HOnbCErY suPEimonBKe M. A^UILAR. EDITOR MADRID o AK ST. HDSF a I B RAFLY OF THE UNIVLRSITY OY ILLINOIS 822 Sh26mSPb The person charging this material is re- sponrible for its return on or before the latest Date stamped below. Th.H mutilation, and underlining of books Ire^eoTons f.r dUciplinory =c«on ond ..ay °«„l. in dismissal fren. th. Un.vers.ly. University of Illinois Library m éAH23 'M'/5S3 'JAN - 9 )9 73 L161-O-1096 BERNARD SHAW HOMBRE Y SUPERHOMBRE BERNARD SHAW HOMBEE Y SÜPEMOMBRE COMEDIA Y FILOSOFÍA EN CUATRO ACTOS, EN PROSA TRADUCCIÓN DE JULIO BROUTÁ M. AGUILAR EDITOR MARQUÉS DE üy.QUIJO, 39 MADRID ES PROPIEDAD Imp. ;le J- Pueyo '■ ■■•■•■ -^ TeléSono 14^0.-MADKlü ?;ix PREFACIO A Arthur Bingham Walkley. Mi querido Walkley: Un día me preguntó usted por qué no escribía yo una obra sobre Don Juan. La ligereza con que asumió tan tremenda responsabilidad, tal vez a estas fechas se lo haya hecho olvidar. Pero ya llegó el momento de cum- plir; ahí tiene Usted su obra. Digo su obra, porque qui facit per alium facit per se. Sus provechos, lo mismo que el trabajo que costó, son míos; su moraleja, sus mo- dulaciones, su filosofía, su influencia sobre la juventud, a usted pertenece determinarlas. Era usted de edad ma- dura cuando hizo aquella pregunta, y conocía a su hom- bre. Hará escasamente unos quince años cuando los dos, como campeones del periodismo nuevo de aquella épo- ca, y compartiendo los mismos ideales, inauguramos una época en la crítica teatral y musical, tomando a ésta como pretexto para una propaganda de nuestras propias ideas y opiniones. Así, pues, no puede usted alegar ig- VI PREFACIO norancia del carácter de la fuerza que impulsó. Usted a lo que quería inducirme era a épater le bourgeois, de modo que, si éste protesta, a usted por la presente le re- mito como a la parte responsable. Le advierto que, si trata de rehuir su responsabilidad, le sospecharé de encontrar la obra demasiado decorosa para su gusto. Los quince años de marras me han hecho a mí más viejo y más juicioso. En usted no puedo des- cubrir semejante modificación. Sus desahogos y auda- cias se parecen a los amores y consuelos pedidos en sus oraciones por Desdémona; es decir, que crecen a medida que van pasando los días. Ningún periódico de primera fila se atreve ahora a darles hospitalidad. Sólo lo hace el sesudo Times porque está fuera de sospecha de querer patrocinar a usted, y aun tiene que dar a veces gracias a Dios de que no se representen todos los días obras nuevas, pue sto que, después de cada acontecimiento por el estilo, se ve comprometida su seriedad; su insulsez, trocada en epigrama; su prosopopeya, hecha un chiste; su estilo a mazacotado, convertido en elegancia, y hasta su autoritarismo en petulancia, por críticas que las tradi- ciones del periódico no permiten a usted firmar con su nombre, pero que procura firmar con las más floridas extravagancias en tre líneas. No estoy seguro de que eso no sea un portento de revolución. En el siglo xviii estaba inminente el cataclismo, cuando la gente compraba la enciclopedia y leyó en ella a Diderot. Cuando yo compro el Times y en él leo a usted, mi profético oído percibe un redoble de tambores del siglo xx. Sin embargo, no es esto lo que ahora me preocupa. La cuestión es si no va usted a sufrir un desengaño ante una obra sobre Don Juan, en la que ni una sola de las tres mil y tres aventuras de aquel héroe se pone en es- PREFACIO Vtl cena. Voy a darle algunas explicaciones, con objeto de captar su benevolencia. Ya le oigo replicar que nunca hago otra cosa, pues siempre me echa en cara que lo que llamo drama suele ser una sarta de explicaciones. Pero no debe usted espe- rar de mí que adopte su estilo inexplicable, fantástico, petulante, rebuscado; tiene usted que tomarme cual soy, como una persona razonable, paciente, consistente, apo- logética, laboriosa, con el temperamento de un maestro de escuela y el celo de un padre espiritual. Sin duda alguna, ciertas tretas literarias que suelo em- plear y divierten al público inglés, dan una idea inexac- ta de mi verdadero carácter; pero no por eso deja de existir tal carácter, firme como una roca. Tengo una conciencia, y la conciencia tiende siempre a exteriori- zarse. Usted, en cambio, opina que un hombre que dis- cute su conciencia se parece mucho a una mujer que discute su pureza. La única fuerza moral que usted con- siente en sacar a relucir es la fuerza de su ingenio agu- do; la única demanda por la que públicamente aboga, es el reconocimiento de su temperamento artístico para con la simetría, la elegancia, el estilo, la gracia, el refi- namiento y la nitidez, que importa tanto como la ame- nidad, si es que no importa más. Pero mi papel es el del predicador: me enoja ver a la gente satisfecha, cuando debiera estar insatisfecha, y me empeño en hacerla re- flexionar para que se convenza de que está en estado de pecado. Si no gusta usted de mis sermones, no ios escu- che. Yo no tengo más remedio que pronunciarlos. En el prefacio de mis Comedias para puritanos (1) expliqué las condiciones de nuestra dramática inglesa (1) Que serán objeto de un futuro tomo de la presente colección. (N. del T.) VIII PREFACIO contemporánea, obligada a tratar 'casi exclusivamente de casos de la atracción sexual, sin poder, al mismo tiempo, poner de manifiesto los incidentes de esa atrac- ción, ni discutir siquiera su naturaleza. La petición que usted me hizo de que escribiera una obra sobre Don Juan, fué en realidad un reto para que yo tratara dramáticamente ese asunto de la atracción sexual. El reto era bastante dificultoso para merecer ser aceptado, porque, si se piensa bien, a pesar de que tenemos miles de obras en que los protagonistas de ambos sexos están enamorados, y por lo tanto se casan o se mueren al final, o en que los personajes ven sus relaciones pertur- badas por las leyes sobre el matrimonio, sin contar aquellas obras más livianas que se basan en la tradi- ción de que los asuntos amorosos ilícitos desde luego son viciosos y deleitosos, no existen obras teatrales in- glesas modernas en que la mutua atracción natural de los sexos sea el principal resorte de la acción. La causa de ello es porque nos empeñamos en que los actores y las actrices tengan cierta hermosura física, al contrario de lo que pasa en aquellos países que nuestro amigo William Archer presenta como ejemplos de seriedad a nuestros pueriles teatros. Allí las Julietas y las Iseos, los Romeos y los Trista- nes, podrían ser nuestras madres y nuestros padres. |Qué difeíencia con las actrices inglesas! Las heroínas a las que representan no pueden discutir las relaciones ele- mentales entre hombres y mujeres; toda su romántica charla sobre amoríos de cuento, todos sus dilemas pura- mente jurídicos de si se casaron o fueron engañadas, no nos llegan al corazón y aburren nuestra mente. Para consolarnos no nos queda más que mirarlas a ellas. Es lo que hacemos, y su hermosura alimenta nuestras ex- PREFACIO IX pirantes emociones. A veces murmuramos contra esas señoras porque su trabajo no es tan bueno como su pal- mito. Pero en un drama que, con toda su preocupación por el sexo, esté realmente vacío de interés sexual, la buena presencia hace más que las facultades artís- ticas. Permítame insistir sobre este punto, puesto que usted es demasiado listo para, como hacen los tontos, achacar a afición a la paradoja el querer coger un bastón por el puño en vez de por la contera. ¿Por qué todos nuestros intentos de llevar al teatro los problemas sexuales son tan repulsivos y aburridos que hasta a las personas más partidarias de que las cuestiones sexuales deban tratarse en público y con toda libertad les es imposible aguantar tan insulsos esfuerzos en pro del saneamiento social? ¿No será que los tales engendros, en el fondo, carecen completamente de sexualidad? En efecto, ¿cuál es la fórmula usual para semejantes obras? Una mujer, en alguna ocasión pasada, hase visto metida en conflicto con la ley que rige las relaciones en- tre los sexos. Un hombre, por enamorarse de ella o por casarse con ella, se pone en contradicción con las con- venciones sociales, lo que asusta a la mujer. Ahora los conflictos de los individuos con la ley y las convencio- nes pueden dramatizarse como todos los demás conflic- tos humanos; pero son puramente jurídicos, y el hecho de que tenemos mucha más curiosidad por saber de las suprimidas relaciones entre el hombre y la mujer que de las relaciones entre ellos y los Tribunales, produce aquella sensación de desvío, de disgusto, de fundamen- tal impertinencia, de vaciedad, de inútil desagradabili- dad, de total fracaso en el intento de edificar y parcial fracaso en el de interesar, que tantas veces vendrá usted X PREFACIO observando en los teatros, como yo observé cuando fre- cuentaba también estos incómodos locales y veía a nuestros populares autores con ánimos — como ellos creían— de emular a Ibsen. Me figuro que cuando usted me pidió una obra sobre Don Juan, no deseaba un engendro por el estilo. Los éxitos que tales obras logran a veces, son debidos al melodrama convencional que encierran y con el que el autor dramático de experiencia instintivamente se salva del fracaso. Pero ¿qué quería usted? Debido a su desgraciada cos- tumbre—ahora, espero, siente su inconveniencia— de no explicarse claramente, he tenido que descubrirlo por mí mismo. Primero, pues, he tenido que preguntarme qué era un Don Juan. Vulgarmente es un libertino. Pero en usted la antipatía a la vulgaridad llega a ser un verdadero defecto. Debiera usted tener en cuenta que la universalidad de carácter es imposible sin una parte de vulgaridad, y aunque pudiese usted cogerle gusto, se encontraría ahito de tantos datos como suministran las fuentes ordinarias, sin molestarme a mí. Así, pues, me imaginé que usted pedía un Don Juan en el sentido filo- sófico. Filosóficamente, Don Juan es un hombre que, con una excepcional capacidad para distinguir entre el bien y el mal, se entrega a sus propios instintos sin conside- ración para con la sociedad ni para con ley establecida alguna. Por lo mismo, por una parte se granjea la fer- viente simpatía de nuestros instintos rebeldes (lison- jeados por las facetas brillantes con que Don Juan sabe presentarlos), y por otra se ve metido en conflictos tre- mendos con las instituciones existentes y se defiende con engaños y violencias, con tan poco escrúpulo como PREFACIO XI un labrador defiende sus cosechas, por los mismos me- dios, contra los insectos dañinos. El prototipo Don Juan, creado a principios del si- glo XVI por un fraile español, fué presentado, conforme a las ideas de aquella época, como un enemigo de Dios, cuya venganza inminente se vislumbraba por todo el drama, haciéndose cada vez más amenazadora. No da cuidado a Don Juan ningún otro antagonista menor, pues él se burla fácilmente de la policía, tanto temporal como espiritual, y cuando un padre indignado trata de oponérsele con la espada en la mano, Don Juan le mata sin esfuerzo. Sólo cuando el padre matado vuelve desde el cielo como un agente de Dios, bajo la forma de su propia estatua, logra vencer a su matador y arrojarlo al infierno. La moraleja es genuinamente frailuna: arre- piéntete y enmiéndate ahora, pues mañana puede que sea tarde. Este es realmente el único punto acerca del que Don Juan es escéptico, pues devotamente cree en un infierno final, y arriesga condenarse solamente porque es joven y está convencido de que le sobra tiempo para la contrición después de una vida de goces y diver- siones. Pero pocas veces lo que un autor ha querido enseñar es lo que el mundo quiere aprender en su libro. Lo que nos atrae e impresiona en El burlador de Sevilla no es la inmediata necesidad del arrepentimiento, sino el heroísmo del que se atreve a ser el enemigo de Dios. Desde Prometeo hasta mi Discípulo del Diablo, tales enemigos siempre han sido populares. Don Juan se hizo tan simpático, que el mundo no quiso permitir su con- denación y le reconcilió sentimentalmente con Dios en una segunda versión y pidió durante todo un siglo su canonización, tratándole en cierto modo como el perio- Xir PREFACIO dismo inglés ha tratado a aquel enemigo cómico de los dioses, a Punch. El Don Juan de Moliere da un salto atrás hacia el original en punto a impenitencia; pero en cuanto a devoción, se diferencia mucho de él. Es verdad que también se propone enmendarse, pero ¡de qué ma- nera! OüU ma foi, il faut s'amender. Encoré vingt ou trente ans de cette vie-ciy et puis nous songerons á nous. Después de Moliere vino el artista mago, el maestro de maestros, Mozart, que revela el espíritu del personaje en mágicas armonías, sonidos élficos, en ritmos subli- mes y fulgurantes como exhalaciones estivales hechas perceptibles al oído. Aquí tenemos la libertad en el amor y la moralidad burlándose exquisitamente de las trabas que se les quiere imponer, y nos interesa, nos atrae, nos seduce, nos obliga, sin que podamos explicár- noslo, a colocar al héroe, con su enemigo el Comenda- dor hecho estatua, en un plano transcendental, dejando a la hija gazmoña y su necio amante en una vitrina aquí abajo para que vivan luego virtuosamente hasta el fin de sus días. Después de estas obras completas, el fragmento de Byron no tiene gran valor desde el punto de vista filo- sófico. Desde dicho punto de vista, nuestros libertinos vagabundos no son más interesantes que los marineros que tienen una mujer en cada puerto; y el personaje de Byron, después de todo, no es más que un calavera trashumante. Además es mudo, no disputa con un Sga- narelle-Leporello o con los padres o los hermanos de sus amantes, ni siquiera cuenta su propia historia como Casanova. En realidad no es, ni mucho menos, un verdadero Don Juan, pues no es más enemigo de Dios que cual- PREFACIO Xlil quier joven romántico y aventurero amigo de diversio- nes. Si usted o yo hubiésemos estado en su lugar, ¿quién sabe si no hubiésemos hecho lo mismo que él, a menos que usted, con sus remilgos, hubiese evitado las redes de la Emperatriz Catalina? Byron tenía tan poco de filó- sofo como Pedro el Grande; los dos fueron ejemplares de esa variedad rara y útil, pero inedificante, a la que pertenece el genio enérgico, nacido sin los prejuicios ni las supersticiones de sus contemporáneos. La resultante libertad de pensamiento, desprovista de todo escrúpulo, hizo a Byron mayor poeta que Wordsworth, lo mismo que hiciera a Pedro mayor monarca que Jorge III; pero como en definitiva no fué sino una calidad negativa, no impidió a Pedro ser un canalla asombroso y un archico- barde, y a Byron le incapacitó para llegar a ser una fuerza religiosa, como Shelley. Descartemos, pues, el Don Juan de Byron. El Don Juan de Mozart es el último Don Juan ver- dadero, pues en la época en que logró aceptación, su primo Fausto, en manos de Goethe, se había hecho lu- gar y llevado su pelea y su reconciliación con los dioses mucho más allá de los asuntos amorosos, al terreno de la política y de los descubrimientos geográficos y al re- conocimiento de un principio femenino eterno en el Universo. El Fausto de Goethe y el Don Juan de Mo- zart fueron las últimas palabras del siglo xviii sobre el asunto; y entonces los repulidos críticos del siglo xix, prescindiendo de William Blake, con la misma superfi- cialidad que los del xvm habían prescindido de Hogarth, o los del XVII de Bunyan, habían dejado el paso franco al teatro de Dickens-Macaulay y Dumas-Guizot y Sten- dhal -Meredith-Turguenief, y se hallaron en presencia de creaciones filosóficas escritas por hombres como Ibsen y XIV PREFACIO Tolstoy. A partir de este momento, Don Juan cambió de sexo, llegando a ser Doña Juana, escapándose de La casa de una muñeca y afirmando su propia individua- lidad, en vez de contentarse con el papel de comparsa en un espectáculo moral. Ahora no está mal que usted, a principios del si- glo XX, me pida una obra escénica con Don Juan de protagonista; pero, por lo que precede, habrá visto que Don Juan, desde hace más de un siglo, está fuera de lu- gar, para usted y para mí. Y si hay millones de personas menos ilustradas que se hallan todaxáa en el siglo xvm, ¿no tienen a Moliere y Mozart, cuyo arte no puede ser superado por nadie? Se reiría usted de mí si a estas fe- chas le presentara una pieza en la que figfuraran desa- fios y espíritus y mujeres . En cuanto a liber- tinaje a secas, sería usted el primero en recordarme que el Festín de Fierre, de Moliere, no es una obra para ena- moradizos, y que un solo compás de la sentimentalidad voluptuosa de Gounod o Bizet aparecería como una mancha licenciosa en la partitura de Don Giovanni. Hasta los papeles más abstractos del asunto de Don Juan son anacrónicos en extremo. Por ejemplo, el an- tagonista sobrenatural de Don Juan precipita, a los que se niegan al arrepentimiento, en lagos de lava hirvien- do, donde son atormentados por diablos con cuernos y rabos. De tal antagonista y tal concepto del arrepenti- miento, ¿qué queda que podría yo aprovechar en una pieza dedicada a usted? Por otra parte, aquellas fuerzas de la opinión pública, de la clase media, que apenas existían para un noble de España en los tiempos del primer Don Juan, ahora im- peran en todas partes. La sociedad civilizada es una vasta burguesía, y ningún noble tiene derecho a ofender PREFACIO XV a un verdulero. Las mujeres, «marquesas, princesas, ca- mareras y ciudadanas», y todas, han llegado a ser igual- mente peligrosas: el sexo es agresivo, poderoso, y cuan- do las mujeres son ofendidas, no suelen agruparse paté- ticamente en coro para cantar Protegga il giusto cielo, sino que acuden a formidables armas legales y sociales y aplican la pena del Tallón. Los partidos políticos se hacen trizas y las carreras públicas se malogran por una sola indiscreción. Más le valdría a un hombre tener que cenar con todas las estatuas de Londres, con lo feas que son, que ser citados a juicio por Doña Elvira ante el tri- bunal de la Iglesia anglicana. La excomunión ha llega- do a ser una cosa tan sería como en el siglo x. En resumidas cuentas: ya el hombre, en la lucha de los sexos, no sale vencedor como Don Juan. Se puede dudar, por cierto, que lo haya sido realmente alguna vez. De todos modos, la enorme superioridad de la si- tuación natural de la mujer en este asunto, se hace cada vez más evidente. Don Juan no se atrevería hoy día a coger de la barba a la Nonconformist Conscience (1), como coge de la barba a la estatua del Comendador en el convento de San Francisco; la prudencia, así como la buena educación, lo prohiben a un personaje que esté en su sano juicio. Es la barba del propio Don Juan la que corre peligro de ser agarrada. Lejos de recaer en la hipocresía, como temía Sganarelle, inopinadamente des- cubrió una moral en su inmoralidad. La creciente con- ciencia de su nuevo punto de vista acumula responsabi- (1) Asociación clerical política.— fiV. del T.) XVI PREFACIO lidad sobre él. Sus antiguas burlas tiene que tomarlas tan en serio, como tengo que tomar en serio las burlas del señor W. S. Gilbert. Su escepticismo, antes su defec- to menos tolerado, ahora ha triunfado tan completa- mente, que ya no puede seguir imponiéndose con nega- ciones agudas y tiene, a la fuerza, para evitar ser un mero número, que encontrar una actitud afirmativa. Sus mil y tres lances amorosos, al reducirse, a lo más, a dos intrigas incompletas que le traen un sin fin de compli- caciones y humillaciones ruines, han sido descartadas en conjunto como inadecuadas a su dignidad filosófica y comprometedoras de su recién adoptada actitud como fundador de una escuela. En vez de querer leer a Ovie- do, actualmente lee a Schopenhauer y Nietzsche, estu- dia a Westermarck y se interesa por el porvenir de la raza en vez de aspirar a la libertad de sus instintos. Asi sus aires de facineroso y calavera se han ido por donde su espada y su mandolina; es decir, a la trastera de los anacronismos y las supersticiones. En realidad, hoy es más Hamlet que Don Juan, por- que, aunque las palabras puestas en labios del actor para indicar al público de las butacas que Hamlet es un filósofo sean, en su mayor parte, meras vulgaridades ar- moniosas que, con un ligero deterioro de la eufonía, se- rían más propias de Pecksniff , aun si se prescinde del ver- dadero héroe, inarticulado e ininteligible para él mismo, excepto en algunos raptos de inspiración de la persona del actor, que a toda costa ha de hablar durante cinco actos; y si también hace uno lo que siempre debe hacer- se con las tragedias de Shakespeare, es decir, descartar los absurdos y sensacionales incidentes y violencias físi- cas del asunto de procedencia ajena y distinguirlos de la creación genuinamente shakespeariana, se logrará un PREFACIO XVII verdadero, prometeico adversario de los dioses, cuya ac- titud instintiva para con las mujeres se asemeja mucho a la que ahora Don Juan se ve impulsado a adoptar. Desde este punto de vista, Hamlet fué un Don Juan evolucionado al que Shakespeare desacreditó como hombre decente, lo mismo que infamó al pobre Macbeth como asesino. Hoy día ya no hace falta la infamación (por lo menos para personas como usted y yo), porque el donjuanismo ya no se confunde con el casanovismo. El mismo Don Juan es casi ascético en sus anhelos de evitar esa confusión, y así, mi intento de modernizarle, colocándole como caballero inglés contemporáneo en un moderno ambiente inglés, ha producido una figura al parecer completamente distinta del héroe de Mozart. Con todo, no tengo el valor de desanimarle del todo para que no vuelva a echar una mirada al Dissoliito Punito, de Mozart, y a su antagonista la estatua. Estoy seguro de que le gustaría a usted saber más de esa es- tatua para sacarla cuando estuviera disponible, por de- cirlo así. Para complacerle he recurrido al conocido truco de los cómicos de la legua, que representan la pantomima de Simbad el Marino con decoraciones de lance hechas para Ali Baba. Vierten sencillamente unos cuantos botes de aceite en el valle de diamantes, y así cumplen con las promesas hechas en los carteles. He adaptado el cómo- do sistema a nuestro caso, introduciendo en mi pieza de tres actos, perfectamento moderna, un acto suplementa- rio totalmente heterogéneo, en el que el protagonista, embrujado por el aire de la sierra, tiene un ensueño en el que su antepasado mozartiano aparece y ensarta lar- gas teorías filosóficas, en diálogo shavio-socrático, con la señora, la estatua y el diablo. XVín PREFACIO Pero esta broma no es la esencia de la obra. Sobre esta esencia no tengo yo autoridad. Usted propuso cier- ta substancia social, la atracción sexual que puede ejer- cer la inteligencia, como asunto dramático, y me atuve a sus indicaciones. No adulteré el producto con afrodi- síacos, ni lo diluí con agua romántica, porque estoy me- ramente ejecutando su encargo y no componiendo una obra popular para el mercado. Por eso mismo (a menos que, como casi todos los hombres sabios, usted lea pri- mero la obra y después el prefacio) debe usted preparar- se a presenciar una historia fingida, arrancada de la vida moderna de Londres, en la que, como usted sabe, el principal afán del hombre corriente es buscar los medios para sostener su posición y sus costumbres de caballero, y el afán de la mujer corriente es casarse. En 9.999 casos, de 10.000, puede uno estar seguro de que no harán nada, lo mismo da que sean nobles como plebeyos, que esté en contradicción con estos fines; y esta línea de conducta constituye su religión, su morali- dad, sus principios, su patriotismo, su reputación, su ho- nor, y así sucesivamente. En su totalidad, ello es una base razonable y satisfac- toria para la sociedad. El dinero supone alimentación, y el matrimonio supone hijos, y el que los hombres ante- pongan a todo el sustento y las mujeres antepongan a todo los hijos, es, hablando en general, la ley de la Na- turaleza y no el dictado de la ambición personal. El se- creto del éxito del hombre prosaico, tal como es, estriba en la sencillez con que persigue estos fines, y el secreto del fracaso del hombre artístico, cuando existe, es la ver- satilidad, con la que anda en todas direcciones en pos de ideales secundarios. El artista es o un poeta o un bohemio. Como poeta, no puede, al igual del hombre PREFACIO XIX prosaico, ver que la caballerosidad no es, en el fondo, sino un suicidio romántico; como bohemio, no puede ver que da mal resultado mendigar y «sablear>, mentir y blaso- nar, y descuidar su persona. Por eso no vaya usted a malentender mi franca opinión sobre la constitución fundamental de la sociedad de Londres, como el repro- che de un irlandés a su nación. Desde el día en que por primera vez senté el pie en este suelo extranjero, conocí el valor de las calidades prosaicas, de las que los irlan- deses enseñan a los ingleses a avergonzarse, lo mismo que conocí la vanidad de las calidades poéticas, de las que los ingleses enseñan a los irlandeses a enorgulle- cerse. Porque el irlandés, instintivamente, rebaja la calidad que hace al inglés peligroso para él; y el inglés, instinti- vamente, lisonjea el defecto que hace al irlandés inofen- sivo y divertido para él. Lo que no se puede tolerar en el inglés prosaico, es lo mismo que no se puede tolerar en los hombres prosaicos de todos los países: la estupi- dez. La vitalidad que coloca la alimentación y la repro- ducción en primer lugar; el infierno y el cielo en un se- gundo plano algo remoto, y el bien de la sociedad como conjunto orgánico, en ningún lugar, tendrá su razón de ser en organizaciones sociales primitivas; pero en las na- ciones del siglo XIX y los imperios del siglo xx, el anhelo de todo hombre por ser rico a.toda costa y de toda mujer por casarse a toda costa, debe, sin una organización so- cial altamente científica, producir un ruinoso desarrollo de la pobreza, la soltería, la prostitución, la degenera- ción y otras cosas que asustan a los hombres juiciosos. En resumidas cuentas: no hay porvenir para quienes, aun rebosando vitalidad bruta, no tengan bastante inte- ligencia ni suficiente educación política para ser socia- XX PREFACIO listas. Así, pues, no me entienda mal tampoco en otro sentido, preguntándose, ya que aprecio las calidades vi- tales del inglés lo mismo que aprecio las calidades vita- les de la abeja, si no aseguro al inglés contra el ser ex- pulsado de su morada por la fumigación, como la abeja (o el canaanita), y despojado de su miel por seres infe- riores a él en cuanto a adquisividad, combatividad y fe- cundidad, pero superiores en cuanto a imaginación y listeza. El drama de Don Juan, de todos modos, tiene que te- ner por base la atracción sexual y no la cuestión de la alimentación, y tiene que exponer el problema en una sociedad en que la cuestión sexual se deja a las mujeres, como la del sustento se deja a los hombres. Es verdad que los hombres, para precaverse contra una táctica de- masiado agresiva por parte de las mujeres, han estable- cido una débil convención romántica según la que la iniciativa en asuntos sexuales siempre debe partir del hombre; pero la pretensión es tan inconsistente que hasta en el teatro, ese último santuario de la irrealidad, sólo engaña a las personas sin experiencia. En las obras dé Shakespeare siempre son las mujeres las que toman la iniciativa. En sus piezas de tesis, así como en sus piezas populares, el interés amoroso es el interés de ver a la mujer cazar y capturar al hombre. Ella procede en ello ya como Rosalinda, a fuerza de za- lamerías, ya como Mariana, por tretas; pero, en todos los casos, la relación entre hombre y mujer es la misma, ella es la que persigue e intriga; él es el que es perse- guido y zarandeado. Cuando ella fracasa en sus inten- tos, como Ofelia, se vuelve loca y se suicida, y el hom- bre, después de su entierro, va derecho a un duelo de esQ^rima. Sin duda, la Naturaleza, tratándose de gente PREFACIO XXI muy joven, puede ahorrar a la mujer el trabajo de forjar planes. Así, Próspero sabe que no tiene más que dejar que Fernando se acerque a Miranda para que se unan como una pareja de palomas, y no necesita Perdita cap- turar a Florizel, como la señora doctora, en Todo está bien cuando acaba bien (una heroína ibseniana antici- pada), captura a Beltrán. Pero todos los casos en que se trata de gente de edad más madura, confirman la ley de Shakespeare. La única excepción que parece existir, la de Petruchio, en realidad no existe: con toda claridad se caracteriza el personaje como un cazador de dote pura- mente comercial. Tan pronto como adquiere el conven- cimiento de que Catalina tiene dinero, decide casarse con ella antes de haberla visto. En la vida real encon- tramos no solamente a Petruchios, sino a Montalinis y Dobbines que persiguen a mujeres apelando a su com- pasión o sus celos o su vanidad, o se agarran de ellas de un modo románticamente absurdo. Estos afeminados no cuentan para nada en el plan de la Naturaleza; el mismo Bunsby, cayendo cual pájaro fascinado en las fauces de mistress Mac Stinger, es, por comparación, un verdadero objeto trágico de compasión y terror. Encuen- tro en mis propias obras escénicas que la Mujer, proyec- tándose dramáticamente por obra de mi espíritu (una operación sobre la que le aseguro a usted no tengo más verdadero mando que sobre mi mujer), se porta exacta- mente lo mismo que la Mujer se porta en las obras de Shakespeare. Y así, el Don Juan de usted ha venido a ser como una proyección teatral de la tragi-cómica caza erótica del hombre por la mujer, y el Don Juan mío es la presa en vez de ser el cazador. Aun así, es un verdadero Don Juan, con un sentido de la realidad que desconcierta al XXII PREFACIO convencionalismo, desafiando hasta lo último a la fata- lidad, que finalmente le arrolla. La necesidad que la mujer tiene de él para poder cumplir con el mandato más urgente de la Naturaleza, no prevalece contra él hasta que su resistencia topa con la energía de ella, ele- vada a un grado en que ella se atreve a renunciar a sus habituales explotaciones de las aptitudes convenciona- les de cariño y sacrificio y le reclama por derecho natu- ral para un fin que supera en mucho los fines mortales de ambos. Entre los amigos a los que he leído esta obra en el manuscrito, hay algunos de nuestro sexo que se escan- dalizan por la ). Hay un aspecto político de esta cuestión sexual, que no cabría dentro de la comedia, pero tiene demasiada importancia para que con culpable ligereza pase yo por encima de él. Es imposible demostrar que la iniciativa en los tratos sexuales pertenezca a la Mujer y le haya sido adjudica- da, desde que se suprimió el rapto y cesó la reclusión de las muchachas nubiles, sin ser llevado a muy serias reflexiones sobre el hecho de que esa iniciativa es poli- XXVIII PREFACIO ticamente la más importante de todas las iniciativas, porque nuestro experimento político de la democracia, el último refugio del desgobierno barato, nos arruinará si nuestros ciudadanos carecen de cultura. Cuando nacimos los dos, este país todavía estaba bajo el mando de una clase selecta producto de casamientos políticos. La clase comercial no había entonces todavía cumplido los primeros veinticinco años de su nueva par- ticipación en el poder político, y ella misma se seleccio- naba por efecto de las fluctuaciones de las fortunas y se producía, si no por casamientos políticos, por lo menos por enlaces rigurosamente determinados por la posición de los contrayentes. Son todavía la aristocracia y la plutocracia las que suministran los prohombres políti- cos, pero éstos ahora dependen de los votos de las cla- ses promiscuamente engendradas. Y eso, fíjese, en el mismo momento en que el problema político, habiendo dejado de significar una intervención muy limitada y fortuita, principalmente por la ocupación de empleos públicos, en la mala administración de una isla, si bien fuerte, de poca extensión y dividida en parroquias, con guerras dinásticas sin sentido, ha llegado a ser la reor- ganización industrial de la Gran Bretaña, la construc- ción de un estado económico y político beneficioso prácticamente internacional y la repartición de toda África, y quizás de toda Asia, por las potencias civili- zadas. ¿Puede usted creer que la gente, cuyas concepciones de la sociedad y la conducta, cuyo poder de atención y tensión de intereses se reflejan en el teatro inglés como se conoce hoy día, pueda por sí misma efectuar tan co- losal tarea o comprender y sostener a la clase de espíritu y carácter que (por lo menos comparativamente) es ca- PREFACIO XXIX paz de efectuarla? Porque acuérdese: lo que nuestros votantes son en el patio de butacas y el paraíso lo son también delante de las urnas del sufragio. Estamos aho- ra todos bajo la a que llamó Burke . Tom Paine ha triunfado sobre Edmund Bur- ke; y los cochinos son ahora electores a los que se soli- cita y mima. ¿A cuántos de su propia clase tienen esos electores ocupando un sitio en el Parlamento? Escasamente una docena entre 670, y debido a sus extraordinarias calida- des y dotes de elocuencia popular. La multitud así juz- ga a sus propias unidades: se supone a sí misma inca- paz de gobernar y sólo vota un hombre transfigurado intelectual y morfológicamente por sus estudios jurídi- cos y frecuentación del foro, por la habilidad de su sas- tre, por el prestigio de parentesco aristocrático. Bien; nosotros dos conocemos a esos hombres metamorfosea- XXX PREFACIO dos, esos aprobados en los exámenes, esos bien trajea- dos portadores de monóculo, esos deportistas a los que los años traen el golf en vez de la sabiduría, esos pluto- cráticos productos de los negocios «hechos a pulso». No se sabe si llorar o reir ante la idea de que ellos, ¡pobres diablos!, quieren dirigir una reata de continentes como guían un atalaje de cuatro caballos, transformar una atropelladora anarquía de comercio y especulación aza- rosa en una productividad ordenada, y unir a nuestras colonias de modo que formen una potencia mundial de primera magnitud. Dad a esa gente la más perfecta Constitución política y el más lógico programa político que la benévola omnisciencia pueda imaginar para ella, y lo transformarán en una mera mamarrachada elegan- te o en una beneficencia santurrona, tan seguramente como un salvaje convierte a la teología filosófica de un misionero escocés en ruda idolatría africana. No sé si a usted le han quedado algunas ilusiones respecto de la instrucción, el progreso, etc. Por mi parte no tengo ninguna. Cualquier panfletista puede enseñar el camino de mejorar; pero cuando no hay voluntad no hay remedio. Mi ama seca gustaba de decir que de la oreja de una cerda no se puede hacer un bolso de seda, y cuanto más observo los esfuerzos de nuestras iglesias y universidades y nuestros sabios literatos por levantar a las masas hasta su propio nivel, tanto más convencido estoy de que mi ama estaba en lo cierto. El progreso no puede sino hacer de todos nosotros el máximum posi- ble, y ese máximum seguramente no sería lo bastante, aun cuando los ya emergidos de los más profundos abismos dejaran a los demás tener la misma probabili- dad. En la cuestión de la herencia, la certeza de que las calidades adquiridas casi no cuentan como factores prác- PREFACIO XXXI ticos transmisibles, ha destruido las esperanzas de los educacionistas, asi como los terrores de los que creen en la degeneración, y ahora sabemos que no hay «clase gobernante» hereditaria, lo mismo que no hay rebeldía hereditaria. Tenemos que criar capacidad poUtica, so pena de arruinarnos por la democracia, la que se nos ha impues- to por haber fracasado los antiguos regímenes. Si, pues, el despotismo falló sólo por falta de un déspota capaz y benévolo, ¿qué probabilidad tendrá la democracia que necesita a toda una población de votantes capaces, es decir, de críticos políticos que, si no pueden gobernar en persona por falta de energía reservada o de especial talento para administrar, pueden, por lo menos, recono- cer y apreciar la capacidad y la benevolencia en otros y así gobiernan por representantes capaces y benevolen- tes? ¿En dónde se encontrará hoy día a tales votantes? En ninguna parte. Las uniones promiscuas han produ- cido una debilidad de carácter que es demasiado tímida para enfrentarse con la plena necesidad de una lucha por la existencia absolutamente basada sobre la compe- tición, y demasiado perezosa y descuidada para organi- zar cooperativamente el bien común. Siendo cobardes, anulamos los efectos de la selección natural so capa de la filantropía; siendo indolentes, nos descuidamos de la selección natural bajo el pretexto de deUcadeza y mora- lidad. Con todo, necesitamos tener un cuerpo electoral com- puesto de personas capaces y que sepan distinguir. De no ser así, pereceremos como perecieron Roma y Egip- to. En este momento la decadente fase de Roma en la que el pueblo pedía panem et circenses, se está inaugu- rando entre nosotros. Nuestros periódicos y melodramas XXXII PREFACIO están gastando mucha fraseología acerca de nuestros destinos imperiales; pero nuestras miradas y nuestros corazones se vuelven ansiosos hacia los millonarios americanos. En cuanto se meten la mano en el bolsillo, ya estamos cogiendo con la nuestra el ala del sombrero, como instintivamente. Nuestra prosperidad ideal no es la prosperidad del Norte industrial, sino la prosperidad de la isla de Wight, de Folkstone y de Rawsgate, de Niza y de Montecarlo. Esa es la única prosperidad que se ve en el escenario, en el que los trabajadores todos son lacayos, doncellas, patronos cómicos de huéspedes y artistas de moda, mientras los héroes y las heroínas son personas inmen- samente ricas y comen gratuitamente, como los caballe- ros en la novela de Don Quijote. Los periódicos de la City disparatan sobre la competencia entre Bombay y Mánchester, y asi sucesivamente. La competencia que realmente existe es la entre la Regent Street y la Rué de Rívoli, entre Brighton y la costa Sur y la Riviera, con miras al dinero de los turistas americanos. ¿Qué significa toda esa creciente afición a las recep- ciones suntuosas, esa efusiva confraternidad, esos salu- dos y vivas al agitarse las banderas o al disparar los ca- ñones de un acorazado? ¿Imperialismo? Ni pizca. Obse- quiosidad, servilidad, ansiedad ante el sonido del dine- ro. Cuando míster Carnegie sonó sus millones en sus bolsillos, Inglaterra entera se arrastró a sus pies con afán desordenado. Sólo cuando Rhodes (que probablemente había leído mi Socialismo para millonarios) aseguró que ningún holgazán heredaría sus bienes, las espinas dorsales dobladas se enderezaron, desconfiadas, por un momento. ¿Sería posible que el rey de los diamantes, después de todo, no fuera un caballero? Pero no; no ha- PREFACIO XXXIII bía que hacer caso de la humorada de un hombre rico. No se habló más de ella, y las espinas dorsales volvie- ron a inclinarse en la forma que antes. , Le estoy oyendo a usted preguntarme con inquietud si he introducido todas esas reflexiones en una comedia de Don Juan. Nada de eso. Sólo he hecho a mi Don Juan fo- lletista político, y su folleto lo entrego a usted por entero en forma de apéndice. Lo encontrará al final del libro. Siento decir que es práctica común en los novelistas anunciar a su héroe como hombre de extraordinario in- genio y luego dejar al lector imaginar sus hazañas; así que al llegar al final del libro murmura uno para sí, con cierta melancolía, que si no fuera por la previa afirma- ción del autor, cuesta trabajo creer que aquél obrara si- quiera con sentido común. No puede usted acusarme de recurrir a semejante necedad lamentable, a tan débil evasiva. Yo no solamente le digo que mi héroe escribió un manual del revolucionista, sino que le doy dicho li- bro para que lo lea, para su edificación, si usted gusta. Y en ese manual encontrará expuesta la política de la cuestión sexual tal como yo concibo la entiende el des- cendiente de Don Juan. Y no es que yo rechace la en- tera responsabilidad por sus opiniones y las de todos mis personajes, agradables y desagradables. Todas es- tán en lo cierto, desde sus diferentes puntos de vista, y sus puntos de vista son, para el motivo dramático, tam- bién los míos. Eso podrá chocar a los que se figuran que existe un punto de vista absolutamente en lo cierto, or- dinariamente el suyo. Puede que crean también que nadie que lo dude pueda estar en estado de gracia. Sea de ello lo que sea, lo cierto es que nadie que esté con- forme con ellos pueda ser autor dramático, ni conocedor en modo alguno del espíritu humano. De ahí que se XXXIV PREFACIO haya dicho que Shakespeare no tiene conciencia. Tam- poco tengo yo, en ese sentido. Tal vez, sin embargo, me diga usted que esta digre- sión mía en el terreno político cae por su base ante el hecho bien claramente demostrado de que el artista nunca se coloca en el punto de vista de la generalidad en la cuestión sexual, porque ocupa un plano diferente. Yo primero demuestro que todo lo que escribo sobre las relaciones de los sexos, con seguridad tiende a extraviar las opiniones, y luego me pongo a escribir una comedia sobre Don Juan. Pues bien; si usted insiste en pregun- tarme el porqué de tan absurda conducta, sólo puedo contestar que usted me pidió la tal comedia, y que, en todo caso, mi modo de tratar el asunto puede que sea valedero para el artista, divertido para el aficionado y, al menos, comprensible y, por lo mismo, sugestivo para el filisteo. Todo el que conserva en la mente sus ilusiones está preparando datos para la psicología verdaderamente científica que todavía espera el mundo. Yo dejo estam- pado, valga lo que valiere, mi modo de ver las relacio- nes existentes de hombres y mujeres, en la sociedad de más alta civilización. Es un modo de ver como cual- quiera otro, y nada más, ni verdadero ni falso, pero sí, lo espero, un modo de encararse con el asunto introdu- ciendo en el conocido juego de causa y efecto una sufi- ciente porción de hechos y experiencias para que sea interesante para usted, si es que no interesa al público de los teatros de Londres. Por cierto que he mostrado poca consideración para dicho público en este cometido, pero sé que está muy bien dispuesto para con usted y conmigo, en cuanto tiene conocimiento de nuestra existencia, y ese público PREFACIO XXXV comprende perfectamente que lo que escribo para usted debe pasar, a considerable altura, por encima de su sen- cilla romántica cabeza. Como acostumbrado a leer, com- prará mis libros y me reconocerá genio, confiando en que he de producir más obras, de tal calidad que pueda resistir la prueba de su juicio. Así podemos los dos ex- playarnos, a nuestras anchas, en nuestro propio plano, y si algún caballero insinuara que ni esta epístola dedi- catoria ni el ensueño de Don Juan en el tercer acto de la comedia es utilizable para un teatro popular, no te- nemos que contradecirle. Napoleón procuró a Taima un público de reyes; con qué efecto sobre el trabajo de Tai- ma, no se registró. Por lo que a mí me toca, lo que siem- pre he deseado es un público de filósofos, y esta obra es para un público tal. Quisiera mencionar con toda claridad en las páginas que van a continuación a cuantos autores he « fusilado >, si pudiese recordarlos a todos. El plagio es evidente en cuanto al bandido poetastro, que es de Conan Doyle, y la transformación de Leporello en Henry Straker, inge- niero conductor de automóvil y «hombre nuevo >, es un esbozo dramático intencionado del embrión parejo de Mr. H. G. Wells pintando el porvenir de la activa cla- se de ingenieros, destinada, como él espera, a final- mente barrer a los charlatanes, fuera del camino de la civilización. Míster Barrie también, mientras estoy corri- giendo mis pruebas, ha venido deleitando a Londres con un tipo de criado que sabe más que sus dueños. La concepción de Mendoza Limited que utilizo se remonta a cierto secretario colonial de las Indias Occidentales, el cual, en una época en que él y yo y Mr. Sidney Webb estábamos haciendo nuestras primeras armas en la política a modo de tres mosqueteros fabianos, sin XXXVI PREFACIO sospechar la sorprendente importancia de los resultados que había de dar nuestra actividad, recomendó a Webb, el enciclopédico e inagotable, que formara una compa- ñía para provecho de los accionistas. A Octavio le tomé, sin alterarle, de Mozart, y por la presente autorizo a cualquier actor que haga este papel a que cante (si puede) «Dolía sua pace>, en cualquiera momento con- veniente de la representación. Ana me fué sugerida por la comedia holandesa intitulada Todo Hombre, resu- citada hace poco tan triunfalmente por Mr. William Poel. Espero que siga explotando ese filón y reconozca que la rimbombante literatura del Renacimiento isabe- lino es ya insoportable comparada con la poesía me- dieval, lo mismo que lo es Scribe después de Ibsen. Al ver representar Todo Hombre me dije, ¿por qué no Toda Hembra?, y el resultado fué crear a Ana. No toda hem- bra es Ana, pero Ana es toda hembra. Es que el autor de Todo Hombre no fué un mero ar- tista, sino un artista filósofo, y el que los artistas filósofos son la única clase de artistas que yo tomo del todo en serio, no es una novedad para usted. Hasta Platón y Boswell, como dramaturgos que inventaron a Sócrates y al doctor Johnson, me causan impresión más honda que los autores dramáticos románticos. Tiempo ha, sien- do niño, respiré el aire de las regiones transcendentales asistiendo a una representación de Zaubertflóte, de Mo- zart, y siempre desde entonces he estado inmune contra los esplendores de relumbrón y excitaciones alcohólicas de las combinaciones escénicas ordinarias, sentimenta- lismos falsos, hazañas policíacas y cosas por el estilo. Bunyan, Blake, Hogarth y Turner (estos cuatro primero y por encima de todos los clásicos ingleses), Goethe, Shelley, Schopenhauer, Wágner, Ibsen, Morris, Tolstoy PREFACIO XXXVII y Nietzsche son, entre los escritores, los cuyo peculiar sentido del mundo reconozco como más o menos aná- logo al mío. Fíjese bien en la palabra «peculiar-. Leo a Dickens y Shakespeare sin avergonzarme ni limitarme, pero sus fecundas observaciones y demostraciones res- pecto de la vida no se coordinan dentro de ninguna filo- sofía o religión. Al contrario, las premisas sentimenta- les de Dickens son contradichas por sus observaciones, y el pesimismo de Shakespeare es sólo su naturaleza humana herida. Los dos tienen el genio específico del imaginativo y las comunes simpatías, en alto grado, del sentir y pensar humano. Son a veces más razonables y agudos que los filósofos, lo mismo que Sancho Panza era con frecuencia más razonable y agudo que Don Quijote. Despejan grandes masas de gravedad opresionante, con su sentido del ridículo, que no es, en el fondo, sino una combinación de sano juicio moral con franco buen humor. Pero su mente abraza las diversidades del mun- do en vez de enfocar sus unidades. Son tan irreligiosos que explotan a la religión popular para sus propósitos profesionales, sin delicadeza ni escrúpulo (por ejemplo, Sydney Cartón, y el espíritu en Hamlet). Son anárqui- cos y no pueden parangonar sus semblanzas de Angelo y Dogberry, sir Leicester Dedlock y Mr. Tite Barnacle con ningún retrato de un profeta o de un digno pastor de multitudes. No tienen ideas constructivas; tienen a los que las tienen por fanáticos peligrosos; en todas sus ficciones no hay pensamiento director ni inspiración por la que cualquier hombre pudiera en modo alguno correr el riesgo de perder su sombrero por una ráfaga de aire, no digamos la vida. Los dos por igual se ven obligados a tomar prestados motivos, para las acciones más esfor- XXXVIII PREf ACIO zadas de sus personajes, al común acervo de los engen- dros melodramáticos. Tanto que Hamlet tiene que ser estimulado por los prejuicios de un policía y Macbeth por las codicias de un salteador. Dickens, sin la excusa de tener que fabricar motivos para Hamletes y Mache- thes, innecesariamente remolca su tripulación hacia aha- jo por el río de sus publicaciones mensuales por medio de trucos mecánicos que le dejo a usted el cuidado de describir, ya que mi propia memoria está enteramente confusa por cuestiones como la de Monks en Oliver Troist, o la de la parentela hace tanto tiempo perdida de Smicke, o la de las relaciones entre las familias de Dorrit y Clennam, tan inoportunamente descubiertas por monsieur Rigaud Blandois. La verdad es que el mundo, para Shakespeare, fué un gran escenario de chiflados en el que él se trastornaba enteramente. No pudo en modo alguno descubrirle un sentido a la vida; y Dickens se salvó de la desesperación del ensueño en El Carillón tomando al mundo tal como es y distrayéndose con la observación de sus detalles. Ninguno de los dos pudo hacer algo con un serio carác- ter positivo. Supieron colocar ante nuestros ojos cual- quier figura humana con perfecta verosimilitud; pero cuando era llegado el momento de moverla y hacerla vivir, se encontraba con que, a menos que los hiciera reir, tenían en manos un muñeco y era forzoso inventar algún estímulo artificial externo para moverle. Eso es lo que pasa con Hamlet desde el principio hasta el fin: no tiene voluntad, excepto en los momentos en que su tem- peramento se desborda. Necios exégetas hacen a su modo una virtud de eso: declaran que la obra es la tra- gedia de la irresolución, pero todas las proyecciones de la más honda humanidad hechas por Shakespeare tie- PREFACIO XXXIX iien el mismo defecto: sus caracteres y ademanes son parecidos a la vida, pero sus acciones no salen de aden- tro, les son impuestas desde fuera, y la fuerza exterior es grotescamente desproporcionada, excepto cuando es enteramente convencional, como en el caso de Enri- que V. Falstaff es más vivido que cualquiera de aquellos ca- racteres serios y reflexivos, porque obra por cuenta pro- pia, sus motivos son sus propios apetitos e instintos y humores. Ricardo III también es delicioso como come- diante excéntrico, que para a un entierro para hacer el amor a la viuda del hijo del difunto; pero cuando, en el acto siguiente, le substituye un traidor de teatro que su- prime a unos niños y hace caer a los jefes de la burgue- sía, nos subleva la impostura y repudiamos al personaje por el que nos lo han cambiado. Faulconbridge, Corio- lano, Leontes son admirables descripciones de tempera- mentos instintivos; en realidad, Coriolano es la mayor de las comedias de Shakespeare; pero una descripción no es una filosofía, y la comedia ni compromete al autor ni le revela. Hay que juzgarle por los caracteres, en los que pone lo que sabe de sí mismo, sus Hamletes y Macbethes y Léares y Prósperos. Si esos caracteres están agonizando en el vacío, por ficticios melodramáticos asesinatos y venganzas y otras cosas por el estilo, mien- tras los caracteres cómicos pisan con sus pies un suelo sólido, vividos y divertidos, se conoce que el autor tiene mucho que mostrar y nada que enseñar. La compara- ción entre Falstaff y Próspero es parecida a la compara- ción entre Micawber y David Copperfield. Al final del libro conocemos a Micawber, mientras sólo llegamos a saber lo que ha sucedido a David y no nos interesamos bastante por él para preguntarnos cuál pudiera ser su KL Í^REFACIO política y su religión, caso de que una cosa tan estupen* da como es una idea religiosa o política pudiese ocurrir- sele. Es tolerable como niño, pero nunca llega a ser un hombre y se podría muy bien prescindir de él si no fue- se porque sirve como confidente de teatro, como Hora- cio o «Carlos su amigo>, lo que llaman en términos de escenario un relleno. Pues todo eso no lo puede usted decir de las obras de un artista-filósofo. No lo puede decir, por ejemplo, de El Progreso del Peregrino. Coloque a su héroe y su co- barde shakespeariano, a Enrique V y a Pisto! o Paro- lies al lado de Mr. Valiant y Mr. Fearing, y caerá súbi- tamente en la cuenta del abismo que existe entre el autor que no pudo ver en el mundo sino fines personales y la tragedia de sus fracasos o la comedia de sus incon- gruencias, y el predicador castrense que adquiere virtud y valor identificándose con el objeto del universo tal como lo entiende. El contraste es enorme. El cobarde de Bunyan nos re- mueve más la sangre que el héroe de Shakespeare, que literalmente nos deja indiferentes y, secretamente, hos- tiles. De repente vemos que Shakespeare, con todas sus ocurrencias relumbrantes y adivinaciones, nunca supo lo que es la virtud y el valor, nunca concibió cómo un hombre cualquiera que no sea un necio pudiera, como el héroe de Bunyan, bajar la vista, desde la escarpada orilla del río de la muerte, al espectáculo de los esfuer- zos y trabajos de su peregrinación y decir «todavía no me arrepiento>, o, con la rumbosidad de un millonario, «lego mi espada al que sea mi sucesor en mi peregrina- ción, y mi valentía y mi habilidad al que pueda tener- las iguales>. Esta es la verdadera alegría del vivir, el ser empleado para un fin reconocido por uno mismo como PREFACIO XLl \m íin poderoso, el ser completamente desgastado antes de ser arrojado al montón de las cosas inútiles; el ser una fuerza de la Naturaleza en vez de ser un pequeño amasijo calenturiento y egoísta de padecimientos y apu- ros quejándose de que el mundo no se dedique a hacer- le feliz. Y también una tragedia verdadera en la vida es ser utilizado por hombres de miras personales para propósitos que uno considera como mezquinos. Todo lo demás es, cuando peor, mera desgracia o mortalidad; aquello sólo es miseria, esclavitud, infierno en esta vida, y la sublevación contra ello es la única fuerza que la obra de un hombre ofrece al pobre artista, al que nues- tros ricos egoístas tan gustosos emplearían como alca- huete, bufón, vendedor de belleza, tratante en sentimen- talismos y cosa parecida. Al parecer hay mucho trecho de Bunyan a Nietzsche, pero la diferencia entre sus conclusiones es mera cues- tión de forma. La percepción de Bunyan de que la justi- cia es un montón de trapos sucios, su ira contra míster Legality en el pueblo de Morality, su desprecio para con la Iglesia como suplantadora de la religión, su in- sistencia en proclamar a la valentía como virtud de las virtudes, el estimar que la carrera del convencionalmen- te respetable Worldly Wiseman no es, en el fondo, mejor que la vida y muerte de Mr. Badman; todo eso, expresado por Bunyan en los términos de la teología de un pensador, es lo que han expresado: Nietzsche, en términos de filosofía postdarwiniana y postschopen- haueriana; Wágner, en términos de mitología politeísta, e Ibsen, en términos de dramaturgia parisina de media- dos del siglo XIX. Nada es nuevo en estos asuntos sino sus novedades; por ejemplo, es una novedad llamar wille (voluntad) la justificación por la fe y vorstellung XLII PREFACIO (representación) la justificación por la acción. El único provecho de la novedad consiste en que usted y yo compramos y leemos el tratado de Schopenhauer sobre la Voluntad y la Representación, y ni en sueños se nos ocurriría comprar una serie de sermones sobre la Fe contra la Acción. En el fondo la controversia es la mis- ma y los resultados dramáticos son los mismos. Bunyan no trata de presentar a su peregrino como más juicioso o de mejor conducta que Mr. Worldly Wiseman. Los peores enemigos de este último, Mr. Embezzler, Mr. Never-go-to-Church-on-Sunday, Mr. Bad-Form, mís- ter Murderer, Mr. Burglar, Mr. Corespondent, Mr. Black- maiier, Mr. Cad, Mr. Drunkard, Mr. Labor Agitator (1) y así sucesivamente, pueden leer El Progreso del Peregri- no sin encontrar una palabra dicha contra ellos, mientras la gente respetable que los critica y los mete en la cárcel, Mr. Worldly Wiseman mismo y su joven amigo Civility, así como Formalist e Hypocrisy, Wildhead, Inconside- rate y Pragmatick (que evidentemente fueron jóvenes estudiantes universitarios de buena familia y vida rega- lada), aquel muchacho decidor Ignorance, Talkative, By-Ends of Fairspeech y su madre política lady Feig- ning y otros reputados ciudadanos y caballeros salen muy malparados. Hasta Little Faith, aunque al fin va al cielo, es supuesto haber merecido, siéndole bien em- pleado, el haber sido maltratado e insultado por los hermanos Faint Heart, Mistrust y Guilt, los tres conoci- dos miembros de la sociedad respetable y verdaderas columnas de la ley. Toda la alegoría es un enérgico ataque a la morali- dad y la respetabilidad, sin una palabra contra el vicio y el crimen. Exactamente lo que se lamenta en Nietzsche (l) Todos nombres simbólicos de los personajes de Bunyan.— fM del 7.) PREFACIO XLIII e Ibsen, ¿no es verdad? Y también exactamente lo que se lamentaría en toda la literatura, que es bastante gran- de y de bastante edad para haber llegado al rango ca- nónico, oficial o no oficialmente, si no fuese que los libros son admitidos en el canon por un convenio que confiesa la grandeza de los mismos siempre cuando lle- ga a anular su sentido verdadero. Así el reverendo pres- bítero puede estar conforme con el profeta Micheas en cuanto a su estilo inspirado, pero sin compartir en modo alguno sus opiniones furiosamente radicales. Yo mismo, pluma en mano, como me obligo a mi mismo a ser atento y cortés, veo muchas veces desha- cerse toda la fuerza de mi ataque ante una sencilla po- lítica de no resistencia. En vano trato de duplicar la vio- lencia del lenguaje en que proclamo mis heterodoxias. Me burlo de la credulidad teísta de Voltaire, la supers- tición amorista de Shelley, el revivir del zahorismo de tribus primitivas y ritos idolátricos a que Huxley llamó Ciencia y erróneamente tomó por un ataque al Penta- teuco, lo mismo que me burlo de la balumba de papa- rruchas eclesiásticas y profesionales que guarda las apa- riencias del estúpido sistema de violencia y rapiña al que llamamos Ley e Industria. Hasta los ateos me echan en cara mi infidelidad y los anarquistas mi nihilismo, porque no puedo aguantar sus latiguillos morales. Y, sin embargo, en vez de gritar: «mandad al palo a ese inconcebible satanista», los más respetables periódicos me dan importancia anunciando «otro libro del brillante y sesudo escritor». Y el ciudada- no corriente, sabiendo que un autor del que habla bien un periódico respetable no tiene defecto, me lee a mí como lee a Micheas, sin que su conciencia se inquiete y con perfecta edificación. Cuentan que por los años XLIV PREFACIO de 1870 una señora anciana, muy devota metodista, se mudó de Colchester a una casa cercana a City Road, en Londres, donde, confundiendo el Hall of Science (1) con una capilla, se sentaba entre el público para escuchar a Charles Bradlaugh, durante muchos años, arrebatada por su elocuencia, sin sospechas de su ortodoxia y sin que su fe mermara en un ápice. Temo que me veré de- fraudado de mi justa corona de mártir, de la misma manera. Pero estoy divagando, como siempre hace el hombre que tiene algún motivo de queja. Y, después de todo, lo principal, para determinar la calidad artística de un libro, no son las opiniones que propaga, sino el hecho de que el que lo escribió tiene opiniones. Aquella señora anciana de Colchester tenía razón al solear su alma sen- cilla en la enérgica radiación de las genuinas creencias e increencias de Bradlaugh, mejor que entumecerse oyendo una fría conferencia, de las que se estilan, sobre lo que es la luz y el calor. Mi desprecio por lo que se llama literatura y por los aficionados que llegan a ser los héroes de los que se entusiasman con la virtuosidad literaria no se funda en ninguna ilusión mía respecto de la permanencia de las formas de pensamiento (llámelas opiniones) por las que me esfuerzo en comunicar a los demás mis ideas. Para los que son más jóvenes que yo, ya han pasado de moda, porque aunque no han perdi- do su lógica, lo mismo que un pastel del siglo xviii no ha perdido su dibujo y su colorido, muestran algún de- terioro, como el pastel, y se irán deteriorando hasta per- der todo su valor, cuando mis libros o perezcan o, si el mundo todavía está bastante pobre para necesitarlos, tengan que sostenerse, como los de Bunyan, por calida- (1) Centro científico de Londres.— fN. del T.) PREFACIO XLV des enteramente amorfas de temperamento y energía. Con tal convicción no puedo ser literato acicalado. Claro que tengo que reconocer, como hasta el Antiguo Marino hizo, que debo contar mis historias de un modo divertido si quiero tener pendiente de mis labios al con- vidado a la boda, a pesar de los cantos de sirena del fa- got sonoro. Pero ^por el amor al arte> sólo no me tomaría el tra- bajo de escribir una sola frase. Sé que hay hombres que, no teniendo nada que decir y nada que escribir, están, sin embargo, tan enamorados de la oratoria y la litera- tura, que se deleitan con repetir cuanto pueden entender de lo que otros han dicho y escrito antes. Sé que los trucos cómodos que su falta de convicción les deja libres de ejecutar con una idea diluida y mal digerida les pro- porciona una agradable habilidad de salón que llaman estilo. Puede inspirarme lástima su necedad y, con todo, simpatía con su capricho. Pero digo que un verdadero estilo original nunca se crea para sí mismo. Un hombre podrá pagar desde un chelín a una guinea, según sus medios, por ver, oir o leer una producción genial de otro hombre, pero no sacrificará toda su vida y toda su alma por llegar a ser un mero virtuoso en literatura, os- tentando una perfección que ni siquiera le proporciona- rá dinero como tocar el violín. La afirmación efectiva es el alfa y el omega del estilo. El que no tenga nada que afirmar no tiene estilo ni puede tenerlo; el que ten- ga algo que afirmar alcanzará un poder de estilo tan grande como la importancia de su afirmación y la fuer- za de su convicción lo permitan. No esté usted conforme con su afirmación; de todos modos quedará su estilo. Darwin no destruyó el estilo de Job ni de Handel, lo mismo que Martino Lutero no destruyó el de Giotto. XLVI PREFACIO Todas las afirmaciones llegan más pronto o más tarde a ser negadas, y asi encontramos al mundo lleno de mag- níficas reliquias de fósiles artísticos, despojadas de la evidencia simplista que les daba vida, pero conservan- do aún el esplendor de su forma. Y esta es la razón por que tanto gustan los antiguos maestros y encantan nuestra sensibilidad. Un pintor de la Real Academia cree que puede adquirir el estilo de Giotto sin compartir sus creencias religiosas y, encima, corregir su perspectiva. Un literato de nuestros días se figura que puede lograr el estilo de Bunyan o de Sha- kespeare sin identificarse con su modo de ver las cosas, especialmente si se cuida de no descomponer sus infini- tivos. Y así pasa con los doctores en Música, que, si sus colecciones de discordancias son debidamente prepara- das y disueltas, o retrasadas o adelantadas, a la manera de los grandes compositores, se imaginan que pueden aprender el arte de Palestrina por el tratado de Cheru- bini. Todo ese arte académico es mucho peor que el comercio de muebles antiguos imitados, porque el hom- bre que nos vende un arcón de roble jurando que data del siglo XIII, cuando sabe que él mismo lo ha fabricado, por lo menos no pretende que en ese arcón haya algu- nas ideas modernas. En cambio, los copiadores aca- démicos de fósiles nos ofrecen sus copias como la más reciente emanación del espíritu humano, y, lo que es lo peor de todo, acaparan a jóvenes como discípulos y los persuaden de que sus deficiencias son reglas, sus malas artes perfecciones, sus timideces buen gusto y sus vaciedades purezas. Y cuando declaran que el arte no debiera ser didáctico, todos los que no tienen nada que enseñar y todos los que no desean aprender los aplauden entusiasmados. PREFAaO XLVII Me precio en no ser uno de esos sensitivos. Si usted estudia la luz eléctrica que le suministro de la manera desahogada que de vez en cuando le inspira jocosas quejas, encontrará que su casa contiene una gran canti- dad de alambre de cobre altamente susceptible que se satura de electricidad a sí mismo y no le da a usted luz alguna. Pero hay aquí o allí un trecho nada conductor, de gran resistencia, y ese trecho recalcitrante lucha con la corriente y no la quiere dejar pasar hasta que se haya hecho útil para usted suministrándole luz y calor, dos esencias vitales que podemos exigir de la literatura. Ahora, si no he de ser meramente el hombre del alam- bre de cobre, y he de hacerme autor luminoso, tengo que ser también una persona intensamente refractaria, obligada a toda clase de irregularidades en momentos oportunos y con posibilidades de incendio. Estos son los defectos de mis buenas calidades, y le aseguro que a veces me disgusto a mí mismo tanto, que cuando por casualidad algún crítico irritable, en un momento así, acierta a darme un palo, me siento indeciblemente ali- viado y agradecido. Pero nunca se me ocurre, ni en sue- ños, enmendarme, pues sé que tengo que tomarme como soy y sacar de mi caletre lo que puedo. Todo eso lo com- prenderá usted, pues existe entre nosotros una comuni- dad de material: ambos somos críticos de la vida, así como del arte; y quizás haya usted dicho para sus aden- tros, al verme pasar por delante de sus ventanas: <;Por Dios, ese que pasa soy yo!...> Reflexión medrosa y puri- ficadora que ha de ser la cadencia final de esta carta, exageradamente larga, de su afectísimo G. Bernard Shaw. Woking, 1903. XLVIII PREFACIO P. D. En medio de unas discusiones intelectuales sin pre- cedente sobre este libro nuestro— desgraciadamente, usted ha observado en todo ello el silencio más completo—, me veo abocado al hecho de preparar una nueva edición. Aprovecho la ocasión para rectificar alguna que otra falta. Habrá usted notado (seguro estoy que nada más que usted) que me des- colgué con una cita de Ótelo dándola como si fuera de Un cuento de invierno. Esto siento bastante tener que rectificar- lo, pues aquel pasaje se aplicarla tan perfectamente a Flori- zel y Perdita. Pero no hay que bromear con Shakespeare. Así, pues, devuelvo a Desdémona lo que le pertenece. Con todo, el libro no ha resultado mal. A los críticos de más autoridad les ha hecho impresión; los de menor cuantía se encuentran cohibidos; los inteligentes en literatura sien- ten un cosquilleo agradable ante mi valentía (empeñada por dar gusto a usted); sólo los humoristas, por extraño que parezca, me reprenden y riñen como asustados de ver que alguien penetra en su coto. No todos mis críticos me han comprendido. Lo mismo que les pasa a los ingleses en Fran- cia, que emiten alegres y confiados sus diptongos británicos creyendo que son buenas vocales francesas, muchos de ellos ofrecen, como muestras de la filosofía de Shavv, artículos que sólo son de su propia cosecha. Otros son víctimas de asocia- ciones de ideas. Me llaman pesimista porque mis observa- ciones hieren a su suficiencia, y renegado porque preferiría que los que protestan tumultuariamente contra mí, fueran todos Césares en vez de gentes del montón: Tom y Dick y Harry. Lo peor de todo: he sido acusado de predicar el ad- venimiento de un superhombre ético, lo mismo que nuestro antiguo amigo, el Hombre Justo, hizo a Perfecto. Esta equi- vocación es tan molesta, que dejo la pluma descansar ya, por miedo de verme tentado de hacer la postdata aún más larga que la carta. HOMBRE Y SUPERHOMBRE PERSONAJES JOHN TANNER. ROEBUCK RAMSDEN. SUSANA RAMSDEN. OCTAVIO ROBINSON. VIOLETA ROBINSON. MRS. WHITEFIELD. ANA WHITEFIELD. MALONE. HÉCTOR MALONE. ENRIQUE STRAKER. UNA DONCELLA. MENDOZA, jefe de bandoleros. VARIOS BANDOLEROS. UN OFICIAL. EL DIABLO. DON JUAN TENORIO. LA ESTATUA DEL COMENDADOR. DOÑA ANA DE ULLOA. La acción del primer acto, en Londres; del segundo, cerca de Richmond; del tercero, en la Sierra Nevada, y del cuarto, en Granada.— Época actual. ACTO PRIMERO Roebuck Ramsden está en su despacho abriendo la correspondencia de la mañana. El estudio, amueblado elegante y seriamente, revela el hombre de buena posición. No se ve ni rastro de polvo. Se nota desde luego que hay en la casa, por lo menos, dos criadas y una doncella, amén de an criado que descansa poco. Hasta el vértice del cráneo de Ramsden está pulido, tanto que, en un día de sol, podría heliografiar sus órdenes a campamentos leja- nos, con sólo menear la cabeza. En ningún otro concepto, sin embargo recuerda al hombre militar. Es en la vidf^ civil activa que los hombres adquieren aquel cure hinchado de importan :ia, aquella espera de deferencia por parte de los demás, aquel modo de hablar que ahora no admite réplicas y en un tiempo, antes del ascenso deseado y k; obtención del poder e in- fluencia suficiente, fué circunspecto y atento. 1^1 es más que un personaje respetable; se caracteriza como presidente de personajes respetables, como principal entre directores, como alcalde entre concejales. Cuatro tufos de pelo cano, que pronto estará tan blanco como la nieve, caen en dos pares simétricos por encima de sus orejas y en los ángulos de sus anchas mejillas. Lleva una levita negra, un chaleco blanco hace un tiempo espléndido de primavera) y pantalones ni negros ni perciptiblemente azules, c'e una de esas telas indefinidas, camaleón que los fabricantes modernos producen para eu-monizarlas con las opiniones y conv cci ones de los hombres respeta- bles. Todavía no ha salido de casa hoy, de me do que está en zapatillas, y sus botas están preparadas para él delante de le. chimenea. Siendo de supo- ner que no tiene ayuda de cámara, y al ver que no tiene secretario que sepa taquigrafía y escribir a máquina, uno considere cuan poco los hábitos case- ros de nuestra alta burguesía han sido moditicados por los métodos y ade- lantos nuevos, asi como por las iniciativas áe las Compañías de ferrocarriles 4 HOMBRE Y SUPERHOMBRE y hoteles que nos proporcionan una estancia en la playa de Folkestone, desde el sábado hasta el lunes, con hospedaje impecable y billete de ida y vuelta en primera clase, todo por dos guineas. ¿Qué edad tiene Ramsden? La cuestión tiene importancia al principio de un drama de ideas, porque en tales circunstancias todo depende de si su juventud está en los sesenta o en los ochenta. Pues nació, digámoslo sin ambages, en 1839; de modo que tiene ahora sesenta y cuatro años, y ha sido, desde muchacho, unitarista y librecambista, y, desde la publicación del Origen de las Especies, evolucionista. En consecuencia, siempre se ha considerado a sí mismo como pensador adelantado y reformador im- pertérrito. Sentado a su mesa de escribir, tiene a su derecha las ventanas que dan a Portland Place. Al través de ellas, como por un proscenio, el espectador curioso puede contemplar su perfil por cuanto permiten los cristales. A su izquierda está la pared del interior, con una libreria considerable, y la puer- ta, no en el centro, sino un poco más allá de él. Junto a la pared, enfrente de él, hay dos bustos encima de sus correspondientes columnas: el uno, a su iz- quierda, de John Bright; el otro, a su derecha, de Mr. Herbert Spencer. Entre ellos está colgado un retrato grabado de Richard Cobden, fotografías ampli- ficadas deMartineau,Huxley y George Eliot, autotipias de alegorías de mlster G. F. Watts (porque Ramsden cree en las bellas artes con toda la convicción de un hombre que no entiende una jota de ellas) y un impreso del grabado hecho por Dupont del hemiciclo de los Beaux Arts de Delaroche, represen- tando el gran hombre de todas las épocas. En la pared, detrás de él, encima de la chimenea, cuelga un retrato de familia de impenetrable obscuridad. Hay una silla cerca de la mesa de escribir a la disposición de las visitas de negocio. Hay otras dos sillas cerca de la pared entre los bustos. Entra una doncella con una tarjeta de visita en la mano. Ramsden la coge y menea la cabeza complacido. Evidentemente es una visita grata. Ramsden.— Diga a ese caballero que pase. (La doncella sale y vuelve seguida de la visita.) Doncella.— Míster Robinson. Mr. Robinson es realmente un joven de aspecto sumamente simpático. Desde luego se piensa que va a ser el joven gedán, porque no hay razón para suponer que otro personaje tan atractivo pueda aparecer en una misma obra- Su cuerpo esbelto y bien formado; su traje elegante, de luto riguroso; su ca- beza pequeña y rasgos regulares; su bonito y fino bigote; sus ojos claros y francos; su tez sonrosada; su cabello lustroso y bien cepillado, no rizadO/ pero fino y de hermoso color negro; el arco de buena naturaleza de sus ce- jas; la frente alta y el mentón algo apimtado, todo indica que el hombre HOMBRE Y SUPERHOMBRE 5 luego amará y sufrirá. Y que esto no sucederá sin que se granjee leis simpa- tías del público lo garantizan la sinceridad que previene en su favor y la ser- viciabilidad modesta e insistente que le señala como hombre de índole amable. En cuanto entra el joven, la cara de Ramsden resplandece de cariño paternal y tigrado, cuya expresión se matiza con decorosa comprensión al acercársele el joven con tanto luto en su semblante como en su traje negro. Ramsden, evidentemente, conoce el motivo del luto. Al avanzar la visita silenciosamente hacia la mesa de escribir, el anciano se levanta y por encima tiende la mano sin decir una palabra. Sigue un apre- tón largo y cariñoso que indica la historia de una dolorosa pérdida común. Ramsden. — (concluyendo el apretón y recobrando su expresión habitual.) Vamos, vaiTios, Octavio, a todos nos ha de lle- gar, más tarde o más temprano. Siéntate, hombre. (octavio ocupa la silla junto al escritorio. Ramsden vuelve a ocupar su sillón de despacho.) Octavio. — Sí, hay que resignarse, míster Ramsden. Pero yo le debía tanto al difunto... Hizo por mí tanto como pudiera haber hecho mi propio padre, de haber vivido. Ramsden.— No tenía hijo suyo, como sabes. Octavio. — Pero tenía hijas, y, sin embargo, fué tan bueno para con mi hermana como para mí. ¡Y qué re- pentina ha sido su muertel Yo siempre tenía la inten- ción de expresarle mi agradecimiento, de demostrarle que no tomaba como cosa natural todo su cariño por mí, como cualquier muchacho toma el cariño de su pa- dre. Pero yo esperaba una ocasión oportuna, y ahora está muerto, sin que nada indicara la proximidad de se- mejante desgracia. Nunca sabrá mis sentimientos para con él. (Saca su pañuelo y llora sinceramente.) Ramsden.— ¿Quién lo sabe. Octavio? Puede que lo sepa, no digamos. jVaya, no te aflijas demasiado! (octa- vio se domina y se mete el pañuelo en el bolsillo.) Así. Ahora te 6 HOMBRE Y SUPERHOMBRE voy a decir algo que podrá consolarte. Cuando le vi la última vez... en esta misma habitación fué... me dijo: «Octavio es un excelente muchacho y un alma noble, y cuando veo el poco cariño que algunos inspiran a sus hijos, me doy cuenta de que para mí es mucho mejor que un hijo.» i Vamos! ¿Qué dices a esto? Octavio.— Míster Ramsden, solía decirme que en el mundo había encontrado a un solo hombre que era la personificación del honor, y que ese hombre era Roe- buck Ramsden. Ramsden. — Era favor que me hacía. Eramos muy an- tiguos amigos, como sabes. Pero acerca de ti decía aún otra cosa, pero no sé si debo hablarte de ella o no. Octavio. — Usted dabe saberlo mejor que nadie. Ramsden. — Era algo que se relacionaba con su hija. Octavio.— (con vivo interés.) ¡Ahí respecto de Ana. Díga- me, dígame lo que es, míster Ramsden. Ramsden. — Pues me dijo que se alegraba, después de todo, de que no fueras su hijo, porque pensaba que al- gún día Anita y tú... (octavio se enrojece vivamente.) En fin, tal vez no debiera yo decir nada. Pero lo decía en serio mi pobre amigo. Octavio.— ¡Ay, si siquiera estuviese yo seguro de que ella me quierel Ya sabe usted, míster Ramsden, que a mí el dinero me tiene sin cuidado, y lo mismo lo que la gente llama posición. Me es imposible interesarme por semejantes cosas ni luchar por ellas. Pues Ana tiene una naturaleza muy exquisita, pero está tan acostumbrada a verse en medio de esas cosas, que considera incompleto el carácter de un hombre si no es ambicioso. Sabe que si se casase conmigo tendría que hacer esfuerzos de vo- luntad para no avergonzarse de no sobresalir yo en nada- Ramsden. — (Levantándose y plantándose de espaldas a la chime- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 7 nea.) Tontería, hijo, tontería. Eres demasiado modesto. ¿Qué sabe ella, a su edad, del valor real de los hombres? (Más serio.) Además, es una muchacha que tiene el senti- miento del deber hasta dejarlo de sobra. Los deseos de sus padres serán sagrados para ella. ¿Querrás creer que desde que tiene uso de razón no recuerdo que una sola vez haya dado su propio deseo como motivo para hacer o dejar de hacer alguna cosa? Siempre era lo mismo- «Papá quiere> o «a mamá no le gustaría». Es casi un defecto ya. Muchas veces le he dicho yo que debía acos- tumbrarse a pensar por sí misma. Octavio. — (Meneando la cabeza.) No podría yo pedir su mano, míster Ramsden, alegando que era un deseo de su difunto padre. Ramsden. — Hombre, claro que no. Ya me hago cargo. Pero si la conquistaras por tu propio mérito, sería para ella una doble dicha el saber que su propio deseo había coincidido con el de su padre. ¿Eh? ¿Qué te parece? De modo que harás tu petición, ¿verdad? Octavio. — (con alegría melancólica.) De todos modos, le aseguro que no he de pedir la mano de otra en mi vida. Ramsden. — Ni falta que hará, hombre. Te aceptará, querido... aunque (Aquí se pone de repente muy serio.) tíeneS un gran inconveniente. Octavio. — (Angustiado.) ¿Qué inconveniente es ése, mís- ter Ramsden? Mejor dicho, ¿cuál es de mis muchos in- convenientes? Ramsden. — Pues te diré, Octavio, (coge de la mesa un iibro encuadernado en tela roja.) Teugo aquí uu ejemplar de la obra más infame, más escandalosa, más maléfica, más ruin que jamás se haya escapado de ser quemada en público por mano del verdugo. No la he leído. No quisiera man- char mi espíritu con semejante inmundicia, pero he leí- 8 HOMBRE Y SUPERHOMBRE do lo que dicen de ella los periódicos. Me basta y me so- bra con el título. (Lee.) «Manual y Guía de bolsillo del Revolucionario>, por John Tanner, I. D. L. C. R. H., in- dividuo de la clase rica holgazana. Octavio. - (sonriendo.) Pero si Juanito... Ramsden.— (Mohíno.) Te suplíco que no le llames Jua- nito en mi presencia. (Tira con violencia el libro sobre la mesa. Entonces, algo aliviado, se acerca a Octavio por delante de la mesa y se dirige a él con energía y seriedad.) No, OctaviO; Sé que mi di- funto amigo tenía razón al decir que eres un joven ge- neroso. Sé que ese hombre ha sido condiscípulo tuyo y que te crees obligado a defenderle porque fuisteis ami- gos. Pero te ruego consideres que ya han cambiado las circunstancias. Has sido tratado como hijo en casa de mi pobre amigo. Allí vivías y no era posible enseñarle la puerta a tu condiscípulo. Allí entraba y salía aquel Tan- ner, con pretexto de verte, casi desde niño. Llamaba a Anita por su nombre con tanta libertad como tú. Pues bien, mientras vivía el padre de ella, eso era asunto de él, no mío. Ese Tanner para él era un chico, sus opinio- nes le hacían sonreír, como si hubiesen sido un sombre- ro de hombre en cabeza de niño. Pero ahora Tanner es un hombre hecho y derecho, y Anita una mujer. Y el padre ya no está. No conocemos todavía el contenido del testamento; pero muchas veces me habló de ello, y estoy tan seguro como de que estás sentado ahí de que me ha nombrado a mí albacea y tutor de Anita. (violen- to.) Ahora te digo, una vez para siempre, no puedo ni quiero que quede Anita en una situación que tenga, por consideración a ti, que sufrir las familiaridades de aquel individuo. Mi conciencia no me lo consiente. ¿Qué tienes que decir a esto? Octavio. — Pero si Ana misma le ha dicho a Juanito HOMBRE Y SUPERHOMBRE 9 que, sean las que sean sus opiniones, siempre será bien- venido por haberle conocido su querido padre. RaMSDEN. — (Perdiendo la paciencia.) Esta chica eStá lOCa con eso del deber para con sus padres, (se precipita como un buey aguijoneado en dirección del busto de John Bright, en cuya expre- sión no hay simpatía para él. Hablando se vuelve hacia Herbert Spen- cer, quien le recibe con más frialdad aún.) Dispensa, OctaviO, pero hay un límite a la tolerancia social. Sabes que no soy un hombre de ideas preconcebidas o estrechas. Sa- bes que me llamo lisa y llanamente Roebuck Ramsden, mientras otros que han hecho menos tienen buenos títu- los que añadir a sus apellidos; porque yo he peleado por la igualdad y por la libertad de conciencia, mientras ellos han estado rebajándose delante de la iglesia y de la aristocracia. Mi pobre amigo Whitefield y yo perdi- mos una ocasión tras otra por nuestras ideas avanzadas. Pero lo del anarquismo y el amor libre y cosa por el es- tilo no va conmigo. Si he de ser el tutor de Anita, ten- drá que enterarse de que tiene deberes para conmigo. No lo consiento. No lo quiero tolerar. Tiene que prohibir la entrada a John Tanner, y en el mismo caso estás tú. (La doncella vuelve.) Octavio. — Pero... Ramsden. — (señalando la doncella.) ¡Chist! ¿Qué hay? Doncella. — Ahí está míster Tanner, que desea hablar- le, señor. Ramsden. — ¡Míster Tanner dice usted!... Octavio.— ¡Hombre, Juanito! Ramsden.— ¿Cómo se atreve míster Tanner a visitarme a mí? Dígale que no le puedo recibir. Octavio.— (ofendido.) Siento mucho que quiera usted cerrar la puerta de su casa a mi amigo de esta manera. Doncella.— (con caima.) Cerrar la puerta, no. Míster 10 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Tanner está arriba en el salón con miss Ramsden. Vino con la señora Whitefield y miss Ana y miss Robinson. (Ramsden se queda sin habla por la impresión que le produce esta noticia.) Octavio. — (Riéndose suavemente.) Cosas de Juanito, mís- ter Ramsden. Debe usted recibirle aunque no sea más que para echarle de casa. Ramsden. — (Hablando con labios trémulos y rabia reprimida.) Vaya usted arriba y dígale a míster Tanner que haga.el favor de bajar. (La doncella sale y Ramsden vuelve a la chimenea como a una posición fortificada.) jVamOS, eS Un pOCO fuertel... iHabráse vistol... Si estos son los procedimientos de esa gentuza anarquista, ihay que ver! Y pensar que... ¡va- mosl Anita con él. Ani... A... A... (Balbucea.) Octavio. — Es verdad, a mí también me sorprende eso. Precisamente parece que se asusta de Ana. No me cabe duda, algo sucede. Mr. John Tanner, de repente, abre la puerta y entreu Es demasiado joven para ser descrito como un hombre gordo con barba. Pero desde luego se ve que así será cuando avance en años. Todavía tiene algo de la esbeltez juvenil, pero sus empeños no son ostentíU' juvenilidad. Su levita no le vendría mal a un presidente del Consejo de ministros, y cierto movimiento altanero de los hombros, cierta actitud tiesa de la cabeza y la olímpica majestad con que una melena, o mejor dicho, un manojo tremendo de pelo, color avellana, oscila por encima de una frente imponente, más bien recuerda a Júpiter que a Apolo. Habla con una facilidad pasmoseí, es un hombre de movimiento continuo, que se excita por nada (hay que fijarse en las ventanas palpitantes de su nariz y sus movibles ojos azules, imperceptiblemente más abiertos de lo normal) y tal vez una miaja loco. Viste con pulcritud, no por la vanidad que no puede pasarse sin ostentación, sino por la convicción de la importan- cia de todo lo que hace, que le impulsa a prestar la misma atención a una visita que otros prestan a casarse o a poner la primera piedra de un edificio Es un hombre sensitivo, susceptible, exaigerado, serio; un megalomaniático' HOMBRE Y SUPERHOMBRE 11 que seria hombre perdido si no tuviese desarrollado el sentido humorístico. Precisamente en este momento dicho sentido se ha eclipsado. El decir que está excitado no es decir nada; está literalmente en ebullición. En este momento está en la fase del susto mayúsculo, y se va derecho a Ramsden como si hiera a pegarle un tiro en el acto, Pero lo que saca de su bolsillo in- terior no es una pistola, sino un pliego de papel de barbas que refriega bajo las narices indign?.das de Ramsden, exclamando... Tanner.— Ramsden, ¿sabe usted lo que es esto? Ramsden. — (Tieso.) No, caballero. Tanner.— Es una copia del testamento de Whitefield. Ana la logró esta mañana. Ramsden. — Al decir Ana, querrá usted decir miss Whitefield. Tanner.— Al decir Ana, quiero decir Ana, nuestra Ana, la Ana de usted, la Ana de Octavio, y ahora... jDios me tenga de su mano! jMi Ana! Octavio.— (Levantándose muy pálido.) ¿Qué quieres decir? Tanner. — ¿Que qué quiero decir? (Levanta ei testamento.) . ¿Saben ustedes a quién se nombra tutor de Ana por este testamento? Ramsden. — (con frialdad.) A mí, supongo. Tanner.— ¿A usted?... A usted y ¡a mí, a mí, a mí!... ¡A los dos! (Tira el testamento sobre la mesa de escribir.) Ramsden. — ¡Usted! ¡Imposible! Tanner.— ¡Desgraciadamente, es la horrible verdad!... (Se deja caer en la silla de Octavio.) RamsdeU, SáqUCme USted de este berenjenal de cualquier modo. Usted no conoce a Ana como yo. Cometerá cualquier crimen que cual- quier mujer decente pueda cometer, y se justificará de todos'ellos diciendo que fué la voluntad de sus tutores. Nos ha de echar la culpa de todo, y no tendremos so- bre ella más autoridad que la que podríamos tener un par de ratones sobre un gato. 12 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Octavio. — ¡Juanito, no me gusta que hables así de Ana!... Tanner.— Este muchacho está enamorado de ella. Esta es otra complicación. Pues bien, lo que va a suce- der es lo siguiente: ella, o le plantará diciendo que no era de mi agrado su elección, o se casará con él dicien- do que usted se lo había mandado. Le digo a usted que este es el golpe más fatal que haya herido a un hombre de mi edad y temperamento. Ramsden.— Déjeme ver ese testamento, caballero, (va a la mesa y coge el pUego.) No puedo Creer que mí pobre amigo Whitefield haya dado muestra de tan poca con- fianza en mí, que me haya querido asociar con... (su segu- ridad viene abajo a medida que va leyendo.) Tanner. — El caso es que tengo yo la culpa de todo. Esta es la horrible ironía de ello. Un día Whitefield me dijo que usted había de ser el tutor de Ana en caso de morir él. Y como un tonto empecé yo a argumentar so- bre lo ilógico que era poner a una mujer joven bajo la tutela de un hombre viejo con ideas atrasadas... Ramsden. — (Atónito.) ¡Yo ideas atrasadasl... Tanner.— Completamente. Estaba yo acabando un fo- lleto intitulado «Fuera los Gobiernos con canas», y esta- ba lleno de argumentos y pruebas. Dije que lo mejor era combinar la experiencia de un viejo con la vitalidad de un joven. Que me ahorquen si no me cogió la palabra y modificó su testamento en aquel sentido, pues está fe- chado unos quince días después de aquella conversa- ción, y me designa a mí como cotutor con usted. Ramsden.— (Pálido y decidido.) Me negaré a aceptar el cargo. Tanner.— No le valdrá. Me he estado yo negando por todo el camino desde Richmond, pero Ana dice y repite HOMBRE Y SUPERHOMBRE 13 que, claro está, ya no es más que una huérfana, y no puede esperar que las personas que con gusto iban a su casa en tiempos de su padre, quieran ahora molestarse en ocuparse de ella. Este es el último papel por ahora. ¡Una pobre huérfana! Es como si oyese uno a un aco- razado quejarse de estar a merced de las olas y los vientos. Octavio. — Eso no está bien, Juanito. Ella es huérfana, no le des vueltas. Y tú debieras protegerla. Tanner. — ¡Protegerla! ¿Qué peligros son los que la ro- dean? Tiene de su lado la ley, tiene de su lado el senti- miento popular, tiene la mar de dinero y ninguna con- ciencia. Todo lo que quiere de mí es cargarme con todas sus responsabilidades morales y hacer su voluntad a costa de mi buena fama. Yo no la puedo vigilar y man- dar, y ella puede comprometerme a mí cuantas veces se le antoje. Lo mismo como si fuese yo su marido. Ramsden.— Puede usted negarse a aceptar la tutoría. Yo, por mi parte, me negaré a compartirla con usted. Tanner. — Sí; ¿y qué dirá ella a todo eso? ¿Qué dice ella? Pues que, para ella, los deseos de su padre son sa- grados, y que siempre me mirará como a su tutor, lo mismo si asumo la responsabilidad del cargo que si no la asumo. ¡Niegúese! Lo mismo seria negarse a ser en- vuelto por una serpiente boa que ya le estuviese apre- tando el cuello. Octavio.— Lo que hablas es poco atento para conmi- go, Juanito. Tanner. — (Levantándose y acercándose a Octavio para consolar- le, pero todavía lamentándose.) Sí necesitaba UU tutor joveu, ¿por qué no designó a Octavito? Ramsden.— ¡Ah! sí, lo mismo digo. Octavio.— Pues, miren, me hizo indicaciones, pero yo 14 HOMBRE Y SUPERHOMBRE me negué a aceptar porque estaba enamorado de Ana. No tenía derecho a imponerme a ella como tutor nom- brado por su padre. Le habló de ello, y Ana dijo que yo tenía razón. Sabe usted, míster Ramsden, que yo la quie- ro. Y también lo sabe Juanito. Si Juanito amase a una mujer, yo no la compararía con una serpiente boa delan- te de él, por muy antipática que me fuese, (se sienta entre los bustos y vuelve la cara hacia la pared.) Ramsden.— No creo que Whitefield estaba en sus ca- bales cuando hizo el tal testamento. Usted ya dijo que lo hizo influido por usted. Tanner.— Debiera usted agradecerme mucho mi in- fluencia. Deja para usted, para recompensar sus moles- tias, una manda de dos mil quinientas libras. A Octavi- to le deja un dote para su hermana y cinco mil libras para él. Octavio. — (Dejando otra vez correr sus lágrimas.) ¡Oh! Yo nO puedo aceptar. Ha sido demasiado bueno para nosotros. Tanner.— Chico, no cobrarás nada si Ramsden pro- testa el testamento. Ramsden.— ¡Ah! Ya veo que me han metido en un ca- llejón sin salida. Tanner. — A mí no me deja más que el encargo de vi- gilar a Ana, alegando que ya tengo más dinero de lo que me conviene. Esto prueba que estaba en pleno uso de su razón. ¿No le parece? Ramsden.— (con fiereza.) Lo confieso. Octavio. — (Levantándose y abandonando su refugio junto a la pared.) Míster Ramsden, yo creo que abriga usted prejui- cios acerca de Juanito. El es un hombre de honor e in- capaz de abusar... Tanner. — Calla, hombre, que me vas a poner malo. Yo no soy un hombre de honor, soy un hombre aplasta- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 15 do por una mano muerta. Octavito, tienes que casarte con ella después de todo y quitármela de encima. ¡Y yo que me había empeñado en salvarte de ella! Octavio.— ¡Oh, Juanito, hablas de salvarme de mi mayor felicidadl Tanner. — Sí, una felicidad de toda la vida. Si fuese sólo la felicidad de la primera media hora, Octavio, la compraría para ti con mi último penique. iPero una fe- licidad de toda la vida! Ningún hombre en este mundo podría soportarla; sería el infierno en la tierra. Ramsden.— (violento.) Saudeces, caballero. Hable usted con sentido común; si no, que le escuche quien quiera. Tengo otras cosas que hacer que escuchar sus tonterías. (Va a su sillón de despacho y vuelve a sentarse.) Tanner. — ¿Has oído. Octavio? Ni una idea, en su ca- beza, posterior al año 86. No podemos dejar a Ana ex- clusivamente en manos de semejante tutor. Ramsden.— Estoy orgulloso de su desprecio por mi ca- rácter y opiniones, caballero. Las suyas están estampa- das en este libro, según creo. Tanner. — (vendo con viveza hacia la mesa.) ¡CÓmO, ha COm- prado usted mi libro! ¿Qué le parece a usted? Ramsden.— Pero ¿usted cree que yo iba a leer seme- jante libro? Tanner.— Entonces ¿por qué lo ha comprado? Ramsden.— No lo he comprado. Me lo mandó alguna señora tonta que parece admirar las ideas de usted. Iba a ponerlo en su sitio cuando vino Octavio a interrum- pirme. Voy a hacerlo ahora, con su permiso. (Tira ei ubro en el cesto de los papeles con tal vehemencia, que Tanner retrocede con la impresión de que se lo tiró a la cabeza.) Tanner.— Según veo, es usted como yo, no le gustan los rodeos. Mejor, esto facilitará nuestros tratos, (se vuei- 16 HOMBRE Y SUPERHOMBRE ve a sentar.) ¿Qué piensa usted hacer en eso del testa- mento? Octavio. — ¿Me permiten hacer una pregunta? Ramsden.— Bien, hombre, habla. Octavio.— ¿No les parece que hasta la fecha no sabe- mos lo que Ana piensa sobre el asunto? Ramsden.— Es verdad, y estoy conforme con que Ana sea consultada por si tuviese que hacer objeciones ra- zonables. Pero no olvidemos que es una mujer, y una mujer joven y sin experiencia por añadidura. Tanner.— Ramsden, empieza usted a darme lástima. Ramsden.— (Amostazado.) Míster Tanner, no necesito sa- ber sus sentimientos para conmigo. Tanner.— Ana hará exactamente lo que se le antoje. Y, lo que es más, nos obligará a aconsejarla a hacerlo. Y si le sale mal, nos echará la culpa a nosotros. De to- dos modos, puesto que Octavio está anhelando verla... Octavio.— (Tímidamente.) Yo no, Juanito. Tanner.— No mientas, chico, que esto no se puede ocultar. Que baje, pues, del salón y la preguntaremos qué es lo que quiere que hagamos. Anda, Octavito, vete por ella, y adelante con los faroles, (octavio se vuelve para ir.) Y no tardes mucho, porque la tensión que existe entre Ramsden y yo hará algo penoso el intervalo. (Ramsden con- trae los labios, pero no dice nada.) Octavio. — No le haga usted caso, míster Ramsden, no habla en serio, (saie.) Ramsden.— (Muy intencionado.) Míster Tanner, es usted el hombre más desvergonzado que he visto en mi vida. Tanner.— (Serio.) Lo sé, Ramsden. Y aun así no he lo- grado todavía deshacerme completamente de la ver- güenza. Vivimos en una atmósfera de vergüenza. Nos avergonzamos de todo lo que realmente somos y hace- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 17 mos: de nosotros mismos, de nuestros parientes, de nues- tros ingresos, de nuestras deudas, de nuestros acentos de nuestras opiniones, de nuestra experiencia, lo mis- mo que nos avergonzamos de nuestra piel desnuda. ¡Dios mío!, querido míster Ramsden, nos avergonza- mos de andar a pie, de ir en ómnibus, de tomar un co- che de punto en vez de tener un carruaje propio, de te- ner sólo un caballo en vez de tener dos, y un criado para el jardín y la cuadra, en vez de tener un cochero y un lacayo. De cuantas más cosas se avergüenza un hombre, tanto más respetable es. Así, por ejemplo, usted se avergüenza de comprar mi libro, de leerlo; de lo único que no se avergüenza es de juzgarme por él sin haberlo leído, y aun esto significa que se avergüenza usted de tener ideas atrasadas. Mire usted el efecto que produzco porque el hada mi madrina me negó ese don de la vergüenza. Tengo todas las virtudes que un hom- bre pueda tener, excepto... Ramsden.— No tiene usted abuela, según veo... Tanner.— Esto quiere decir que debiera avergonzarme de hablar de mis virtudes. No quiere usted decir que no las tengo. Sabe usted perfectamente que soy tan sobrio y tan honrado como usted mismo, que soy de fiar per- sonalmente tanto como usted, y política y moralmente mucho más. Ramsden. — (Tocado en su punto más sensible.) Lo níegO. No le permito a usted ni a nadie tratarme como si sólo fue- se uno de tantos en el público inglés. Detesto los prejui- cios del tal público, desprecio sus ideas mezquinas, re- clamo el derecho de pensar por mí mismo. Usted se las echa de hombre avanzado. Sepa usted que yo fui un hombre avanzado antes de que usted naciera. Tanner. — Ya sabía^yo que¿hacía mucho tiempo. 2 18 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Ramsden.— Estoy tan avanzado como cuando más. Le desafío a que no me prueba que haya yo alguna vez arriado la bandera. Estoy más avanzado que nunca. Avanzo cada día más. Tanner. — En años, Polonio. Ramsden. — iPolonioI Entonces es usted Hamlet. Tanner.— No, yo sólo soy el hombre más desvergon- zado que usted ha visto en sus días. Y para usted esto im- plica la peor de todas las malas cualidades. Cuando us- ted quiere decirme lo que piensa de mí, se pregunta a sí mismo, como hombre justo y sincero, qué es lo peor que puede decirme. ¿Ladrón, embustero, falsario, adúl- tero, perjuro, glotón, borracho? Ninguna de estas califi- caciones me corresponden. Pues acude usted a mi falta de vergüenza. Yo estoy conforme. Hasta me felicito de tal falta, porque si me avergonzara de lo que soy real- mente haría una figura tan estúpida como cualquiera de ustedes los hombres de vergüenza. Cultive usted un poco la desvergüenza, Ramsden, y llegará usted a ser un hombre muy notable. Ramsden. — No tengo... Tanner. — No tiene usted deseo de semejante notorie- dad. ¡Bendito Dios! Sabía que vendría esa contestación, con la misma seguridad que sale una cajita de carame- los de un automático cuando se le echa una perra gor- da. Usted se avergonzaría de contestar otra cosa. La réplica aplastante, para la que Ramsden reúne sus fuerzas, se pierde para siempre, porque en este momento vuelve Octavio con miss Ana Whi- tefield y su madre, y Ramsden se levanta bruscamente y se precipita hacia la puerta para recibirleis. El que si Ana es bonita o no, depende de vuestro gusto, y también, y tal vez principalmente, de vuestra edad y sexo. Para Octavio es una mujer de hermosura encantadora, en cuya presencia el mun- do se transfigura, y los estrechos límites de la conciencia individual se en- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 19 sanchein súbitamente de modo infinito por una mistica remembranza de la raza desde sus comienzos en el Oriente y hasta desde el paraíso del que es oriunda. Ella es para él la realización de la poesia, la íntima razón de la sinrazón, el deslumbramiento de sus ojos, la liberación de su alma, la aboli- ción del tiempo, del espacio y las circunstancias, la eterización de su san- gre en torrentes impetuosos de vida, la revelación de todos los misterios y la santificación de todos los dogmas. Para su madre, para decirlo lo más suavemente posible, no es nada de todo eso. Y no es que la admiración de Octavio sea en modo alguno ridicula o que redunde en descrédito suyo. Ana es una muchacha de buen cuerpo hasta dejarlo de sobra, y su porte es de perfecta dama. Es graciosa y simpática; su pelo es muy hermoso y sus ojos encantadores. Luego, en vez de ir hecha un espantapájaros como su madre , lleva un traje de luto de seda negro y morado que hace honor a su difunto padre y revela la tradición de familia de valiente inconvencionalismo a la que Ramsden da tanta importancia. Pero todo eso no explica el encanto de Ana. Achátesele la nariz, tuérza- sele la vista, reemplácese su traje negro y morado por sencillo vestido de florista, y aun asi Ana hará soñar a los hombres. La vitalidad es tan común como la humanidad, y, lo mismo que ésta, a veces se eleva a lo genial; y Ana es uno de los genios vitales. No se crea que es una persona de sexua- lidad exagerada, pues esto es un defecto viteil, no una superabimdancia verdadera. Es una mujer perfectamente honrada, que sabe perfectamente dominarse, y no lo parece, aunque su modo de ser es de desenvuelta fran- queza e impulsividad. Inspira confianza como persona que no hará nada de lo que no quiera hacer, y también algún temor, ted vez, como mujer que probablemente hará todo lo que se proponga, sin preocuparse de nadie más de lo necesario y de lo que ella llama lo justo. En resumen, es lo que las más débiles de su sexo llaman una mala pécora. Nada puede haber más decoroso que su entrada y su recepción por Ramsden, a quien besa. El difunto Mr. Whitefield estaría gozando lo indeci- ble al ver las caras largas de los hombres (excepto Tanner que está nervio- so), los silenciosos apretones de manos, las colocaciones atentas de las sillas, el moqueo de la viuda y los ojos húmedos de la hija, cuyo corazón, al pare 20 HOMBRE Y SUPERHOMBRE cer, no la dejará ser dueña de sus palabras. Ramsden y Octavio toman las dos sillas de junto de la pared y las ofrecen a las dos señoras. Pero Ana se acerca a Tanner y toma la silla de él, que se la ofrece con un ademán brusco, aliviando su excitación con sentarse en el ángulo de la mesa de escribir de un modo estudiadamente desaprensivo. Octavio da una silla a Mr. White- field cerca de Ana, y él mismo toma la que está vacante y que Ramsden colocó debajo de las narices de la efigie de Mr. Herbert Spencer. Mrs. Whitefield, dicho sea de paso, es una mujer chiquita, cuyo pelo amarillo pálido en su cabeza hace el efecto de un manojo de paja puesto sobre un huevo. Tiene una expresión de vaga malida, un chirrido de pro- testa en su voz y un aire raro de querer continuamente apartar con el codo a alguna persona más alta que la empujara hacia un rincón. Se barrunta en ella una de esas mujeres que tienen la conciencia de que se leis trata como cosa de poca importancia por sus pocos alcances y que, sin tener la suficien- te fuerza para hacerse valer, nunca y i or nada se resignan a su suerte. Hay un toque de galantería caballerosa en la escrupulosa atención de Octavio para con ella, aun cuando su alma entera está absorta en Ana. Ramsden vuelve solemnemente a su asiento presidencial detrás de la mesa de escribir sin hacer caso de Tanner, y abre la sesión. Ramsden.— Siento mucho, Anita, tener que hablarte de ciertas cosas en un momento tan triste como el pre- sente. Pero es el caso que el testamento de tu pobre pa- dre ha suscitado una c.iestión muy seria. Lo has leído, creo. (Ana afirma meneando la cabeza y respirando con trabajo, de- masiado emocionada para hablar.) TueS debO COUfesar qUO me ha sorprendido encontrarme . on que Míster Tanner está designado por el testador coriü cotutor y coalbacea tuyo y de tu hermana Rhoda. (una pausa; todos parecen cohibidos y no dicen nada. Ramsden, un poco amoscado por la falta de toda contes- tación, prosigue.) Yo uo sé que pueda consentir en aceptar esa misión en tales condiciones. Míster Tanner, según tengo entendido, tiene que hacer también objeciones, ptro no tengo la pretensión de saber en qué consisten. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 21 Sin duda sabrá hablar por sí. Por de pronto hemos con- venido en que no podemos decidir nada sin conocer an- tes tu parecer. Me temo mucho que tenga yo que decirte que escojas entre la tutoría exclusiva mía y la de míster Tanner. Porque me parece que vc a ser imposible para nosotros andar juntos en este asunto. Ana. — (Con voz baja y musical.) Mamá... Mrs. Whitefield. — (ai punto.) Mira, Ana, haz el favor de no meterme a mí en ello. No tengo opinión ninguna en este asunto y, si la tuviese, probablemente no había de ser atendida. Me conformo perfectamente con lo que los tres acuerden. (Temner vuelve la cabeza y mira fijamente a Rams- den, que malhumorado se niega a recoger esta muda comunicación.) Ana. — (Prosiguiendo con la misma voz dulce, sin hacer caso del sofión de su madre.) Mamá sabe que no tiene la suficiente energía para llevar la entera responsabilidad por mí y Rhoda sin que alguien la ayude y aconseje. Rhoda de todos modos tiene que tener un tutor, y aunque yo ten- go unos años más, no creo convenga que a una joven soltera se la puede dejar sin guía alguna. Creo que esta- rá usted conforme conmigo en esc, abuelito. Tanner. — (Extrañado.) ¿Abuelito? Vaya, ¿va usted a lla- mar abuelito a un tutor? Ana.— No sea usted lento, J lariito. Mísíer Ramsden para mí siempre ha sido abuelito Fíoebuck. Yo soy la Anita del abuelito. Así le Uarié en cuanto aprendí a hablar. Ramsden.— (sarcástico.) Espero que estará usted satisfe- cho, míster Tanner. Sigue, Anita, que estoy del todo conforme contigo. Ana.— Pues bien, si he de tener tutores, ¿puedo pres- cindir de alguien designado expre jámente por mi pobre padre? 22 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Ramsden.— (Mordiéndose los labios.) ¿Entonces tú aprue- bas la elección de tu padre? Ana.— No soy nadie para aprobar o desaprobar. Acepto lo dispuesto. Mi padre me quería y creo mejor que nadie sabía lo que me conviene. Ramsden. — Claro, yo comprendo tus sentimientos, Anita. No esperaba menos de ti, y ello habla en tu fa- vor. Pero esto no arregla el asunto tan completamente como crees. Te voy a poner un ejemplo. Supon que ibas a descubrir que yo me había hecho culpable de al- guna acción vergonzosa, que no era yo el hombre por quien me tomara tu pobre padre. ¿Seguirías pensando que convenía que yo fuese el tutor de Rhoda? Ana. —No puedo figurarme, abuelito, que usted haga una mala acción. Tanner.— (a Ramsden,) No ha hecho usted nada por el estilo, supongo. Ramsden.— (indignado.) No, señor. Mrs. Whitefield.— (plácida.) Eutouces, ¿por qué supo- nerlo? Ana.— Ya ve usted, abuelito, a mamá no le gustaría que yo supiera semejante cosa. Ramsden. — (Muy perplejo.) Las dos están ustedes tan lle- nas de sentimientos cariñosos y naturales en estos asun- tos de familia, que es difícil explicarles las cosas propia- mente. Tanner. — Sin contar, amigo mío, que usted no las ex- plica propiamente. Ramsden. — (Atufado.) Pues entonces explíquelas usted. Tanner. — A ello voy. Ana, mire. Ramsden cree que yo no convengo para tutor de usted, y yo estoy del todo conforme con él. Dice que si el padre de usted hubiese leído mi libro no me hubiese nombrado para tal cargo. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 2J Aquel libro es la acción vergonzosa a que se refiere. Cree que es deber de usted, por causa de Rhoda siquie- ra, rogarle que sea él solo tutor de ustedes y hacer que yo me retire. Diga usted una palabra, y ya está hecho. Ana.— Pero si yo no he leído su libro, Juanito. TaNNER. — (Rebuscando en el cesto de los papeles y pescando el libro.) Entonces léalo en seguida y decida. Ramsden. — (vehemente.) Si he de sei tutoi tuyo, Anita, te prohibo terminantemente leer ese libro, (oa unos puñe- tazos en la mesa y se levanta.) Ana.— ¿Cómo lo he de leer si usted me lo prohibe? (Pone el libro en la mesa.) Tanner.— Si un tutor le prohibe a usted leer el libro de otro, ¿cómo hemos de arreglarnos? Suponga usted que yo le mande leerlo. ¿Cómo cumpliría usted su de- ber para conmigo? Ana.— (Amable.) Estoy segura, Juanito, de que nunca deliberadamente había usted de ponerme en un dilema desagradable. Ramsden. — (irritado.) Bueno, bueno, Anita; todo eso está muy bien, y, como dije, es muy natural y compren- sible. Pero tienes que decidirte por uno o por otro. Esta- mos en un dilema tanto como tú. Ana. —Me parece que soy demasiado joven; que no tengo bastante experiencia para decidir. Los deseos de mi padre son sagrados para mí. Mrs. Whitefield. — Si ustedes que son dos hombres no pueden salir del apuro, ¿cómo van a exigir que Ana resuelva el asunto? El caso es que siempre todo el mundo trata de cargar la responsabilidad a los demás. Ramsden.— Siento que lo tome usted por ese lado. Ana.— (Conmovedora.) ¿Eutonces se niega usted a ser tu- tor mío, abuelito? 24 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Ramsden.— No; yo nunca he dicho eso. Me niego a compartir la tutoría con míster Tanner, nada más. Mrs. Whitefield.— Pero ¿por qué? ¿Qué tiene usted que decir contra Juanito? Tanner.— Tengo ideas demasiado avanzadas para míster Ramsden. Ramsden.— (indignado.) Nada de eso, lo niego terminan- temente. Ana.— Es claro, ¡qué tontería! Nadie tiene ideas más avanzadas que mi abuelito. Yo estoy segura de que es Juanito el que ha suscitado toda la dificultad. Vamos, Juanito, tenga usted consideración siquiera a mi luto y póngase en razón. No se niega a aceptarme como a pu- pila, ¿verdad? Tanner.— (Mustio.) No; consiento en aceptar el cargo, no hay más remedio. (Se vuelve hacia el estante de libros y allí se queda plantado estudiando los títulos de los libros.) Ana. — (Levantándose con regocijo íntimo y reprimido.) EutOUCeS estamos todos conformes, y se va a cumplir la voluntad de mi pobre papá. No pueden ustedes figurarse lo que nos alegramos yo y mamá. (Se acerca a Ramsden y le aprieta ambas manos exclamando:) ¡Y tendré a mi buen abuelito para ayudarme y aconsejarme! (Echa una mirada hacia Tanner por en. cima del hombro.) \Y 3. Juaníto, al matador de gigantes! (va, pasando por delante de su madre, hacia Octavio.) ¡Y al amigO inse- parable de Juanito, a Octavio! (octavio se pone colorado y afecta vm aire indeciblemente tonto.) MrS- Whitefield. — (Levantándose y desarrugando con las manos su vestido de viuda.) Ahora que es usted el tutor de Ana, míster Ramsden, quisiera que la reprendiera por dar nombres tan familiares a todo el mundo. No sé si esta confianza gusta a todo el mundo. Ana. — Pero ¿qué estás diciendo, mamá? (Ruborizándose Hombre y superhombre 25 con consideraciones de cariño.) Vamos, yo creo que no me he propasado. Lo sentiría mucho. (Se vuelve hacia octavio, que está sentado a horcajadas en su silla, con los codos apoyados en el res- paldo. Poniéndole la mano en la trente y le levanta bruscamente la cara.) ¿Quiere usted que se le trate como a una persona mayor? ¿Que de aquí en adelante le llame míster Robinson? Octavio. — (En seno.) Siga usted, Anita, llamándome Octavito. Me ofendería de veras que me llamase Míster Robinson. (EUa se ríe y le acaricia una mejilla con el dedo; luego vuelve hacia Ramsden.) Ana. — Estoy empezando a creer, la verdad, que esode abuelito es algo impertinente. Pero nunca lo creí ofensa. Ramsden. — (Gruñón, mientras ella le da golpecitos cariñosos en el hombro.) jQué tonterías! No digas eso. Anita. Llámame abuelito, insisto en ello. Tanto es así, que si me llama- ras de otro modo no te contestaría. Ana.— Todos me están ustedes mimando, menos Jua- nito. TanNER.— (Por encima del hombro, desde la librería.) CreO que debiera usted llamarse Míster Tanner. Ana. — (Amable.) No habla usted en serio, Juanito. Esa es una de tantas cosas como dice para hacer rabiar a la gente. Los que le conocen a usted no hacen caso. Pero, en fin, si quiere, le llamaré como a su famoso antepasa- do: Don Juan Tenorio. Ramsden.— ¡Don Juan! Ana.— (inocente.) ¿Hay algún mal en ello? Yo no lo veo. En fin, si le parece, le llamaré Juanito hasta que se me haya ocurrido otro nombre. Tanner.— iPor Dios, no vaya usted a inventar otra cosa peor! Capitulo. Consiento en que me llame Juanito. Vaya por Juanito. Aquí termina mi primer y último in- tento de afirmar mi autoridad. ii 26 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Ana.— ¿Ves, mamá, cómo a todos les gusta que les trate con confianza? Mrs. Whitefield.— Está bien, pero no olvides que es- tamos de luto.j Ana. — (En son de reproche, herida en el alma.) PerO, mamá, ¿por qué recordarme a cada paso? (Sale precipitadamente para ocultar su emoción.) Mrs. WniTEFiELD.—Naturalmente. Tengo yo la culpa, como siempre, (sigue detrás de Ana.) TaNNER. — (Apartándose de la librería.) Ramsdeu, estamOS vencidos, batidos, aniquilados, como la madre de Ana. RaMSDEN. — Tonterías, caballero, (sigue detrás de Mrs. Whi- tefield.) TaNNER. — (Solo con Octavio, le mira con expresión de lástima.) Octavito, ¿cuentas tú con ser algo en la vida? Octavio.— Yo cuento con ser poeta, pienso escribir un gran drama. Tanner. — ¿Con Ana como heroína? Octavio.— Sí, lo confieso. Tanner. — Ten cuidado, Octavio. Está muy bien eso del drama con Ana como heroína; pero si te descuidas, tenlo presente, se casará contigo. Octavio.— (Suspirando.) ¿Tendré tanta suerte, Juanito? Tanner.— ¿No ves, hombre, que tu cabeza está en las fauces de la leona? Ya casi te ha tragado en tres boca- dos: primero Oc, segundo ta, tercero vito, y cataplum, adentro. Octavio.— Es así con todos, Juanito; ya sabes tú cómo las gasta. Tanner.— Sí, a todos les rompe la espina dorsal de un zarpazo, pero la cuestión es: ¿a quién devorará? Yo creo que piensa devorarte a ti. Octavio. — (Levantándose algo ofendido.) Es horrible hablar HOMBRE Y SUPERHOMBRE 27 así de ella cuando está allí, a un paso, llorando por su padre. Pero mi deseo de ser devorado por ella es tan grande, que aguanto tus brutalidades porque me dan es- peranzas. Tanner.— Octavito, ese es el lado diabólico de la fas- cinación que ejerce la mujer; hace que uno desee su pro- pia destrucción. Octavio.— Pero si no es destrucción, es cumplimiento. Tanner.— Sí, cumplimiento de los fines de ella, y esos fines no son ni la felicidad tuya ni la suya, sino los fines de la naturaleza. La vitalidad en la mujer es una furia ciega de creación. Se sacrifica a sí misma a esa furia, de modo que no esperes que vacilará en sacrificarte a ti. Octavio. — Pues precisamente porque se sacrifica a sí misma no sacrificará a aquel a quien ama. Tanner.— Este es un error de los más gordos. Octavio. La mujer que se sacrifica a sí misma es la que con la mayor indiferencia sacrifica a los demás. Por lo mismo que no son egoístas son amables en las cosas pequeñas. Por lo mismo que tienen un objeto que no es objeto propio, sino objeto de todo el universo, para ellas un hombre no es nada sino instrumento de aquel objeto. Octavio. — No seas injusto, Juanito; nos rodean con los cuidados más tiernos. Tanner.— Sí, como cuida un soldado de su fusil, o un músico de su violín. Pero ¿nos conceden algún capricho propio, alguna libertad? ¿Nos permiten frecuentar a quien se nos antoja? ¿Puede ni el hombre más fuerte es- capárseles una vez que se han apoderado de él? Tiem- blan cuando corremos algún peligro, y lloran cuando morimos; pero las lágrimas no son por nosotros, sino por un padre que se ha perdido, por la probabilidad des- truida de dar al mundo un hijo más. Nos acusan de tra- 28 HOMBRE Y SUPERHOMBRE tarlas como meros instrumentos de placer; pero ¿podrá una locura tan débil y efímera como es el placer egoísta de un hombre esclavizar a una mujer con la misma fuerza que esclaviza a un hombre el objeto formidable de la naturaleza personificado en una mujer? Octavio. — ¿Qué importa si la esclavitud nos hace fe- lices? Tanner.—No importa nada si no piensas disponer de ti mismo y te limitas a ser, como la mayoría de los hom- bres, uno que gana el pan. Pero tú, Octavio, eres un ar- tista, es decir, que tienes un objeto tan absorbente y tan poco escrupuloso como el objeto de la mujer. Octavio.— ¿Cómo tan poco escrupuloso? Tanner.— Sí, tan poco escrupuloso. El verdadero ar- tista dejará a su mujer morir de hambre, a sus hijos an- dar descalzos, a su madre setentona trabajar para vivir antes que trabajar él en algo que no sea su arte. Para las mujeres es medio vivisector, medio vampiro. Enta- bla con ellas relaciones íntimas para estudiarlas, para^ quitarles la careta de las convenciones, para sorprende " sus secretos más íntimos, porque sabe que tienen el po der de excitar sus energías creadoras más profundas, de rescatarlas de su fría razón, de hacerle ver visiones y so- ñar ensueños, de inspirarle, como lo llama. Convence a las mujeres de que esos efectos los siente por ellas, cuan- do en realidad los siente por su arte. Roba la leche de la madre y la trueca en tinta de imprimir para burlarla y glorificar con ella a mujeres que sólo existen en su imaginación. Trata de ahorrarle los dolores del parto para acaparar para sí mismo el cariño y los mimos que de derecho pertenecen a los hijos. Desde que existe el matrimonio, el gran artista es conocido como mal mari- do. Pero es peor, es un ladrón de niños, un chupador de HOMBRE Y SUPERHOMBRE 29 sangre, un hipócrita y un embustero. Perezca la raza y marchítense miles de mujeres, con tal de que su sacrifi- cio le permita representar con más brillantez a Hamlet, pintar un cuadro mejor, escribir una poesía más intensa, un drama más conmovedor, una filosofía más profunda. Porque mira. Octavio, la obra del artista tiene el fin de mostrarnos tales como realmente somos. Nuestros pen- samientos no son nada fuera de ese conocimiento de nosotros mismos, y el que acrecienta ese conocimiento sólo en un ápice crea un pensamiento nuevo con tanta seguridad como una mujer crea un ser nuevo. En la fu- ria de tal creación es tan desconsiderado como la mujer, tan peligroso para ella como ella para él, y tan terrible- mente fascinador. De todas las luchas humanas no hay ninguna tan traidora y tan impía como la que se libra entre el hombre artista y la mujer madre. ¿Quién ani- quilará al otro?, esta es la gran cuestión. Y el resultado es tanto más mortal cuanto, según vuestra jerga roman- ticista, más se aman. Octavio.— Pues aunque fuese así— y no lo admito ni por un momento — de las luchas más empeñadas es de donde salen los caracteres más nobles. Tanner. — Acuérdate de ello. Octavio, la próxima vez que tropieces con un oso gris o un tigre de Bengala. Octavio.— Quiero decir allí donde hay amor. Tanner.— ¡Ah! también el tigre te querrá. No hay que- rer más verdadero que el querer alimento. Creo que Ana te quiere de ese modo. Te acarició la mejilla como si hu- biese sido un biftec bien condimentado. Octavio. — Mira, Juanito, que tendría que huir de ti si no me hubiese propuesto una vez para siempre no ha- cer caso de lo];que dices. Expresas a veces^cosas que su- blevan. 30 HOMBRE Y SUPERHOMBRE (Rzimsden vuelve segviido de Ana. Entran precipitadamente, y su aire, antes plácido de pesadumbre exigida por las circunstancias, se ha cam- biado en expresión de cuidado verdadero y, en la cara de Ramsden, de fastidio. Ana se coloca entre los dos hombres y quiere dirigirse a Octa- vio, pero se reprime bruscamente al ver a Tanner.) Ramsden. — No esperaba verle a usted todavía aquí, míster Tanner. Tanner.— ¿Estoy estorbando? Pues adiós, querido co- tutor. (Se vuelve hacia la puerta para marcharse.) Ana.— Espere, Juanito. Abuelito, tiene que saberlo tarde o temprano. Ramsden.— Octavio, tengo que decirte algo grave. Es de índole muy particular y muy delicada, sumamente penosa, para decirlo de una vez. Deseas que Míster Tan- ner esté presente cuando yo hable. Octavio.— (Poniéndose páudo.) No tengo secretos para Juanito. Ramsden.— Antes que te decidas del todo, te advierto que la cosa se refiere a tu hermana, y es una cosa te- rrible. Octavio.— i Violetal ¿Qué ha pasado? ¿Ha muerto? Ramsden. —Tal vez peor que eso. Octavio. — ¿Está herida gravemente? ¿Ha habido un accidente? Ramsden.— No, nada de eso. Tanner.— Ana, ¿quieres tú hacernos el favor de de- cirnos sencillamente lo que hay? Ana.— (En voz baja.) No puedo. Violeta ha hecho una barbaridad. Tendremos que llevarla a algún sitio, (se des- liza hacia la mesa de escribir y se sienta en el sillón de Ramsden, dejan- do a los tres hombres arreglarse como pueden.) Octavio.— (comprendiendo.) ¿Es eso lo que ha querido usted decir, míster Ramsden? HOMBRE Y SUPERHOMBRE 31 RaMSDEN. — Sí. (octavio cae en una silla anonadado.) Me pare- ce que no hay duda de que Violeta no fué a Eastbourne cuando creímos que estaba en casa de Parry Whitefield. Y ayer fué a consultar a un médico, llevando una sorti- ja de casada en el dedo. La señora de míster Parry Whi- tefield la encontró allí por una casualidad, y así se ha sabido todo. Octavio. — (Levantándose con los puños cerrados.) ¿Quién eS el canalla? Ana.— Ella no lo quiere decir. Octavio. — (Dejándose caer nuevamente én la silla.) ¡Qué COSa más horrible! Tanner.— (con sarcasmo intenso.) Horrible, espantosa, peor que la muerte, como dice Ramsden. (se acerca a octa- vio.) ¡Cuánto no darías, ¿verdad?, por que fuese un acci- dente de ferrocarril en que ella se hubiese roto todos los huesos, o cosa análoga respetable y digna de com- pasión! Octavio.— No seas brutal, Juanito. Tanner.— ¡Brutal! ¡Dios de los cielos! ¿Por qué estás llorando? Aquí tenemos una mujer que todos creíamos se limitaba a hacer acuarelas malas, a tocar a Grieg y Brahms, a frecuentar conciertos y reuniones, en una pa- labra, a malgastar su vida y su dinero. De repente nos enteramos de que ha dejado esas futesas para cumplir su fin más elevado y mayor función, la de aumentar y multiplicar la población de la tierra. Y, en vez de admi- rar su valentía y alegrarnos de tan soberano instinto, en vez de coronar el cumplimiento del fin de la mujer y de entonar el cántico triunfal de: , siempre cuando se presentaba alguna solte- rona de ideas chapadas a la antigua más de lo usual, y nunca hemos reparado en el «hombre nuevo». Straker es el hombre nuevo. Octavio.— No veo en él nada nuevo, como no sea tu manera de tomarle el pelo. Pero ahora no quiero hablar de él. Quiero hablarte de Ana. Tanner. — Straker también sabía^eso. Lo habrá apren- dido en la politécnica. Pues bien, ¿qué hay de Ana? ¿Le has hecho una declaración formal? Octavio.— (Reprendiéndose a sí mismo.) He sido bastante bruto para obrar así anoche. Tanner.— iBastante bruto! ¿Qué quieres decir con eso? Octavio.— (Ditírámbico.) ¡Ay! Juanito, los hombres todos somos bastotes, nunca comprendemos lo exquisitas que son las sensibilidades de una mujer. ¿Por qué haría yo semejante cosa? Tanner. — Pero ¿qué has hecho, idiota sentimental? Octavio.— Sí, soy un idiota. ¡Juanito, si hubieses oído su voz, si hubieses visto sus lágrimas! Toda la noche he estado despierto pensando en ello. Si me hubiese hecho reproches, lo hubiese yo soportado mejor. Tanner.— ¡Lágrimas! Eso es peligroso. ¿Qué dijo? Octavio.— Me dijo que cómo podía yo hablarle de se- mejante cosa cuando todavía estaba caliente el cadáver de su adorado padre. Lanzó un suspiro... (se queda ano- nadado.) Tanner. -(oándoie goipecitos en la espalda.) Aguanta como 64 HOMBRE Y SUPERHOMBRE un hombre aunque sientas como un borrico. Es lo de siempre; no está cansada todavía de jugar contigo. Octavio.— (impaciente.) ¡Por Dios! No seas tonto, Jua- nito. ¿Crees que ese necio cinismo tuyo tenga aplica- ción a una mujer de sus condiciones? Tanner. — ¡Huml ¿Dijo algo más? Octavio. — Sí, y por eso me expongo y la expongo a ella a tus burlas diciéndote lo que ha pasado. Tanner.— (con remordimientos.) Nada de burlas, querido Octavito, por mi honor. En fin, no importa. Sigue. Octavio. — Su sentimiento del deber es tan profundo, tan completo... Tanner. — Sí, ya sé. Sigue. Octavio.— Ya ves, por disposición de su padre, Rams- den y tú sois sus tutores, y ella ahora considera que to- dos sus deberes para con su padre se han transformado en deberes para con vosotros. Dijo que lo primero que yo debiera haber hecho era hablar con vosotros. Claro que tiene razón, pero por otro lado, tiene algo de ridícu- lo que tenga yo que pedirte formalmente permiso para pretender la mano de tu pupila. Tanner.— Hombre, me alegro, Octavito, de que el amor no ha borrado en ti todo sentido del humor. Octavio. —Esta contestación no la satisfará. Tanner.— Mi contestación oficial, ni que decir tiene, es la siguiente: Os bendigo, hijos míos; sed dichosos. Octavio.— Quisiera que ya dejaras de guasearte. Si tú no lo tomas en serio, lo tomo yo y lo toma ella. Tanner. —Sabes que eila puede escoger tan libre- mente como tú mismo. Octavio.— Ella no piensa así. Tanner.— ¿Que no? ¡Vamos! De todos modos, ¿qué quieres que haga yo? HOMBRE Y SUPERHOMBRE 65 Octavio. — Pues quiero que le digas sincera y formal- mente lo que piensas de mí. Quiero que le digas que puedes confiármela a mí... es decir, si así lo crees. Tanner.— No dudo que te la puedo confiar. Lo que me trastorna es la idea de si a ti puedo confiarte a ella. ¿Has leído el libro de Maeterlinck, sobre las abejas? Octavio. — (Guardando con dificultad su calma.) No he venido para discutir literatura ahora. Tanner. — Hombre, ten un poco de paciencia. Yo tam- poco quiero discutir literatura; el libro sobre las abejas trata de historia natural. Es una espantosa lección para el género humano. Tú te figuras que eres el pretendiente de Ana, que eres el perseguidor y ella la perseguida, que tu papel consiste en rondar, en persuadir, en vencer y arrollar. Tonto, eres tú el perseguido, el señalado, la presa elegida. No tienes necesidad de estarte echando miradas codiciosas al cebo a través de los alambres de la trampa; la puerta está abierta y así quedará hasta que se cierre detrás de ti para siempre. Octavio. — |0;alá fuera así a pesar de tu abominable comparación! Tanner. — Porque ella, amigo mío, no tiene otro fin en la vida que cazar a un marido. El fin de la mujer es ca- sarse lo más pronto posible, y el del hombre es quedar soltero todo el tiempo que pueda. Tú tienes que escribir tragedias y poesías; Ana no tiene ninguna ocupación. Octavio. - No puedo escribir sin inspiración, y nadie puede proporcionármela fuera de Ana. Tanner. — Pero ¿no te inspiraría mejor desde una dis- tancia segura? Petrarca no vió a Laura, ni Dante a Bea- Íriz tan de cerca como tú ves ahora a Ana, y, sin embar- .fo, escribieron poemas bastante aceptables, según tengo ntendido. Ellos nunca expusieron su adoración al con- 5 66 HOMBRE Y SUPERHOMBRE tacto de la familiaridad doméstica y les duró hasta la sepultura. Cásate con Ana, y al cabo de una semana no encontrarás en ella más inspiración que en un plato de arroz con leche. Octavio.— ¿Crees que me cansaré de ella? Tanner.— Nada de eso; tampoco se cansa uno del arroz con leche, pero no encuentra uno inspiración en tal manjar. Y así ella no te dará inspiración cuando deje de ser el etéreo ensueño de un poeta y venga a ser una ma- ciza esposa y matrona. Te verás en la obligación de so- ñar con cualquiera otra, y entonces es cuando habrá jaleo. Octavio.— Es inútil que hables así, Juanito. ¿Tú qué sabes? ¿Nunca has estado enamorado? Tanner.— ¡Yo! Precisamente nunca he dejado de es- tarlo. Ahora mismo estoy enamorado hasta de Ana. Pero no soy ni el esclavo ni el engañado del amor»,Mira las abejas, poeta, observa sus costumbres y hechos. Ten la completa seguridad, Octavio, de que si las mujeres pudiesen pasarse sin nuestra intervención, y nosotros les comiésemos el pan de sus hijos en vez de ganarlo, nos matarían como las arañas hembras matan a sus machos, y las abejas a los zánganos. Y tendrían razón si no va- liésemos para otra cosa que para el amor. Octavio. — ¡Oh, si valiésemos siquiera para el amor'. No hay nada comparable con el amor, no hay nada fue- ra del amor. Sin él el mundo sería una sórdida pesadilla. Tanner.— ¡Y tú eres el hombre que me pide la mano de mi pupila! ¡Vamos, hombre! Creo que nos han cam- biado en las cunas y que tú eres el verdadero descen- diente de Don Juan Tenorio. Octavio. — Me harás el favor de no hablar así delante de Ana. Tanner.— No tengas cuidado. Te ha marcado como HOMBRE Y SUPERHOMBRE 67 cosa propia, y nada la detendrá ya. No hay salvación para ti. (Straker vuelve con un periódico en la mano.) Ahí VienC el «hombre nuevo > desmoralizándose con un periódico de a perro chico, corno siempre. Straker.- Para que se vea lo que son las cosas, mís- ter Robinson. ¿Querrá usted creer que cuando nos pusi- mos en marcha esta mañana compramos dos periódicos, el TimeSy para míster Tanner, y el Leader o el Echo, para mí? Y ¿cree usted que he podido leer el mío? ¡Quia! Míster Tanner me cogió el Leader y me dejó entretener- me con el Times. Octavio.— ¿No publica el Times la lista de los caba- llos vencedores? Tanner.- Enrique no se preocupa de apuestas, Octa- vio. Los records de automóviles son su flaco. ¿Cuál es el úhimo? Strake.— El de París a Biskra, con una velocidad me- dia de 40 millas por hora, sin contar el Mediterráneo. Tanner.— ¿Cuántos muertos ha habido? Straker.— Nada, dos ovejas despachurradas. Vaya una cosa. Las ovejas no cuestan caras. Sus dueños se habrán alegrado de no tener que llevarlas al matadero y de cobrar su valor con creces. A pesar de todo, ya ve- rán, todos van a chillar. El gobierno francés prohibirá las velocidades decentes, y nos habremos fastidiado. Es lo que a mí me da rabia, míster Tanner; no quieren que corramos mientras todavía se puede. Tanner. ~ Octavito, ¿te acuerdas de mi tío Jaime? Octavio.— Sí. ¿Por qué? Tanner. — Mi tío Jaime tenía una cocinera de primera. No podía digerir sino lo que ella guisaba. El caso es que al pobre hombre, tímido de por sí, no le gustaba la vida de sociedad. Pero aquella cocinera estaba orguUosa de 68 HOMBRE Y SUPERHOMBRE SUS habilidades y deseaba hacer comidas para príncipes y embajadores. Para impedir que dejara su servicio, el pobre viejo tenía que dar dos comidas grandes cada mes y sufrir todas las molestias consiguientes. Pues, en cierto modo, me pasa dos cuartos de lo mismo, por causa de mi chauffeur. Aborrezco los viajes, pero quiero algo a Enrique. Para él no hay mayor goce que calarse las ga- fas del oficio, ponerse la chaqueta de cuero y correr, con dos dedos de polvo por todo su cuerpo, a razón de se- senta millas por hora con riesgo de su vida y la mía. Exceptuando, claro está, cuando yace boca arriba en el barro debajo del coche tratando de descubrir la causa de la parada o la marcha defectuosa. Pues si no le per- mito una carrera de mil millas cada quince días, dejará mi servicio. Me plantará y se irá con algún americano millonario, y yo tendré que contentarme con un cochero jardinero que me llevará al paso y saludará respetuosa- mente cuando yo suba o baje. Pero me aguanto y soy el esclavo de Enrique, así como mi tío Jaime era el esclavo de su cocinera. Straker.— (Exasperado.) jCarambal Quisiera tener un auto que anduviese tan aprisa como usted habla, míster Tanner. Lo que yo digo es que se pierde dinero con un coche si se le tiene parado. Hágase usted con un coche- cito para impedidos y una niñera si no quiere sacarle el jugo a su auto y mi persona. Tanner. — (calmándole.) Bueno, hombre, bueno. Ahora mismo vamos a dar una carrera de media hora. Straker. — (Asqueado.) ¡Media hora! (Vuelve ai coche, se sienta en él y ojea su papel en busca de más noticias.) Octavio. — ¡Calla! Ahora me acuerdo. Tengo una es- quelita de Rhoda para ti. (Entrega un papel a Tanner.) Tanner.— (Abriéndolo.) Me parece a mí que lo que busca HOMBRE Y SUPERHOMBRE 69 Rhoda es una riña con Ana. En regla no hay más que una persona a la que una muchacha inglesa detesta más que a su madre, y esta persona es su hermana mayor. Pero Rhoda positivamente quiere más a su madre que a Ana. Ella... (indignado.) ivamos, hay que ver! Octavio.— ¿Qué pasa? Tanner.— Habíamos quedado en que Rhoda había de dar un paseo en automóvil conmigo. Ahora me dice que Ana le ha prohibido salir conmigo. (Straker empieza de repente a silbar su aire favorito con intención seña- lada. Sorprendidos por la explosión de esa súbita alegría y heridos por la nota burloi a que la melodía contiene, se vuelven hacia él y le miran inte- rrogativam .ite. Pero él está absorto en la lectura del periódico y no repara en ellos.) Octavio. — (volviendo ai asunto.) ¿Da alguna razón? Tanner.— ¡Una razón! Un insulto no es una razón Dice que .Vna le prohibe estar sola conmigo en cual- quier ocasiC .1, porque no soy yo una persona con quien una muchacha íoven pueda tener confianza. ¿Qué me dices ahora de tu dechado de perfecciones? Octavio.— Ten en cuenta que tiene una grave rospon- sabilidad ahora que no vive su padre. La madre es de- masiado débil para vigilar a Rhoda. Tanner.— (Mirándole fijamente.) En resumidas cuentas, que estás conforme con Ana. Octavio.— No, pero creo comprenderte. No podrás ne- gar que tus opiniones no son de las más a propósito para la formación de carácter y espíritu de una niña. Tanner. — Pues sí que lo niego. La formación del ca- rácter y espíritu de una niña estriba generalmente en decirle mentiras. Pero en este caso protesto contra esa mentira de que yo sea capaz de abusar de la confianza de las niñas. lo HOMBRE Y SUPERHOMBRE Octavio.— No ha querido Ana decir eso, Juanito. Tanner. — Pues ¿qué ha querido decir entonces? StRAKER. — (viendo que Ana viene de la casa.) Ahí viene miss Whitefield, caballeros. (Se baja del coche y se aleja por la avenida con el aire de un hombre que sabe que no le van a necesitar.) Ana. — (Acercándose y colocándose entre Octavio y Tanner.) Bue- nos días, Juanito. He venido para decirle que la pobre- cita Rhoda tiene un dolor de cabeza atroz y no puede salir con usted en auto. Cuánto lo siente la pobrecita. Tanner.— ¿Qué dices ahora, Octavito? Octavio. — Hombre, comprende las cosas. Ana te trata con la mayor consideración, aun a costa de engañarte. Ana.— ¿Qué están ustedes hablando? Tanner. — ¿Le gustaría a usted, Ana, quitarle a Rhoda su dolor de cabeza? Ana. — Claro. Tanner.— Entonces repítale lo que acaba de decirme y añada que usted me ha visto dos minutos después de leer el billete que me ha mandado. Ana.— ¿Rhoda le ha escrito a usted? Tanner.— Diciéndomelo todo. Octavio. — No le haga usted caso, Ana. Tiene usted razón, mucha razón. Ana sólo ha cumplido con su de- ber, Juanito, bien lo sabes, y ha cumplido del modo más amable posible. Ana. — (Yendo hacia Octavio.) ¡Qué bueuo es usted, Octa- vito! iQué presto en auxiliarme! ¡Cómo me comprendel (octavio sonríe dichoso.) Tanner. — Eso es, apriete las espirales. La amas, Octa- vito, ¿es así? Octavio.— Sabe que la amo. Ana. — ¡Chist! ¡Qué poco reparo, Octavito! Tanner.— ¡Oh! Tiene usted mi consentimiento. Soy el HOMBRE Y SUPERHOMBRE 71 tutor de usted y la confío al cuidado de Octavio por una hora. Voy a dar una vuelta en el coche. Ana.— No, Juanito; tengo que hablarle de Rhoda. Oc- tavito, ¿quiere usted volver a casa y hacer compañía a su amigo americano? Está estorbando algo a mamá tan temprano, y ella quiere terminar el arreglo de la casa. Octavio. — Voy volando, queridísima Ana. (lc besa la mano.) Ana.— ¿Habrá chico más bueno? (Él la mira con elocuente rubor y se va corriendo.) Tanner. — (Áspero.) Mire usted, Ana. Por esta vez se ha salvado usted; pero si Octavito no estuviese tan perdi- damente enamorado, hubiese podido ver lo mentirosa que es usted. Ana.— Es una mala inteligencia, Juanito. No me atre- ví a decirle la verdad a Octavito. Tanner. — Nada, los atrevimientos de usted suelen estar en dirección opuesta. ¿Qué demonios eran sus in- tenciones al decir a Rhoda que yo era demasiado vicio- so para que me tratara? ¿Cómo voy yo en adelante ya a tener con ella relaciones algunas, después de que usted le ha envenenado el alma de ese modo? Ana.— Ya sé yo que es usted incapaz deportarse mal... Tanner.— Entonces, ¿a qué ha venido esa mentira? Ana.— No tuve más remedio. Tanner.— ¿Cómo? Ana.— Por mi madre. Tanner. — (con ios ojos centelleantes.) ¡Ah! Ya podía figu- rármelo. ¡La madre! ¡Siempre la madre! Ana. — La culpa la tiene aquel tremendo libro de us- ted. Ya sabe usted lo miedosa que es mamá. Todas las mujeres miedosas se andan con miramientos; todas te- nemos que tener miramientos, Juanito, pues de lo con- 72 HOMBRE Y SUPERHOMBRE trario se forman acerca de nosotras ideas tan cruel, tan vilmente erróneas. Aun usted, que es hombre, no puede decir lo que piensa sin dar lugar a falsas interpretacio- nes y sin que hablen mal de usted. Sí, lo confieso, he tenido que hablar mal de usted. ¿Quiere usted que la pobre Rhoda se vea en la misma situación, que por error, por no entenderla, le hagan mala fama? ¿Estaría bien en mamá que la dejara exponerse a semejante eventualidad antes de tener la suficiente edad para sa- ber lo que le conviene hacer? Tanner. — Abreviando: la manera de evitar malas in- teligencias consiste para todo el mundo en mentir y en- gañar e insinuar y calumniar todo lo que se pueda. A esto se reduce el obedecer a su madre. Ana. — Quiero a mi madre, Juanito. Tanner. — (Agitándose cada vez más en una rabia sociológica.) ¿Es esta una razón para no ser dueña de su propia alma? ¡Ah! Yo protesto contra esa vil abyección de los jóvenes sometiéndose servilmente a los viejos. Mírese a la así llamada buena sociedad. ¿Qué es lo que quiere aparentar ser? Un exquisito coro de ninfas. ¿Qué es, en realidad? Un horrible cortejo de desgraciadas muchachas, cada una en las garras de una vieja cínica, taimada, ruin, desilusionada, estúpidamente experimentada y per- versa, a la que llama madre, y cuyo deber es depravar su alma y adjudicarla al mejor postor... ¿Por qué esas míseras esclavas se casan con cualquiera, por viejo y despreciable que sea, antes de quedarse sin casar? Por- que el casamiento es el único medio para ellas de poder librarse de esas decrépitas furias que ocultan sus ambi- ciones egoístas, sus concupiscencias extemporáneas, sus odiosos celos a rivales más jóvenes que las deshancaron, bajo la careta del deber materno y del amor a la fami- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 73 lia. Estas cosas son abominables; la voz de la naturaleza reclama para una hija el cuidado de un padre y para un hijo el cuidado de una madre. La ley para padre e hijo y madre e hija no es la ley de amor; es la ley de revolu- ción, de emancipación, de la supresión final de los viejos y gastados por los jóvenes e idóneos. Le digo a usted, el primer deber de un hombre y de una mujer es la decla- ración de su independencia. El hombre que aboga por la autoridad de su padre no es hombre; la mujer que aboga por la autoridad de su madre es incapaz de dar al mun- do ciudadanos libres. Ana. — (Escuchándole con tranquila curiosidad.) SupongO, Jua- nito, que algún día entrará usted en la política. TaNNER. — (Atontado.) ¿Qué? Yo... yO... (Tratando de reanu- dar la argumentación.) ¿Qué tiene que ver eso con lo que es- toy diciendo? Ana.— ¡Habla usted tan bien! Tanner.— Hablar, hablar; para usted todo es hablar. Bueno, vaya otra vez con su madre y ayúdela a envene- nar el alma de Rhoda, como ha envenenado la de usted. Es con elefantes mansos con los que se doman los bravios. Ana.— Vamos, que estoy ascendiendo. Ayer era una serpiente boa; hoy soy un elefante. Tanner.— Sí, como usted quiera. Vayase, y punto con- cluido. No quiero hablar más. Ana.— Es usted tan raro y tan poco práctico... Yo, ¿qué puedo hacer? Tanner. — ¡Hacerl Puede usted romper sus cadenas. Puede usted ir su camino según su propia conciencia y no según la de su madre. Haga que su espíritu sea puro y fuerte y aprenda a gozar de verdad con una carrera rá- pida en automóvil en vez de no ver en ella más que una ocasión para una detestable intriga. Venga conmigo a 74 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Marsella, y a través de Argelia a Biskra, a sesenta millas por hora. Acompáñeme hasta el Cabo, si quiere. Esto se- ría una declaración de independencia y, al mismo tiem- po, una venganza. Después puede usted escribir un libro sobre ello. Eso acabará con su madre y hará de usted una mujer. Ana. - (pensativa.) No creo que en eso habría mal algu- no, Juanito. Usted es mi tutor, usted hace vez de padre para mí por voluntad de mi difunto padre. Nadie podría decir algo de nuestro viaje en común. Sería delicioso; mil gracias por la proposición, Juanito; le acompaño. Tanner. — (Atónito.) ijMe acompaña!! Ana. — Naturalmente. Tanner. — Pero... (Se queda parado, sumamente inquieto; luego prosigue débilmente.) No; mire usted, Ana, si no hay mal en ello, tampoco hay motivo para hacerlo. Ana.— ¡Qué cosas tiene usted! Estoy segura de que usted no quisiera dejarme en mal lugar. Tanner.— Pues está usted equivocada. Mi propuesta no tenía otro fin. Ana.~No diga usted tonterías. Bien lo sabe usted. Nunca hará usted algo que redunde en mi desdoro. Tanner.— No se fíe. Si no quiere usted tropiezos de ninguna clase, no venga usted. Ana.— (con sencilla seriedad.) Sí, Juauíto; iré, puesto que usted lo desea. Usted es mi tutor y creo que debiéramos vernos más y conocernos mejor uno a otro. (Agradecida.) Es una idea muy buena y al mismo tiempo mucha ama- bilidad en usted, Juanito, el ofrecerme esa excursión tan agradable, sobre todo después de lo que dije de Rhoda. Es usted realmente bueno... mucho mejor de lo que se figura. ¿Cuándo será la marcha? Tanner. — Pero si... HOMBRE Y SUPERHOMBRE 75 La conversación se interrumpe por la llegada de Mrs. Whitefield desde la casa. Está acompañada del caballero americano y seguida de Ramsden y Octavio. Héctor Malone es un americano del Este, pero no está nada avergonzado de su nacionalidad. Esto hace que la gente de la buena sociedad en Ingla- terra no le mire mal, como a un joven de bastante valor para confesar una desventaja patente, sin tratar en modo alguno de ocultarla o atenuarla. Sienten que no deben hacerle sufrir por una cosa de la que no tiene la cul- pzi, y se esfuerzan en ser amables con él. Su caballeroso modo de ser para con las mujeres, y sus sentimientos elevadamente morales, siendo tan poco usuales y por nadie exigidos, les chocan como quizás un poco fuera de lu- gar, y aunque encuentran su vena de fácil humor festivo bastante divertida cuando ha dejado de turbarlos (como al principio ocurre), le han tenido que hacer entender que de ningún modo debe contar anécdotas si no son estric- tamente personales y escandalosas, y también que la oratoria es un don que pertenece a una fase más ruda de la civilización que la en que sus viajes le han hecho venir a parar. Acerca de todo eso, Héctor no está del todo con- vencido; todavía cree que los ingleses son aptos a considerar sus estupideces como méritos y a presentar sus varias incapacidades como cosa de buena crianza. Le parece que la vida inglesa adolece de la falta de retórica edifi- cante (que él llama tono moral); que el modo de ser de los ingleses mani- fiesta falta de respeto a la mujer; que la pronunciación inglesa es muy defi- ciente tratándose de palabras como world, girl, bird, etc.; que la buena so- ciedad inglesa se sirve de expresiones tan poco escogidas que rayan a veces en intolerable ordinariez, y que los tratos sociales necesitan, para que entre en ellos algo de vida, juegos y chismes y otros pasatiempos. Así, pues, no tiene prisa alguna en adquirir esos defectos después de haber peisado traba- jos para hacerse cultísimo antes de aventurarse a cruzar el Océano. Nota que el pueblo inglés, con respecto a esta cultura, o es totalmente indiferente, como suele serio para toda clase de cultura, o trata de ser cortésmente eva- sivo, siendo la verdad que la cultura de Héctor no es sino un estado de sa- turación por las obras literarias inglesas exportadas hace treinta años, reim- portadas por él para ser desempaquetadas en momento oportimo y traídas 76 HOMBRE Y SUPERHOMBRE a colación siempre cuemdo se habla de literatura, ciencia y arte. La estra- ñeza ocasionada por estas salidas le confirma en la creencia de que está ayudando a educar a Inglaterra. Cuando encuentra a personas charJemdo tranquilamente de Anatole France o de Nietzsche, de repente se dispara con Mathew Arnold, el autócrata de la Mesa del Almuerzo, y hasta con Macau- lay. Y como quiera que es sinceramente religioso, sabe, por ciertos giros humorísticos de la conversación, hacer que los que discuten con él de cues- tiones morales se dejen de teologías populares, y luego los pone en un bre- te preguntándoles si no creian que el hecho de cumplirse sus ideales de conducta era una demostración manifiesta del poder omnipotente de Dios al crear hombres honrados y mujeres castas. La atractiva eunenidad de su persona, por un lado, y la, llamémosla así, pedantería de su cultura, por el otro, hacen extremadamente difícil conocer si vale la pena empeñarse en tratarle. Porque mientras su compañía es innegablemente agradable y en- tretenida, intelectualmente no se puede sacar nada nuevo de él, sobre todo porque desprecia la pahtica y evita cuidadosamente hablar de negocios comerciales o financieros, en cuyo terreno probablemente puede dar cinco y raya a sus amigos capitaUstas ingleses. Con quienes mejor se lleva es con los cristianos románticos, de la secta de los amorisías, y de ahí se explica su amistad con Octavio. Según su apariencia, Héctor es un joven bien formado, de unos veinti- cuatro años, con una barba negra, bonita y corta; ojos claros y hermosos y de expresión \n[va y simpática. Desde el punto de vista de la moda, viste perfectamente. Mientras viene por la avenida en compañía de Mrs. White- field, hace lo posible por ser agradable y divertido, con lo que impone íil débil entendimiento de la buena señora una carga que ella no puede sopor- tar. Un inglés la dejaría en paz aceptando el aburrimiento y la indiferencia como una suerte común, y la pobre lo que necesita es que la dejen sola o que le hablen de cosas que la interesan. Ramsden se aleja despacio para examinar el automóvil. Octavio se reúne con Héctor. Ana. (Precipitándose con alegría al encuentro de su madre.) ¡Ay, mamá! Figúrate, Juanito va a llevarme a Niza en su HOMBRE Y SUPERHOMBRE 77 automóvil. jQué alegría! Soy la persona más dichosa de Londres. Tanner.— (Desesperado.) Mistress Whitefield se opone. Estoy seguro de que mistress Whitefield no está confor- me. ¿No es verdad, Ramsden? Ramsden.— Me parece más que probable. Ana. — No te opones, ¿verdad, mamá? Mrs. Whitefield.— i Yo oponerme! ¿Por qué? Creo que la excursión te hará provecho, Ana. (Acercándose a Tanner.) Me voy a permitir rogarle que alguna que otra vez lleve también a Rhoda en el coche. Está demasiado encerrada en casa. Pero, en fin, esto podrá ser cuando regrese usted. Tanner. — ¡Un abismo de perfidia tras otro! Ana. — (ai punto, para distraer la atención de estas palabras.) jAh! Dispensen ustedes, no me acordaba de que Juanito y míster Malone no se conocían. Permítanme presentarlos. Míster Tanner, mi tutor; míster Héctor Malone. Héctor.— Tengo mucho gusto en conocerle, míster Tanner. Me permito proponerle una ampliación de esa excursión a Niza. Ana. — Si vamos a ir todos, míster Malone. Es cosa acordada, ¿verdad? Héctor.— También yo soy el poseedor de un modesto automóvil. Si miss Robinson me quiere hacer el honor de disponer de él, me alegraré infinito. Octavio. — ¡Violeta! (Cohibición general.) Ana.— (con humildad.) Vente, mamá; dejemos a esos señores tomar disposiciones. Yo tengo que preparar mi equipaje. (Mrs. Whitefield tiene aire de sobresaltada; pero Ana tira de ella discre- tamente y desaparecen a la vuelta de la esquina, en dirección a la casa.) 78 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Héctor.— Creo poder contar con el asentimiento de miss Robinson. (Embarazo continuado.) Octavio.— Me temo que Violeta no pueda acompa- ñarnos. Hay circunstancias que le hacen imposible el to- mar parte en nuestra excursión. . Héctor.— (Divertido y nada convencido.) Mi propOSiciÓn eS demasiado americana, por lo visto. ¿Es que la mucha- cha necesita aya? Octavio.— No; no es eso, Malone... por lo menos, no es eso sólo. Héctor.— ¿De veras? ¿Pues puedo saber en qué con- siste la dificultad? Tanner. — (impaciente.) Bueuo, díselo todo. No podre- mos guardar ese secreto hasta que todo el mundo se haya enterado. Mister Malone, si va usted a Niza con Violeta, va usted con la esposa de otro hombre. Violeta está casada. Héctor. — (como herido por el rayo.) ¡No lo dice usted en serio! Tanner.— Sí, hablo en serio, en confianza. RaMSDEN. — (Con aire de importancia, para que Malone no sospe- che un casamiento desigual.) Su casamieuto todavía uo se ha hecho público, y ella desea que no se hable de él por ahora. Héctor.— Respetaré los deseos de esa señora. ¿Será indiscreto preguntar quién es su marido, por si la casua- lidad hiciera que pueda yo consultarle acerca de esa ex- cursión? Tanner.— No sabemos quién es. Héctor. — (Recalcando mucho sus palabras.) EntonceS nO tengo ya nada que decir. (Quedan más cohibidos todavía.) HOMBRE Y SUPERHOMBRE 79 Octavio. — Le parecerá esto algo extraño. Héctor.— Algo singular, dispensen que lo diga. RaMSDEN. — (Medio presentando excusas, medio arrogante.) La muchacha se ha casado en secreto, y parece que su ma- rido le ha prohibido declarar su nombre. Es lo menos que podemos decir a usted, ya que se interesaba por miss... por... por Violeta. Octavio.— (compasivo.) Espero que esto no significa una desilusión para usted. Héctor. — (Tranquilizado, volviendo a salir de su reserva.) |Vaya un chasco! Casi no puedo comprender cómo un hombre puede dejar a su mujer en semejante situación. De to - dos modos, no es costumbre. No es digno. No es tener consideración. Octavio.— Lo sentimos, como puede usted imaginar, muy profundamente. Ramsden. — (Mohino.) Será algún joven aturdido que no tiene bastante experiencia para conocer los cien embro- llos a que esto puede dar lugar. Héctor. — (Con fuertes síntomas de repugnancia moral.) Así SU- pongo. Un hombre necesita ser muy joven y bastante tonto para que se le excuse por semejante conducta. Su juicio es muy indulgente, míster Ramsden. Demasiado indulgente para mi gusto. No hay duda de que el matri- monio debiera ennoblecer al hombre. TaNNER. — (sardónico.) ¡Ja, ja! Héctor.— ¿Debo interpretar esa carcajada como señal de que usted no está conforme conmigo, míster Tanner? Tanner. — (Áspero.) Cásese y verá. Tal vez lo encuentre delicioso por un rato; pero seguramente no lo encontra- rá ennoblecedor. La mayor medida común de un hom- bre y una mujer no es necesariamente mayor que la medida sola del hombre. 80 HOMBRE y SUPERHOMBRE Héctor.— Pues en América creemos que la altura mo- ral de la mujer está por encima de la del hombre, y que la naturaleza más pura de la mujer eleva al hombre y le hace mejor de lo que era. Octavio. — (con convicción.) Y asi es. Tanner. — No me extraña que las mujeres americanas prefieran vivir en Europa. Es más cómodo que pasarse la vida en un altar y dejarse reverenciar. Sea lo que sea, el marido de Violeta no se ha ennoblecido ni ele- vado. ¿Qué hay, pues, que hacer? Héctor. — (Meneando la cabeza.) No puedo Conformarme con la conducta de ese hombre tan fácilmente como us- ted, míster Tanner. Pero de todos modos, no digo más. Sea quien sea, es el esposo de miss Robinson, y me ale- graría mucho, por ella, de tener una mejor opinión de él Octavio. — (conmovido, porque adivina una pena secreta.) Lo siento mucho, Malone, mucho. Héctor.— (Agradecido.) Es usted una buena persona, Robinson. Muchas gracias. Tanner. — Hablemos de otra cosa, que ahí viene Vio- leta. Héctor. — Les agradecería mucho, señores, que me dejaran un momento solo con esa señora. Tengo que ver cómo se arregla eso del viaje; es un asunto algo de- licado, y... Ramsden.— (Contento de escapar.) No diga más. Venga, Tanner; venga, OctavitO. (Se aleja por el parque con Octavio y Tanner, pasando por donde está el automóvil.) (violeta baja por la avenida y se acerca a Héctor.) Violeta.— ¿Nos están mirando? Héctor.— No. (Ella le besa.) Violeta.— Habrás estado mintiendo por causa mía. HOMBRE Y SUPERHOMBRE íU Héctor.— ¡Mintiendo! Mintiendo es decir poco. Me he revolcado en un océano de mentiras. Violeta, quisiera que me dejaras decir la verdad. Violeta. — (ai punto, volviéndose seria y resuelta.) No, nO, Héctor; me has prometido callar. Héctor. — Guardaré mi promesa mientras no me dis- penses. Pero me es muy penoso tener que mentir a to- dos y negar a mi mujer. Es una cosa atroz. Violeta. — Yo quisiera que tu padre no fuese tan ti- rano. Héctor.— No es tirano. El, desde su punto de vista, tiene razón. Tiene prevención contra la clase media in- glesa. Violeta. — Es ridículo. Sabes que no me gusta decirte estas cosas, pero si yo quisiera... en fin, no hable- mos más. Héctor. — Sé lo que quieres decir. Si tú quisieras ca- sarte con el hijo de un fabricante inglés de muebles de oficina, tus conocidos lo considerarían como un matri- monio desigual. Y ahí está mi tonto de viejo, que es el fabricante de muebles de oficina mayor del mundo, y que me arrojaría de su casa por casarme con la dama más perfecta de Inglaterra, sólo porque no posee título nobiliario. Claro está que es absurdo. Pero te digo, Vio- leta, que no me gusta engañarle. Siento como si le es- tuviese robando el dinero. ¿Por qué no me dejas decir la verdad? Violeta. — No podemos permitirnos ese lujo. Puedes ser todo lo romántico que quieras en cuestión de amor- Héctor, pero no debes ser romántico en cuestión de di- nero. Héctor. — (vacilando entre su amor de esposo y su habitual ele- vación de sentimiento moral.) EsO CS muy inglés. (Apelando a ella 6 82 HOMBRE Y SUPERHOMBRE muy impulsivamente.) Violeta, hagamos lo que hagamos, mi padre algún día descubrirá nuestro secreto. Violeta. — Hombre, claro, algún día. Pero ¿para qué darlo por hecho cada vez que nos vemos? Me has pro- metido... Héctor. — Sí, es verdad; pero yo... Violeta. — (interrumpiéndole.) Soy yo, y no tú, quien su- fro por esta ocultación. Ahora, exponerme a una lucha por parte de tu padre, y luego a la pobreza, no, no quie- ro. Sería demasiado tonto. Héctor. -Yo tampoco. Trataré de obtener dinero prestado de mi padre hasta que yo pueda volar con mis propias alas, y entonces podré coníesárselo todo, y al mismo tiempo devolverle el dinero. Violeta.— (Alarmada e indignada.) ¿Tíeucs la íntenciÓH de trabajar? ¿Quieres echar a perder nuestro matri- monio? Héctor.— Mira, no quiero que el matrimonio eche a perder mi buena fama. Tu amigo míster Tanner ya se ha burlado un poco de mí acerca de eso, y... Violeta.— ¡Habrá animal! Detesto a ese hombre. Héctor.— (Magnánimo.) No hables mal de él. Le hace falta una buena mujer para elevar su alma. A propósi- to: quiere que hagamos todos un viaje en automóvil a Niza, y pienso yo llevarte. V^ioleta.— ¡Qué bien! Esto sí que me gusta. Héctor. — Sí, pero ¿cómo vamos a arreglarnos? Por- que has de saber que me han dicho, en cierto modo, que no puedo llevarte. Me han dicho, en confianza, que estabas casada. Esa es la confianza más tremenda con la que en mi vida me han honrado. (Tanner vuelve con Straker, quien va a su coche.) Tanner.— El coche de usted es una preciosidad, mis- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 83 ter Malone. Su mecánico lo está enseñando a mister Ramsden. Héctor. — (con vivacidad, olvidándose.) Mira, Vio... Violeta. — (Fríamente, haciéndole guiños.) Dispense usted, mister Malone; no he podido comprender... Héctor. — (cayendo en la cuenta.) ¿Me permitirá usted, miss Robinson, enseñarle mi cochecito de vapor? Violeta. — Tendré mucho gusto, (se alejan ios dos por la avenida.) Tanner.— Hablemos de nuestro viaje, Straker. Straker.— Usted dirá. Tanner.— Miss Whitefield vendrá conmigo. Straker. — Ya es de suponer. Tanner.— También mister Robinson vendrá en mi coche. Straker.— Bueno, (sigue arreglando el coche.) Tanner.— Pues mire, si se las puede usted arreglar de modo que esté ocupado conmigo y mister Robinson esté ocupado con miss Whitefield, él se lo agradecerá mucho. Straker. — (Mirando hacia él.) Naturalmente. Tanner.— ¿Naturalmente? Su abuelo hubiese sencilla- mente inclinado la cabeza. Straker.— Mi abuelo se hubiese tocado el sombrero. Tanner. — Y yo le hubiese dado a su respetuoso abuelo un souereign. Straker. — Cinco chelines. Es probable, (oeja ei coche y se acerca a Tanner.) ¿Y cuáles son las ideas de la señoriíB? Tanner. — Pues tanto le gustará que la dejen coa mis- ter Robinson como a éste que le dejen con ella, (straker mira a su amo con frío escepticismo y vuelve al coche silbando su aire favorito.) Cállese con ese silbido. ¿Qué significa? (straier prosigue tranquilamente con la melodía y la acaba. Tanner le escucl.a 84 HOMBRE Y SUPERHOMBRE hasta el fin y luego se dirige a él muy serio.) Enrique, siCHipre he abogado con ahinco por la difusión de la música entre las masas, pero protesto contra esa manía de silbar siem- pre que suena el nombre de miss Whitefield. Ya esta mañana hizo usted así. Straker.— (obstinado.) Si es inútil. Tarde o temprano míster Robinson renunciará. Tanner. — ¿Por qué? Straker.— ¡Demonios! Bien lo sabe usted. Total, ¿a mí qué? Pero no me quiera usted hacer comulgar con rue- das de molino. Tanner. — Yo digo la verdad y no tengo para qué ocul- tarla. Straker. — (con una sonrisa problemática.) ¡Ah! Muy bien. Después de todo, no es asunto mío. Tanner. —(Hablando con decisión.) Espero, Enrique, que, siendo yo el amo y usted el chauffeur, he sabido siem- pre guardar las distancias debidas y nunca me he meti- do en sus asuntos particulares. Hasta nuestro contrato está hecho según las exigencias de la asociación de me- cánicos a la que usted pertenece. Pero no abuse de sus ventajas. Permítame recordarle que Voltaire dijo que lo que era demasiado tonto para ser dicho se cantaba. Straker.— -No fué Voltaire, sino Beaumarchais. Tanner.— Admito la rectificación, claro que Beaumar- chais. Pero es el caso que usted parece creer que lo que es demasiado delicado para ser cantado puede silbarse. Desgraciadamente, lo que usted silba, por más que sea melodioso, es incomprensible. Vamos a ver; no hay na- die que nos escuche, ni mis amables parientes ni el se- cretario de la maldita asociación de usted. De hombre a hombre, Enrique, dígame por qué cree que mi amigo no tiene probabilidades con miss Whitefield. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 85 Straker.— Pues porque ella trata de cazar a otro. Tanner. — Y ¿quién es ese otro? Straker. — Usted. Tanner.— ¡{¡Yo!!! Straker. — No se haga usted de nuevas. ¡Vamos, hombre! Tanner.— ¿Está usted bromeando, o habla en serio? Straker.— (Algo amostazado.) Yo no estoy bromeando. (con más calma.) Pero SÍ está visto. Si usted no lo nota es que sabe poco de esas cosas, (otra vez completamente sereno.) Dispénseme, míster Tanner; usted me ha preguntado como hombre a hombre, y yo le he contestado como hombre a hombre. Tanner.— (con trágica desesperación.) ¡Entouces soy yo el zángano, la araña macho, la víctima señalada, la presa predestinada! Straker.— No sé lo que usted quiere decir con eso del zángano y la araña. Pero la presa predestinada es us- ted, no hay duda, y puede usted alegrarse, que no es mal negocio. Tanner. — (solemne.) Enrique Straker, su sueño dorado se va a cumplir. Straker.— ¿Qué quiere decir? Tanner.— Aquella carrera a Biskra. Straker. — (Muy interesado.) ¿Qué? Tanner. — A ver si bate usted el record. Straker. — (Elevándose a la altura de la situación.) ¡Oh, lo batiré! Tanner.— Pues mano a la obra. Straker.— ¿Cuándo? Tanner. Ahora mismo. ¿Está listo el coche? Straker. -(Temblando.) Pero no puede usted... Tanner. — (Pone «n a la conversación entrando en el coche.) Vá- 86 HOMBRE Y SUPERHOMBRE monos sin tardar. Primero al Banco por dinero, luego a mis habitaciones por mi equipaje, luego al cuarto de us- ted por su equipaje, luego a toda velocidad de Londres a Dover o Falkestone, luego nos embarcaremos para Francia y otra vez a correr todo lo que podamos hacia Marsella, Gibraltar, Genova, en fin, a cualquier puerto donde nos podamos embarcar para un país mahometa- no en el que haya protección contra las mujeres. Straker.— Usted bromea. Tanner.— (Resuelto.) Quédese usted si quiere- Entonces yo iré solo. (Pone el motor en movimiento.) Straker.— (corriendo detrás del coche.) Esperc un momento, señor; no faltaba más. (Sube ai coche en marcha.) ACTO TERCERO Atardecer en la Sierra Nevada. Cerros ondulantes pardos con olivos en vez de manzanos en las partes cultivadas, y chaparrales salpicando los si- tios silvestres, en vez de aliagas y brezos. Más arriba, altos picachos pé- treos y precipicios, todos pulcros y distinguidos. Aqui no hay naturaleza agreste propiamente dicha, sino más bien un paisaje de montañas aristocrá- tico hecho por un artista creador exigente. Ninguna vulgar profusión de vegetación; hasta hay un toque de aridez en los escarpados de los riscos; en todas partes la suntuosidad española junto a la sobriedad española. No muy lejos, al Norte de un punto en el que la carretera por uno de los puertos se cruza con un túnel de la línea férrea Málaga-Granada, se halla uno de los anfiteatros de la sierra. Mirando hacia él desde el extremo ancho de la herradura, se ven, un poco a la derecha, en la ladera, una hendidura pintoresca que en realidad es una cantera abandonada, y, hacia la izquierda, un cerro pequeño dominando la carretera que forma el borde izquierdo del anfiteatro y mantiene su nivel elevado por medio de terraplenes y arcos de piedra por trechos. En el cerro, observando la carretera, hay un hombre que es o español o escocés. Probablemente es español, porque lleva el traje de los cabreros españoles y parece estar en su casa en aquel terreno, pero a pesar de todo, se parece mucho a un escocés. En la hondonada que se ex- tiende delante de la hendidura de la cantera hay como una docena de hom- bres que, rerlinados cómodamente alrededor de un montón de rescoldo y ceniza blanca producida por la combustión de hojas y ramas secas, tienen un aire de darse cuenta de ser unos facinerosos pintorescos honrando la sierra con usarla como fondo efeciista del cuadro que forman. Mirados desde el punto de vista artístico, no son pintorescos, y las montañas los toleran como Jos leones toleran los piojos. Un policía inglés o un funcionarlo de la Bene- 88 HOMBRE Y SUPERHOMBRE ficencia los reconocería como selecta banda de vagos y pobres con fuerzas suficientes para trabajar. Esta descripción de ellos no es despectiva. Qvdenquiera que haya ob- servado con inteligencia al vagabundo o estudiado al robusto recogido de los asilos, admitirá que no todos nuestros fracasados sociales son borrachos y viciosos. Algunos de ellos son hombres que no se adaptaron a la clase en la que nacieron. Precisamente las mismas cualidades que al caballero edu- cado hacen llegar a artista pueden a un bracero ineducado hacer llegar a indigente válido. Hay hombres que entran sin remedio en el asilo porque realmente no valen para nada, pero también hay hombres que están allí por ser bastante fuertes de espíritu para despreciar la convención social (claro que nada desinteresada por parte del contribuyente) según la que un hombre debe vivir de un trabajo penoso y mal retribuido, mientras tiene la probabilidad de ingresar en un asilo con sólo declararse indigente y de re- cibir alU mejor casa, ropa y comida de la que podria proporcionarse traba- jando normalmente. Cuando un hombre nacido para poeta rechaza un des- tino en la oficina de un bolsista y se muere de hambre en una buhardilla, prefiriendo explotar a una pobre patrona de huéspedes y hacerse el parásito de amigos y parientes, a trabajar en cosas que no le agradando cuando una dama, por ser dama, se aviene a todos los extremos de una dependencia pa- rasítica antes de ponerse a doncella o cocinera, estamos dispuestos a la ma- yor indulgencia para con ellos. Pues a semejante indulgencia tiene igual- mente derecho el indigente válido y su allegado trashumante el vagabundo. Además el hombre de imaginación, si la vida le ha de ser soportable, debe tener vagar y tiempo para contarse a si mismo historias, y una posi- ción que se preste a adornos imaginativos. Las labores puramente manua- les no ofrecen posiciones por el estilo. Abusamos horriblemente de los tra- bajadores manuales, y cuando un hombre se niega a dejar que abusen de él, no tenemos el derecho de decir que rechaza un trabajo honrado. Seamos francos en este asunto antes de proseguir en nuestra comedia, para poder disfrutarla sin hipocresía. Si fuéramos personas que discurren y prevén, las cuatro quintas partes de nosotros correrían derecho a la Beneficencia y ha- rían pedazos todo el sistema social, con resultados reconstructores muy be- néficos. La razón por la que no hacemos esto es porque obramos como las abejas y hormigas, por instinto o costumbre, sin razonar en lo más mínimo sobre ello. Por eso si se presenta un hombre que piensa y obra razonable- mente y que, aplicando la piedra de toque kantiana a su conducta, puede honradamente decimos: «Si cada uno hiciera como yo, el mundo se vería obligado a reformarse industrialmente y aboliría la esclavitud y la suciedad, que sólo existen porque cada uno hace como hacéis vosotros», honremos a ese hombre y meditemos seríamente sobre la conveniencia de seguir su ejem- plo. Hombre tal es el indigente válido de cuerpo y espíritu. Si fuese un ca- ballero haciendo lo posible por lograr una pensión o un destino con sueldo y sin trabajo en vez de barrer un cruce de calles, nadie le censuraría por decidir que, mientras pueda escoger entre la alternativa de vivir príncipal- HOMBRE y SUPERHOMBRE 89 mente a costa de la generalidad y la de que la generalidad viva principal- mente a costa suya, sería locura aceptar lo que para él personalmente es el mayor de los dos males. Podemos, pues, mirar sin prejuicio a los vagabundos de la sierra y confe- sar sin ambages que nuestros fines— en suma, de llegar a hacer fortuna— se parecen mucho a los suyos, y que las diferencias en nuestra posición y mé- todos son meramente accidentales. Sin embargo, sería quizás prudente ma- tar a uno u otro de ellos, sin malicia, de un modo franco y rápido, porque hay bípedos, lo mismo que hay cuadrúpedos, que son demasiado peligrosos para que se los deje sin bozal y cadena, y no pueden con justicia exigir que otros gasten su vida en vigilarlos. Pero como la sociedad no tiene el valor de matarlos y, cuando les echa el guante, sencillamente ejerce con ellos al- gunos supersticiosos y expiativos ritos de tortura y degradación para luego soltarlos con mayores aptitudes para el delito, lo mismo da que estén a sus anchas en la sierra y bajo el mando de un jefe que tiene aspecto de ser ca- paz de mandarlos fusilar en caso de insubordinación. Este jefe, sentado en el centro del grupo, encima de un bloque cuadrado de piedra procedente de la cantera, es un hombre alto y robusto, con una nariz notable de cacatiia, de pelo negro y lustroso, perilla y bigotes empina- dos del mismo color, con cierto garbo de Mefistófeles que impresiona agra- dablemente, tal vez porque el escenario admite más proso{. opeya que Picca- dilly, tal vez por cierta sentimentalidad en el hombre que le da ese toque de gracia por el que sólo puede ser excusable lo pintoresco buscado. Su boca y sus ojos no tienen nada de canallesco; tiene un timbre de voz her- moso y una inteligencia muy despierta. No sabemos si es realmente el más fuerte de la partida, pero, por lo menos, aparenta serlo. Es seguramente el mejor alimentado, el mejor vestido y el mejor educado. El hecho deque habla inglés no tiene nada de particular, a pesar del paisaje español, porque con excepción de un individuo que parece ser un torero echado a perder por la bebida y de otro que inconfundiblemente es francés, todos son londi- nenses o norteamericanos. Por eso, en la patria de las capas y los sombreros cordobeses, en su mayoría llevan gabanes raídos, bufandas de lana, hongos duros y guantes sucios de color café. Sólo unos pocos visten a estilo de su jefe, cuyo ancho pavero con pluma de gallo y amplia capa tapando las vuel- tas de las botas altas son lo menos ingleses posible. Ninguno lleva armas, y los que no tienen guantes tienen las manos metidas en los bolsillos porque es su creencia nacional que, al aire libre, cuando viene la noche, debe de hacer un frío peligroso. (Hace una noche tan suave como pueda desearla cualquier hombre razonable.) Excepto el torero borracho, no hay más que una persona en la partida que aparenta tener, digamos, más de treinta y tres años . Es un hombrecito con patillas rojizas, mirada débil y el aspecto angustiado del modesto co- merciante en apuros. Lleva el único sombrero de copa visible, que con el resplandor del ocaso brilla melancólicamente por efecto de un «regenera- dor» de a seis peniques, aplicado con frecuencia y que tiene por resultado 90 HOMBRE Y SUPERHOMBRE producir estragos peores que los que se intentan corregir. Su cuello y sus puños son de celuloide, y su gabán de Chesterfield de color café, con cuello de terciopelo, es todavía presentable. Es preeminentemente el hombre dis- tinguido de la reunión y tiene con seguridad más de cuarenta años, tal vez más de cincuenta. Está sentado a la derecha del jefe, frente a tres individuos con corbatas rojas sentados a la izquierda. Uno de estos tres es el francés. De los dos restantes, que son ingleses, el uno es argüidor, testarudo y solem- ne; el otro, malicioso y reñidor. El jefe, embozándose grandiosamente en su capa, se levanta para dirigirse a su gente. El aplauso con que se le saluda parece indicar que es un orador favorito. El jefe.— Amigos y compañeros de bandidaje. Tengo que hacer a la reunión una propuesta. Ya van tres tar- des empleadas en discutir la cuestión de si los anarquis- tas o los demócratas socialistas tienen más valor perso- nal. Hemos hablado largo y tendido sobre los principios del anarquismo y de la democracia social. La causa del anarquismo ha sido idóneamente defendida por el único anarquista de nuestra asociación, el que no sabe lo que significa anarquismo. (Risas...) El anarquista. — (Levantándose.) Pido la palabra, Men- doza, que quiero apurar la orden del día. Mendoza.— (violento.) Nuestra paciencia es la que quie- re usted apurar; cada vez que habla, dura media hora. Además, ¿qué sabe un anarquista lo que es orden? El anarquista. — (Suave, cortés e insistente; es el hombre de cierta edad, de aire distinguido, el de los puños y el cuello de celuloide.) Eso es un error vulgar. Puedo probar... Mendoza. — Orden, orden. Los OTROS. — (Gritando.) Orden, orden. Que se siente. Se- ñor Presidente, mándele callar. (e1 anarquista es reducido al si- lencio.) Mendoza.— Por otra parte, tenemos entre nosotros tres demócratas socialistas. No están conformes entre sí, y nos han presentado tres distintas e incompatibles opi- niones democrático socialistas. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 91 Los TRES HOMBRES DE CORBATA ROJA. — 1.° Scñor Pre- sidente, yo protesto, me explicaré. 2° Eso es una men- tira, nunca he dicho semejante cosa. No altere la ver- dad, Mendoza. 3.° Je demande la parole. C'est absolu- ment faux. C'est faux, íaux, faux. ¡ijAssas... s... sinÜ! Mendoza.— Orden, orden. Los OTROS.— ¡Orden, orden, orden! ¡Que hable la Pre- sidencia! (Los demócratas socialistas son reducidos al silencio.) Mendoza.— Aquí respetamos todas las opiniones- Pero, después de todo, compañeros, la inmensa mayo- ría no somos ni anarquistas ni socialistas, sino caballe- ros y cristianos. La mayoría. — (Asintiendo a gritos.) ¡Muy bien, muy bien! Eso es lo que somos. El socialista reñidor. — (Rencoroso por verse postergado.) TÚ no eres cristiano. Lo que eres tú es judio. Eso es lo que eres. Mendoza. — (Con magnanimidad aplastante.) AmigO míO, yO soy una excepción de todas las reglas. Es verdad que tengo el honor de ser judío, y si los sionistas necesitan un jefe para reunir a nuestra raza en su histórico solar de Palestina, Mendoza no será el último en ofrecerse. (Aplausos, exclamaciones de muy bien, muy bien, etc.) PcrO yO nO soy esclavo de superstición alguna. Me he tragado to- das las fórmulas, hasta la del socialismo, aunque, sea lo que sea, una vez socialista, seré socialista siempre. El socialista democrático.— Así me gusta. Mendoza.— Pero no se me oculta que el hombre nor- mal... y aun el bandido normal a quien apenas se le puede llamar hombre normal... (¡Muy bien, muy bieni) no es filósofo. Le basta el sentido común, y en los negocios rorrientes nuestros, también basta el sentido común. 92 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Pues ¿en qué consisten nuestros negocios aquí en la Sierra Nevada, que los moros calificaron de sitio más delicioso de España? ¿Consisten en discutir absurdas cuestiones de economía política? No; consisten en dete- ner automóviles y asegurar una distribución más equi- tativa de la riqueza. El socialista tristón.— Creada toda por el trabajo, no lo olvide. Mendoza.— (cortés.) Creada toda por el trabajo, ¿quién lo duda?, y que los vagabundos ricos tratan de dilapi- dar a su manera en los antros del vicio que desfiguran las soleadas playas del Mediterráneo. Nosotros intercep- tamos aquella riqueza. La devolvemos a la circulación entre la clase que la produjo y que principalmente la necesita, es decir, la clase trabajadora. Hacemos esto con riesgo de nuestra vida y nuestra libertad, ejercitan- do las virtudes del valor, las fatigas, la previsión y la abstinencia... sobre todo la abstinencia. De mí sé decir que no he comido otra cosa, en los tres últimos días, que conejo asado en las ascuas e higos chumbos. El SOCIALISTA tristón.— (Áspero.) Lo mísmo que nos- otros. Mendoza.— (indignado.) ¿He cogido más de lo que me correspondía? El SOCIALISTA TRISTÓN.— (Sin inmutarse.) TampOCO había derecho. El ANARQUISTA.— ¡Qué derecho ni ocho cuartos! Cada uno se toma los derechos según sus necesidades. Se coge donde lo haya. El francés.— (Enseñando los puños al anarquista.) jFumíSte! Mendoza.— (Diplomático.) Estoy conforme con los dos. Los BANDIDOS GENUINAMENTE INGLESES.— ¡Bien, bien por Mendoza! HOMBRE Y SUPERHOMBRE 93 Mendoza. — Lo que yo digo es lo siguiente: Tratémo- nos unos a otros como caballeros, y no demostremos valentía personal más que cuando nos echemos al campo. El socialista reñidor.— (Burlón.) ¡Anda, Chéspir! (Se oye un silbido del pastor de cabras. Éste se ha levantado y seña- la, agitado, desde el cerro hacia la carretera, al Norte.) El cabrero. — ¡Automóviles! ¡Automóviles! (se precipita cerro abajo, y se reúne con los otros, que se levantan con presteza.) Mendoza. — (con voz apremiante.) ¡A las armas! ¿Quién tiene la escopeta? El socialista tristón. — (Entregando una escopeta a Mendo- za.) Ahí va. Mendoza.— ¿Se han sembrado los clavos en la cane- tera? El socialista reñidor.— Ya lo creo, dos libras. Mendoza.— Bueno, (ai francés.) Usted conmigo, Duval. Si fallan los clavos, reviénteles los neumáticos con un tiro. (Oa la escopeta a Duval, quien le sigue hasta lo alto del cerro. Mendoza saca imos gemelos de teatro. Los otros bajan a la carretera y desaparecen por el Norte. En el cerro, usando los gemelos.) SÓlO SOn dos hombres. Un capitalista y su chauffeur. Parecen in- gleses. Duval.— ¡Anglichl Aoh yes. CochonS. (preparando la es- copeta.) ¿Faut tirer, n'est ce pas? Mendoza.— No, los clavos han hecho lo suyo. Ya se les ha reventado un neumático; se paran. Duval. — (Gritando hacia los otros.) ¡A ellos, nom de Dieu! Mendoza. — (Reprimiéndole.) Eh, ten calma, Duval. Ellos también lo toman con calma. Vamos allí a recibirlos. (Mendoza baja por el cerro, por detrás de la hoguera, y viene hacia delante, mientras Tímner y Straker, con sus geifas, chaquetas de cuero y gorras de automovilistas, son traídos por los bandidos.) 94 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Tanner.— ¿Es aquél el caballero que dicen ustedes ser el jefe? ¿Habla inglés? El socialista reñidor. — ¿Y cómo no? (Con acento la- mentablemente francés.) ¿O cieer usted que nosotros vamos a ejercitar el bandidaje en España teniendo un jefe es- pañol? Mendoza. — (Con dignidad.) Permítame que me presente; soy Mendoza, presidente de la Liga de la Sierra, (con cierta suficiencia.) Soy uu bandido, y vivo de robar a los ricos. Tanner.— (sin vacilar.) Yo soy un caballero. Vivo de robar a los pobres. Vengan esos cinco. Los SOCIALISTAS ingleses.- Muy bien, muy bien, (rísh general y alegría. Tanner y Mendoza se aprietan las manos. Los ban- didos vuelven a sentarse en sus sitios anteriores.) Straker.— Bueno, ¿yyo?... Tanner.— (Presentándole.) jAh, éste es mi amigo y chauf- feur! El socialista tristón.— (suspicaz.) ¿En qué quedamos? ¿Es chófer o amigo? Hay una diferencia, sabe usted. Mendoza.— (Explicando.) La cosa es que para un amigo tenemos que pedir rescate, mientras un chauffeur profe- sional no paga nada en estos montes. Hasta hay algu- nos que nos honran con aceptar una pequeña comisión sobre el rescate de sus amos. Straker.— Ya veo. Eso es para inducirme a escoger otra vez este camino. En fin, ya lo pensaré. DUVAL. — (Abrazando a Straker.) Es USted UU hermaUO, mon frére. Straker.— (Asqueado.) Quite, quite, no sea usted tonto. ¿Quién es usted, hombre? DuvAL.— Soy Duval, socialista democrático. Straker.— Hombre, ¿es usted socialista? ¿De veras? HOMBRE Y SUPERHOMBRE 95 El anarquista.— Sí; vamos, quiere decir que se ha vendido al parlamentarismo y la burguesía. Un com- promiso, como eilos lo llaman. DuvAL.— (Furioso.) Entiendo qué dice. Ha dicho bour- geois; ha dicho compromiso. Jamáis de la vie. Miserable menteur. Straker.— Mire usted, capitán Mendoza: dígame si tiene usted que ocuparse mucho con cosas por el estilo. Vamos, ¿estamos en una excursión de recreo o en un mitin socialista? La mayoría.— Hombre, hombre, muy bien. A ver lo que va a decir ése. Ustedes callarse, (los socialistas y ei anar- quista tienen que sentarse, que todos los tiran de las zimericanas. Straker, después de ver esto con satisfacción, se sienta a la izquierda de Mendo- za, mientras Tanner queda a la derecha del mismo.) Mendoza.— ¿Quieren ustedes tomar algo? Tenemos conejp asado e higos chumbos... Tanner.— Gracias, ya hemos comido. Mendoza. — (a su gente.) Caballeros, por hoy ha termi- nado el asunto. Hagan lo que gusten; hasta mañana. (Los bandidos se dispersan en grupos vagantes. Algunos entran en la gruta. Otros se sientan o se echan para dormir al raso. Unos pocos sa- can una baraja y se alejan hacia la carretera, porque ya llegó la noche y saben que un automóvil tiene faroles, que pueden aprovecharse para alumbrar ima partida de naipes.) Straker.- (Gritando, con dirección a ellos.) Que uínguno de vosotros tontee con el coche, por si acaso. Mendoza.— No tenga cuidado, señor chauffeur. El primero que detuvimos nos quitó la gana para siempre. Straker. — (con curiosidad.) ¿Cómo? Mendoza. - Pues se llevó a tres valientes compañeros nuestros, que no supieron pararlo hasta Granada, y allí volcó frente a la Comisaría de policía. Desde entonces, 96 HOMBRE Y SUPERHOMBRE no tocamos esos chismes sin mandar por el chauffeur De modo que podemos charlar con tranquilidad. Tanner.— Muy bien. (Tanner, Mendoza y Straker se sientan sobre el césped, cerca de la lumbre. Mendoza, atentamente, renxmcia a la presidencia, cuya prerroga- tiva consiste en sentarse en el bloque de piedra precitado; se sienta en el suelo, como sus huéspedes, y sólo utiliza el sillar de respaldo.) Mendoza. — En España es costumbre aplazar a maña- na todo negocio. Además, ustedes han llegado después de las horas de despacho. Sin embargo, si prefieren de- jar arreglada la cuestión del rescate, estoy a su disposi- ción. Tanner. — Esperemos a mañana. Soy bastante rico para pagar cualquier cantidad razonable. Mendoza. — (Respetuoso, pues esa confesión le choca mucho.) Es usted un hombre notable, caballero. Nuestros clientes, ordinariamente, dicen ser unos pobres de solemnidad. Tanner.— Los pobres de solemnidad no suelen tener automóvil. Mendoza.— Precisamente, es lo que solemos decirles Tanner.— Trátennos bien, que no nos mostraremos desagradecidos. Straker. — Nada de conejos asados ni de higos chum- bos, sabe. No quiera usted hacernos creer que no se en- cuentra alguna cosa mejor. Mendoza. — Vino, cabrito, leche, queso y pan puedo procurar, si se me paga al contado. Straker.— (condescendiente.) Vaya, menos mal. Tanner.— ¿Son ustedes todos aquí socialistas? Permí- tame la pregunta. Mendoza. — (Rechazando esta suposición errónea, depresivíu) jAh, no, no, no, nada de eso, le aseguro! Nosotros, natural- mente, tenemos ideas modernas respecto de la injusticia HOMBRE Y SUPERHOMBRE 97 de la existente distribución de la riqueza; de no ser así, perderíamos el respeto a nosotros mismos. Por lo demás, nada que pudiera usted hallar censurable, excepto dos o tres ilusos. Tanner.— No fué mi intención aludir a nada que des- acredite a una persona. El caso es que yo mismo soy un poco socialista. Straker.— (En tono seco.) Lo son la mayof parte de los ricos, según he notado. Mendoza. — Así es. El socialismo ha llegado hasta nos- otros. Está en el aire del siglo. Straker.— El socialismo debe de estar en alza no poco si la gente de usted se acoge a él. Mendoza. — Eso es verdad, caballero. Un movimiento que no comprende más que a los filósofos y los hom- bres honrados nunca pueden ejercer influencia política verdadera; son demasiado pocos. Mientras un movimien- to no pueda hacerse extensivo a los mismos bandidos, no puede esperar obtener una mayoría política. Tanner.— Pero ¿son los bandidos de usted menos honrados que los ciudadanos del montón? Mendoza.— Le seré a usted franco, caballero. El ban- didaje es anormal. Las profesiones anormales atraen a dos clases de personas: a las que no son bastante bue- nas para la vida burguesa ordinaria, y a las que son de- masiado buenas para ella. Somos la hez y la crema de la sociedad. La hez es asquerosa; la crema, muy superior. Straker. — ¡Cuidado! Que algunos de la hez le pue- den oír. Mendoza. - No importa; todo bandido se cree a sí mis- mo de la crema y gusta de oír llamar hez a los demás. Tanner.— jVaya, tiene gracia! (Mendoza, lisonjeado, inclina la cabeza.) ¿Me permite usted una pregunta atrevida? 7 98 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Mendoza.— Tan atrevida como quiera. Tanner.— ¿Qué saca un hombre de su talento acaudi- llando a una tropa como ésta que se mantiene de cone- jos asados e higos chumbos? He visto a hombres de menos talento, y juraría que de menos honradez, cenan- do en el Savoy Hotel con foie-gras y champagne. Mendoza. — ¡Bah! A todos les tocó su turno de conejo asado, así como a mí me tocará el mío de comer en el Savoy. El caso es que ya me tocó... como camarero. Tanner.— ¡Como camarero! |Me deja usted atónito! Mendoza. — (pensativo.) Sí, yo, Mendoza de la Sierra, he sido camarero. De ahí tal vez mi cosmopolitismo, (con repentina insistencia.) ¿Quiere usted que le cuente la historia de mi vida? Straker. — (Aprensivo.) Sí uo es demasíado larga, amigo... Tanner. — (interrumpiéndole.) ¡Chíst! Es usted un ser pro- saico, Enrique, desprovisto de toda poesía, (a Mendoza.) Me interesa usted sobremanera, capitán. No haga usted caso de Enrique; puede irse a dormir si quiere. Mendoza.— La mujer a la que amé... Straker. — ¡Ah! se trata de una historia de amor. Me- nos mal. Siga, siga. Me había temido que iba a hablar de sí mismo. Mendoza. — ¡De mí mismo! Por causa de ella me he arrojado a la perdición a mí mismo. Por eso estoy aquí. No importa; bien perdido está todo por ella. Tenía, les doy mi palabra, el pelo más hermoso que he visto en mi vida. Era graciosa, era lista, sabía guisar con perfec- ción, y su temperamento de alta tensión la hizo insegu- ra, incalculable, variable, caprichosa, cruel, en una pa- labra, encantadora. Straker.— Una mujer como las que figuran en las no- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 99 velas de a seis chelines, excepto lo de guisar. Se llama- ba Lady Gladys Plantagenet, ¿no? Mendoza.— No, caballero, no es hija de un conde. Por los semanarios ilustrados conozco el aspecto de las hijas de la nobleza inglesa, y puedo decir sinceramente que las caras, los adornos, los trajes, los títulos y todo lo de- más de esas damas lo hubiese dado por una sonrisa de aquella mujer. Y eso que era una mujer del pueblo, una obrera; de otro modo... y permítame también un atrevi- miento... la hubiese yo desdeñado. Tanner.— Con razón. Y ella, ¿correspondió al amor de usted? Mendoza.— ¿Estaría yo aquí si me hubiese correspon- dido? No quiso casarse con un judío. Tanner.— ¿Por razones religiosas? Mendoza.— No, ella era librepensadora. Decía que cada judío en su fuero interno considera que el pueblo inglés es sucio en sus costumbres. Tanner. — (sorprendido.) ¡Sucio! Mendoza. — Demuestra su extraordinario conocimien- to del mundo, porque indudablemente es verdad. Nues- tro código sanitario complicado nos hace indebidamen- te despreciativos para con los cristianos. Tanner.— ¿Ha oído usted alguna vez cosa por el esti- lo, Enrique? Straker.— He oído a mi hermana hablar así. Fué co- cinera una vez en una familia judía. Mendoza.— Yo no pude negarlo, ni pude arrancar de su alma la impresión que le había producido. Hubiese yo podido rebatir cualquiera otra objeción y convencer- la, pero ninguna mujer puede soportar ni una sombra de menosprecio hacia su persona. Todos mis esfuerzos fueron vanos; ella a todo replicaba que ella no valía 100 HOMBRE Y SUPERHOMBRE para mí y me recomendaba me casara con una maldita camarera de bar que se llamaba Rebeca Lázaros, que a mí me asqueaba. Háblese suicidarme y me ofreció al efecto un bote de polvos insecticidas. Hice como que quería matarla y a ella le dieron accidentes histéricos. Entonces, les juro, me fui a América para que ella pu- diese dormir sin soñar que yo entraba en su cuarto para cortarle el pescuezo. En América salí para el Oeste y conocí a un hombre buscado por la policía por asaltar los trenes. El fué quien tuvo la idea de asaltar automó- viles en el Mediodía de Europa, idea feliz para un hom- bre desesperado y desilusionado. Me dio algunas bue- nas recomendaciones para capitalistas adecuados. Formé un sindicato, y la presente empresa es el resultado. Yo vine a ser el jefe, como siempre el judío llega a ser el jefe, por su inteligencia y su imaginación. Pero a pesar de mi orgullo de raza, daría todo lo que poseo por ser inglés. Soy como un chico, grabo su nombre en la cor- teza de los árboles y dibujo sus iniciales en la arena. Cuando estoy solo me tiro al suelo, me arranco el pelo y grito: Luisa... StRAKER.— (Con extrañeza.) ¡Luísal Mendoza. — Así se llama... Luisa... Luisa Straker... Tanner. — iStraker! Straker. — (Se incorpora de rodillas muy indignado.) Oiga, Luisa Straker es mi hermana, ¿me entiende usted? ¿Qué tonterías está usted hablando de ella? ¿Qué tiene ella que ver con usted? Mendoza.— ¡Una coincidencia dramática! ¡Usted es Enrique, su hermano favorito! Straker. — ¿Por qué me llama a mí Enrique? ¿Quién es usted para tomarse esas libertades con mi nombre y el de ella? Me dan ganas de desollarle a usted. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 101 Mendoza. — (con caima grandiosa.) Si me dejo; ¿quiere us- ted prometerme referírselo a ella? Entonces se acordará de su Mendoza; es todo lo que quiero. Tanner. — Eso es amor verdadero, Enrique. Debiera usted respetarlo. Straker.— (con fiereza.) ¿Amor verdadero? Miedo ver- dadero, querrá usted decir. Mendoza. — (poniéndose de pie de un salto.) ¡Miedoí Joveu, desciendo de una familia famosa de esgrimidores, y como bien lo sabe su hermana, batiéndose conmigo tendría usted la misma probabilidad que un coche de enfermo contra su automóvil. Straker. — (En el fondo intimidado, pero levantándose con aire de indómita combatividad.) No le tengo míedo. Vaya con su Luisa, Luisa. Creo que a mi hermana no debe usted mentarla para nada. Mendoza. — ¿Qué mal hay en decir que la quiero, que la querré siempre? Straker. — (Exasperado.) Mire... Tanner. — (Levantándose al punto para interponerse.) VamOS, Enrique, calma; aunque pudiese usted vencer al capitán, no podría luchar con toda la liga de la sierra. Vuelva usted a sentarse y sea usted bueno. Un gato puede mi- rar a una reina, y hasta un capitán de bandidos puede mirar a su hermana. Todo ese orgullo de familia es cosa muy anticuada. Straker. — (vencido, pero refunfuñando.) Que él la mire, pero que no venga a hacer creer que ella le haya mira- do a él alguna vez. (vuelve a ocupar su sitio y se echa, aunque de mala gana.) Según habla, uo parece sino que han vivi- do juntos. (Les vuelve la espalda y se prepara a dormir.) Mendoza, —(a Tanner y haciéndose más confidencial al sentirse virtualmente solo con una persona que le escucha con simpatía en me 102 HOMBRE Y SUPERHOMBRE dio del silencio nocturno de las montañas, pues todos los demás están dormidos en aquel momento.) Lo mismo era ella, Caballero. Su inteligencia alcanzaba muy adelante en el siglo veinte, sus prejuicios sociales y afectos de familia la retrotraían a las épocas más tenebrosas. ¡Ah! caballero, cómo se aplican las palabras de Shakespeare a todas nuestras emociones. Amé a Luisa; cuarenta mil hermanos no podrían con toda su cantidad de amor llegar a la suma mía. Y etcétera, que no recuerdo el resto. Llámelo locura si quiere, fatuidad. Soy un hombre que vale, un hombre fuerte; en diez años hubiese yo sido dueño de un hotel de primera clase. Tropecé con ella y ya ve usted... soy un bandido, un ser arrojado del seno de la sociedad. Ni Shakespeare podría expresar lo que siento por Luisa. Permítame que le lea algunos renglones escritos por mí con referencia a ella. Por pequeño que sea su mérito li- terario, expresan lo que siento mejor de lo que pudiesen palabras dichas al azar. (Saca un fajo de cuentas de hotel cubier- tas de manuscrito y se arrodilla junto a la lumbre para descifrarlas, ati- zando las ascuas para que alumbren.) TaNNER. — (Dándole un golpe vigoroso en la espalda.) TírelO todo a la lumbre, capitán. Mendoza.— (Espantado.) ¿Eh? Tanner. — Está usted sacrificando su carrera a una monomanía. Mendoza.— Lo sé. Tanner. — No lo sabe. Ningún hombre cometería se- mejante crimen contra sí mismo si realmente supiese lo que hace. ¿Cómo puede usted mirar estas augustas coli- nas a su alrededor, levantar los ojos hacia el cielo divi- no, respirar este aire balsámico, para luego hablar como HOMBRE Y SUPERHOMBRE 103 un jornalero literario que viviera en un segundo piso en Bloomsbury? Mendoza.— (Meneando la cabeza.) La Sierra no es mejor que Bloomsbury, una vez pasada la novedad. Además, estas montañas le hacen a uno soñar con mujeres... con mujeres de pelo magnifico. Tanner.— Con Luisa, en una palabra. Pues a mi no me harán soñar con mujeres, amigo mío. Estoy libre de amores. Mendoza.— No blasone hasta que haya venido la ma- ñana, caballero. Esta es una región extraña para sueños. Tanner.— Bien, ya veremos. Buenas noches, (se echa para dormir. Mendoza, con un suspiro, sigue su ejemplo, y durante bre- ve momento reina el silencio en la sierra. Luego Mendoza se incorpora de repente y dice suplicante a Tanner) Mendoza.— Permítame leerle sólo unos pocos renglo- nes antes de que se duerma. Me gustaría realmente oir su opinión sobre ellos. _ Tanner.— (Medio dormido.) Venga de ahí, estoy escu- chando. Mendoza.— En la semana de Pentecostés te vi, Luisa, Luisa... Tanner. — (incorporándose.) Mí querído capitán, Luisa es muy bonito nombre, pero, que yo sepa, no es consonan- te de Pentecostés. Mendoza. — Claro que no; Luisa no es consonante, es el estribillo. Tanner. — (cediendo.) jAh! bien, el estribillo. Dispense entonces. Siga. Mendoza. — Luisa, te quiero, te quiero, Luisa; Luisa, Luisa, Luisa, te quiero; ¡qué nombre más dulce! 104 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Luisa, Luisa. ¡Qué música más exquisita! Luisa, Luisa, Luisa. Mendoza te adora, te adora Mendoza, y sólo pensando en Luisa él quiere vivir. Nada más en el mundo hay para Mendoza. Luisa, Luisa, te adora Mendoza, (con complacencia.) No hay mérito en hacer bonitos versos sobre un nombre así. Es un nombre delicioso. TaNNER. — (Casi dormido, contesta con un gruñido sordo.) Mendoza. — ¡Si fueras, Luisa, mujer de Mendoza, Mendoza y Luisa, Luisa y Mendoza! ¡Ay, ay, qué dichoso sería Mendoza! ¡Ay, ay, cuánto sufre Mendoza por ti! ;Luisa, Luisa, Luisa, Luisa! Esto es verdadera poesía, viene del corazón, del cora- zón de los corazones. ¿No cree usted que ella se conmo- vería al leer estos versos? (Nadie contesta. Resignado.) Dormi- do, como suele suceder. Una para todo el mundo, música celeste para mí. Tonto de mí que expongo mi co- razón a todas las miradas. (Se prepara para dormir, murmuran- do.) Luisa, te quiero; te quiero, Luisa; Luisa, Luisa, Luí sa, te... (Straker ronca, da rodando una vuelta y vuelve a dormirse. El silen- cio se esparce por la sierra y la obscuridad se espesa. La lumbre se ha consumido nuevamente y cubierto de cenizas blancas, sin dejar traslucir uego alguno.) Los picachos negros se destacan fantásticamente del fondo estrellado del irmamento; pero ahora las estrellas se van apagando y se desvanecen y el HOMBRE Y SUPERHOMBRE 105 cielo parece furtivamente retirarse del universo. En vez de la sierra hay la nada, la omnipresente nada. Ni cielo, ni picachos, ni luz, ni ruido, ni tiempo, ni espacio; el vacío absoluto. Entonces por alguna parte nace como un páli- do hdgor y con él un murmullo sordo y rítmico como el palpitar de un vio" loncello mágico repitiendo la misma nota infinitamente. Un par de violines espectrales utilizan este bajo: m^Q^^ Y al mismo tiempo el pálido fulgor deja vislumbrar en el vacio a un hombre, incorpóreo, pero visible, sentado, aunque parezca absurdo, sobre nada. Por un momento levanta la cabeza cuando la música pasa por delan- te de él. Luego, con un hondo suspiro, vuelve a inclinarla sumamente aba- tido. Y los violines, con desaliento, repiten su melodía desesperados, y final- mente se callan, ahogados por los lamentos de instrumentos de viento si- niestros que hacen asi; ¡A ^r ^^1"^^^^ ^ í £ í [—: — 1 : 1 ^ Wr/fff^- ^2?==^ ^g"^. , , ^^s? ' Bajan ff^ -, _ J^ — £ — . — CusTn^ Todo es muy extraño. Se nota la manera de Mozart. Después de este toque, se ve, con ayuda de ciertas chispas moradas en el fulgor pálido, que el traje del hombre es el de un caballero español del siglo XV al XVI. Nos hallamos en presencia de Don Juan Tenorio, pero ¿dónde? ¿por qué? ¿cómo? Además, en el corto instante que levantó el rostro, oculto ahora por el ala de su sombrero, nos recordó las facciones de Tanner. Es una cara más bo- nita, más pálida y más fría, que revela más exigencias y más soberbia, sin la credulidad impetuosa y el entusiasmo de Tanner, y sin su expresión de vulgaridad plucrática moderna, pero asi y todo se nota parecido y aun 106 HOMBRE Y SUPERHOMBRE identidad. Algo de eso pasa con los nombres: Juan Tenorio, John Tanner. ¿Adonde hemos venido a parar desde el siglo XX y la sierra? Otro fulgor pálido en el vacío, esta vez sin destellos morados, sino con vapores amarillentos desagradables. Con él un clarinete misterioso que emite con infinita tristeza este sonido: Se mueve el resplandor amarillento; es una vieja que deambula por el vacío, encorvada y desdentada, envuelta, por cuanto se puede divisar, en el basto hábito pardo de alguna orden religiosa. Se mueve para acá y para allá, lentamente y como sin esperanzas, hasta que tropieza con la cosa que anhela: compañía. Con un suspiro de alivio la pobre vieja se agarra a la presencia del hombre y se dirige a él con su voz seca y poco amable que todavía puede expresar orgullo y resolución lo mismo que sufrimiento. Vieja. — Dispensadme, pero estoy tan sola, y estos pa- rajes son tan espantosos... Don Juan. — ¿Sois recién llegada? Vieja. — Sí. Supongo que debí de morirme esta maña- na. Me confesé, me dieron la unción. Estaba en la cama, rodeada de mi familia y con los ojos fijos en la cruz. Entonces me hundí en las tinieblas, y cuando volvió la luz fué esta luz con la que no puedo ver. Cuatro horas largas van ya que me paseo por estas soledades tristes- Don Juan. —(suspirando.) ¡Ah! Todavía no habéis perdi- do el sentido del tiempo. Pronto se pierde en la eter- nidad. Vieja.— ¿Dónde estamos? Don Juan. —En el infierno. Vieja.— (Altanera.) ¡En el infierno! ¡Yo en el infierno ' ¿Cómo osáis decirme eso? Don Juan.— (sin impresionarse.) ¿Por qué no, señora? Ahí HOMBRE Y SUPERHOMBRE 107 Vieja. -No sabéis con quién estáis hablando. Soy una señora y una hija fiel de la Iglesia. Don Juan.— No lo dudo. Vieja. - Pues entonces, ¿cómo puedo estar en el in- fierno? En el purgatorio, puede ser; no he sido perfecta, ¿quién lo es? ¡Pero en el infiernol Estáis mintiendo. Don Juan.— Sí, señora; en el infierno, os lo aseguro. Estáis en lo más agradable del infierno, en donde hay más soledad... aunque tal vez os gustara más la com- pañía. Vieja.— Pero si me arrepentí sinceramente, me he con- fesado... Don Juan.— ¿De cuánto? Vieja.— De más pecados que por mí cometidos. Me gustaba la confesión. Don Juan.— Pues mirad, confesar de más es tan mal como no confesar bastante. Mas sea lo que sea, señora, por equivocación o por intención, os habéis condenado,' lo mismo que yo. Y ahora no hay más remedio que po- ner buena cara a mal tiempo. Vieja.— (indignada.) lAh! para eso podría yo haber sido mala, todo lo mala que se me hubiese antojado. ¿De qué me ha servido ser buena? No hay justicia. Don Juan. -Sí, señora; bastantes advertencias os hi- cieron y claras promesas. Para vuestros hechos malos, expiación e intercesión ajena, gracia sin justicia. Para vuestros hechos buenos, justicia sin gracia. Aquí tene- mos mucha gente buena. Vieja.— ¿Habéis sido bueno vos? Don Juan.— He sido asesino. Vieja.- ¡Asesino! ¡Dios mío, cómo han podido juntar- me con asesinos! No he sido tan mala, he sido una mu- jer honesta. Aquí hay un error; ¿adonde podré acudir? 106 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Don Juan.— No sé si los errores pueden enmendarse aquí. Probablemente no querrán admitir que haya habi- do error alguno. Vieja.— ¿A quién podré preguntar? Don Juan. — Creo debierais preguntar al diablo, seño- ra; es el que más sabe de todo, mucho más que yo. Vieja.— ¡Al diablo! ¡Yo hablar al diablo! Don Juan. — En el infierno, señora, el diablo está al frente de la buena sociedad. Vieja. — Os digo, infame, que sé que no estoy en el infierno. Don Juan. — ¿Cómo lo sabéis? Vieja. — Porque no siento dolor alguno. Don Juan.— ¡Oh! entonces no hay duda, estáis conde- nada con toda intención. Vieja. — ¿Por qué decís eso? Don Juan.— Porque el infierno, señora, es un lugar para los malos. Los malos se encuentran muy bien en él, ha sido hecho para ellos. Me decís que no sentís dolor. De ahí deduzco que sois una de las personas para las que se ha hecho el infierno. Vieja.— Y vos, ¿sentís dolor? Don Juan.— Yo no soy de los malos, señora, y por eso el infierno me aburre, me aburre horriblemente. Vieja.— Decís que no sois de los malos, después de decir que erais un asesino. Don Juan.— Fué en desafío nada más. Clavé mi espa- da en el pecho de un anciano que estaba tratando de clavar la suya en el pecho mío. Vieja. — Si erais un caballero, eso no fué asesinato. Don Juan.— El anciano lo llamó asesinato porque, según dijo, él estaba defendiendo el honor de su hija. Con ello quería decir que, después de enamorarme yo m HOMBRE Y SUPERHOMBRE 109 tontamente de su hija y de decírselo, eiia empezó a dar gritos, y él trató de asesinarme después de decirme cosas insultantes. Vieja.— Fuisteis como todos los hombres, libertinos y asesinos todos, todos, todos. Don Juan. — Y, sin embargo, me encuentro aquí con vos, señora. Vieja.— Escuchadme. Mi padre fué muerto por un in- fame como vos, precisamente en desafío como el que pintáis, por causa idéntica. Yo había dado gritos, por- que era mi deber. Mi padre acometió a mi insultador, porque así lo demandaba mi honor. Mi padre murió, fué la recompensa del honor. Yo estoy aquí, en el infier- no, según decís; es la recompensa del deber. ¿Hay en el cielo justicia? Don Juan.— No, pero hay justicia en el infierno. El cielo está muy por encima de tales vaciedades humanas Seréis bien venida en el infierno, señora. El infierno es el refugio del honor, del deber, de la justicia y el resto de las siete virtudes mortales. Toda la maldad en la tie- rra se comete en su nombre; ¿en dónde sino en el in- fierno pudieran tener su merecido? ¿No dije ya que los verdaderos condenados son los que son dichosos en el infierno? Vieja. — Y vos, ¿sois dichoso aquí? Don Juan. — (poniéndose de pie bruscamente.) No; y este eS el enigma sobre el que cavilo en las tinieblas. ¿Por qué estoy yo aquí? ¡Yo, que no cumplí deber alguno, piso- teé el honor y me reí de la justicia! Vieja.— ¿Qué me importa a mí saber por qué vos es- táis aquí? ¿Por qué estoy aquí yo? jYo que sacrifiqué todas mis inclinaciones para observar la virtud y la de- cencia que corresponde a una mujerl lio HOMBRE Y SUPERHOMBRE Don Juan.— Tened paciencia, señora; seréis perfecta- mente dichosa y os encontraréis en vuestro ambiente aquí. Como dijo el poeta: «El infierno es un lugar muy parecido a Sevilla>. Vieja.— ¡Dichosa aquí! ¡Donde no soy nada, donde no soy nadie! Don JuAN.—Estáis equivocada, sois una señora, y en todas partes donde hay señoras está el infierno. No os sorprendáis ni os asustéis; encontraréis aquí cuanto una señora pueda apetecer, incluso diablos que os servirán por pura gana de servir y ensalzarán vuestra importan- cia con objeto de dignificar su servitud; en fin, los me- jores servidores. Vieja. — ¡Diablos serán mis servidoresl Don Juan. - ¿Habéis tenido alguna vez servidores que no fuesen diablos? Vieja. — Nunca, es verdad; eran diablos, unos verda- deros diablos todos. Pero esto es un modo de hablar. Creí entender que decíais que mis servidores habían de ser los diablos reales y verdaderos. Don Juan.— No más reales y verdaderos que vos ha- béis de ser una señora real y verdadera. Aquí no hay nada real. Ese es el horror de la condenación. Vieja.— ¡Oh, todo es locura! Esto es peor que el fuego y los gusanos. Don Juan.— Para vos, quizás haya consuelos. Por ejemplo, ¿qué edad teníais al cambiar el tiempo por la eternidad? Vieja.— No me preguntéis la edad que tenía, como si fuese cosa del pasado; preguntadme la edad que tengo. Pues os lo diré: setenta y siete años. Don Juan.— Edad madura, señora. Pero, en el infierno, no se toleran edades provectas. Son demasiado rea" HOMBRE Y SUPERHOMBRE 111 les. Aquí reverenciamos el amor y la hermosura. Estan- do nuestras almas enteramente condenadas, cultivamos nuestros corazones. Como señora de setenta y siete años, no haríais amistad alguna en el infierno. Vieja, —¿Qué remedio tengo yo contra la edad? Don Juan.— Olvidáis que habéis dejado la edad de- trás de vos en el reino del tiempo. No tenéis más que setenta y siete, que siete o diez y siete o veintisiete años. Vieja .- -¡Disparates! Don Juan. — Considerad, señora, ¿no fué así aún cuan- do vivíais sobre la tierra? Cuando teníais setenta años, ¿erais más vieja bajo vuestras arrugas y vuestras canas que cuando teníais treinta? Vieja.— No, era más joven. A los treinta fui una tonta. Pero ¿de qué sirve sentirse joven y tener aspecto de vieja? Don Juan. — Ya veis, señora; el aspecto sólo fué una ilusión. Vuestras arrugas mintieron lo mismo que mien- te el cutis suave y terso de muchas niñas bobas de diez y siete años, de espíritu torpe e ideas decrépitas. Pues bien, aquí no tenemos cuerpo, nos vemos unos a otros como cuerpos porque bajo ese aspecto hemos aprendido a imaginarnos unos a otros, cuando aun vivíamos. Y así seguimos pensando, sin conocernos mutuamente. Pero podemos revelarnos a los ojos ajenos con la edad que elijamos. No tenéis más que desearos cualquiera de vuestras antiguas apariencias y al punto la tendréis. Vieja.— No puede ser verdad. Don Juan.— Probad. Vieja.— Pues diez y siete años. Don Juan.— Esperad. Antes de que os decidierais, hu- biese debido deciros que estas cosas son cuestión de 112 HOMBRE Y SUPERHOMBRE moda. Ha habido épocas en que nos pirramos por la edad de diez y siete años, pero esto duró poco. En la ac- tualidad la edad de moda es la de cuarenta, digamos trein- ta y siete años. Pero hay señales de prepararse un cam- bio. Si a los veintisiete años erais de buen ver, os acon- sejo probar con esa edad y establecer una moda nueva. Vieja.— No creo una sola palabra de lo que dices. Pero, en fin> vaya por los veintisiete años. (iPumi La vieja se transforma de repente en una joven, tan hermosa, que en la aparición radiante que ha sustituido el espectro ameuillo borroso de antes, parece que reconocemos sin equivocación a Ana Whitefield.) Don Juan.— |Doña Ana de Ulloal Doña Ana.— ¡Cómo! ¿Me conocéis? Don Juan.— lY vos me olvidasteis! Doña Ana. — No veo vuestro rostro. (É1 levanta el som- brero.) jDon Juan Tenoriol ¡Monstruo! ¡Vos que matasteis a mi padre! Hasta aquí me perseguís. Don Juan.— Protesto, no os persigo. Permitid que me retire, (vase.) Doña Ana.— (cogiendo su brazo.) No me dejaréis sola en tan espantoso lugar. Don Juan.— Siempre que mi estancia no se interprete como persecución. Doña Ana.— (soltándole.) Extrañaréis que pueda yo so- portar vuestra presencia. ¡Pobre padre mío! Don Juan. — ¿Tendríais gusto en verle? Doña Ana.— ¡¡¡Mi padre aquí!!! Don Juan. — No, él está en el cielo. Doña Ana. — Ya lo pensaba. ¡Mi noble padre! Ahora nos está mirando desde lo alto. ¿Qué sentirá al ver a su hija en este lugar, platicando con su matador? Don Juan. — A propósito, si alguna vez le encon- tramos... HOMBRE Y SUPERHOMBRE 113 Doña Ana.— ¿Cómo vamos a encontrarle estando él en el cielo? Don Juan. — De vez en cuando se digna bajar por aquí. El cielo le aburre. Así, pues, permitidme advertiros que se ofenderá indeciblemente si me llamáis su matador en su presencia. Se empeña en creer que sabía mucho más de esgrima que yo y, de no resbalarle el pie, me hubiese matado sin falta. No hay duda de que tiene razón, yo nunca fui buen esgrimidor. Acerca de eso nunca le llevo la contraria y somos excelentes amigos. Doña Ana. — No es deshonra para un guerrero tener orgullo de habilidad en manejar las armas. Don Juan.— Tal vez no tengáis mucho afán por verle. Doña Ana.— ¿Por qué decís eso? Don Juan. — Así suele suceder aquí. Tal vez os acor- déis que sobre la tierra, aunque nunca lo confesamos, el duelo por la muerte de cualquiera, aun la de los que más hemos querido, siempre se mezcla con cierta satis- facción por vernos al fin libres de ellos. Doña Ana.— ¡Monstruo! Nunca, nunca... Don Juan. — (piáddo.) Veo que os dais cuenta. Sí, un entierro siempre ha sido una fiesta con trajes negros, es- pecialmente el entierro de un pariente. Sea lo que quie- ra, sabed que los lazos familiares aquí casi nunca se ob- servan. Vuestro padre está del todo impuesto en ello y no esperará cariño alguno de vuestra parte. Doña Ana.— Sois un infame. Llevé luto por él toda mi vida. Don Juan.— Sí, os sentaba muy bien. Pero una vida de luto es una cosa y una eternidad de luto es otra. Además, aquí estáis tan muerta como él. ¿Puede haber algo más ridículo que el luto de un muerto por otro muerto? No os extrañéis, mi queri da Ana, ni os sobre- 8 114 HOMBRE Y SUPERHOMBRE saltéis si OS digo que en el infierno hay mucha charlata- nería (y casi no hay otra cosa); pero eso de la muerte y la edad y las mutaciones ya no se conoce, porque aquí todos somos muertos y eternos. Ya os acostumbraréis. Doña Ana.— ¿Y me llamarán todos los hombres su querida Ana? Don Juan.— No, fué un desliz de mi lengua. Perdo- nadme. Doña Ana. — (casi con ternura.) Don Juan, me asustas- teis cuando tan villanamente os portasteis conmigo. Don Juan.— (impaciente.) ¡Oh! os suplico no empecéis a hablar de amor. Aquí no se suele hablar más que de amor... de su hermosura, su santidad, su espiritualidad, su... ¡el demonio sabe qué!... Dispensadme, pero a mí me fastidia mucho. No saben lo que se dicen, yo sí lo sé. Se figuran que han alcanzado la perfección del amor por- que no tienen cuerpos. Devaneos meramente imaginati- vos. ¡Qué asco! Doña Ana.— Pero ¿no ha logrado siquiera la muerte purificar vuestra alma, don Juan? ¿No os ha enseñado respeto el terrible juicio en el que la estatua de mi padre fué el juez? Don Juan.— ¿Cómo está, ya que hablamos, aquella es- tatua favorecida? ¿Sigue yendo a cenar con gente de poco más o menos para luego precipitarla en este abis- mo sin fondo? ^ Doña Ana.— Me ha costado mucho dinero la tal esta-| tua. Los chicos de la escuela del monasterio no la deja-| ban en paz; los malos la destrozaban, los buenos graba- ban en ella sus nombres. Tres narices nuevas en dos años tuve que poner, y dedos, sin cuento. Finalmente tuve que dejarlo, y me temo que a estas horas estará ho- rriblemente mutilada. ¡Pobre padre miol HOMBRE Y SUPERHOMBRE 115 Don Juan.— iChist! Escuchad, (dos grandes acordes que se extíenden en ondas sonoras sincopadas estallan: «re menor > es su do- minante, un sonido de alegría formidable para todo músico.) I Ahí la música de la estatua, de Mozart. Es vuestro padre. Mejor será que os ausentéis hasta que le prepare. (Eiia desaparece.) Desde el vacío viene una estatua viviente de mármol blanco, que repre- senta a un majestuoso anciano. Pero se apea de su majestuosidad con gra- cia infinita y anda con paso sumamente elástico, y mientras cada arruga de su cara aguerrida irradia alegría festiva. A su escultor debe una figura muy arrogante y tiesa. Las guías de sus bigotes se enderezan elásticas cual mue- lles de reloj, dándole una apariencia que podría llamarse maja, si no fuese por su dignidad española. Está con Don Juan muy amistoso. Su voz, fuera de una modulación más distinguida, se parece tanto a la de Roebuck Rams- den, que llama la atención sobre el hecho de que, a pesar de la diferencia en los bigotes, los dos se parecen en las facciones. Don Juan.— jAh, sois vos, amigo mío! ¿Por qué no aprendéis a cantar la magnífica música que Mozart escri- bió para vos? Estatua.— Desgraciadamente, la escribió para una voz de bajo, y la mía es de barítono. Ahora bien; ¿os habéis ya arrepentido? Don Juan.— Demasiado os aprecio, don Gonzalo, para arrepentirme. Si me arrepintiese no tendríais pretexto para bajar del cielo con objeto de discutir conmigo. Estatua.— Es verdad; no cedas, hijo mío. Ojalá te hu- biese yo matado a ti, como lo hubiera hecho si no es por una casualidad. Entonces estaría yo en el infierno; a ti te hubieran elevado una estatua y tendrías fama de piado- so y tendrías que vivir según ella. ¿Hay alguna novedad? Don Juan.— Sí, vuestra hija se murió. Estatua.— (Confusa.) ¿Mi hija? (Recordando.) Ah, ¿aquella con la que tuviste un lío? A ver, ¿cómo se llamaba? Don Juan.— Ana. 116 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Estatua.— Es verdad; Ana, una chica de buen ver, si no recuerdo mal. ¿Has avisado a Fulano? No sé cómo se llama su esposo. Don Juan.— ¿Mi amigo Octavio? No lo he visto toda- vía desde que Ana llegó. (Ana, indignada, hace su aparición.) Doña Ana.— Pero ¿qué significa eso? ¡Octavio está aquí y es vuestro amigo! Y vos, padre mío, habéis olvi- dado mi nombre. En verdad que os habéis vuelto piedra. Estatua.— Hija mía, más me admiran como estatua de mármol que me admiraron como persona de carne y hueso; así, pues, he adoptado la figura que me diera el escultor. Era un gran artista, no se puede negar, y debes reconocerlo así. Doña Ana.— Padre, ahora resuUa que sois vanidoso, vanidoso de vuestra persona. Morir para ver. Estatua.— ¡Ay! hija mía, tú ya no te acuerdas de tal debilidad. A estas fechas tú debes tener cerca de ochen- ta años. Yo perdí la vida (por una casualidad) a los se- senta y cuatro, y soy, por lo tanto, mucho más joven que tú. Además, hija mía, lo que vuestro amigo libertino lla- maría la farsa de la sabiduría de los padres, aquí no existe. Considérame sencillamente como a un camarada, no como a un padre. Doña Ana.— Habláis como habla ese infame. Estatua.— Juan es un pensador agudo, Ana. Mal es- grimidor, pero buen pensador, créeme. Doña Ana.— (Estremeciéndose de horror.) Empiezo a com- prender. Son diablos que se burlan de mí. Lo mejor será que rece. Estatua.— (Consolándola.) No, no, no, hija, no reces. Si rezas perderás la principal ventaja de este sitio. Encima del portal están escritas las palabras: Pues no sabes tú el alivio que esto supone. ¿Para qué sirve la esperanza? Es una forma de responsabilidad moral. Aquí no hay esperanza, y por lo tanto, no hay deber, ni trabajo, ni nada que se pueda alcanzar con la oración, nada que pueda per- derse con hacer lo que plazca. En resumen, el infierno es un sitio donde no tienes otra cosa que hacer que di- vertirte. (Don Juan suspira hondamente.) SuspiraS, amigO don Juan; pero si estuvieses en el cielo, como estoy yo, te darías cuenta de las ventajas que hay aquí. Don Juan.— Estáis de buen humor hoy, Comendador. Estáis realmente superior. ¿Qué sucede? Estatua.— He llegado a tomar una decisión muy im- portante, muchacho. Pero, antes que todo, ¿dónde está nuestro amigo el diablo? Tengo que consultarle el asun- to. Y Ana tendrá gusto en conocerle, sin duda. Doña Ana. — ¿Estáis preparando algún tormento para mí? Don Juan.— Todo eso son supersticiones, Ana. Descui- dad. Además, ya sabéis, el diablo no es tan negro como lo pintan. Estatua.— Hagámosle una llamada. Al mover la estatua la mano, los grandes acordes vuelven a dejarse oir. Pero esta vez, la música de Mozart se adultera grotescamente con la de Gounod. Principia a encenderse un resplandor bermejo, y en medio de él surge el Diablo, muy mefistofélico y bastante parecido a Mendoza, aunque no tan interesante. Parece más viejo que éste, tiene una calvicie prematura , y, a pesar de una efusión de buen genio y joviEilidad, es algo áspero y ner- vioso cuando no corresponden a su modo de ser. No parece tener mucha resistencia para el trabajo y el sufrimiento y es, en resumidas cuentas, ima persona que tiene apariencia de ser muy indulgente consigo misma, hasta hacerse desagradable, pero es listo y hay muchos ratos en que agrada, por más que se echa de ver desde luego que no tiene tan buena crianza como 118 HOMBRE Y SUPERHOMBRE los otros dos hombres y que es enormemente menos vivaracho que la mujer. Diablo.— (Cordial.) Según veo, tengo el honor de que me visite nuevamente el muy ilustre comendador de Ca- latrava. (Fríamente.) Don Juan, servidor vuestro, (cortés.) Una señora extraña. A vuestros pies, señora. Doña Ana.— ¿Sois...? Diablo.— (inclinándose.) Lucifer, para serviros. Doña Ana.— Me voy a volver loca. Diablo.— (Galante.) ¡Oh, señora, no os apuréis! Venís de la tierra, llena de los prejuicios y terrores de aquel sitio dominado por sacerdotes. Habéis oído muchas veces ha- blar mal de mí, y, sin embargo, allí tengo un cúmulo de amigos. Doña Ana. — Sí, reináis en sus corazones. Diablo.— (Meneando la cabeza.) Me lisonjeáís, señora, pero estáis equivocada. Es verdad que el mundo no puede vivir sin mí, pero no por eso me lo agradece. En su co- razón desconfía de mí y me odia. Todas sus simpatías son para la miseria, la pobreza, las privaciones del cuer- po y el corazón. Yo, en cambio, induzco al mundo a simpatizar con la alegría, el amor, la felicidad, la her- mosura... Don Juan. — (Asqueado.) Dispensadme, que me voy. Ya sabéis que no puedo aguantar eso. Diablo.— (Enfadado.) Sí, ya sé que no sois amigo mío. Estatua.— ¿Qué daño te hace, don Juan? Me parece que estaba hablando con mucha sensatez cuando le in- terrumpiste. Diablo. — (Apretándole muy cordialmente la mano a la estatua.) Gracias, amigo mío, gracias. Vos siempre me habéis comprendido; él siempre me ha contradecido y menos- preciado, HOMBRE Y SUPERHOMBRE 119 Don Juan. — Os he tratado con perfecta cortesía. Diablo. — ¡Cortesía! ¿Qué es cortesía? A mí no me im- porta la mera cortesía. Lo que yo busco es alma y co- razón, sinceridad verdadera, los lazos de simpatía con el amor y la alegría... Don Juan.— Me ponéis malo. Diablo.— iVamos! (Apelando a la estatua.) ¿Lo estáis es- cuchando, señor? ¡Ohl ¿Por qué ironía del sino tuvo ese frío egoísta entrada en mi reino, mientras vos fuisteis llevado a la glacial mansión del cielo? Estatua.— No puedo quejarme. Fui un hipócrita, y bien empleado me está el estar en el cielo. Diablo.— ¿Por qué, señor, no venís con nosotros y de- jáis un ambiente para el que vuestro temperamento es demasiado simpático, vuestro corazón demasiado cálido, vuestro buen humor demasiado franco? Estatua. — Pues así lo decidí. De aquí en adelante, ilustre hijo de la mañana, seré vuestro. Ya dejé el cielo para siempre. Diablo. — (cogiéndole otra vez la mano.) jOh, qué honor para mí! ¡Qué triunfo para nuestra causa! Gracias, gra- cias. Y ahora, amigo mío... por fin puedo llamarle así..., ¿no podríais persuadirle a él para que ocupara el sitio que dejasteis vacante? Estatua. — (Meneando la cabeza.) En concíencía no puedo recomendar a nadie, con quien me una alguna amistad, que a sabiendas se meta en un sitio tan triste e incómodo. Diablo. — Claro que no; pero ¿estáis seguro de que allí no estará a gusto? Claro que vos debéis conocerlo mejor que nadie; vos lo trajisteis aquí primero y pusimos en él las mejores esperanzas. Sus ideas parecía que concor- daban perfectamente con las que aquí imperan. ¿Os acordabais cómo cantaba? (Empieza a cantar en voz de barítono 120 HOMBRE Y SUPERHOMBRE gangosa, trémula, por una eternidad de mal uso, a la manera francesa.) ¡Vivan le femmíne! ¡Viva il buon vino! Estatua. — (cogiendo el tono una octava más alto, con voz de contralto.) Sostegno e gloria (fumanitá. Diablo. — Eso es. Pues ya no nos canta nada. Don Juan. — ¡Y os quejáis de eso, cuando el infierno está lleno de aficionados cantantes! La música es el aguardiente de los condenados. ¿No se permitirá a un alma perdida ser abstinente? Diablo.— ¡Os atrevéis a blasfemar contra el arte más sublime! Don Juan. — (Con repugnancia fría.) Habláis cual mujer histérica que hace carantoñas a un murguista. Diablo.— No me enfado. Sólo os compadezco. No te- néis alma, y no os dais cuenta de lo que perdéis. Pero vos, señor Comendador, sois un músico de nacimiento. ¡Qué bien cantáis! Mozart se quedaría encantado si es- tuviese todavía aquí; pero riñó con nosotros y se fué al cielo. Es curioso cómo todos esos hombres geniales que parecen haber nacido para hacerse populares aquí, re- sultan luego imposibles en la vida social, como don Juan. Don Juan. — Siento de veras resultar imposible en la vida social. Diablo.— No es que no admiremos vuestras dotes in- telectuales, ¿sabéis? Las admiramos. Pero yo miro el asunto desde vuestro propio punto de vista. No podéis simpatizar con nosotros. Este lugar no os place. La ver- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 121 dad es que no tenéis... no diré que no tenéis corazón, porque ya sabemos que detrás de todo vuestro fingido cinismo se oculta un corazón muy sensible... Don Juan. — (Estremeciéndose.) PoF favor, nO sigáis... Diablo.— (irritado.) Bueno, el caso es que no tenéis tem- peramento para gozar. ¿No es eso? Don Juan.— Menos mal. En general, vuestra charla me aburre. Lo mejor será que, como suelo, me retire a la so- ledad. Diablo.— ¿Por qué no os refugiáis de una vez en el cielo? Ese es el sitio que os conviene, (a Ana.) Vamos, señora, ¿no podríais vos convencerle de que un cambio de aire le probaría bien? Doña Ana.— ¿Pero es que puede ir al cielo si quiere? Diablo.— ¿Quién se lo va a impedir? Doña Ana.— Y... ¿todo el mundo puede?... ¿Yo puedo ir al cielo, si quiero? Diablo. — (Algo despreciativo.) Naturalmente, si tal es vuestro gusto. Doña Ana.— Pero entonces, ¿por qué no están todos en el cielo? Estatua.— (con risa aguda y burlona.) Pues te voy a decir, hija mía. Porque el cielo es el sitio más angelicalmente triste y aburrido de la creación. Por eso es. Diablo.— El señor Comendador lo ha dicho con fran- queza verdaderamente militar. Pero no hay duda de que el modo de ser en el cielo es sencillamente intolerable. Cuentan que yo fui arrojado de ahí; pero yo os aseguro que por nada del mundo me hubiese quedado allí. La verdad es que me marché y organicé este centro. Estatua.— No me extraña. Nadie puede aguantar una eternidad de cielo. Diablo.— lOh! Hay gente para todo. Seamos justos, 122 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Comendador; es cuestión de temperamento. Por mi par- te, no admiro el temperamento celestial, no lo compren- do ni tengo deseos de comprenderlo; pero hace falta toda clase de seres para hacer un universo. De gustos es in- útil discutir. Hay personas que están a gusto en el cielo. Yo creo que don Juan estaría a gusto allí. Don Juan.— Hombre, dispensad mi franqueza; ¿po- dríais realmente volver allí si se os antojara, o es que los racimos están verdes? Diablo. — ¡Volver allí! ¡Vayal Muchas veces vuelvo por allí. ¿No habéis nunca leído el libro de Job? ¿Podéis fundaros en algún texto canónico para probar que existe alguna barrera entre el infierno y el cielo? Doña Ana.— Pues hay entre los dos un gran abismo. Diablo. — Señora mía, una parábola no debe tomarse al pie de la letra. El abismo significa la diferencia entre el temperamento angelical y el diabólico. ¿Qué abismo más profundo puede haber? Acordaos de lo que vierais en la tierra. Allí no hay abismo físico entre las aulas de los sabios y las plazas de toros; pero los toreros no van a las aulas por eso. ¿No habéis estado nunca en el país donde es mayor el número de mis adictos, en Inglaterra? Allí hay grandes hipódromos y también salas para con- ciertos, donde se tocan las composiciones clásicas de vuestro amigo Mozart, señor Comendador. Los que fre- cuentan los hipódromos tienen entera libertad para abs- tenerse de hacerlo y, en vez de ello, ir a los conciertos clásicos, si gustan. No hay ley que lo impida. Porque los ingleses nunca serán esclavos; son libres de hacer cuanto el Gobierno y la opinión pública les permiten hacer. Y se admite que el concierto clásico es una diver- sión más elevada, culta, poética e intelectual que las ca- rreras de caballos. Pero ¿dejan por eso los aficionados a HOMBRE Y SUPERHOMBRE 123 las carreras de caballos su deporte favorito para afluir a los conciertos? Ni por pienso. Allí se aburrirían lo mismo que el Comendador se aburría en el cielo. El gran abis- mo de la parábola está entre los dos sitios. Un abismo meramente físico, lo podrían atravesar por medio de un puente, o por lo menos lo podría yo (la tierra está llena de puentes del diablo); pero el abismo del disgusto es eterno e infranqueable. Y este es el único abismo que separa a mis amigos aquí de los que maliciosamente son llamados los bienaventurados. Doña Ana— Voy a ir al cielo sin más tardar. Estatua. — Hija mía, escúchame antes una palabra de advertencia. Quiero completar el símil de mi amigo Lu- cifer referente a los conciertos. En cada uno de esos conciertos en Inglaterra hay un cúmulo de gente aburrida que se encuentra allí, no porque le guste la música, sino porque creen que debe gustarle. Pues lo mismo pasa en el cielo. Muchos se hallan allí en la gloria, no porque se sientan dichosos, sino porque creen que su condición exi- ge que estén en el cielo. Casi todos ellos son ingleses. Diablo. — Sí, es verdad. Las naciones meridionales re- nuncian al cielo y se vienen conmigo como hicisteis vos. Pero los ingleses realmente no parecen notar cuándo es- tán del todo míseros y desgraciados, y cuando se en- cuentran incómodos, creen que son morales. Estatua.— En una palabra, hija mía, si entras en el cielo sin haber nacido para ello, no te divertirás allí. Doña Ana.— ¿Y quién se atreve a afirmar que yo no haya nacido para ello? Los más eminentes doctores de la Iglesia nunca lo han discutido. Para conmigo misma tengo el deber de abandonar este lugar inmediatamente- Diablo.— (Ofendido.) Como gustéis, señora. Hubiese es- perado de vos mejor gusto. 124 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Doña Ana.— Padre, espero que vendréis conmigo. No podéis estar aquí. ¿Qué diría la gente? Estatua. — iLa gente! Pero si la mejor gente está aquí, príncipes de la Iglesia inclusive. Tan pocos van al cielo y tantos vienen aquí, que los bienaventurados, en un tiempo llamados los ejércitos celestiales, forman una minoría en continua mengua. Los santos, los padres, los elegidos de remotas edades son los calaveras, los trone- ras, los reprobados de hoy. Diablo.— Es verdad, desde el principio de mi carrera conocí que vencería al fin por el solo peso de la opinión pública, a pesar de la larga campaña de mentiras y es calumnias dirigida contra mí. En el fondo el uni- verso constitucional, y con una mayoría como la que tengo no es posible que quede yo siempre separado del poder. Don Juan. —Yo creo, Ana, que lo mejor será que os quedéis aquí. Doña Ana.— (ceiosa). No queréis que vaya yo con vos. Don Juan.— No conviene que entréis en el cielo en compañía de un reprobo como yo. Doña Ana.— Todas las almas son igualmente valio- sas. Os arrepentís, ¿verdad? Don Juan.— Mi querida Ana, sois tonta. ¿Creéis que el cielo es como la tierra, donde la gente se convence a sí misma de que lo hecho puede convertirse en no hecho por el arrepentimiento; que lo dicho puede convertirse en no dicho por la retirada de los conceptos; que la ver- dad puede ser anulada por el acuerdo general de consi- derarla como mentira? No, el cielo es la morada de los dueños de la realidad; por eso quiero ir allí. Doña Ana.— Gracias; yo quiero ir al cielo para hallar la felicidad. He tenido bastante realidad en la tierra. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 125 Don Juan.— Entonces debéis quedaros aquí, porque el infierno es la morada de lo irreal y de los ansiosos de felicidad. Es el único refugio para salvarse del cielo, el que es, como ya dije, la morada de los dueños de la rea- lidad, y para salvarse de la tierra, que es la patria de los esclavos de la realidad. La tierra es una leonera en la que los hombres y las mujeres juegan a los héroes y las heroínas, a los santos y las santas, a los pecadores y las pecadoras, pero son arrojados de su paraíso de locos por sus cuerpos. El hambre y la sed y el frío, la edad y la decadencia y las enfermedades, y la muerte sobre todo, los hacen esclavos de la realidad. Tres veces al día tie- nen que comer y digerir, tres veces en cada centuria tic- en que ser engendrada una generación. Las edades de fe, de poesía y de ciencia acaban finalmente en esta úni- ca oración: «Haz que yo sea un animal sano.» Mas aquí escapáis de la tiranía de la carne, porque aquí no sois un animal, aquí sois un espíritu, una apariencia, una ilusión, una convención, sin muerte, sin edad, en una palabra, sin cuerpo. Aquí no existen cuestiones sociales, ni cuestiones políticas, ni cuestiones religiosas, mejor aún, ni cuestiones sanitarias. Aquí llamáis hermosura vuestra apariencia, amor vuestra emoción, heroísmo vuestros sentimientos, virtud vuestras aspiraciones, lo mismo que hicisteis en la tierra; pero aquí no hay hechos brutales para contradeciros ni contraste irónico entre vuestras necesidades verdaderas y vuestras pretensiones ilimitadas, ni comedia humana, nada sino un romanti- cismo perpetuo, un melodrama universal. Como dijo nuestro amigo germánico: «lo inconcebible aquí es un hecho, lo eterno femenino nos atrae con fuerza irresisti- ble», sin llevarnos un paso más allá. ¡Y deseáis dejar este paraísol 126 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Doña Ana.— ¡Pero si el infierno es tan hermoso como decís, cosa gloriosa debe ser el cielo! (e1 Diablo, la estatua y Don Juan todos empiezan a hablar a la vez para protestar violentamente; luego se callan confusos.) Don Juan. — Dispensadme. Diablo. — Nada. Soy yo quien os interrumpió. Estatua. — ¿Ibais a decir algo? Don Juan.— Hablad primero, caballero. Diablo. — (a Don Juan.) Habéis estado tan elocuente acerca de las ventajas de mis dominios, que ahora os dejo hablar para que mostréis con igual exactitud y pin- téis los defectos del establecimiento competidor. Don Juan. — En el cielo, señora, tal como lo pinto, se vive y se trabaja, en vez de jugar y fingir. Se miran las cosas de frente, tales como son. No se evita nada sino la fantasmagoría, y vuestra firmeza y vuestro peligro son vuestra gloria. Cuando aquí y en la tierra continúa la función y todo el mundo es un escenario, el cielo está por lo menos entre bastidores. Pero el cielo no puede ser descrito como una metáfora. Allá voy ahora mismo, porque espero escapar allí por fin de las mentiras y la persecución fastidiosa y vulgar de la dicha y pasar mis eternidades en la contemplación... Estatua. — ¡Puahl Don Juan.— Señor Comendador, no censuro vuestra re- pugnancia, pues un museo de pintura es un lugar aburrido para un ciego. Pero así como vos gozáis con espejismos románticos, tales como son la hermosura y el placer, así gozaré yo con aquello que me interesa más que todo, es decir, la vida, la fuerza que siempre tiende a adquirir mayor poder para contemplarse a sí misma. ¿Qué es lo que desarrolló mis sesos? decidme. No fué la necesidad de mover mis piernas, porque una rata con muchos me- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 127 nos sesos mueve sus patas mejor que yo mis piernas. No fué la mera necesidad de hacer algo, sino la de saber lo que hago, para que con mis esfuerzos ciegos no me mate a mi mismo. Estatua. — Te hubieses matado en tus esfuerzos ciegos de esgrimidor a no habérseme resbalado el pie, ami- go mío. Don Juan.— Audaz espadachín. Di rider finirai prima l'aurora, o statua gentilíssima. Estatua.— lAh, ahí ¿Recuerdas cómo te asusté cuando dije algo por el estilo desde mi pedestal en Sevilla? Suena algo apagado sin mis trombones. Don Juan.— Según dicen, suele sonar apagado aun con ellos, Comendador. Doña Ana. — Por Dios, padre, no interrumpáis la con- versación con semejantes frivolidades. ¿No hay más que contemplación en el cielo, Don Juan? Don Juan.— En el cielo que yo busco no hay otro pla- cer. Pero hay el trabajo de secundar a la vida en su lucha por las alturas. Imaginaos cómo se gasta y derrocha a sí misma, cómo se levanta obstáculos a sí misma y se destruye a sí misma en su ignorancia y ceguera. Nece- sita un cerebro esa fuerza irresistible, para que en su ignorancia no luche consigo misma. ¡Qué obra maestra es el hombre! dijo el poeta. Sí; pero Iqué mal empleada! Aquí se halla el mayor milagro de organización que la vida haya logrado; el ser más intensamente viviente que existe, el más consciente de todos los organismos, y sin embargo, ¡qué mísero es su cerebro! La estupidez hecha sórdida y cruel por las realidades que la pobreza y el trabajo excesivos ofrecen; la imaginación resuelta a mo- rir de hambre antes de encararse con esas realidades, 128 HOMBRE Y SUPERHOMBRE acumulando ilusiones para ocultarlas y llamándose a sí misma talento, genio. Y cada una acusando a la otra de sus propios defectos, la estupidez acusando a la imagi- nación de locura, y la imaginación acusando a la estu- pidez de ignorancia, mientras ¡ay! la estupidez posee todos los conocimientos y la imaginación toda la inte- ligencia. Diablo. — Y menudo embrollo que originan entram- bas. ¿No dije yo cuando estaba arreglando aquel asunto de Fausto que el solo uso que el hombre hace de su in- teligencia es para ser más bestial que cualquier bestia? Un cuerpo espléndido vale más que los sesos de cien dispépticos y flatulentos filósofos. Don Juan. — Olvidáis que ya se hicieron pruebas con la magnificencia del cuerpo sin el desarrollo cerebral. Cosas inmensamente mayores que el hombre por todos conceptos, fuera del cerebro, han existido y han pereci- do. El megaterio, el ictiosauro han pisado la tierra con pasos de siete leguas y obscurecido el día con alas gran- des como nubes. ¿En dónde están ahora? Fósiles en los museos, y tan escasos e incompletos además, que una vértebra o un diente de ellos se estiman más que la vida de mil soldados. Esos seres vivían y querían vivir, pero por falta de sesos no supieron cómo lograr sus pro- pósitos y se destruyeron unos a otros. Diablo.— Y los hombres, ¿no se destruyen mutua- mente a pesar de sus tan alabados cerebros? ¿No habéis estado en la tierra en estos últimos tiempos? Yo sí estu- ve y he examinado los inventos maravillosos de los hombres, y os digo que en cuanto a las artes de vivir, el hombre no inventa nada; pero en cuanto a las artes de morir, sobrepuja a la propia naturaleza, y, con ayuda de la química y la mecánica, produce más mortandad que HOMBRE Y SUPERHOMBRE 129 las enfermedades contagiosas, la peste y el hambre. El labrador a quien induzco en tentaciones, hoy día come y bebe exactamente lo que comían los labradores hace diez mil años, y su vivienda no ha cambiado tanto en mil siglos como la moda de los sombreros de señora en el transcurso de veinte semanas. Pero cuando sale a matar lleva una maravilla de mecanismo, que sólo con la presión de su dedo desencadena todas las ocultas energías moleculares y deja muy atrás el venablo, la flecha y la cerbatana de sus antepasados. En las artes de la paz el hombre no vale nada. He visto sus fábricas de tejidos y otras, con maquinaria que un perro sarnoso podía haber inventado si en vez de comida hubiese ne- cesitado dinero. Conozco sus torpes máquinas de escri- bir y deficientes locomotoras y fastidiosas bicicletas; son porquerías al lado de los cañones Maxim o los tor- pederos submarinos. En la maquinaria industrial del hombre sólo se manifiestan su avaricia y su pereza; en la fabricación de las armas es donde pone su corazón. Aquella fuerza maravillosa de vida que tanto ensalzáis, es una fuerza' de muerte. El hombre mide su fuerza por su poder destructivo. ¿Qué es su religión? Una excusa para odiarme. ¿Qué son sus leyes? Una excusa para ahorcar a sus semejantes. ¿Qué es su moralidad? Remil- gos; un pretexto para consumir sin producir. ¿Qué es su arte? Una excusa para embelesarse con pinturas de ba- tallas. ¿Qué es su política? O el respeto a un déspota, porque el déspota puede matar, o pelea de gallos parla- mentaria. Pasé una tarde hace poco en una célebre se- sión legislativa y oí cómo la sartén le reprochaba su legrura al caldero y por todos lados lo de «más eres tú> \f los ministros contestando a interpelaciones. Al mar- 9 130 HOMBRE Y SUPERHOMBRE charme escribí con tiza en la puerta aquella antigua sentencia para niños: «No hagas preguntas y no te dirán mentiras. > Compré un periódico ilustrado para familias, de a seis peniques, y lo vi lleno de grabados represen- tando a jóvenes que se mataban unos a otros a tiros y puñaladas. Vi morir a un hombre, un albañil de Lon- dres, con siete hijos. Dejaba diez y siete libras de su se- guro en la sociedad obrera a que había pertenecido, y la viuda lo gastó todo en funerales, para ingresar en el asilo con sus hijos al día siguiente. No hubiera gastado ni siete peniques para que los chicos fuesen a la escue-' la, tuvo que ser obligada por la ley a mandarlos a las escuelas gratuitas, pero para la muerte gastó cuanto te- nía. Sus imaginaciones se enardecen, sus energías se levantan con la idea de la muerte; esa gente la aman y» cuanto más horrible sea, más disfrutan con su vista. El infierno es un lugar muy por encima de su comprensión; sacan la idea que de él se forman de las obras de dos de los mayores locos que han vivido: un italiano y un inglés. El italiano lo describió como un sitio de sucie- dad, frío, miseria, fuego y sierpes venenosas, todo tortu- ras. Ese asno, cuando no estaba mintiendo respecto de mí, divagaba acerca de una mujer a la que vio una vez en la calle. El inglés me describió como expulsado del cielo a cañonazos, y hasta la fecha no hay un subdito británico que no crea que toda esa historia sandia está en la biblia. No sé qué más dijo, porque todo está en un poema largo que ni yo ni nadie ha logrado leer hasta el fin. Lo mismo pasa en todo. El género más elevado de la literatura es la tragedia, una pieza de teatro en la que al final todos mueren. En las crónicas de antaño se lee de terremotos y pestilencias y diz que demuestran el HOMBRE Y SUPERHOMBRii 131 poder y la majestad de Dios y la pequenez del hombre. Las crónicas hodiernas describen batallas. En una bata- lia dos tropeles de hombres disparan unos contra otros con balas y granadas, hasta que un tropel huye, que es cuando el contrario persigue a caballo a los fugitivos y los acuchilla cuanto puede. Y esto, según deducen los cronistas, demuestra la grandeza y majestad de los im- perios y la pequenez de los vencidos. Por el relato de semejantes batallas el público se aglomera en las calles con clamores de alegría y excita a los gobiernos a gas- tar miles de millones para fines bélicos, mientras los ministros más prestigiosos no se atreven a invertir la suma más modesta para aliviar la pobreza y la miseria que todos los días hieren su vista. Podría citaros miles de ejemplos, pero todos vienen a demostrar una sola cosa: el poder que rige la tierra no es el poder de la vida, sino el poder de la muerte, y la necesidad eterna que impulsó a la vida al esfuerzo de organizarse en el ser humano, no es la necesidad de una vida más perfecta, sino la de un instrumento más eficaz de destrucción. La peste, el hambre, el terremoto, la tempestad era dema- siado espasmódica en su acción; el tigre y el cocodrilo se saciaban con demasiada facilidad y no eran bastante crueles; se necesitaba algo más constante, más impla- cable, más ingenioso en su afán de destrucción, y ese algo se hizo hombre, el inventor del potro, la hoguera, la horca y el electrocutor, el inventor de la espada y las armas de fuego, el inventor sobre todo de la justicia, el deber, el patriotismo y todos los demás ismos, por los que aun aquellos que tienen bastante talento para tener sentimientos generosos, se dejan persuadir a ser los más destructivos de todos los destructores. 132 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Don Juan. — ¡Bah! Todo eso es anticuado. Vuestro flaco, diabólico amigo mío, consiste en que siempre ha- béis sido un inocente. Juzgáis a los hombres por sus pro- pias apreciaciones. Nada les lisonjearía más que vuestra opinión de ellos. Gustan de que se les tome por atrevi- dos y malos. No son ni lo uno ni lo otro, son únicamen- te cobardes. Llamadlos tiranos, asesinos, piratas, mato- nes, y os adorarán y se vanagloriarán con tener en las venas sangre de los antiguos corsarios y conquistadores. Llamadlos embusteros y ladrones, y os citarán a juicio de conciliación. Pero llamadlos cobardes, y se volverán lo- cos de rabia, arrostrarán la muerte por desvirtuar esta ver- dad punzante. Los hombres dan cualquier razón de su conducta excepto una, cualquier excusa por sus crímenes excepto u.ia, cualquier prenda por su seguridad excepto una, y esa una es la cobardía. Y, a pesar de ello, toda su civilizac" 11 está fundada sobre su cobardía, sobre su abyecta mansedumbre, lo que llaman su respetabilidad. Un asno y una muía se dejan maltratar hasta cierto lími- te, pero los hombres toleran un grado de rebajamiento que inspira lástima a sus propios opresores y los induce a cejar. Diablo. — Muy bien dicho. ¡Y ésos son los seres en los cuales hay que descubrir lo que llamáis la fuerza de la vida! Don Juan.— Sí, porque ahora viene la parte más sor- prendente del asunto. Estatua.— ¿Qué es? Don Juan. — Pues que a cada uno de ellos se les pue- de hacer valientes metiéndoles una idea en la cabeza. Estatua.— Tonterír Como militar antiguo, admito que existe la cobardía, qu es tan universal como el mareo HOMBRE Y SUPERHOMBRE 133 en los buques, y tiene la mis:na importancia. Pero aque- llo de meter una idea en la cabeza de un hombre es una insensatez supina. En una batalla lo que hace falta para que empiece la acción es un poco de sangre caliente y la convicción de que es más peligroso ser vencido que ganar la partida. Don Juan.— Por eso es por lo que tal vez las batallas sean tan inútiles. Pero k s hombres nunca se sobreponen al miedo si no pueden imaginarse que están peleando en pro de un fin universal, en fin, peleando por una idea, o como ellos lo llamen. ¿Por qué el cruzado fué más va- liente que el pirata? Porque peleaba, no por sí, sino por la cruz. ¿Qué fuerza fué la que hizo que encontrara un enemigo tan bravo como él mismo? Pues la fuerza de hombres que peleaban, no por sí mismos, sino por el Islam. Cogieron a nuestra España, por más que peleára- mos por nuestros hogares y nuestros bienes más sagra- dos, pero en cambio, cuando nosotros los españoles pe- leamos por una idea poderosa, el catolic^mo, los barri- mos hacia África. Diablo.— (irónico.) Pero ¡cómo! ¿qué es eso? V os sois católico, señor Don Juan. Uno de los nuestros. Enhora- buena. Estatua.— (Seria.) Oíd, oíd, en eso de la Iglesia, como militar, no puedo tolerar que se digan impropiedades. Don Juan.— No temáis. Comendador; esa idea de una Iglesia católica sobrevivirá al Islam, sobrevivirá a la Cruz, sobrevivirá hasta a la mojiganga de aquello que se llama « ejército >. Estatua.— Juan, me vas a obligar a desafiarte por esos conceptos. Don Juan.— iPara qué! Soy mal esgrimidor. Toda idea 1^ HOMBRK Y SUPERHOMBRE por la que un hombre esté dispuesto a morir, tiene que ser una idea católica. Cuando al fin los españoles conoz- can que no son mejores que los sarracenos y que su pro- feta no vale más que Mahoma, se levantarán, más cató- licos que nunca, y morirán en una barricada erigida en las umbrías calles donde el hambre y la miseria los aco- san, por la universal igualdad y libertad. Estatua. — Insensateces. Don Juan. — Lo que llamáis insensateces es lo único por que los hombres se atreven a morir. Más adelante, la libertad será bastante católica, los hombres morirán por la perfección humana, por la que sacrificarán con gusto su libertad. Diablo. — ¡Oh! nunca les faltará a los hombres una ex- cusa para matarse unos a otros. Dox Juan.— ¿Qué es eso? No es la muerte la que im- porta, sino el miedo a la muerte. Lo que nos degrada no es matar y morir, sino un vivir envilecido y el aceptar los beneficios de la degradación. Mejor quiero diez hom- bres muertos que un esclavo o su tirano. Los hombres se levantarán, el padre contra el hijo y el hermano con- tra el hermano, y se matarán uno a otro por la gran idea católica de la abolición de la esclavitud. Diablo.— Sí, cuando la libertad y la igualdad de que tan hueco habláis hayan hecho emancipados a los blan- cos cristianos, que hoy están más baratos que los negros paganos esclavos vendidos en subasta pública. Don Juan. — No hay cuidado, también le llegará su turno al trabajador blanco. Pero ahora no estoy defen- diendo las formas ilusorias que las grandes ideas toman. Os estoy citando ejemplos del hecho de que aquel ser que se llama hombre y que en sus propios persona- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 135 les asuntos es un cobarde de marca mayor, lucha como un héroe por una simple idea. Será abyecto como ciu- dadano, pero como fanático es peligroso. Sólo puede ser esclavizado mientras sea bastante débil para oír ra- zones. Os digo, caballeros, que si podéis enseñar a un hombre algo que él ahora llame obra de Dios a cumplir y que más adelante 1 amará de muy varios modos, po- déis hacerle completamente indiferente en cuanto a las consecuencias que le hayan de tocar a él personalmente Doña Ana.— Sí, declina todas las responsabilidades y deja que su mujer cargue con ellas. Estatua. — Muy bien dicho, hija mía. No te dejes aton- tar por todas sus palabras. Diablo. — ¡Ay! Señor Comendador, ahora que hemos venido a parar en el tema de las mujeres, hablará más que nunca. Sin embargo, confieso que para mí es el úni- co asunto de verdadero interés. Don Juan. — Para con la mujer, señora, los deberes y responsabilidades del hombre se reducen a la obligación de procurar el pan de sus hijos. Para ella el hombre es sólo el medio de lograr hijos y criarlos. Doña Ana. — ¿Es ésta vuestra idea de la índole de la mujer? Yo lo llamo cínico y asqueroso materialismo. Don Juan.— Perdonadme, Ana; no me refería a la ín- dole total de la mujer. Me refería a su modo de mirar a hombre como de diferente sexo. No es más cínico que su modo de mirarse a sí misma como a madre antes que todo. Sexualmente, la mujer es una disposición de la na- turaleza para perpetuar su obra más perfecta. Sexual- mente el hombre es el instrumento de la mujer para cumplir del modo más barato el mandato de la natura- leza. Ella conoce por instinto que allá muy atrás en los 136 HOMBRE Y SUPERHOMBRE comienzos de la evolución de los seres creados le inven- tó, le diferenció, le creó con objeto de producir algo me- jor de lo que puede producir el procedimiento unisexual. Mientras él cumple el propósito para el que ella le hizo, aprueba y ensalza sus ensueños, sus locuras, sus ideales, sus heroísmos, con tal que todo ello culmine en la ado- ración de la mujer, de la maternidad, de la familia, del hogar. Pero ¡cuan arriesgado y peligroso fué para ella in- ventar a un ser especial cuya única función era su fe- cundación! Con ello ¿qué ha sucedido? En primer lugar, el hombre se ha multiplicado a costa de ella hasta ha- ber tantos hombres como mujeres; de modo que ella ha venido a verse imposibilitada para emplear para sus pro- pósitos más que una fracción de la inmensa energía que ella ha dejado a su disposición ahorrándole el trabajo abrumador de la gestación. Esa energía superfina ha ido a los sesos y los músculos de él. Se ha hecho demasia- do fuerte para que ella físicamente le pueda dominar y demasiado imaginativo y mentalmente vigoroso para contentarse con la mera autorreproducción. El creó la civilización sin consultarla, adjudicándole el trabajo do- méstico como fundamento de la misma. Doña Ana.— Eso es verdad, en todo caso. Diablo.— Bien, y después de todo, esa civilización ¿qué es? Don Juan.— Después de todo, un excelente gancho del que podéis colgar vuestros cínicos lugares comunes. Pero, ante todo, es un intento del hombre para llegar a ser algo más que el mero instrumento para los fines de la mujer. De ahí que el resultado del esfuerzo continuo de la vida para no solamente conservarse, sino lograr una organización cada vez más perfecta y conciencia de sí HOMBRE Y SUPERHOMBRE 137 misma más completa, no es, cuando más, sino una cam- paña indecisa entre sus fuerzas y las de la muerte y la degeneración. Las batallas en esa campaña son meras mojigangas, casi siempre ganadas, como las verdade- ras batallas militares, a pesar de los que mandan. Estatua. — Eso va contra mí. No importa; sigue, sigue. Don Juan.— Va contra un poder mucho más alto que vos. Comendador. De todos modos habréis notado en vuestra profesión que aun un general estúpido puede ganar batallas cuando el general enemigo es un poco más estúpido. Estatua.— (Muy seda.) Mucha verdad, don Juan, mucha verdad. Hay imbéciles que tienen una suerte pasmosa. Don Juan.— Sí, la fuerza de la vida es estúpida, pero no es tan estúpida como las fuerzas de la muerte y la degeneración. Además, ésta está siempre al sueldo de aquélla. Y así vence la vida en cierto modo. Lo que puede suministrar la sola abundancia de fecundidad y conservar la sola avaricia, lo poseemos. La superviven- cia de cualquier forma de civilización que pueda produ- cir el mejor fusil y el tirador mejor alimentado está ase- gurada. Diablo.— ¡Exacto! La supervivencia no de los me- dios más eficaces de la vida, sino délos medios más efi- caces de la muerte. Siempre volvéis a mi punto de vista, a pesar de vuestras agudezas, ambages y sofismas, sin contar la intolerable extensión de vuestros parlamentos. Don Juan.— ¡Vaya! ¿Quién empezó con los parlamen- tos largos? De todos modos, si es que canso vuestra in- teligencia, podéis dejarnos y buscar la compañía del amor, la hermosura y lo demás de vuestros acostumbra- dos aburrimientos. 138 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Diablo. — (Muy ofendido.) No sois justo, Don Juan, ni cortés. Yo también me cuento entre los intelectuales. Na- die puede apreciar más que yo semejantes discusiones. Discuto lealmente con vos y, según me parece, os refuto completamente. Sigamos una hora más si gustáis. Don Juan. —Bueno, adelante. Estatua.— No veo la ventaja de empeñarse en di- lucidar un tema particular, Don Juan. Pero en fin, ya que estamos aquí para matar no solamente el tiempo, sino la eternidad, prosigue. Don Juan. — (Algo impaciente.) Mi punto de vista, sabed- lo, viejo de cabeza marmórea, sólo difiere en un paso del vuestro. ¿Estamos conformes en que la vida es una fuerza que ha hecho innumerables experimentos para organizarse, que el mamut y el hombre, el ratón y el megaterio, las moscas y las pulgas y los padres de la iglesia son todos ensayos más o menos felices para transformar esa fuerza bruta en individuos cada vez más perfectos, y que el individuo ideal es omnipotente, om- nisciente, infalible y, al mismo tiempo, completamente, claramente consciente de sí mismo, en una palabra, un Dios? Diablo.— Estoy conforme, para evitar discusiones. Doña Ana. — Pues yo protesto con toda energía por lo de los padres de la Iglesia, y os ruego no meterlos en el argumento. Don Juan. — Lo hice sin querer faltarles al respeto y no volveré a aludirles. Y ahora, ya que estamos confor- mes sobre un punto, no queréis también concederme que ia vida no ha medido el éxito de sus aspiraciones a la di- vinidad por la hermosura o la perfección física del resul- tado, puesto que por ambos conceptos los pájaros, como Hombre y superhombre 139 ha mucho tiempo apuntó nuestro amigo Aristófanes, nos son tan singularmente superiores con su facultad de volar y su lindo plumaje y, me permitiré añadir, con la poesía conmovedora de sus amores y anidamientos, que es inconcebible que la Vida, habiéndolos una vez pro- ducido y si el amor y la hermosura fuesen su objeto, se desviase por otro camino para crear al tosco elefante y al feo macaco cuyos nietos somos nosotros. Doña Ana.— Aristófanes fué un pagano, y vos, Don Juan, me temo no seáis mucho mejor. Diablo. — ¿Deducís, pues, que la Vida deriva hacia la tosquedad y la fealdad? Don Juan.— No, perverso demonio, mil veces no. La Vida deriva hacia el desarrollo de los sesos, su objeto favorito, un órgano por el que puede lograr no solamen- te conciencia de sí misma, sino también comprensión de sí misma. Estatua.— Eso es metafísica, Don Juan. ¿Por qué ¡voto al diablo! había...? (ai diablo.) Perdonad. Diablo.— No hagáis caso; siempre he considerado como homenaje el uso de mi nombre para robustecer el énfasis de una oración. Usadlo, pues, como gustéis, Co- mendador. Estatua.— Gracias, sois muy amable. Aun en el cielo nunca he podido quitarme de mi modo de hablar a lo militar. Lo que iba a preguntar a Don Juan era por qué la Vida había de esforzarse por lograr tener cerebro. ¿Por qué necesita comprenderse a sí misma? ¿Por qué no había de contentarse con gozar de sí misma? Don Juan. — Sin cerebro. Comendador, gozaréis sin sa- berlo, y será como si no. Estatua.— Verdad, mucha verdad. Pero me contento 140 HOMBRE V SUPERHOMBRE con el cerebro bastante para conocer que gozo. No ne- cesito comprender el porqué. Al contrario, prefiero no comprender. Sé por experiencia que nuestros goces men- guan cuando se reflexiona sobre ellos. Don Juan. — Por eso el intelecto es tan impopular. Pero para la Vida, aquella fuerza que obra en el hom- bre, el intelecto es una necesidad, porque sin él va cie- gamente hacia la muerte. Del mismo modo que la Vida, después de edades de lucha, produjo aquel maravilloso órgano que es el ojo para que el organismo viviente pu- diese notar lo que se acercaba y lo que se alejaba para ayudarle o amenazarle y así evitar mil peligros que antes le hacían perecer, así está formando hoy día un ojo intelectual que verá, no al mundo físico, sino los propó- sitos de la Vida, y por eso capacita al individuo para obrar en pro de ese propósito en vez de burlarlo y frus- trarlo con mezquinas miras personales, como ha venido sucediendo hasta lo presente. Aun así y todo, sólo una clase de hombres ha sido dichosa y universalmente res- petada en medio de todos los conflictos de intereses e ilusiones. Estatua. — Queréis decir los militares. Don Juan.— No, Comendador, no quiero decir los mi- litares. Cuando los militares se acercan, la gente entie- rra sus cucharas de plata y manda a las mujeres a otra parte. No, yo no celebro en mis cantos las armas y al héroe, sino al sabio. El es quien trata en sus contempla- ciones de descubrir la voluntad íntima del mundo con sus inventos de descubrir los medios de cumplir aquella voluntad, y en sus actos cumplirla con los medios así descubiertos. De todas las demás clases de hombres me declaro harto. Son fracasados, fastidiosos. Cuando esta- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 141 ba en la tierra, hubo profesores de todas clases rondán- dome para descubrir en mí cualquier punto malsano donde hacer presa. Los doctores en medicina me insta- ron para que considerara lo que tenía que hacer para salvar mi cuerpo y me ofrecieron remedios contra enfer- medades imaginarias. Les dije que no era hipocondríaco, y me llamaron ignorante y se fueron. Los doctores en teología me instaron para que considerara lo que tenía que hacer para salvar mi alma, pero yo no era tampoco moralmente hipocondríaco y no quise hacerles caso. Me llamaron ateo y se fueron. Luego vinieron los políticos y me dijeron que había sólo un alto fin en la naturaleza y era que ellos tuvieran asiento en el Parlamento. Les dije que me importaba un bledo ese fin, y me llamaron hombre sin convicciones y se fueron. Entonces vinieron ios románticos, los artistas con sus cantos de amor, sus pinturas y sus poesías y me proporcionaron durante luengos años harto deleite y no poco provecho, porque debido a su trato cultivé mis sentidos. Sus cantos me enseñaron a oír mejor, sus pinturas a ver mejor, sus ver- sos a sentir más hondo. Pero finalmente ello me condu- jo a adorar a las mujeres. Doña Ana.— ¡Juan! Don Juan.— Sí, llegué a creer que encerraba su voz toda la música de los cantos, su cara toda la hermosura de los cuadros, su alma toda la emoción de las poesías. Doña Ana. — Y luego tuvisteis un desengaño, supon- go. Pero ¿qué culpa tienen ellas de que les atribuyerais tantas perfecciones? Don Juan.— Algunas tienen. Porque con listeza mara- villosamente instintiva guardaron silencio y se dejaron glorificar y que confundiese mis propias visiones, mis 142 HOMBRE Y SUPERHOMBRE pensamientos y mis sentimientos con los suyos. Mis ami- gos, los románticos, con frecuencia eran demasiado po- bres o tímidos para acercarse a las mujeres que eran bastante hermosas o bastante coquetas para hacerles creer que realizaban su ideal, y así se fueron a la tumba creyendo en sus ensueños. Pero a mí me favorecieron más la naturaleza y las circunstancias. Fui rico y de no- ble nacimiento, y cuando no gustaba mi persona, lison- jeaba mi plática, aunque, en general, creo que ambas eran bastante agradables. Estatua.— ¡Fatuo! Don Juan. — Bien, pero aún mi fatuidad gustaba. Y es el caso que noté que cuando sólo hería la imaginación de una mujer, ella me dejaba convencerme a mí mismo de que me amaba; pero cuando había accedido a mis deseos, nunca decía: , sino siempre decía primero: «Por fin cayeron las barreras>, y luego: «¿Cuándo volverás?> Doña Ana. — Pues es exactamente lo que dicen tam- bién los hombres. Don Juan.— Protesto, que yo nunca dije semejante cosa. Pero todas las mujeres hablan así. Pues bien, aquellas dos frases siempre me alarmaron, porque la primera parecía indicar que el impulso de la señora ha- bía sido sólo para derribar mis fortificaciones y tomar mi cindadela, y la segunda anunciaba abiertamente que en adelante me consideraba como cosa suya, y, desde luego, que todo mi tiempo estaba a su disposición. Diablo. — Parece mentira que tengáis tan poco co- razón. Estatua.— (Meneando ia cabeza.) Está mal, Don Juan, re- petir lo que te dijera una mujer. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 143 Doña Ana. — (severa.) Debiera ser cosa sagrada para vos. Estatua.— Claro que así hablan. Lo de las barreras nunca me ha importado, pero siempre choca algo, cuan- do no se está enamorado con exceso. Don Juan.— Luego, la señora, antes dichosa y desocu- pada, se volvía anhelosa, preocupada por mí, siempra intrigando, conspirando, persiguiendo, vigilando, espe- rando, con todas las energías en tensión para coger su presa... siendo yo la presa, claro está. Pero eso para mí no era lo tratado. Tal vez fuera muy propio y muy na- tural, pero no era música y pintura y poesía y alegríei encarnadas en una hermosa mujer. Huí, y huí muchas veces. Tanto es así, que por mis huidas de las mujeres adquirí fama. Doña Ana.— Mala fama, querréis decir. Don Juan. — De vos no huí. ¿Me censuráis por haber huido de otras? Doña Ana. — Tontería, hombre. Estáis hablando con una mujer de setenta y siete años. Si hubieseis tenido la probabilidad, hubieseis huido también de mí... de habe- ros dejado yo. Conmigo no hubiese sido tan fácil como con algunas otras. Cuando los hombres no quieren ser fieles a su hogar y sus deberes, hay que obligarlos. Me atreveré a decir que todos anheláis casaros con be- llas encarnaciones de la música, la pintura y la poe- sía. Pero no es posible, porque no existen. Si no os con- tentáis con carne y sangre, os debéis pasar sin ellas, y no hay más. Las mujeres tenemos que contentarnos con maridos de carne y sangre, y a veces con bastante poco de ellas, de modo que vosotros tenéis que contentaros con esposas de la misma índole. (e1 diablo parece dudar, la 144 HOMBRE Y SUPERHOMBRE estatua pone una cara mustia.) VeO qUC 3. nadie le gUStd lO que digo, pero es la verdad. Si no os agrada, dejémoslo. Don Juan.— Señora, habéis expresado en pocas frases todo mi antagonismo a lo romántico. Es precisamente por eso, porque les volví la espalda a los hombres ro- mánticos con temperamento de artistas, como llamaban sus fatuidades. Les era agradecido por haberme enseña- do a usar mis ojos y mis oídos, pero les dije que su ado- ración de la hermosura y su caza de la felicidad y su idealización de la mujer no valían ni un maravedí como filosofía de la vida. Me llamaron burgués prosaico y se fueron. Doña Ana. — Parece que las mujeres os enseñaron algo, no obstante, con todos sus defectos. Don Juan. — Hicieron más, interpretaron para mí todas las demás enseñanzas. ¡Oh, amigos míos, cuando las barreras cayeron por primera vez! ¡Qué revelación más portentosa! Esperé yo locura, embriaguez, todas las ilusiones del primer ensueño de amor, y he aquí que nunca mi percepción fuera más clara ni mi juicio más implacable. Ni la más celosa rival de mis queridas hu- biera podido ver en si sus defectos con más exactitud que yo. No estuve engañado: la había tomado sin clo- roformo. Doña Ana.— Pero la tomasteis. Don Juan.— Esa fué la revelación. Hasta aquel mo- mento nunca había yo perdido la sensación de ser mi propio dueño, nunca había conscientemente dado un solo paso sin que mi razón lo examinara y lo probara. Había llegado a creer que era un ser puramente racional, un pensador. Decía, con aquel filósofo necio: «Pienso, por consiguiente existo». Fué la mujer la que me enseñó a HOMBRE V SUPERHOMBRE 1 15 decir: «Existo, por consiguiente pienso>. Y también: «Quisiera pensar más, por consiguiente debo ser más>. Estatua.— Eso es extremadamente abstracto y meta- físico, Don Juan. Si te atuvieras a lo concreto y pusieras tus experiencias en forma de anécdotas entretenidas, tu conversación sería más grata de escuchar. Don Juan.— ¡Bah! ¿Qué tengo que decir más? ¿No comprendéis que cuando me hallé cara a cara con la mujer, cada fibra de mi claro cerebro me advirtió que debía yo ahorrarle a ella un sacrificio y ponerme a mí en salvo? Mi sentido moral decía: no. Mi conciencia de- cía: no. Mi caballerosidad y mi compasión decía: no. Mi prudencia y consideración a mí mismo decían: no. Mi oído refinado por miles de cantos y sinfonías, mis ojos educados por miles de pinturas, desgarraron en pedazos y analizaron su voz, su tez, su figura. Recogí todas las traidoras semejanzas que había en ella con su padre y su madre, por las que conocí el aspecto que tendría den- tro de treinta años. Vislumbré el fulgor del oro de una muela cariada en la riente boca. Hice observaciones cu- riosas acerca de los olores extraños de la química de los nervios. Las visiones de mis ensueños románticos, en las que había poblado los campos del cielo con mujeres de coral y marfil, eternamente jóvenes, me abandonaron en aquel supremo instante. Recordé aquellas visiones y luché desesperadamente para recobrar su ilusión embria- gadora, pero entonces me parecieron ser las más vacías de las invenciones. Mi juicio no se dejaba engañar, mi cerebro a cada nuevo intento seguía diciendo: no. Y cuando estaba a punto de presentar mis excusas a la dama, la vida mé agarró y me lanzó en sus brazos como un navegante tira un anzuelo al pico de un ave marina. 10 146 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Estatua.— Podías haber vivido sin tanto cavilar sobre ia vida, Don Juan. Eres como todos los hombres de ta- lento, tienes más sesos de lo que te conviene. Diablo. — ¿Y no sois más dichoso después de tales ex- periencias, señor Don Juan? Don Juan.— Más dichoso, no; más sabio, sí. Aquel mo- mento me presentó por primera vez a mí mismo y por mí mismo al mundo. Vi entonces cuan inútil es querer imponer condiciones a la irresistible fuerza de la vida, predicar prudencia, selección cuidadosa, virtud, honor, castidad... Doña Ana.— Don Juan, una palabra contra la casti- dad es un insulto a mí. Don Juan. — No digo nada contra vuestra castidad, señora, ya que adquirió la forma de un esposo y doce hijos. ¿Qué más pudierais hacer de haber sido la mujer más perdida? Doña Ana. — Podía haber tenido doce esposos y nin- gún hijo. Esto podía haber yo hecho, Don Juan. Y esto no hubiese hecho floja diferencia para la tierra cuyos pobladores aumenté. Estatua. — ¡Bravo, Ana! Don Juan, te han aplastado, aniquilado. Don Juan. — No; porque aunque aquella diferencia es la verdadera— Doña Ana, lo confieso, ha dado en el cla- vo—con respecto al amor o a la castidad y aun a la fideli- dad, no es diferencia; porque doce hijos de doce esposos diferentes hubieran aumentado en la misma proporción el número de los habitantes de la tierra. Suponed que mi amigo Octavio hubiese muerto cuando teníais treinta años: no os hubieseis quedado viuda, erais demasiado hermosa. Suponed que el sucesor de Octavio hubiese HOMBRE Y SUPERHOMBRE 147 muerto cuando teníais cuarenta años: todavía erais irre- sistible, y ya se sabe, una mujer que se casa dos veces, se casa tres si llega a estar libre para ello. Doce hijos legítimos nacidos de una señora altamente respetable y tres padres diferentes no es cosa imposible ni condenada por la opinión pública. No hay duda de que una señora en tales condiciones cumple más con la ley que la po- bre muchacha a la que solemos arrojar al arroyo por haber dado a luz un hijo ilegítimo; pero ¿os atreveréis a afirmar que ésta es menos digna de indulgencia? Doña Ana. — Es menos virtuosa; esto a mí me basta. Don Juan. — En ese caso, la virtud no es más que el sindicalismo de los casados. Miremos las cosas de frente, querida Ana. La fuerza de la vida respeta el matrimonio, sólo porque éste es una de sus instituciones para asegu- rar el mayor número posible de hijos y el mejor cuidado de los mismos. Pero del honor, la castidad y el resto de vuestras ficciones morales no se cuida un ápice. El ma- trimonio es la más licenciosa de las instituciones hu- manas... Doña Ana.— ¡Don Juan! Estatua.— (Protestando.) ¡Realmente!... Don Juan.— (Resuelto.) Digo que la más licenciosa de las instituciones humanas; ese es el secreto de su popu- laridad. Y una mujer buscando marido es la más des- ahogada de las fieras. La confusión del matrimonio con la moralidad ha hecho más para destruir la conciencia de la raza humana que ningún otro error. Vamos, Ana, no aparentéis indignación, que vos mejor que ninguno de nosotros sabéis que el matrimonio es una trampa para hombres cebada con fingidas promesas e ilusorias idealizaciones. Cuando vuestra santa madre, por medio 148 HOMBRE Y SUPERHOMBRE de regaños y castigos, hubo logrado que supierais tocar media docena de piezas en el clavicordio—al que odia- ba tanto como vos misma— ¿tenía otro propósito que hacer creer a vuestros cortejos que vuestro esposo ten- dría en su casa un ángel que la llenaría de melodía o por lo menos tocaría algo para dormir después de la co- mida? Os casasteis con mi amigo Octavio, pues decid- me: ¿abristeis una vez siquiera el clavicordio desde el momento en que la Iglesia os unió para siempre? Doña Ana.— Sois un necio, Don Juan. Una joven ca- sada tiene otras cosas que hacer que estar sentada al clavicordio en un asiento sin respaldo; de ahí que pierde la costumbre de tocar. Don Juan.— Pero no si gusta de la música. Nada, creedme; que sólo tira el cebo cuando el pájaro está en el garlito. Doña Ana.— (con amargura.) Y el hombre, claro está, nunca tira la careta cuando su pájaro está en la red. El esposo nunca se vuelve negligente, egoísta, brutal... ¡Oh, nunca! Don Juan. — ¿Qué prueban esas recriminaciones, Ana? Pues sólo que el héroe es tan impostor como la heroína. Doña Ana. — Todo eso son tonterías. La mayor parte de los matrimonios son perfectamente dichosos. Don Juan.— Perfectamente es una expresión algo fuer- te, Ana. Querréis decir que las personas sensatas tratan de arreglarse unas con otras lo mejor posible. Que me manden a las galeras y me encadenen junto al felón cuyo número sea el más próximo al mío, y tendré que aceptar lo inevitable y mostrarme buen compañero. Mu- chos compañerismos de ésos, dicen, son verdadera- mente conmovedores de afectuosos, y la mayor parte de HOMBRE Y SUPERHOMBRE 149 ellos son por lo menos soportables. Todo ello no hace que una cadena de hierro sea un adorno apetecible, ni que las galeras sean asiento de todos los deleites. Los que más hablan de las dichas del matrimonio y de lo intangible de su consistencia son precisamente los que declaran que si la cadena fuese rota y a los prisioneros se les dejase la elección, toda la fábrica social volaría y se haría trizas. Pues no pueden ser las dos cosas. Si el prisionero es dichoso, ¿por qué encadenarle? Si no lo es, ¿por qué decir que no lo es? Doña Ana.— Sea lo que quiera, dejadme que vuelva a mi punto de vista de vieja y que le diga lisa y llanamen- te que el matrimonio puebla el mundo, y el libertinaje no. Don Juan.— y si llega un tiempo en que eso deje de ser verdad, ¿qué diréis? ¿No sabéis que en donde hay una voluntad hay medios, que todo lo que un hombre verdaderamente desea lo logra porque descubre un me- dio para lograrlo? Pues bien; habéis hecho todo lo posi- ble, virtuosas señoras y otras que piensan como vos, por encauzar el sentir del hombre enteramente hacia los amores honestos como hacia el bien más alto y por en- tender, por amor honesto, poesía y hermosura y felicidad en la posesión de mujeres hermosas, refinadas, delica- das y cariñosas. Habéis enseñado a las mujeres a valuar por encima de todo su propia juventud, salud, belleza y refinamiento. Pues bien, ¿dónde me dejáis los crios chi- llones y los cuidados de la casa en ese exquisito paraíso de los sentidos y las emociones? ¿No tiene que llegar inevitablemente el momento en que la voluntad huma- na diga a la inteligencia: invéntame un medio por el que pueda tener amor, hermosura, poesía, emoción, pa- sión, sin sus míseras penalidades, sus gastos, sus aburrí- 150 HOMBRE Y SUPERHOMBRE mientos, sus enfermedades y agonías y riesgos de la vida, su acompañamiento de sirvientes y amas y mé- dicos y maestros de escuela? Diablo.— Todo eso, Don Juan, está realizado en mi reino. Don Juan. — Sí, a costa de la muerte. El hombre no lo quiere a ese precio; ansia los delitos poéticos de vuestro infierno mientras esté todavía en el mundo. Pues se en- contrará el medio de satisfacerle, el cerebro no fallará cuando la voluntad es firme. Llegará el día en que las grandes naciones vean menguar sus efectivos demográ- ficos de censo en censo, en que los hoteles de seis habita- ciones valgan más que los palacios señoriales, en que el pobre, inconscientemente vicioso, así como el rico, es- túpidamente piadoso, retrasen la extinción de la raza sólo con disminuirla; mientras los animosamente preca- vidos, los ahorradores, egoístas y ambiciosos, los imagi- nativos y poéticos, los amantes del dinero y del verda- dero bienestar opongan todos a la fuerza de la vida el lema de la esterilidad. Estatua. — Todo eso es muy elocuente, joven amigo. Pero si hubieras vivido hasta la edad de Ana o siquiera la mía, habrías podido observar que las personas que se libran del miedo a la pobreza y a los hijos, y de las demás molestias de la mucha familia, y se dedi- can a disfrutar de sus ventajas, no logran sino que les en- tre el miedo a la vejez, la fealdad, la impotencia y la muerte. El obrero sin hijos es más atormentado por la ociosidad de su mujer y su constante afán de divertirse y distraerse que lo fuera teniendo veinte hijos, y su mu- jer está más fastidiada que él. Yo he tenido mi parte de vanidad, porque de joven fui admirado por las mu- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 151 jeres, y como estatua ahora soy celebrado por los críti- cos de arte. Pero confieso que si no hubiese encontrado en el mundo que hacer más que nadar en esos deleites me hubiese cortado el pescuezo. Cuando me casé con la madre de Ana— para decir exactamente la verdad, de- biera más bien decir cuando por fin cedí y permití a la madre de Ana que se casara conmigo— bien sabía yo que estaba hincando espinas en mi lecho, y que el ma- trimonio para mí, como oficial joven y arrogante hasta entonces jamás vencido, significaba derrota y apresa- miento. Doña Ana.— ¡Padre! Estatua.— Siento mucho disgustarte, querida, pero ya que Don Juan habla con tanta despreocupación, tam- bién yo quiero decir la verdad lisa y llanamente. Doña Ana.— iHum! Supongo que yo fui una de las es- pinas. Estatua. — Nada de eso; tú fuiste más bien una rosa. ¿No ves que las molestias que causabas eran para tu madre? Don Juan.— Entonces permitid que os pregunte, Co- mendador, por qué habéis dejado el cielo para venir aquí y nadar, como dijisteis, en beatitudes sentimenta- les que, según confesasteis, os hubiesen en un tiempo llevado a cortaros el pescuezo. Estatua.— (Quedando parado.) ¡Vive Dios! que es verdad. Diablo.— (Alarmado.) iCómo! ¿Os volvéis atrás de vues- tra palabra? (a Don Juan.) Y todo vuestro filosofar no ha sido más que un engaño para hacer prosélitos, (a la estatua.) ¿Habéis olvidado ya el horrible aburrimien- to contra el que os ofrecí un refugio? (a Don Juan.) Y vuestra demostración de la cercana esterilidad y extin- 152 HOMBRE Y SUPERHOMBRE ción del género humano, ¿puede conducir a algo mejor que sacar la mayor ventaja posible de aquellos place- res del arte y el amor que, como vos mismo confesas- teis, os refinaron, os elevaron, os perfeccionaron? Don Juan.— Yo nunca demostré la extinción del gé- nero humano. La vida no puede querer su propia ex- tinción, ni en su ciego estado amorfo, ni en ninguna de las formas en las que se ha organizado. No habia yo concluido cuando el señor Comendador me interrumpió. Estatua. — Empiezo a dudar que alguna vez conclu- yas, amigo mío. Eres extremadamente aficionado a oirte hablar. Don Juan.— Es verdad, pero ya que habéis aguantado tanto, aguantaréis también hasta el fin. Mucho antes de que aquella esterilidad a que aludí venga a ser más que una posibilidad claramente prevista, empezará la reac- ción. El gran propósito central de educar la raza, sí, edu- carla para alturas por ahora reputadas como sobrehu- manas; aquel propósito ahora envuelto en una mefítica nube de amor, y poesía, y gazmoñería, y fastidio, estalla- rá con resplandores de sol como un propósito que no podrá ya confundirse con la satisfacción de caprichos personales, la imposible realización de los ensueños de felicidad de muchachos y muchachas o la necesidad de la gente vieja de tener compañía o dinero. Ya no se abre- viarán, ni se medio suprimirán, como poco decentes, los casamientos por sorpresa que celebran nuestras Igle- sias nacionales. La sobria decencia, seriedad y autori- dad de su declaración del fin verdadero del matrimonio será respetada y aceptada, mientras sus románticas pro- mesas de fidelidad y unión hasta la muerte, y etc., serán eliminadas como frivolidades insufribles. Macedle a mi HOMBRE Y SUPERHOMBRE 153 sexo la justicia, señora, que siempre los hombres hemos reconocido que las relaciones sexuales no son ni perso- nales ni amistosas un tanto así. Doña Ana.— ¡Ni personales ni amistosas! ¿Qué rela- ciones son más personales, más sagradas, más santas? Don Juan.— Sagradas y santas, si queréis, Ana, pero no personalmente amistosas. Vuestras relaciones con Dios son sagradas y santas, pero no os atreveréis a de- cir que son personalmente amistosas. En las relaciones sexuales la energía creadora universal, de la que el hom- bre y la mujer son agentes sin posibilidad de resistir, aplasta y barre todas las consideraciones personales y dispensa de todas las relaciones personales. Los dos podrán ser completamente extraños uno a otro, hablar diferentes idiomas, ser de raza y color diferentes, no tener la misma edad ni las mismas disposiciones inte- lectuales o sentimentales, sin más lazo entre ellos que una posibilidad de aquella fecundidad por cuya causa la fuerza vital precipita al uno en los brazos del otro al cambiar la primera mirada. ¿No reconocemos eso al per- mitir que unos casamientos se hagan por los padres sin consultar a los contrayentes? ¿No habéis muchas veces expresado vuestra repugnancia a la inmoralidad de la nación inglesa, en la que los hombres y las mujeres de noble estirpe se conocen y cortejan cual campesinos? ¿Y cuánto sabe aún el campesino de su novia o ella de él antes de tomarse los dichos? Porque es cierto, no lo neguéis, que no tomaríais de abogado o de médico a un hombre tan superficialmente conocido de vos como el de quien os enamoraríais y con el que os casaríais. Doña Ana.— Sí, Juan, conocemos la filosofía del li- bertino. No habláis de las consecuencias para la mujer. 154 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Don Juan.— Las consecuencias, lahl sí. Justifican la fiereza con que trata de agarrar al hombre. Pero supon- go que no llamaréis sentimental a aquel apego. Lo mismo podríais llamar el apego del policía a su preso relaciones amorosas. Doña Ana.— Ya veis que tenéis que confesar que el matrimonio es necesario, a pesar de que, según vos, el amor es la más frágil de todas las relaciones. Don Juan.— Decid más bien que es la más augusta de todas las relaciones, demasiado augusta para ser un asunto personal. ¿Podría vuestro padre haber servido a su país si se hubiese negado a matar a todo enemigo de España, al que no odiara personalmente? ¿Puede una mujer servir a su país si se niega a casarse con todo hombre, al que no ame personalmente? Sabéis que no es así; la mujer de noble abolengo se casa como el hom- bre de noble abolengo pelea por motivos políticos y fa- miliares, no por motivos personales. Estatua.— (impresionada.) Es un punto de vista realmen- te notable, Juan; tengo que reflexionar sobre ello. Estás lleno de ideas. ¿Cómo se te ha ocurrido ésta? Don Juan. — La experiencia me lo ha enseñado. Cuan- do estaba en la tierra y hacía a las damas aquellas pro- puestas que, aunque generalmente reprobadas, han he- cho de mí un héroe de leyenda tan interesante, me en- contraba no pocas veces con lo siguiente: La dama solía decir que correspondería a mis intenciones siempre que éstas fuesen honestas. Al preguntar yo qué significaba esa reserva, me contestaba que significaba que debía yo proponer tomar posesión de su hacienda si la tenía, o comprometerme a mantenerla toda la vida si no la tenía, que yo debía desear su compañía continua, sus conse- HOMBRE Y SUPERHOMBRE l55 jos y pláticas hasta el fin de mis días; obligarme por contrato legal a estar siempre embelesado con los tales consejos y pláticas, y, encima de todo, a volver la espal- da para siempre a todas las demás mujeres por causa de ella. No hacía objeciones a esas condiciones por exorbi- tantes e inhumanas, pues era su extraordinaria imperti- nencia la que me dejaba mudo. Yo invariablemente contestaba con entera franqueza que ni en sueños había pensado en cosas por el estilo; que a menos que el ca- rácter y el intelecto de la dama fuesen iguales o supe- riores a los míos, sus pláticas tenían que rebajarme y sus consejos inducirme en error; que su continua compañía a la larga se me haría insufriblemente tediosa; que no podía yo responder de mis sentimientos ni con anticipa- ción de una semana, y menos para hasta el fin de mi vida; que el quitarme de todas las relaciones naturales y no vituperables con el resto de mis semejantes, si me so- metía a ello, me cohibiría y me pondría huraño, y, de no someterme, me llevaría a ocultaciones, y que, finalmen- te, mis propuestas a ella no tenían relación alguna con todos aquellos asuntos, y eran sencillamente el resulta- do de mis impulsos viriles en presencia de sus encantos femeninos. Doña Ana. — Quiere decir que eran impulsos in- morales. Don Juan. — La naturaleza, señor, es la que llamáis inmoral. Me sonroja, pero no puedo remediarlo. La na- turaleza es una celestina, el tiempo un ladrón de playa, la muerte una asesina. Siempre he preferido arrostrar francamente estos hechos y atemperar a ellos mi con- ducta. Vos preferís buscar la benevolencia de aquellos tres demonios con proclamar su castidad, su dadivosidad 156 HOMBRE Y SUPERHOMBRE y cariñoso trato, y basar vuestro principio sobre esas li- sonjas. ¿Es extraño que los principios no obren sua- vemente? Estatua. — ¿Qué solían decir las señoras, Juan? Don Juan. — Vaya confianza por confianza. Decidme antes lo que vos solíais decir a las señoras. Estatua. — ¡Yo! Pues juraba que sería fiel hasta la muerte, que me moriría si no me escuchaban, que nin- guna mujer podría ser para mí lo que era ella... Doña Ana.— ¡EUal ¿Quién? Estatua.— La que fuera, querida. Ciertas cosas las de- cía a todas. Una de ellas era que, aunque tuviese yo ochenta años, una cana de la mujer que yo amaba me haría temblar más que toda la trenza dorada de una jo- ven hermosa. Otra era que no podría soportar la idea de que otra fuera la madre de mis hijos. Don Juan.— (indignado.) ¡Viejo bellaco! Estatua. — (Enérgica.) Nada de eso, porque yo realmen- te en aquellos momentos creía decir verdad con toda mi alma. Yo tenía corazón, no era como tú. Y fué esa sin- ceridad la que me proporcionó tantos éxitos. Don Juan.— ¡Sinceridad! ¡Creer una mentira garrafal, que salta a la vista, lo llamáis sinceridad! ¡Ser tan an- sioso por una mujer que os engañáis a vos mismo en vuestro afán de engañarla, lo llamáis sinceridad! Estatua.— Malditas sean tus sofisterías. Yo fui un hombre enamorado y no un leguleyo. Y por eso me amaron las mujeres. Benditas sean. Don Juan.— Os hicieron creer así. ¿Qué diréis si os digo que, a pesar de haber argumentado yo con tanta! insensibilidad, me lo hicieron creer también a mí? Yo' también tuve rnis momentos de fatuidad, en los que de- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 157 cía tonterías y me las creía. Algunas veces el deseo de dar gusto, diciendo cosas bonitas, con tanta fuerza se apoderaba de mí en medio de la emoción, que las decía sin darme cuenta. Otras veces argüía contra mí mismo con diabólica frialdad que sacaba lágrimas. Pero lo mismo en un caso como en otro me era difícil zafarme. Si el instinto de la señora se había fijado en mí, era for- zoso escoger entre la esclavitud a perpetuidad y la fuga. Doña Ana.— ¿Os atravéis a blasonar, delante de mí y mi padre, de que las mujeres no podían resistiros? Don Juan.— ¿Estoy yo blasonando? A mí me parece que he pintado la más triste pintura. Además he dicho «cuando el instinto de la señora se había fijado en mí». No siempre sucedía así, y entonces, vive Dios, ¡qué arranques de virtuosa indignación! ¡Qué arrebatadora resistencia al cobarde seductor! ¡Qué escenas de Imóge- no y Jaquimo! Doña Ana. —Yo no hice escenas. Sólo llamé a mi padre. Don Juan. — Y acudió, espada en mano, a vindicar el honor ultrajado y la moralidad hollada, asesinán- dome. Estatua. — ¡Asesinándote! ¿Qué quieres decir? ¿Te maté yo o me mataste tú? Don Juan.— ¿Cuál de los dos fué el mejor esgrimidor? Estatua.— Yo. Don Juan. — Claro que vos. Y, sin embargo, vos, el héroe de aquellas escandalosas aventuras que acabáis de relatarnos, tuvisteis la poca vergüenza de hacer el papel del vengador de la moral ultrajada y de conde- narme a muerte. Me hubierais acuchillado si no es por una casualidad. 158 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Estatua.— No podía hacer otra cosa, Juan. Es así como se arreglan esos asuntos en la tierra. Yo nunca he sido un reformador social y siempre hice lo que era cos- tumbre en los caballeros hacer. Don Juan.— Esto podrá explicar vuestra acometida de que me hicisteis víctima, pero no la indigna hipocresía de vuestro ulterior comportamiento como Estatua. Estatua.— La culpa de eso lo tiene mi admisión en el cielo. * Diablo;— Yo todavía no veo, señor Don Juan, que esos episodios en vuestra carrera terrenal y la del señor Comendador, en modo alguno desacrediten mi modo de considerar la vida. Aquí, lo repito, tenéis todo lo que apetecéis sin nada que os repugne. Don Juan. — Al contrario, aquí tengo todo lo que me desilusionó y nada que no haya ya probado y encon - trado deficiente. Os aseguro que mientras pueda conce- bir algo que valga más que yo, no puedo descansar has- ta verme luchar por darle existencia o al menos allanar- le el camino. Esta es la ley de mi vida. Esta es la opera- ción, dentro de mí, del anhelo incesante de la vida por una organización más alta, una conciencia de sí misma, más amplia, más honda, más intensa, y una comprensión de sí misma más clara. Fué la supremacía de ese propó- sito la que para mí redujo el amor al mero placer de un momento, el arte a la mera educación de mis facultades sensorias, la religión a una mera excusa para la pereza, puesto que nos habla de un Dios que miró el universo y lo encontró bueno, contra el instinto en mí que miro con mis ojos el mundo y veo que podría ser mejorado. Os aseguro que nunca, en mis afanes por los placeres, el bienestar y la riqueza, conocí la dicha. No fué jamás el HOMBRE Y SUPERHOMBRE 159 amor a la mujer el que me entregó en sus manos, sino el cansancio, el agotamiento. De chico un día me hice una herida en la cabeza dando con ella contra una pie- dra y corrí a esconderme en las faldas de la mujer más próxima, llorando hasta tranquilizarme. Al ser mayor» cuando me hirieron el alma las brutalidades y estupide- ces con las que tuve que luchar hice de nuevo lo mismo que había hecho de chico. He disfrutado también mis momentos de descanso, de reconvalecencia, de respiro, de postración después de la brega, pero antes quisiera ser arrastrado al través de todos los círculos del infierno de aquel necio italiano, que por los de todos los place- res de Europa. Es lo que me hace tan odioso este lugar de eterno placer. Es la ausencia de aquel instinto en vos que os convierte en el monstruo extraño al que llamamos diablo. Por el éxito con que habéis desviado la atención de los hombres desde su verdadero objeto, el que poco más o menos es el mismo que el mío, hacia el vuestro, os habéis granjeado el nombre de El Tentador. Y el he- cho de que están haciendo vuestra voluntad o más bien que obran sin voluntad por vuestro influjo, en vez de ha- cer la suya, los convierte en los seres desconsolado- res, falsos, intranquilos, artificiosos, petulantes, míseros que son. Diablo. — (Mortificado.) Scñor Don Juan, sois poco cor- tés con mis amigos. Don Juan.— ¡Bahl ¿Por qué había yo de ser cortés con ellos o con vos? En este palacio de las mentiras una o dos verdades no os dañarán. Vuestros amigos todos me son sumamente antipáticos. No son hermosos, sino que están adornados; no son limpios, sino que están afeita- dos y almidonados; no son dignos, sino que están vesti- 160 HOMBRE Y SUPERHOMBRE dos a la moda; no son doctos, sino que sólo han salido aprobados en los exámenes; no son religiosos, sino fre- cuentadores de iglesias; no son morales, sino observado- res de las convenciones; no son virtuosos, sino cobardes; no son ni siquiera viciosos, son sólo • Diablo. — ¿De qué sirve el conocimiento? Don Juan. — Pues para hacernos capaces de escoger la línea de la mayor ventaja en vez de dejarnos llevar por la línea de la menor resistencia. ¿No llega mejor a su destinación la nave con gobernalle que el leño que flota a la deriva? El filósofo es el timonel de la Naturaleza. Y ahí tenéis vuestra diferencia: el estar en el infierno es flotar a la deriva; el estar en el cielo es llevar el rumbo. Diablo. — Contra los arrecifes, muy probablemente. Don Juan.— iBah! ¿Qué nave va con más probabili- dad a pique, la que anda loca a impulsos de viento y marea o la que obedece al timón? Diablo.— Bien, bien, Don Juan; haced lo que os plaz- ca; yo prefiero ser mi propio amo y no el instrumento de una torpe fuerza universal. Sé que es grato mirar la be- lleza, oír la música, sentir el amor, y cavilar y platicar sobre todo ello. Sé que ser ducho en esas sensaciones, HOMBRE Y SUPERHOMBRE 165 emociones y estudios, es ser un ser refinado y culto. Di- gan lo que quieran de mi en las iglesias de la tierra, no por eso es menos verdad que en la buena sociedad es general aceptación que el príncipe de las tinieblas es un caballero, y esto me basta. En cuanto a vuestra fuerza vital, que reputáis por irresistible, es la cosa más resisti- ble del mundo para una persona de algún carácter. Pero si sois naturalmente vulgar y crédulo, como son todos los reformadores, esa famosa fuerza os empujará primero hacia la religión, en la que regaréis a los niños con agua para salvar sus almas de mi poder; luego os llevará de la religión a la ciencia, en la que arrebataréis a los ni- ños de manos del regador para entregarlos a las del fa- cultativo, que les inoculará toda clase de enfermedades, con objeto de evitarles el cogerlas por casualidad; luego os acogeréis a la política, en la que vendréis a ser el ju- guete de funcionarios corrompidos y el pelele de em- busteros ambiciosos. Y el final serán la desesperación y la decrepitud, nervios desgastados e ilusiones marchitas, vanos duelos por aquel peor y más necio de los derro- ches y sacrificios: el derroche y sacrificio del poder de gozar; en una palabra, será el castigo de los extraviados que corren en pos de lo mejor antes de haber consegui- do lo bueno. Don Juan.— Pero al menos no me habré aburrido. El servicio de la fuerza vital tiene esa ventaja. Pues abur, señor Satanás. Diablo.— (Amable.) Id con Dios, señor Don Juan. Me acordaré con frecuencia de nuestras interesantes cha- charas. Os deseo toda clase de bienandanzas. El cielo al fin, como dije antes, no prueba mal a algunas personas. Pero si alguna vez cambiareis de inclinación, no olvi- déis que las puertas de esta vuestra casa siempre están 166 HOMBRE Y SUPERHOMBRE abiertas para los pródigos arrepentidos. Si alguna vez sentís aquel fervor del corazón, aquel afecto sincero y espontáneo, aquella inocente alegría y la cálida alenta- dora y palpitante realidad... Don Juan. — ¿Por qué no decís de una vez carne y sangre, aunque hayamos dejado atrás esos dos mugrien- los lugares comunes? Diablo.— (Enojado.) ¿Entonces despreciáis mi amistosa despedida, Don Juan? Don Juan. — Nada de eso. Pero, por más que se puede aprender mucho de un diablo cínico, realmente no pue- do aguantar un diablo sentimental. Señor Comendador, conocéis el camino hacia la frontera que se extiende en- tre el infierno y el cielo. Macedme el favor de guiarme. Estatua. — ¡Oh! La frontera consiste sólo en la diferen- cia de mirar las cosas. Cualquier camino os la hará atra- vesar con tal que queráis realmente llegar. Don Juan.— Bien, (saludando a Doña Ana.) Señora, beso vuestros pies. Doña Ana. — Pero si yo voy con vos. Don Juan.— Sabré encontrar mi propio camino del cielo, Ana: pero no puedo encontrar el vuestro. (Desapa- rece.) Doña Ana.— ¡Qué fastidio! Estatua. — (Tras de éi.) ¡Bon voyage, Juan! (Le dispara a guisa de despedida un final sonoro de sus grandes acordes tonitruantes. Un vago eco de la anterior misteriosa melodía se deja oír como respues- ta.) ¡Ah, ya se fué! (Dando como un bufido de alivio.) ¡Uf! lO que. habla ese hombre. No se lo aguantarán en el cielo. Diablo.— (Mustio.) Su marcha es una derrota política. No puedo conservar a esos adoradores de la vida; todos se me van. Esta es la mayor pérdida que he sufrido des- de que se fué aquel pintor holandés que con el mismo HOMBRE Y SUPERHOMBRE ÍÚ1 gusto pintara a una bruja de setenta años que a una Venus de veinte. Estatua. — Reeuerdo. Entró en el cielo. Rembrandt. Diablo. — Sí, Rembrandt. Hay algo que no es natural en esos hombres. No escuchéis su evangelio, señor Co- mendador; es peligroso. Precaveos contra la busca del superhombre, porque lleva a un indiscernido desprecio a lo humano. Para el hombre, ya lo sabéis, los perros, los gatos y los caballos, son meras especies fuera del mundo moral. Pues bien, para el superhombre, los hom- bres y las mujeres son también una especie, igualmente fuera del mundo moral. Ese Don Juan fué amable con las mujeres y cortés con los hombres, lo mismo que esta señora, vuestra hija, fuera amable para sus gatos y pe- rros favoritos; pero semejante amabilidad es una prue- ba en contra de la índole exclusivamente humana del alma. Estatua.— ¿Y quién demonio es el superhombre? Diablo.— Pues es la última moda entre los fanáticos de la fuerza vital. ¿No topasteis en el cielo, al observar los que iban llegando, con aquel loco polaco-alemán... ¿cómo se llamaba?... ya, Nietzsche? Estatua.— Nunca oí hablar de él. Diablo.— Pues bien, vino primero aquí antes de reco- brar la memoria. Puse en él algunas esperanzas, pero él era un adorador empedernido de la fuerza vital. El fué quien desempolvó y sacó a relucir al superhombre, que es tan viejo como Prometeo, y el siglo vigésimo correrá en pos de esa chifladura, novísima de puro vieja, cuan- do esté harto de la carne, y este humilde servidor. Estatua. — «Superhombre» suena bien, y un buen gri- to de combate es la mitad de la victoria. Me gustaría ver a ese Nietzsche. 168 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Diablo. — Desgraciadamente, aquí topó con Wágner y riñó con él. Estatua.— Lo comprendo. A mí que me dejen de Wágner donde esté Mozart. Diablo. — ¡Oh! no fué por la música. Wágner en un tiempo fué también de los partidarios de la fuerza vital e inventó un superhombre que se llamó Sigfredo. Pero luego volvió a su juicio. Así, p.ues, cuando se encontra- ron aquí Nietzsche le llamó renegado, y Wágner escri- bió un folleto para demostrar que Nietzsche era judío, y el final fué que Nietzsche, furioso, se marchó para el cie- lo. Me alegré de que se quitara de en medio. Y ahora^ amigo, vamos presto a mi palacio para allí celebrar vues- tra llegada con una gran función musical. Estatua. — Con mucho gusto; sois muy amable. Diablo. — Por aquí, Comendador. Bajaremos por el es- cotillón de siempre. (Se coloca en la tapa del escotillón.) Estatua.— Bueno, (pensativo.) De todos modos, eso del superhombre es una hermosa concepción. Hay algo de estatuario en ella. (Se coloca en la tapa al lado del diablo. Empie- zan a hundirse lentamente. Desde el abismo suben resplandores rojos.) ¡ Ah! esto me recuerda tiempos antiguos. Diablo.— Y a mí también. Doña Ana.— Esperad. (e1 hundimiento de la tapa se para.) Diablo.— Vos, señora, no podéis bajar por aquí. Ten- dréis una apoteosis. Pero llegaréis al palacio antes que nosotros. Doña Ana. — No és porque os he rogado que esperéis. Decidme, ¿en dónde podré encontrar al superhombre? Diablo.— Todavía no ha nacido, señora. Estatua.— Ni nacerá nunca, probablemente. Sigamos, que los fuegos rojos me van a hacer estornudar, (sajan.) Doña Ana.— iSin nacer todavía! Entonces mi obra no HOMBRE Y SUPERHOMBRE 169 está terminada, (santiguándose devotamente.) Creo 611 la vida por venir. (Gritando por los ámbitos del universo.) lUn padre... Un padre para el superhombre! Se desvanece en el vacio, y otra vez no hay nada; todas las cosas parecen suspendida"! en lo infinito. Lu^o, vagamente, suena la voz de un hombre viviente en alguna parte. Se ve de repente el pico de una montaña dibujar- se en un fondo más claro. El cielo ha vuelto desde lejos, y al punto recorda- mos dónde nos hallamos. El grito se hace claramente perceptible e insis- tente. Dice: «iUn automóvil, un automóvil^ La completa realidad vuelve de golpe y porrazo. Al punto es d- día en la sierra y los bandoleros se ponen de pie apresiu-adamente y se precipitan hacia la carretera mientras el cabre- ro viene bajando del cerro, advirtiéndoles la venida de otro automóvil . Tanner y Mendoza se levantan sorprendidos y se miran uno a otro con ex- trañeza. Straker se incorpora para bostezar un momento antes de ponerse de pie, afectando no participar lo más minimo de la excitación de los ban- didos. Mendoza echa una rápida mirada para cerciorarse de que su gente atiende al gnlo de alarma; luego se dirige con confianza a Tanner. Mendoza.— ¿Ha soñado usted? Tanner.— Endemoniadamente. ¿Y usted? Mendoza.— Sí, pero ya se me olvidó. Era con usted y otros. Tanner.— Pues yo soñé también con usted. Es cho- cante. Mendoza.— Ya se lo advertí. (Se oye un tiro por la carrete- ra.) ¿Pero qué es eso? Esos animales están jugando con la escopeta. (Los bandidos, muy asustados, vuelven corriendo.) ¿Quién ha disparado? (a ouvai.) ¿Ha sido usted? Duval.— (Sin aliento.) Yo no. Ellos, ellos han disparado. Anarquista.— Ya lo dije yo. No se puede vivir si no se suprime el Estado. Ahora estamos todos perdidos. Socialista Camorrista.— (corriendo locamente por ei foro.) Sálvese quien pueda. Mendoza.— (Cogiéndol« del cuello, derribándole «n tierra y sacan- 170 HOMBRE Y SUPERHOMBRE do un cuchUlo.) Al qiie Se mueva le dejo seco, (obstruye el ca- mino. Los fugitivos se paran.) ¿Qué ha SUCedido? S. Triste.— Un auto... Anarquista. — Tres hombres... DuvAL.— Dos mujeres... Mendoza.— iTres hombres y dos mujeres! Y ¿por qué no los habéis traído acá? ¿Os dan miedo? S. Cam.— Tienen escolta. Por Dios, Mendoza, huyamos. S. Triste.— Dos autos blindados llenos de soldados a la vuelta del cerro. Anarquista. — El tiro ha sido al aire como toque de atención. (Straker silba su aire favorito, que hiere los oidos de los bandidos como marcha fúnebre.) Tanner.— No es una escolta, sino una expedición para capturar a ustedes. Nos avisaron para que la esperára- mos, pero yo tenía prisa. S. Cam.— (con miedo cerval.) ¡Cíelos! ¿qué csperamos? Hu- yamos a las montañas. Mendoza.- Idiota, ¿qué sabe ested de las montañas? ¿Es usted español acaso? El primer pastor que encontra- ra le denunciaría a usted. Además, todavía no estamos al alcance de sus fusiles. S. C.\M.— Pero... Mendoza.— Silencio. Dejadme a mi arreglar esto, (a Tanner.) Camarada, no nos hará usted traición. Straker.— ¿A quién llama usted camarada? Mendoza. — Anoche la ventaja estaba de mi lado. El ladrón de los pobres estaba a la merced del ladrón de los ricos. Me dio usted la mano y yo se la apreté. Tanner. — No tengo que acusarle de nada, camarada. Hemos pasado una noche agradable en su compañía; eso es todo. HOMBRE Y SUPERHOMBRE l71 Straker. — Yo no di la mano a nadie, ¿sabe? Mendoza. — (volviéndose hacia el signüicativamente.) JoVCn, SÍ me cogen y me procesan yo declararé lo que me hizo marcharme de Inglaterra y dejar mi casa y mi posición . ¿Quiere usted que el honrado apellido de Straker sea arrastrado por el lodo en un tribunal español? La policía me registrará. Encontrarán el retrato de Luisa. Se publi- cará en los periódicos. Se asusta usted. Será obra de us- ted, piénselo bien. Straker. — (con rabia reprimida.) A mi uo me importa la justicia. Lo que me da vergüenza es ver mezclado mi apellido con el de usted, pillo, granuja, indecente. Mendoza.— Ese lenguaje es indigno del hermano de Luisa. Pero no importa: está usted amordazado y es lo principal. (Se vuelve para encararse con su gente, que retrocede cohi- bida hacia la gruta para refugiarse detrás de él.) En este momento una nueva partida, compuesta de personas vestidas como para viajar en automóvil, llega desde la carretera con mucho alboro- to. Ana, que va derecha a Tanner, está a la cabeza; luego viene Violeta ayudada por Héctor, que la tiene de la mano derecha, y por Ramsden, que la tiene de la izquierda. Mendoza va a su sillar presidencial y se sienta en él con Ccdma, quedando sus hombres formados en fila detrás de él y su es- tado mayor, compuesto de Duval y el anarquista, a su derecha, y los dos socialistas-democráticos a su izquierda sosteniendo sus flancos. Ana.— ¡Es Juanito! Tanner.— iMe caí! Héctor. — Ya lo creo que es él. Lo dije yo que era us ted, Tanner. Acabamos de tener un reventón. La carre- tera está sembrada de tachuelas. Violeta.— Pero ¿qué está usted haciendo aquí con esos hombres? Ana.— ¿Por qué nos dejó así sin aviso alguno? Héctor.— He ganado el ramillete de rosas, mistress 172 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Whitefield. (a Tanner.) Cuaiido supimos que usted se ha- bía marchado mistress Whitefield me apostó un ramo de rosas que mi auto no le alcanzaría a usted hasta Monte- cario. Tanner. — Pero éste no es el camino de Montecarlo. Héctor. — No importa. Miss Whitefield encontró su pista en cada etapa. Es un verdadero Sherlock Holmes. Tanner. — ¡La fuerza vital! Estoy perdido. Octavio. — (viene alborozado desde la carretera y se acerca a Tan- ner.) ¡Hola, chico, cuánto me alegro de verte sano y sal- vo! Temimos que hubieses sido secuestrado por los ban- didos. RamSDEN. — (Que ha estado mirando fijamente a Mendoza.) Pa- rece que quiero recordar la cara de ese señor, (señalando a Mendoza, que se levanta sonriendo y se acerca.) Héctor. — Pues me pasa lo mismo. Octavio.— Le conozco a usted perfectamente, caba- llero; pero no sé dónde le he visto. Mendoza.— (a violeta.) ¿No me recuerda usted, se- ñora? Violeta.— Perfectamente, sí; pero soy tan desmemo- riada para nombres... Mendoza. — Fué en el Savoy Hotel, (a Héctor.) Usted, caballero, solía ir con esta señora (violeta.) a almorzar. (a Octavio.) Usted, caballero, iba muchas veces con esta señorita (Ana.) y su señora madre a comer de camino para el Lyceum Theatre. (a Ramsden.) Usted, caballero, solía ir a cenar con... (Bajando la voz hasta hacerse ininteligible.) varias señoras. Ramsden.— (Enojado.) Bueno, eso ¿qué le importa a usted? Octavio.— ¿Cómo es eso, Violeta? Yo creía que antes de este viaje no os conocíais tú y Malone. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 173 Violeta. — (Resentida.) Supongo que ese individuo era el director. Mendoza.— No, señora; el camarero. Tengo gratos re- cuerdos de todos ustedes. Por las buenas propinas que me daban creo poder deducir que disfrutaban mucho de su estancia en el hotel. Violeta.— ¡Qué impertinencia! (lc vuelve la espalda y sube por el cerro con Héctor.) Ramsden.— Basta ya, amigo mió. No esperará usted, supongo, que estas señoras le traten como un conocido porque les ha servido usted de camarero. Mendoza. — Dispénsenle; fué usted quien me preguntó dónde nos habíamos conocido. Las señoras siguieron su ejemplo. Sea lo que quiera, esta demostración de los malos modales de las personas de su clase termina el incidente. De aquí en adelante se servirá usted dirigirse a mí con el respeto debido a un extraño y compañero de viaje. (Se vuelve con altivez para ocupar de nuevo su sitio presi- dencial.) Tanner. — ¡Vamos! He encontrado en mi viaje a un hombre capaz de una conversación razonable, e instin- tivamente le insultan todos ustedes. Ni el hombre nuevo es mejor qne cualquiera de ustedes. Enrique, se ha por- tado usted como un mísero caballero. Straker. — ¡Caballero! Nunca. Ramsden. — Realmente, Tanner, ese lenguaje... Ana. — No haga usted caso, abuelito; ya debe usted de conocerle. (Coge su brazo y le lleva con zalamerías hacia el cerro para juntarse con Violeta y Héctor, Octavio la sigue como un perrito.) Violeta. — (Hablando desde el cerro.) Ahí vienen los solda- dos. Están bajando de sus autos. Duval. — (Lleno de pánico.) ¡Ah, uom de Dieu! Anarquista.— Tontos; el Estado os va a aplastar, 174 HOMBRE Y SUPERHOMBRE porque no le destruísteis por dejaros llevar por las pre- dicaciones políticas de la burguesía. S. Triste.— (con ganas de discutir hasta lo iiitimo.) Al Contra- rio, sólo con parar la máquina del Estado... Anarquista. — El Estado es el que ahora te va a parar a ti los pies. S. Cam.— (su angustia crece.) Dejaos dc guasas. ¿A qué estamos aquí? ¿Qué esperamos? Mendoza.— (Entre dientes.) Seguid hablando de política, idiotas; nada hay más oportuno. Adelante con los faroles. (Los soldados forman en la carretera y dominan el anfiteatro con sus fusiles. Los bandidos, luchando con un impulso Invencible de esconderse uno detrás de otro, se dan el aire más indiferente posible. Mendoza se levanta altanero con frente impertérrita. El oficial que manda baja desde la carretera al anfiteatro. Lanza uua mirada inquisidora a los bandidos y luego pregunta a Tanner:) Oficial.— ¿Quiénes son esos hombres, señor inglés? Tanner. — Mi escolta. (Mendoza, con una sonrisa mefistofélíca, se inclina profundamente. Una contracción apenas perceptible de los rostros corre por las filas de los bandidos. Tocan sus sombreros para saludar, excepto el anarquista, que desafia al Estado con los brazos cruzados.) ACTO CUARTO El jardín de una «villa» en Granada. Quien quiera saber su aspecto debe ir a la ciudad del Darro y verlo. Pueden divisarse un grupo de cerros salpi- cados de quintas, la Alhambra en la cima de uno de los cerros y una ciudad considerable en el llano a la que conducen carreteras blancas y polvorien- tas en las que los niños, estén haciendo o pensando lo que sea en aquel momento, en cuanto divisan a un extranjero se precipitan a su encuentro automáticamente y piden con voz lastimera una perra chica tendiendo las morenas palmas. Pero no hay nada en esta descripción, exceptuímdo la Alhambra, la mendicidad y el color de las carreteras, que no se pudiese aplicar lo mismo a Surrey que a España. La diferencia consiste en que las colinas de Surrey son comparativamente pequeñas y feas y propiamente se podrían llamar protuberancias; pero estos cerros españoles se dan aires de montañas, y la hermosura que engaña acerca de su altura no compromete su dignidad. Este jardín está situado en un altozano enfrente de la Alhambra, y la «villa» está tan lujosa y bien arreglada como es necesario para alquilarla por semanas a ricos turistas americanos e ingleses. Colocándonos en el césped en la parte baja del jardín y mirando hacia arriba, nuestro horizonte es la balaustrada de piedra de una terraza, encima de la que ondea una bandera en el espacio infinito. Entre nosotros y ese terrado hay un jardín florido con una fuente y un pilón circular en el centro, circundada de geométricos ma- cizos, caminos enarenados y arbustos recortados con esmero. El jardín está más alto que el trozo de césped y se sube a él por una corta escalera en el centro del declive. A su vez la terraza está más alta que el jardín, desde el que subimos unos escalones más y, mirando por encima de la balaustrada , disfrutamos de una hermosa vista sobre la ciudad, la vega y las ondulacio- nes de la sierra. 176 HOMBRE Y SUPERHOMBRE A nuestra izquierda se levanta la «villa» accesible por escalones desde el ángulo izquierdo del jardín. Volviendo desde la terraza por el jardín y ba- jando otra vez al césped (un movimiento que deja a la villa detrás de nos" otros a nuestra derecha) echamos de ver indicios de interés literarios por parte de los inquilinos, pues en el césped no se ve ni rastro de iennis o cro- quet, pero sí a nuestra izquierda un velador de hierro con libros, la mayor parte de tapas amarillas, y al lado de él una silla. En otra silla a la derecha hay también un par de libros. No hay periódicos, una circunstancia que, con la ausencia de juegos, podría sugerir a un observador inteligente las deducciones más atrevidas acerca de la clase de personas que viven en la villa. Estas especulaciones, sin embargo, cesan en esta deliciosa tarde a consecuencia de la súbita entrada, por una puertecilla en la empalizada a nuestra izquierda, de Enrique Straker en su traje de chauffeur. Abre la puertecilla para dejar pasar a un caballero de edad madura y entra detrás de él. Este caballero desafía <ñ sol español llevando una levita negra, un som- brero de copa, pantalones en ¡os que estrechas rayas de color gris obscuro y lila se funden en un tono muy distinguido, y una corbata negra anudada que forma un arco por encima de una pechera blanca irreprochable. Es pro- bablemente un hombre cuya posición social necesita una constante y escru- pulosa afirmación, sin consideración al clima, uno que vestiría así en medio del Sahara o en la cumbre del Mont Blanc. Y como no tiene la estampa de la clase que considera como misión de su vida el reclamo y el sostenimien- to de las sastrerías y tiendas de modas afamadas, parece vulgar en su ele- gancia, mientras en un traje de trabajo de cualquier especie tendría aspecto muy digno. Es u.i hombre de cara redonda y colorada, de pelo corto y tieso, ojos pequeños, boca dura que en las comisuras apunta para abajo, y men- tón terco . La flacidez de la piel, que viene con la edad, ha atacado su pes- cuezo y sus mofletes, pero está todavía terso como una manzana desde la boca para arriba, de modo que la parte superior de su cara parece más joven que la inferior. Tiene la confianza en sí mismo del que ha hecho mucho dinero, y algo de la brusquedad imponente del que lo ha hecho en lucha brutal, pareciendo que su cortesía encierra una amenaza perceptible de que tiene en reserva otros medios si hicieren falta. Por lo demás, es un hombre casi digno de lástima cuando no inspira miedo, pero hay en él a veces algo de patético como si la gigantesca máquina comercial que a la fuerza le ha metido en su traje de levita le hubiese permitido muy poco satisfacer sus gustos propios y ahogado o contrariado sus aficiones más íntimas. Es irlandés de origen. Straker. — Voy a avisar a la señorita. Dijo que usted preferiría esperar aquí. (Se vuelve para subir por el jardín a la villa.) HOMBRE Y SÜPERIÍ'J.MBríE 177 Irlandés. (Que ha estado mirando a su alrededor con vivn cu- riosidad.) ¿La señorita? Será miss Violeta, ¿eh? StRAKER. — (Parándose en la escalera con súbita sospecha.) La CO- noce usted, supongo. Irlandés.— Que si la conozco. Straker.— (De mal genio.) ¿En Qué quedamos? Irlandés.— Usted métase en lo suyo. (straker, altamente indignado ahora, vuelve desde la escalera y se pone enfrente de su interlocutor.) Straker.— Lo mío, pues lo mío es lo siguiente: Miss Robinson... Irlandés.— (interrumpiéndole.) ¡Ah! se llama Robinson, muy bien. Straker.— ¿De modo que no sabe usted siquiera cómo se llama? Irlandés.— Sí lo sé, ahora que usted me lo ha dicho. Straker. — (Después de un momento de estupefacción ante la prontitud de las contestaciones del anciano.) Oiga USted, ¿a qué viene eso de meterse en mi coche y dejar que le traiga si no es usted la persona a quien iba dirigida la carta que yo entregué en el hotel? Irlandés.— Pues ¿a quién iba dirigida? Straker.— Iba dirigida a míster Héctor Malone, por miss Robinson, ¿sabe? Yo la llevé por favor, porque no estoy al servicio de miss Robinson. Conozco a míster Malone y usted no es él, ni por pienso. En el hotel me dijeron que usted era míster Malone. Irlandés. — Sí, míster Héctor Malone. (La aparición de Violeta, que viene bajando por el jardín y se acerca a los dos hombres, pone fin a la discusión.) Violeta.— (a straker.) ¿X.levó usted mi recado? Straker.— Sí, señorita. Llevé su carta al hotel y dije (lue la subieran al señorito míster Héctor, y salió este 178 HOMBRE Y SUPERHOMBRE caballero y me dijo que estaba dispuesto a acompañar- me a esta casa. Como en el hotel me dijesen que era míster Héctor Malone, yo le traje aquí. Ahora parece que hay un lío. De todos modos, si no es la persona con quien deseaba usted hablar, no tiene usted más que decir una palabra y me lo llevaré otra vez. Malone. — Señora, le estimaré mucho que me conceda una breve conversación. Soy el padre de Héctor, lo que este listo muchacho británico habría acabado por adivi- nar al cabo de algunas horas. StRAKER.— (Fríamente retador.) ¿Yo? ni UU añO. Si a USted le hubiésemos pulido durante tanto tiempo como a él, tal vez empezara usted a parecérsele. Pero lo que es ahora, ni pizca. (Dirigiéndose cortésmente a Violeta.) A SUS Ór- denes, señorita. Desea usted hablar con ese caballero: bien; me retiro, con su permiso. (Saluda con la mano afable- mente a Malone y sale por la puertecilla de la empalizada.) Violeta.— (Muy atenta.) Siento mucho, míster Malone, que ese hombre haya sido poco cortés con usted. Pero ¿qué le hemos de hacer? -No hay más remedio que aguantar; es nuestro chauffeur, Malone.— ¿Su qué? Violeta. —El conductor de nuestro automóvil. Tiene una habilidad pasmosa; nos lleva a setenta millas por hora y entiende de reparaciones como nadie. Depende- mos de nuestros automóviles y nuestros automóviles de- penden de él; así, pues, dependemos de él. Malone.— He observado, señora, que por cada mil dólares que un inglés cobra, aumenta en uno el número de las personas de las que depende. De todos modos, no tiene usted que excusarse por ese hombre. Le hice hablar a propósito. Con ello me enteré de que estaba usted aquí con unos señores ingleses y mi hijo Héctor. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 179 Violeta. — (Llevándole la conversación.) Sí. Teníamos la in- tención de ir a Niza, pero tuvimos que seguir a un señor algo excéntrico de nuestra partida que se marchó prime- ro y llegó aquí. ¿No se sienta usted? (Quita de la snia más próxima los dos libros.) MaLONE. - (impresionado por la atención.) MuchaS graciaS. (Se sienta fijándose en ella con cm-iosidad mientras va al velador a dejar en él los libros. Cuando se vuelve ella otra vez hacia él, dice:) Creo que tengo el honor de hablar con miss Ro binson. Violeta. — (Se sienta e inclina la cabeza afirmativamente.) MaLONE.— (sacando una carta de su bolsiUo.) Su Carta a Héc- tor dice lo siguiente: (violeta no logra reprimir un movimiento de sobresalto. El se interrumpe tranquilamente para sacar y ponerse sus gafas de oro.) «Querído: Han ido todos a la Alhambra, donde pasarán la tarde. Les he dicho que tenía dolor de cabeza, y todo el jardín es mío. Salta en el automóvil de Juanito. Straker te traerá en un periquete. De modo que vente aprisita, aprisita. Tu Violeta que te quiere.» (La mira, pero ya ella ha recobrado el imperio sobre sí y sostiene su mirada sin inmutarse. El prosigue despacio.) Ahora yO UO sé CUál es el trato entre la gente joven en Inglaterra, pero en América esta carta supondría cierto grado de cariñosa intimidad entre los interesados. Violeta. — Pues si conozco mucho a su hijo, míster Malone. ¿No le parece a usted bien? Malone. — (Algo cohibido.) Tanto como no parecerme bien, no. Pero entiéndase que mi hijo depende entera- mente de mí y que tiene que consultarme para cualquier paso importante que dé. Violeta.— Estoy segura de que no había usted de exi- gir de él cosas irrazonables, míster Malone. Malone. — Así lo creo también, miss Robinson; pero a 180 HOMBRE Y SUPERHOMBRE SU edad hay muchas cosas que pueden parecerle a usted irrazonables y a mí no. Violeta. — (Con un pequeño estremecimiento.) PuCS bien, nO lleva a ninguna parte, míster Malone, que juguemos a los despropósitos. Héctor quiere casarse conmigo. Malone.— Lo deduje de la carta de usted. Pues bien, miss Robinson, él es dueño de hacer lo que le parezca; pero si se casa con usted, que no cuente con tanto así de mi dinero. (Se quita las gjifas y se las mete en el bolsillo con la carta.) Violeta. — (con alguna severidad.) Eso no es muy lisonje- ro para mí, míster Malone. Malone. — No digo nada en contra de usted, miss Ro- binson. Estoy convencido de que es usted una señori- ta amable y excelente. Pero tengo otras intenciones para con Héctor. Violeta.— Es posible que Héctor no tenga otras in- tenciones para consigo mismo, míster Malone. Malone.— Es posible. En ese caso, que no cuente con- migo; eso es todo. Probablemente usted ya se ha hecho su composición de lugar. Cuando una señorita escribe a un joven que venga aprisita, aprisita, el dinero no es nada y el amor lo es todo. Violeta. — (con decisión.) Dispénseme, míster Malone; no tengo yo ideas tan tontas. Es preciso que Héctor tenga dinero. Malone.— (Quedando parado.) ¡Ah! muy bien, muy bien. Claro, podrá trabajar para ganarlo. Violeta.— ¿De qué sirve tener dinero, si hay que tra- bajar para ganarlo? (se levanta impaciente.) No hay sentido en lo que dice usted, míster Malone. Usted debe poner a su hijo en condiciones de vivir según su posición. El tiene derecho a ello. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 181 Malone. — (sardónico.) No le aconsejaría a usted, miss Robinson, que se casara con él fiándose en ese derecho. (violeta, que casi ha perdido toda su calma, hace un esfuerzo para recobrarla. Abre los puños antes apretados y vuelve a su asiento con estudiada tranquilidad y racionabilidad.) Violeta. — ¿Qué causas hay, según su parecer, que se oponen a mi enlace con Héctor? Mi posición social es tan buena como la suya por lo menos. El mismo lo confiesa. Malone. — (socarrón.) Esto se lo dirá usted de vez en cuando, ¿eh? Mire, la posición social de Héctor en In- glaterra es precisamente la que yo quiero comprarle. Le he hecho una oferta muy bonita. Puede buscar una casa señorial de las mejores, un castillo histórico o alguna abadía de las que abundan en Inglaterra para establece- su morada. El día que me diga que necesita una mujer digna de las tradiciones de la mansión, yo se la compra- ré y le proporcionaré los medios de gobernar la casa. Violeta.— ¿Qué quiere usted decir con una mujer dig- na de las tradiciones de la casa? ¿No puede cualquier mujer bien educada gobernar semejante casa? Malone. — No; tiene que haber nacido para ello. Violeta. — ¿Ha nacido Héctor para ello? Malone. — Su abuela fué una muchacha irlandesa que andaba descalza y me crió junto a una lumbre de turba. Que se casara Héctor con una muchacha de esa clase, y yo no le regatearía el dote. Que él se eleve socialmente gracias a mi dinero o eleve a cualquier otra persona, mientras haya por alguna parte un provecho social, lo daré por bien empleado. Un casamiento con usted deja- ría las cosas tales como están. Violeta. — Muchos de mis conocidos censurarían muy duramente el que yo me casara con el nieto de una mu- 182 HOMBRE Y SUPERHOMBRE jer de la clase más baja, míster Malone. Será un prejui- cio, pero también es prejuicio el empeño de usted por casarle con un título. Malone. — (Levantándose y acercándose a ella con una mirada escudriñadora en la que se refleja cierto respeto involuntario.) Parece usted una muchacha muy franca y muy sincera. Violeta. — No veo por qué he de ser desgraciada toda mi vida por no ofrecer a usted provecho alguno. ¿Por qué quiere usted hacer desgraciado a Héctor? Malone. — Ya sabrá él sobrellevarlo. Los hombres so- portan más fácilmente una desilusión en amores que la pérdida de su fortuna. Supongo que usted juzgará sór- dida esta opinión, pero yo sé lo que me digo. Mi padre murió de inanición en Irlanda el año negro del cuarenta y siete. ¿Ha oído usted hablar de él? Violeta.— ¿El año de la carestía? Malone.— (con pasión creciente.) No, del hambre. Cuaudo un país está lleno de materias alimenticias y las exporta, no hay carestía. Mi padre murió porque no tuvo nada que llevarse a la boca, y el hambre empujó a mi madre a América conmigo en sus brazos. El régimen inglés me arrojó a mí y a los míos de Irlanda. Pues podéis los in- gleses guardaros Irlanda. Yo y otros compatriotas vol- vemos para comprar a Inglaterra y compraremos lo me- jor de ella. No quiero ni fortunas ni mujeres de la clase media para Héctor. Esto es hablar con franqueza, como usted, ¿no le parece? Violeta. — (Con frialdad glacial compadece su sentimentalismo.) Verdaderamente, míster Malone, estoy pasmada de oír a un hombre de su edad y sano juicio expresarse de un modo tan romántico. ¿Se figura usted que los nobles de Inglaterra le venderán sus fincas con sólo usted pedirlo? Malone. — Tengo en mi bolsillo proposiciones para le^ HOMBRE Y SUPERHOMBRE Í83 venta de dos mansiones históricas de las más antiguas familias del Reino. Uno de los dueños no tiene bastan- tes rentas para mandar quitar el polvo en las habitacio- nes, y el otro no puede pagar los derechos de sucesión. ¿Qué dice usted ahora? Violeta. —• Eso es escandaloso. Pero seguramente, como usted sabe, el Gobierno tarde o temprano hará una ley poniendo coto a esos ataques socialistas a la propiedad. Malons.— (con fiereza.) No se imagine que esa ley se publicará antes de que yo logre hacerme con la casa, o, mejor dicho, con la abadía. Que las dos son abadías. Violeta. — (Dejando esto de lado con cierta impaciencia.) BUC- no, míster Malone, dejemos eso y hablemos cosas de sentido. Que hasta ahora nos hemos andado por las ramas. Malone. Me parece que no. Lo que yo he dicho es lo que pienso hacer. Violeta.— Entonces no conoce usted a Héctor como lo conozco yo. El es romántico y soñador — eso lo habrá he- redado de usted, supongo— y necesita una determinada mujer para cuidar de él, no una fantaseadora, sabe usted. Malone.— Una como usted, tal vez. Violeta.— (con caima.)— Sí, señor, eso. Pero no puede usted buenamente exigir que yo me encargue de eso sin absolutamente tener medios para sostener su posición. Malone. — (Alarmado.) Pare un poco, pare un poco. ¿Adonde vamos con eso? Yo no sé que le haya pedido que se encargue de algo. Violeta. — Claro, míster Malone, me puede usted difi- cultar mucho el hablar con usted si se empeña en no entenderme. Malone.— (Medio aturdido.) No es mi intención engañar- 1^1 HOMBRE Y SUPERHOMBRE la en nada, pero me parece que nos hemos apartado del camino recto. (Straker, con el aire de un hombre que se ha dado prisa, abre la puertecilla y deja paso a Héctor, quien, jadeando de indignación, entra en el jardín y se precipita hacia su padre; pero Violeta, muy alarmada, se levanta de repente y le cierra el paso. Straker no espera y se retira.) Violeta. — ¡Qué mala suerte! ¡Por Dios, Héctor, cálla- te, vete hasta que yo haya terminado de hablar con tu padre! Héctor, (inexorable.) No, Violeta; es preciso que tenga una explicación. (La aparta, pasa adelante y se encara con su pa- dre, cuyeis mejillas se enrojecen por calentársele la sangre irlandesa.) Oye, papá, ¡vaya un modo de proceder! Malone. — ¿Qué quieres decir? Héctor.— Has abierto una carta dirigida a mí. Has suplantado mi personalidad abusando de la confianza de esa señorita. Eso es incalificable. Malone. — (Amenazador.) Héctor, ten cuidado con lo que dices. Ten cuidado, te digo. Héctor. — He tenido cuidado. Estoy teniendo cuidado. Estoy teniendo cuidado de mi honor y mi posición en la sociedad de Inglaterra. Malone.— (Acalorado.) Tu posición es debida a mi dine- ro, ¿me entiendes? Héctor. — Pues bien, esa posición la has comprometi- do con abrir esa carta. Una carta de una señorita ingle- sa, no dirigida a ti— ¡una carta confidencial, una carta de cierta índole delicada, particular, abierta por mi pa- dre!— Es una cosa que en Inglaterra no se puede perdo- nar. Cuanto antes nos volvamos los dos a América, mejor será. (Apela mudamente al cielo parm hacerlo testigo de la vergílenza y angustia de dos desterrados.) Violeta. — (Poniéndose contra él con instintiva repugnancia a se- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 185 mejantes escenas.) No SCaS tOIltO, HéctOr. Fué Id COSa máS natural del mundo que tu padre abriese mi carta, puesto que su nombre y apellido estaban en el sobre. Malone. - Eso es, ni más ni menos. No tienes sentido común, Héctor. Muchas gracias, miss Robinson. Héctor.— Yo también te doy las gracias. Es mucha amabilidad la tuya. Mi padre no entiende de esas cosas. Malone. — (Apretando furioso los puños.) Héctor... Héctor. — (con indomable fuerza moral.) No vale que te en- fades. Una carta particular es una carta particular, y una indiscreción es una indiscreción, no hay que darle vueltas. Malone. - (Levantando la voz.) ¿Quién eres tú para venir- me a mi con ésas? Violeta.— ¡Chist! por favor, que viene gente. (Padre e hijo, reducidos a silencio, se miran fijamente uno a otro cuando entra Tanner por la puertecilla con Ramsden, seguido de Octa- vio y Ana.) Violeta.— ¿Ya de vuelta? Tanner. -La Alhambra no está abierta por la tarde. Violeta.— ¡Vaya una gracia! (Tanner avanza y de pronto se encuentra entre Héctor y un señor de cierta edad a quien no conoce, ambos al parecer a punto de llegar a las manos. Mira a uno y a otro como pidiendo una explicación. Ellos evi- tan ceñudos su mirada y alimentan su enojo en silencio.) Ramsden.— Pero, Violeta, ¿en qué está usted pensan- do? iPoniéndose al sol con dolor de cabeza! Tanner.— ¿Y también a usted se le pasó, Malone? Violeta.— ¡Oh! dispensen, se me olvidaba presen- tarlos. Míster Malone, haga el favor de presentar a su padre. Héctor.— (Con firmeza romana.) No har^ tal. No es pa- dre mío. 186 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Malone.— (Muy enfadado.) ¿Niegas a tu padre delante de tus amigos ingleses? Violeta.— ;Por Dios! no haga usted escenas. (Ana y Octavio, que están indecisos junto a la puertecilla, cambian una mirada de sorpresa y discretamente se retiran subiendo la escalera del jardín, desde donde pueden disfrutar el jaleo sin estorbar. Al ir ha- cia la escalera, Ana hace una pequeña mueca de muda simpatía a Vio- leta, que está de espaldas al velador, muy contrariada por ver a su esposo engolfarse cada vez más en consideraciones quijotescas sin la más mí- nima consideración a los millones del anciano.) Héctor.— Lo siento mucho, Miss Robinson, pero es- toy discutiendo una cuestión de principio. Soy, creo, buen hijo, que siempre he cumplido con mis deberes, pero antes que todo, soy hombre. Y si mi padre trata mis cartas particulares como si fuesen suyas y se pro- pasa a decir que no me casaré con usted, cuando preci- samente lo único que yo deseo es el consentimiento de usted, yo me encojo de hombros y voy por mi camino. Tanner.— ¿Qué dice usted? iQue quiere casarse con Violetal Ramsden. — ¿Está usted en su juicio? Tanner.— ¿Olvida usted lo que le hemos dicho? Héctor. — (Descuidado.) No me importa lo que me di- jeron. Ramsden.— (Escandalizado.) ¡Hombre, hombre! Eso sí que es un poco fuerte. (Se va precipitadamente hacia la puertecilla, con los codos temblando de indignación.) Tanner. — Otro loco. A esos hombres enamorados se los debiera encerrar. (Da a Héctor por perdido sin remisión y se aparta hacia el jardín, pero Malone se ofende en otro sentido, le sigue y le obliga, por la agresividad de su tono, a quedarse.) Malone.— No entiendo yo esto. ¿Cree usted que mi hijo no es bastante para casarse con esa señorita? HOMBRE Y SUPERHOMBRE 187 Tanner.—No, señor, no es eso. Fíjese: esa señora ya está casada. Héctor lo sabe y, sin embargo, insiste en sus pretensiones. Lléveselo a casa y enciérrelo. Malone.— (con amargura.) De modo que este es el buen tono de las clases elevadas que no puedo yo compren- der, ignorante y rústico de mí. ¡Habráse visto, hacer el amor a una mujer casada! (Avanza enfadado por entre Héctor y Violeta y le grita a aquél en el oído izquierdo.) ¿HaS adquirido eSC hábito entre la aristocracia británica, eh? Héctor.— Está bien, no te preocupes. Yo respondo de la moralidad de todos mis actos. T ANNER. — (Acercándose a la derecha de Héctor con ojos cente- lleantes.) iBien dicho, Malone! Usted también ve que las meras leyes del matrimonio no constituyen la moralidad. Estoy conforme con usted, pero, desgraciadamente, Vio- leta no lo está. Malone. —Me permito dudarlo, caballero, (volviéndose hacia Violeta.) Teugo que decirle, mistress Robinson, o como se llame usted, que no tenía usted derecho a mandar aquella carta a mi hijo, si es usted la esposa de otro hombre. Héctor.— (ultrajado.) Esto ya es el colmo, papá; has insultado a mi mujer. Malone.— ¡Tu mujer! Tanner.— iDe modo que usted es aquel esposo ausen- tel ¡Otro impostor moral! (Se golpea la frente y se deja caer en la silla de Malone.) Malone.— ¡Te has casado sin mi consentimiento! Ramsden. — Se ha estado usted burlando de nosotros a sabiendas, caballero. Héctor.— Oigan ustedes, ya estoy harto de que todos me zahieran. Violeta y yo estamos casados, esta es toda la historia, ¿Quién tiene que decir algo en contra, a ver? 188 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Malone. — Yo sé lo que tengo que decir. Se ha casado con un mendigo. Héctor.— No, se ha casado con un trabajador. Esta misma tarde empezaré a ganarme la vida. Malone.— (con una risa burlona.) Sí, ahora estás muy bo- yante porque ayer o esta mañana recibiste mi remesa de fondos, supongo. Espérate que se te acabe el dinero. Ya se te bajarán los humos. Héctor. — (sacando una carta con un cheque de su cartera.) Aquí está. (Tirándola hacia su padre.) Toma tu remesa y he - mos acabado; no volveré a tomar dinero tuyo ni volvie- ras a verme. No venderé el derecho de insultar a mi mujer por mil dólares. Malone. — (profundamente herido y lleno de cuidado.) HéctOr, no sabes lo que es la pobreza. Héctor.— (Apasionado.) Pues bien, quiero saberlo. Quie- ro ser un hombre. Violeta, te vienes conmigo a tu pro- pio hogar, que yo sabré hacértelo agradable. Octavio. — (saltando desde el jardín al césped y acercándose a la izquierda de Héctor.) Espcro que me darás la mano antes de marcharte, Héctor. Te admiro y te respeto más de lo que puedo expresar. (Se aprietan las manos, y Octavio vierte lá- grimas de emoción.) Violeta. — (También casi llorando, pero de rabia.) No SeaS idiota, Octavito. Héctor vale tanto para trabajador co- mo tú. TaNNER. — (Levantándose de su silla al otro lado de Héctor.) No se apure, señora; que no se va a hacer peón de albañil. (a Héctor.) Para capitales, si quiere hacer negocios, no hay cuidado, soy su amigo y puede disponer de lo mío. Octavio.— Y también de lo mío. Malone. — (Con fiero espíritu de competencia.) No necesita yiiestro cochino dinero. Me parece que estando aquí su HOMBRE Y SUPERHOMBRE 180 padre no necesita de nadie. (Tanner y octavio retroceden: Octa- vio, algo ofendido; Tanner, consolado de ver qne se zuregla la cuestión del dinero. Violeta levanta la vista con nueva esperanza.) Héctor, hijo mío, no te sulfures asi. Me pesan las palabras que pronuncié. Nunca he pensado en ofender a Violeta. De todos modos lo retiro todo. Ella es precisamente la mu- jer que necesitas. Héctor.— (Dándole golpecitos en la espalda.) EutOUCeS; papá, ya está todo arreglado. No digas una palabra más. Vol- vemos a ser amigos. Únicamente que no acepto ya di- nero de nadie, ni de ti tampoco. MaLONE. — (SupUcando humildemente.) ¡Por DiOS, HéctOr, UO me digas eso! Preferiría que riñeses conmigo y acepta- ses mi dinero a que seamos amigos y te mueras de ham- bre. Tú no sabes lo que es el mundo, yo sí lo sé. Héctor.— No, no, no. Es cosa decidida, y no me apar- to de ello ya. (Pasa por delante de su padre y va hacia Violeta.) Vente conmigo, querida, a mi hotel, al lado de tu ma- rido, a tu sitio, a la vista de todo el mundo. Violeta. — Pero tengo que entrar un momento a decir a Davis que recoja el equipaje. Si quisieras hacer el fa- vor, mientras tanto, de ir al hotel y procurar que nos den una habitación con vista al jardín. Yo, dentro de media hora, soy contigo. Héctor.— Muy bien, muy bien. Comerás con nosotros, papá, ¿verdad? M ALONE.— (Deseoso de reconciliarle.) Sí, hombre, COn mu- cho gusto. Héctor.— Hasta la vista, señores. (Saluda con la mano a Ana, a la que acaban de acercarse Tanner, Octavio y Ramsden en el jardín y sale por la puertecilla, dejando solos en el césped a su padre y Violeta.) Malone.— Usted tratará de hacerle volverse razonable, Violeta. Estoy seguro de ello. 190 HOMBRE Y SUÍ^ERHOMBRE Violeta. — Nunca me pude figurar que fuese tan tes- tarudo. Si sigue así, ¿qué le haré yo? Malone.— No se desanime. La presión ejercida por la mujer podrá ser suave, pero es de resultados seguros. Usted le vencerá a fuerza de constancia, prométa- melo. Violeta.— Haré lo posible. Excuso decir que conside- ro como la mayor insensatez reducirnos de esta manera a la pobreza. Malone. — Claro, claro. Violeta. — (Después de un momento de reflexión.) Lo mejOr será que me dé usted a mí el cheque que antes le devol- vió. Lo necesitará para pagar la cuenta del hotel. Yo veré si puedo hacer que lo acepte. No ahora mismo, excuso decir, pero sí en el momento oportuno. Malone.— (con vivo asentimiento.) Sí, SÍ, SÍ; ese es preci- samente el camino. (Le entrega el cheque de mil dólares, añadien- do con tono significativo.) Esto, naturalmente, es la mensua- lidad de soltero, luego ya será otra cosa. Violeta. —(Fríamente.) Ya, ya. (Toma el cheque.) MuchaS gracias. A propósito, míster Malone, esas dos casas a que antes aludió... las abadías. Malone. —¿Pues? ViOLETA.—No compre ninguna hasta que yo la haya visto. Nunca se puede saber qué defectos tienen esos edificios antiguos. Malone.— Descuide usted, que no haré nada sin con- sultarla. Violeta. — (Atenta, pero sin demostración de agradecimiento.)] Gracias, eso será lo mejor. (Se vuelve tranquilamente hacia la villa, escoltada cortésmente por Malone hasta el extremo alto del jardín.) TannER. — (Llamando la atención de Ramsden sobre la actitud de humilde obsequiosidad de Malone despidiéndose de Violeta.) ¡Y CSC HOMBRE Y SUPERHOMBRE 191 pobre diablo es un billonario, una de las grandes inteli- gencias de nuestra época, atado al cordel como un perro de lanas por la primera muchacha que se toma el traba- jo de despecharle! ¿Si habré de parar yo en lo mismo algún día? (Vuelve ai césped bajando por la escalera.) RamsdEíNí. — (Siguiéndole.) Cuanto antes mejor para usted. MaLONE. — (Frotándose las manos al volver por el jardín.) Esa ha de ser una gran mujer para Héctor. No la cambiaría yo por diez duquesas. (Baja ai césped y viene a colocarse entre Rams- den y Tanner.) Ramsden.— (Muy atento con el buionario.) Es uu placer in- esperado encontrarle a usted en este rincón del mundo, Míster Malone. ¿Ha venido usted a comprar la Al- hambra? Malone.— Hombre, no digo que no podrá ser. De to- dos modos, mejor estaría esa joya arquitectónica en mis manos que en las del gobierno español. Pero no es la causa de mi venida. Para decirle a usted la verdad, hace cosa de un mes escuché la parte de una conversa- ción entre dos hombres, acerca de una porción de accio- nes. No estaban conformes en el precio. Eran jóvenes y ansiosos y no sabían que, si las acciones valían lo que se ofrecía por ellas, debían de valer también lo que se pedía, pues la diferencia era insignificante. Por diversión intervine en la conversación y acabé por comprar las acciones. Pero el caso es que hasta la fecha no he podi- do saber en qué consiste la empresa. La sede está en esta ciudad y la razón social es Mendoza y Compañía. Ahora, que si la empresa es una mina, o un banco, o una fábrica de electricidad... Ramsden.— Mendoza es un hombre a quien yo conoz- co. Sus principios son muy comerciales. Si quiere usted acompañarnos en una jira alrededor de la ciudad, en 102 HOMBRE Y SUPERHOMBRE nuestro automóvi!, míster Malone, podrá usted verse con él de paso. Malone.— Con mucho gusto, ya que es usted tan amable. ¿Y puedo saber con quién tengo el honor...? Ramsden.— Soy mister Roebuck Ramsden, un antiguo amigo de su nuera. Malone.— Tengo un verdadero placer en conocerlo, míster Ramsden. Ramsden.— Gracias, el gusto es mío. Míster Tanner es también de nuestra partida. Malone. — Me alegro también de conocerle a usted, míster Tanner. Tanner. — Igualmente. (Malone y Ramsden salen, muy amigos, por la puertecilla. Tanner llama a Octavio, que está paseándose por el jardin con Ana.) ¡Octavíto! (Octavio se acerca a la escalera y Tanner dice en voz baja:) ¡Violeta se ha casado con un comandita- rio de bandoleros! (Tanner sale corriendo para alcanzar a Malone y Ramsden. Ana se acerca despacio a la escalera, con el vago deseo de atormentar a Octavio.) Ana.— ¿No quiere usted ir con ellos, Octavíto? Octavio.— (Brotándole de repente unas lágrimas.) Me desgarra usted el corazón, Ana, al decirme que me vaya. (Baja ai césped para ocultar su cara. Ella le sigue cariñosa.) Ana. — ¡Pobrecito Octavio! ¡Pobre corazoncitol Octavio.— Le pertenece a usted, Ana. Perdóneme, tengo que hablar de ello. Ya sabe que yo la quiero. Ana.— ¿De qué sirv^e eso. Octavio? Ya sabe usted que mi madre ha decidido que yo me case con Juanito. Octavio.— (Atónito.) ¿Con Juanito? Ana— Es absurdo, ¿verdad? Octavio.— (con resentimiento creciente.) ¿Quiere csto decir que Juanito ha estado jugando conmigo todo el tiempo? ¿Que me ha estado instando para que no me casara con HOMBRE Y SUPERHOMBRE lO^Í usted porque sus intenciones son casarse con usted él? Ana. — (Alarmada.) No, uo, hombre, y no le diga usted que yo he dicho semejante cosa. No creo que Juanito sepa lo más mínimo de todo ello. Únicamente, que se desprende claramente del testamento de mi pobre padre que la voluntad suya era que yo me casara con Juanito- Y mi madre se empeña en que así suceda. Octavio.— Pero no está usted obligada a sacrificarse continuamente a los caprichos de sus padres. Ana. — Mi pobre padre me quería mucho. Mi madre también me quiere. Seguramente que los deseos de ellos son una mejor guía que mis egoísticas propias in- clinaciones. Octavio. -¡Oh! Yo sé que usted no es egoísta. Pero, créame— aunque estoy hablando en mi proipo interés — , la cuestión tiene una segunda parte. ¿Podrá Juanito ca- sarse con usted si usted no le quiere? ¿Está bien en us- ted destruir mi dicha si usted no le quiere? ¿Está bien destruir mi dicha y la de usted si es que usted me quiere? Ana. — (Mirándole con un vago impulso de lástima.) OctaVÍtO querido, es usted un corazón de oro, un buen chico. Octavio.— (Humillado.) ¿Nada más? Ana. — (Maliciosa a pesar de su lástima.) Ya eS mUCho, le aseguro. Usted besaría siempre donde yo pisara, ¿verdad? Octavio.— Sí, aunque parezca ridículo. Pero no es exagerado. Así haré siempre. Ana. — Siempre es decir mucho, Octavito. Mire, yo tendría que vivir siempre conforme a su idea de mi di- vinidad, y creo que sería imposible de estar casada con usted. Pero si me caso con Juanito, usted nunca estará desilusionado, por lo menos hasta que yo sea demasiado vieja. 13 194 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Octavio. -Yo también envejeceré, Ana. Y cuando tenga ochenta años, una cana de la mujer que yo ame me hará temblar de emoción más que la gruesa trenza en la cabeza de la más hermosa joven. Ana. — (casi conmovida.) ¡Oh, eso es poesía, Octavio, ver- dadera poesía! Me causa como una repentina extraña sensación del eco de una vida anterior, que es para mí una prueba evidente de que tenemos almas inmortales. Octavio. — ¿Cree usted que es verdad? Ana. — Octavito, si ha de resultar verdad, es preciso que renuncie a mí y al mismo tiempo que me quiera. Octavio. — ¡Oh! (Se sienta de repente al velador y se cubre la cabeza con ambas manos.) Ana. — (con convicción.) Octavíto, por nada en el mundo quisiera destruir sus ilusiones. Ni puedo aceptarle ni de- jarle. Veo exactamente lo que realmente le conviene. Debe usted, por causa mía, acabar en viejo solterón sen- timental. Octavio. (Desesperado.) Ana, yo me mataré. Ana. — ¡Oh, no haga usted eso! Sería poco amable. No lo pasará usted mal. Las mujeres le querrán mucho. Irá usted mucho a la ópera. Un corazón destrozado es una afección que viste bien en Londres cuando se tiene una buena renta. Octavio. — (considerablemente enfriado, pero creyendo que es sólo que recobra la calma.) Veo, Ana, que hace usted lo posible para consolarme. Juanito le habrá hecho creer que el ci- nismo es el mejor tónico para mí. (Se levanta con tranquila dignidad.) Ana.— (observándole con mucha atención.) Ve USted, ya le estoy desilusionando. Eso es lo que yo temo. Octavio.— ¿No teme desilusionar a Juanito? Ana. - (Cuya CEU^ se ilumina con maligno éxtasis, murmurando:) HOMBRE Y SUPERHOMBRE 195 No puede ser, no tiene ilusiones respecto de mí. Sorpren- deré a Juanito en sentido contrario. Deshacerse de una impresión desfavorable es más fácil que mantenerse en las alturas del ideal. |0h, yo embelesaré a veces a Jua- nito! Octavio. — (Recobrando la fase calurosa de la desesperación y empezando a disfrutar de su corazón destrozado y actitud delicada sin saberlo.) No lo dudo. Le embelesará usted siempre. Y él... tonto de él... cree que usted le hará desgraciado. Ana.— Sí, esa es la dificultad para mí. Octavio.— (Heroico.) ¿Quiere usted que yo le diga que usted le ama? Ana.— (Brusca.) ¡Oh, no; huiría otra vezl Octavio.— (Herido en su modo de sentir.) Pero diga usted, Ana, ¿usted se casaría con un hombre contra su vo- luntad? Ana.— ¡Qué cosas tiene usted, Octavito! No hay hom- bre que tenga voluntad cuando una mujer realmente le anhela, (se ne con maldad.) Le extraño a usted, supongo. Pero conoce que ya le proporciona cierta íntima satisfac- ción el verse a sí mismo fuera de peligro. Octavio.— (Quedándose parado.) ¡Satisfacción! (En tono de reproche.) ¡Así me habla usted! Ana. — Pues si fuese realmente una agonía, ¿pediría usted más aún? Octavio.— ¿He pedido yo más? Ana.— Se ha ofrecido usted a decirle a Juanito que le amo. Eso es sacrificio de sí mismo, concedido, pero debe de haber alguna satisfacción en ello. Tal vez sea porque es usted poeta. Se parece al pájaro que oprime su pecho contra la punzante espina para hacerse cantar. Octavio.— Es bien sencillo. La quiero y deseo que sea feliz. Usted no me quiere, de modo que yo no puedo ha- 196 HOMBRE Y SUPERHOMBRE cerla feliz, pero puedo contribuir a que otro lo haga. Ana. — Sí, parece muy sencillo. Pero dudo que conoz- camos los verdaderos motivos de nuestras acciones. Lo único verdaderamente sencillo es ir derecho a lo que deseamos y agarrarlo. Puede ser que no le ame a usted, Octavito, pero a veces me dan como ganas de hacerle hombre. Es usted muy ignorante en lo que concierne a las mujeres. Octavio.— (Casi con Maldad.) Estoy contento de ser como soy en este particular. Ana.— Entonces no debe usted acercarse a ellas, sino sólo soñar con ellas. Por nada en el mundo quisiera yq casarme con usted, Octavito. Octavio.— No tengo esperanza alguna, Ana; acepto mi mala estrella. Pero no creo que sepa usted bien cuán- to me hace sufrir. Ana.— Es usted tan tierno de corazón. Es extraño que sea usted tan diferente de Violeta. Ella es más dura que el acero. Octavio. — ¡Oh, no! Estoy seguro de que Violeta tiene un verdadero corazón de mujer. Ana.— (Con alguna impaciencia.) ¿Por qué dice usted esto? ¿No es de mujer ser lista, saber arreglar sus negocios, te- ner mucho juicio? ¿Quisiera usted que Violeta fuese una idiota... o una cosa peor, como yo? Octavio.— ¿Una cosa peor, como usted?... ¿Qué quie- re usted decir, Ana? Ana.— No he querido decir eso, naturalmente. Pero aprecio mucho a Violeta. Va siempre derecha por el ca- mino que se ha trazado. Octavio. — (suspirando.) Lo mismo que usted. Ana. — Bueno, pero de todos modos, ella procede sin habladurías... sin excitar sentimentalismos. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 197 Octavio. — (con insensibilidad fraternal.) Creo que nadie pue- da entusiasmarse mucho por Violeta, por más bonita que sea. Ana. — Si ella se lo propusiera, ya lo creo. Octavio.— Pero creo que ninguna mujer honrada po- dría así deliberadamente explotar los instintos de un hombre. Ana.— ¡A y, ay, ay, Octavito de mi alma! ¡Dios tenga de su mano a la mujer que se case con usted! Octavio. — (sintiendo revivir su pasión al oirse llamar así.) ¡Oh' ¿por qué dice usted eso, por qué? No me atormente. No comprendo. Ana.— Suponga que ella esté mintiendo y colocando lazos para cazar hombres. Octavio. — ¿Cree usted que yo podría casarme con se- mejante mujer? Yo que he conocido y amado a usted. Ana.— ¡Huml De todos modos, ella es la que no qui- siera, si tuviese juicio. En fin, ya está arreglado, no quie- ro hablar más. Dígame que me perdona y que el asunto ha terminado. Octavio.— No tengo que perdonar nada, y el asunto está terminado. Y aunque la herida quede abierta, por lo menos usted nunca la verá sangrar. Ana. — Poético hasta el final, Octavito. Adiós, querido. (Le acaricia la mejilla, tiene un impulso de besarle y luego otro impulso de repugnancia, que se lo impide; finalmente, huye a través del jardín hacia la «villa».) (Octavio otra vez se sienta al velador, apoyando la cabeza en la mano y sollozando suavemente. Mrs, Whitefield, que ha estado de com- pras por las tiendas de Granada y se trae una red llena de paquetitos, entra por la puertecilla y le ve.) MiSTRESS Whitefield.— (Precipitándose hacia él y levantándo- le la cabeza.) ¿Qué le pasa, Octavito? ¿Está usted malo? 198 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Octavio.— No, no es nada, nada. MlSTRESS WhITEFIELD. — (Todavía teniéndole la cabeza, angus- tiada.) ¡Pero está usted llorando! ¿Es por el casamiento de Violeta? Octavio.— No, no. ¿Quién le ha dicho lo de Violeta? MlSTRESS WhiTEFIELD.— (Devolviendo la cabeza a su dueño.) Me encontré a Roebuck y a aquel terrible viejo irlandés. ¿Está usted seguro de no estar enfermo? ¿Qué le su- cede? Octavio.— (Cariñoso.) No es nada... un corazón destroza- do. ¿No suena a ridículo? MlSTRESS Whitefield.— Pero ¿qué hay? ¿Es que Ana ha hecho una de las suyas? Octavio. — No es culpa de Ana. Y no crea usted que tengo resentimiento con usted. MlSTRESS Whitefield.— (con extañeza.) ¿De qué? Octavio.— (Apretándole la mano.) De nada. Le aseguro a usted que no le tengo resentimiento alguno. MlSTRESS Whitefield.— Pero, repito, ¿de qué? ¿He he- cho yo algo que pueda haberle ofendido? Octavio.— (sonriéndose dolorido.) ¡No lo comprende usted! Confieso que está usted en lo justo prefiriendo a Juanito para marido de Ana. Pero yo amo a Ana y me hace su- frir la idea de perderla para siempre, (se levanta y va hacia el centro del césped.) MlSTRESS Whitefield. — (siguiéndole aprisa.) ¿Le ha dicho Ana que yo quiero que se case con Juanito? Octavio. — Sí, así me ha dicho. MlSTRESS Whitefield.— (Pensativa.) Entonces, lo siento mucho por usted, Octavito. Es su manera de hablar para decir que ella desea casarse con Juanito. ¿Qué le impor- ta lo que yo diga o desee? Octavio. — Pero seguramente no lo diría si no lo ere- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 199 yese verdad. Supongo que no sospechará usted a Ana de... de querer engañar. MiSTRESS Whitefield.— No haga usted caso, Octavito. No sé lo que es mejor para un joven: saber demasiado . poco, como usted, o saber demasiado, como Juanito. (Xanner vuelve.) Tanner.— Pues bien, ya me he quitado de encima al viejo Malone. Le he presentado a Mendoza y he dejado a los dos ladrones arreglarse entre sí. iHola, OctavitO; vaya una cara que traes! Octavio.— Según veo, tengo que arreglarme un poco. Voy a mi cuarto a ver si me refresco con una ducha a la cabeza, (a Mrs. whitefíew.) Dígale lo que le parezca, (a Tan- ner.) Sabe, Juanito, que Ana está conforme. Tanner. — (Extrañado de su modo de ser.)Conforme ¿COU qué? Octavio.— Con los deseos de su señora madre, (va con nienlancólica dignidad hacía la .) Tanner. — ¿Qué significa ese misterio? ¿Cuál es sude- seo? Será cumplido, sea el que sea. MlSTRESS Whitefield. — (Con agradecimiento, lacrimosa.) Mu- Chas gracias, Juanito. (Se sienta. Tanner trae otra sUla, desde la mesa, y se sienta junto a ella, apoyando los codos en las rodillas, pres- tándole suma atención.) No sé por qué es así que los hijos de otras personas son tan amables para conmigo, mien- tras mis hijas me tienen tan poca consideración. No es extraño que parezca yo querer más a usted, y Octavito, y Violeta, que a Ana y Rhoda. Este mundo es muy raro. Antes todo se hacía sencilla y sinceramente, a la buena de Dios, y, hoy día, parece que nadie siente y piensa como debiera. Tanner. — Sí, señora, la vida es más complicada de lo que se solía creer. Pero ¿qué puedo hacer por usted? MlSTRESS Whitefield,— Es precisamente lo que quiero 200 HOMBRE Y SUPERHOMBRE decirle. Claro está que usted se casará con Ana, que lo quiera yo o no lo quiera... TaNNER. — (poniéndose bruscamente de pie.) Me parece que me quieren casar con Ana, que lo quiera yo o no lo quiera. MiSTRESS Whitefield.— (calmosa.) Probablemente se ca- sará usted con ella. Ya sabe usted cómo las gasta cuan- do se ha propuesto una cosa. Pero a mí no me metan en el lío para nada, es lo único que pido. Octavio me acaba de decir que ella afirma que yo me empeño en que us- ted se case con ella, y el pobre muchacho está desespe- rado, porque la quiere, aunque no puedo comprender lo que tanto le llama la atención en ella. Pero, en fin, de gustos no se puede discutir. Ahora es inútil decirle a Octavito que Ana engaña a la gente diciendo que yo tengo deseo de eso o de más allá, cuando a mí ni se me ha pasado por la mente. Ella no haría más que irritar a Octavito contra mí. Pero usted ya sabe mejor a qué atenerse. Así, pues, si usted se casa con Ana, nunca se enfade conmigo. Tanner.— (Enfático.) No teugo la más mínima inten- ción de casarme con ella. MiSTRESS Whitefield. — (socarrona.) Usted le conviene más que Octavito. En usted, Juanito, encontraría la hor- ma de su zapato. Me alegraría verla en manos de quien la puede. Tanner.— Ningún hombre puede a una mujer como no sea con una estaca o un par de botas claveteadas. Y aun no siempre. De todos modos, yo no valgo para ma- nejar la estaca contra ellas. Así, pues, no sería más que su esclavo. MiSTRESs Whitefield.— No, a usted le tiene miedo. De todos modos, usted le diría la verdad sobre ella. No se gafaría de usted como de mí. HOMBRE y SUPERHOMBRE 201 Tanner.— Todo el mundo me llamaría bruto si yo le dijese a Ana la verdad en los términos de su propio có- digo moral. En primer lugar, Ana dice cosas que no se ciñen a la más estricta verdad. MiSTRESS Whitefield. — Me alegro de que haya al- guien que no la tenga por un ángel. Tanner. — En una palabra... para hablar ya como si fuese su marido y estuviésemos riñendo... es una menti- rosa. Y como ha enamorado locamente a Octavito sin intención de casarse con él, es una coqueta, si hemos de atenernos a la definición de que una coqueta es una mujer que provoca pasiones que no tiene intención de satisfacer. Y como ahora a usted la ha llevado a estar dispuesta a sacrificarme en el altar por la mera satisfac- ción de verme llamarla mentirosa, deduzco de ello que también es de armas tomar. No puede intimidar a los hombres como intimida a las mujeres; así, pues, habi- tualmente y sin escrúpulo alguno usa su fascinación personal para reducir la voluntad de los hombres. Esto hace que viene a ser un ser que casi no puedo calificar sin faltar al respeto que debo a usted. MiSTRESS Whitefield. — (Tratando de suavizar.) Hombrc, no puede usted pedir la perfección, Juanito. Tanner. —Tampoco la pido. Pero me enfada el modo de ser de Ana. Sé perfectamente que todo aquello de ser ella una mentirosa, y una coqueta, y una bravia es una acusación que se puede hacer contra todo el mundo. Todos mentimos, todos nos hacemos los valientes en lo que nos atrevemos, todos buscamos admiración sin la más mínima intención de merecerla, todos sacamos lo que podemos de nuestro don de agradar. Si Ana quisie- ra confesar eso, yo no reñiría con ella. Pero no quiere. Cuando tenga hijos se aprovechará de las mentiras que 202 HOMBRE Y SUPERHOMBRE digan para divertirse en pegarlos. Si otra mujer (de nuestras conocidas) me mirase, Ana diría que no quiere seguir tratando a una coqueta. Hará exactamente lo que a ella le guste mientras exigirá que todos los demás se atengan estrictamente al código de las convenciones sociales. En resumen, todo lo aguanto excepto su mal- dita hipocresía. Esta es la que a mí me revienta. MlSTRESS WhITEFIELD — (Arrebatada por el alivio de oir su propia opinión tan elocuentemente expresada.) ¡Oh- SÍ, eS Una hi- pócrita. Sí lo es, ya lo creo. Tanner.— Entonces, ¿por qué quiere usted que me case con ella? MlSTRESS Whitefield.— ¡Vaya! Eso es, écheme a mí el mochuelo. Nunca he pensado en semejante cosa has- ta que me dijo Octavito que ella se lo había asegurado. Pero, sabe usted, yo quiero mucho a Octavito, para mí es así como un hijo, y no quiero verle pisoteado y des- graciado. Tanner. — Y a mí que me parta un rayo, ¿verdad? MlSTRESS Whitefield. — ¡Oh! usted es muy diferente, usted ya sabe resguardarse solo. Ya la sabrá domar. Y luego, de todos modos, con alguien tiene Ana que ca- sarse. Tanner.— ¡Ah! ya habla el instinto de la vida. Usted la detesta, pero usted está convencida de que debe pro- curar casarla. MlSTRESS Whitefield.— (Levantándose ofendida.) ¿Quíere usted decir que yo detesto a mi hija? Supongo que no me creerá tan mala y desnaturalizada, meramente por- que veo sus defectos. Tanner. — (Cínico.) ¿La adora usted entonces? MlSTRESS Whitefield.— Sí, la quiero mucho, como es natural. jQué cosas más raras se le ocurren a usted, Jua- HOMBRE Y SUPERHOMBRE 203 nito! ¿No hemos de querer a los pedazos de nuestras entrañas? Tanner.— Claro, porque el afirmarlo así evita disgus- tos. Pero, por mi parte, sospecho que los lazos de con- sanguinidad más bien son origen de repugnancia natu- ral. (Se levanta.) MiSTRESS Whitefield. — No debe usted hablar así, Juanito. Espero que no diga nada a Ana de lo que he- mos estado hablando. Yo sólo he querido sincerarme ante usted y Octavito. No podía quedarme callada y de- jar que me echaran la culpa de todo unos y otros. Tanner. — (cortés.) Muy bien. MiSTRESS Whitefield. — (Nada satisfecha.) Y ahora no he hecho más que empeorar las cosas. Octavito está enfa- dado conmigo porque no tengo una opinión más eleva- da de Ana. Y cuando me sugieren que Ana debiera ca- sarse con usted, ¿qué puedo yo decir sino que le estaría bien empleado a ella? Tanner. — Gracias. MiSTRESS Whitefield. — No sea usted tonto y no quie- ra interpretar mal mis palabras. Conmigo hay que ju- gar limpio... (Ana viene de la «villa», seguida de Violeta vestida para ir en automóviu) Ana. (Acercándose a la derecha de su madre con suavidad ame- nazadora.) jHola!, mamá, parece que es muy entretenida la charla con Juanito. Se los oye a ustedes por todo el jardín. MiSTRESS Whitefield. — (Asustada.) Pero ¿has escu- chado?... Tanner. — Nada de eso. Ya se sabe, Ana sólo ha... en fin, lo que dijimos antes de su modo ^e ser. No ha oído iii una palabra. 204 HOMBRE Y SUPERHOMBRE MiSTRESS Whitefield. — (Enérgica.) No me impofta que haya oído o no. Tengo derecho a hablar lo que me parezca. Violeta. — (Llegándose al césped y colocándose entre Mrs. White- field y Tanner.) He venido para despedirme. Voy a empren- der mi viaje de boda. MiSTRESS Whitefield. ~ (Llorando.) No diga usted eso, Violeta. 1 Vaya una boda, sin ceremonia nupcial, sin tra- jes, sin banquete, sin nada! Violeta. — (Acariciándola.) No estaré ausente mucho tiempo. MiSTRESS Whitefield. — No le deje llevársela a Amé- rica, prométeme que no le dejará. Violeta.— (Muy decidida.) Descuide usted. ¡No faltaba más! No llore, querida, que sólo voy al hotel. MiSTRESS Whitefield. — Pero marcharse así en ese tra- je, con su equipaje, me hace pensar en que... (soiioza y vuelve a estallar su pena.) ¡Cuánto desearía que fuese usted mi hija, Violeta! Violeta. — (consolándola.) Vamos, vamos, que lo soy. Ana va a tener celos. MiSTRESS Whitefield. — ¿Qué le importo yo a Ana? Ana.— ¡Por Dios, mamá, no llores, que no hay para qué! Además ya sabes que a Violeta no le gusta. (Mistress Whitefield se enjuga los ojos y se tranquiliza.) Violeta.— Adiós, Juanito. Tanner. - Adiós, Violeta, y muchas felicidades. Violeta. — Cuanto antes se case usted también, mejor será. Será usted mucho mejor comprendido. Tanner.— (Reacio.) Espero verme casado esta misma tarde. Todos se han empeñado ustedes, según parece. Violeta.— Peor cosa podría usted hacer, (a Mrs. White- field echándole el brazo por el talle.) La VOy a ilevar al ilotel HOMBRE Y SUPERHOMBRE 205 conmigo; le hará bien el paseíto. Entre un momento y coja un abrigo. (La lleva hacia la villa.) MlSTRESS WhITEFIELD.— (ai subir por el jardín.) No sé lo que va a ser de mí cuando usted se haya marchado, con nadie a mi lado más que Ana. Y ella siempre está ocu- pada con los hombres. Claro que no puedo esperar que su esposo quiera sufrir la molestia de tener en su casa una vieja como yo. No me diga nada; la cortesía está muy bien, pero yo no me hago ilusiones, (se alejan hasta ya no ser ni vistas ni oídas.) (Ana, reflexionando sobre el oportuno consejo de Violeta, se acerca a Tanner, le mira un momento de pies a cabeza con cierto regocijo y finalmente suelta la palabra.) Ana. — Violeta tiene razón. Usted debiera casarse. Tanner. — (como una explosión.) Ana, conste, no quiero casarme con usted. ¿Lo oye usted? No quiero, no quie- ro, no quiero. Ana. — (plácida.) Nadie se lo pide, caballero; nadie, na- die, nadie. Tanner. — Sí; nadie lo pide, pero todo el mundo lo da por hecho. Está en el aire. Cuando nos encontramos, los demás se ausentan con pretextos absurdos para dejarnos solos uno con otro. Ramsden ya no me mira de reojo. Sus ojos brillan alegres, como si ya nos viera juntos en la iglesia. Octavio me dirige a su madre de usted y me da la enhorabuena, Straker abiertamente la trata a us- ted como a su futura ama; él fué quien primero me ha- bló de ello. Ana. — ¿Por eso huyó usted? Tanner. — Sí, para luego ser detenido por un bandole- ro enfermo de amor, y ser encerrado como chico que hizo novillos. Ana. — Pues bien, si usted no quiere casarse, no se 206 HOMBRE Y SUPERHOMBRE case, y punto concluido. (Se aparta y se sienta tranquilamente.) Tanner.— (siguiéndola.) ¿Hay algún hombre que quiera ser ahorcado? Y, sin embargo, hay hombres que se de- jan ahorcar sin resistencia alguna, aunque pudiesen si- quiera saltarle un ojo al clérigo que los asiste en su úl- timo trance. Cumplimos la voluntad del Universo, no la nuestra. Tengo como un terrible presentimiento de que dejaré que me casen, porque es la voluntad del Univer- so que usted tenga un marido. Ana. Es probable que lo tenga algún día. Tanner. — Pero ¿por qué he de ser precisamente yo, yo entre todos los hombres? Para mí el casamiento es una apostasia, una profanación del santuario de mi alma, una violación de dignidad como hombre, una venta de mis derechos nativos, una vergonzosa rendición, una capitulación ignominiosa, una aceptación de la derrota. Decaeré como una cosa que ha llenado su objeto y ya no hace falta; me convertiré de hombre con porvenir en hombre con pasado; veré en los ojos ruines de todos los demás casados la expresión de maligno placer que les proporciona la llegada de un nuevo preso que viene a compartir su ignominia. Los solteros me despreciarán como a un desertor; para las mujeres yo, después de ha- ber sido siempre un enigma y una probabilidad, seré meramente una propiedad ajena, una mercancía averia- da; cuando más, un hombre de segunda mano. Ana. -Pues su mujer puede ponerse una gorra ridicu- la y afearse, como mi abuela, para tranquilizarle. Tanner. — ¡Para hacer más insolente su triunfo con arrojar públicamente el cebo en el momento en que la trampa se cierra sobre su víctima! Ana.— Después de todo, ¿qué diferencia habría, aun- que fuese así? La hermosura hace efecto a la primera HOMBRE Y SUPERHOMBRE 207 vista, pero ¿quién hace caso después de que está en casa tres días? Encontré muy bonitos nuestros cuadros cuando mi pobre papá los compró, pero luego no los he vuelto a mirar durante años. Usted nunca se preocupa de que si soy guapa o fea; está usted demasiado acos- tumbrado a verme. Podría yo ser un bastonero, y me miraría usted lo mismo. Tanner. — Miente usted, vampiro, miente con toda la boca. Ana. — Adulador incorregible. ¿Por qué trata de fasci- narme, Juanito, si no quiere casarse conmigo? Tanner. — ¡La fuerza de la vida! ¡Estoy entre las ga- rras de la fuerza vitall Ana.— No entiendo una palabra. Tanner.— ¿Por qué no se casa usted con Octavio? Él no desea otra cosa. ¿O es que no la satisface una presa que no lucha? Ana. — (volviéndose hacia él como para comunicarle im secreto.) Octavito nunca se casará. ¿No ha notado usted que los hombres como él nunca se casan? Tanner. — ¡Cómo! Un hombre que idolatra a las muje- res, que no ve en la Naturaleza sino escenarios para dúos de amor. ¡Octavio, el hombre caballeresco, el fiel, el tierno de corazón, el verídico! ¡Que nunca se ha de casar! Pero si ha nacido para dejarse seducir por los pri- meros ojos de mujer que encuentre en la calle. Ana.— Sí, ya sé. Y, sin embargo, Juanito, los hombres como él suelen vivir toda la vida en cómodas casas de soltero, con su corazón dolorido y todo. Y sus amas de llaves los adoran, y ellos nunca se casan. En cambio, los como usted se casan fatalmente. Tanner. — (Dándose golpes en la frente.) ¡Es la Verdad, la es- pantosa verdad! La he tenido delante de mis ojos du- 208 HOMBRE Y SUPERHOMBRE rante toda mi vida, y nunca me he fijado en ella hasta ahora. Ana.— ¡Oh! lo mismo pasa con las mujeres. El tempe- ramento poético es muy bonito, muy amable, muy agra- dable, muy encantador. Pero es el temperamento para solteronas. Tanner. — Estéril. Por eso la fuerza vital pasa indife- rente por su lado. Ana. — Si es eso lo que quiere decir con la fuerza vi- tal, así es. Tanner.— ¿Y no quiere usted a Octavito? Ana. — (Mirando con precaución a su alrededor para ver si nadie la puede oír.) No. Tanner.— ¿Y me quiere usted a mi? Ana. — (Levantándose tranquila y alzando el dedo.) ¡Vaya, Jua- nito, no se propase! Tanner.— ¡Infame mujer, reptil, demonio! Ana. — |Boa constrictor, elefante! Tanner. — ¡Hipócrita! Ana.— (con suavidad.) Tengo que serlo por causa de mi futuro esposo. Tanner. - {Por causa mía... (corrigiéndose.) digo, por cau- sa suya! Ana. — (Aparentando no haber notado la corrección.) Sí, por causa de usted. Lo mejor que puede usted hacer, Jua- nito, es casarse con la que llama usted una hipócrita. Las mujeres que no son hipócritas andan por ahí sin corsé, en traje reformista, y se hacen sufragistas, y son insultadas y vilipendiadas de mil maneras. Y sus mari- dos se ven metidos en el ajo y pasan las de Caín. ¿No es mejor una mujer de la que se pueda usted fiar? Tanner.— No, mil veces no; las tribulaciones son el elemento de los revolucionarios. Se limpian moralmente HOMBRE Y SUPERHOMBRE 209 los hombres como materialmente se friega la vajilla: con agua hirviendo. Ana. — También el aefua fría tiene su empleo. Desde luego es sana. Tanner.— (Exasperado.) ¡Ah^ es usted muy lista; en el momento supremo la fuerza vital la dota con todas las cualidades. Pues bien, yo también puedo ser hipócrita. El testamento de su padre me nombró su tutor, no su cortejo. Quiero cumplir fielmente su sagrada vo- luntad. Ana.— (con voz baja de sirena.) Antes de haccr testamento me preguntó a quién quería de tutor. Yo elegí a usted. Tanner. — Entonces la última voluntad de su padre era la voluntad de usted. El cepo se armó desde un prin- cipiOc Ana. — (Concentrando toda su magia.) Desde Un principio, SÍ, desde nuestra infancia... para los dos... por la fuerza de la vida. Tanner. — No quiero casarme con usted. No quiero, no quiero. Ana. — Sí quiere, sí, sí. Tanner.— Le digo que no. No, no. Ana. — Le digo que sí. Sí, sí. Tanner. — ¡No! Ana. — (Halagadora, suplicante, casi agotada.) Sí, SÍ. AnteS de que sea tarde para arrepentirse. Sí. Tanner. — (Quedando peirado como oyendo xm eco del pasado.) ¿Cuándo me ha sucedido todo esto ya una vez? ¿Es que estamos soñando los dos? Ana. — (perdiendo de repente todo ánimo, con una angustia que no puede ocultar.) No, estamos despiertos, y usted ha dicho que no; esto es todo. Tanner. — (Bmiai.) ¿Pues? 14 210 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Ana.— Pues que me he equivocado. Usted no me ama, no me ama, ¡ay de mí!... Tanner.— (Cogiéndola en sus brazos.) Mentira, mentira; te quiero, te amo con toda mi alma. Me encanta la fuerza de la vida. Tengo el universo entero entre mis brazos al cogerte a ti en ellos. Pero estoy luchando por mi liber- tad, mi honor, mi personalidad, una e indivisible. Ana.— Tu dicha todo lo compensará. Tanner. — Pero ¿tú venderías libertad, honor y perso- nalidad por la dicha? Ana.— Para mí no todo será dicha. Quizás sea la muerte. Tanner.— (Gimiendo.) ¡Oh! esto si que penetra y punza. ¿Qué es lo que se desgarra en mí? ¿Habrá un corazón de padre como h^ un corazón de madre? Ana. — Cuidado, Juanito; si alguien llega, viéndonos así, tendrás que casarte conmigo. Tanner. — Si los dos estuviésemos ahora en el borde de un precipicio, no te soltaba y me tiraba de cabeza. Ana. — (jadeando, f laqueando cada vez más por la presión de sus brazos.) Juauito, Suéltame. Me he atrevido tanto... va du- rando más de lo que pensaba. Suéltame, no puedo re- sistirlo. Tanner.— Yo tampoco. Deja que nos mate. Ana. - Sí, no me importa. Estoy al cabo de mis fuer- zas. No me importa. Me parece que me voy a desmayar. (En este momento Violeta y Octavio vienen de la «villa» con mis- tress Whitefield, que lleva su abrigo para el automóvil. Simultáneamente Malone y Ramsden, seguidos de Mendoza y Straker, entran por la puer- tecilla. Tanner, avergonzado, suelta a Ana, que se lleva la mano a la frente, como mareada.) Malone. — Cuidado; parece que esa señorita se pone mala. HOMBRE Y SUPERHOMBRE 211 Ramsden.— ¿Qué sucede? Violeta." (colocándose apnsa entre Ana y Tanner.) ¿EstáS mala? Ana. — (Tambaleándose, con un esfuerzo supremo.) He dado pro- mesa a JuanitO de casarme con él. (Cae desvanecida, violeta se arrodilla a su lado y le frota la mauo. Temner se precipita para co- gerle la otra mano y trata de levantarle la cabeza. Octavio se acerca para ayudar a Violeta, pero no sabe qué hacer. Mrs. Whitefield vuelve corriendo a la «villa». Octavio, Malone y Ramsden se acercan a Ana y se inclinan para ayudarla. Straker fríamente va hacia los pies de Ana, Mendoza hacia la cabeza, ambos erguidos y en posesión de si mismos.) Straker.— Óiganme, señoras y señores: no hay que agolparse así; esa señorita, ante todo, necesita aire, lo más aire posible. Dispensen, apártense... (Maione y Rams- den le permiten que los empuje suavemente, para apartarlos de Ana, por el césped hacia el jardín, adonde Octavio, convencido de su inutili- dad, los sigue. Straker, antes de alejarse también, se vuelve y dice a Tanner:) No le levante la cabeza, míster Tanner; póngala más bien baja para que la sangre pueda volver a ella. Mendoza. — Tiene razón, míster Tanner. Confíe en el aire de la sierra. (Se retira discretamente hacia la escalera del jardín.) Tanner.— (Levantándose.) Me inclino ante sus conoci- mientos superiores de la fisiología, Enrique, (se retira hacia el rincón del césped, y Octavio inmediatamente se le acerca.) Octavio. --(Aparte a Tanner, apretándole la mano.) jSé díCllOSO, Juanito! Tanner. — (Aparte a Octavio.) Nunca la he solicitado, te juro. Es un cepo que me han puesto. (Sube hacia el jardín. Octavio se queda petrificado.) Mendoza. — (Deteniendo a Mrs. Whitefield, que viene de la «villa» con un vaso de coñac.) ¿Qllé eS eSO, SeñOra? (Se lo quita.) MiSTRESS Whitefield.— Un poquito de coñac. 212 HOMBRE Y SUPERHOMBRE Mendoza.— Lo peor que podría usted darle. Permíta- me, (lo tira.) Confíe en el aire de la sierra, señora. (Por un momento todos los hombres olvidan a Ana y miran fija- mente a Mendoza.) Ana. — (Hablando al oído de Violeta, echándole el brazo por el cuello.) Violeta, ¿dijo algo Juanito cuando me desmayé? Violeta.— -No, nada. Ana. — lAhl (Con un suspiro de intenso alivio vuelve a su desmayo.) MiSTRES Whitefield.— ¡Ay! vuelve a desmayarse. (Están a punto de precipitarse todos otra vez hacia ella, pero Men- doza los para con un ademán de advertencia.) Ana.— (En posición supina.) No, no. Soy completamente dichosa. TaNNER. — (Acercándose de pronto muy decidido y arrebatando a Violeta la mano de Ana para tomarle el pulso.) PerO SÍ SU pulsO está muy fuerte. Vaya, levántese. ¡Qué tontería! jArriba! (La levanta sin más miramientos.) Ana.— Sí, ahora me siento bastante fuerte. Pero a poco me matas, Juanito, a todo eso. Malone.— El novio es de los bruscos, ¿eh? Pues son los mejores, mistress Whitefield. Le felicito, míster Tanner, y espero verla a usted y a su esposo con frecuen- cia en la abadía. Ana. — Gracias. (Pasa por el lado derecho de Malone para ir ha- cia Octavio.) Octavito, felicíteme. (Aparte a él.) Quíero hacer- le llorar por última vez. Octavio. — (con firmeza.) No más lágrimas. Soy dichoso con su dicha. Y creo en usted a pesar de todo. RamSDEN. — (Poniéndose entre Malone y Tanner.) Es USted UU hombre feliz, Tanner. Le envidio. Mendoza. — (Avanzando por entre Violeta y Tanner.) Caballero, hay dos tragedias en la vida. La una consiste en no con- hombre" y superhombre 213 seguir el anhelo de su corazón; la otra, en conseguirlo. La mía y la suya, caballero. Tanner. — Señor Mendoza, yo no tengo anhelo del co- razón. Ramsden, es muy fácil para usted eso de llamar- me hombre feliz. Es usted mero espectador, pero yo soy uno de los protagonistas y sé dónde me aprieta el zapato. Vamos, Ana, deja ya de seducir a Octavito y ven acá. Ana. — (obedeciendo.) EreS tOntO, JuanitO. (Coge el brazo que le ofrece.) Tanner. — (continuando.) Declaro solemnemente que no soy un hombre feliz. Ana parece feliz, pero está sólo triunfante, victoriosa, gozando de su éxito. Esto no es fe- licidad, sino el precio por el que los fuertes venden su felicidad. Lo que los dos hemos hecho esta tarde es renun- ciar a la felicidad, renunciar a la libertad, renunciar a la tranquilidad, sobre todo renunciar a las probabilidades románticas de un porvenir desconocido, por los cuida- dos de una casa y una familia. Les ruego que nadie aproveche la ocasión para medio emborracharse y pro- nunciar discursos imbéciles y hacer chistes verdes a mi costa. Tenemos la intención, Ana y yo, de amueblar nuestra casa según nuestro propio gusto, y, por lo tanto, sepan que los siete u ocho relojes de pared, las diez do- cenas de cubiertos y cuchillitos de postre, las innumera- bles figuras de biscuit, los bastones y las sombrillas, los musiqueros, los centros de mesa y todos los demás ar- tículos que estén preparando para acumularlos sobre nosotros serán vendidos sin tardar y el producto dedica- do a poner en circulación ejemplares gratuitos de mi libro Manual del r evolucionista. Nuestro enlace se efec- tuará tres días después de nuestro regreso a Inglaterra, por licencia especial, en el despacho del funcionario del registro civil, en presencia de mi abogado y su procura- 214 HOMBRE Y SUPERHOMBRE dor, los que, como sus clientes, llevarán traje de calle or- dinario... Violeta. - (con intensa convicción.) Usted está tonto, Jua- nito. Ana. — (Mirándole con grato orgullo y acariciando su brazo.) No hagas caso, querido. Sigue contando. Tanner.— ¡Contando! (Risa general.) FIN DE LA OBRA MANUAL Y AGENDA DE BOLSILLO DEL REVOLUCIONISTA JOHN TANNER, M. C. R. H. (Miembro de la Clase de Ricos Holgazanes). PREFACIO DEL MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 'Nadie puede contemplar la presen- te situación de las masas sin desear algo parecido a una revolución, para mejorarla." Sir Robert Giffen: Ensayo sobre Hacienda, vol. II, pág. 393. PRÓLOGO Un reuolucionísta (1) es un hombre que desea elimina! el orden social existente y ensayar otro. La Constitución inglesa es revolucionaria. Para un buró- crata ruso o anglo-indio, unas elecciones generales signifi- can una revolución tanto como un referéndum o un plebis- cito en el que el pueblo se bate en vez de votar. La revolución francesa derrocó a una clase de gobernantes para substi- tuirla por otra con diferentes ideas e intereses. Esto es lo que unas elecciones generales le permiten hacer al pueblo en Inglaterra cada siete años. Por lo tanto, en Inglaterra, la revolución es una institución nacional. Un inglés, por con- siguiente, no necesita excusa ni defensa para abogar por la revolución. (1) Shaw dice «revolucionista» y no «revolucionario», tal vez en el sentido de que «revolucionista» es la persona de aspiraciones revolucionarias, mientras revolucionario es e 1 que hace la revolución directamente.— ^N. del T.) 218 PRÓLOGO Todo el mundo es un reuolucionista con respecto a la cosa que entiende. Por ejemplo, toda persona que haya lle- gado a dominar su profesión es escéptica con respecto a ella y, por consiguiente, es reuolucionista. Toda persona verdaderamente religiosa es hereje, y, poi lo tanto, reuolucionista. Todos los que logran realmente descollar en la vida em- piezan como revolucionistas. Las personas dé más vcdia se hacen más revolucionarias a medida que transcurre el tiem- po, a pesar de que generalmente se cree que se hacen más conservadoras, debido a haber pedido la fe en los métodos: de reforma convencionales. Toda persona de menos de treinta arios de edad que, te- niendo algún conocimiento del orden social existente, no sea r evolucionista, es un ser inferior. Y, sin embargo, las revoluciones nunca aligeraron el peso de la tircmia sólo lo trasladaron a otros hombros. John Tanner. MANUAL DEL REVOLUCIONISTA SOBRE LA EUGENESIA Si no hubiera Dios -dijo el teísta del siglo xviii (1) -, sería necesario inventarlo. Pero este Dios del siglo xviii era deus ex machina, el Dios que ayudaba a los que no podían ayudarse a sí mismos, el Dios del perezoso y del incapaz. El siglo xix se convenció de que, en realidad, no había tal Dios. Y ahora, el hombre tiene que tomar en propias manos la tarea que an- tes eludía con una oración vacía. Tiene, en efecto, que con- vertirse él mismo en la Providencia política a que anterior- ¡ mente consideraba como Dios; y cambio semejante no sólo es posible, sino que es la única especie de cambio real. La mera transformación de las instituciones, como la de la do- minación militar y sacerdotal en comercial y científica; la dominación comercial, en democracia proletaria; la esclavi- (1) Voltaire.— fAT. del T.) H. 220 MANUAL DEL^REVOLUClONIStA tud, en servidumbre; la servidumbre, en capitalismo; la mo- narquía, en república; el politeísmo, en monoteísmo; el mo- noteísmo, en ateísmo; el ateísmo, en humanitarismo panteís- ta; la ignorancia general, en instrucción general; el romanti- cismo, en realismo; el realismo, en misticismo; la metafísica, en física; todas estas mudanzas son puramente superficiales: plus (;a change, plus c'est la méme chose. Pero el cambio de la manzana silvestre en camuesa, del lobo y del zorro en perros domésticos, del corcel de Enri- que V en caballo de tiro del cervecero o en caballo de carre- ras, es una cosa real; porque en esto, el hombre ha hecho el papel de Dios, sometiendo a la naturaleza a s us intenciones y ennobleciendo o rebajando la vida con un propósito deter- minado. Y lo que puede ser hecho con un lobo, también pue- de hacerse con un hombre. Si monstruos tales como el vaga- bundo y el gran señor pueden aparecer meramente como pro- ductos accesorios de la codicia y locura individuales del hombre, ¿qué no podemos esperar como producto superior de su aspiración universal? No es nueva esta conclusión. La falta de fe en las institu- ciones y el inexorable «debéis volver a nacer», con la adición de Mrs. Poyser: «y nacer distintos», se renuevan en cada generación. El grito por el Superhombre no empezó con Nietzsche ni acabará con su boga. Pero ha sido acallado siempre por la misma pregunta: ¿Qué clase de persona ha de ser ese Superhombre? No se pide una supermanzana, sino una manzana comestible; ni tampoco un supercaballo, sino un caballo de fuerza o velocidad superiores. Ni es tampoco de utiüdad alguna el pedir un Superhombre; se debe facihtar una especificación de la clase de hombre que se quiere. Des- graciadamente, no se sabe qué clase de hombre se quiere. Tal vez una especie de filósofo-atleta bien parecido, con una mujer sana y hermosa por compañera. Indeciso, como es, éste es un gran paso en la demanda po- pular de un perfecto caballero y una dama perfecta. Después de todo, ninguna demanda mercantil en el mundo reviste la MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 221 forma de exacta especificación técnica del articulo solicitado. Se producen excelentes patatas y aves de corral para satisfa- cer la demanda de las amas de casa, que no conocen las di- ferencias técnicas entre un pollo y un tubérculo. Os dirán que el pudding se prueba comiéndolo, y tienen razón. La prueba del Superhombre se hará en la vida; descubriremos el modo de producirlo por el viejo método de «ensayo y error», y no aguardando una receta completamente persuasiva de sus ingredientes. Ciertos errores comunes y evidentes pueden ser desecha- dos desde el principio. Por ejemplo: estamos conformes en que necesitamos un entendimiento superior; pero es preciso 9iie no caigamos en la disparatada opinión de los futbolistas, de que la mente superior es producto de un cuerpo superior- Ahora bien, si nos acogemos a la opinión de que la mente superior consiste en ser puro juguete de nuestras propias cla- sificaciones éticas de virtudes y vicios, en suma, de la moral convencional, saltaremos de la sartén del fútbol al fuego de la Escuela Dominical. Si debemos escoger entre una raza de atletas y una raza de hombres «buenos», quedémonos con los atletas; mejor Sansón y Milo, que Calvino y Robespierre. Pero ninguna de estas alternativas vale la pena de que la adoptemos: Sansón no es más Superhombre que Calvino- ¿Qué hacer entonces? II PROPIEDAD Y MATRIMONIO Pasemos rápidamente por encima de los obstáculos eleva- dos por la propiedad y el matrimonio. Los revolucionistas les dan demasiada importancia. Sin duda, es fácil demostrar que la propiedad destruirá a la sociedad, a no ser que la socie- dad destruya a la propiedad. Sin duda, asimismo, la propie- 222 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA dad hasta aquí se ha mantenido firme y ha destruido todos los imperios. Pero ha sucedido así porque la superficial ob- jeción contra ella de que distribuye la riqueza social y la carga del trabajo social de una manera grotescamente injus- ta no amenazaba la existencia de la especie, sino solamente la felicidad individual de sus unidades y, en fin de cuentas, la permanencia de cualesquiera desatinadas agrupaciones políticas, tales como una nación, un imperio o cosa por el es- tilo. Ahora bien, como a la Naturaleza no le importa la feli- cidad, ni reconoce banderas o fronteras, ni se le da un bledo de si el sistema económico adoptado por una sociedad es feudal, capitalista o colectivista, con tal de que mantenga en pie a la especie (la colmena y el hormiguero le parecen tan aceptables como la Utopía), las demostraciones de los socia- listas, aunque irrefutables, no producirán nunca en la pro- piedad una impresión seria. El toque de difuntos de tan ca- careada institución no sonará hasta que no se halle en pug- na con algo más vital que las meras injusticias personales de la economía industrial. No se advirtió tamaño conflicto mien- tras la sociedad no excedió de las comunidades nacionales, harto pequeñas y sencillas para que no pudiesen haber sido regidas por la limitada capacidad política del hombre. Pero ahora hemos llegado a la etapa de la organización interna- cional. La capacidad y la magnanimidad políticas del hom- bre son visiblemente puestas en un brete por la amplitud y la complejidad de los problemas ineludibles que han surgido ante él. Y en este momento de angustia es cuando, al mirar a lo alto en busca de una inteligencia más poderosa que le ayude, advierte que el cielo está vacío. Ahora verá que la descartada fórmula de que el hombre es el templo del Espí- ritu Santo aparece ser efectivamente cierta, y que sólo por medio de su propio cerebro y de sus propias manos, este Es- píritu Santo al parecería persona más nebulosa de la Trini- dad y ahora su único superviviente, como siempre ha sido su Unidad real, podrá ayudarle de algún modo. Por tanto, si ha de venirel Superhombre, habrá de nacer de la mujer por la MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 223 decisión intencionada y bien meditada del hombre. Esta con- vicción destruirá cuanto se le oponga. Incluso la Propiedad y el Matrimonio, que se ríen lo mismo de la mezquina queja del trabajador que se lamenta de ser defraudado por no par- tipar en los beneficios del patrono, como de las desdichas domésticas de los esclavos del anillo nupcial, serán a su vez mirados con desdén como la más fútil de las bagatelas, al encontrarse con aquella concepción, cuando haya llegado a ser un propósito vital de la especie plenamente realizado. Que han de encontrarse con ella resulta obvio, desde el momento en que reconocemos la futilidad de querer criar a los hombres para cualidades especiales, como criamos a los gallos para la pelea, a los galgos para correr o a los carneros para aprovechar su carne. Lo que es realmente importante en el hombre es la zona de él que aún no entendemos. De la mayor parte de esta zona no tenemos todavía conciencia, de igual modo que tampoco la tenemos normalmente del man- tenimiento de nuestra circulación sanguínea por medio de nuestra bomba cardíaca, aunque si la descuidamos nos mo- rimos. Nos vemos impulsados, por tanto, a la conclusión de que, cuando hayamos llevado la selección tan lejos como sea posible, borrando de la lista de progenitores elegibles a todas las personas que carezcan de interés, que no prometan nada o sean defectuosas sin ninguna compensación, aún tendre- mos que confiar en la dirección de la fantasía (alias «voz de la naturaleza»), lo mismo en los progenitores como en los educadores, para esa superioridad en el ser inconsciente que será la verdadera característica del Superhombre. En este punto, advertimos la importancia de abrir a la fan- tasía el mayor campo posible. Dividir a la humanidad en co- tos pequeños y limitar la selección del individuo a su propio coto, equivale a retardar al Superhombre para siglos, o tal vez para siempre. No sólo todas las personas habrían de ser ali- mentadas y educadas como progenitores presuntos, sino que no se podrían admitir para la selección natural obstáculos tales como los reparos que tiene una condesa para casarse 224 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA con un bracero o un duque para unirse a una sirvienta. La igualdad es esencial para la buena cría, y la igualdad, como saben todos los economistas, es incompatible con la pro- piedad. Por cierto, la igualdad es también una condición esencial para la mala cría, y la mala cría es indispensable para hacer desaparecer los elementos malos de la raza humana. Cuando la idea de la herencia se apoderó de la imaginación científi- ca en la mitad del siglo pasado, sus defensores anunciaron que era un crimen casar lunáticos con lunáticos o tísicos con tísicos. Pero ¿vamos a pedir que se trate de mejorar nuestras existencias demográficas enfermas, infectando con ellas a nuestras reservas sanas? Innegablemente, la atracción que la enfermedad ejerce sobre las personas enfermas es beneficio- sa para la especie. Si dos personas realmente enfermizas se casan, una con otra tendrán, muy probablemente, gran nú- mero de hijos que morirán todos antes de llegar a la puber- tad. Este es un arreglo mucho más satisfactorio que la trage- dia de una unión entre una persona sana y otra enferma. Si bien es más costoso que la esterilización del enfermo, tiene la enorme ventaja, en el caso de que nuestras nociones de salud y enfermedad sean erróneas (la mayoría lo son efecti- vamente en cierta medida), de que el error será corregido por la experiencia en lugar de ser confirmado por el resulta- do favorable. Hay un hecho que debe ser mirado resueltamente de fren- te, a pesar de los chillidos de los románticos. No tenemos evidencia alguna de que los mejores ciudadanos sean los vastagos de matrimonios congeniales, o de que un conflicto de temperamentos no sea un elemento altamente importante de lo que los criadores llaman cruzamiento. Por el contrario, es sumamente probable que pueden obtenerse buenos resul- tados de padres que, como compañeros y cónyuges, fueran de una extrema incompatibilidad, para comprobar que el ex- perimento de unirlos será más tarde o más temprano ensa- yado a propósito casi con tanta frecuencia como ahora acón- MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 225 tece accidentalmente. Pero el unir estas parejas, claro está, no debe suponer el casarlas. Dos personas que se completan en la unión carnal, pueden compensar mutuamente sus im- perfecciones; en la sociedad doméstica del matrimonio, tan sólo las sienten, y padecen por ellas. Así, el hijo de un señor rural inglés, robusto, alegre y eupéptico, con los gustos y tren de vida correspondientes a su clase, y de una hebrea in- teligente, imaginativa y altamente cultivada, puede ser muy superior a sus progenitores; pero no es probable que la he- brea hallaia en el señor rural un compañero interesante, ni que sus costumbres, sus amigos, su estado y modo de vida congeniaran con ella. Por lo tanto, mientras el matrimonio sea condición indispensable de la unión, retrasará el adve- nimiento del Superhombre tan eficazmente como la propie- dad, y no menos eficazmente será modificado por el impulso hacia el Superhombre. La abolición práctica de la Propiedad y del Matrimonio, tal como ahora existen, se llevará a cabo sin que se note mu- cho. Para la mayoría de los hombres, la abolición práctica de la propiedad no significaría otra cosa que un aumento en la cantidad de alimentación, vestidos, habitación y comodida- des a su disposición personal, así como una mayor facultad de disponer de su tiempo y sus recursos. Son pocas las per- sonas que actualmente distinguen entre la propiedad virtual- mente absoluta y la propiedad ejercida en condiciones pú- blicas altamente desarrolladas, tales como invertir sus ingre- sos sobre la base de poder vivir como un sacerdote, un ofi- cial militar o un funcionario público. Todavía puede un terra- teniente expulsar de sus tierras a hombres y mujeres, demo- ler sus viviendas y sustituirlos con ovejas o ciervos, y en las industrias no reglamentadas aún puede el industrial particu- lar sacar ventaja respecto de las industrias reglamentadas y sacrificar la vida y la salud de la nación tan ilegalmente como lo hacían a principios del siglo pasado los fabricantes de algodón de Mánchester. Y aunque el Código industrial, por un lado, y la organización obrera, por otro, en el curso de 15 226 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA la vida de hombres que aún viven, han convertido la anti- gua propiedad ilimitada del fabricante de algodón y del hilandero en una mera autorización de fabricar o trabajar en rigurosas condiciones públicas o colectivas, impuestas en be- neficio del bienestar general, sin tener en cuenta los casos de injusticia individual, las gentes del Lancashire todavía ha- blan de su «propiedad» en los antiguos términos, refiriéndo- se con ellos solamente a aquellas cosas por cuyo robo puede ser castigado un ladrón. La abolición total de la propiedad y la transformación de cada ciudadano en funcionario asala- riado del servicio público pasarían tan inadvertidas para más del 99 por ICO de la nación, como si no se hubiera verificado cambio mayor que el que ahora tiene lugar cuando el hijo de un naviero entra en la Marina. Seguirían llamando su pro- piedad a sus relojes, paraguas y huertas. También persistirá el matrimonio, como un nombre adhe- rido a la costumbre general, mucho después de que la cos- tumbre misma se haya modificado. Así, por ejemplo, el ma- trimonio inglés moderno, tan modificado por el divorcio y por las Property Acts de la Mujer Casada, difiere más del matrimonio de comienzos del siglo xix que el matrimonio de Byron del de Shakespeare. Actualmente, el matrimonio en Inglaterra no sólo difiere del de Francia, sino también del de Escocia. El matrimonio, tan modificado por las leyes del divorcio que rigen en Dakota Meridional, en Clapham sería llamado sencillamente concubinato. Sin embargo, los ameri- canos, lejos de tener una idea relajada del matrimonio, rin- den homenaje a sus ideales con una gravedad que parecería chapada a la antigua en Clapham. Ni en Inglaterra ni en América se toleraría ni por un momento la propuesta de abolir el matrimonio; sin embargo, nada hay más cierto como que en ambos países proseguirá la modificación pro- gresiva del contrato matrimonial hasta que éste no sea más oneroso o irrevocable que una ordinaria escritura de socie- dad comercial. Aunque el mismo contrato dejase de ser obli- gatorio, las gentes unidas seguirían llamándose marido y MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 227 mujer, considerarían su unión como matrimonio y los más no se darían cuenta de que se hallaban harto menos casados que Enrique VIII. Porque, aunque una ojeada sobre las con- diciones legales del matrimonio en los diferentes países cris- tianos demuestra que éste es distinto de frontera a frontera, la domesticidad varía tan poco que la mayoría de las gentes cree que las leyes de su propio matrimonio son universales. En consecuencia, en éste, como en el caso de la Propiedad, la absoluta confianza del público en la estabilidad del nom- bre de la institución permite que sea sumamente fácil modi- ficar su substancia. Sin embargo, no se puede negar que uno de los cambios en la opinión pública que exige la necesidad del Superhom- bre es bastante inesperado. Se trata nada menos que de la disolución de la actual y necesaria asociación matrimonial a base de la unión carnal, a la que la mayoría de las personas solteras considera como el diagnóstico mismo del matrimo- nio. Desde luego no tienen razón; nos aproximaríamos más a la verdad diciendo que la unión carnal es la única condi- ción puramente accidental e incidental del matrimonio. La unión carnal no es esencial para nada, excepto para la pro- pagación de la especie, y desde el momento en que a esta suprema necesidad se suple de otro modo que por el matri- monio, la unión carnal, desde el punto de vista creador de la Naturaleza, deja de ser esencial a aquél. Mas no por esto el matrimonio deja de ser tan económico, conveniente y con- fortador, pudiendo sin peligro el Superhombre sobornar a los matrimoniomaníacos con el ofrecimiento de resucitar la antigua rigidez e indisolubilidad inhumanas del matrimonio, abolir el divorcio, confirmar el horrible lazo que todavía en- cadena a personas decentes con borrachos, criminales y di- sipadores, a cambio tan sólo de concederle a él la separación completa de la unión carnal. Pues si las gentes pudieran for- mar sociedad doméstica en condiciones tan poco ventajosas como éstas, seguirían casándose. El católico romano, a quien su Iglesia prohibe apelar a las leyes de divorcio, se casa tan 228 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA fácilmente como los presbiterianos de Dakota Meridional, que pueden cambiar de cónyuge con una facilidad que es- candaliza al mundo antiguo; y si la Iglesia romana se atre- viera a dar un paso más hacia el Cristianismo recomendando el celibato a sus seglares, así como lo impone a sus clérigos, no faltarían hijos e hijas de la Iglesia perfectamente obe- dientes que contrajeran matrimonio por amor a la domesti- cidad. No es necesario llevar más lejos estas hipótesis; sólo han sido sugeridas aquí al objeto de ayudar al lector a ana- lizar el matrimonio en sus dos funciones de regular la unión carnal y de facilitar una forma de domesticidad. Ambas fun- ciones son perfectamente separables; de las dos, la única esencial a la existencia del matrimonio es la domesticidad, porque la unión carnal sin domesticidad no es de ninguna manera matrimonio, mientras que la domesticidad sin unión carnal sigue siendo matrimonio; es de hecho y necesaria- mente la condición actual de todos los matrimonios fecun- dos durante una gran parte de su duración, y de algunos du- rante todo el tiempo de su existencia. Admitiendo, pues, que la Propiedad y el Matrimonio, des- truyendo la Igualdad y obstaculizando con sus absurdas exigencias la selección sexual, son hostiles a la evolución del Superhombre, es fácil comprender por qué el único ex- perimento moderno de perfeccionamiento de la especie se efectuó en una comunidad que rechazó ambas instituciones. III EL EXPERIMENTO PERFECCIONISTA DE ONEIDA En 1848 fué fundada en América la Comunidad de Oneida para llevar a cabo la resolución tomada por un puñado de comunistas perfeccionistas «de consagrarse exclusivamente a establecer el reino de Dios». Aunque la nación americana declaró que tal intento no podía ser tolerado en un país cris- MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 229 tiano, la Comunidad de Oneida se mantuvo firme durante más de treinta años, y durante este período parece haber producido niños más sanos y ocasionado y sufrido menos males que ninguna Sociedad anónima conocida. Fué, con todo, una comunidad altamente seleccionada, pues un co- munista genuino (a quien se puede definir de modo imper- fecto como una persona intensamente orguUosa que se pro- pone enriquecer el fondo común en lugar de explotarlo para sus fines personales) es superior a una Sociedad anónima capitalista ordinaria, precisamente como una Sociedad anó- nima capitalista ordinaria es superior a un pirata. Por otra parte, los perfeccionistas eran admirablemente guiados por su jefe Noyes, una de esas tentativas fortuitas hacia el Su- perhombre que aparecen de tarde en tarde, a despecho del influjo de las desatinadas instituciones del hombre. La exis- tencia de Noyes simplificaba a los comunistas el problema de la cría humana, pues la cuestión de saber qué clase de hombre se esforzarían en criar se resolvió inmediatamente por el deseo manifiesto de criar otro Noyes. Pero una experiencia llevada a cabo por un puñado de gentes cuyo número, después de treinta años de inmunidad contra la mortalidad infantil involuntaria, que penetra en los hogares por la ignorancia de los progenitores, no pasaba de 300 individuos, no sirve sino para demostrar que unos cuantos comunistas, bajo la dirección de un Superhombre «consagrado exclusivamente a la instauración del reino de Dios», sin cuidarse de la propiedad y del matrimonio mucho más de lo que un ministro protestante de Camberwell se preocupa de la casta india o del sacrificio ritual de las viu- das, pueden emplear y aprovechar sus vidas mucho mejor que las gentes ordinarias que están bajo la tutela de aque- llas dos instituciones. Sin embargo, su mismo Superhombre admitió que este éxito aparente era sólo una parte del fenó- meno anormal de su propia aparición, pues cuando sus fuer- zas se extinguieron con la edad, él mismo dirigió y organizó la recaída voluntaria de los comunistas en el matrimonio, en 230 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA el capitalismo y en la vida privada acostumbrada, recono- ciendo asi que la verdadera solución social no consistía en lo que un Superhombre fortuito pudiera inculcar a un grupo es- cogido, sino en lo que toda una comunidad de Superhombres hiciera espontáneamente. Si en lugar de unas docenas de perfeccionistas, Noyes hubiera tenido que organizar a los Estados Unidos, América le hubiera vencido tan completa- mente como Inglaterra venció a Oliverio Cromwell, Francia a Napoleón o Roma a Julio César. Cromwell aprendió por amarga experiencia que Dios mismo no puede elevar a un pueblo por encima de su propio nivel, y que aun cuando se excite a una nación a que sacrifique sus apetitos a su con- ciencia, el resultado dependerá siempre de la clase de con- ciencia que la nación haya recibido. Napoleón parece haber acabado por considerar al género humano como una irritan- te jauría digna tan sólo de ser conservada para el deporte de cazar con ella. La capacidad de César para combatir sin odio ni resentimiento fué anulada por la determinación de sus soldados de matar en el campo de batalla a sus enemigos, en lugar de cogerlos prisioneros para que alcanzaran el per- dón de César, y su supremacía civil fué comprada mediante el enorme soborno de los ciudadanos de Roma. Lo que no pueden hacer los grandes gobernantes no pueden hacerlo ni códigos ni religiones. El hombre lee en cada ley su propia naturaleza; si alguien trazara una ordenación sobrehumana con tanta habilidad que no pudiera ser mal interpretada arbi- trariamente, el hombre la denunciaría como una sediciosa blasfemia o bien la despreciaría como una cosa absurda o totalmente ininteligible. Los sínodos y los parlamentos pue- den, con sus credos y sus códigos, echar cuantos remiendos quieran a medida que las circunstancias alteran el equilibrio de las clases y sus intereses; y, como resultado de estos re- miendos, puede producirse una pasajera ilusión de progreso moral, como cuando la victoria de la casta comercial sobre la militar condujo a poner en el lugar del duelo el boycott y Jos daños pecuniarios. Incluso en ciertos momentos puede MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 231 producirse un considerable avance material, corno ahora cuando la conquista del poder político por la clase obrera ocasiona una mejor distribución de la riqueza por la sola acción del egoísmo de los nuevos amos. Pero todo esto es simple reajuste y reforma. Hasta tanto que no hayan cam- biado el corazón y el cerebro de la gente, ni aun el hombre mcis grande se arriesgará a gobernar, suponiendo que todos son tan grandes como él; como no se arriesga un vaquero a dejar que su ganado busque el camino a través de las calles lo mismo que él lo haría. Mientras no haya una Inglaterra en que cada hombre es un Cromwell, una Francia en que cada hombre es un Napoleón, una Roma en que cada hom- bre es un César, una Alemania en que cada hombre es un Lutero y además un Goethe, el mundo no será mejorado por sus héroes, lo mismo que una casa-jardín no es mejorada por existir la pirámide de Queops. El engendramiento de tales naciones es el único cambio real posible para nosotros. IV LA PROTESTA DEL HOMBRE CONTRA SU PROPIO MEJORA MIENTO Pero ¿sería tolerado cambio semejante si el hombre, para desearlo, tuviese que elevarse por encima de sí mismo? Sí lo sería, por su desconocimiento de la naturaleza de este cambio- El hombre desea un Superhombre ideal con toda la energía, que puede sacar de su alimentación, y en todas las épocas ha glorificado al mejor sustituto viviente del mismo que ha po- dido descubrir. Su general menos incompetente es ensalzado como' un Alejandro; su rey es el primer caballero del mundo; su Papa es un santo. Nunca está sin un tropel de ídolos hu- manos, que todos ellos no son sino seudo-Superhombres. Que el Superhombre real, con una castañeta de sus superdedos, 232 MANUAL DEL REVOLUaONlSTA se burlará de todos esos falsos ideales presentes de derecho, deber, honor, justicia, religión y aun de decencia, aceptando en cambio obligaciones morales superiores a la actual resis- tencia humana, eso no lo sospecha el hombre contemporá- neo; en realidad, tampoco lo advierte cuando nuestros Super- hombres accidentales lo llevan a cabo ante sus propios ojos. Él mismo lo hace actualmente todos los días sin saberlo. Por consiguiente, no opondrá ninguna objeción a la creación de una raza de lo que él llama Grandes Hombres o Héroes, por- que no se los representará como verdaderos Superhombres, sino como iguales suyos, aunque mejor dotados que él de entendimiento infinito, de valor infinito y de infinita canti- dad de dinero. La oposición más seria nacerá del temor general del géne- ro humano a que una ingerencia en nuestras costumbres conyugales suponga una intervención en nuestros placeres y en nuestras fantasías. Este temor, disimulado con aires de moralidad ofendida, ha intimidado siempre a las gentes que no se han parado en medir su absoluta inconsistencia, pero sólo prevalecerá en los degenerados en quienes el instinto de procreación se ha reducido a una mera excitación hacia el placer. Los recursos modernos para combinar el placer con la esterilidad, universalmente conocidos y accesibles en la ac- tualidad, facilitan a estas personas eliminarse ellas mismas de la especie, proceso que ya se ha iniciado vigorosamente, y la consiguiente supervivencia de los inteligentemente fe- cundos signifíca la supervivencia de los partidarios del Super- hombre, puesto que lo que se propone no es sino reemplazar la antigua fecundidad ininteligente, inevitable, casi incons- ciente, por una fecundidad inteligentemente vigilada y cons- ciente, y eliminar al mero voluptuoso del proceso evoluti- vo (1). Aun cuando esta operación selectiva no se hubiera inventado, los designios de la especie destruirían la oposición (1) El papel reservado en la evolución al voluptuoso será el mismo que el que ya desempeña el glotón. El glotón, por MANUAL DEL REVOLUClONISTA 233 de los instintos individuales. No sólo las abejas y las hormi- gas satisfacen por delegación sus instintos reproductivos y paternales, sino que el mismo matrimonio impone eficazmen- te el celibato a millones de hombres y mujeres solteros. En suma, en esta materia, el instinto individual, que se supone irreflexivamente predominante, es en realidad perfectamente desdeñable. LA NECESIDAD POLÍTICA DE QUE VENGA EL SUPERHOMBRE La necesidad del Superhombre es, en su aspecto más im- perativo, una necesidad política. Hemos sido llevados a la democracia proletaria por el fracaso de todos los sistemas alternativos, pues éstos dependían de la existencia de Super- hombres que obraban como déspotas u oligarcas; no sólo estos Superhombres no aparecían siempre, ni aun con fre- cuencia, en el momento necesario y en una situación social elegible, sino que cuando aparecían no podían, excepto por corto tiempo y con métodos coercitivos moralmente suicidas, ser el hombre de mayores exigencias de alimentación, se impondrá más molestias que los demás para hallar alimento. Cuando las dificultades de conseguirlo son tan serias que sólo mediante grandes esfuerzos se puede asegurar un sumi- nistro suficiente, el apetito del glotón desarrolla hasta el má- ximum su astucia y su audacia, y el glotón llega a ser, no sólo el hombre mejor alimentado de la comunidad, sino el más capaz. Pero en climas más hospitalarios o donde la or- ganización social del suministro de alimentos facilita a un hombre la hartura, el glotón come hasta destruir su salud y finalmente su vida. Todos los más voluptuosos prosperan y perecen de la misma manera. Esta es la razón por que la su- pervivencia de los más aptos signifique en fin de cuentas la su- pervivencia de los que se dominan a sí mismos, porque sólo éstos pueden adaptarse a la perpetua mudanza de condicio- nes producida por el progreso industrial. 234 MANUAL DEL REVOLUCiONISTA imponer a sus gobernados la superhumanidad; así, por la sola fuerza de la «naturaleza humana», el gobierno, con el consentimiento de los gobernados, ha suplantado al antiguo pían de gobernar al ciudadano como se gobierna a un chico de la escuela. Nos queda por estudiar ahora al hombre que, con alguna experiencia práctica de la democracia proletaria, tiene cierta fe en su capacidad para resolver los grandes problemas polí- ticos, o al menos para desempeñar inteligente y económica- mente las funciones locales. Solamente bajo los despotismos y las oligarquías ha podido nacer la fe radical en el «sufragio universal» como una panacea política. Esta fe decae en cuanto se somete al ensayo práctico, toda vez que la democracia no puede elevarse por encima del nivel de la materia humana de que están hechos sus electores. Suiza parece feliz compa- rada con Rusia; pero si Rusia fuera tan pequeña como Suiza y tuviera igualmente simplificados sus problemas sociales con inexpugnables fortificaciones naturales y una población educada en igual variedad e intimidad de trato internacional, poca diferencia habría entre ellas. De todos modos, Australia y Canadá, que son virtualmente repúbhcas democráticas protegidas, y Francia y los Estados Unidos, que son mani- fiestamente repúblicas democráticas independientes, no son ni fuertes ni ricas ni sabias, y serían más bien peores que mejores si sus ministros populares no fueran tan expertos en el arte de falsear el entusiasmo popular y engañar la igno- rancia popular. El político, que tenía en otro tiempo que aprender el arte de adular a los reyes, ahora tiene que apren- der el de fascinar, divertir, encandilar, embaucar, atemorizar o herir de algún modo la imaginación de las masas electora- les, y aunque en los Estados modernos avanzados, en los cuales el artesano está mejor instruido que el rey, hace falta ser'hombre de más valía para llegar a demagogo afortunado que a cortesano afortunado; con todo, el que sostiene las convicciones populares con prodigiosa energía es el favorito de la plebe, en tanto que el más delicado escéptico, que ex- MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 235 plora prudentemente el camino del siglo venidero, no tiene ninguna aceptación, a no ser que también posea por casuali- dad el talento específico del charlatán, en cuyo caso recogerá votos como charlatán, pero no como mejorista. Por consi- guiente, el demagogo, aunque pretenda (y no consiga) re- acomodar las cosas en interés de la mayoría de los electores, en realidad representa la mediocridad, organiza la intoleran- cia, rebaja manifestaciones de cualidades descomunales y en- salza manifestaciones de cualidades ordinarias. Es capaz para una tarea de poca monta, pero acude a tretas retóricas en tratándose de algo importante. Cuando sucede un movi- miento político, éste no es dirigido ni organizado consciente- mente: el yo inconsciente de la especie se abre camino a tra- vés del problema como un elefante a través de la maleza, y los políticos discursean sobre cuanto se produce en el curso del proceso, pero, con las mejores intenciones, hacen todo lo que pueden para impedir el mismo. Finalmente, cuando el organismo social llega a un punto que pide la organización internacional, antes de que los demagogos y las masas elec- torales hayan aprendido a manejar ni aun un distrito rural, y mucho menos a internacionalizar a Constantinopla, todo el tinglado político se viene abajo; así vemos al presente impe- rios desmoronarse, indígenas de Nueva Zelanda sentarse en un arco roto del puente de Londres; y así por el estilo. A esta catástrofe recurrente iremos a parar nuevamente, a no ser que podamos contar con una democracia de Super- hombres; la creación de esta democracia es el único cambio que aún encierra esperanzas suficientes para animarnos al esfuerzo que exige la Revolución. 236 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA VI LA MOJIGATERÍA EXPLICADA Por qué las abejas engordan a sus madres en tanto que nosotros sólo lo hacemos con nuestras cantantes de ópera, es una cuestión digna de ser meditada. La noción que nosotros tenemos del trato que se debe a una madre, no es la de aumentar su alimentación, sino la de disminuírsela prohi- biéndole trabajar en la fábrica el mes consecutivo al alum- bramiento. Todo aquello que puede causar el infortunio de los progenitores o un peligro para la madre, se ejecuta con- cienzudamente. Cuando un gran escritor francés, Emiho Zola, alarmado por la creciente esterilidad de su país, escri- bió un libro elocuente y recio para restablecer el prestigio de la procreación, inmediatamente se dio por sentado en Ingla- terra que una obra de este carácter, con un título como el de Fecundidad, era demasiado abominable para ser traducida, y que toda tentativa de tratar de las relaciones entre los se- xos desde un punto de vista que no fuera el voluptuoso o el romántico, debía ser severamente reprimida. Ahora bien, si esta presunción estuviera realmente fundada en la opinión pública, indicaría una actitud de repugnancia y rencor para con la Fuerza de la Vida, propia sólo de una comunidad en- ferma y moribunda donde la Hedda Gabler de Ibsen sería la mujer típica. Pero no tiene ningún fundamento vital. La mo- jigatería de los periódicos, como la de las conversaciones en la mesa, es simplemente una deficiencia de educación y de lenguaje. No estamos enseñados a pensar decorosamente so- bre estas cuestiones, y por consiguiente carecemos para ex- presarlas de otro lenguaje que el indecoroso. Por esta razón tenemos que declararlas impropias para la discusión pública, porque los únicos términos en que podría desarrollarse no MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 237 son apropiados para su uso público. Los fisiólogos, que po- seen un vocabulario técnico adecuado, no tropiezan con nin- guna dificultad, y los maestros del lenguaje que piensan de- centemente pueden escribir narraciones populares, como Fe- cundidad, de Zola, o Resurrección, de Tolstoy, sin causar la menor ofensa a los lectores capaces de pensar también de- centemente. Pero el periodista moderno de tipo corriente, que no ha tratado nunca estas cuestiones sino de una manera impúdi- ca, no puede escribir un simple comentario sobre un caso de divorcio sin un avergonzamiento consciente o un chiste disi- mulado que hacen imposible su lectura en voz alta en socie- dad. Este impudor y esta mojigatería (ambos son lo mismo) no quieren decir que las gentes no sientan decentemente esta cuestión; por el contrario, es precisamente la profundi- dad y la seriedad de nuestro sentir lo que nos hace conside- rarla profanada por el lenguaje vil y la intolerable humorada grosera; así que al cabo no podemos sufrir que se hable de esto de ninguna manera, porque sólo una persona entre mil puede hacerlo sin herir nuestra propia delicadeza, y especial- mente la delicadeza de la mujer. Hay que añadir a los ho- rrores del lenguaje popular los horrores de la miseria popu- lar. En las poblaciones hacinadas, la miseria destruye la posibilidad del aseo, y por falta de aseo muchas de las con- diciones de la vida se tornan nocivas y ofensivas, de donde resulta finalmente que la asociación de la suciedad con estas condiciones naturales se hace tan abrumadora, que la mitad de la vida corporal de las gentes civilizadas (es decir, las gentes hacinadas en esos laberintos de barrios miserables que llamamos ciudades) se convierte en un secreto vergon- zoso que sólo se puede confesar al doctor en casos extremos. Hedda Gabler se suicida porque la maternidad es antifeme- nina. En suma, la mojigatería popular no es más que un mero incidente de la inmundicia popular; pero, a pesar suyo, las cuestiones que aquélla excluye siguen siendo, entre to- das, las más serias e interesantes. 238 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA Vil EL PROGRESO ES UNA ILUSIÓN Desgraciadamente, la ilusión del progreso hace apartarse a las gentes más serias de la pista de la evolución. Cualquier socialista nos puede convencer fácilmente de que la diferen- cia entre el hombre tal como es y el hombre tal como puede llegar a ser, sin evolución posterior, en condiciones milena- rias de nutrición, ambiente y educación, es enorme. Puede demostrar que la desigualdad y la inicua distribución de ri- queza y trabajo han nacido de un sistema económico, no científico, y que el hombre, con todos sus defectos, no se propuso establecer este desorden organizado, como no se propone una mariposa quemarse dando vueltas alrededor de la llama de una vela. Puede demostrar que la diferencia en- tre la gracia y la fuerza del acróbata y el encorvamiento del labrador reumático es una diferencia producida por las con- diciones sociales y no por la naturaleza. Puede demostrar que la mayoría de los vicios humanos más detestables no son vicios radicales, sino meras reacciones de nuestras institucio- nes sobre nuestras mismas virtudes. El anarquista, el fabia- no, el salvacionísta, el vegetariano, el médico, el abogado, el cura, el profesor de ética, el gimnasta, el soldado, el depor- tista, el inventor, eJ fabricante de programas políticos, todos tienen alguna receta para hacernos mejores, y casi todos sus remedios son materialmente viables y están dirigidos contra males conocidos. Para estas gentes, el límite del progreso es, en el peor caso, el cumplimiento de todas las reformas pro- pugnadas y la nivelación de todos los hombres en el punto ya alcanzado por los mejor alimentados y cultivados de cuer- po y espíritu. Hay aquí, en efecto, como creen esas gentes, un campo MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 239 enorme para la energía del reformador. Hay aquí muchos no- bles fines que se pueden alcanzar por los diversos senderos ascendentes de la Colina de la Dificultad, por donde a los grandes espíritus les gusta subir. Desgraciadamente, esta co- lina no será nunca escalada por el hombre que nosotros co- nocemos. No se puede negar que si todos lucháramos resuel- tamente por llegar al término de las sendas de los reforma- dores, conseguiríamos mejorar el mundo de una manera prodigiosa. Pero este «si» no encierra más esperanza que la seguridad igualmente plausible de que si el cielo se viniera, abajo todos cogeríamos alondras. No llevamos camino de poner los pies en esas sendas; carecemos de la energía nece- saria. No deseamos lo bastante el fin; en realidad, en la ma- yoría de los casos no lo deseamos ni poco ni mucho. Pregun- tad a cualquier hombre si le gustaría ser mejor, y os respon- derá que sí, muy religiosamente. Preguntadle si le gustaría tener un millón, y os responderá que sí, con gran sinceridad Pero el religioso ciudadano, a quien le gustaría ser mejor, sigue obrando exactamente igual que antes. Y el vago, a quien le gustaría tener el millón, no se toma la menor mo- lestia para ganar diez chelines. Multitud de hombres y mu- jeres, ávidos de recibir un legado de un millón, viven y mue- ren sin haber llegado a poseer nunca cinco libras juntas; en cambio ha habido mendigos que han muerto cubiertos de harapos sobre colchones repletos de oro que habían acumu- lado porque lo deseaban lo suficiente para que esto los exci- tara a adquirirlo y conservarlo. Los economistas que descu- brieron que la demanda crea la oferta, no tardaron en verse obligados a limitar esta proposición a la «demanda real», que en último análisis no significa otra cosa que la oferta misma; esto mismo sucede en política, en moral y en todas las demás esferas; la oferta actual es la medida de la deman- da real; las meras aspiraciones o declaraciones nada produ- cen. Ninguna comunidad ha sobrepasado la fase inicial en que su tenacidad y su fanatismo le permitieron fundar una nación, y su codicia establecer y desarrollar una civilización 240 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA comercial. Y aun estas etapas no han sido alcanzadas nunca por espíritu cívico, sino siempre por la obstinación intole- rante y por la fuerza. Tómese la Reform Act de 1832 como ejemplo de un conflicto entre dos sectores de ingleses culti- vados sobre una medida política tan claramente necesaria e inevitable como nunca haya sido o pueda serlo cualquier medida política. Esta ley no fué aprobada hasta que los ca- balleros de Birmingham se las arreglaron para pasar a cuchi- llo a los caballeros de Saint- James en la forma militar debi- da. No hubiera sido aprobada ese día si no hubiera habido detrás de ella más fuerza que la conciencia lógica y cívica de los positivistas. Un gobernante despótico, con tanto senti- do como la reina Isabel, hubiera obrado mejor que la turba de adolescentes de Eton, que entonces nos gobernaban por privilegio y que ahora, a partir de la introducción en 1884 del Sufragio prácticamente masculino, nos gobiernan a petición de la democracia proletaria. En nuestro tiempo tenemos, en lugar de los positivistas, la Sociedad Fabiana, con su pacífica, constitucional, moral y económica política socialista que sólo necesita, para su rea- lización incruenta y benévola, que el pueblo inglés la com- prenda y apruebe. Pero ¿por qué se habla bien de los fabia- nos en círculos donde hace treinta años la palabra «socialis- ta» era considerada como equivalente de criminal e incen- diario? No es porque los ingleses tengan la más mínima intención de estudiar o adoptar la política fabiana, sino por- que creen que los fabianos, eliminando el aspecto amenaza- dor de la agitación socialista, han arrancado los dientes a la pobreza rebelde y han salvado al orden existente del único método de ataque que realmente teme. Desde luego, si la nación adoptara la política fabiana, ésta sería llevada a cabo por la fuerza bruta, exactamente igual que nuestro sistema actual de propiedad. Llegaría a ser la ley, y los que la resis- tieran serían multados, delatados, aporreados por los poli- cías, encarcelados y, en último término, «ejecutados>^, exac- tamente igual que ahora lo son cuantos infringen la ley vi- MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 241 gente. Pero como nuestra clase propietaria no teme que se verifique esa transformación, pero sí teme los atentados y los crímenes eventuales, y se esfuerza con todo su poder en ocultar el hecho de que no hay ninguna diferencia moral en- tre los métodos con que hace respetar sus derechos de pro- piedad y el que emplea el dinamitero para afirmar su con- cepción de los derechos naturales humanos, a la Sociedad Fabiana se le dan palmaditas en la espalda, exactamente igual que a la Unión Social Cristiana, en tanto que el socia- lista que dice lisa y llanamente que una revolución social sólo puede hacerse como han sido hechas todas las demás, matando, coaccionando y amenazando los que la quieren a los que la rechazan, ese socialista es denunciado como un mal pastor del pueblo y condenado a trabajos forzados para con* vencerle de la sinceridad de la oposición de sus perseguido- res contra la fuerza material. ¿Vamos por eso a repudiar los métodos fabianos y volver a los del hombre de las barricadas o a adoptar los del dina- mitero y el asesino? Por el contrario, vamos a reconocer que ambos son fundamentalmente fútiles. Al dinamitero le pa- rece fácil decir: «¿No habéis admitido justamente que nunca se concede nada sino ante la fuerza bruta? ¿No reconoció Gladstone que la Iglesia irlandesa fué separada del Estado, no por espíritu de liberalismo, sino por la explosión que des- truyó la prisión de Clerkenwell?» Bien; no hay por qué ne- garlo tímida y disparatadamente. Concedámoslo sin discu- sión. Concedamos asimismo que todo esto yace en la natu- raleza de las cosas; que el socialista más ardiente, si posee propiedades, no puede absolutamente obrar de modo distin- to a como lo hacen los propietarios conservadores, mientras tanto que la propiedad no sea abolida forzosamente para toda la nación; aún más, que las votaciones y discordias parlamentarias, a despecho de la vana ceremonia de la dis- cusión, sólo difieren de los combates en lo que difiere de Trafalgar o de Waterloo la rendición en el campo de bata- 1 la, sin efusión de sangre, de una fuerza numéricamente in- 16 242 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA ferior. Con todas estas condiciones hago un presente al fe- niano que reúne dinero de los incautos irlandeses de Amé- rica para volar el castillo de Dublíii, al detective que induce a jóvenes obreros aturdidos a encargar bombas en la ferre- tería más próxima para mandarlos luego a presidio, a nues- tros jefes militares y navales que no creen en los sermones, sino en un ultimátum apoyado con profusión de lidita, y finalmente a todos aquellos a quienes les pueda interesar. Pero ¿de qué sirve sustituir el camino del temerario y san- guinario por el camino del prudente y humano? ¿Es mejor Inglaterra por la destrucción de Clerkenwell, o Irlanda por la separación de la Iglesia irlandesa? ¿Existe alguna razón para suponer que la nación que tímidamente se dejó oprimir por Charles y Laúd y Strafford ganó algo porque después toleró, más tímidamente aún, que unos cuantos puritanos de fuertes creencias, inflamados por las obras maestras de la literatura revolucionaria judía, cortaran la cabeza a los tres? Supóngase que el complot hubiera dado resultado y que una dinastía Fawkes se sentara permanentemente en el trono; ¿hubiera originado esto alguna diferencia en el esta- do actual de la nación? La guillotina fué utilizada en Fran- cia hasta los límites de la resistencia humana por los giron- dinos y los jacobinos. Fouquier Tinville siguió a María An- tonieta, y María Antonieta pudo haber preguntado a la muchedumbre, exactamente con tanta agudeza como lo hizo Fouquier, si su pan estaría más barato cuando hubiera caído su cabeza. ¿Qué resultó de todo esto? La Francia imperial de la famiüa Rougon Macquart y la Francia republicana del escándalo del Panamá y del caso Dreyfus. ¿Valía esta dife- rencia la pena de guillotinar a todos aquellos desgraciados caballeros y señoras, vagos y habladores en su mayoría? ¿Guillotinaría un hombre a un ratón para obtener un resul- tado parecido? Volvamos la vista a la América republicana. Americano tiene una Star Chamber (1), ni barones feudales. (1) Antiguo tribunal criminal inglés.— fN. del T.) MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 243 Pero tiene sus trusts y tiene sus millonarios, cuyas fábricas, atrincheradas con alambradas de cables eléctricos cargados y defendidas por los secuaces de Pinkerton con almacenes de rifles, harían parecer radical a Reginaldo Front de Boeuf. ¿Hubieran movido un dedo Washington o Franklin por la causa de la independencia americana si hubiesen previsto la realidad? No; lo que ni César, ni Cromwell, ni Napoleón pudieron hacer teniendo en sus manos toda la fuerza material y el prestigio moral del Estado, menos puede ser hecho por cri- minales y lunáticos entusiastas. Hasta los judíos, que desde Moisés a Marx y Lassalle han inspirado todas las revolucio- nes, han tenido que confesar que, a pesar de todo, el perro volverá a su vomitona y el cerdo que fué lavado tomará a revolcarse en el fango; también nosotros podemos determi- nar que el hombre volverá a sus ídolos y a sus codicias a pesar de todos los «movimientos>^ y revoluciones, mientras tanto que no haya cambiado su naturaleza. Hasta entonces, sus primeros éxitos en la elaboración de civiHzaciones co- merciales (¡y qué civilizaciones, válgame Dios!) no son más que los preliminares de la inevitable etapa posterior, que ahora nos amenaza, durante la cual las pasiones que cons- truyeron la civilización se tornarán nefastas en lugar de productivas, por lo mismo precisamente, por lo que las cua- lidades que hacen del león el rey de la selva causan su des- trucción cuando penetra en una ciudad. Sólo puede salvar a la sociedad la clara inteligencia y la amplitud de intencio- nes; la guerra y la competencia, poderosos instrumentos de selección y evolución en una época, se convierten en la si- guiente en ruinosos instrumentos de degeneración. La cría de animales y plantas, variedades obtenidas por la selección al través de muchas generaciones, retroceden precipitada- mente al tipo primitivo en una o dos generaciones al cesar la selección. Del mismo modo, una civilización en la cual la lucha y la codicia vigorosas han dejado de actuar como agentes de selección, y empiezan a obstruir y destruir, se 244 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA • precipita de espaldas cuesta abajo con una rapidez que per- mite ver al observador consternado cómo se desanda en el curso de una sola vida el camino ascendente de muchos siglos. Así ha sucedido con frecuencia, aun en el período que abarca la historia, y en todos los casos la crisis se ha desarrollado mucho más rápidamente que la consecución, o, por lo menos, la aceptación general sobre el papel, de la ni- velación de la masa en el punto más alto alcanzado por los individuos normales mejor alimentados y más cultivados. Tenemos, por tanto, que abandonar francamente la idea de que el hombre, tal como existe, es capaz de un progreso efectivo. Habrá siempre una ilusión de progreso, porque don- dequiera tenemos conciencia de un mal lo remediamos, y esto nos hace creer que progresamos, olvidando que la ma- yor parte de los males que vemos son los efectos al fin agra- vados de retrocesos largo tiempo ignorados; que los remedios que arbitramos rara vez hacen recobrar por completo el te- rreno perdido, y sobre todo que en los caminos por donde vamos degenerando, el bien se ha trocado en mal ante nues- tros propios ojos y es destruido en nombre del progreso, del mismo modo justamente que el mal es destruido y reempla- zado por el bien a lo largo de los caminos por los cuales evolucionamos. Tal es, en efecto, la Ilusión de las Ilusiones, porque nos da la seguridad infalible y aterradora de que si ha de llegar nuestra ruina política, ésta será cumplida por los reformadores ardientes y padecida por los patriotas en- tusiastas, como una serie de escalones necesarios en nues- tro progreso. Que el reformador, el progresista y el mejorista mediten nuevamente sobre sí mismos y sus eternos más y menos, que nunca llegan a ser menos y más. Mientras el hombre siga siendo lo que es, no podrá haber progreso su- perior al punto ya alcanzado y rápidamente perdido en cada ensayo de civilización; y como este punto no es más que un pináculo al que se agarran unos cuantos presa del terror del vértigo sobre un abismo de abyección, el mero progreso no nos puede seducir. MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 245 VIII EL FALSO CONCEPTO DE LA CIVILIZACIÓN Después de todo, la ilusión del progreso no es realmente muy sutil. Empezamos leyendo las sátiras de los contempo- ráneos de nuestros padres, y deducimos generalmente (con absoluta ignorancia) que los abusos expuestos en ellas son cosas del pasado. Vemos asimismo que las reformas de los males más apremiantes son efecto de los cambios parciales del poder político de manos de los opresores a manos de los oprimidos. El pobre vota por los liberales en la esperanza de que vota por sus libertadores. Esta esperanza no se cum- ple, pero cesa la condena a prisión perpetua por deudas de las gentes que no tienen dinero. Se aprueban leyes de pro- tección al trabajo; la enseñanza se convierte de libre en obli- gatoria; se multiplican los reglamentos sanitarios; se adop- tan medidas públicas para proporcionar alojamiento decoro- so a las masas; el descalzo obtiene calzado; los harapos casi desaparecen; los cuartos de baño y los pianos, los cue- llos almidonados y los paños elegantes llegan a numerosas gentes que en otro tiempo andaban desarrapadas. Algunos de estos cambios son ganancias, otros son pérdidas. Algunos no son cambios ni poco ni mucho; todos son simplemente los cambios que produce el dinero. No obstante, proporcio- nan una ilusión de progreso incesante, y la clase cultivada deduce de aquí que los abusos del primer período victoria- no sólo existen ya como entretenidas páginas de las novelas de Dickens. Pero en cuanto buscamos una reforma que sea debida al carácter y no al dinero, al estadismo y no al inte- rés o al motín, quedamos desilusionados. Por ejemplo. Re- cordábamos la mala administración y la incompetencia revelada por la guerra de Crimea como parte de un estado 246 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA de cosas pasado, hasta que la guerra del Transvaal demos- tró que ni la Nación ni el Ministerio de la Guerra, como aquellos pobres Borbones tan impudentemente censurados por su característica universal, habían aprendido ni olvidado nada. Aún no nos habíamos repuesto muy bien de la inútil desazón producida por este descubrimiento, cuando trans- cendió al conocimiento público que el Cuerpo de oficiales de nuestro regimiento más distinguido formaba un club de flageladores, presidido por el subalterno más antiguo. La re- velación de los detalles de esta relajación juvenil produjo cierto asco, pero la visible ausencia de toda concepción del honor y de la virtud varoniles, del valor personal y del res- peto de sí mismo en las primeras filas de nuestra Caballería, no causó ninguna sorpresa. Dábamos por sentado en cues- tiones públicas que la adulación y la idolatría que indujeron a Carlos I a menospreciar la rebelión puritana del siglo xvii habían pasado hacía tiempo al olvido; pero sólo ha sido ne- cesaria la ocurrencia de circunstancias favorables para que revivieran, con añadidura de abyección para compensarnos de su devoción pérfida insignificante. Hemos recaído en las discusiones sobre la transubstanciación, en el justo momen- to en que el descubrimiento de la amplia preponderancia de la teofagia como costumbre primitiva nos ha arrebatado la última excusa para creer que nuestros ritos religiosos oficia- les difieren esencialmente de los ritos de los salvajes. La doctrina cristiana de la inutilidad del castigo y de la iniqui- dad de la venganza, a pesar de su evidente sentido común, no ha encontrado entre todas las naciones un solo conver- tido. El cristianismo no tiene para las masas otra significa- ción que la de una ejecución pública sensacional que se utiliza como pretexto para ejecuciones sucesivas. En su nom- bre arrojamos diez años de vida de un ladrón, minuto por minuto, en el horror y en la degradación lentos de nuestras modernas cárceles reformadas, con tan poco remordimiento como Laúd cercenaba las orejas de Bastwich y Burton en su Star Chamber. Hace poco desenterramos y mutilamos los MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 247 restos del Mahdi, exactamente lo mismo que hace dos siglos desenterramos y mutilamos los restos de Cromwell. Pedimos la decapitación de los príncipes chinos boxers como lo hu- biera hecho cualquier tártaro, y nuestras expediciones nava- les y militares para diezmar, incendiar y destruir tribus y aldeas, por haber maltratado a un inglés, constituyen una parte tan frecuente de nuestra rutina imperial, que la última docena de estas expediciones no ha despertado tanta com- pasión como despertaría una mujer criminal cualquiera. Se supone que el empleo judicial de la tortura para obtener la confesión es un vestigio de las épocas más sombrías; ahora bien, cuando se escriben estas páginas, un juez inglés ha condenado a veinte años de trabajos forzados a un falsifica- dor, declarando francamente que cumpliría la totalidad de la condena, a no ser que confesara dónde había ocultado los billetes falsificados. Ni este hecho ni un telegrama transmi- tido desde Somalia mencionando que un prisionero ha faci- litado cierta información «mediante castigo» han sugerido ningún comentario. Aun cuando estos casos no fueran cier- tos, el hecho de ser aceptados sin protesta, como indicando una marcha natural y apropiada de la conducta pública, prueba que nos hallamos tan dispuestos a recurrir a la tor- tura como lo estaba Bacon. En cuanto a la crueldad venga- tiva, un incidente de la guerra del Transvaal, en el que los parientes y amigos de un prisionero fueron obligados a pre- senciar su ejecución, reveló tal bajeza de temperamento y de carácter, que no tenemos realmente derecho a vanaglo- riarnos de nuestra superioridad sobre Eduardo III en la ren- dición de Calais. Y el demócrata oficial americano se entrega a la tortura en Filipinas exactamente como lo hizo en África del Sur el aristocrático oficial inglés. Los incidentes de la invasión blanca en África en busca de marfil, oro, diamantes y deportes han demostrado que el europeo moderno es la misma ave rapaz que en otro tiempo marchaba a la con- quista de nuevos mundos con Alejandro, Antonio y Pizarro. Los parlamentos y las juntas episcopales protestantes son 248 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA exactamente lo mismo que eran cuando Cromwell los supri- mió y Dickens se burló de ellos. El político demócrata sigue siendo exactamente como lo describió Platón; el médico es aún el crédulo impostor y el petulante mequetrefe científico que ridiculizó Moliere; el maestro de escuela sigue siendo, en el mejor de los casos, un pedante cultivador de niños, y en el peor, un flagelomaníaco; los hombres honrados temen más los arbitrajes que los procesos; el filántropo es todavía un parásito de la miseria, como el doctor lo es de la enfer- medad; los milagros de la superchería religiosa no son me- nos fraudulentos y perjudiciales porque ahora sean llamados experimentos científicos y dirigidos por profesores; la bruje- ría, bajo la forma de medicinas patentadas e inoculaciones profilácticas, campa por sus respetos; el terrateniente, que ya no es lo suficiente poderoso para colocar la trampa de Rhampsinitis para coger a hombres, la perfecciona con alam- bres de púas; el caballero moderno, demasiado perezoso para embadurnar de bermellón su cara como símbolo de bravura, manda a una lavandera que le embadurne de almidón la ca- misa como símbolo de limpieza; meneamos la cabeza ante el cieno medieval, desde ciudades manchadas de hollín, sucias y desagradables a causa del humo vergonzoso del tabaco; el agua bendita, en su última forma de Hquido desinfectan- te, es más usada y se cree en ella más que nunca; la salud pública consiente deliberadamente realizar conjuros que- mando azufre (aunque se sabe que es inútil), porque las gen- tes creen en ellos tan devotamente como el campesino ita- liano cree en la licuación de la sangre de San Jenaro, y la honrada mentira pública ha adquirido un desarrollo gigan- tesco, no habiendo lugar a elegir en este particular entre el ratero en la comisaría, el ministro en el banco del Tesoro, el director en la redacción del periódico, el magnate industrial que anuncia neumáticos de bicicleta que no patinan, el pas- tor que suscribe los treinta y nueve artículos de fe y el vivisector que se compromete por su honor a no hacer sufrir a un animal operado en el laboratorio fisiológico. Lo peor MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 249 es la hipocresía, pues no tan sólo perseguimos fanática y sinceramente el nombre del supersticioso curanderismo en que creemos, sino dura e hipócritamente asimismo en nom- bre de las creencias evangélicas, de las que nuestros gober- nantes se ríen en la intimidad, como los patricios itahanos del siglo V se reían de Júpiter y de Venus. El deporte es, como siempre lo ha sido, una excitación homicida; el impul- so de matar es universal; en todo el país se establecen mu- seos para alentar a los niños pequeños y a los caballeros de edad a coleccionar cuerpos conservados en alcohol y a robar los huevos de los pájaros y conservarlos como los pieles ro- jas hacen con los cueros cabelludos. Castigar a latigazos es tan natural en un inglés como lo era en Salomón espoliar a Rehoboam; en realidad, la comparación con los judíos es in- justa, si se tiene en cuenta el hecho de que la ley mosaica prohibía, en nombre de la humanidad, dar más de cuarenta azotes, en tanto que en los siglos xvm y xix hubo soldados ingleses que fueron azotados con mil latigazos, y todavía lo serían a no ser por el cambio en la balanza del poder políti- co entre la casta militar y la clase comercial y el proletaria- do. A pesar de este cambio, el azotamiento es todavía una institución en la escuela pública, en la prisión militar, en la disciplina de los barcos y en esa escuela de mezquindad que llamamos hogar. El clamor lascivo del flagelomaníaco pi- diendo más, constante como el clamor del que pide más in- solencia, más guerra y más bajas proposiciones, es tolerado y complacido, pues no teniendo a la vista fines morales, te- nemos sentido suficiente para ver que sólo la fuerza bruta puede imponer nuestra egoísta voluntad a los demás. La co- bardía es universal; el patriotismo, la opinión pública, el de- ber paternal, la disciplina, la religión, la moralidad, son sólo nombres bonitos para decir intimidación, y la crueldad, la glotonería y la credulidad fomentan la cobardía. Degollamos una ternera y la colgamos boca abajo para que acabe de morir desangrada, a fin de conseguir que las chuletas sean blancas; inmovilizamos en una tabla a los gansos y los atra- 250 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA camos de alimentos porque nos gusta el sabor de higadillo; desgarramos a los pájaros para adornar los sombreros de nuestras mujeres; mutilamos a los animales domésticos sin otra razón que la de seguir una costumbre instintivamente cruel, y permitimos las más abominables torturas en la espe- ranza de obtener por medio de ellas la cura mágica de nues- tras dolencias. Ahora bien; obsérvese que éstos no son desarrollos excep- cionales de nuestros vicios admitidos, deplorados y comba- tidos por todos los hombres buenos. No se ha dicho aquí ni una palabra de los excesos de nuestros Nerones, de los cua- les tenemos una porción regular. Con excepción de al- gunos ejemplos militares, que han sido mencionados princi- palmente para demostrar que la educación y la reputación de un caballero, reforzadas por los poderosos convencio- nalismos de honor, espíritu de cuerpo, publicidad y respon- sabilidad, no contienen mayores garantías que las pasiones de la plebe, los demás ejemplos anteriormente presentados son lugares comunes tomados de la práctica cotidiana de nuestros mejores ciudadanos, vehementemente defendidos en nuestros periódicos y en nuestros pulpitos. Los mismos humanitaristas que los aborrecen son empujados por su cau- sa al crimen: el puñal de Bruto y de Ravaillac reaparece en las manos de Caserío y de Luccheni, y la pistola ha acudido en su ayuda en las manos de Guiteau y Czolgosz. Nuestros remedios todavía se limitan a la resistencia y al asesinato, y aún se asesina judicialmente al asesino siguiendo el prin- cipio de que dos negras hacen una blanca. La novedad ra- dica en nuestros métodos: a causa del descubrimiento de la dinamita, el mosquete recargado de Hamilton de Bothwel- haugh ha sido substituido por la bomba; pero el corazón de Ravachol latía exactamente lo mismo que el de Hamilton. El mundo no podrá sufrir el pensamiento de aquellos que le conocen, aun desquitándose ampliamente con la continen- cia de la pobreza en el pobre y la cobardía del rico. Todo lo que podemos decir para nuestro descargo es que MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 251 las gentes deben vivir y viven y dejan vivir hasta cierto punto. Aun el caballo, con su cola cortada y su bocado apre- tado, ve limitada su esclavitud por el hecho de que si se descuidara su alimentación y su descanso, su dueño se ex- pondría a tener que comprar un caballo cada dos días, por- que no se puede reventar de trabajo a un caballo y luego escoger otro sin desembolsar nada, como se hace con un obrero. Pero esta barrera natural a nuestro desaforado egoísmo es consecuencia en parte de nuestra miopía y en parte de cálculo deliberado, puesto que, además del hombre que en propio perjuicio acorta la vida de su caballo por pura codicia, tenemos la Compañía de tranvías que descubre ex- perimentalmente que un caballo, aunque pueda vivir de veinticuatro