitante, que aprenderis no poco, y olvidaris acaso (que es lo que ms importa) vuestras preocupaciones, vuestras pedanteras, vuestra ciega clera, vuestros errores tenaces, vuestras injusticias, vuestra im- pudencia y vuestros clculos srdidos respectiva- mente. De este libro dir algn peridico, idealista por lo visionario, que est llamado suscitar grandes polmicas literarias. Ojal! Pero no. En Espaa no suscitan polmi- cas ms libros que los libelos. XX Lo que suscitar este libro ser muchos renco- res taciturnos. Aqu los literatos de alguna importancia no suelen discutir. Preeren vengarse despellejando al enemigo de viva voz. Debo aadir, que lo que ms irritar muchos no ser la defensa de ciertas doctrinas, sino el elo- gio de ciertas personas. Ojal el que yo hago de Emilia Pardo Bazn pudiera poner amarillos hasta la muerte varios escritores y escritoras... todos del sexo dbil, por- que en el literato envidioso hay algo del eterno femenino! N Madrid 14 de junio. LA CUESTIN PALPITARTE. HABLEMOS DEL ESCNDALO. Es cosa de todos sabida que, en el ao de 1882, naturalismo y realismo son la literatura lo que la poltica el partido formado por el Duque de la Torre: se ofrecen como ltima novedad, y por aadidura, novedad escandalosa. Hasta los odos del ms profano en letras comienzan familiari- zarse con los dos ismos. Dada la olmpica indiferencia con que suele el pblico mirar las cuestiones literarias, algo des- usado y anormal habr en sta cuando as lo- gra irritar la curiosidad de unos, vencer la apata de otros, y que todo el mundo se imagine llamado opinar de ella y resolverla. 1 '2 EMILIA PARDO BAZAN. Este movimiento no sera malo, al contrario, si naciese de aquel ardiente amor al arte que dicen in- flamaba los ciudadanos de las repblicas griegas; pero aqu reconoce distinto origen, y desatiende la cuestin literaria para atender otras diferen- tes aunque afines. Muy anlogo es lo que ocurre ahora con el naturalismo y elrealismo lo que suce- di con los dramas del Sr. Echegaray. Si tenamos no un grande y verdadero poeta dramtico; si sus ficciones eran bellas; si proceda de nuestra escuela romntica haba que considerar en l un atrevido novador, de todo esto se le import algo media docena de literatos y crticos; lo que es al pblico le tuvo sin cuidado; discuti, principalmente, si Echegaray era moral inmoral, si las seoritas po- dan no asistir la representacin de Mar sin orillas, y si el autor figuraba en las filas democrti- cas y haba hablado in illo tempore de cierta tren- za... El resultado fu el que tena que ser: extra- viarse lastimosamente la opinin, por tal manera, que harn falta bastantes aos y la lenta accin de juiciosa crtica para que se descubra el verdadero rostro literario de Echegaray, y en vez del drama- turgo subversivo y demoledor, se vea al reacciona- rio que retrocede, no slo al romanticismo, sino al teatro antiguo de Caldern y Lope. Otro tanto acaecer con el naturalismo y el rea- lismo: fuerza de encarecer su grosera, de asustar- se de su licencia, de juzgarlo por dos tres pginas, si se quiere por dos tres libros, el pblico se quedar en ayunas, sin conocer el carcter de estas LA CUESTIN PALPITANTE. 3 manifestaciones literarias, despus de tanto como se habla de ellas troche y moche. Fcil es probar la verdad de cuanto indico. Qu lector de peridicos habr que no tropiece con artculos rebosando indignacin, donde se pone naturalistas y realistas como hoja de pere- gil, anatematizndolos en nombre de las potesta- des del cielo y de la tierra? Y esto no slo en los diarios conservadores y graves, sino en el papel ms radical y ensal^ao, que dira un personaje de Pereda. Publicaciones hay que despus de burlarse, tal vez, de los dogmas de la Iglesia, y de atacar saudamente clases instituciones, se revuelven muy enojadas contra el naturalismo, que en su entender tiene la culpa de todos los males que afligen la sociedad. Aqu que no peco, dicen para su sayo. Hubo un tiempo en que la acusacin de desmoralizarnos pes sobre la lotera y los toros: el naturalismo va heredarlos crmenes de estas dos diversiones genuinamente nacionales. En confirmacin de mi aserto aducir un hecho. El Sr. Moret y Prendergast asisti este verano los Juegos florales de Pontevedra, haciendo gran propaganda democrtico-monrquica: pero tambin luci su elocuencia en la velada literaria, donde, dejando un lado las lides del Parlamento y las tempestades de la poltica, lanz un indignado apostrofe Zola y felicit los poetas y literatos gallegos que concurrieron al certamen, por no haber seguido las huellas del autor de los Rougon Macquart. 4 EMILIA PARDO I5AZAN. Francamente, confieso que si me hubiese pasado toda la maana en querer adivinar lo que dira por la noche el Sr. Moret, as se me pudo ocurrir que la tomase con Zola, como con Juliano el apstata el moro Muza. Cualquiera de estos dos personajes hace en nuestra poesa tantos estragos como el pon- tfice del naturalismo francs: poeta alguno, que yo sepa, se le pasa por las mientes imitarlo, ni en Pontevedra, ni en otra ciudad de Espaa. Si el se- or Moret recomendase los poetas originalidad independencia respecto de Bcquer, deEspronceda, de Campoamor Nez de Arce... entonces no digo... Lo que es Zola bien inocente est de los de- litos poticos que se cometen en nuestra patria. Y en la prosa misma nos daan bastante ms, hoy por hoy, otros modelos. El proceder del Sr. Moret me recuerda el caso de aquel padre predicador que en un pueblo se des- ataba condenando las peinetas, los descotes bajos y otras modas nuevas y peregrinas de Francia, que nadie conoca ni usaba entre las mujeres que com- ponan su auditorio. Oanle stas y se daban al codo murmurando bajito: Hola, se usan descotes! hola, conque se llevan peinetas! El lado cmico que para m presenta el apostrofe del Sr. Moret, es dar seal indudable de la contu- sin de gneros que hoy reina en la oratoria. Poca gente asiste los sermones en la Iglesia; pero, en cambio, casi no hay apertura de Sociedad, discurso de Academia, ni arenga poltica que no tienda moralizar los oyentes. Al Sr. Moret le sirvi Zola LA CUESTIN PALPITANTE. > para mezclar en su discurso lo grave con lo ameno, lo til con lo dulce; slo que err en el ejemplo. Si entre los hombres polticos no est en olor de santidad el naturalismo, tampoco entre los literatos de Espaa goza de la mejor reputacin. Pueden atestiguarlo las frases pronunciadas por mi inspi- rado amigo el Sr. Balaguer al resumir los debates de la seccin de literatura del Ateneo. Un insigne novelista, de los que ms pretiere y ama el pblico espaol, me declaraba ltimamente no haber ledo Zola, Daudet ni ninguno de los escritores natura- listas franceses, si bien le llegaba su mal olor. Pues bien, con todo el respeto que se merece el ele- gante narrador y cuantos piensen como l re- uniendo iguales mritos, protesto y digo que no es lcito juzgar y condenar de odas y de prisa, y sen- tenciar la hoguera encendida por el ama de Don Quijote, una poca li. erara, una generacin entera de escritores dotados de cualidades muy diversas, y que si pueden convenir en dos tres principios fundamentales, y ser, digmoslo as, frutos de un mismo otoo, se diferencian entre s como la uva de la manzana y sta de la grana- da y del nspero. No fuera mejor, antes de que- mar el ya ingente montn de libros naturalis- tas, proceder un donoso escrutinio como aquel de marras? Ni es slo en Espaa donde la literatura natura- lista y realista est fuera de la ley. Citar para de- mostrarlo un detalle que me concierne; y perdone el lector si saco colacin mi nombre, dinecessit. 6 EMILIA PARDO BAZN. como dijo el divino poeta. En la Rvue Britanni- que del 8 de agosto de 1882 vio la luz un artculo titulado Littr ature Espagnole- Critique. Un di- plmate romancier: Juan Valera. (Largo es el ttulo; pero responda de ello su autor, que firma Desconocid.) Ahora pues, este Mr. Desconocid tras de hablar un buen rato de las novelas del seor Valera, va y se enfada y dice: Japprends qu'une femme, dans Un voy age de fiancs (Viaje de no- vios), essaye d'acclimater en Espagne le romn na- turaliste. Le naturalisme consiste probablement en ce que... No reproduzco el resto del prrafo, porque el censor idealista aade rengln seguido cosas nada ideales; paso por alto lo de traducir viaje de novios Voyage de fiancs, como si fue- sen los futuros y no los esposos quienes viajan jun- tos mano mano cosa no vista hasta la fecha porque tambin traduce pasarse de listo por Trop d'imagination; y voy solamente la ira y desdn que el crtico traspirenaico manifiesta cuando averigua que existe en Espaa une femme que osa tratar de aclimatar la novela naturalista! Parece al pronto que todo crtico formal, al tener noticia del atentado, deseara procurarse el cuerpo del delito para ver con sus propios ojos hasta dnde llega la iniquidad del autor; y si esto hiciese Mr. Desconocid, lograra dos ventajas: primera, convencerse de que casi estoy tan inocente de la tentativa de aclimatacin consabida, como Zola de la perversin de nuestros poetas; segunda, evitar la garrafalada de traducir viaje de novios por Vo- LA CUESTIN PALPITANTE. 1 yage de iancs, y todas las ingeniosas frases que le inspir esta versin librrima. Pero Mr. Desco- noca ech por el atajo, diciendo lo que quiso sin molestarse en leer la obra, sistema cmodo y por muchos empleado. He de confesar que, vindome acusada nada me- nos que en dos lenguas (la Rvue Britannique se publica, si no me engao, en Pars y Londres si- multneamente) de los susodichos ensayos de acli- matacin, creci mi deseo de escribir algo acerca de la palpitante cuestin literaria: naturalismo y realismo. Cualquiera que sea el fallo que las gene- raciones presentes y futuras pronuncien acerca de las nuevas formas del arte, su estudio solicita la mente con el poderoso atractivo de lo que vive, de lo que alienta; de lo actual, en suma. Podr la hora que corre ser no ser la ms bella del da; podr no brindarnos calor solar ni amorosa luz de luna; pero al rin es la hora en que vivimos, Aun suponiendo que naturalismo y realismo fue- sen un error literario, un sntoma de decadencia, como el culteranismo, v. gr., todava su conoci- miento, su anlisis, importara grandemente la literatura. No investiga con afn el telogo la his- toria de las herejas? No se complace el mdico en diagnosticar una enfermedad extraa? Para el bo- tnico hay sin duda alguna plantas lindas y tiles y otras feas y nocivas, pero todas forman parte del plan divino y tienen su belleza peculiar en cuanto dan elocuente testimonio de la fuerza creadora. Al literato no le es lcito escandalizarse nimiamente de 8 EMILIA PARDO BAZN. un gnero nuevo, porque los perodos literarios na- cen unos de otros, se suceden con orden, y se en- cadenan con precisin en cierto modo matemti- ca: no basta el capricho de un escritor, ni de mu- chos, para innovar formas artsticas; han de venir preparadas, han de deducirse de las anteriores. Ra- zn por la cual es pueril imputar al arte la perver- sin de las costumbres, cuando con mayor motivo pueden achacarse la sociedad los extravos del arte. Todas estas consideraciones y la conviccin de que el asunto es nuevo en Espaa, me inducen emborronar una serie de artculos donde procure tratarlo y esclarecerlo lo mejor que sepa, en estilo mondo y llano, sin enfadosas citas de autoridades ni filosofas hondas. Quizs esta misma ligereza de mi trabajo lo haga soportable al pblico: el corcho sobrenada, mientras se sumerge el bronce. Si no salgo airosa en mi empresa, otro lo cantar con mejor plectro. Obedece al mismo propsito de vulgarizacin literaria la insercin de estos someros estudios en un peridico diario. Si tanto honor los hiciese acreedores la aprobacin del lector discreto,. no fal- tar un in 8. donde empapelarlos; entretanto, co- rran y diltense llevados por las alas potentes y ve- loces de la prensa, de la cual todo el mundo mur- mura, y la cual todo el mundo se acoge cuando le importa... Y aqu me ocurre una aclaracin. El pasado ao se discuti en el Ateneo el tema de es- tos artculos, saber: el naturalismo. La costum- LA CUESTIN PALPITANTE. 9 bre con otra causa ms poderosa no atino ahora, tal vez por la premura con que escribo veda las damas la asistencia aquel centro intelectual; de suerte que, aun cuando me hallase en la corte de las Espaas, no podra apreciar si se ventil en l con equidad y profundidad la cuestin. As es que al asegurar que el asunto es nuevo, aludo en parti- cular los dominios de la palabra escrita, donde definitivamente se resuelven los problemas lite- rarios. Sentado todo lo anterior, hablemos del escn- dalo. Cada profesin tiene su herosmo propio: el anatmico es valiente cuando diseca un cadver y se expone picarse con el bistur y quedar infi- cionado del carbunclo, cosa parecida; el aero- nauta, cuando corta las cuerdas del globo; el es- critor ha menester resolucin para contrarrestar poco mucho la opinin general; as es que pro- bablemente , al emprender este trabajo , aado algunos renglones honrosos mi modesta hoja de servicios. Tal vez alguien vuelva hablar de aclimatacio- nes y otras nieras, afirmando que quise abogar por una literatura inmunda, vitanda y reproba- ble. A bien que la verdad se hace lugar tarde temprano, y el que desapasionada y pacientemen- te lea lo que sigue, no ver panegricos ni alegatos, sino la apreciacin imparcial de la fase literaria ms reciente y caracterstica. Y, por otra parte, como las ideas se difunden hoy con tal rapidez, es posible que en breve lo que ahora parece novedad 10 EMILIA PARDO BAZAN. sea conocido hasta de los estudiantes de primer ao de retrica. Para entonces tendr el naturalis- mo en Espaa panegiristas y sectarios verdaderos, y los meros expositores nos reintegrarn en nuestro puesto neutral. II. ENTRAMOS EN MATERIA. Empezar diciendo lo que en mi opinin debe entenderse por naturalismo y realismo, y si son una misma cosa cosas distintas. Por supuesto que el Diccionario de la Lengua castellana (que tiene el don de omitir las palabras ms usuales y corrientes del lenguaje intelectual, y traer en cambio otras como of, chinate, songui- ta, etc., que slo habiendo nacido hace seis siglos en Filipinas, en Cuba, tendramos ocasin de emplear), carece de los vocablos naturalismo y rea- lismo. Lo cual no me sorprendera si stos fuesen nuevos; pero no lo son, aunque lo es, en cierto modo, su acepcin literaria presente. En filosofa, ambos trminos se emplean desde tiempo inme- morial: quin no ha odo decir el naturalismo de 12 EMILIA PARDO BAZN. Lucrecio, el realismo de Aristteles? En cuanto al sentido ms reciente de la palabra naturalismo, Zola declara que ya se lo da Montaigne, escritor moralista que muri fines del siglo xvi. Entre las cien mil voces aadidas al Diccionario por una Sociedad de literatos (Pars, Garnier, 1882), encuntrase la palabra naturalismo, pero nica- mente en su acepcin filosfica: ni por asociarse se acuerdan ms de la literatura los literatos suso- dichos. As es que para fijar el sentido de las voces naturalismo y realismo, acudiremos al de natural y real. Segn el Diccionario, natural es lo que pertenece la naturaleza; real lo que tiene exis- tencia verdadera y efectiva. Y es muy cierto que el naturalismo riguroso, en literatura y en filosofa, lo refiere todo la natura- leza: para l no hay ms causa de los actos huma- nos que la accin de las fuerzas naturales del or- ganismo y el medio ambiente. Su fondo es deter- minista, como veremos. Por determinismo entendan los escolsticos el sistema de los que aseguraban que Dios mova inclinaba irresistiblemente la voluntad del hombre aquella parte que convena sus designios. Hoy determinismo significa la misma dependencia de la voluntad, slo que quien la inclina y subyuga no es Dios, sino la materia y sus fuerzas y energas. De un fatalismo providencialista, hemos pasado otro materialista. Y pido perdn al lector si voy detenerme algo en el asunto; poqusimas veces ocurrir que aqu se hable de filosofa, y nunca LA CUESTIN PALPITANTE. 13 profundizaremos tanto que se nos levante jaqueca; pero dos tres nocioncillas son indispensables para entender en qu consiste la diferencia del na- turalismo y el realismo. Filsofos y telogos discurrieron, en todo tiem- po, sobre la difcil cuestin de la libertad humana . Nuestra voluntad es libre? Podemos obrar como debemos? Es ms: podemos querer obrar como debemos? La antigedad pagana se inclin gene- ralmente la solucin fatalista. Sus dramas nos ofrecen el reflejo de esta creencia: los Atridas, al cometer crmenes espantosos, obedecen los dioses; penetrado de una idea fatalista, el filsofo estoico Epicteto deca Dios: llvame donde te plazca; y el historiador Veleyo Patrculo escriba que Ca- tn no hizo el bien por dar ejemplo, sino porque le era imposible, dentro de su condicin, obrar de otro modo. Ms adelante, la teologa cristiana, su vez, discuti el tema del albedro, en el cual se encerraba el gravsimo problema del destino final del hombre; porque, segn acertadamente obser- vaba San Clemente de Alejandra, ni elogios, ni honores, ni suplicios tendran justo fundamento, si el alma no gozase de libertad al desear y al abste- nerse, y si el vicio fuese involuntario. El mrito singular de la teologa catlica consiste en romper las cadenas del antiguo fatalismo sin negar la parte importantsima que toma en nuestros actos la ne- cesidad. En efecto, reconociendo el libre arbitrio absoluto, como lo haca el hereje Pelagio, resulta- ba que el hombre podra, entregado sus fuerzas 14 EMILIA PARDO BAZN. solas y sin ayuda de la gracia, salvarse y ser per- fecto, mientras que anulando la libertad, como el otro heresiarca Lutero, el ente ms malvado ini- cuo sera tambin perfecto impecable, puesto que no estaba en su mano proceder de distinto modo. Supo la teologa mantenerse igual distancia de ambos extremos; y San Agustn acert rea- lizar la conciliacin del albedro y la gracia, con aquella profundidad y tino propios de su entendi- miento de guila. Para esta conciliacin hay un dogma catlico que alumbra el problema con cla- ra luz: el del pecado original. Slo la cada de una naturaleza originariamente pura y libre puede dar la clave de esta mezcla de nobles aspiraciones y bajos instintos, de necesidades intelectuales y apetitos sensuales, de este combate que todos los moralistas, todos los psiclogos, todos los ar- tistas se han complacido en sorprender, analizar y retratar. Tiene la explicacin agustiniana la ventaja in- apreciable de estar de acuerdo con lo que nos ense- an la experiencia ysentido ntimo. Todos sabemos que cuando en el pleno goce de nuestras facultades nos resolvemos una accin, aceptamos su respon- sabilidad: es ms: aun bajo el influjo de pasiones fuertes, ira, celos, amor, la voluntad puede acudir en nuestro auxilio; quin habr que, hacindose violencia, no la haya llamado veces, y si me- rece el nombre de hombre no la haya visto obe- decer al llamamiento! Pero tampoco ignora nadie que no siempre sucede as, y que hay ocasiones en LA CUESTIN PALPITANTE. 15 que, como dice San Agustn, por la resistencia habitual de la carne... el hombre ve lo que debe hacer, y lo desea sin poder cumplirlo. Si en prin- cipio se admite la libertad, hay que suponerla re- lativa, incesantemente contrastada y limitada por todos los obstculos que en el mundo encuentra. Jams neg la sabia teologa catlica semejantes obstculos, ni desconoci la mutua influencia del cuerpo y del alma, ni consider al hombre espritu puro, ajeno y superior su carne mortal; y los psiclogos y los artistas aprendieron de la teologa aquella sutil y honda distincin entre el sentir y el consentir, que da asunto tanto dramtico con- flicto inmortalizado por el arte. Qu horizontes tan vastos abre la literatura esta concepcin mixta de la voluntad humana! Cualquiera pensar que nos hemos ido mil leguas de Zola y del naturalismo; pues no es as; ya estamos de vuelta. El fatalismo vulgar, el de- terminismo providencialista de Epicteto y Lutero, los traslad Zola la regin literaria, vistindoles ropaje cientfico moderno. Mostraremos cmo. Si al hablar de la teora naturalista la personi- fico en Zola, no es porque sea el nico practicar- la, sino porque la ha formulado clara y explcita- mente en siete tomos de estudios crtico-litera- rios, sobre todo en el que lleva por ttulo La nove- la experimental. Declara all que el mtodo del novelista moderno ha de ser el mismo que prescri- be Claudio Bernard al mdico en su Introduccin It> EMILIA PARDO BAZN. al estudio de la medicina experimental; y afirma que en todo y por todo se refiere las doctrinas del gran fisilogo, limitndose escribir novelista donde l puso mdico. Fundado en estos cimientos, dice que as en los seres orgnicos como en los in- orgnicos, hay un determinismo absoluto en las condiciones de existencia de los fenmenos. La ciencia, aade, prueba que las condiciones de exis- tencia de todo fenmeno son las mismas en los cuerpos vivos que en los inertes, por donde la fisio- loga adquiere* igual certidumbre que la qumica y la fsica. Pero hay ms todava: cuando se demues- tre que el cuerpo del hombre es una mquina, cuyas piezas, andando el tiempo, monte y desmonte el experimentador su arbitrio, ser forzoso pasar sus actos pasionales intelectuales, y entonces penetraremos en los dominios que hasta hoy seo- rearon la poesa y las letras. Tenemos qumica y fsica experimentales; en pos viene la fisiologa, y despus la novela experimental tambin. Todo se enlaza: hubo que partir del determinismo de los cuerpos inorgnicos para llegar al de los vivos; y puesto que sabios como Claudio Bernard demues- tran ahora que al cuerpo humano lo rigen leyes fijas, podemos vaticinar, sin que quepa error, la hora en que sern formuladas su vez las leyes del pensamiento y de las pasiones. Igual determi- nismo debe regir la piedra del camino que el cere- bro humano. Hasta aqu el texto, que no peca de oscuro, y ahorra el trabajo de citar otros. Tocamos con la mano el vicio capital de la est- LA CUESTIN PALPITANTE 17 tica naturalista. Someter el pensamiento y la pasin las mismas leyes que determinan la cada de la piedra; considerar exclusivamente las influencias fsico-qumicas, prescindiendo hasta de la espon- taneidad individual, es lo que se propone el natu- ralismo y lo que Zola llama en otro pasaje de sus obras mostrar yponerde realce la bestia humana. Por lgica consecuencia, el naturalismo se obliga no respirar sino del lado de la materia, explicar el drama de la vida humana por medio del instin- to ciego y la desenfrenada concupiscencia. Se ve forzado el escritor rigurosamente partidario del mtodo proclamado por Zola, verificar una espe- cie de seleccin entre los motivos que pueden de- terminar la voluntad humana, eligiendo siempre los externos y tangibles y desatendiendo los mora- les, ntimos y delicados: lo cual, sobre mutilar la realidad, es artificioso y veces raya en afectacin, cuando, por ejemplo, la herona de Una pgina de amor manifiesta los grados de su enamoramiento por los de temperatura que alcanza la planta de sus pies. Y no obstante, cmo dudar que si la psicologa, lo mismo que toda ciencia, tiene sus leyes inelu- dibles y su proceso causal y lgico, no posee la exactitud demostrable que encontramos, por ejem- plo, en la fsica? En fsica el efecto corresponde estrictamente la causa: poseyendo el dato ante- rior tenemos el posterior; mientras en los dominios del espritu no existe ecuacin entre la intensidad de la causa y del efecto, y el observador y el cien- 2 18 EMILIA PARDO RAZAN. tfico tienen que confesar como lo confiesa Delboeuf (testigo de cuenta, autor de La psicologa conside- rada como ciencia natural) que lo psquico es irreductible lo fsico. En esta materia le ha sucedido Zola una cosa que suele ocurrir los cientficos de aficin: tom las hiptesis por leyes, y sobre el frgil cimiento de dos tres hechos aislados erigi un enorme edificio. Tal vez imagin que hasta Claudio Ber- nard nadie haba formulado las admirables reglas del mtodo experimental, tan fecundas en resulta- dos para las ciencias de la naturaleza. Hace rato que nuestro siglo aplica esas reglas, madres de sus adelantos. Zola quiere sujetar ellas el arte, y el arte se resiste, como se resistira el alado corcel Pegaso tirar de una carreta; y bien sabe Dios que esta comparacin no es en mi nimo irrespetuosa para los hombres de ciencia; solo quiero decir que su objeto y caminos son distintos de los del artista. Y aqu conviene notar el segundo error de la esttica naturalista, error curioso que en mi con- cepto debe atribuirse tambin la ciencia mal di- gerida de Zola. Despus de predecir el da en que, habiendo realizado los novelistas presentes y futu- ros gran cantidad de experiencias, ayuden des- cubrir las leyes del pensamiento y la pasin, anun- cia los brillantes destinos de la novela experimen- tal, llamada regular la marcha de la sociedad, ilustrar al criminalista, al socilogo, al moralista, al gobernante... Dice Aristfanes en sus Ranas: He aqu los servicios que en todo tiempo prestaron LA CUESTIN PALPITANTE. 19 los poetas ilustres: Orfeo ense los sacros miste- rios y el horror ai homicidio; Museo, los remedios contra enfermedades y los orculos; Hesodo, la agricultura, el tiempo de la siembray recoleccin; y al divino Homero de dnde le vino tanto honor y gloria, sino de haber enseado cosas tiles, como el arte de las batallas, el valor militar, la profesin de las armas?... Ha llovido desde Aristfanes ac. Hoy pensamos que la gloria y el honor del divino Homero consisten en haber sido un excelso poeta: el arte de las batallas es bien diferente ahora de lo que era en los dias de Agamenn y Aquiles, y la belleza de la poesa homrica permanece siem- pre nueva inmutable. El artista de raza (y no quiero negar que lo sea Zola, sino observar que sus pruritos cientficos le extravan en este caso) nota en s algo que se su- bleva ante la idea utilitaria, que constituye el se- gundo error esttico de la escuela naturalista. Este error lo ha combatido ms que nadie el mismo Zola, en un libro titulado Mis odios (anterior La Novela experimental), refutando la obra postuma de Proudhon, Del principio del arte y de su fun- cin social. Es de ver Zola indignado porque Proudhon intenta convertir los artistas en una especie de cofrada de menestrales que se consagra al perfeccionamiento de la humanidad, y leer cmo protesta en nombre de la independencia sublime del arte, diciendo con donaire que el objeto del escritor socialista es sin duda comrselas rosas en ensalada. No hay artista que se avenga con- 20 EMILIA PARDO BAZN. fundir as los dominios del arte y de la ciencia: si elarte moderno exige reflexin, madurez y cultura, el arte de todas las edades reclama principalmente la personalidad artstica, lo que Zola, con frase vaga en demasa, llama el temperamento. Quien careciere de esa quisicosa, no pise los umbrales del templo de la belleza, porque ser expulsado. Puede y debe el arte apoyarse en las ciencias auxiliares; un escultor tiene que saber muy bien anatoma, pero aspirar hacer algo ms que mo- delos anatmicos. Aquel sentimiento inefable que en nosotros produce la belleza, sea l lo que fuere y consista en lo que consista, es patrimonio exclu- sivo del arte. Yerra el naturalismo en este fin til y secundario que trata de enderezar las fuerzas artsticas de nuestro siglo, y este error y el sentido determinista y fatalista de su progra- ma, son los lmites que l mismo se impone, son las ligaduras que una frmula ms amplia ha de romper. III. SEGUIMOS FILOSOFANDO. Tal cual la expone Zola, adolece la esttica na- turalista de los defectos que ya conocemos. Algu- nos de sus principios son de grandes resultados para el arte; pero existe en el naturalismo, considerado como cuerpo de doctrina, una limitacin, un carc- ter cerrado y exclusivo que no acierto explicar sino diciendo que se parece las habitaciones bajas de techo y muy chicas, en las cuales la respiracin se dificulta. Para no ahogarse hay que abrir la ven- tana: dejemos circular el aire y entrar la luz del cielo. Si es real cuanto tiene existencia verdadera y efectiva, el realismo en el arte nos ofrece una teo- ra ms ancha, completa y perfecta que el natura- lismo. Comprende y abarca lo natural y lo espiri- tual, el cuerpo y el alma, y concilla y reduce uni- dad la oposicin del naturalismo y del idealismo 22 EMILIA PARDO BaZN. racional. En el realismo cabe todo, menos las exa- geraciones y desvarios de dos escuelas extremas, y por precisa consecuencia, exclusivistas. Un hecho solo basta probar la verdad de esto I que afirmo. Por culpa de su estrecha tesis natura- Mista, Zola se ve obligado desdear y negar el va- I lor de la poesa lrica. Pues bien; para la esttica realista vale tanto el poeta lrico ms subjetivo in- terior como el novelista ms objetivo. Uno y otro dan forma artstica elementos reales.. Qu im- porta que esos elementos los tomen de dentro de fuera, de la contemplacin de su propia alma de la del mundo? Siempre que una realidad sea del orden espiritual del material sirva de base al arte, basta para legitimarlo. Citemos cualquier poeta lrico, el menos exte- rior, lord Byron Enrique Heine. Sus poesas son una parte de ellos mismos: esas quejas y tristezas y amarguras, ese escepticismo desconsolador, lo tuvieron en el alma antes de convertirlo en.lindos versos: no hay duda que es un elemento real, tan real, ms, si se quiere, que lo que un novelista pueda averiguar y describir de las acciones y pen- samientos del prjimo: quin refiere mejor una enfermedad sino el enfermo? Y aun por eso resul- tan insoportables los imitadores en fro de estos poetas tristes: son como el que remedase quejidos de dolor no dolindole nada. El gran poeta Leopardi es un caso de los ms caractersticos de lo que puede llamarse realidad potica interior. Las penas de su edad viril, la con- LA CUESTIN PALPITANTE. 23 r dicin de su familia, la dureza de la suerte, sus es- tudios de humanidades y hasta los miedos que pas de nio en una habitacin oscura, todo est en sus poesas, como indeleble sello personal, de tal modo que, si suponemos Leopardi viviendo en diferen- tes condiciones de las que vivi, ya no se concibe la mayor parte de sus versos. Y digo yo: no es justsimo que quepa en la ancha esfera de la reali- dad una obra de arte donde el autor pone la mdula de sus huesos y la sangre de su corazn, por decirlo as? Aun suponiendo, y es mucho suponer, que el poeta lrico no expresase sino sus propios indivi- duales sentimientos, y que stos pareciesen extra- os, no es la excepcin, el caso nuevo y la enfer- medad desconocida l que ms importa la curio- sidad cientfica del mdico observador? Pero si todas las obras de arte que se fundan en la realidad caben dentro de la esttica realista, al- gunas hay que cumplen por completo su programa, y son aquellas donde tan perfectamente se equili- bran la razn y la imaginacin, que atraviesan las edades viviendo vida inmortal. Las obras maestras universalmente reconocidas como tales, tienen to- das carcter anchamente realista: as los poemas de Homero y Dante, los dramas de Shakespeare, el Quijote y el Fausto. La Biblia, considerada lite- rariamente, dejando aparte su autoridad sagrada, es la epopeya ms realista que se conoce. A fin de esclarecer esta teora, dir algo del idea- lismo, para que no pesen sobre el naturalismo todas las censuras y se vea que tan malo es caerse hacia 24 EMILIA PARDO BAZN. el Norte como hacia el Sur. Y ante todo conviene, saber que el idealismo est muy en olor de santidad, goza de excelente reputacin y se cometen infini- tos crmenes literarios al amparo de su nombre: es la teora simptica por excelencia, la que invo- can poetas de caramelo y escritores amerengados; el que se ajusta sus cnones pasa por persona de delicado gusto y. alta moralidad; por todo lo cual debe tratrsele con respeto y no tomar la exposicin de sus doctrinas de ningn zascandil. Busqumosla, pues, en Hegel y sus discpulos, donde larga y hondamente se contiene. Entre naturalistas idealistas hay el mismo anta- gonismo que entre Lutero y Pelagio. Si Zola niega en redondo el libre arbitrio, Hegel lo extiende tanto I que todo est en l y sale de l. Para Zola, el uni- verso fsico hace, condiciona, dirige y seorea el pensamiento y voluntad del hombre; para Hegel y sus discpulos ese universo no existe sino mediante la idea. Qu digo ese universo? Dios mismo slo es en cuanto es idea; y el que se asuste de este concep- to ser, segn el hegeliano Vera, un impo un in- sensato ( escoger.) Y qu se entiende por idea? La idea, en las doctrinas de Hegel, es principio de la naturaleza y de todos los seres en general, y la palabra Dios no significa sino la idea absoluta el absoluto pensamiento. Consecuencias estticas del sistema hegeliano. En opinin de Hegel, la esfera del arte es una regin superior, ms pura y ver- dadera que lo real, donde todas las oposiciones de lo finito y de lo infinito desaparecen, donde la li- LA CUESTIN PALPITANTE. 25 bertad, desplegndose sin lmites ni obstculos, al- canza su objeto supremo. Con este aleteo vertigi- noso ya parece que nos hemos apartado de la tierra y que nos hallamos en las nubes, dentro de un globo aerosttico. Espacios la derecha, espacios la izquierda, y en parte alguna suelo donde sen- tar los pies. Y es lo peor del caso que semejante concepcin trascendental del arte la presenta Hegel con tal profundidad dialctica, que seduce. Lo cierto es que con esa libertad pelagiana que se des- plega sin lmites ni obstculos, y con ese universo construido de dentro fuera, cada artista puede dar por ley del arte su ideal propio, y decir, parodiando Luis XV: la esttica soy yo. El arte ensea Hegel restituye aquello que en realidad est manchado por la mezcla de lo accidental y exte- rior, la armona del objeto con su verdadera idea, rechazando todo cuanto no corresponda con ella en la representacin; y mediante esta purificacin produce lo ideal, mejorando la naturaleza, como suele decirse del pintor retratista. Ya tiene el arte carta blanca para enmendarle la plana la natura- leza y forjar el objeto, segn le venga en talante la verdadera idea. Pongamos ejemplos de estas correcciones la naturaleza, tomndolos de algn escritor idealista. Gilliatt, el hroe de Los trabajadores del mar de Vctor Hugo, es en realidad un hombre rudo, que casualmente se prenda de una chica y se ofrece desempear un trabajo hercleo para obtener su mano. Nada ms natural y humano en cierto modo 26 EMILIA PARDO BAZN. que este asunto. Pero, por medio del procedimien- to de Hegel, el hombre se va agigantando, convir- tindose en un titn; sostiene lucha colosal con los elementos desencadenados, con los monstruos ma- rinos, vencindolos, por supuesto; por si no basta, concluye siendo mrtir sublime, y el autor decreta su apoteosis. Sin salir de esta misma novela, Los trabajado- res del mar, aun encontramos otro personaje ms conforme que Gilliatt con las leyes de la esttica idealista: el pulpo. Pulpos sin enmienda los vemos cada paso en nuestra costa cantbrica; cuando aplican sus ventosas la pierna de un baista de un marinero, basta por lo regular una sacudida li- gera para soltarse; por ac, el inofensivo cefalpo- do se come cocido y es manjar sabroso, aunque algo coriceo. Pero stos son los pulpos tal cual Dios los cri, la apariencia sensible del pulpo, que dira un hegeliano; lo real del pulpo, sea su idea, es lo que Vctor Hugo aprovech para dramatizar la accin de Los trabajadores. All el pulpo ideal, la idea que se oculta bajo la forma del pulpo, crece, no slo fsica, sino moralmente, hasta medir tamao desmesurado: el pulpo es la sombra, el pulpo es el abismo, el pulpo es Lucifer. As se co- rrige la naturaleza. Un hroe idealista de muy diversa condicin que Gilliatt es el Rafael de Lamartine. Este no repre- senta la fuerza y la abnegacin, no es el len-cor- dero, sino la poesa, la melancola, el amor inson- dable infinito, el estado de ensueo perpetuo. LA CUESTIN PALPITANTE. 27 Complcese el autor en describir la lindeza de Rafael muy semejante la del de Urbino, y ade- ms le atribuye las cualidades siguientes: Si Ra- fael fuese pintor dice pintara la Virgen de Fo- ligno; si manejase el cincel, esculpira la Psiquisde Ganova; si fuese poeta, hubiera escrito los apos- trofes de Job Jehov, las estancias de la Hermi- nia del Tasso, la conversacin de Romeo y Julieta la luz de la luna, de Shakespeare, el retrato de Haydea, de lord Byron... Ustedes creern que Rafael se conforma con pintar lo mismo que su homnimo, esculpir como Canova y poetizar como Job, el Tasso, Shakespeare y Byron en una pieza. Qui! El autor aade que, puesto en tales y cua- les circunstancias, Rafael hubiese tendido todas las cimas, como Csar, hablado como Demstenes . y muerto como Catn. As se compone un hroe idealista de la especie sentimental. Cuan preferi- ble es retratar un ser humano, de carne y hueso, fantasear maniques! Los hombres de extraordinario talento suelen poseer la virtud de la lanza de Aquiles para curar las heridas que abren. En la Potica de Hegel doy con un prrafo que es el mejor programa de la no- vela realista. Por lo que hace la representacin, la novela propiamente dicha exige tambin, como la epopeya, la pintura de un mundo entero y el cuadro de la vida, cuyos numerosos materiales y variado fondo se encierren en el crculo de la ac- cin particular que es centro del conjunto. En cuanto las condiciones especiales de concepcin y 28 EMILIA PARDO BAZN. ejecucin, hay que otorgar al poeta ancho campo, tanto ms libre, cuanto menos puede, en este caso, eliminar de sus descripciones la prosa de la vida real, sin que por eso l haya de mostrarse vulgar ni prosaico.)) Si se tiene en cuenta la poca en que Hegel escribi esto, cuando la novela analtica era la excepcin, es ms de admirar la exactitud de la apreciacin independiente del sistema general he- geliano, como lo es tambin en cierto modo lo que dice acerca del fin y propsito del arte. En este te- rreno lleva inmensa ventaja Zola: para Hegel, el arte es objeto propio de s mismo, y referirlo otra cosa, la moral, por ejemplo, es desviarlo de su verdadero camino. El objeto del arte declara el filsofo de Stutt- gart es manifestar la verdad bajo formas sensi- bles, y cualquiera otro que se proponga, como la instruccin, la purificacin, el perfeccionamiento moral, la fortuna, la gloria, no conviene al arte considerado en s. El error que aqu nos sale al paso es que Hegel, al decir verdad, sobreentiende idea; pero al menos no saca la belleza de su te- rreno propio, no confunde, como Zola, los fines del arte y de las ciencias morales y polticas. El idealismo est representado en literatura por la escuela romntica, que Hegel consideraba la ms perfecta, y en la cual cifraba el progreso ar- tstico. Esta escuela, que tanto brill en nuestro siglo, fu al principio piedra de escndalo, como lo es el naturalismo ahora. Sus instructivas vicisi- tudes merecen captulo aparte. IV. HISTORIA DE UN MOTN. All por los aos de 1829, el conde Alfredo de Vigny, escritor delicado cuya aspiracin era ence- rrarse en una torre de marfil para evitar el con- tacto del vulgo, dio al Teatro Francs la traduc- cin y arreglo del telo de Shakespeare. Esta tra- gedia y las mejores del gran dramtico ingls se conocan en Francia ya, merced las adaptaciones de Ducis, que en 1792 haba aderezado el telo al gusto de la poca, con dos desenlaces distintos, uno el de Shakespeare y otro para uso de las almas sensibles. No juzg el Conde de Vigny necesarias tales precauciones, aunque s atenu en muchos pasajes la crudeza shakesperiana; gracias lo cual el pblico se mostr resignado durante los prime- ros actos, y. hasta aplaudi de tiempo en tiempo. Pero al llegar la escena en que el moro, frentico 30 EMILIA PARDO BAZN. de celos, pide Desdmona el pauelo bordado que le entregara en prenda de amor, la palabra pauelo (mouchoir), traduccin literal de la inglesa hand- kerchief, produjo en el auditorio una explosin de risas, silbidos, pateos y chicheos. Esperbanlos espectadores algn circunloquio, alguna perfrasis alambicada, como candido cendal cosa por el es- tilo, que no ofendiese sus cultas orejas; y al ver que el autor se tomaba la libertad de decir pauelo secas, armaron tal escndalo, que el teatro se caa. Formaba parte Alfredo de Vigny de una escuela literaria entonces naciente, que vena innovar y trasformar por completo la literatura. Dominaba el clasicismo entonces, no slo en las esferas oficia- les, sino en el gusto y opinin general, como lo demuestra la ancdota del pauelo. Tan mnima licencia causar tan gran espanto! Es que lo que hoy nos parece leve, la sazn era gravsimo. Las letras, fuerza de inspirarse en los modelos clsicos, de sujetarse servilmente las reglas de los preceptis- tas, y de pretender majestad, prosopeya y elegan- cia, haban llegado tal extremo de decadencia que se juzgaba delito la naturalidad, y sacrilegio llamar las cosas por su nombre, y las nueve dcimas partes de las palabras francesas se hallaban proscri- tas pretexto de no profanar la nobleza del estilo. Por eso el gran poeta que capitane la renovacin literaria, Vctor Hugo, dijo en las Contemplaciones: No haya desde hoy ms vocablos patricios ni ple- beyos! Suscitando una tempestad en el fondo de mi tintero, mezcl la negra multitud de las pala- LA CUESTIN PALPITANTE. 31 bras con el blanco enjambre de las ideas, y exclam: De hoy ms no existir palabra en que no pueda posarse la idea baada de ter! Una literatura que como el clasicismo de princi- pios del siglo, mermaba el lenguaje, apagaba la ins- piracin y se condenaba imitar por sistema, haba de ser forzosamente incolora, artificiosa y pobre; y los romnticos, que venan abrir nuevas fuentes, poner en cultura terrenos vrgenes, llegaban tan tiempo como apetecida lluvia sobre la tierra dese- cada. Aunque al pronto el pblico se alborotase y protestase, tena que acabar por abrirles los brazos. Es curioso que las acusaciones dirigidas al roman- ticismo incipiente se parezcan como un huevo otro las que hoy se lanzan contra el realismo. Leer la crtica del romanticismo hecha por un cl- sico, es leer la del realismo por un idealista. Segn los clsicos, la escuela romntica buscaba adrede lo feo, sustitua lo pattico con lo repugnante, la pasin con el instinto; registraba los pudrideros, sacaba luz las llagas y lceras ms asquerosas, corrompa el idioma y empleaba trminos bajos y viles. No dira cualquiera que el objeto de esta censura es el Assommoir? Sin arredrarse proseguan los romnticos su for- midable motn. En Inglaterra, Coleridge," Carlos Lamb, Southey, Wordsworth, Walter Scott, rom- pan con la tradicin, desdeaban la cultura clsica y preferan La Eneida una balada antigua, y Roma la Edad Media. En Italia, la renovacin dra- mtica proceda del romanticismo, por medio de 32 EMILIA PARDO BAZN. Manzoni. Alemania, verdadera cuna de la litera- tura romntica, la posea ya riqusima y triunfante. Espaa, harta de poetas sutiles y acadmicos, tam- bin se abri gustossima al cartagins, que traa las manos llenas de tesoros. Pero en ninguna parte fu el romanticismo tan frtil, militante y brioso, como en Francia. Slo por aquel brillante y des- lumbrador perodo literario merecen nuestros ve- cinos la legtima influencia, que no es posible dis- putarles, y que ejercen en la literatura de Europa. (Magnfica expansin, rico florecimiento del in- genio humano! Slo puede compararse otra gran poca intelectual: la de esplendor de la filosofa es- colstica. Y tiene de notable haber sido mucho ms corta: nacido el romanticismo despus que el siglo xix, un gran crtico, Sainte Beuve, habl de l en 1848 como de cosa cerrada y concluida, de- clarando que el mundo perteneca ya otras ideas, otros sentimientos, otras generaciones. Fu un relmpago de poesa, de belleza y de encendida claridad, al cual se le puede aplicar la estrofa de Nez de Arce: Qu espontneo y feliz renacimiento! jQu plyadade artistas y escritores! En la luz, en las ondas, en el viento Hallaba inspiracin el pensamiento, Gloria el soldado y el pintor colores. Un individuo de la falange francesa, Dovalle, muerto en desafo la edad de veintids aos, acn- LA CUESTIN PALPITANTE. 33 sejaba as al poeta romntico: Ardiendo en amor y penetrado de armonas, deja brotar tus inflama- dos versos, y fogoso y libre pide tu genio cantos nuevos independientes. Si el cielo te disputa la sagrada chispa, vuela atrevido robrsela. Vuela, mancebo! S, acurdate de Icaro: l cay, pero lo- gr ver el cielo! Aunque del movimiento romntico francs des- cartemos algunos de sus representantes que, como Alfredo de Musset y Balzac, no le pertenecen del todo y corresponden en rigor distinta escuela, le queda una cantidad tal de nombres clebres, que bastar enriquecer, no algunos lustros, sino un par de siglos. Chateaubriand, hoy desdeado ms de lo justo; el suave y melodioso Lamartine; Jorge Sand; Tefilo Gautier, tan perfecto en la forma: Vctor Hugo, coloso que aun se mantiene de pie; Agustn Thierry, primer historiador artista, son su- ficientes para ello, sin contar los muchos autores, quizs secundarios, pero de indisputable vala, que dan seal evidente de la fecundidad de una poca V pulularon en el romanticismo francs; Vigny, Mrime, Gerardo de Nerval, Nodier, Dumas, y, en fin, una bandada de dulces y valientes poetisas, de poetas y narradores originales que fuera prolijo citar. Teatro, poesa, novela, historia, todo se vio instaurado, regenerado y engrandecido por la es- cuela romntica. Nosotros, los del lado ac del Pirineo, satlites- mal que nos pese de Francia, recordamos tambin la poca romntica como fecha gloriosa, experimen- 3 34 EMILIA PARDO BAZN. tamos todava su influencia y tardaremos bastante en eximirnos de ella. Dinos el romanticismo Zo- rrilla, que fu como el ruiseor de nuestra aurora al par que el lucero melanclico de nuestro ocaso: msticos arpegios, notas de guzla, serenatas rabes, medrosas leyendas cristianas, la poesa del pasado, la riqueza de las formas nuevas, todo lo expres el poeta castellano con tan inagotable vena, con tan sonora versificacin, con tan deleitable y nunca escuchada msica, que aun hoy... que lo tene- mos tan lejos ya! parece que su dulzura nos suena dentro, en el alma. A su lado, Espronceda alza la byroniana frente; y el soldado poeta, Garca Guti- rrez, coge tempranos laureles que slo le disputa Hartzenbusch; el Duque de Rivas satisface la exi- gencia histrico-pintoresca en sus romances, y Larra, ms romntico en su vida que en sus obras, con agudo humorismo, con zumbona irona, indica la transicin del perodo romntico al realista. Mu- cho antes de que empezase verificarse, aunque determinada por la francesa, nuestra revolucin li- teraria tuvo carcter propio: nada nos falt: an- dando el tiempo, si no posemos un Heine y un Alfredo de Musset, nos nacieron Campoamor y Bcquer. Mas el teatro del combate decisivo, importa re- petirlo, fu Francia.- All hubo ataque impetuoso por parte de los disidentes, y tenaz resistencia por la de los conservadores. Baour-Lormian, en una comedia titulada El clsico y el romntico, esta- bleca la sinonimia de clsico y hombre de bien, de LA CUESTIN PALPITANTE. 35 romntico y pillo; y siguiendo sus huellas, siete literatos clsicos netos elevaron Carlos X una exposicin donde le rogaban que toda pieza conta- minada de romanticismo fuese excluida del Teatro France's, lo cual el Rey contest, con muy buen acuerdo, que en materia de poesa dramtica l no tena ms autoridad que la de espectador, ni ms puesto que el asiento que ocupaba. A su vez los romnticos provocaban la lucha, re- taban al enemigo y se mostraban dscolos y sedi- ciosos hasta lo sumo. Reanse mandbula batiente de las tres unidades de Aristteles; mandaban paseo los preceptos de Horacio y Boileau (sin ver que muchos de ellos son verdades evidentes dicta- das por inflexible lgica, y que el preceptista no pudo inventar, como ningn matemtico inventa los axiomas fundamentales, primeros principios de la ciencia), y se divertan en chasquear los crti- cos que les eran adversos, como ingeniosamente lo hizo Carlos Nodier. Este docto fillogo y ele- gante narrador public una obra titulada Sma- rra, y los crticos, tomndola por engendro romn- tico, la censuraron acerbamente. ;Cul no sera su sorpresa al enterarse de que Stnarra se compona de pasajes traducidos de Homero, Virgilio, Estacio, Tecrito, Catulo, Luciano, Dante, Shakespeare y Milton! Hasta en los pormenores de indumentaria que- ran los romnticos manifestar independencia y originalidad sin cuidarse de evitar la extravagan- cia. Son proverbiales y caractersticas las melenas 36 EMILIA PARDO BAZN, de cnlonces, y famoso el traje con que Tefilo Gautier asisti al memorable estreno del Hernant de Vctor Hugo. Componase el traje en cuestin de chaleco de raso cereza, muy ajustado, manera de coleto, pantaln verde plido con franja ne- gra, frac negro con solapas de terciopelo, sobretodo gris forrado de raso verde, y la garganta una cinta de moir, sin asomos de tirilla ni cuello blanco. Semejante atavo, escogido adrede para escandalizar los pacficos ciudadanos y los cl- sicos asombradizos, produjo casi tanto efecto como el drama. No se limitaba el romanticismo la literatura: trascenda las costumbres. Es una de sus seas particulares haber puesto en moda ciertos detalles, ciertas fisonomas, las damiselas plidas y con ti- rabuzones, los hroes desesperados y en ltimo grado de tisis, la orgia y el cementerio. Vari to- talmente el concepto que se tena del literato: ste era por lo general, en otros tiempos, persona in- ofensiva, apacible, de retirado y estudioso vivir: desde el advenimiento del romanticismo se convir- ti en calavera misntropo, al cual las musas ator- mentaban en vez de consolarle, y que ni andaba, ni coma, ni se conduca en nada como el resto del gnero humano, encontrndose siempre cercado de aventuras, pasiones y disgustos profundsimos y misteriosos. Y que no todo era ficticio en el tipo romntico, lo prueba la azarosa vida de Byron, el precoz hasto de Alfredo de Musset, la demencia y el suicidio de Gerardo de Nerval, las singulares vi- LA CUESTIN PALPITANTE. 2H cisitudes de Jorge Sand, las volcnicas pasiones y trgico fin de Larra ; los desahogos y vehemencias de Espronceda. No hay vino que no se suba la cabeza si se bebe con exceso, y la ambrosa romn- tica fu sobrado embriagadora para que no se tras- tornasen los que la gustaban en la copa divina del arte. Tiempos heroicos de la literatura moderna! Slo la ciega intolerancia podr desconocer su valor y considerarlos nicamente como preparacin para la edad realista que empieza. Y no obstante, al llamar la vida artstica lo feo y lo bello indistin- tamente, al otorgar carta de naturaleza en los do- minios de la poesa todas las palabras, el roman- ticismo sirvi la causa de la realidad. En vano protest Vctor Hugo declarando que vallas in- franqueables separan la realidad segn el arte, de la realidad segn la naturaleza. No impedir esta restriccin calculada que el realismo contempor- neo, y aun el propio naturalismo, se funden y apoyen en principios proclamados por la escuela romntica. ESTADO DE LA ATMSFERA. Lo que se ve claramente al estudiar el romanti- cismo y fijar en l una mirada desapasionada, es que tena razn Sainte-Beuve; que su vida fu tan corta como intensa y brillante, y que desde media- dos del siglo ha muerto, dejando numerosa descen- dencia. Porque la clausura del perodo romntico no se debi que aquel clasicismo rancio y anmico de otros das resucitase para imperar de nuevo; ni semejantes restauraciones caben en los dominios de la inteligencia, ni el entendimiento humano es ningn costal que se vace cuando est muy lleno, quedando encima lo de debajo, como suele decirse de las modas. Acertaba Mad. de Stael al declarar que ni el arte ni la naturaleza reinciden con preci- sin matemtica; slo vuelve y es restaurado lo que sobrevive la crtica y cuela al travs de su fino ta- miz; as del clasicismo renacen hoy cosas realmente LA CUESTIN PALPITANTE. 39 buenas y bellas que en l hubo, que por lo menos, si no son buenas y bellas, estn en armona con las exigencias de la poca presente y del actual espritu literario. Lo propio sucede al romanticismo; de l sobrevive cuanto sobrevivir merece, mientras sus exageraciones, extravos y delirios pasaron como torrente de lava, abrasando el suelo y dejando en pos intil escoria. Una literatura nueva, que ni es clsica ni romntica, pero que se origina de ambas escuelas y propende equilibrarlas en justa pro- porcin, va dominando y apoderndose de la se- gunda mitad del siglo xix. Su frmula no se reduce un eclecticismo dedicado encolar cabezas ro- mnticas sobre troncos clsicos, ni un sincretismo que mezcle, guisa de legumbres en menestra, los elementos de ambas doctrinas rivales. Es producto natural, como el hijo en quien se unen sustancial- mente la sangre paterna y la materna, dando por fruto un individuo dotado de espontaneidad y vida propia. Me parece ocioso insistir en demostrar lo que no puede ni discutirse, saber, que existen formas li- terarias recientes, y que las antiguas decaen y se extinguen poco poco. Sera estudio curioso el de la disminucin gradual de la influencia romntica, no slo en las letras, sino en las costumbres. Sin rasgar el velo que cubre la vida privada, considero fcil poner de relieve el notable cambio que han sufrido los hbitos literarios y el estado de nimo de los escritores. Desde hace algunos aos calmse la efervescencia de los cerebros, sosegse aquella 40 EMILIA PARDO BAZN. irritabilidad enfermiza, subjetivismo, que tanto atormentaba Byron y Espronceda, y entramos en un perodo de mayor serenidad y sosiego. Nues- tros grandes autores y poetas contemporneos vi- ven como el resto de los mortales; sus pasiones si es que las experimentan laten escondidas en el fondo de su alma, y no se desbordan en sus libros ni en sus versos; el suicidio perdi prestigio sus ojos, y no lo buscan ni en el exceso de desordena- dos placeres ni en ningn pomo de veneno arma mortfera. En vestir, en habla y conducta, son idnticos cualquiera, y el que por la calle se tro- piece con Nez de Arce Campoamor sin cono- cerlos, dir que ha visto dos caballeros bien porta- dos, el uno de pelo blanco, el otro algo descolorido, que no tienen nada de particular. Todo Pars co- noce la existencia burguesa y metdica de Zola-, encariadsimo con su familia; y si no fuera que siempre comete indiscrecin quien descubre inti- midades del hogar, por inocentes que sean, yo aa- dira en este respecto al nombre del novelista fran- cs algunos muy ilustres en Espaa. Lo cual no quiere decir que se haya concluido la vaga tristeza, la contemplacin melanclica, el so- ar cosas diferentes de las que nos ofrece la reali- dad tangible, el descontento y sed del alma y otras enfermedades que slo aquejan espritus altos y poderosos, tiernos ydelicados. Ah, no por cierto! Esa poesa interior no se agot: lo proscrito es su manifestacin inoportuna, afectada y sistemtica. Los soadores proceden hoy como aquellos fraile- LA CUESTIN PALPITANTE. 41 citos humildes y santas monjas que, al desempear los menesteres de la cocina barrer el claustro, sa- ban muy bien traer el pensamiento embebecido en Dios, sin que por fuera pareciese sino que aten- dan enteramente al puchero y la escoba. No es nuestra edad tan positiva como aseguran gentes que la miran por alto, ni hay siglo en que la con- dicin humana se mude del todo y el hombre en- cierre bajo doble llave algunas de sus facultades, usando slo de las que le place dejar fuera. La di- ferencia consiste en que el romanticismo tuvo ritos, Iqs cuales, en el ao de 1882, nadie se sujetara sin que le retozase la risa en el cuerpo. Si en el estreno del drama ms discutido de Echegaray se presentase alguien con el estrafalario atavo de Tefilo Gautier en Hernani, puede que lo man- dasen Legans. Ahora bien: si el romanticismo ha muerto y el clasicismo no ha resucitado, ser que la literatura contempornea encontr otros moldes, como suele decirse, que le vienen ms cabales ms anchos. Tengo por difcil juzgar ahora estos moldes: indu- dablemente es temprano: no somos an la poste- ridad, y quizs no acertaramos manifestarnos imparciales y sagaces. Slo es lcito indicar que una tendencia general, la realista, se impone las letras, aqu contrastada por lo que aun subsiste del espritu romntico, all acentuada por el naturalis- mo, que es su nota ms aguda, pero en todas partes vigorosa y dominante ya, como lo prueba el exa- men de la produccin literaria en Europa. 42 EMILIA PARDO BAZN. De la generacin romntica francesa slo queda en pie Vctor Hugo, materialmente, porque vive moralmente hace tiempo que no se cuenta con l sus ltimas obras no se pueden leer con gusto, ni casi con paciencia, y los autores franceses cuya ce- lebridad atraviesa el Pirineo y los Alpes esparcin- dose por todo el mundo civilizado, son realistas y naturalistas. Inglaterra ha visto caer uno uno los colosos de su perodo romntico, Byron, Southey, Walter Scott, y venir reemplazarlos una falan- ge de realistas de talento singular: Dickens,que se paseaba por las calles de Londres das enteros ano- tando en su cartera lo que oa, lo que vea, las me- nudencias y trivialidades de la vida cotidiana; Tha- ckeray, que continu las vigorosas pinturas de Fiel- ding; y por ltimo, como corona de este renaci- miento del genio nacional, Tennyson, el poeta del home, el cantor de los sentimientos naturales y apa- cibles, de la familia, de la vida domstica y del pai- saje tranquilo. Espaa... Quin duda que tambin Espaa propende, sino tan resueltamente como In- glaterra, por lo menos con fuerza bastante, reco- brar en literatura su carcter castizo y propio, ms realista que otra cosa? Se han establecido de algn tiempo ac corrientes de purismo y arcasmo, que si no se desbordan, sern muy tiles y nos pondrn en relacin y contacto con nuestros clsicos, para que no perdamps el gusto y sabor de Cervantes, ""Hurtado y Santa Teresa. No slo los escritores primorosos y un tanto amanerados, como Valera, sino los que escriben libremente, ex toto corde, LA CUESTIN PALPITANTE. 43 como Galds, desempolvan, limpian de orn y dan curso frases aejas,(pero adecuadas, significativas y hermosas. Y no es nicamente la forma, el estilo, lo que va hacindose cada vez ms nacional en los escritores 4e nota; es el fondo y la ndole de sus producciones. Galds con los admirables Episodios y las Novelas contemporneas, Valera con sus ele- gantes novelas andaluzas, Pereda con sus frescas narraciones montaesas, llevan cabo una restau- racin, retratan nuestra vida histrica, psicolgica, regional; escriben el poema de la moderna Espa- a. Hasta Alarcn, el novelista que ms conserva las tradiciones romnticas, luce entre sus obras un precioso capricho de Goya, un cuento espaol por los cuatro costados, El sombrero de tres picos. La patria va reconcilindose consigo misma por me- dio de las letras. En resumen, la literatura de la segunda mitad del siglo xix, frtil, variada y compleja, presenta rasgos caractersticos: reflexiva, nutrida de hechos, posi- tiva y cientfica, basada en la observacin del in- dividuo y de la sociedad, profesa la vez el culto de la forma artstica, y lo practica, no con la serena / sencillez clsica, sino con riqueza y complicacin. Si es realista y naturalista, es tambin refinada; y como su perspicacia analtica no se esconde ningn detalle, los traslada prolijamente, y pule y cincela el estilo. Ntase en ella cierto renacimiento de las nacio- nalidades, que mueve cada pueblo convertir la mirada lo pasado, estudiar sus propios excelsos 44 EMILIA PARDO BAZN. escritores, y buscar en ellos aquel perfume pecu- liar inexplicable que es las letras de un pas lo que ese mismo pas su cielo, su clima, su terri- torio. Al par se observa el fenmeno de la imita- cin literaria, la influencia recproca de las nacio- nes, fenmeno ni nuevo ni sorprendente, por ms que alardeando de patriotismo lo condenen al- gunos con severidad irreflexiva. La imitacin entre naciones no es caso extraordi- nario, ni tan humillante para la nacin imitadora como suele decirse. Prescindamos de los latinos, que calcaron los griegos; nosotros hemos imitado los poetas italianos; Francia su vez imit nues- tro teatro, nuestra novela: uno de sus autores ms clebres, admirado por Walter Scott, Lesage, es- cribi el Gil Blas, El Bachiller de Salamanca, y El diablo cojuelo, pisando las huellas d nuestros es- critores del gnero picaresco; en el perodo ro- mntico, Alemania brind inspiracin los france- ses, que su vez influyeron notablemente en Hei- ne; y esto fu de modo que si cada nacin hubiese de restituir lo que le prestaron las dems, todas quedaran, si no arruinadas, cuando menos empo- brecidas. A propsito de imitacin deca Alfredo de Musset con su donaire acostumbrado: Acsanme de que tom Byron por modelo. Pues no saben que Byron imitaba Pulci? Si leen los italianos, vern cmo los desbalij. Nada pertenece nadie, todo pertenece todos; y es preciso ser ignorante como un maestro de escuela para forjarse la ilusin de que decimos una sola palabra que nadie haya LA CUESTIN PALPITANTE. 45 dicho. Hasta el plantar coles es imitar alguien. La evolucin (no me satisface la palabra, pero no tengo mano otra mejor) que se verifica en la literatura actual y va dejando atrs al clasicismo y al romanticismo, transforma todos los gneros. La poesa se modifica y admite la realidad vulgar como elemento de belleza: fcil es probarlo con slo nombrar Campoamor. La histori a se apoya cada vez ms en la ciencia y en el conocimiento analtico de las sociedades. La crtica dej de ser magisterio y pontificado, convirtindose en estudio y observacin incesante. El teatro mismo, ltimo refugio de lo convencional ^rfstco7 entreabre sus puertas, si no la verdad, por lo menos la vero- similitud invocada gritos por el pblico, que si acepta y aplaude bufonadas, magias, pantomimas y hasta fantoches como mero pasatiempo diver- sin de los sentidos, en cuanto entiende que una obra escnica aspira penetrar en el terreno del sentimiento y de la inteligencia, ya no le da tan fcilmente pasaporte. Pero donde ms victoriosa se entroniza la realidad, donde est como en su casa, es en la novela, gnero predilecto de nuestro siglo, que va sobreponindose los restantes, adop- tando todas las formas, plegndose todas las ne- cesidades intelectuales, justificando su ttulo de mo- derna epopeya. Ya es hora de concretarnos la novela, puesto que en su campo es donde se pro- duce el movimiento realista y naturalista con acti vidad extraordinaria. VI. GENEALOGA. La forma primaria de la novela es el cuento, no escrito, sino oral, embeleso del pueblo y de la niez. Cuando al amor de la lumbre, durante las largas veladas de invierno, hilando su rueca al lado de la cuna, las tradicionales abuela y nodriza refieren en incorrecto y sencillo lenguaje medrosas leyendas morales aplogos, son... quin lo dira! predecesoras de Balzac, Zola y Galds. Pocos pueblos del mundo carecen de estas ficcio- nes. La India fu riqusimo venero de ellas, y las comunic las comarcas occidentales, donde por ventura las encuentra algn sabio fillogo y se ad- mira de que un pastor le refiera la fbula snscrita que ley el da antes en la coleccin de Pilpay. rabes, persas, pieles-rojas, negros, salvajes de Australia, las razas ms inferiores incivilizadas, poseen sus cuentos. Cosa rara: el pueblo escaso de LA CUESTIN PALPITANTE. 47 semejante gnero de literatura es el que nos im- puso y dio todos los restantes, saber, Grecia. Se cree que Esopo hubo de ser esclavo en algn pas oriental para traer al suyo los primeros aplogos y fbulas. De novela, ni seales en las pocas glorio- sas de la antigedad clsica. Hasta cuatro siglos antes de nuestra era, cuando tenan ya los griegos sus admirables epopeyas, teatro, poesa lrica, filo- sofa historia, no aparece la primer ficcin nove- lesca, la Ciropedia de Jenofonte, narracin moral y poltica que no carece de analoga con el Tel- maco; el perodo tico as se llama todo el tiempo en que florecieron las letras helenas no presenta otro novelista ni otra novela, pues no se sabe que Jenofonte reincidiese. Los chinos, que en todo madrugan, poseyeron novelas desde tiempos re- motos; pero como la cultura occidental arranca de Grecia, si quisisemos rendir homenaje nuestro primer novelista, tendramos que celebrar el mi- lenario, cosa as, de Jenofonte. Durante el perodo de decadencia literaria que comenz en Alejandra, sale luz en el siglo de Augusto una linda novela pastoral, las Eubeanas, de Din Crisstomo. No parece sino que la fanta- sa novelesca estaba aguardando, para manifestar- se libremente, la venida del Cristianismo! Y muy sus anchas debi volar desde entonces, y mucho abundaran las ficciones descabelladas y las fbulas milesias, cuando en el siglo n Luciano de Samosa- ta, escritor escptico y agudsimo, como quien dice, el Voltaire del paganismo, crey necesario 48 F.MILTA PARDO BAZN. atacarlas en la misma guisa que Cervantes atac despus los libros de caballera, parodindolas en dos novelas satricas, la Historia verdadera y el Asno. En efecto, la literatura de aquellos primeros siglos del Cristianismo, si cuenta con alguna buena novela, como Las Babilonias de Jamblico, est pla- gada de patraas, milagreras invenciones fants- ticas, de biografas historias sin pies ni cabeza, de cuentos referentes Homero, Virgilio y otros poe- tas y hroes, de Evangelios, leyendas y actas ap- crifas, algunas de muy galana invencin; por donde se ve que el linaje de las novelas, con no ser tan antiguo como el de otros gneros, puede preciarse de ilustre, ya que un parentesco de afinidad le une la literatura sagrada. La era de la novela griega concluye con Dafnisy Cloe, los Amores de Tea- genes y Clariclea, las narraciones de Aquiles Tacio, las Efesianas de Jenofonte de Efeso, las Cartas de Aristenetes: gnero especial de novela ertica donde el paganismo moribundo se com- placa en adornar con prolijas guirnaldas y festones el altar arruinado del amor clsico. Sobreviene la Edad Media: cambian personajes, asuntos y escritores;" la novela es poema pico, cancin de gesta fabliau; sus protagonistas, Ja- sn, Edipo, los Doce Pares, el Rey Arts, Flora yBlancaflor, Lanzarote, Parcival,Guarino,Tristn Iseo; los argumentos, la conquista del Santo Grial, la guerra de Troya, la de Tebas; los autores, troveros clrigos. Muy rudimentariamente, ya' LA CUESTIN PALPITANTE 49 all se contenan los libros de caballeras y la nove- la histrica, as como las crnicas de los Santos y leyendas doradas encerraban el germen de la nove- la psicolgica, de menos accin y movimiento, pero ms delicada y sentida. Francia Inglaterra se llevaron la palma en este gnero de historias romancescas, de paladines, aventuras, hazaas y maravillas: bien nos desquitamos nosotros en el siglo XVI. Semejante los jardines encantados que por arte de magia haca florecer en lo ms crudo del in- vierno algn alquimista, abrironse de pronto en nuestra patria los clices, pintados de gules, sino- pie y azul, de la literatura andantesca. No haban penetrado en Espaa las crnicas y proezas de los hroes carlovingios, los amoros de Lanzarotes y Tristanes, ni los embustes de Merln, pero en cam- bio moraba ya entre nosotros, amn del brioso Campeador real, el Cid ideal, el caballero perfecto, puro y heroico hasta la santidad; el muy fermoso y nunca bien ponderado Amads de Gaula, pa- triarca de la Orden de caballera, tipo tan caro nuestra imaginacin meridional hidalga, que ya principios del siglo xv, los perros favoritos de los magnates castellanos se llamaban Amads, como ahora se llamaran Bismarck 6 Garibaldi. Naci el padre Amads en Portugal en Castilla? Decdanlo los eruditos: lo cierto es que calent su cabeza el sol ibrico, el sol que derreta los sesos de Alonso Quijano errante por las abrasadoras llanuras man- chegas, y que su interminable posteridad, como 4 50 EMILIA PARDO BAZN. retoos de oliva, brot en el campo de las letras espaolas. Oh y cuan fecundo himeneo fu aquel del firme y casto Amads con la incomparable se- ora Oriana! Un mundo, un mundo imaginario, potico, do- rado, misterioso y extranatural como el que vio el caballero de la Triste Figura en el fondo de la cueva de Montesinos, se alza en pos del hijo del Rey Perin de Gaula. Lisuartes, Floriseles y Esfe- ramundis; caballeros del Febo, de la Ardiente Espada, de la Selva; hermossimas doncellas, feri- das de punta de amores; dueas rencorosas dolo- ridas; reinas y emperatrices de regiones extraas, de nsulas remotas, de comarcas antpodas, donde algn algero dragn trasportaba en un decir Jess al andante; enanos, jayanes, moros y magos, en- driagos y vestiglos, sabios con barbas que les besa- ban los pies, y princesas encantadas con pelo que les cubra el cuerpo todo; castillos, simas, opulen- tos camarines, lagos de pez que encerraban ciuda- des de oro y esmeraldas; cuanto brot la fantasa de Ariosto, cuanto en melodiosas octavas cant Torcuato Tasso, lo narraron en prosa castellana, r ica, ampulosa, conceptuosa, henchida de retruca- nos y tiquis miquis amatorios, Garca Ordez de Montalvo, Feliciano de Silva, Toribio Fernndez, Pelayo de Ribera, Luis Hurtado y otros mil nove- ladores de la falange cuya lectura sec el cerebro de Don Quijote y cuyo estilo pareca de perlas al buen hidalgo. Oh, que quiero dice una herona andantesca, la reina Sidonia dar fin mis razo- LA CUESTIN PALPITANTE. 51 nes por la sinrazn que hago de quejarme de aquel que no la guarda en sus leyes! Apresrate, llega ya. manco glorioso, que haces gran falta en el siglo: ase la pola y descabzame luego al punto ese ejrcito de gigantes, que al to- carles t se volvern inofensivos cueros de vino tinto: hendirslos de una sola cuchillada, y per- diendo su savia embriagadora, se quedarn aplas- tados y hueros. Ven, Miguel de Cervantes Saave- dra, concluir con una ralea de escritores dispara- tados, abatir un ideal quimrico, entronizar la realidad, concebir la mejor novela del mundo! Notemos aqu un pormenor muy importante. Si bien la novela caballeresca prendi, arraig y fruc- tific tan lozana y copiosamente en nuestro suelo, ello es que nos vino de fuera. Amads, en su origen, es una leyenda del ciclo bretn, importada Es- paa por algn fugitivo trovador provenzal. Ti- ldante el Blanco, otro libro primitivo andantesco, fu trasladado del ingls al portugus y al lemosn. Las aventuras de los andantes caballeros ocurren en Bretaa, en Gales, en Francia. Aunque diestra- mente adaptadas sus historias nuestra habla, y ledas con deleite y hasta con entusiasta furor, no pierden jams un dejo extranjerizo que repugna al paladar nacional. Venga un Cervantes; que escriba, en forma de novela, una historia llena de verdad y de ingenio, protesta del espritu patrio contra el falso idealismo y los enrevesados discursos que nos pronuncian hroes nacidos en otros pases, y al punto se har popular su obra, y la celebrarn las UN1VERSITY OF ILLINOIS iJBRARX 52 EMILIA PARDO BAZN. damas, y la reirn los pajes, y se leer en los sa- lones y en las antesalas, y sepultar en el olvido las soadas aventuras caballerescas: olvido tan rpido y total como ruidosa era su fama y aplauso. De andar en manos de todo el mundo, pasaron los libros de caballeras ser objeto de curiosidad. Susautores eran contemporneos de Herrera, Men- doza y los Luises. Quin se acuerda hoy de aque- llos fecundos novelistas, tan caros su poca? Quin sabe, no buscarlo exprofeso en un ma- nual de literatura, el nombre del ingenio que com- puso, v. gr., Don Cirongilio de Tracia? No me es posible persuadirme digan lo que quieran los trascendentalistas que Cervantes, cuando escribi el Quijote, no quiso realmente ata- car los libros de caballeras, y matar en ellos una literatura extica que robaba la castiza todo el favor del pblico. Y lo creo as, en primer lugar, porque si la literatura caballeresca no hubiese al- canzado desarrollo y preponderancia alarmante, Cervantes al combatirla procedera como su hroe, tomando los carneros por ejrcitos y batindose con los molinos de viento; y en segundo, porque juzgando analgicamente, comprendo bien que si un realista contemporneo poseyese el talento asombroso de Cervantes, lo emplease en escribir algo contra el gnero idealista, sentimental y em- palagoso que aun goza hoy del favor del vulgo, como los libros de caballera en tiempos de Cervan- tes. Por lo dems, claro que el Quijote no es mera stira literaria. jQu ha de ser, si es lo ms gran- LA CUESTIN PALPITANTE. 53 de y hermoso que se ha escrito en el gnero nove- lesco! El principal mrito literario de Cervantes de- jando aparte el valor intrnseco del Quijote como obra de arte consiste en haber reanudado la tra- dicin nacional, haciendo que al concepto del Ama- ds forastero y tan quimrico como Arts y Roldan reemplace un tipo real como nuestro hroe caste- llano el Cid Rodrigo Daz, que con mostrarse siem- pre valeroso y honrado, y noble y comedido, y cristiano, lo mismo que el solitario de la Pea Po- bre es adems un ser de carne y hueso y manifies- ta afectos, pasiones y hasta pequeneces humanas, ni ms ni menos que D. Quijote; con ellos me entierren y no con la dilatada estirpe de los Ama- dises. No invent Cervantes la novela realista espaola porque sta ya exista y la representaba La Celes- tina, obra maestra, ms novelesca todava que dra- mtica, si bien escrita en dilogo. Ningn hombre, aunque atesore el genio y la inspiracin de Cer- vantes, inventa un gnero de buenas primeras: lo que hace es deducirlo de los antecedentes lite- rarios. Mas no importa: el Quijote y el Amads di- viden en dos hemisferios nuestra literatura noveles- ca. Al hemisferio del Amads se pueden relegar to- das las obras en que reina la imaginacin, y al del Quijote aquellas en que predomina el carcter rea- lista, patente en los monumentos ms antiguos de las letras hispanas. En el primero caben, pues, los innumerables libros de caballera, las novelas pas- 54 KM1LIA PARDO BAZN. toriles y alegricas, sin excluir la misma Galatea y el PersileSy de Cervantes; en el segundo las nove- las ejemplares y picarescas: el Lazarillo, el Gran Tacao, Marcos de Obregn, Guarnan de Alfa- rache; los cuadros llenos de luz y color de la Gita- nilla, el humorstico Coloquio de los perros, el Diablo cojuelo, de Guevara; el cuento donossimo de los Tres maridos burlados, y... qu citar? Cundo acabaramos de nombrar y encarecer tan- tas obras maestras de gracia, observacin, donosu- ra, ingenio, desenfado, vida, estilo y sentenciosa profundidad moral? Mientras er territorio idealista se pierde, se hunde cada vez ms en las nieblas del olvido, el realista, embellecido por el tiempo como sucede los lienzos de Velzquez y Muri- 11o, basta para hacer que el pasado de nuestra li- teratura recreativa sea sin par en el orbe. Esta brevsima excursin por el campo de la no- vela desde su nacimiento hasta la aurora de los tiempos modernos, en los cuales tanto se enrique- ci y tantas metamorfosis sufri, nos ensea cuan mudable es el gusto y cmo las pocas forman la literatura su imagen. Qu diferencia, por ejem- plo, entre tres obras recreativas: Dafnis y Cloe, Amads de Gaula y El gran Tacao! Me represen- to Dafnisy Cloe como un bajo relieve pagano cincelado, no en puro mrmol, sino en alabastro finsimo. Sobre el fondo de una rstica cueva, don- de se alza el ara de las ninfas rodeada de flores, retozan el zagal y la zagala adolescentes, y su lado brinca una cabra y yace cado el zurrn, el LA CUESTIN PALPITANTE. 55 cayado, los odres llenos de leche fresca; el diseo es elegante, sin vigor ni severidad, pero no sin cierta gracia y refinada molicie que blandamente recrea la vista. Amads es un tapiz cuyas figuras se prolongan, ms altas del tamao natural; el pa- ladn, armado de punta en blanco, se despide de la dama cuyos pies encubre el largo brial y cuyas de- licadas manos sostienen una flor; entre los colores apagados de la tapicera, resplandecen aqu y all lizos de oro y plata; en el fondo hay una ciudad de edificios cuadrangulares, simtricos, como las pin- tan en los cdices. Y por ltimo, el Gran Tacao es manera de pintura, de la mejor poca de la escuela espaola; Velzquez sin duda fu quien destac del lienzo la figura pergaminosa y enjuta del Dmine Cabra; slo Velzquez podra dar se- mejante claro-oscuro la sotana vieja, al rostro amarillento, al mueblaje exiguo del avaro. Qu luz! Qu sombras! Qu violentos contrastes! Qu pincel valiente, franco, natural y cmico un tiem- po! Dafnisy Che y Amads no tienen ms vida que la del arte; El gran Tacao vive en el arte y en la realidad. VII. PROSIGUE LA GENEALOGA. En achaque de novelas hemos madrugado bas- tante ms que los franceses. Hartos estbamos ya de producir historias caballerescas, y floreca en nuestro Parnaso el gnero picaresco y pastoril, mientras ellos no posean un mal libro de entrete- nimiento en prosa, si se exceptan algunas nou- velles. Sin embargo, cuando en sus tratados de litera- tura llegan nuestros vecinos al siglo xvi, no se olvidan jams de decir que tambin tuvieron por entonces su Cervantes. Veamos quin fu el tal. Posedo de la embriaguez de letras humanas que caracteriz al Renacimiento, cierto fraile francis- cano, hijo de un ventero turens, se dio estudiar el griego, descuidando totalmente los deberes de su regla. Da y noche viva encerrado en la celda con un compaero, y en vez de maitines, ambos LA CUESTIN PALPITANTE. 57 recitaban trozos de Luciano de Aristfanes. Sor- prendidos por el padre Superior, fules impuesta penitencia; y cuntase aunque los historiadores no lo dan por cosa averiguada que desde aquel punto y hora eL fraile humanista revolvi el con- vento con mil travesuras diablicas, nada decorosas ni limpias, hasta que por fin logr escaparse y abandonar el claustro, yndose mundo adelante campar por su respeto. Sucesivamente fu monje benedictino, mdico, astrnomo, bibliotecario, se- cretario de embajada, novelista y al cabo cura p- rroco; estudi y practic todas las ciencias y todos los idiomas; disec por primera vez en Francia un cadver humano; satiriz los religiosos, la ma- gistratura, la Universidad, los protestantes, los reyes, los pontfices, Roma; y todo sin su- frir graves persecuciones, y muriendo en paz, gra- cias lo mucho que lo protega el Papa Clemen- te VII, al paso que Calvino le hubiera tostado de bonsima gana y el poeta Ronsard escriba su epi- tafio encargando al pasajero que derramase sobre la fosa del fraile exclaustrado sesos, jamones y vino, que le seran ms gratos que las frescas azu- cenas. Ahora bien; este hombre singular, habiendo pu- blicado obras cientficas y visto que nadie las com- praba, concibi la idea de inculcar al pueblo los mismos conocimientos, pero en tal forma que le divirtiesen y los tragase sin sentir; para lo cual compuso una stira desmesurada, extravagante y bufa, un colosal sainetn, del que despach ms 58 EMILIA PARDO BAZN. ejemplares en dos meses que Biblias se vendan en nueve aos. Y la ponderacin no es corta, porque en aquellos tiempos de protestantismo militante se lea harto la Biblia. El autor compara la burlesca epopeya de Garganta y Pantagruel un hueso que hay que roer para descubrir la sustanciosa m- dula; el hueso es verdad que tiene tutano sucu- lento, pero tambin grasa, sangre y piltrafas, que es preciso apartar. Es de los libros ms raros y heterogneos que se conocen: aqu una mxima profunda, all una grosera indecente; despus de un admirable sistema de educacin, una aventura estrambtica. Para hacerse cargo de la ndole de la fbula, baste decir que cada vez que mama el hroe, el gigante Pantagruel, se chupa la leche de cuatro mil seiscientas vacas. Poner en parangn Rabelais con Cervantes, es lo mismo que comparar Luciano de Samosata con Homero. Indudablemente Rabelais era un sa- bio, y Cervantes no: he de decirlo aunque me ex- comulgue algn cervantista. Pero Rabelais, como su siglo, la erudicin no lo salv enteramente de la barbarie. Rabelais leg su patria una obra de- forme, y Cervantes una creacin acabada y su- blime en su gnero. Nosotros podemos encomiar el habla de Cervantes, y los franceses no propon- drn nunca por modelo el lenguaje de Rabelais, pesar de su riqueza, variedad y carcter pinto- resco. Ni form Rabelais, como el autor del Quijote, escuela de novelistas, ni Garganta y Pantagruel LA CUESTIN PALPITANTE. 59 son, en rigor, novelas. Ms imitadores tuvo en lo sucesivo una mujer, la Reina Margarita de Na- varra. En aquel siglo donde nadie era mojigato sino los protestantes, la erudita Princesa, viajando en litera y mojando la pluma en el tintero que su camarista sostena en el regazo, borrone el Hep- tameron, serie de cuentos alegres al estilo de los de micer Boccaccio. En este gnero del cuento breve nouvelle fu fecundsima Francia: ya desde el siglo xv se conoca una gran coleccin, las Cien novelas nuevas. Solan tales historietas narrarse primero de viva voz; imprimindose despus si agradaban: superiores al cuento popular, eran in- feriores la novela propiamente dicha. Nosotros carecemos de nouvelles: la novela ejemplar, aun- que corta, tiene ms alcance que la nouvelle fran- cesa. Los extremos se tocan: Francia, que descoll en semejantes cuentos ligeros, produjo tambin los novelones monumentales en varios tomos, que abundaron en el siglo xvn. Era moda, la sazn, imitar Espaa; nuestra preponderancia poltica haba impuesto Europa los trajes, costumbres y literatura castellana. Dcese que Antonio Prez, famoso valido de Felipe II, fu quien trasplant la corte de Francia, donde viva refugiado, nuestro culteranismo, al par que el caballero Marini, aque- lla peste de las letras italianas, gran corruptor del gusto en su tierra, cruz los Alpes para inficionar Pars. Formse la sociedad del palacio de Ram- bouillet, donde se conversaba apretando el ingenio, 60 EMILIA PARDO BAZN . quintesenciando el estilo, discreteando porfa, y llovan madrigales, acrsticos y todo gnero de rimas galantes. A ejemplo del palacio memorable en los anales de la literatura francesa, se crearon otros crculos presididos por las preciosas (que en- tonces aun no eran ridiculas), en los cuales tam- bin se alambicaba el lenguaje y los afectos: fruto y espejo de estas asambleas sui generis fueron las novelas interminables de La Calprnede, de Gom- berville y dla seorita de Scudery. Los hroes de ellas, aunque llevaban nombres griegos, turcos y romanos, hablaban y sentan como franceses contemporneos de las preciosas; Bruto escriba billeticos perfumados Lucrecia, y Horacio Go- cles, prendado de Clelia, contaba al eco sus amo- rosas cuitas. En Clelia levant la seorita Scudery el famoso mapa del pas de Ternera, al travs del cual serpea el ro de la Aficin, se extiende el lago de la Indiferencia y descuellan los distritos del Abandono y la Perfidia. Considerando que tales novelas solan constar de ocho diez volmenes de ochocientas pginas, resulta que era preferi- ble engolfarse .en los libros de caballeras, aun riesgo de secarse la mollera como el ingenioso hi- dalgo. Es verdad que no todas las ficciones novelescas del siglo xvii parecen hoy tan soporferas: las de Mad. de Lafayettese sufren mejor; la Astreao, Ur- f es linda pastoral; la Novela cmica de Scarron, imitada del espaol, ofrece colorido y animados lances, Nosotros abandonbamos el riqusimo ve- LA CUESTIN PALPITANTE. 61 ero abierto por Cervantes, y entretanto los fran- ceses muy su sabor lo explotaban, sacando de l oro puro. Lesage, quizs el primer novelista de Francia en el siglo xvm, se labr un manto regio zurciendo retazos de la capa de Espinel, Guevara v Mateo Alemn. Bien quisimos disputar Francia Gil Blas, en cuyo rostro y talle leamos su origen castellano; pero quin nos tiene la culpa de ser tan descuidados y prdigos? Intilmente alegamos que Gil Blas debi nacer del lado ac del Pirineo: los franceses nos responden que lo que hay de es- paol en Gil Blas es lo exterior, la vestidura: el carcter del protagonista, verstil y mediocre, es esencialmente galo. Y en eso vive Dios que llevan razn. Nuestros hroes son ms hroes, nuestros picaros ms picaros que Gil Blas. El avate Prevost, novelador incansable que com- puso sobre doscientos volmenes, olvidados hoy, casualmente acert escribir uno por el cual figu- ra al lado de Lesage. Manon Lescaut no es ms ni menos que la historia sucinta de dos perdidos, uno varn y otro hembra. El hroe, el caballero Des- grieux, un solemne fullero; la herona, Manon, una cortesana de baja estofa. \ est lo original y pasmoso del libro en que, con tales antecedentes, Manon y Desgrieux cautivan, interesan, hasta arrancar lgrimas. No es que se verifique en los dos personajes alguna de aquellas maravillosas conversiones, redenciones por el amor, que fingen los escritores contemporneos, desde Du- mas en La Dama de las Camelias hasta Faria en 62 EMILIA PARDO BAZN. Capelli Biondi: nada de eso. La cortesana muere impenitente. A qu debe, pues, su atractivo sin- gular la historia de Manon? Su autor nos lo revela. Manon Lescaut dice no es sino pintura y sen- timiento; pero pintura verdadera y sentimiento natural. En cuanto al estilo, habla en l la natura- leza misma. La impresin que causa el breve libro de Prevost es la que produce un suceso cierto, el anlisis de una pasin hecho por el paciente. Un hombre penetra en la iglesia; arrodllase al pie de un confesonario, y refiere su vida sin omitir circuns- tancia, sin encubrir sus vilezas ni sus culpas, sin velar sus sentimientos ni atenuar sus malas accio- nes: ese hombre es gran pecador, pero ha amado mucho, ha sido arrastrado pecar por afectos ve- hementsimos, y el confesor que le escucha siente deslizarse por sus mejillas una lgrima. Esto acontece al que oye en confesin al caballero Desgrieux. Cuan lejos est Rousseau de poseer la natura- lidad del abate Prevost! Rousseau es idealista y moralista: predicar, ensear, reformar el universo, tal es su propsito. Sus novelas rebosan doctrinas, reflexiones y declamaciones: virtud, sensibilidad, amistad y ternura andan en ellas como por su casa. El Emilio, en especial, puede considerarse tipo de la novela docente: el arte, el inters de la ficcin, la pintura de las pasiones, todo es all secundario: el caso es demostrar cuanto se propuso el autor que el libro demostrase. Penetrado de las excelen- cias y ventajas del estado salvaje y primitivo, Rous- LA CUESTIN PALPITANTE. 63 seau defendi su tesis hasta el extremo, deca con gracia Voltaire, de infundir ganas de andar cua- tro pies, y solicit que la igualdad se aplicase tan sin lmites, que se casase el hijo del rey con la hija del verdugo. Pcara idea y cuntos estragos hizo en la novela andando el tiempo! Lo noto de paso, y contino. Por supuesto que la moral de Rousseau era pe- regrina: su hroe Saint-Preux, adorando la virtud, seduca la doncella que sus padres le fiaban para educarla. No obstante, todo lo que se diga de la popularidad y xito de las novelas de Rousseau es poco. Rousseau ejerci sobre su poca el decisivo influjo que alcanzan los escritores si aciertan erigirse en moralistas. Las mujeres lo idolatraron; las madres lactaron sus hijos para obedecerle; pulularon las Julias y los Emilios', ciertas comarcas del Norte quisieron tomarle por legislador; la Con- vencin puso en prctica sus teoras, y el torrente de la revolucin corri por el cauce de sus ideas. No ventilemos aqu si todo esto fu vera gloria: lo evidente es que no fu gloria literaria. Gomo novelista, vale ms el abate Prevost. El mrito literario que no puede negarse Rous- seau, es el de introducir melodas nuevas en el idioma francs, desecado por la pluma corrosiva y aguda de Voltaire. Rousseau supo ver el paisaje y la naturaleza y describirla en pginas elocuentes y hermosas. Pablo y Virginia son la segunda par- te de la Elosa; Bernardino de Saint-Pierre aplic un tiempo los procedimientos artsticos y las 64 KM I LIA PARDO BAZN. teoras anti-sociales de su modelo Rousseau, cuan- do busc para teatro de su poema un pas virgen, un mundo medio salvaje y desierto, y para hroes dos seres jvenes y candorosos, no inficionados por la civilizacin y que mueren su contacto, como la tropical sensitiva languidece al tocarla la mano del hombre. Mejor que Rousseau narraba Voltaire. Sus cuen- tos en prosa son la misma sobriedad, la misma claridad, la misma perfeccin; no es posible indicar en ellos ni leves errores gramaticales; all resalta el respeto ms profundo, la ms completa intui- cin de eso que se llama genio de un idioma. Pero tambin se advierte aquella pobreza de fantasa, aquella carencia de sentimiento, aquella luz sin calor y aquel corazoncillo seco y encogido, arru- gado como nuez aeja, eterna inferioridad del autor de Cndido. Voltaire cuenta; no es posible que novele. El novelista necesita ms simpata y alma menos estrecha. Diderot rene mejores condiciones de novelista. Voltaire sabe literatura, pero Diderot es artista, artista que pinta con la pluma: en l comienza la serie de los escritores coloristas de Francia; l em- plea antes que nadie frases que copian y reprodu- cen la sensacin, por donde consumados estilistas contemporneos le reconocen y nombran maestro. Sus teoras estticas, nuevas y atrevidas entonces, contenan ya el realismo; en sus novelas late la realidad: lstima grande que, obedeciendo al gusto de la poca, las haya sembrado de pasajes licencio- LA CUESTIN PALPITANTE. 65 sos, enteramente innecesarios. No pueden compa- rarse sus aptitudes con las de ningn escritor de su tiempo; lea el que lo dude El Sobrino de Ra- meau, tesoro de originalidad; lea la misma Reli- giosa, descartando las manchas de inverecundia que la afean y el alegato contra los votos perpe- tuos que el acrrimo libertino no supo omitir, y ver un libro interesantsimo con delicado inters, sin aventuras ni incidentes extraordinarios, sin galanes ni amoros de reja, con solo el combate in- terior de un espritu y el vigoroso estudio de un carcter. Diderot escribi La Religiosa ngiendo ser las memorias de una doncella obligada por su familia entrar monja sin vocacin, y que tras de mil luchas se escapa del claustro, y dirigi el ma- nuscrito al Marqus de Croismare, gran filntropo, como si la desdichada le pidiese auxilio. El Mar- qus, engaado por la admirable naturalidad del relato, se apresur mandar dinero y ofrecer pro- teccin la imaginaria herona de Diderot. Con estos novelistas de la Enciclopedia hemos llegado aun punto crtico. La revolucin comien- za, y mientras dure su formidable sacudida nadie escribe novelas, pero todo el mundo se halla ex- puesto vivirlas muy dramticas. v ^^S*^ VIII. LOS VENCIDOS. Cuando pas el Terror, las letras, que haban subido al cadalso con Andrs Chnier, comenzaron volver en s, plidas an del susto. Pigault Lebrun fu el Boccaccio de aquella po- ca azarosa, un Boccaccio tan inferior al italiano, como la estopa la batista. Five, narrador agra- dable, entretuvo al pblico con historietas, y Du- cray Duminil cont la juventud patticos sucesos, novelas donde la virtud perseguida triunfaba siem- pre en ltima instancia. De la pluma de Mad. de Genlis brot un chorro continuo, igual y montono de narraciones con tendencia pedaggico-moral; pero la iluminada y profetisa Mad. de Krdener pic ms alto, escribiendo Valeria. No obstante, la figura principal que domina estas secundarias, entre las cuales tantas son feme- ninas, es otra mujer de prodigiosa cultura y excel- LA CUESTIN PALPITANTE. 67 so entendimiento, filsofa, historiadora, talento varonil si los hubo: la Baronesa de Stael. Antes de componer novelas, la hija de Necker se haba ensayado en obras serias y profundas, y su Corina y su Del fina fueron para ella como des- canso de graves tareas, mejor dicho, como ex- pansiones lricas, vlvulas que abri para desaho- gar su corazn, cuya viveza de sentimientos no desmenta su sexo. Ella misma fu herona de sus novelas, y fund as, rompiendo con la tradicin de impersonalidad de los narradores y cuentistas, la novela idealista introspectiva. Delfina y Corina lograron tal aplauso, y ganaron tantos lectores, que hasta se cree que Napolen no se desde de criticar, en su cesreo estilo, y por medio de un artculo annimo inserto en el Monitor, las pro- ducciones novelescas de su acrrima adversaria. Al par que trazaba la novela los rumbos que tantas veces recorri despus, Mad. de Stael des- cubra una mina explotada luego por el romanticis- mo, dando conocer en su magnfico libro La Alemania las riquezas de la literatura germnica, romntica ya y que de tal modo vino influir en la de los pases latinos. Es de notar que los enciclopedistas, y Voltaire ms que ninguno, mientras preparaban la revolu- cin social atacando desaforadamente el antiguo rgimen y minndolo por todos lados, se haban mostrado en literatura conservadores y pacatos hasta dejarlo de sobra, respetando supersticiosa- mente las reglas clsicas; y como si el clasicismo (58 EMILIA PARDO BAZN. en sus postrimeras quisiese revestirse de nueva juventud y forma encantadora, encarn en Andrs Ghnier, el poeta ms griego y ms clsico que tuvo nunca Francia, al par que el primer lrico del siglo xvni. De modo que aun cuando Diderot re- clam la verdad en la escena y en la novela, y Rousseau hizo florecer en su prosa el lirismo ro- mntico, las letras permanecieron estacionarias y clsicas durante la revolucin y primeros aos del imperio, hasta que vinieron Mad. Stael y Chateau- briand. Siendo jovencita, Mad. Stael lea asiduamente Rousseau; el joven emigrado bretn que comparte con ella la soberana de aquel perodo era tambin discpulo del ginebrino, y discpulo ms adicto, por- que mientras Mad. Stael se mostr asaz indiferente la naturaleza, musa del autor de las Confesiones, Chateaubriand se lanzaba Amrica por anhelo de conocer y cantar un paisaje virgen, y describir con ms poesa que su maestro las magnificencias de bosques, rios y montaas. Por este mismo pro- psito, donde el poeta tena ms parte que el no- velista, result que las novelas de Chateaubriand fueron poemas mejor que otra cosa. Al menos Co- rma se estudiaba s propia y la sociedad en que vivi; no que Rene se idealizaba, subindose al pe- destal de su enfermizo orgullo, perdindose en ne- bulosa melancola, y aislndose as del resto de los humanos. Sus contemporneos hicieron de Cha- teaubriand un semidis; la generacin presente le desdea con exceso olvidando sus mritos de ar- LA CUESTIN PALPITANTE. W tista. Rene no es inferior al Werther, de Gcethe, como anlisis de una noble enfermedad, la insacia- ble, vaga inmensa pasin de nimo de nuestro siglo. El descrdito cada vez mayor de Chateau- briand no puede achacarse ms que la creciente exigencia de realidad artstica. En efecto, cuantos quisieron buscar la belleza fuera de los caminos de la verdad, comparten la suerte del ilustre autor de los Mrtires; la indife- rencia general arrincona sus obras, cuando no sus nombres. De qu le sirvi Lamartine su uncin, su dulzura, su instinto de compositor melodista, su fantasa de poeta, tantas y tantas cualidades eminentes? Lee hoy alguien sus novelas? Se em- belesa nadie con el platnico pantesta Rafael} Llora nadie las penas y abandono de Gra\ielW. Hay quien pueda llevar en paciencia Genoveva? Si las novelas de Vctor Hugo no han perdido tanto como las de Chateaubriand y Lamartine, consiste quizs en que son ms objetivas; en los problemas sociales que plantean y resuelven, aun- que por modo apocalptico; en el vivo inters ro- mancesco que saben despertar, y en cierto realis- mo... perdneme el gran poeta! de brocha gorda, que despecho de la esttica idealista del autor, asoma aqu y all en todas ellas. Y digo de brocha gorda, porque nadie ignora que Vctor Hugo le son ms fciles los toques de efecto que las pince- ladas discretas y suaves, por donde su realismo viene ser un efectismo poderoso, pero no tan hbil que no se le vea la hilaza. En suma, Vctor 70 EMILIA PARDO BAZN. Hugo toma de la verdad aquello que puede herir la imaginacin y avasallarla: verbigracia, el soplo por la nariz con que el presidiario Juan Valjean apaga la luz en casa de monseor Bienvenido. Lo que nicamente tiende producir impresin de realidad, Vctor Hugo no sabe no quiere obser- varlo. En justo castigo de esta culpa, sus novelas van estando, si no tan marchitas como las de Cha- teaubriand y Lamartine, al menos algo destartala- das. Para que produzcan ilusin, hay que mirarlas ya con luz artificial. Por lo dems, ni Chateaubriand ni Vctor Hugo ni Lamartine hicieron de la novela artculo de con- sumo general, fabricado al gusto del consumidor. Esta empresa industrial estaba guardada para el irrestaable impertrrito criollo Dumas, abogado de los folletines, cuya intercesin se encomien- dan an tantos dainos escribidores. Peregrina figura literaria la del autor de Monte- Cristol Trabajo le mando quien se proponga leer sus obras enteras. Si la inmortalidad de cada autor se midiese por la cantidad de tomos que diese la estampa, Alejandro Dumas, padre, sera el primer escritor de nuestra poca. Porque si bien est de- mostrado que, adems de novelista, fu Dumas razn social de una fbrica de novelas conforme los ltimos adelantos, donde muchas, como el blanco y carmn de la doa Elvira del soneto, slo tenan de suyas el haberle costado su dinero; si es cierto que se patentiz la imposibilidad fsica de que hubiese escrito cuanto publicaba , y si cuanda LA CUESTIN PALPITANTE. 71 pleite con los directores de La Prensa y de El Constitucional, stos le probaron que, sin per- juicio de otros encargos, se haba comprometido darles ellos cada ao mayor nmero de cuar- tillas de original que puede despachar el escri- biente ms ligero; si amn de contraer y cubrir to- dos estos compromisos est averiguado que viajaba, que haca vida social, frecuentaba los bastidores de los teatros y las redacciones de la prensa, se meta en poltica y galanteaba, todava es admirable que haya dado abasto escribir la prodigiosa cantidad de libros que sin disputa le pertenecen, y leer y retocar los ajenos cuando salan escudados con su nombre. Por muchos cirineos que le ayudasen llevar el peso de la produccin, Dumas aparece fecundsimo. Un teatro se fund slo para representar sus obras; un peridico para despachar en folletn sus nove- las, pues ya no alcanzaban los editores imprimir- las aparte. En tan inmenso ocano de narraciones novelescas como nos dej, sobreabunda el gnero pseudo-histrico, especie de resurreccin de los li- bros de caballeras adaptados al gusto moderno. Alejandro Dumas llamaba la historia clavo donde colgaba sus lienzos, y otras veces aseguraba que la historia era lcito hacerle violencia, siempre que los bastardos naciesen con vida. Penetrado de tales axiomas, trat la verdad histrica sin cumpli- mientos, como todos sabemos. Es cierto que tam- bin Chateaubriand haba sustituido la erudicin slida y la crtica severa su fantasa incompara- 72 EMILIA PARDO BAZN. ble; pero de cuan distinto modo! Chateaubriand bord de oro y perlas la tnica de la historia; Du- mas la visti de mscara. En medio de todo, hay dotes sorprendentes en Alejandro Dumas. No es grano de ans inventar tanto, producir con tan incansable aliento y mecer y arrullar gratamente siquiera sea con patraas inverosmiles auna generacin entera. El don de imaginar, acaso nadie lo ha tenido en tanta canti- dad como Alejandro Dumas, si bien otros lo pose- yeron de calidad mejor y ms exquisita: que en esto de imaginacin, como en todo, hay gnero de primera y de segunda. Y realmente, Alejandro Dumas es el tipo dla literatura secundaria, no del todo nfima, pero tampoco comparable la que forjan grandes escritores con los cuales no puede medirse el autor de Los tres mosqueteros. Literariamente, Dumas es mediocre. De ah pro- viene su xito y popularidad. Dumas subi la al- tura exacta de la mayor parte de las inteligencias. Si su forma luese ms selecta y elegante, su per- sonalidad ms caracterizada, sus ideas ms ori- ginales, ya no estara al alcance de todo el mundo. Su novela es, pues, la novela por antonomasia; la novela que lee cada quisque cuando se aburre y no sabe cmo matar el tiempo; la novela de las suscri- ciones; la novela que se presta como un paraguas: la novela que un taller entero de modistas lee por turno; la novela que tiene los cantos grasientos y las hojas sobadas; la novela mal impresa, coleccio- nada de folletines, con lminas melodramticas y LA CUESTIN PALPITANTE. 73 cursis; la novela, en suma, ms antiliterana en el fondo, donde el arte importa un bledo y lo que in- teresa es nicamente saber en qu parar y cmo se las compondr el autor para salvar tal perso- naje matar cul otro. Hoy, al ver la enorme biblioteca dumasiana, no sabe uno qu admirar ms, si su tamao su poca consistencia. El abate Prevost, de sus doscientos volmenes, logr salvar uno que le inmortaliza; diez doce aos despus del fallecimiento de Du- mas, dudamos si alguna de sus obras pasar las futuras edades. Bien arrumbado se va quedando asimismo el ri- val de Dumas, el poco menos fecundo inventivo Eugenio Sue. En ste haba la cuerda socialista, populachera y humanitaria, que tocada diestra- mente, obtiene triunfos tan brillantes como efme- ros. Sin embargo, Sue tuvo ms de artista que Du- mas; dio mayor relieve sus creaciones. Su fanta- sa, rica intensa, evocaba con fuerza superior. Pero si en alguien alcanz esta facultad aquel gra- do de pujanza que todo lo poetiza y transforma, y sin reemplazar la verdad, compensa su falta, fu en Jorge Sand. Jorge Sand es el escultor inspirado de la novela idealista; Alejandro Dumas, y Sue mismo, su lado no pasan de alfareros. Gran productor como sus rivales, recibi del cielo, por aadidura, dones lite- rarios, merced los cuales fu el nico competidor digno de Balzac, como madama de Stael lo haba sido de Chateaubriand. Su ingenio era de aquellos 74 EMILIA PARDO BAZN. que hacen escuela y marcan huella resplandecien- te y profunda. En el da podemos juzgar con sere- nidad al ilustre andrgino, porque aun cuando so- mos casi coetneos suyos, no hemos alcanzado el periodo militante de sus obras. Nuestros padres conocieron Jorge Sand en la poca de sus aven- turas y vida bohemia, y se escandalizaron con la propaganda anticonyugal y antisocial de sus pri- meros libros. Hoy, en el vasto conjunto de los es- critos de Jorge Sand, esos libros, forma primaria de su talento dctil y variable, son un pormenor, digno s de tomarse en cuenta, pero que no empece al mrito de los restantes: tanto ms, cuanto que el gusto ha cambiado, y actualmente se cree que la obra mejor de la autora de Mauprat son sus no- velas campestres, Gergicas modernas, dignas de compararse con las del poeta mantuano. Qu im- portan las teoras filosficas tan extravagantes co- mo inconsistentes de Jorge Sand? Latouche dijo de- ella descortsmente que era un eco que aumenta- ba la voz; y f e que no se enga en lo que res- pecta pensamiento, porque Jorge Sand dogmati- zaba siempre por cuenta ajena. Pero el escritor in- signe no le debe nada nadie. Hoy sus filosofas son tan peligrosas para la sociedad y la familia co- mo una linterna mgica un kaleidoscopio. Va- lentina, Le lia, Indiana no nos persuaden cosa alguna; su propsito docente disolvente resulta inofensivo. Lo que permanece inalterable es el n- tido y majestuoso estilo, la fantasa lozana del autor. LA CUESTIN PALPITANTE. 75 En toda la literatura idealista que revisamos im- pera la imaginacin, de ms rnenos quilates, ms menos selecta; pero siempre como facultad sobe- rana. Podemos decir que ella es la caracterstica del perodo literario que empieza con el siglo y du- ra hasta su mitad. Y tambin indudable aparece la decadencia del gnero. No hablemos de Alejandro Dumas y Eugenio Sue: consideremos slo Jorge Sand, que vale infinitamente ms que ellos. Lo que sucede con Jorge Sand es prueba palmaria de que la literatura de imaginacin es ya cadver. La cle- bre novelista, de edad muy avanzada, falleci hace pocos aos, como si dijramos ayer, en 1876, en su tranquilo retiro de Nohant, y hasta los ltimos dias de su existencia escribi y public novelas, donde no se adverta inferioridad descenso ni en la compo- sicin ni en el estilo, antes descollaba como siem- pre la maestra propia del gran prosista. Pues esas novelas, insertas en la Revista de Ambos Mundos, pasaban inadvertidas; nadie reparaba en ellas; para la generacin actual, Jorge Sand haba muerto mu- cho antes de bajar al sepulcro. Y por qu? Tan slo porque estaba fuera del movimiento literario actual; porque cultivaba la literatura de imagina- cin, que tuvo su poca y hoy no cabe. No es que la gente dejase de pronunciar con admiracin el nombre de Jorge Sand; es que consideraba sus es- critos como se consideran los de un clsico, de un autor que fu hijo de otras edades y no vive en la presente. IX. LOS VENCEDORES. Conocidos ya los padres de la iglesia idealista, ahora nos toca trabar amistad con los jefes de la escuela contraria. Diderot es su patriarca; l comunic antes que nadie la empobrecida lengua del siglo xvm co- lorido y vibracin; l abog, como sabemos, por la verdad en el arte. Descendiente en lnea recta de Diderot fu Enrique Mara Beyle, Stendhal. Antes de escribir novelas, Stendhal manej la crtica y narr sus impresiones de viaje; pero en ningn gnero de los diversos que cultiv aspiraba la gloria de las letras. No hay cosa menos pareci- da un escritor de oficio que Stendhal: hombre de activa existencia, de varia fortuna, pintor, militar, empleado, comerciante, auditor del Consejo de Es- tado, diplomtico, quizs debi su misma diver- sidad de profesiones la acuidad de observacin y el LA CUESTIN PALPITANTE. 77 conocimiento de la vida que distingue los viaje- ros literarios, como Cervantes y Lesage, investi- gadores curiosos que prefieren los polvorientos libros de las bibliotecas la gran biblia de la socie- dad. Stendhal emborron papel sin premeditacin; no us de pseudnimos por coquetera, sino por mejor ocultarse; no se crey llamado regenerar cosa alguna, ni trasformar el siglo con sus escri- tos; trabaj como aficionado, y cierto da se qued estupefacto viendo un artculo encomistico que Balzac le dedicaba. He repasado el artculo son sus propias palabras perecindome de risa. A cada elogio subido de punto, pens en el gesto que pon- dran mis amigos si tal leyesen. Sencillo en la for- ma, aunque muy refinado y sutil en el fondo, em- pleaba el sobrio lenguaje de los enciclopedistas, con mayor descuido incorreccin de la que ellos se permitieron; y aunque tocado de romanticismo en sus primeros aos, jams admiti las galas y adornos de la prosa romntica; antes para manifes- tar su desdn por el estilo florido, afirmaba que al sentarse al escritorio tena muy buen cuidado de echarse al coleto una pgina del Cdigo. Por culpa de esta originalidad misma, Stendhal consigui en vida pocos lectores y menos partida- rios: el fulgor de las estrellas romnticas llenaba entonces el firmamento. Hasta dos lustros despus de la muerte de Stendhal, ocurrida en 1842, no em- pezaron llamar la atencin sus obras, que no lle- gan docena y media, fundndose en slo dos no- velas su fama de escritor realista. La Cartuja de' 78 EMILIA PARDO BAZN. Parma describe una corte pequea, un ducado ita- liano, donde se tejen maquiavlicas intrigas y el amor y la ambicin hacen diabluras: tempestad en el lago de Como. El rojo y el negro estudia aque- lla primera poca de la Restauracin francesa, en que sucedi al poder militar de Napolen dolo de Stendhal la influencia religioso-aristocrtica. Acerca del mrito de estos dos libros se han pro- nunciado juicios muy diversos. Sainte Beuve, de- clarando que no son novelas vulgares y que sugie- ren ideas y abren caminos, las califica sin embargo de detestables , fallo harto radical para un crtico tan eclctico. Taine las admira hasta el punto de llamar Stendhal gran idelogo y primer psiclogo de su siglo. Balzac se declara incapaz de escribir cosa tan bella como La Cartuja de Parma. A Caro le irri- tan de tal suerte sta ylas dems obras de Stendhal, que llega injuriar al autor; y Zola, reconociendo en l al sucesor de Diderot y ponindolo en las nu- bes, niega la completa realidad de sus personajes, que no son, en concepto de Zola, hombres de carne y hueso, sino complicados mecanismos cere- brales, que funcionan aparte, independientes de los dems rganos. Hay algo de verdad en tan opuestos pareceres. Si se atiende al procedimiento artstico, Sainte Beuve est en lo cierto. Las novelas de Stendhal no carecen de ninguna imperfeccin. Escritas con poca gramtica como demostr Glemencn que est el Quijote, su estilo es no slo descarnado, .sino escabroso. Fltales unidad, coherencia, inters LA CUESTIN PALPITANTE. 79 sostenido gradualmente; en- suma, las cualidades que suelen elogiarse en una obra literaria. De La Cartuja de Parma podran suprimirse las dos ter- ceras partes de los personajes y la mitad de los acontecimientos sin grave inconveniente: en El rojo y el negro sera muy oportuno que la novela concluyese en el primer tomo: tambin podra aca- bar la mitad del segundo. Respecto elegancia y proporcin y destreza en componer, est muy por cima de Stendhal su discpulo Merime. Zola tampoco yerra cuando asegura que los h- roes de Stendhal raciocinan demasiado. S; veces sobra all raciocinio. El protagonista de El rojo y el negro, Julin Sorel, al regresar de un desafo, donde le han metido una bala en un brazo, viene raciocinando muy reposadamente acerca del trato de las gentes de alto coturno, de si su conversacin es amena enfadosa, y otras menudencias por el estilo: y no lo hace en voz alta ni con nimo de mostrarse sereno, que entonces sera natural, sino para.su capote. Otro cualquiera pensara en la he- rida, por poco que le doliese. Sin embargo, Zola, al reconocer estos lunares, conviene con Taine, de- clarando que Stendhal es profundo psiclogo. Lo que le falta por confesar al jefe del naturalismo francs es que el valor de los aciertos de Stendhal consiste precisamente en el terreno sobre que re- caen. Stendhal analiza y diseca el alma humana, y aunque Zola no le cuadre, el que acierta en ese gnero de estudio se coloca muy alto. Es como el disector que trabaja en las partes ms delicadas 80 EMILIA PARDO BAZN. ntimas del organismo, necesarias para la vida; 6 como el cirujano que opera sobre tejidos recndi- tos, llenos de venas, arterias y nervios. Copista de la naturaleza exterior, cuyo influjo atribuye las determinaciones del albedro, Zola pospone sistemticamente ese orden de verdades que no estn flor de realidad, sino incrustadas, digmoslo as, en las entraas de lo real, y por lo mismo slo pueden ser descubiertas por ojos pers- picaces y escalpelos finsimos. No es que Zola no sea psiclogo; pero lo es lo Condillac, negando la espontaneidad psquica: por eso el mtodo inte- riorista de Stendhal no acaba de satisfacerle. Y es el caso que Stendhal no tiene otros ttulos la gloria que ya va dorando su sepulcro sino esa luci- dez de psiclogo realista que nos presenta un alma desnuda, cautivndonos con el espectculo de la rica y variada vida espiritual, espectculo tanto ms interesante, diga Zola lo que quiera, que el de los mercados en el Vientre de Pars... y cuenta que este vasto bodegn de Zola es admirable. En resumen, Stendhal borra sus muchos innegables defectos con el subido valor filosfico de sus belle- zas, viniendo ser sus obras como joya de ricos diamantes engarzados y montados sin esmero al- guno. Extraos azares los de la gloria literaria. Sten- dhal, con el corto patrimonio de dos novelas, logra hoy ver unido su nombre, en concepto de iniciador del arte realista y naturalista, al de Balzac, que fu un titn, un cclope, forjador incansable de li- LA CUESTIN PALPITANTE 81 bros. Y cuenta que si Stendhal era indiferente la celebridad, Balzac aspiraba ella con todas las fuerzas de su alma. La obtuvo particularmente fuera de su pas, en Italia, en Suecia, en Rusia; mas no tanta que no compitiesen ventajosamente con l adversarios como Dumas y Sue, disputn- dole la honra y el provecho. Mientras Dumas poda derrochar en locuras caudales ganados con su p- ola de novelista, Balzac luchaba cuerpo cuerpo con la miseria sin obtener jams un mediano estado de fortuna. Para mayor dolor, la crtica le atacaba encarnizadamente. v No encierra la vida de Balzac aventuras nove- lescas; su historia se reduce trabajar y ms tra- bajar para satisfacer sus acreedores y crearse una renta desahogada; escribi sin descanso, sin tr- mino, pasando las noches de claro en claro, pro- duciendo veces una novela en diez horas, y todo en balde, sin lograr verse libre de sus urgentes y angustiosas obligaciones ni disponer de un ochavo. Dicen con razn cuantos hoy escriben acerca de Balzac, que en ese modo de vivir suyo se contiene la explicacin y clave de sus obras. Propsose Balzac realizar completo y enciclo- pdico estudio de las costumbres y sociedad mo- derna mirada por todos sus aspectos; y decla- rndose doctor en ciencias sociales, quiso crear la Comedia humana, resumen tpico de nuestra edad, como el poema de Dante lo fu de la Edad Media. Cada novela, un canto. En tan vasta epopeya, to- das las clases tuvieron representacin y todas las, 6 82 EMILIA PARDO BAZN. modificaciones polticas su pintura adecuada. Bal- zac retrat de cuerpo entero al imperio, la res- tauracin, la monarqua de Julio; copi del natu- ral, con fidelidad admirable, las fisonomas de la nobleza legitimista, chapada la antigua, desde los heroicos chuanes del Este hasta los jactanciosos hidalgelos del Medioda; las de la mesocracia or- leanista; las de los soldados del imperio, del clero, de los paisanos; de los diferentes tipos de la bohe- mia literaria, de los periodistas, y, para decirlo de una vez, lo copi todo, conforme su gigantesco plan, con atltico vigor y esfuerzo hercleo. Zola, que sabe hablar de Balzac elocuentemente, com- para la Comedia humana un monumento cons- truido con materiales distintos: aqu mrmol y alabastro, all ladrillo, yeso y arena, todo entreve- rado y confundido por la mano presurosa de un albail que trechos era insigne artista. El edificio, combatido de la intemperie, partes se desmorona, vinindose al suelo los materiales viles, mientras las columnatas de granito y jaspe se sostienen er- guidas' y hermosas. No cabe comparacin ms exacta. De todo hay en el colosal monumento erigido por Balzac; hasta las mismas columnatas de mr- mol que Zola admira, con ser de preciosa traza y calidad inestimable, estn levantadas aprisa, por brazos febriles. Cmo no? Atendido el modo de componer de Balzac, as tuvo que suceder. Cuando se encerraba en su habitacin con una resma de papel delante, saba que dentro de quince das, de LA CUESTIN PALPITANTE. 83 una semana, quizs menos, le reclamara el edi- tor la resma manuscrita, y el acreedor se presenta- ra recoger el precio quitndoselo de las manos. Considrese el estado moral de Balzac al escribir, y comprese, por ejemplo, al de su sucesor Flau- bert, que para componer una novela en un tomo consultaba quinientos, haca seis deextractos, ytar- daba ocho aos veces. Balzac hilvan en veinte dias Csar Birotteau, una de sus mejores obras, un prtico de mrmol. Sus cuartillas, ininteligibles, lo- sanjeadas de borrones, cruzadas, tachadas, cati- cas, las traducan duras penas en la imprenta. Y Flaubert copiaba diez doce veces una pgina para perfeccionarla! De juro, Balzac no se tom nunca la molestia de copiar; mandaba el original las prensas, y en pruebas correga, variaba prrafos en- teros. No le era lcito pararse en menudencias. ;Qu mucho que sus creaciones sean desiguales! Aunque descontemos aquellas obras de la juventud que ms parecen de la senectud, y en las cuales se muestra tan inferior, en la misma Comedia hu- mana se hallan libros de valor tan diverso como Eugenia Grandet y Ferragus, La Prima Bette y los Esplendores y miserias de las cortesanas. No slo es patente la diferencia entre novela y novela, sino entre las partes de una misma. De tantas obras magistrales, apenas hay una perfecta que pueda proponerse como modelo digno de imitacin; y sin embargo, en casi todas se contienen bellezas ex- traordinarias. As como no era posible que dada su especial ma- 84 EMILIA PARDO BAZN. era de crear se consagrase Balzac purificar y di- rigir su copiosa vena y procurar la perfeccin, tampoco lo era que procediese como los realistas contemporneos, tomando todos y cada uno de los elementos de sus obras de la observacin de la rea- lidad. No le hubiera Uegado para eso solo la vida entera- Dijo acertadamente de l Philarete Chasles que, ms que observador, era vidente. Trabajaba al vuelo sirvindose de la verdad adivinada y dedu- cida, combinndola en sus escritos la mayor do- sis posible, pero no emplendola pura. Si la inspi- racin traa de la mano la verdad, mejor que me- jor; si no, no era cosa de suspender el comenzado trabajo, ni de renunciar al socorro de la fantasa para entretenerse en verificar datos. En Balzac, sobre la observacin est la inspiracin de lo real. Su espritu concentraba en un foco rayos de luz dispersos, sin tomarse el trabajo de contarlos ni de averiguar su procedencia. La intuicin desempea en sus obras papel importantsimo. Dnde haba cursado Balzac ciencias sociales? Dnde gan el birrete de doctor? Cundo aprendi fisiologa, me- dicina, qumica, jurisprudencia, historia, herldica, teologa, todas las cosas que supo como cabalmen- te debe saberlas un artista, sin erudicin ni erro- res? Se ignora. Si veces la imaginacin le arrastra y dibuja per- files inverosmiles, en cambio, cuando encuentra el cabo de la realidad, que es casi siempre, tira de l y no para hasta devanar toda la madeja. La ma- yor parte de sus caracteres son prodigios de verdad. LA CUESTIN PALPITANTE. 85 Lo que queda impreso en la mente, despus de leer Balzac, no es el asunto de esta novela, ni el dramtico desenlace de la otra, sino don harto ms precioso la figura, el andar, la voz y el modo de proceder de un personaje que vemos y recorda- mos como si fuese persona viva y la conocisemos y tratsemos. Suelen censurar el estilo de Balzac sus jueces. Sainte Beuve lo califica de enervado, veteado, ro- sado, asitico, ms descoyuntado y muelle que el cuerpo de un mimo antiguo. Si es cierto que le falta la sobriedad y la armona, que en Balzac no cupo nunca, en cambio el estilo del autor de Euge- nia Grandet posee lo que no se aprende ni se imita: la vida. Sus frases alientan, su colorido brillante y fastuoso las hace semejantes rico esmalte orien- tal. Defectos, tiene todos los que faltan Beyle: li- rismo, hinchazn, hojarasca; pero cuntos primo- res, cuntos lienzos de Tiziano y de Van Dick, qu interiores, qu retratos de mujer, qu paos y car- nes tan jugosamente empastados! Walter Scott, al cual Balzac admiraba y respetaba con extremo, ha sido ms difuso, sin ser tan feliz. X. FLAUBERT. Flaubert se diferencia de Balzac como n hom- bre de un gigante. El autor de la Comedia humana hizo pica la realidad; el autor de Madama Bovary nos la presenta cmico-dramtica. Hay escritores que ven el mundo como reflejado en un espejo convexo, y, por consiguiente, desfigurado. Balzac lo mir con ojos lenticulares, que sin alterar la forma, aumentaban sus proporciones; Flaubert, en cambio, lo vio sin ilusin ptica; y no digo que lo contempl con ojeada serena, porque me parece que la frase se aviene mal con el pesimismo que de modo indirecto, pero eficaz, predican sus obras. De Flaubert s que no hay que preguntar dnde y cundo aprendi lo mucho que saba. Hijo de un mdico afamado, se familiariz presto con las cien- cias naturales, y aunque la desahogada situacin de su familia le permiti no abrazar ms carrera LA CUESTIN PALPITANTE. 87 que la de las letras, fu estudiante perpetuo y ad- quiri una cultura algo heterognea y caprichosa, pero vastsima. Su amigo Mximo du Camp, que en un libro reciente, los Recuerdos literarios, co- munica al pblico tantas y tan interesantes noticias acerca de Flauber, dice que ste era, por su prodi- giosa memoria y lectura inmensa, un diccionario viviente que se poda hojear con gusto y provecho. Mostr siempre Flaubert predileccin hacia cierto linaje de estudios que hoy apenas atraen ms que entendimientos refinados y curiosos: la apolog- tica cristiana, la historia de la Iglesia, los Santos Padres, las humanidades. Tan graves ejercicios intelectuales, unidos su ardentsimo culto de la forma y su sagacidad de implacable observador, hicieron de el un artista consumado; un clsico moderno. Flaubert escribi menos libros y pocas ms no- velas que Stendhal. Su primer obra aparte de un ensayo titulado Noviembre, que no lleg hacer gemir las prensas es La tentacin de San Antonio, especie de auto sacramental semejante al Ashavero de Edgar Quinet. El Santo ve desfilar ante sus deslumhrados ojos todas las seducciones de la carne y del espritu, todos los lazos que el demonio puede tender los sentidos, al corazn y la mente; y pasan turbndole con sus palabras con su as- pecto, desde la Reina de Saba hasta la Esfinge y la Quimera, y desde la diosa Diana hasta los herejes nicolaitas. Cuando Flaubert ley sus amigos el manuscrito, prueba evidente de su peregrina eru- 88 EMILIA PARDO BAZN. dicin, stos, mirndolo desde el punto de vista literario, emitieron el siguiente dictamen: Has trazado un ngulo cuyas lneas divergentes se pier- den en el espacio; has convertido la gota de agua en torrente, el torrente en ro, el ro en lago, el lago en ocano y el ocano en diluvio; te anegas, anegas tus personajes, anegas el asunto, anegas al lector y se anega la obra. Y viendo que el fallo le consternaba , aconsejronle que emprendiese otro trabajo, un libro donde pintase la vida real, y donde la misma vulgaridad del asunto le impidiese caer en el abuso del lirismo, defecto heredado de la escuela romntica. Flaubert tom el consejo y produjo Madama Bovary. Andando el tiempo, sola decir sus consejeros: Me habis operado el cncer lrico: mucho me doli, pero era hora de extirparlo. Gran salto hubo de dar Flaubert desde La tenta- cin hasta Madama Bovary. En La tentacin se revelaban sus variados y selectos conocimientos, su asidua lectura de telogos, msticos y filsofos: en Madama Bovary se mud la decoracin: no esta- mos en los desiertos de Oriente, sino en Yonville, poblachn atrasado y miserable; no presenciamos la gigantesca lucha del Santo asceta con las potes- tades del infierno, sino las vicisitudes de la familia de un medicucho de aldea. Todo es vulgar en Ma- dama Bovary: el asunto, el lugar de la escena, los personajes; solo el talento del autor es extraordi- nario. Emma Bovary naci en las ltimas filas de la LA CUESTIN PALPITANTE. 89 clase media; pero en el elegante colegio donde fu educada, se roz con seoritas ricas ilustres, y empezaron depositarse en ella los grmenes de la vanidad, concupiscencia y sed de goces, gra- ves enfermedades de nuestro siglo. Poco poco se van desarrollando estos grmenes, y depravan el al- ma de la joven, esposa ya, y madre de familia. Sen- timentales amoros, hbitos de lujo incompatibles con su modesta posicin de mujer de un mdico rural, trampas y desrdenes crecientes, complican de tal modo su situacin, que cuando los acreedo- res la apremian se envenena con arsnico. Este es el sencillo y terrible drama, tomado de un hecho cierto, que inmortaliz Flaubert. El argumento de Madama Bovary que ha sido tan censurado y ha producido tal escndalo fu sugerido Flaubert, segn declara Mximo du Camp, por la casualidad que le trajo la memoria el recuerdo de una mujer desdichada que vivi y muri como su herona. De la alta trascendencia social de obras como Madama Bovary y de su sen- tido moral hablar ms adelante, cuando toque la delicada cuestin de la moralidad en el arte litera- rio; ahora me limito hacer constar que Flaubert acept el primer dato que se le ofreca y que le sera indiferente aprovecharse de otro cualquiera. Historias como la de Mad. Bovary no faltan; pero hasta Flaubert nadie las haba referido. El mismo Balzac, que comprendi bien el poder del dinero en nuestra sociedad, no lleg manifestar con tanta energa como Flaubert la metalizacin que sufri- 90 EMILIA PARDO BAZN. mos. Un escritor menos analtico poetizara ma- dama Bovary, hacindola morir abrumada bajo el peso de sus desengaos amorosos de sus remordi- mientos devoradores, y no de sus vulgares deudas. Las pginas en que Mad. Bovary, frentica y desa- lada, implora en vano de sus amantes la suma ne- cesaria para aplacar sus acreedores, son el estu- dio ms cruel, pero ms sincero y magnfico, que se habr escrito sobre la dureza de los tiempos pre- sentes y el poder del oro. No es slo admirable en la obra maestra de Flau- bert el vigor y la verdad de los caracteres; hay que considerarla tambin modelo de perfeccin litera- ria. El estilo es como lago transparente en cuyo fondo se ve un lecho de urea y fina arena, como lpida de jaspe pulimentado donde no es posible hallar ni leves desigualdades. Jams decae, jams se hincha; ni le falta ni le sobra requisito alguno; no hay neologismos, ni arcasmos, ni giros rebus- cados, ni frases galanas y artificiosas; menos an desalio, esa vaguedad en las expresiones que suelen llamarse fluidez. Es un estilo cabal, conciso sin pobreza, correcto sin frialdad, intachable sin purismo, irnico y natural un tiempo, y en suma, trabajado con tal valenta y limpieza, que ser cl- sico en breve, si no lo es ya. Las descripciones en Madama Bovary realizan el ideal del gnero. No comete Flaubert, aunque describe mucho, el pe- cado de pintar por pintar; si estudia lo que hoy se llama el medio ambiente, no lo hace por satisfacer un capricho de artista, por lucirse hablando de LA CUESTIN PALPITANTE. 91 cosas que conoce bien, sino porque importa al asunto los caracteres: y posee tino tan especial, que slo describe lo ms saliente, lo ms caracte- rstico, y eso en pocas palabras, sin abusar del ad- jetivo, con dos tres pinceladas maestras. As es que en Madama Bovary, pesar de la escrupulosa conciencia realista del autor, cada cosa est en su lugar, y siempre lo principal es principal, lo ac- cesorio accesorio. La habilidad de Flaubert se pa- tentiza as en lo que dice como en lo que omite: por donde es superior Balzac, que usa tanto adorno superfluo. Flaubert desconoci enteramente el valor de Madama Bovary; es ms, le irrit su xito. Le sa- caba de quicio que el pblico y los crticos la pre- firiesen sus dems obras, y para verle furioso no haba sino aconsejarle que escribiera otra cosa por el estilo. Que me dejen en paz con Madama Bo- vary! sola exclamar. Durante los ltimos aos de su vida, quiso retirar dla circulacin el libro, no permitiendo nuevas ediciones, y si no lo verific, fu porque necesitaba dinero. No slo desdeaba Madama Bovary, considerndola inferior, por ejemplo, La tentacin, sino que declaraba menos- preciar el gnero que pertenece, sea el estudio analtico de la realidad en caracteres y costumbres, estimando nicamente el primor del estilo, la be- lleza de la frase, y asegurando que slo con ella se ganaba la inmortalidad, que Homero era tan mo- derno como Balzac, y que l dara Madama Bo- varjr entera por un prrafo de Chateaubriand 92 EMILIA PARDO BAZN. Vctor Hugo. Porque es de advertir que para Flau- bert, entusiasta discpulo de la escuela romntica, ferviente admirador de Hugo, Dumas y Chateau- briand, la perfecin del estilo no era aquella admi- rable sobriedad y nitidez que l alcanzaba, sino los oropeles lricos, la prosa potica y florida. Caso de ceguera literaria muy semejante la que impuls Cervantes preferir de sus obras el Per siles. Despus de Madama Bovary, Salamb es lo mejor de Flaubert. Con la misma escrupulosidad que estudi las miserias de un lugarcillo en tiempo de Luis Felipe, reconstruy Flaubert el mundo re- moto, la misteriosa civilizacin pnica. Nos tras- porta Cartago, entre los contemporneos de Amlcar, durante la sublevacin de las tropas mer- cenarias que la repblica africana tena sueldo para auxiliarla contra Roma; y la herona de la novela es la virgen Salamb, sacerdotisa de la Luna. Parece primera vista que tales elementos compondrn un libro enfadoso, erudito quizs, pero no atractivo; algo semejante las novelas arqueolgicas que escribe el alemn Ebers. Pues nada de eso. Aunque el autor de Salamb nos con- duzca Cartago y las cordilleras lbicas, al tem- plo de Tanit y al pie del monstruoso dolo de Moloch, Salamb es en su gnero un estudio tan realista como Madama Bovary. Prescindamos de la infatigable erudicin que despleg Flaubert para pintar la ciudad africana, de su viaje las costas cartaginesas, de su esmero en revolver autores griegos y latinos; tambin lo LA CUESTIN PALPITANTE. 93 hace Ebers, y mejor y ms slidamente, pero no por eso son menos soporferas sus novelas. Lo que importa en obras como Salamb, no es que los por- menores cientficos sean incuestionablemente exac- tos, sino que la reconstruccin de la poca, cos- tumbres, personajes , sociedad y naturaleza no parezca artificiosa, y que el autor, siendo sabio, se muestre artista; que en todo haya vida y unidad, y que ese mundo exhumado de entre el polvo de los siglos se nos figure real, aunque extrao y dis- tinto del nuestro; que nos produzca la misma im- presin de verdad que causa el escrito jeroglfico al descifrarlo un egiptlogo, el fsil al comple- tarlo un eminente naturalista, y que si no podemos decir con certeza absoluta as era Cartago, pen- semos al menos que Cartago pudo ser as. Con Salamb se acabaron los triunfos de Flau- ber. La Educacin sentimental, novela en la cual puso sus cinco sentidos y cifr grandes esperanzas, hizo un fiasco tan completo, que Flaubert, en sus acostumbrados arrebatos de clera, sola preguntar sus amigos apretando los puos: Pero me po- drn ustedes decir por qu no gust aquel libraco? La causa de que el libraco no gustase merece refe- rirse. Segn el ya citado Mximo du Camp, en la vida de Flaubert se reconocen dos perodos: du- rante el primero, los aos juveniles, Flaubert era de despejado ingenio y fecunda inventiva; aprenda sin esfuerzo y trabajaba fcilmente; de pronto le hiri una horrible enfermedad, mal misterioso que Paracelso llama el terremoto humano, y no slo su 94 EMILIA PARDO BAZN. cuerpo atltico, sino tambin 'su inteligencia loza- na, quedaron como estremecidos en su misma raz, doblegados y en cierto modo paralizados. Dos ex- traos sntomas paralelos se notaron en el enfermo: aborreci el andar, en trminos que hasta le haca dao ver pasearse los dems, y para el trabajo literario se hizo tan premioso y difcil, que copiaba veinte veces una pgina, la enmendbanla cruzaba, la raspaba, y de tal suerte se encarnizaba en la la- bor, que si un mes lograba producir veinte pginas definitivas, deca hallarse rendido y muerto de can- sancio. Despus de terminar una cuartilla gimien- do, suspirando y baado en sudor, levantbase de su escritorio iba tumbarse en un sof, donde se quedaba exnime. Esta lentitud y enorme esfuerzo que le costaba cada una de sus obras, tardando eternidades en concluirlas (La tentacin la lim, vari y retoc por espacio de veinte aos), provena del afn de conseguir absoluta correccin de estilo y completa exactitud en hechos y observaciones. Hubo un momento en que alcanz ambas cosas sin exage- rarlas y sin perjuicio de la creacin artstica, y fu cuando produjo Salambj Madama Bovary; pero despus rompise el equilibrio, y empez abusar del procedimiento, hasta el extremo de pasarse horas enteras cazando una repeticin de vocales una cacofona y meditando en si una coma estaba no en su sitio, y de leerse treinta volmenes so- bre agricultura para escribir diez lneas con cono- cimiento de causa. De esta prolijidad result el LA CUESTIN PALPITANTE. 95 fracaso de la Educacin sentimental, y sobre todo el de Bouvard y Pecuchet, su obra postuma, donde la novela se convierte en montona stira social, pesado catlogo de lugares comunes ideas corrientes, y donde una misma situacin prolon- gada durante toda la obra y el lenguaje seco y es- queletado fuerza de querer ser puro y sencillo, cansan al lector ms animoso. Ya se deba enfermedad condicin especial de su ingenio, merece notarse la decadencia de Flaubert, porque es caso poco frecuente el que un escritor decaiga y se esterilice por excesivo anhelo de exactitud y perfeccin, siendo as que la mayor parte tan pronto cogen buena fama, se echan dormir. Flaubert, ai contrario,' llamaba distraerse escribir cuentos como el Corazn sencillo, que representan seis meses de asiduo trabajo: fuerza de afilar la punta del lpiz, Flaubert la quebr. El fondo de las obras de Flaubert es pesimista, no porque l predique ni esas ni otras doctrinas, pues escritor ms impersonal y reservado no se ha visto nunca, sino porque su implacable observa- cin descubre cada instante la flaqueza y nulidad de los propsitos intentos humanos: ya nos mues- tre Madama Bovary soando amores poticos y cayendo en prosaicas torpezas, ya Salamb espi- rando horrorizada de su brbaro triunfo, ya Bou- vard y Pecuchet estudiando ciencias y tragando libros para quedarse ms sandios de lo que eran, no tiene Flaubert rincn donde puedan albergarse ilusiones consoladoras. Escarneci sobre todo la 96 EMILIA PARDO BAZAN. sociedad moderna, lo que se suele llamar ilustra- cin, progreso, adelantos, industria y libertades. Este es un aspecto de Flaubert que no dejaron de imitar Zola y sus secuaces, slo que Flaubert no obedeca un sistema; hacalo por instinto. En el trato con sus amigos, Flaubert se mostraba, al contrario, entusiasta y exaltado, y apasionbase fcilmente. XI. LOS HERMANOS GONCOURT. Llegando hablar de los hermanos Goncourt me ocurren dos ideas: la primera, que temo elo- giarlos ms de lo justo, porque me inspiran gran simpata, y son mis autores predilectos, y as pre- tiero declarar desde ahora cunta aficin les tengo, confesando ingenuamente que hasta sus defectos me cautivan. La muchedumbre dice Zola no se prosternar jams ante los Goncourt; pero ten- drn su altar propio, riqusimo, bizantino, dorado y con curiosas pinturas, donde irn rezar los si- baritas. Soy devota de ese altar, sin pretender erigir en ley mi gusto, que procede quizs de mi temperamento de colorista. La segunda idea que me asalta es maravillarme de que haya quien califi- que los realistas de meros fotgrafos, militando en sus filas los dos escritores modernos que con mayor justicia pueden preciarse de pintores. 7 98 EMILIA PARDO BAZAN . En Espaa apenas son conocidos los Goncourt. Llmase el uno Edmundo, el otro se llam Julio; trabajaron en ntima colaboracin produciendo no- velas y obras histricas, hasta que Julio, el menor, baj la tumba. Tan unidos vivieron, fundiendo sus estilos ingenios, que el pblico los, crea un solo escritor. Edmundo, el vivo, en su bellsima novela Los hermanos Zemganno, simboliz esta estrecha fraternidad intelectual en la historia de dos hermanos gimnastas que juntos ejecutan en el circo arriesgadsimos ejercicios y mancomunan su fuerza y destreza, llegando ser un alma en dos cuerpos, y cuando el menor se quiebra ambas pier- nas en una caida, Gianni, el mayor, renuncia trabajos que no puede compartir ya con su amado Nello. Dejar al mismo Edmundo de Goncourt ex- plicar el cario que los enlazaba. No solamente se queran los dos hermanos, sino que se sentan ligados entre s por lazos misteriosos, por ataduras psquicas, por tomos adhesivos y naturalmente ge- melos aun cuando la edad de ambos era diversa, y diametralmente opuestos sus caracteres. Pero sus primeros movimientos instintivos eran exacta- mente idnticos... No slo los individuos, sino los objetos inanimados, que sin razn fundada atraen repelen, les producan igual efecto. Y por ltimo, las ideas, esas creaciones del cerebro que nacen no se sabe cundo ni por qu y brotan sin saber cmo; las ideas, en que ni los mismos enamorados coinci- den, eran comunes y simultneas en los dos her- manos... Y su trabajo se confunda de tal modo, y LA CUESTIN PALPITANTE. 99 de tal manera se mezclaban sus ejercicios, y lo que hacan era tan de ambos, que nadie elogiaba nin- guno de ellos en particular, sino la sociedad... Haban llegado tener para dos un solo amor pro- pio, una sola vanidad y un solo orgullo. Mucho tiempo trascurri sin que los Goncourt lograsen, no dir el aplauso, pero ni aun la aten- cin del pblico. Alguna de sus novelas fu aco- gida con tanta indiferencia, que el disgusto del mal suceso aceler la muerte de Julio. Ahora s que, gracias al estrpito que mueve el naturalismo, comienzan ser muy ledas las novelas de los Gon- court, y Edmundo, que al faltarle su hermano qued desanimado y abatido y quiso colgar la p- ola, vuelve trabajar, y pasa por el tercer nove- lista vivo de Francia, no faltando quien le ante- pone Daudet. Goncourt fu el primero que llam documentos humanos los hechos que el novelista observa y acopia para fundar en ellos sus creaciones. Pero los que imaginan que todo realista naturalista est cortado por el patrn de Zola, se admiraran si en- tendiesen la originalidad de Goncourt. Ni se parece Balzac ni Flaubert; y aunque discpulo de Di- derot, no toma de l sino el colorido y el arte de expresar sensaciones. Stendhal estudiaba el meca- nismo psicolgico y el proceso de las ideas, y los Goncourt, alumnos del mismo maestro, sobresalen en copiar con vivos toques la realidad sensible. Son, ante todo (inventemos, ejemplo suyo, una palabra nueva), sensacionistas . No poseen la luc- 100 EMILIA PARDO RAZX. dez de Flaubert, ni su estilo perfecto, ni su imper- sonalidad poderosa: al contrario, si toman por materia primera lo real, es para vaciarlo en el molde de su individualidad, como dira Zola, para mostrarlo al travs de su temperamento. En dos cosas descollaron los Goncourt: en cono- cer el arte y costumbres del siglo xvm y manifestar los elementos estticos del xrx. Estudiaron la cen- turia decimoctava con fogosidad de artistas y pa- ciencia de eruditos, comunicando al pblico el resultado de sus investigaciones en muchos y muy notables libros histrico-biogrficos histrico- anecdticos; coleccionaron estampas, muebles, li- bros y folletos, todo lo concerniente aquella poca, no por reciente menos interesante; y de la actual mostraron en sus novelas multitud de as- pectos poticos en que nadie reparaba. Lejos de inventariar, como Flaubert, las miserias y ridicu- leces de la sociedad moderna, de limitarse por sistema, como Champfleury, descubrir tipos y , escenas vulgares, los Goncourt descubrieron en la vida contempornea cierto ideal de hermosura que exclusivamente le pertenece y no pueden dis- putarle otras edades y tiempos. Por boca de uno de sus personajes dicen los Goncourt: Todo est en lo moderno. La sensacin intuicin de la contemporneo, del espectculo con que tropeza- mos la vuelta de la esquina, del momento pre- sente donde laten nuestras pasiones y como una parte de nosotros mismos, es todo para el artista. Y fieles esta teora, los Goncourt extraen de la LA CUESTIN PALPITANTE. 101 vida actual lo artstico, como del oscuro carbn hace el qumico surgir la deslumbradora luz elc- trica. Esta simpata por la vida moderna puede tomar forma harto trillada y convertirse en admiracin hacia los adelantos y mejoras cientfico-industriales de nuestro siglo: en los Goncourt la tom mi nueva y desusada, enteramente artstica. Su ideal fu el de la generacin presente, que no se limita admirar una sola forma del arte, sino que las comprende y disfruta todas con refinado eclecti- cismo, prefiriendo quizs las extraas las hermo- sas, como les suceda los Goncourt. Un prrafo de Tefilo Gautier sobre el poeta Garlos Baudelaire define muy bien este modo de sentir el arte, y es aplicable los Goncourt: Gustbale... lo que impropiamente se llama estilo decadente, y no es sino el arte llegado esa madurez extremada que produce el oblicuo sol de las civilizaciones vetustas: estilo ingenioso, complicado, hbil, lleno de mati- ces y tentativas, que ensancha los lmites del idio- ma, pone contribucin todo vocabulario tcnico, pide colores toda paleta, notas todo teclado, y se esfuerza en traducir los pensamientos ms ine- fables, las formas y contornos ms vagos y fugiti- vos... Tal es el idioma fatal y necesario de los pue- blos en que la vida facticia sustituye la natural, desarrollando en el hombre necesidades descono- cidas. Y no es fcil de manejar este estilo que los pedantes desdean, porque expresa ideas nuevas con nuevos giros y palabras nunca escuchadas, 102 EMILIA PARDO BAZN. Si es fcil no, slo lo sabe quien lucha con el indmito verbo para domarlo! Edmundo de Gon- court cree que su hermano Julio enferm y muri de las heridas que recibi batallando con la frase rebelde, la cual peda lo que ningn escritor le pidiera jams: que sobrepujase la paleta. Antes de escribir, se haban dedicado los Goncourt la pintura al leo y grabado al agua fuerte, y rode- dose de primorosos bibelots, juguetes asiticos, ricas armas, paos de seda japonesa bordados realce, porcelanas curiosas. Solteros y dueos de s, se entregaron libremente su pasin de artis- tas, y al cultivar las letras quisieron expresar aquella hermosura del colorido que les cautivaba y aquella complexidad de sensaciones delicadas,, agudas, en cierto modo paroxsmicas, que les pro- ducan la luz, los objetos, las formas, merced la sutileza de sus sentidos y la finura de su inteli- gencia. En vez de salir del paso exclamando (como suelen los escritores chirles) no hallo palabras con que describir esto, aquello lo de ms all, los Goncourt se propusieron hallar palabras siem- pre, aunque tuviesen que inventarlas. Para comunicar al lector las impresiones de sus afinadsimos sentidos, los Goncourt amplan, enri- quecen y dislocan el idioma francs. Indignados de la pobreza y deficiencia del habla al compararla con la abundancia y riqusima variedad de las sen- saciones, le perdieron el respeto la lengua, y fueron los ms osados neologistas del mundo, sin reparar tampoco en tomarse otras licencias, pues LA CUESTIN PALPITANTE. 103 no bastndoles la novedad de las palabras acudie- ron colocarlas de un modo inusitado, siempre que as expresasen lo que el autor deseaba. Y no se limitaron pintar lo exterior de las cosas y la sensacin que produce su aspecto, sino las suges- tiones de tristeza, jbilo meditacin* que en ellas encuentra el nimo: de suerte que no slo domina- ron el colorido como Tefilo Gautier, sino el claro oscuro, la cantidad de luz de sombra, que tanto influye en nuestro espritu. Los Goncourt se valen de todos los medios ima- ginables para lograr sus fines: repiten una misma palabra con objeto de que la excitacin reiterada acreciente la intensidad de la sensacin; emplean dos tres sinnimos para nombrar un objeto; co- meten tautologas y pleonasmos; inventan voca- blos; sustantivan los adjetivos; incurren cada paso en defectos que horrorizaran Flaubert. A veces tales osadas dan resultados felicsimos, y un giro una frase salta los ojos del lector grabando en su retina y trasmitiendo su cerebro la viva imagen que el artista quiso mostrarle patente. Los procedi- mientos de los Goncourt, levemente atenuados, los adopt Zola en sus mejores descripciones; Dau- det su vez tom de ellos las exquisitas miniatu- ras que adornan alguna de sus pginas ms selec- tas, y todo escritor colorista habr de inspirarse- de hoy ms, en la lectura de los dos hermanos. Cuan bella y deleitable cosa es el color! Sin asentir la doctrina de aquel sabio alemn que pretende que en tiempo de Homero los hombre> 104 EMILIA PARDO BAZN. vean muchos menos colores que hoy, y que este sentido se afina y enriquece cada paso, no dejo de creer que el culto de la lnea es anterior al del colorido, como la escultura la pintura; y pienso que las letras, medida que avanzan, expresan el color con mas bro y fuerza y detallan mejor sus matices y delicadsimas transiciones, y que el estu- dio del color va complicndose lo mismo que se complic el de la msica desde los maestros italia- nos ac. En una Revista cientfica he ledo no ha muchos das que existen sujetos que experimentan una sensacin luminosa al escuchar un sonido, sensacin luminosa y cromtica que es siem- pre la misma cuando el sonido es igual, y vara cuando ste cambia. De modo que un sonido puede excitar la retina al par que el tmpano, y para el individuo dotado de tan singular propiedad, cada tono de sonido corresponde exactamente un tono de color. A obtener resultados anlogos se ende- reza el mtodo de los Goncourt: escriben de suerte que las palabras produzcan vivas sensaciones cro- mticas, y en eso consiste su indiscutible originali- dad. Aunque la traduccin forzosamente ha de deslucir el esmalte policromo de tan caprichoso es- tilo, trasladar aqu un prrafo de la novela Ma- nette Salomn, donde los Goncourt describen las exageraciones de un colorista, pero ms bien pare- ce que declaran su propio empeo de vencer al pincel con la pluma. Buscaba incesantemente el pintor medios de animar su paleta, de calentar los tonos, de abrillan- LA cuestin palpitantp:. 105 tarlos. Parado ante los escaparates de mineraloga, con propsito de despojar la naturaleza apode- rndose de las luces multicolores de las petrifica- ciones y cristalizaciones relampagueantes, se em- belesaba con los azules de azurita de un azul de esmalte chino; con los lnguidos azules de los co- bres oxidados; con el celeste de la lazulita que pasa del azul real al azul marino. Segua toda la escala del rojo, desde los mercurios sulfurados, acarminados y sangrientos, hasta el negro rojizo de la hematites, y soaba con el amalito, color per- dido del siglo xvi, entonacin cardenalicia, ver- dadera prpura romana... De los minerales se tras- ladaba las conchas, las coloraciones madres de la suavidad idealidad del tono, todas las va- riedades del rosa en una fundicin de porcelana, desde la prpura sombra hasta el rosa desmayado y el ncar donde el prisma se baa en leche. Ave- riguaba todas las irisaciones y opalizaciones del arco iris... En su pupila recoga el azul del zafiro, la sangre del rub, el oriente de la perla, las aguas del diamante. Crea el pintor que para pintar ne- cesitaba ya de cuanto brilla y arde en mar, tierra y cielo. Esto mismo creen los Goncourt, y de ah nacen las excepcionales condiciones no me atrevo de- cir cualidades, aunque tengo para m que lo son de su estilo. Me apresuro aadir que los Gon- court no valen nicamente por eximios maestros del colorido y singulares intrpretes de la sensa- cin, pues demostrado tienen tambin ser grandes 10(5 EMILIA PARDO BAZN. observadores que saben estudiar caracteres. Es verdad que no proceden como Balzac, ni como Zola, quienes crearon personajes lgicos que obran conforme los antecedentes sentados por el nove- lista, y van por donde los lleva la fatalidad de su complexin y la tirana de las circunstancias. Los personajes de los Goncourt no son tan automticos; parecen ms caprichosos, ms inexplicables para el lector; proceden con independencia relativa, y sin embargo, no se nos figuran maniques ni seres fantsticos y soados, sino personas de carne y hueso, semejantes muchos individuos que cada paso encontramos en la vida real, y cuya conducta no podemos predecir con certeza, aun conocindo- los fondo y sabiendo de antemano los mviles que en ellos pueden influir. La contradiccin, irre- gularidad inconsecuencia, el enigma que existe en el hombre, lo manifiestan los Goncourt mejor quizs que sus ilustres mulos. Hay dos grupos de novelas que llevan el nombre de Goncourt al frente; uno es obra de los hermanos reunidos, otro de Edmundo solo; pero el mtodo es igual en ambos. Nadie aplic ms radicalmente que los Goncourt el principio recientemente descu- bierto de que en la novela es lo de menos argu- mento y accin, y la suma de verdad artstica lo importante. En algunas de sus novelas, como Sor Filomena y Rene Mauperin, todava hay un dra- ma, muy sencillo, pero drama al cabo: en Manette Salomn, Carlos Demailly, Germinia Lacerteux, apenas se encuentra ms que la serie de los sucesos. LA CUESTIN PALPITANTE. 107 incoherente al parecer, y lnguida veces, como acontece en la vida: en Madame Gervaisais todava es menor, ms delicado si se quiere, el inters de la narracin; no existen acontecimientos, y el dra- ma ntimo y hondo de la conversin de una libre- pensadora al catolicismo se representa en el alma de la protagonista. Esta novela sorprendente no slo carece de asunto en el sentido usual de la frase, sino tambin de dilogo. Poseen los Goncourt un fuertsimo microscopio, y lo emplean no tanto en registrar el alma humana y visitar los repliegues del cerebro, cuanto en observar en todos los objetos detalles menudos, exquisitos y curiosos, hilos delgadsimos que tejen la realidad. Para otros autores, la vida es tela gro- sera; para los Goncourt, encaje primoroso cuajado de cenefas, flores y estrellitas delicadsimas que bord diestra mano. Parece que bajo el cristal de su microscopio como bajo el de los sagaces natu- ralistas que descubrieron el mundo de los infuso- rios y las regiones microgrficas la creacin se dilata, se multiplica y se ahonda. Las novelas ms celebradas de los Goncourt son Germinia Lacerteux y La Filie Elisa. El xito de ellas se debe quizs la curiosidad y gusto depra- vado del pblico, que suele preferir ciertos asuntos y buscar en la novela la satisfaccin de ciertos apetitos. Para m las obras mejores de los Goncourt son el hermoso poema de amor fraternal titulado Los hermanos Zemganno, donde la poesa se cobija tras la verdad como la perla en la valva del fea 108 EMILIA PARDO BAZN. molusco; y sobre todo, la admirable Manette Sa- lomn, donde los egregios escritores encontraron aquello que tanto aprecia el artista, la conformidad del ingenio con el asunto. XII. DAUDET. Alfonso Daudet naci en el medioda de Francia,, pas de literatura amena y clima benigno, seme- jante por esto nuestra Andaluca. La templada atmsfera, el claro sol y la vegetacin floribunda de las zonas meridionales parecen reflejarse en el carcter de Alfonso Daudet, en su chispeante fan- tasa y feliz complexin literaria. Su hermano Er- nesto, en el libro titulado Mi hermano y yo, des- cubre la precocidad del talento de Alfonso, y afir- ma que su primer novela, escrita los quince aos de edad, sera digna de figurar en la coleccin de sus obras actuales, observando tambin que la crtica no ha podido encontrar inferioridad relativa entre los distintos libros que public, ni elegir y sealar una obra suya superior las restantes, cosa que hizo con Goncourt, Flaubert y Zola. Azarosos fueron los prdromos de la historia 110 KMILA PARDO BAZAN. literaria de Alfonso Daudet. Luch de un modo heroico contra la estrechez en que poco poco se vio envuelta su familia estrechez que lleg ra- yar en pobreza; entr de inspector en un colegio, acogise despus la prensa, y desde su asilo co- menz trabajar modesta y valerosamente para formarse una reputacin. Su primer libro fu un tomo de versos, Las enamoradas, por el cual la crtica le dijo, con hiperblico encarecimiento, que haba recogido la pluma del difunto Alfredo de Musset; luego se dedic la prosa, empezando por componer cuentecillos breves, estudios ligeros so- bre cualquier tema, descripciones de lugares y ti- pos de su pas, y de estas acuarelas fu pasando cuadros de caballete, sean novelas de costumbres, hasta que por ltimo se atrevi cubrir de color vastos lienzos, grandes novelas sociales: grandes digo, no por las dimensiones, sino por la profundi- dad de observacin que encierran. No falta quien excluya Alfonso Daudet de la escuela realista y naturalista, fundndose en cier- tas dotes poticas de su ingenio. Yo pienso que entre los realistas debemos clasificar sin gnero de duda al autor de Numa Roumestan. En efecto, los procedimientos de Alfonso Daudet, su mtodo para componer idear, son del todo realistas. An- tes de acostarse, apunta minuciosamente los suce- sos y particularidades que not durante el da ( imitacin de Dickens, con el cual tiene muchos puntos de contacto), y bien se puede asegurar que no hay pormenor, carcter ni acontecimiento en LA CUESTIN PALPITANTE. 111 sus novelas que no est sacado de esos cuadernos del rico tesoro de su memoria. Zola dice acerta- damente que Daudet carece de imaginacin en el sentido que solemos dar este vocablo, pues nada inventa: solamente escoge, combina, dispone los materiales que de la realidad tom. Su personali- dad literaria, lo que Zola llama temperamento, in- terviene despus y funde el metal de la realidad en su propia turquesa. Notable engao el de los que creen que por ajustarse al mtodo realista -abdica un autor su libre facultad creadora, y lo afirman con tono doctoral, lo mismo que si formu- lasen irrecusable axioma de esttica! Daud.t ve las cosas su modo y las estudia, no con la severa impersonalidad de un Flaubert, no con la intensa emocin artstica de los Goncourt, no con la lucidez de visionario de un Balzac, sino con sensibilidad ingenua, con esa velada y suave y honda irona que conocen bien los asiduos lectores de Dickens. No es fro analizador, no es el mdico refiriendo con glacial indiferencia los sntomas de una enfermedad, ni tampoco el artista que busca ante todo la perfeccin; es el narrador apa- - sionado, que simpatiza con unos hroes y se in- digna contra otros, cuya voz tiembla veces, cuyos ojos anubla furtiva lgrima. Sin hablar incesantemente de s propio, sin cor- tar el relato para dirigir al que lee reflexiones y advertencias, Daudet sabe no ausentarse jams de sus libros; su presencia los anima. Una de sus no- velas, Le Petit Chose, est tejida con sucesos de 112 EMILIA TARDO BAZN. la infancia y adolescencia del autor, y sus perso- najes son individuos de la familia Daudet; pero aun cuando no concurra en ellas esta misma cir- cunstancia, todas las obras de Daudet conmueven f porque sabe practicar el si vis me flere... del modo discreto que lo consiente el arte contemporneo. no por medio de exclamaciones y apostrofes, sino con cierto calor en el estilo, con inflexiones gra- maticales muy tiernas, muy penetrantes, que lle- gan al alma. Conocemos, aunque el autor no se tome el trabajo de advertrnoslo, que profesa aficin este aquel personaje; escuchamos la risa melo- diosa y sonora con que se burla de los picaros y de los necios; mas todo esto lo distinguimos al trasluz, y gozamos del placer de adivinarlo. Mientras Sten- dhal cansa, como cansara una demostracin mate- mtica, y los Goncourt excitan los nervios y des- lumhran la pupila, y Flaubert abruma y causa espln y misantropa, Daudet consuela, refresca y divierte el espritu, sin echar mano de embustes y patraas como los idealistas, con solo la magia de su amorosa condicin y simptico carcter. Aque- lla nota festiva, ligera veces, que en la vida no falta y s en las novelas de Zola, la posee el teclado de Daudet. Es su talento de ndole femenina, no por lo endeble, sino por lo gracioso y atractivo. Su estilo parece labrado sin violencia ni esfuerzo, con grato abandono, aunque sin descuido. Y no obstante, si Julio de Goncourt muri extenuado y hasta loco de puro adelgazar la frase para impri- mirle intensa vibracin nerviosa; si Flaubert su- LA CUESTIN PALPITANTE. 113 daba y gema al limar sus pginas como el leador cada golpe que descarga sobre el rbol; si Zola llora de rabia y se trata de idiota al releer lo que escribe, y otra vez lo pone en el yunque y vuelve martillarlo hasta darle la apetecida forma, Er- nesto Daudet asegura que al redactar alguna p- gina suelta, armoniosa, donde la frase fluye majes- tuosamente modo de ro que rueda arenas de oro, su hermano, exigente consigo mismo, lidia, sufre y palidece, quedando enfermo de cansancio para muchos das. Esta es la difcil facilidad por tan- tos deseada y obtenida por tan pocos! No atesora Alfonso Daudet la portentosa cultura especial de los Goncourt, ni menos la vasta erudi- cin de Flaubert. Sabe lo que necesita saber, ni ms ni menos; el resto se lo figura, y en paz. Ni alardea de filsofo, ni se precia con exceso de es- tilista y gramtico, ni sera capaz de sujetarse los severos estudios que pide una obra como Salamb, por ejemplo. Sus viajes de exploracin los hace al travs del mundo social, recorriendo Pars en to- das direcciones, escudrindolo todo con sus ojos miopes que concentran la luz, y observando cuan- tas variadas y curiosas escenas se desarrollan en la vida de la gran capital, donde ni faltan comedias, ni escasean dramas, ni deja veces la tragedia de surgir, pual en mano, sobre la trama, vulgar en apariencia, de los sucesos. Ofrece Alfonso Daudet un fenmeno revelador de su naturaleza de artista: gstale, sobre todo, es- tudiar los tipos raros y originales, las costumbres 8 114 EMILIA PARDO BAZN. extraas y pintorescas que un momento se dibujan, como muecas rpidas, en la fisonoma mudable y cosmopolita de Pars. Prefiere estas contracciones pasajeras al aspecto normal, y goza en fotografiar instantneamente y estereotiparlas despus esas existencias de murcilago, entre luz y sombra, esos tipos sospechosos que se llamaron un tiempo la bohemia; aventureros de la ciencia, de la banca, del arte; figuras heterclitas, que hunden los pies en el fango y levantan los cielos del lujo y de la celebridad su frente; gentes de quienes hablan hoy todos los peridicos y maana se enterrarn quizs en la fosa comn. En alguna de las novelas de Daudet, el Nababo por ejemplo, casi todos los per- sonajes son de esta ralea: el mdico norte-ameri- cano Jenkins, mezcla de Locusta y Celestina; Feli- cia Ruys, mitad artista excelsa y mitad cortesana; el nababo Jansoulet, la ex-odalisca su mujer, todos son personajes extraordinarios, hongos que brotan en la podredumbre de una sociedad vieja, de una capital babilnica, y cuya forma singular y ponzo- osos colores atraen la mirada y la cautivan ms que la belleza de las rosas. Fu el Nababo la primer novela de Daudet que gan su autor celebridad inmensa: y la causa de su xito triste es decirlo se debi en gran parte _ que la novela estaba salpicada de indiscreciones, sea de noticias anecdticas referentes cierto perodo del segundo imperio, y elevados perso- najes que en l figuraron. Triste es decirlo, repito, porque el hecho atestigua que el pblico es inca- LA CUESTIN PALPITANTE. 115 paz de interesarse por la literatura sola y sin adi- tamentos, y que si un autor se hace clebre de golpe y vende edicin tras edicin de un libro, es que supo espolvorearlo con la sal y pimienta de la crnica escandalosa. Cuando se dijo que el Nababo tena clave; cuando se supo que Alfonso Daudet, -comensal y protegido del Duque de Morny, lo exhiba en los mnimos detalles de su vida privada, hubo quien se escandaliz tratando al autor de desagradecido y vil; yo me escandalizo ms an de las gentes que por esa ingratitud y esa vileza, y no por el resplandor de su hermosura, conocieron entonces el ingenio de Daudet. Aleg Alfonso Daudet, para lavarse de la mancha de ingrato, que l no haba desfigurado ni afeado el perfil del Duque de Morny ni de ninguna de las personas que retrataba; que la opinin general se las representaba muchsimo, ms feas, y que si ellas viviesen, buen seguro que le agradeceran los rasgos que les prest. Como artista, expuso otra razn ms poderosa: su absoluta incapacidad para inventar, y la fuerza invencible con que el modelo vivo se le incrustaba en la memoria, en trminos de no permitirle reposo hasta que los trasladaba al papel. Realmente es arduo el problema. Por qu ha- cer al novelista de peor condicin que el pintor? Va ste, supongamos, una sociedad un festn, adonde le convidan; mira en torno suyo; se fija en la cabeza del anfitrin, en las formas de alguna seorita que se sienta su lado; vuelve casa, \\6 EMILIA PARDO BAZN. coge los pinceles, .y sin el menor escrpulo pasa al lienzo lo que vio, y nadie le tacha de ingrato ni le califica de miserable. Pero que un escritor realista se resuelva aprovechar el ms mnimo detalle observado en casa de un amigo, hasta de un indi- ferente enemigo jurado, y dirnle que rasga el velo de la vida privada, que viola el sagrado del hogar, y todo el mundo se dar por ofendido, y hasta le pondrn pleito, como Zola, por el apelli- do de un personaje. Claro est que el novelista digno de este nombre,. al coger la pluma, no obedece antipatas ni rencores, ni ejerce una misin vengadora, ni es siquiera el satrico que aspira clavar en la picota al individuo y la sociedad. Su propsito es muy diverso: obedece su musa, que le ordena estudiar, comprender y exponer la realidad que nos rodea. As es que, volviendo Daudet, lo que ste toma indistintamente de sus amigos de sus adversarios, no es aquella verdad nimia que aun los bigrafos desdean, sino ciertos datos que son como el trozo de madera hierro llamado alma en que los es- cultores apoyan y sustentan el barro al modelarlo: la armazn, digmoslo as. El nababo Jansoulet r por ejemplo, existi; pero Daudet, al escribir- lo, conserv el fondo y modific hartos porme- nores. Si en alguna novela de Daudet hay intencin satrica, es en Los Reyes en el destierro. El autor se propuso all demostrar, y no s si demostr: s que el propsito se trasparenta. Sin embargo, LA CUESTIN PALPITANTE. 117 fuer de consumado artista, evit la caricatura y dise el nobilsimo y augusto contorno de la Reina de Iliria. El monrquico ms monrquico no hara cosa tan bella. Adems del mundo parisin, descuella Daudet en describir su provincia con donaire singular. Conoce los meridionales; y ya nos cuente la burlesca epopeya de Tartarin de Tarascn, el Quijote de Gascua, que sale de su villa natal re- suelto matar leones en las africanas selvas y slo consigue cazar un pollino y rematar un len viejo, ciego y agonizante; ya perfile con trazos tan genuinos y fisonoma tan regional al tamborilero de Numa Roumestan, al mismo Numa, carcter soberano que lleva el sello indeleble de una loca- lidad, siempre nos har sonrer Daudet, y nos con- mover siempre. Opina Zola que Daudet est providencialmente destinado reconciliar al pblico con la escuela naturalista, mediante las dotes con que se capta las simpatas del lector, y las cualidades que le abren puertas cerradas para Zola: las del hogar dome'stico, las de la elegante biblioteca de palo de rosa, adorno del gabinete de las damas. Tengo para m que esas puertas no se franquearn jams todas las obras de Zola, aunque enve delante cien Daudets allanando obstculos. Daudet perte- nece la misma escuela que Zola, es cierto; pero se contenta con acusar la musculatura de la reali- dad, mientras el otro la desuella con sus dedos de fierro y la presenta al lector en lminas clnicas. 118 EMILIA PARDO BAZN. Pocos estantes de palo de rosa gemirn bajo el peso de Pot Bouille. Alfonso Daudet posee una colaboradora, que es su mujer, autora tambin de algn libro. Quin sabe si tan blando influjo se deber el que Daudet huya de extremar el mtodo naturalista y se man- tenga segn reconoce con generosa imparciali- dad Zola en el punto crtico donde acaba la poe- sa y comienza la verdad? XIII, ZOLA. SU VIDA Y CARCTER. Reserv adrede el ltimo lugar para el jefe de la escuela naturalista, y habl primero de Flaubert, Daudet y los Goncourt, no tanto por ceirme al orden cronolgico, cuanto por no emprenderla con el discutidsimo novelista sin estudiar antes las variadas fisonomas de sus compaeros, cuya di- versidad es argumento poderoso favor del realis- mo. Si Stendhal no se parece Balzac, ni Balzac Flaubert; si los hermanos Goncourt lucen tan peregrinas y nuevas condiciones artsticas yDaudet es tan personal, Zola su vez se distingue de todos ellos. Tratar de Zola ms despacio que de sus colegas, no porque le otorgue la primaca slo el tiempo decidir si la merece pejro porque, cuando el va- lor de sus obras pudiera negarse, no as el puesto de jefe y campen del naturalismo, que ocupa. 120 EMILIA PARDO RAZAN. Zola es, adems de novelista revolucionario que dispara libros manera de bombas cuyo estrpito obliga la indiferente multitud volver la cabeza y arremolinarse atnita, expositor, apologista y propagandista de una doctrina nueva que formula en pginas belicosas. En vano rehusa el ttulo de jefe de escuela, asegurando que el naturalismo es antiguo, que l no se lo ha encontrado en los bol- sillos del gabn, que nadie lo impone, y que antes que l lo siguieron otros autores. Claro est que un hombre solo, por eminente que sea su genio, no improvisa un movimiento literario; pero basta para que le llamemos jefe que las circunstancias sus propios arrestos le traigan acaudillarlo, como acaudilla Zola con gran bizarra las huestes de lo que todo el mundo llama ya naturalismo. A Pablo Alexis, discpulo de los ms adictos de Zola, debemos cantidad de pormenores biogrficos referentes al maestro. Emilio Zola naci en Pars el ao de 1840: por sus venas corre sangre italiana, griega y francesa; su padre era ingeniero. El futuro novelista no se mostr de muy despejado entendi- miento en sus primeros aos y estudios: en las casillas de su cerebro no encajaba la retrica, y hasta dos veces fu reprobado en los exmenes del bachillerato en letras. Por fallecimiento de su pa- dre, Zola se hall privado de recursos, y para no morirse literalmente de hambre, desempe hu- mildes empleos y tuvo gran fortuna poder ingre- sar en el establecimiento de librera de Hachette, donde ejerci funciones ms manuales que litera- LA CUESTIN PALPITANTE. 121 rias. Desde aquel modesto asilo, la sombra de los estantes cargados de volmenes, comenz es- cribir: sus ensayos pasaron inadvertidos; y aunque Villemessant, amigo de proteger los principian- Tes, le confi la seccin bibliogrfica del Fgaro, no tuvieron mejor suerte sus artculos de crtica que sus trabajos de amena literatura. Los Cuentos Ninon, donde no faltan pginas hermosas, fueron acogidos con indiferencia, y el pobre commis de librera, enterrado tras del pupitre, desconocido, anegado en el mar inmenso de las letras parisien- ses, sufra torturas no inferiores las de Ssifo y Tntalo, al presenciar la rpida venta de libros ajenos y el estancamiento de los propios. Cuntas vigilias, cuntas horas de cavilaciones febriles corren para el autor que siente pesar sobre su alma la oscuridad de su nombre, como pesa en invierno la tierra sobre el germen! Zola maduraba una idea que haba de reportarle fama y bienestar; proyectaba escribir algo anlogo la Comedia Hu- mana de Balzac, un ciclo de novelas donde estu- diase, en la historia de los individuos de una fami- lia, las diferentes clases y aspectos de la sociedad francesa bajo el mando de Luis Napolen; pero ne- cesitaba un editor que se asociase sus planes y no temiera emprender la publicacin de tan vasta se- rie de obras, de autor casi desconocido. Consigui por fin que Lacroix se arriesgase editarle una no- vela, y se comprometi entregarle dos cada ao, y que le pagase por ellas un sueldo de dos mil rea- les al mes: la propiedad del libro quedaba por diez 122 EMILIA PARDO BAZN aos enajenada favor del editor, y lo mismo los derechos de traduccin insercin en folletines. As que Zola granje esta renta mezquina, retirse Batignolles, y all, en una casita con huerto po- blado de conejos, gallinas y patos, comenz la vida de productor metdico incansable que desde en- tonces lleva. No protega la suerte al editor Lacroix, y hubo de liquidar, y traspas los negocios ya emprendi- dos al fnix de los editores, llamado Charpentier. Ya en poder de ste, Zola, que es muy despacioso en idear y escribir, se retras en la entrega de los dos tomos anuales estipulados, y hallse debiendo al editor dos mil duros adelantados por ste: grata sorpresa causle, pues, Charpentier cuando, lla- mndole su despacho, le declar que sus libros producan dinero, que no quera abusar de un con- trato leonino, y que no solamente se daba por co- brado de su anticipo, sino que le ofreca otra suma igual, asocindole adems sus ganancias futuras y asegurndole un lucido rdito sobre los volme- nes anteriormente publicados. Esto era para Zola r ms que dorada mediana, riqueza; animse, y en vez de gastar en alegre y potica holganza sus fon- dos, se aplic trabajar con mis ardor que nunca A fuer de enemigo de los romnticos, se propu- so Zola vivir enteramente al revs que ellos y lle- var una existencia ordenada, en prosa, por decirla as. Su huerto, su gabinete de estudio, sus conta- dos amigos, su familia, alguna reunin en casa del editor Charpentier, son las ocupaciones que le LA CUESTIN PALPITANTE. 123 absorben y las distracciones que goza. Levntase siempre la misma hora, se sienta al escritorio, y despacha sus tres cuartillas de novela, ni ms ni menos; echa su siesta para restaurar el sistema ner- vioso y no gastar ms cerebro del necesario, des- pierta, hace ejercicio, ensarta un fulminante art- culo crtico de los que tanto escuecen sus com- paeros en letras, y despus asiste al teatro pasa la noche recogido en su hogar; y este mtodo es invariable y exacto como la marcha de un reloj... cuando rige bien, por supuesto. Recordando el modo de vivir de la generacin que precedi Zola, se advierte el contraste. De- vorados por su ardiente fantasa, la mayor parte de los poetas y literatos del romanticismo pudie- ron decir con nuestro Espronceda: siempre ju- guete fui de mis pasiones.)) La inspiracin, que para Zola es una criada fiel y laboriosa que todas las maanas la misma hora viene cumplir su obligacin de hilar tres cuartillas, era para los ro- mnticos una amante caprichosa y coqueta que cuando menos se percataban acuda otorgarles dulcsimos favores, y luego se volaba como un pjaro; al sentir el roce de sus alas, Alfredo de Musset encenda las bujas y abra de par en par el balcn para que entrase la musa. Otros la invo- caban sobreexcitando sus facultades con el abuso del caf, del opio de la cerveza; y para todos era feliz aventura lo que hoy para Zola es funcin na- tural, digmoslo as, costumbre adquirida como la de la siesta que duerme. 124 EMILIA PARDO BAZAN. Los rostros, la apostura y hasta el traje, poseen una elocuencia no accesible quizs los profanos, pero clarsima para el observador. Al comparar los retratos de algunos corifeos del romanticismo con el nico que de Zola pude procurarme, comprend, mejor que leyendo un tomo de historia de la lite- ratura moderna, cunta distancia separa Gra- \iella del Assommoir. El pensamiento se graba en la faz, las ideas se filtran, se trasparentan bajo el cutis, y los semblantes de la generacin romn- tica descubren aquellos entusiasmos y melancolas, aquel ideal potico y filosfico que caldea sus obras. El largo cab.llo, las facciones finas, expresivas, ms bien descarnadas, lo caprichoso del traje, el fuego de los ojos, el porte altivo y meditabundo la vez, son rasgos comunes la especie; pueden darse estas seas lo mismo de la apolnica imberbe faz de Byron y Lamartine, que de las elegantes y soadoras cabezas de Espronceda, Zorrilla y Mu- sset. En cuanto Zola... Su cara es redonda, su crneo macizo, su nuca poderosa, sus hombros anchos como de caritide, tiene triguea la color, roma la nariz, recia la barba y recio y corto tambin el cabello. Ni en su cuerpo atltico ni en su escrutadora mirada hay aquella distincin, aquel misterioso atractivo, aque- lla actitud aristocrtica, un tanto teatral, que po- sey Chateaubriand en sus buenos tiempos, y hace que al contemplar su retrato se quede uno pensati- vo y vuelva mirarlo otra vez. Si algn rasgo caracterstico ofrece el tipo de Zola, es la fuerza y LA CUESTIN PALPITANTE. 125 el equilibrio intelectual, patentes en el tamao y proporciones armnicas del cerebro, que se adi- vinan por la forma de la bveda craneana y el ngulo recto de la frente. En resumen: el fsico de Zola corresponde al pro- sasmo, al concepto mesocrtico de la vida, que domina en sus obras. No se entienda que al decir el prosasmo de Zola me refiero al hecho de que trate en sus novelas asuntos bajos, feos vulgares. Goethe siente que no hay tales asuntos, y que el poeta puede embellecer cuantos adopte. Aludo ms bien al carcter, vida y actos del escritor na- turalista, donde falta del todo eso que los franceses llaman revrie (la palabra espaola ensueo no lo expresa bien), y aludo, en suma, la proscripcin del lirismo, la rehabilitacin de lo prctico, que supone la conducta de Zola. Como los antiguos atletas, Zola hace profesin de limpieza y honestidad de costumbres, y se jacta de preferir, como Flaubert, la amistad al amor, declarndose un tanto misgino aborrecedor del bello sexo, y desdeando Sainte-Beuve por ape- gado las faldas en demasa. A este alarde de continencia aade Zola otro de conyugal ternura, y habla siempre de su mujer de un modo no ga- lante ni apasionado, que eso no est en su cuer- da, pero s cariosote y cordial en extremo. Su vida interior es pacfica y ejemplar, y huyen- do de la sociedad, se complace en la compaa de su madre, su mujer y sus hijos, acariciando la esperanza de retirarse, andando el tiempo, 126 EMILIA PARDO BAZN. alguna aldea, algn rincn frtil y sosegado. Tal es el terrible jefe del naturalismo, el autor diablico cuyo nombre estremece unos, y otros enfurece; el novelista cuyas obras encienden en ru- bor el semblante de las damas que las leen por ca- sualidad; el cronista de las abominaciones, impure- zas, pecados y fealdades contemporneas. El dice de s propio: Soy un ciudadano inofensivo, y nada ms. ,Ay de m! Ni siquiera tengo un vicio. A San Agustn le compararon con un guila; Zola compara Balzac con un toro: por qu no he de permitirme tambin un smil zoolgico, di- ciendo que el animal quien ms se asemeja Zola es el buey? Como l, es vigoroso, forzudo y lento. Como l, abre despacio el surco, y se ve el esfuerzo de su testuz al remover la tierra hondamente, arrancando piedras y estorbos. Como l, no tiene gracia, ni finura, ni alegra, ni son airosas sus for- mas, ni su paso es gil. Como l, hace labor slida y duradera. F-n lo que no se parece Zola al buey es en la mansedumbre. Para la lucha se convierte en toro, y toro furioso, que arremete ciegas al adversario, soportando impertrrito en su dura piel los pincha- zos de la crtica. Una'persona sensible, tmida y cosquillosa estara ya muerta si sobre ella descar- gasen los insultos y ataques que llovieron sobre Zola; mientras l los recibe, no ya con indiferencia, sino como estmulos y espolazos que ms le ani- man al combate. Cuando public el Assommoir levantse un somatn general: no qued injuria LA CUESTIN PALPITANTE. 127 que no Je prodigasen; como suele suceder, el p- blico confundi al autor con la obra, y le atribuy las groseras y delitos de todos sus personajes, lo mismo que Balzac se le acus de libertinaje por- que reseaba costumbres licenciosas. Hasta creye- ron Zola viejo, feo y ridculo, y le supusieron parroquiano de la innoble taberna que describe, jurando que deba hablar la jerga de los barrios ba- jos; como si para conocer esa jerga y poder trasla- darla ai papel en un libro como el Assommoir, no se necesitase ser, ante todo, literato, y hasta fil- logo sagaz. Zola se creci ante los ataques, que debieron lisonjearle mucho, segn su teora de que slo las obras discutidas valen y viven. Desdeando la opi- nin as del pblico que le admira como del que le insulta, prescinde del juicio de la multitud y se propone domarla imponerle el suyo propio. En sus labios no brilla la dulce sonrisa de Daudet, sino un mohn de reto y orgullo. No seduce, desafa; no se reporta ni se corrige, antes acenta su manera en cada libro. Ediciones innumerables, celebridad ruidossima, traducciones todos los idiomas, las columnas de la prensa llenas del sonido de su nom- bre, la trasformacin literaria que sufrimos vaciada en sus moldes, son motivos suficientes para que Zola, despecho del lodo que le arrojan la faz, crea que el triunfo est de su parte y que l es quien acert con el gusto de nuestro siglo. XIV. ZOLA SUS TENDENCIAS. El ciclo de novelas que debe Zola su estruen- dosa fama se Titula Los Rougon Macquart, histo- ria natural y social de una familia bajo el segundo imperio. Herida esta familia en su mismo tronco por la neurosis, se va comunicando la lesin to- das las ramas del rbol, y adoptando diversas for- mas, ya se presenta como locura furiosa y homicida . ya como imbecilidad, ya como vicio de alcoholis- mo, ya como genio artstico] y el novelista, habien- do trazado en persona el rbol genealgico de la es- tirpe de Rougon, con sus mezclas, fusiones y sal- tos-atras, resea las metamorfosis del terrible mal hereditario, estudiando en cada una de sus novelas un caso de tan misteriosa enfermedad. Advirtese que la idea fundamental de los Rou- gon Macquart no es artstica, sino cientfica, y que los antecedentes del famoso ciclo, si bien lo mira- LA CUESTIN PALPITANTE. 1"29 mos, se encuentran en Darwin y Hseckel mejor que en Stendhal, Flaubert Balzac. La ley de trasmisin hereditaria, que imprime caracteres indelebles en los individuos por cuyas venas corre una misma sangre; la de seleccin natural, que elimina los organismos dbiles y conserva los fuer- tes y aptos para la vida; la de lucha por la existen- cia, que desempea oficio anlogo; la de adapta- cin, que condiciona los seres orgnicos conforme al medio ambiente; en suma, cuantas forman el cuerpo de doctrinas evolucionistas predicado por el autor del Origen de las especies, pueden verse aplicadas en las novelas de Zola. Atentos solamente al aspecto literario de stas, suelen los crticos reirse del aparato cientfico que desplega el jefe de la escuela naturalista: lo cual me parece ligereza notoria, dado que Zola no es un Edgardo Poe que se sirva de la ciencia como de entretenida fantasmagora medio de excitar la curiosidad del lector. Prescindir del conato cient- fico en Zola, es proponerse deliberadamente no en- tenderlo, es ignorar dnde reside su fuerza, en qu consiste su flaqueza y cmo formul la estti- ca del naturalismo. Su fuerza digo, porque nuestra poca se paga de las tentativas de fusin entre las ciencias tsicas y el arte, aun cuando se realicen de modo tan burdo como en los libros de Julio Verne; y por muchas burletas y donaires que los gacetille- ros disparen Zola con motivo de su famoso rbol genealgico y sus alardes de fisilogo y mdico, no impedirn que la generacin nueva se vaya tras 9 13Q EMILIA PARDO BAZN. sus obras, atrada por el olor de las mismas ideas con que la nutren en aulas, anfiteatros, ateneos y revistas, pero despojadas de la severidad didctica y vestidas de carne. Digo su flaqueza, porque si es verdad que hoy exigimos al arte que estribe en el firmsimo asiento de la verdad, como no tiene por objeto principal indagarla, y la ciencia s, el artista que se pro- ponga fines distintos de la realizacin de la belleza, tarde temprano, con seguridad infalible, ver \ desmoronarse el edificio que erija. Zola incurre -\ sabiendas en tan grave hereja esttica, y ser * castigado, no lo dudemos, por donde ms pec. Curioso libro podra escribir la persona que do- minase con igual seoro letras y ciencias, sobre el darvinismo en el arte contemporneo. En l se contendra la clave del pesimismo, no potico la manera de Leopardi, sino depresivo, que como ne- gro y meftico vapor se exhala de las novelas de Zola; del empeo de patentizar y describir la bestia immana, sea el hombre esclavo del instinto, sometido la fatalidad de su complexin fsica y la tirana del medio ambiente; de la mal disimula- da preferencia por la reproduccin de tipos que demuestren la tesis; idiotas, histricas, borrachos, fanticos, dementes, personas tan desprovistas de sentido moral, como los ciegos de sensibilidad en la retina. Los darwinistas consecuentes y acrrimos, para apoyar su teora de la descendencia animal del hombre, gustan de recordarnos las tribus salvajes LA CUESTIN PALPITANTE. 131 de Australia y describirnos aquellas enfermedades en que la responsabilidad y conciencia fallecen; Zola los imita y, en un arranque de sinceridad, declara que prefiere el estudio del caso patolgico al del estado normal, que es, sin embargo, lo que en la realidad abunda. Aqu ocurre una pregunta: ser censurable en Zola el fundar sus trabajos artsticos en la ciencia moderna y consagrarlos demostrarla? No parece ms bien loable intento? Paso; entermonos pri- mero de qu cosa son las ciencias que Zola se atiene. No es ahora ocasin propicia para aquilatar la certidumbre falsedad del darwinismo y doctrina evolucionista: hcelo en otro lugar lo mejor que supe, y lo digo no por alabarme, sino fin que no me acuse algn malicioso de hablar aqu de cosas que no procur entender. Pero en resumen, limi- tndome exponer el dictamen de los ms califica- dos imparciales autores, indicar que el darwinis- mo no pertenece al nmero de aquellas verdades cientficas demostradas con evidencia por el mtodo positivo y experimental que Zola preconiza, como, por ejemplo, la conversin de la energa y correla- cin de las fuerzas, la gravitacin, ciertas propie- dades de la materia y muchos asombrosos descubri- mientos astronmicos; sino que, hasta la fecha, no pasa de sistema atrevido, fundado en algunos prin- cipios y hechos ciertos; pero riqusimo en hiptesis gratuitas, que no descansan en ninguna prueba slida, por ms que anden caza de ellas numero- 132 EMILIA PARDO BAZN. sos sabios especialistas all por Inglaterra, Alema- nia y Rusia. Ahora bien; como quiera que en- achaque de ciencias exactas, fsicas y naturales tenemos derecho para exigir demostracin, sin lo cual nos negamos terminantemente creer y re- chazamos lo arbitrario, he aqu que todo el aparato cientfico de Zola viene tierra, al considerar que no procede de las ciencias seguras, cuyos datos son fijos invariables, sino de las que l mismo de- clara empiezan an balbucir y son tan tenebrosas- como rudimentarias: ontogenia, filogenia, embrio- genia, psico-fsica. Y no es que Zola las interpre- te su gusto, falsee sus principios; es que esas ciencias son de suyo novelescas y vagas; es que, mientras ms indeterminadas y conjeturales las encuentre el cientfico riguroso, ms campo abri- rn la rica imaginacin del novelista. Qu le queda, pues, Zola si en tan deleznables cimientos bas el edificio orgulloso y babilnico de su Comedia humana? Qudale lo que no pueden dar todas las ciencias reunidas; qudale el verdade- ro patrimonio del artista; su grande indiscutible ingenio, sus no comunes dotes de creador y escri- tor. Eso es lo que permanece, cuando todo pasa y se derrumba; eso es lo que los siglos venideros co- nocern en Zola, (aparte de su inmensa influencia en las letras contemporneas). Si Zola fuese nicamente el autor pornogrfico que hace arremolinarse la multitud con curiosi- dad y dispersarse con rubor y tedio, el sabio la violeta que barniza sus narraciones con una capa LA CUESTIN PALPITANTE. 133 Jelustre cientfico, Zola no tendra ms pblico que el vulgo, y ni la crtica literaria ni la refle- xin filosfica hallaran en sus obras asunto donde ejercitarse. Consagra alguien largos artculos al examen de las popularsimas y entretenidas nove- las de Verne? Dedcase nadie censurar despacio las no menos populares de Pablo de Kock? Todo ello es cosa balad, que no trasciende. Las de Zola on harina de otro costal, y su autor pesar de los pesares grande, eximio, extraordinario artista. Pasajes y trozos hay en sus libros que, segn su gnero, pueden llamarse definitivos, y no creo te- meraria aseveracin la de que nadie ir ms all. Los estragos del alcohol en el Assommoir, con a*quel terrible eplogo del delirium tremens; la pin- tura de los mercados en El vientre de Paris\ la delicada primera parte de Una pgina de amor; el graciossimo idilio de los amores de Silverio y Miette en La fortuna de los Rougon; el carcter del clrigo ambicioso en La conquista de Plasans; la riqueza descriptiva de La falta del cura Mouret, y otras mil bellezas que andan prdigamente sem- bradas por sus libros, son quizs insuperables. Con la manifestacin de un poderoso entendimiento, de una mirada penetrante, firme, escrutadora, y la vez con la copia de arabescos y filigranas primoro- ssimas, Zola suspende el nimo. Tengamos el arrojo de decirlo, una vez que tantos lo piensan: en el autor del Assommoir hay hermosura. En cuanto sus defectos, mejor dir sus exce- sos, ellos son tales y tanto los va acentuando y 134 EMILIA PARDO BAZN. recargando, que se harn insufribles, si ya no se hicieron la mayora. Pecado original es el de to- mar por asunto no de una novela, pero de un ciclo entero de novelas, la odisea de la neurosis al tra- vs de la sangre de una familia. Si esto lo conside- rase como un caso excepcional, todava lo lleva- ramos en paciencia; pero si en los Rougon se re- presenta y simboliza la sociedad contempornea, protestamos y no nos -avenimos creernos una reata de enfermos y alienados, que es, en resumen, lo que resultan los Rougon. A Dios gracias, hay de todo en el mundo, y aun en este siglo de tuber- culosis y anemia no falta quien tenga mente sana en cuerpo sano! Dir el curioso lector: segn eso, Zola no estu- dia sino casos patolgicos? No hay en la galera de sus personajes alguno que no padezca del alma del cuerpo, de ambas cosas la vez? Si los hay; pero tan nulos, tan intiles, que su salud y su bondad se traducen en inercia, y casi se hacen ms aborrecibles que la enfermedad y el vicio. A excep- cin de Silverio que en rigor es un fantico pol- tico y de la conmovedora y angelical Lalie del Asommoir, los hroes virtuosos de Zola son ma- rionetas sin voluntad ni fuerza. Lo activo en Zola es el mal: el bien bosteza y se cae de puro tonto. Cuidado con la singularsima mujer honrada de Pot-Bouillel Pues y el sandio protagonista de El vientre de Parisl Es cosa de preferir los malva- dos, que al menos estn descritos de mano maestra y no se duermen. LA CUESTIN PALPITAxNTE 135 Cuando un escritor logra descubrir el filn de las ideas latentes y dominantes en su siglo; cuando se hace intrprete de aquello que ms le carac- teriza sea malo bueno, por fuerza ha de abundar en el sentido de los errores de la edad misma que interpreta. Esta mutua accin del autor sobre el pblico y del pblico sobre el autor favo- rito, explica asaz los yerros que cometen talentos claros y profundos, pero que al cabo llevan im- preso el sello de su poca. No nacieron las nove- las de Zola entre el polvo de los estantes henchidos de libros clsicos, ni como resplandecientes mari- posas revolaron acariciadas por el sol de la fantasa del autor: se engendraron en el corral donde Dar- win cruz individuos de una misma especie zool- gica para modificarlos, .en el laboratorio donde Claudio Bernard verific sus experimentos y Pas- teur estudi las ponzoosas fermentaciones y el modo con que una sola y microscpica bacteria in- ficiona y descompone un gran organismo: la idea de Nana. Antes que Zola dibujase el rbol genea- lgico de los Rougon-Macquart, Haeckel, con ras- gos muy semejantes, haba trazado el que une los lemridos y monos antropomorfos con el hombre; antes que Zola negase el libre albedro y procla- mase el pesimismo, el vaco y la nada de la exis- tencia, Schopenhauer y Hartmann ataron la vo- luntad humana al rollo de hierro de la fatalidad, declarando que el mundo es un sueo vaco, ms bien una pesadilla. Que existe esta ntima relacin entre las novelas I3tf EMILIA PARDO BAZN. de Zola y las teoras y opiniones cientficas propias de nuestro siglo, no puede dudarse, por ms que hartos crticos afirmen que Zola carece de cultura filosfica y tcnica, siendo muchsimo lo que igno- ra y bien poco lo que sabe. En primer lugar, esta ignorancia de Zola es relativa, pues se refiere ni- camente al pormenor y al detalle, no impidiendo su inteligencia abarcar la sntesis y el conjunto de tales doctrinas, para lo cual no hay necesidad de quemarse las cejas, y sobra con leer algunos ar- tculos de revista y hasta una docena de libros de la Biblioteca cientfica internacional. Cabalmente distingue al artista y Zola lo es la intuicin r- pida y segura que le permite reflejar y encarnar en sus obras, por sorprendente manera, lo que apenas entrevio. Adems, los miasmas de ciencia novelesca, que pudiramos llamar leyendas de lo positivo, flotan en la atmsfera como los grmenes estudiados por Pasteur, y se infiltran insensiblemente en las crea- ciones del arte. Apuntemos en el captulo de cargos contra Zola el fundarse, para sus trabajos realistas, en lo incierto y oscuro de la ciencia, y olvidando sus ideas filosficas, estudiemos sus procedimientos artsticos y retrica especial. 5v^S XV. ZOLA. SU ESTILO. Si exceptuamos Daudet, todos los naturalistas y realistas modernos imitan Flaubert en la imper- sonalidad, reprimindose en manifestar sus senti- mientos, no interviniendo en la narracin y evi- tando interrumpirla con digresiones raciocinios. Zola extrem el sistema perfeccionndolo. Fcil- mente se advierte, al leer una novela cualquiera, cmo los pensamientos de los personajes, aun siendo verdaderos y sutilmente deducidos, salen baados y cubiertos de un barniz peculiar al autor, pareciendo que es ste, y no el hroe, quien dis- curre. Pues Zola y aqu empiezan sus innovacio- nes presenta las ideas en la misma forma irre- gular y sucesin desordenada, pero lgica, en que afluyen al cerebro, sin arreglarlas en perodos oratorios ni encadenarlas en discretos razonamien- tos; y con este mtodo hbil y dificilsimo fuerza 138 EMILIA PARDO BAZN. de ser sencillo, logra que nos forjemos la ilusin de ver pensar sus hroes. Es indudable que la idea, despertada rpidamente al choque de la sen- sacin, habla un lenguaje menos artificioso del que empleamos al formularla por medio de la palabra: y si alguna vez la lengua va ms all que el pen- samiento, por lo general las percepciones del en- tendimiento impulsos de la voluntad son violen- tos y concisos, y la lengua los viste, disfraza y atena al expresarlos. Los novelistas, cuando le- vantaban la cubierta de las molleras (como As- modeo los tejados), y queran mostrarnos su inte- rior actividad, empleaban perfrasis y circunlo- quios que Zola ha sido tal vez el primero en suprimir, procediendo como los confesores, que si el penitente por vergenza deseo de cohonestar su conducta busca rodeos y anda caza de frases ambiguas y palabras oscuras, suelen rasgar los tules en que se envuelve el alma, y decir el vocablo propio de que el pecador no osaba servirse. Mas no por eso son justos los que afirman que la frase cruda, callejera y brutal, y el pensamiento cnicamente desnudo, tejen el estilo grosero de Zola. Crenlo as muchos que de sus obras slo Conocen lo peor de lo peor, es decir, aquello que precisamente lisonje su depravada curiosidad. En el conjunto de sus obras, el creador de Albina* Helena y Miette sacrifica en aras de la poesa. Si invent, como dicen sus censores, la retrica del alcantarillado, tambin, segn l mismo declara, sent el pie hartas veces en prados cubiertos de LA CUESTIN PALPITANTE. 139 hierbas y flores. No creo que sea prosa la sinfona, descriptiva, el poema paradisiaco que ocupa una tercera parte de La falta del cura Mouret, y donde el mismo buril firme que grab en metal el estilo canallesco de los mercados y barrios bajos de Pars, esculpi las formas esplndidas de la rica vegetacin que en aquella soada selva crece, se multiplica y rompe sus broches embalsamando el aire. Y no slo en La falta del cura Mouret, sino en otros muchos libros, se entrega Zola al placer de forjar con elementos reales calenturienta poesa. La fortuna de los Rougon, con su enamorada pa- reja de adolescentes; la Ralea, con. su mgico jardn de invierno, sus interiores suntuosos poetizados por el arte y el lujo; Una pgina de amor, con sus cinco descripciones de la misma ciudad, vista ya los arreboles del ocaso, ya ala luz de la aurora des- cripciones que son puro capricho de compositor, serie de escalas destinadas mostrar la agilidad de los dedos y la riqueza del teclado, y, por l- timo, hasta Nana y el Assommoir, en ciertas p- ginas, dan testimonio de la inclinacin de Zola hacer belleza, digmoslo as, artificiosamente, do- minando lo vulgar, innoble y horrible de los asun- tos. Zola reconoce y declara esta propensin que va comunicndose su escuela, y la considera grave defecto, heredado de los romnticos. Su as- piracin suprema, su ideal, sera alcanzar un arte ms depurado, ms grandioso, ms clsico, donde en vez de escalas cromticas y complicados arpe- gios, se ostentase la sencillez y naturalidad de la 140 EMILIA PARDO BAZN. factura unida la majestad del tema. Conviene Zola en que su estilo, lejos de poseer esa hermosa simplicidad y nitidez que aproxima en cierto modo la naturaleza al espritu y el objeto al sujeto, y esa sobriedad que expresa cada idea con las palabras estrictamente necesarias y propias, est recargado de adjetivos, adornado de infinitos penachos y cin- tajos y colorines que le harn tal vez de inferior calidad en lo venidero. Dbense realmente tales defectos la tradicin romntica? No ser ms bien que esas puras y esculturales lneas que Zola ambiciona y todos ambicionamos excluyen la con- tinua ondulacin del estilo, el detalle minucioso, pero rico y palpitante de vida, que exige y apetece el pblico moderno? En resolucin, Zola, lejos de ser descuidado, bajo incorrecto, peca de alambicado veces; y los crticos ultrapirenaicos, que no lo ignoran y le quieren mal, vueltas de las acusaciones de gro- sera, brutalidad indecencia, le lanzan alguna muy certera, apellidndole autor quintesenciado y relamido. El jefe del naturalismo carece de natura- lidad y sencillez; no lo niega, y lo achaca la leche romntica que mam. Artista lleno de ma- tices, de primores y refinamientos , dirase, no obstante, que su prosa carece de alas, que est ligada por ligaduras invisibles, faltndole aquel grato abandono, aquella facilidad, armona y n- mero que posee, por ejemplo, Jorge Sand. Su esti- lo, igual y llano, es en realidad trabajadsimo, sa- biamente dispuesto, premeditado hasta lo sumo, LA CUESTIN PALPITANTE. 141 y ciertas frases que parecen escritas la buena de Dios y sin ms propsito que el de llamar las cosas por su nombre, son producto de clculos es- tticos que no siempre logra disimular la habilidad del autor. Hasta el valor eufnico de las palabras y, sobre todo, su vigor como toques de luz manchones de sombra, est combinado en Zola para producir efecto, lo mismo que el modo de usar los tiempos de los verbos. Si dice iba en vez de fu, no es por casualidad descuido; es porque quiere que nos representemos la accin ms aprisa, que el per- sonaje eche andar vista del lector. Cuando usa ciertos diminutivos, ciertas frases de lstima de enojo, oimos el pensamiento del personaje for- mulado por boca del autor, sin necesidad de aque- llos sempiternos monlogos con que ocupan otros novelistas pginas y ms pginas. Las descripciones largas fueron y son imputadas la escuela naturalista; mas cuntos pre^olistas hubo en lo tocante describir! Slo que en las antiguas novelas inglesas lo pesado interminable era la pintura de los sentimientos, afectos y aspi- raciones de hroes y heronas y sus grandes ba- tallas consigo mismos y sus querellas amorosas, y en Walter Scott todo, paisajes, figuras, trajes y dilogos. Quin ms prolijo en extender fondos que Rousseau? Consiste la diferencia entre los idealistas y Zola, en que ste prefiere los po- ticos castillos, lagos, valles y montaas, las ciu- dades-, sus calles, sus mercados, sus palacios, sus 142 EMILIA PARDO RAZAN. teatros y sus congresos, insiste lo mismo en por- menores caractersticos y elocuentes que en de- talles de poca monta. Ha visto el lector alguna vez retratos al leo hechos con ayuda de un cristal de aumento? Observ cmo en ellos se distinguen las arrugas, las Lerrugas, las pecas y los ms im- perceptibles hoyos de la piel? Algo se asemeja la impresin producida por estos retratos la que causan ciertas descripciones de Zola. Gusta ms mirar un lienzo pintado simple vista, con li- bertad y franqueza. No por eso es lcito decir que las descripciones de Zola se reducen meros inventarios. Deban los que lo aseguran probar hacer inventarios as; ya veran cmo no es tan fcil hinchar un perro. Las descripciones de Zola, poticas, sombras humorsticas (ntese que no digo festivas), cons- tituyen no escasa parte de su original mrito y el escollo ms grave para sus infelices imitadores. Esos s que nos darn listas de objetos, si, como es probable, les niega el hado el privilegio de inter- pretar el lenguaje del aspecto de las cosas, y el don de la oportunidad y mesura artstica. Lo mismo digo de cuantos piensan que el mtodo realista se reduce copiar lo primero que se ve, sea feo bonito, y mejor si es feo, y que copiando as bulto saldr una novela de las que se estilan. Le no s dnde que un mozalbete deca un es- cultor, sealando la Venus que ste terminaba: Enseme V. hacer otra como esa, que debe ser fcil; y respondale el escultor: Facilsimo: se re- LA CUESTIN PALPITANTE. 143 duce coger un trozo de mrmol irle quitando todos los pedazos que le sobran. La irona del artista es aplicable al caso de la novela. Zola ha formulado su esttica y su mtodo con harta cla- ridad y prolijidad nada menos que en siete vol- menes, y lo ha aplicado en quince veinte; no contento con esto, l y sus discpulos porfa dan al pblico detalles y revelan secretos del oficio, explicando cmo se trabaja, cmo se recogen no- tas, como se clarifican y emplean, cmo se parte de los antecedentes de familia para restablecer el carcter y condicin de un personaje (los novelistas antiguos, al contrario, gustaban de envolver en el misterio y hacer mtico el nacimiento de sus obras); y sin embargo, pesar de tantas recetas, falta quin las aplique. Por ahora, pesar de la creciente fama y provecho que Zola y Daudet reportan sus libros, lo que pulula son novelistas idealistas de la escuela de Gherbuliez y Feuillct, de los que imaginan en lugar de observar y suean des- piertos. En efecto, si la vida, la realidad y las costumbres estn presentes todo el mundo, po- cos las saben ver y menos explicar. El espectculo es uno mismo, los ojos y entendimientos dife- rentes. Aqu se ofrece otra cuestin: cierto que Zola pretende observar la verdad y asegura que con ella estn tejidos sus libros; pero se engaar? Ser tambin la imaginacin elemento de sus obras? Cuando escribi el Assommoir, no falt quien dijese que desfiguraba y exageraba el pueblo: ms 144 EMILIA PARDO BAZN. fuerte an gritaron los crticos contra la exactitud de Nana y Pot-Bouille. Si Nana se compone de embustes, para toda persona decente el mentir de Nana es el mentir de las estrellas; mas por lo que toca Pot Bouille, la exageracin me parece in- dudable; y mejor que exageracin le llamara yo simbolismo, si se quiere, verdad representativa. Aunque suene paradoja, el smbolo es una de las formas usuales de la retrica zolista: la esttica de Zola es en ocasiones simblica como... lo dir> como la de Platn. Alegoras declaradas ,La falta del cura MouretJ, 6 veladas (Nana, La Ralea, Pot- Bouille), sus libros representan siempre ms de lo que son en realidad. En La falta el autor no oculta la intencin simblica, y hasta el nombre Paradou (Paraso), y el gigantesco rbol cuya sombra se comete el pecado, recuerdan el Gnesis. Nana, la meretriz impura, la mosca de oro que se incub en las fermentaciones del estercolero parisiense y cuya picadura todo lo inficiona, desorganiza y mata, qu es sino otro smbolo? Sobre la rubia cabeza de Nana el autor acumul toda la inmundi- cia social, derram la copa henchida de abomina- ciones, hizo de la pervertida griseta un enorme smbolo, una colosal encarnacin del vicio; y por el mismo procedimiento, en la casa mesocrtica de Pot-Bouille reuni cuantas hipocresas, maldades, llagas y podredumbres caben en la mesocracia francesa. Difcilmente puede un extranjero aunque haya visitado Pars, como casi todo el mundo lo ha LA CUESTIN PALPITANTE. 145 visitado discernir si las costumbres de Francia son tan psimas: se susurran de all males que por ac, Dios gracias, aun no nos afligen, y el censo de poblacin arroja cifras indica descensos que deben sugerir profundas reflexiones los estadistas de la nacin vecina; mas con todo eso, yo me figu- ro que el mtodo de acumulacin que emplea Zola sirve para hinchar la realidad, es decir, lo negro y triste de la realidad, y que el novelista procede como los predicadores, cuando en un sermn abul- tan los pecados con el fin de mover penitencia al auditorio. En suma, tengo Zola por pesimista, y creo que ve la humanidad an ms fea, cnica y vil de lo que es. Sobre todo ms cnica, porque aquel Pot-Bouille, mejor que estudio de las costumbres mesocrticas, parece pintura de un lupanar, un presidio suelto y un manicomio, todo en una pieza. Quisiera no errar juzgando Zola, y no atacarlo ni defenderlo ms de lo justo. S que est de moda hacer asquillos al oir su nombre, pero qu signi- fican en literatura los asquillos? Una cosa es el genio y el ingenio; otra las licencias, los extravos, los ye- rros de una escuela. En su misma patria aborrecen Zola: detestbale el difunto Gambetta, porque Zola le discuti como escritor y orador, y la Aca- demia, la Escuela normal, todos los novelistas idea- listas, todos los autores dramticos, la Revista de Ambos Mundos, madama Edmond Adam, porfa, reniegan de Zola, le excomulgan y hacen que no lo ven. Quizs nosotros, situados mayor distancia, apreciaremos mejor la magnitud del caudillo natu- ralista y preferiremos entender escandalizarnos. 10 XVI DE LA MORAL. Zola nos conduce tratar el bien manoseado y mal esclarecido punto de la moralidad en el arte literario, y especialmente en la escuela realista. Y ante todo, persignmonos para que Dios nos libre de filosofas. Ya s yo que en la Esencia Divina se dan reunidos los atributos de verdad, bondad y belleza: mas tambin s con certidumbre experi- mental que en las obras humanas aparecen separa- dos y siempre en grado relativo. Un final de pera donde el tenor muere cantando, puede ser hermo- ssimo, y no cabe cosa ms apartada de la verdad: un licencioso grupo pagano ser bello sin ser bueno. Y esto me parece evidente per se, y ocioso el apo- yarlo en razonamientos, porque hay en la percep- cin de la belleza algo de inefable que se resiste la lgica y no se demuestra ni explica. Viniendo ya las relaciones de la moral y de las LA CUESTIN PALPITANTE. 147 novsimas escuelas literarias, empezar por obser- var que es error frecuente en los censores del rea- lismo confundir dos cosas tan distintas como lo inmoral y lo grosero . Inmoral es nicamente lo que incita al vicio; grosero, todo lo que pugna con ciertas ideas de delicadeza, basadas en las cos- tumbres y hbitos sociales; bien se entiende, pues, que el segundo pecado es venial, y mortal de ne- cesidad el primero. Ya en distintos lugares de estos estudios lo indiqu: la inmoralidad que entraa el naturalismo procede de su carcter fatalista, sea del fondo de determinismo que contiene; pero todo escritor realista es dueo de apartarse de tan tor- cido camino, jams pisado por nuestros mejores clsicos, que, no obstante, realistas y muy realis- tas eran. Pocos crticos de aquellos que ms claman en contra del naturalismo echan- de ver las malas hierbas deterministas que crecen en el jardn de Zo- la; y el cargo ms grave que ste dirigen no sin velarse antes la faz es que sus libros no pueden andar en manos de seoritas. Vlanos Dios! Lo primero habra que empezar por dilucidar si con- viene ms las seoritas vivir en paradisiaca ino- cencia, conocer la vida y sus escollos y sirtes, para evitarlos; problema que, como casi todos, se resuelve en cada caso con arreglo las circuns- tancias, porque existen tantos caracteres diversos como seoritas, y lo que ' sta le convenga ser funestsimo quizs para aqulla, y vaya V. esta- blecer reglas absolutas. Es anloga esta cuestin 148 EMILIA PARDO BAZN. la del alimento; cada edad y cada estmago le necesita diferente; proscribir un libro porque no todas las seoritas deban apacentar en l su inte- ligencia, es como si tirsemos por la ventana un trozo de carne bajo pretexto de que no la comen los nios de teta. Dsele norabuena al infante su papilla, que el adulto apetecer el manjar fuerte y nutritivo. Cuan hartos estamos de leer elogios de- ciertos libros, alabados tan slo porque nada con tienen que una seorita ruborice! Y, sin embar- go, literariamente hablando, no es mrito ni de- mrito de una obra el no ruborizar las seoritas. Los extranjeros piensan con ms acierto, pues comprendiendo que el gnero de lecturas vara segn las edades y estados, y que desde la edad en que el nio deletrea hasta la plenitud de la ra- zn media un perodo durante el cual algo hade leer, escriben obras propsito para la infancia y juventud, obras en que se emplean menudo plu- mas diestras y famosas, hbiles en adaptarse al grado de desarrollo que suelen alcanzar las facul- tades del pblico especial quien se consagran. Por nuestra tierra no dejan de escribirse libros anodinos y mucilaginosos: slo que sus autores pretenden cautivar todas las edades, cuando en realidad no evitan aburrir ninguna. Otro grave inconveniente encuentro en los libros hbridos que aspiran corregir deleitando. Como cada autor entiende la moral su manera, as la explica, y dejo al juicio del lector discreto resolver qu ser ms malo; si prescindir de la moral fal~ LA CUESTIN PALPITANTE. 149 sificarla. Para m, no hay ms moral que la moral .catlica, y slo sus preceptos me parecen puros, n- tegros, sanos inmejorables; dicho se est que si un autor bebe sus moralejas en Hegel, Krause Spen- cer, las tendr por perniciosas. Rousseau, Jorge Sand, Alejandro Dumas hijo, y otros cien novelis- tas que se erigieron en moralizadores del gnero humano, escribiendo novelas docentes y tenden- ciosas, parcenme de ms funesta lectura que Zola, puesto caso que el lector los tomase por lo serio. Es opinin general que la moralidad de una obra -consiste en presentar la virtud premiada y castiga- do el vicio: doctrina insostenible ante la realidad y ante la fe. Si no hubiese ms vida que sta; si en otro mundo de verdad y justicia no remunerasen cada uno segn sus merecimientos, la moral exigi- ra que en este valle de lgrimas todo anduviese ajustado y en orden; pero siendo el vivir presente principio del futuro, querer que un novelista lo arregle y enmiende la plana la Providencia, tin- glo por risible empeo. De todas suertes, sea inmoralidad grosera lo que en el realismo se descubre, los chillidos de la prensa y del pblico y el magno tolle tolle que nos aturde los odos, parece que delatan la aparicin de un mal nuevo y desconocido, como si hasta la fecha las letras hubiesen sido espejo de honestidad y recato. Y no obstante, hace aos que Valera, contendiendo con Nocedal, dijo discretamente que no habiendo ocurrido nunca los tiempos felices en }ue la literatura se mostr decorosa irreprocha- 148 EMILIA PARDO BAZN. la del alimento; cada edad y cada estmago lo necesita diferente; proscribir un libro porque no todas las seoritas deban apacentar en l su inte- ligencia, es como si tirsemos por la ventana un trozo de carne bajo pretexto de que no la comen los nios de teta. Dsele norabuena al infante su papilla, que el adulto apetecer el manjar fuerte v nutritivo. Cuan hartos estamos de leer elogios de- ciertos libros, alabados tan slo porque nada con tienen que una seorita ruborice! Y, sin embar- go, literariamente hablando, no es mrito ni de- mrito de una obra el no ruborizar las seoritas. Los extranjeros piensan con ms acierto, pues comprendiendo que el gnero de lecturas vara segn las edades y estados, y que desde la edad en que el nio deletrea hasta la plenitud de la ra- zn media un perodo durante el cual algo hade leer, escriben obras propsito para la infancia y juventud, obras en que se emplean menudo plu- mas diestras y famosas, hbiles en adaptarse al grado de desarrollo que suelen alcanzar las facul- tades del pblico especial quien se consagran. Por nuestra tierra no dejan de escribirse libros anodinos y mucilaginosos: slo que sus autores pretenden cautivar todas las edades, cuando en realidad no evitan aburrir ninguna. Otro grave inconveniente encuentro en los libros hbridos que aspiran corregir deleitando. Como cada autor entiende la moral su manera, as la explica, y dejo al juicio del lector discreto resolver qu ser ms malo; si prescindir de la moral fal- LA CUESTIN PALPITANTE. 149 sificarla. Para m, no hay ms moral que la moral catlica, y slo sus preceptos me parecen puros, n- tegros, sanos inmejorables; dicho se est que si un autor bebe sus moralejas en Hegel, Krause Spen- cer, las tendr por perniciosas. Rousseau, Jorge Sand, Alejandro Dumas hijo, y otros cien novelis- tas que se erigieron en moralizadores del gnero humano, escribiendo novelas docentes y tenden- ciosas, parcenme de ms funesta lectura que Zola, puesto caso que el lector los tomase por lo serio. Es opinin general que la moralidad de una obra -consiste en presentar la virtud premiada y castiga- do el vicio: doctrina insostenible ante la realidad y ante la fe. Si no hubiese ms vida que sta; si en otro mundo de verdad y justicia no remunerasen cada uno segn sus merecimientos, la moral exigi- ra que en este valle de lgrimas todo anduviese ajustado y en orden; pero siendo el vivir presente principio del futuro, querer que un novelista lo arregle y enmiende la plana la Providencia, tn- golo por risible empeo. De todas suertes, sea inmoralidad grosera lo que en el realismo se descubre, los chillidos de la prensa y del pblico y el magno tolle tolle que nos aturde los odos, parece que delatan la aparicin de un mal nuevo y desconocido, como si hasta la fecha las letras hubiesen sido espejo de honestidad y recato. Y no obstante, hace aos que Valera, contendiendo con Nocedal, dijo discretamente que no habiendo ocurrido nunca los tiempos felices en que la literatura se mostr decorosa irreprocha- 150 EMILIA PARDO BAZN. ble, nadie poda desear la vuelta de tales tiempos. De esta gran verdad, que Valera demuestra con su acostumbrada elegante erudicin, no ha menester pruebas quien conozca unas miajas nuestros clsi- cos y teatro antiguo. Slo que los adversarios del naturalismo emplean una tctica de mala fe; tan pronto le echan en cara no ser nuevo, como le opo- nen, deprecindolo, el ejemplo de la literatura an- terior. Hallaremos acaso, en tiempos ms recientes que el siglo de oro, modelos de esa literatura pulcra y austera? Yo he sido educada en la privacin y el santo horror de las novelas romnticas; y aunque lea en mi niez hasta aprenderme trozos de me- moria la litada y el Quijote, jams logr apode- rarme de un ejemplar de Espronceda de Nuestra Seora de Pars, obras que su fama satnica apar- taba de mis manos. Si los clsicos delinquieron y los romnticos tambin, por qu echar sobre natu- ralistas y realistas todo el peso de la culpa? Es cosa peregrina ver cmo cada escuela pasa una indulgente esponja sobre sus propias inmundi- cias, y seala con el dedo las ajenas. Hoy los neo- clsicos absuelven los escritores paganos, alegan- do que no conocieron Cristo aunque muchos escribiesen despus de haber sido anunciado el Evangelio, y como si la naturaleza misma, falta^ de religin, no proscribiese asaz ciertas abomina- ciones en cuyo relato se complacen los poetas lati- nos. A su vez los idealistas perdonan los extravos romnticos, porque, aunque un hroe romntico LA CUESTIN PALPITANTE. 151 haga, como Werther, la apologa del suicidio, du- de hasta del aire que respira, como Lelia, tiene la disculpa de ir en pos del ideal, y no importa zam- puzar el cuerpo en el lodo con tal que la mirada se dirija las estrellas. Y por ltimo, para cohonestar aquellas cosazas que abundan en Tirso y Quevedo r se echa mano del candor y sencillez de la poca en que vivan. El que no se consuela es porque no quiere. Dirnme los defensores de esas escuelas que no causa sino pesar de sus lunares, celebran Horacio y Espronceda y todos los santos de su devocin: lo mismito nos sucede los dems. Cuando Zola atenta contra el gusto, de m s decir que no me da ninguno. Le preferira ms repor- tado, y cierto que no elogio en l deslices, sino be- llezas. Ahora, si alguien me pregunta dnde empiezan esos deslices, y hasta dnde llega la libertad que puede otorgarse al escritor, yo no lo sabr decidir. Son lmites eminentemente variables, y slo el tacto, el pulso firme que posee un gran talento, le sirve de gua para no descarriarse, para levantarse si llega caer. Es innegable que el Quijote encie- rra pasajes bien poco ticos, que con justicia se pueden calificar de groseros, pero al fin son partes de aquel divino todo, el genio de Cervantes los ha marcado con su estampilla, y, para declararlo de una vez, estn muy bien donde estn, y yo no los borrara si de m dependiese suprimirlos. Me incli- no comparar los bellos frutos del ingenio huma- no con la esmeralda, piedra hermosa, pero que 152 EMILIA PARDO BAZAN apenas se halla una que no tenga un poco de veta mancha, llamada jardn. Los grandes autores tienen vetas, y no por eso dejan de ser piedras pre- ciosas. Nana es acaso la obra por la cual se juzga con ms severidad Zola. Ser debido al asunto? Siento que ms bien la falta de tino, al cinismo brutal con que est tratado. De hecho en la socie- dadhay formas, lmites, vallas que quizs nopuede salvar una obra que aspira atravesar victoriosa las edades; y digo quizs, porque si Rabelais y otros escritores rompieron esos diques y alcanzaron nom- bre imperecedero, todava su licencia constituye un elemento de inferioridad y como una nota desafinada en la sinfona de su talento. Vallas y lmites son que el genio remueve, pero que vuelven alzarse de suyo. Si bien es verdad que se mudan, jams desaparecen; y con tanta fuerza se imponen, que no s de escritor alguno que totalmente las haya atropellado. Por atrevida que sea una pluma, por mucho que intente copiar la nuda realidad, hay siempre un punto en el cual se para, hay cosas que no escribe, hay velos que no acierta levantar. El toque est en saber detenerse tiempo en las lindes del terreno vedado por la decencia artstica. Pero aqu conviene advertir que la mayora de los crticos parece imaginar que solo existe un g- nero de inmoralidad, la ertica; como si la ley de Dios se redujese un mandamiento. Que el autor se abstenga de pintar la pasin amorosa, y ya tie- ne carta blanca para retratar todas las restantes. LA CUESTIN PALPITANTE. 153 Y, sin embargo, hay novelas como EIJudo Erran- te Los Misterios de Pars, que por su carc- ter antisocial y antirreligioso no son menos inmo- rales que Nana por otro concepto. En cuestiones, religiosas y sociales, los naturalistas proceden como sus hermanos los positivistas respecto de los problemas metafsicos; las dejan un lado, aguardando que las resuelva la ciencia, si es posible. Abstencin mil veces menos peligrosa que la propaganda socialista y hertica de los novelis- tas que les precedieron. En cuanto la pasin, sobre todo la amorosa fue- ra de los caminos del deber, lejos de glorificarla, dirase que se han empeado los realistas en desen- gaar de ella la humanidad, en patentizar sus riesgos y fealdades, en disminuir sus atractivos. De Madama Bovary Pot-Bouille, la escuela no hace sino repetir con fatdico acento que slo en el deber se encuentra la tranquilidad y la ventura. El por- tugus Eca de Queiroz, en su novela O primo Ba- silio donde imita Zola hasta beberle el alma traza un cuadro horrible bajo su aparente vulgari- dad, el del suplicio de la esposa esclava de su culpa. Claroest que la enseanza moral de los realistas no se formula en sermones ni en axiomas: hay que leerla en los hechos. As sucede en la vida, donde las malas acciones son castigadas por sus propias consecuencias. En resolucin, los naturalistas no son revolucio- narios utpicos, ni impos por sistema, ni hacen la apoteosis del vicio, ni caldean las cabezas y co- 154 EMILIA PARDO BAZN. rrompen los corazones y enervan las voluntades pintando un mundo imaginario y disgustando del verdadero. Son imputables en particular al natu- ralismo no huelga repetirlo las tendencias de- terministas, con defectos de gusto y cierta falta- de seleccin artstica; grave delito el primero, leve el segundo, por haber incurrido en ellos ms ilus- tres de nuestros dramticos y novelistas. Lo que importa no son las berrugas de la superficie, sino el fondo. XVII EN INGLATERRA. Hay gentes que, precindose de gusto delicado., y repugnando la crudeza de los naturalistas fran- ceses, ponderan la novela inglesa y encomian cierta manera de naturalismo mitigado que le es peculiar. Ya corre con fueros de opinin aristocr- tica y elegante la de la supremaca de la novela inglesa, as en el terreno moral como en el lite- rario. Por lo que hace moralidad, el lector no ignora cuan infundados y errneos son veces los juicios generales: podr, pues, explicarse fcilmente cmo en nuestra tierra catlica y latina est en olor de santidad una literatura hija legtima del protestan- tismo y adecuada las costumbres meticulosas, mojigatas, reservadas y egostas que en la antigua Isla de los Santos aclimat el triste puritanismo unido al instinto mercantil de raza. Y no es que 156 EMILIA PARDO BAZN. Inglaterra no tenga sanas tradiciones realistas ilustre abolengo literario. Ghaucer, padre de su poesa, era ya un realista, y sus Cuentos de Can- torbery, cuadros tomados del natural; el astro mayor del firmamento britnico, el egregio Sha- kespeare, llev el realismo hasta donde no osar seguirle acaso ni Zola. Mas si florecieron temprana- mente en la Gran Bretaa la poesa y el teatro, la novela naci tarde, cuando ya el pas perteneca irrevocablemente la Reforma. La Reforma! Donde quiera que prevaleci su espritu, fu elemento de inferioridad literaria; y bien sabe Dios que no lo digo por encomiar el Ca- tolicismo, cuya excelencia no pende de estas cues- tiones estticas, sino por dar entender que la no- vela inglesa se resiente de su origen. De cuantos gneros se cultivaron en Inglaterra desde Enri- que VIII ac, la novela es el que ms infiltr el pro- testantismo: por eso los ingleses no produjeron un Quijote, es decir, una epopeya de la vida real que pueda ser comprendida por la humanidad entera. Desde su misma cuna dominan en la novela in- glesa tendencias utilitarias que la atan, digmoslo as, al suelo, y le impiden volar por los espacios su- blimes que cruz la libre y rauda fantasa de Sha- kespeare y Cervantes. Con tanto como ponderan Foe dndole el pomposo dictado de Homero del individualismo, Robinsn no pasa de ser una obra incomparable... para los nios de dos tres lustros. Swift, el misntropo coetneo del autor de Robin- LA CUESTIN PALPITANTE. 157 son, es de ms honda lectura, pero no le va en zaga respecto intenciones docentes, que al fin y al cabo la stira representa una direccin radical del docentismo. El Vicario de Wakefield, de Gold- smith, trechos suave idilio, grata pintura do- mstica, encierra un ideal propiamente ingls, patriar calista: y mientras el ejemplo de las hijas del Vicario ensea huir de la vanidad, Clarisa y Pamela condenan irrevocablemente la pasin, y abren la serie de las novelas austeras, donde el corazn rebelde es siempre vencido. En cuanto Walter Scott, no ha tenido descendencia legtima. Walter Scott es un fenmeno aislado en la litera- tura inglesa, , para hablar con ms exactitud, un hijo de otra nacionalidad diferente, la escocesa, que tiene de soadora, idealista y potica lo que la inglesa de prctica y utilitaria. No procede Walter Scott de Shakespeare, no por cierto; ms tampoco discurre por sus venas la pacfica y pro- saica sangre de Foe. Es el bardo que vive en un pasado teido de luz y color, semejante ocaso esplndido; que reanima la historia y la leyenda, demandando tan slo la realidad aquel barniz brillante nombrado por los romnticos color local; en suma, es el ltimo cantor de las hermosas edades caballerescas, the last minstrel. Cuando Walter Scott evocaba desde la residen- cia seorial de Abbotsford las tradiciones de su ro- mancesca patria, empezaba ya congregarse en el campo de la novela inglesa la hueste de novelis- tas-hembras que tanto influy influye en el ca- 158 EMILIA PARDO BAZN. rcter de aquel'gnero literario, prestndole espe- cial sabor pedaggico y tico: comenzaban las mu- jeres conquistar el territorio que hoy seorean, y se lean con afn los Cuentos morales de miss Ed- geworth, y sonaban los nombres de miss Mary Rus- sell Milford, miss Austen, mistress Opie, lady Mor- gan, mistress Shelley. El elemento femenino, una vez dueo de la novela, ya no solt la presa. Hoy se cuentan por docenas las authoress que hacen gemir anualmente las prensas de Londres con fru- tos de su ingenio, y desde que faltaron Dickens, Thackeray y Lytton Bulwer, el primer novelista ingls fu una mujer, Jorge Elliot. A consecuencia de este predominio de la mujer, la novela inglesa propende ensear y predicar, ms bien que realizar la belleza. Apenas la hija del clergyman ase la pola, se encuentra la al- tura de su padre, y oh inefable placer! ya puede ir y doctrinar las gentes; no slo posee una cte- dra y un pulpito, sino que dispone de medios ma- teriales para la propaganda de la fe. Escribe Car- lota Yonge el Heredero de Redcliffe; vndese bien la edicin, y con el producto compra la autora un navio y se lo regala un obispo misionero. As es que en las modernas novelistas inglesas lleg extinguirse casi del todo aquel noble orgullo lite- rario que aspira la gloria ganada por medio de la concentracin del talento y del esfuerzo cons- tante hacia la perfeccin suma: amor propio de artista, que tan varonilmente manifest Jorge Sand; y lejos de aspirar producir obras hermo- LA CUESTIN PALPITANTE. 159 sas y duraderas, se lanzan al espumoso torrente de la produccin rpida, porfiando no quin lo har mejor, sino quin lo despachar ms pronto. La extensin obligada de las novelas inglesas son tres gruesos tomos; y las novelists que estn de moda, como Francs Trollope, no se conforman con menos de una novela por trimestre, sean doce to- mos al ao. Qu estilo, qu invencin, qu ca- racteres habr que no inunde y devaste tan cauda- loso ro de tinta! Y es que para la nacin inglesa la novela ha lle- gado ser artculo de primera necesidad y consu- mo ordinario, como el beefsteack que repara sus fuerzas, como el carbn cuyo calrico templa sus das glaciales y alegra sus largas noches. Hay para la novela concurrencia diaria y segura, lo mismo que aqu para los cafs. Y la novela se hace eco de las aspiraciones del lector, y cumple su oficio pol- tico, religioso y moral; se inspira en las exigencias del pblico, y ya es filosfica como las de Carlos Reade; ya republicana, igualitaria y socialista como en Joshua Davidson; ya teolgica como en Car- lota Yonge\ ya poltica como en Disraeli; ya fan- tasmagrica del gnero de Ana Radcliffe, que to- dava entretiene y gusta; ya histrica, al estilo de Walter Scott, que aun cuenta discpulos. Los ge- grafos y autores de paisajes y marinas, que siguen las huellas de Fenimore Cooper el capitn Mayne Reyd, el capitn Marryat y otros capitanes gozan asimismo del favor de aquel pueblo viajero, coloni- zador y tourista; y los norte-americanos Bret Harte 160 EMILIA PARDO BAZN. y Mark Twain cortan las nieblas de la atmsfera in- glesa con unas chispas de humorismo, esa penosa y dolorida jovialidad del Norte. Lisonjeadas as sus inclinaciones, atendido en sus gustos menos litera- rios que prcticos, el pueblo ingls su vez con- sagra los novelistas un cario personal de que aqu no conocemos ejemplo: dganlo los innumera- bles peregrinos que todos los aos acuden en ro- mera al presbiterio de Haworth, donde naci y pas los primeros aos de su vida la novelista sim- ptica que ilustr el pseudnimo de Currer Bell. No es el lauro literario, es un afecto ms ntimo el que rodea de una aureola el nombre de los novelis- tas favoritos y caros la nacin britnica; porque la novela no se considera all pasatiempo ni mero deleite esttico, sino una institucin, el quinto po- der del Estado, y porque, segn dijo en pblico el novelista Trollope, las novelas son los sermones de la poca actual. Su influencia se extiende, no slo las costumbres, sino las leyes, influyendo en las deliberaciones de las Cmaras, en las continuas re- formas que experimenta el Cdigo de una nacin tan eminentementeconservadora. Qu diversidad de tierra! diremos con el protagonista de Very well. No sino vyanle proponer este revuelto y declamatorio Congreso espaol una modificacin legal sugerida, v. gr., por la lectura de la Deshere- dada de Don Gonzalo Gon\le\ de la Gon^alera... y ya vern con qu homrica risa acogen la pro- puesta nuestros graves padres de la patria! En Inglaterra, reconocido ya el dinamismo social LA CUESTIN PALPITANTE. 161 de la novela, todas las clases se jactan de poseer novelistas, y los hay ministros, marinos, diplom- ticos y magistrados. Magistrados, s; y qu se di- ra ac en las Audiencias, Dios de Israel, si un pre- sidente de sala publicase una novelita! Para dar entender el influjo y accin de la novela en la raza sajona, baste citar una, La cho^a de Tom r cuyos efectos anti-esclavistas no ignora nadie. Pero y el naturalismo ingls? Vamos al caso del naturalismo). Repito que las tradiciones de la lite- ratura inglesa son realistas, y aado que realistas fueron Dickens y Thackeray, quizs los nombres ms ilustres que honran la novela britnica. Carlos Dickens no temi, en la entonada nacin inglesa, descender al estudio de las ltimas capas sociales, ladrones, asesinos y mendigos; Thackeray con ms inclinacin la stira, tambin estudi en el mundo que le rodeaba sus tipos caractersticos, de caricaturesco perfil. Y por lo que hace Jorge Elliot, en cuyas obras resuena hoy la nota ms aguda del naturalismo ingls, su programa es rea- lista la manera de Champfleury, proponindose por objeto de sus observaciones, no las brillantes y excepcionales criaturas tan predilectas de los ro- mnticos, sino la generalidad de los individuos, los personajes comunes y corrientes, la clase media, digmoslo as, de la humanidad. Pues con todo eso, hay en los novelistas ingleses, por muy realistas que sean, propsito moral y docente, em- peo de corregir y convertir, alan de salvar al lec- tor segn dice con gracia un reciente historiador 11 1(52 EMILIA PARDO BAZN. de la literatura britnica no del aburrimiento, sino del infierno, y esto se trasparenta lo mismo en la pietista Yonge, que en la libre pensadora y filsofa autora de Adn Bede, y les roba aquella serena objetividad necesaria para hacer una obra maestra de observacin impersonal, segn el mtodo rea- lista, y detiene su escalpelo antes de que llegue lo ntimo de los tejidos y los ltimos pliegues del alma. Parte de esta culpa debe imputarse al pblico, factor importantsimo de toda obra literaria. Segn queda dicho, el pblico ingls pide incesantemente novelas, y no de las que saborea solas en su ga- binete el lector sibarita que gusta de admirar pri- mores, contar filigranas y penetrar en abismos psicolgicos, sino de las que se leen en familia y pueden escuchar todos los individuos de ella, in- clusa la rubia girl y el imberbe scholar. A los au- tores que satisfacen esta necesidad, el pblico ingls les paga esplndidamente: la primera edicin de una novela se vende razn de unos tres duros el volumen, y la edicin se agota pronto; de suerte que la multitud de honradas misses hijas de cler- gymen, en vez de ponerse institutrices, se po- nen novelistas, y de su prolrica pluma brotan tomos de incoloro estilo, de incidentes enredados como los cabos de una madeja. De aqu la crecien- te inferioridad, el descenso del gnero. Perdneme la dilatada y fecunda familia de no- veladores de allende el Estrecho si cometo injusti- cia al hablar de su general decadencia. Podr LA CUESTIN PALPITANTE 163 preciarme de conocer algunas obras suyas; pero quin se alabar de haberlas ledo todas? Mi juicio es el que emiten los crticos que consideran princi- palmente el aspecto literario, y n segundo lugar, como es justo, el moral, y ven que la fabricacin precipitada y la sujecin al gusto del pblico re- dunda en perjuicio de las cualidades de frescura, inspiracin y energa de pensamiento. Si sobre ese ocano de cabezas vulgares descuella la noble frente de Jorge Elliot, ose destcala graciosa fiso- noma de Ouida, lo cierto es que la mayora de los novelistas ingleses se ha empeado expresmoslo con una metfora en llenar tres jicaras con una onza de chocolate. Por aadidura trae la novela inglesa aun cuan- do es superior tan fuertemente impresa la marca de otra religin, de otro clima, de otra sociedad, que nosotros, los latinos, forzosamente nos parece extica. Cmo nos ha de gustar, v. gr., la predica- dora metodista, herona de Adn Bede? Ya s que es de moda vestir con sastre ingls: mas la litera- tura, Dios gracias, no depende enteramente de los caprichos de la moda. La malicia me sugiere una duda. Si la novela inglesa tiene hoy entre nosotros muchos admiradores oficiales, tendr otros tantos lectores? XVIII. EN ESPAA. All por Inglaterra y Francia la novela tiene urt ayer\ ac en Espaa, slo un anteayer, si es lcito expresarse as. All los noveladores actuales se llaman hijos de Thackeray, Scotty Dickens, Sand, Hugo y Balzac, mientras ac apenas sabemos de nuestros padres, recordando slo ciertos abuelos de sangre muy hidalga, del linaje de los Cervantes, Hurtados, Espineles y otros apellidos no menos claros. Es tanto como decir que no hubo en Espaa ms novela que la del siglo de oro y la hoy flore- ciente. Sin embargo, la vida de la novela contempor- nea espaola puede ya dividirse en dos pocas dis- tintas: la del reinado de Isabel , y la que empezcV con la revolucin de Setiembre. Suscit la guerra de la Independencia grandes poetas lricos; pero hasta que el torrente romntico salv el Pirene, no LA CUESTIN PALPITANTE. . 165 [uvimos novelistas. Walter Scott hizo su entrada triunfal en nuestras letras, y comenz el reinado de la novela histrica. Muy curioso libro se poda escribir por el estilo del Horacio en Espaa, rese- ando las peregrinaciones de la idea walteresco- tiana al travs de los cerebros ibricos. El espritu del bardo escocs encarn en seres tan diversos entre s como Espronceda, Martnez de la Rosa, Gil, Escosura, Cnovas del Castillo, Vicetto, Vi- lloslada, Fernndez y Gonzlez y otros cuyos nombres ahora no quieren venrseme la memoria. Tambin se nos col en casa Jorge Sand, trada de la mano por su insigne compaera la Avellaneda, y no se qued atrs Eugenio Su, apadrinado por Prez Escrich y Ayguls de Izco. Entre los walterescotianos, gente toda de pro- vecho, se contaba uno que, no haber derrochado sus singulares facultades y empleado mal sus pre- ciosas dotes, pudo llamarse, mejor que seide, rival del autor de Ivanhoe. El ingenio de Fernndez y Gonzlez semejaba rbol frondossimo cuya made- ra serva para obras de talla y escultura; por des- gracia la malgast su dueo en mesas y bancos de lo ms comn. Riqusima fantasa y variada pale- ta descriptiva y numerosa invencin la de Fernan- dez y Gonzlez! Al principio fu el poeta del pasa- do, que remozaba los libros de caballeras y pres- taba la tradicin heroico-nacional esa vida nueva que de vez en cuando le otorgan privilegiados genios como Zorrilla, Walter Scott y Tennyson. Cmo concluy, nadie lo ignora: por entregas in- 166 EMILIA PARDO BAZN. terminables, por tomos vendidos nfimo precio,., por obras de baja ley, escritas pro pane lucrando. Dos tres novelas de las primeras que dio luz son las columnas en que se apoya su nombre para no caer en el olvido. Acaso posey la simptica y tierna autora de La Gaviota el talento ms original independiente de cuantos se sealaron en el renacimiento de nuestra novela. A pesar de todas sus digresiones y refle- xiones y su idlico optimismo, adornan Fernn Caballero un encanto especial, una gracia caracte- rstica suya, y ostenta una imaginacin alemana en los ensueos y espaola en el despejo y viveza. Mientras los novelistas de su poca metan en tinta lienzos de asunto histrico, lo Walter Scott, Fernn tomaba apuntes de las costumbres que vea, de la gente que alentaba su alrededor, pin- tando asistentas, bandidos, gaviotas, curas, pasto- res, labriegos y toreros, y algunas veces en sus bosquejos andaluces brillaba el sol del Medioda, el que Fortuny condens en sus cuadros. Hay patio de Fernn que no parece sino que lo estamos viendo y que nos alegra los ojos con sus flores, y el odo con el rumor del agua, el cacareo de las gallinas y la inocente charla de los nios. Ms real, ms sincera y sencilla inspiracin es la de Fernn que la de casi todas las novelas de pendn y cal- dera, capa y espada, cimitarra y turbante, que se estilaban entonces. Trueba no alcanza la talla de Fernn Caballero. Un pas idlatra de sus propias tradiciones y re- LA CUESTIN PALPITANTE. 16"? cuerdos labr el pedestal en que se encumbra el pin- tor vascuence, cuya paleta no atesora sino medias tintas y colores claros, graciosos, pero sin vigor ni intensidad. El verde, el rosa y el azul celeste do- minan, faltando casi del todo los negros, las tie- rras, los betunes, de que Fernn mismo hizo uso con medida. Algunas escenas rurales de Trueba agradan, como agrada contemplar el curso de un riachuelo poco profundo y de mrgenes amenas. Selgas no describi campesinos, ni pertenece la escuela de los paisajistas: era un Alfonso Karr, un violinista caprichoso que ejecutaba primorosas variaciones sobre un tema cualquiera, bordndolo de arabescos delicados y airosos. Ms bien que no- velista, fu un humorista custico, ingenioso y ri- sueo, como suelen ser los humoristas en los pa- ses donde el sol pica fuerte. Su estilo desigual se pareca esos rostros de facciones irregulares que compensan la falta de correccin con la repentina luz de la sonrisa, con el fuego de la mirada. Sel- gas brinda al lector mucha grata sorpresa; rega- lndole, cuando no se percata, rasgos de observa- cin, paradojales agudezas, frases felices, chispazos de ideas originales al menos presentadas de un modo picante y nuevo. Otro atractivo de Selgas es haber comenzado estudiar la vida moderna en las grandes ciudades, dejndose de guerreros, moros, odaliscas y castellanas. Ahora bien; si queremos buscar el eslabn que enlaza con la actual esa poca anterior de la novela espaola, donde guran Fernn, la Avellaneda, la 168 EMILIA PARDO BAZN. Coronado, Trueba, Selgas, Fernndez y Gonzlez y Miguel de los Santos Alvarez; esa poca en que la novela humanitaria de Escrich conviva con la lrica y vertheriana de Pastor Daz, y la cota de malla de Men Rodrguez y el brial de la Sigea se rozaban con el frac del hroe quien sus malan- danzas obligaron emigrar de Villahermosa la China', si queremos, repito, dar con la soldadura de los dos perodos, es fuerza escribir el nombre de D. Pedro Antonio de Alarcn. Infiltrado de romanticismo hasta la mdula de los huesos, El final de Norma deleit nuestros pa- dres, lo mismo que el precioso capricho de Goya llamado El sombrero de tres picos nos deleita nosotros; y he aqu cmo mi ilustre amigo Alarcn, sin llegar viejo todava, puede jactarse de haber cautivado dos generaciones de gusto bien dife - rente. En efecto, los otros noveladores, los que ayer fueron regocijo de su edad, ya desaparecieron, arrastrados por la incontrastable corriente del tiempo, de nuestros actuales horizontes literarios, y los que no bajaron la tumba murense envida, de la indiferencia del pblico inteligente, del des- deoso silencio de la crtica, y en suma del olvido, que es la peor muerte para un escritor; mientras Alarcn, resistindose como el que ms aceptar las nuevas tendencias, reina an, es dueo de los corazones y de las imaginaciones, y sostiene con .sus hbiles manos el ruinoso edificio de la novela idealista. No s si habr algn novelista contempo- rneo que hechice al pblico como el autor de El LA CUESTIN PALPITANTE. 1(59 escndalo; no s si existir alguno tan ledo y pre- dilecto de todos, sin distincin de sexos ni edades; pero s que harta gente me pide prestada una no- vela de Alarcn con preferencia las de otros au- tores. Y no es el pblico de Alarcn aquel que devora con bestial apetito entregas y tomos de ' Manini; es el que Spencer llamara la mediana ilus- trada; se compone de personas que demandan la novela entretenimiento , como se deca antao, honesto solaz, y abundan en l las damas. Agra- dar Alarcn por conservar an cierto perfume ro- mntico? Pienso que no: los espaoles les dan mu- cho que hacer los partidos polticos y poco que pensar las escuelas literarias. Lo que atrae en Alar- cn es el ingenio amable, cda buena sombra, la galantera morisca que respiran sus retratos de mujer, tocados con pincel voluptuoso y brillante; -el estilo suelto, fcil y animado, el inters de las narraciones, yen suma, una multitud de cualidades ajenas al romanticismo y que no le deben nada nadie, salvo Dios que se las privilegi con larga mano. Si en los tipos de la Prdiga, del Nio de la Bola, de Fabin Conde y de otros hroes y he- ronas de Alarcn se descubre la filiacin romn- tica, en cambio el ya citado Sombrero de tres picos ostenta un colorido espaol neto, una frescura tal, que le hacen en su gnero modelo acabado. Y es que el ingenio de Alarcn gana con reducirse cuadros chicos: su cincel trabaja mejor exquisitos camafeos, gatas preciosas, que mrmoles de gran tamao. Descuella en el cuento y la novela corta, 170 EMILIA PARDO BAZN. variedad literaria poco cultivada en nuestra tierra r y que Alarcn maneja con singular maestra. Por todas estas peregrinas dotes, es Alarcn poderosa mantenedor de la antigua divisa novelesca y temi- ble adversario de la nueva; mas los del campo ene- migo pedimos Dios que no cuelgue la pluma con- forme anunci. Dictar su resolucin la coquetera de retirarse cuando ms le ama el pblico, dejando de s memoria radiante? Ser por cansancio? Lo cierto es que se halla en la plenitud de sus faculta- des, y que jams su fantasa pareci tan lozana co- mo estos ltimos aos. Con la retirada de Alarcn, pierde el idealismo el adalid ms fuerte; Valera, aunque idealista, es un novelista aparte, que no formar escuela porque es recio de imitar, segn se entiende poco que reflexionemos en las condiciones que rene. La ms alta valla que separa de Valera la profana turba de imitadores, es su elegante y pura diccin, tomada, mejor que del espontneo Cervantes, de los msticos, escritores castizos por excelencia. No slo bebi en ellos Valera la limpieza un tanto ar- caica de su estilo, sino el esmero y perspicacia con que escrutan y sondean los arcanos misteriosos del alma para explicarlos en frase de oro y prrafos de labrado marfil. As es que, cuando se tradujeron ai francs las novelas de Valera, bajo el ttulo de Na- rraciones andaluzas, fu forzoso suprimir mucha de ellas, porque, segn la Rvue liitraire, conte- nan trop de thologie. Pensaban nuestros vecinos que las hijas de Dom Valera eran unas gitanas ale- LA CUESTIN PALPITANTE. 171 gres, armadas de castauelas, dispuestas bailar seguidillas y jaleo, y se encentraron con unas mon- jas contemporneas de Santa Teresa y fray Luis de Granada, que apenas dejaban asomar por entre los pliegues de la toca su bello rostro helnico, donde luca una sonrisilla volteriana! Con efecto, Valera enamora los sibaritas de las letras fundiendo la nata y flor de tres ideales de belleza literaria: el pagano, el de nuestro siglo de oro, y el de la ms refinada cultura moderna; todo lo cual hay que agregar una vena andaluza, dicharachera y jocosa. Como adems Valera es muy sagaz, muy psiclogo, muy dueo de s, parece que los hados le reserva- ban en la novela espaola el lugar de Stendhal en la francesa un Stendhal perfeccionado, impecable en la forma cuanto fu pecadorel verdadero; pero Valera le alejan del realismo varias cosas, y so- bre todo su condicin atildada y aristocrtica, que le mueve quizs considerar el naturalismo como algo tabernario y grosero, y la observacin de lo real como trabajo indigno de una mente prendada de la hermosura clsica y suprema. As es que el mayor ttulo de gloria de Valera ser la forma, esa forma aun ms admirable aislada que relacionada con los asuntos de algunas de sus obras. No cabe duda que Pepita Jimne%, Doa Lu% y otras heronas de Valera hablan muy bien, y con muy concertadas y discretas razones; mas tampoco puede negarse que, por desgracia, hoy nadie habla as, estilo de personaje de Cervantes. Y cuenta que si nombro Cervantes para encarecer la per- 172 EMILIA PARDO BAZN. feccin con que disertan los hroes de Valera, no omitir advertir que el genio realista de Cer- vantes le impuls hacer que Sancho, por ejemplo, hablase muy mal, y cometiese faltas, y que Don Quijote le enmendase los voquibles. En Valera no hay Sanchos, todos son Valeras, y esto hace que se le estudie ms bien como un clsico que como un novelista moderno; lo cual para unos ser elogio y para otros censura, y all se las hayan que yo por mi parte leo Valera hasta con nimia delectacin. Y si es cierta una teora literaria que hall no s en qu famoso crtico francs y esta- blece que los novelistas copian la sociedad, pero sta su vez imita y refleja los novelistas, aun pudiera ocurrir que nos entrase todos tentacin de hablar como los hroes de Valera, y redundara en pro del idioma. Dejemos un lado hiptesis, y pasemos nombrar los novelistas que representan en Espaa el realismo. a3 ^ hV-wj\ S^PA WGgBr ^^O^SS ftw^ r >W l&l \ o ^i B&